¿Por qué Kosovo? (y 2)

Putin y Bush se echan un pulso estrujando de paso a serbios y albaneses. Una ajustada visión de la realidad realizada por el conocido caricaturista serbio Corax, que publica habitualmente en la revista belgradense "
Vreme"
Entrevista concedida al Canal 9 de Valencia, a media tarde de ayer, 10 de diciembre. La periodista ofrece como gran primicia informativa a comentar el hecho de que la Unión Europea parece dispuesta a apadrinar la independencia de Kosovo, en sustitución de la ONU. Desilusión total cuando le respondo que la novedad tiene dos meses. De hecho, si leyera de vez en cuando este blog, se hubiera enterado de ello ya el 11 de octubre, y eso que la noticia procedía del “The New York Times”, nueve días antes. La entrevistadora tampoco entendía que la independencia de Kosovo difícilmente pudiera ser modelo cabal para ningún movimiento soberanista en la Europa occidental, tras ocho años de casi infructuosas misiones, ayudas y gestión internacionales, y eso después de haber organizado una guerra con el consiguiente resultado de muertes y destrucción de bienes e infraestructuras.
¿Cómo va a ser Kosovo el espejo del independentismo flamenco, bretón, vasco o catalán, cuando otros modelos de más enjundia y futuro –como el lituano, el esloveno, el eslovaco, incluso el croata o el montenegrino- se han quedado por el camino como juguetes rotos? Otra cosa es que el precedente que están marcando la ONU, le UE y los Estados Unidos –bendecir la secesión de una provincia previamente integrada en un estado soberano, cuyas fronteras estaban reconocidas por esas mismas entidades- pueda ser la siembra de los primeros vientos que anuncien tempestades. Pero el “modelo kosovar” es lo de menos. O en todo caso, podría ser el anuncio de la futura política de minorías en la UE: un tinglado en formato “cajas chinas” con desembocadura en el reconocimiento legal del estatus de minoría para poblaciones de inmigrantes comunitarios con un determinado número de años de residencia en el país de acogida. De momento, por ejemplo, veremos qué resultados irá obteniendo en el futuro el Partido Independiente Rumano en algunas de las numerosas alcaldías españolas en las que creen que pueden llegar a tener peso político.

El presidente grecochipriota Tasso Papadopoulos (derecha) junto al ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, durante una reciente reunión en Nicosia. Los grecochipriotas le han visto las orejas al lobo: ¿El embrollo kosovar podría traer alguna forma de reconocimiento internacional para la RTNC? No es extraño que basculen hacia Rusia, país con el que siempre han mantenido buenas relaciones y excelentes negocios
La verdad es que la prensa lleva un despiste fenomenal y esta vez no sólo la española. Y como no saben lo que deben decir, dado que no hay consignas claras sobre lo correcto y lo incorrecto, se hacen unos líos importantes. La tendencia más o menos general es ir de agoreros y barajar o sugerir lo habitual en estos casos: guerras, masacres y caos balcánico a diestro y siniestro. Como hace quince años o más, lo de siempre. Caso de que no suceda nada, hacen mutis por el foro, lo más discretamente posible, y esperan a la próxima fecha "tremenda". Otros, restos de serie de la colección de "expertos en los Balcanes" que brotaron como champiñones en la pasada década, se limitan repetir viejos mantras y quedar bien: no queda más remedio que acceder a la independencia de Kosovo, pero hay que aprovechar para implantar allí la democracia, la justicia, y la bla, bla, bla... Como si no lleváramos ya casi dos décadas de excelentes e impecables intenciones, jaculatorias y hermosos conjuros, que ya no sirven ni para salvar la cara a los que las utilizan.
En fin, a estas alturas, los pobres periodistas ya no se enteran de dónde van a caerles las tartas. Buscando y rebuscando una solución, a TV3, la televisión autonómica catalana, se le ocurrió una muy sencilla: gastarse una pequeña fortunita y hacer un reportaje de media hora sobre... ¡Bosnia! Un producto muy Carles Bosch, su director. Ya saben, la historieta colorista de siempre: Sarajevo, Srebrenica, habla el hermano de Karadzic (ya habitual en las teles occidentales) serbios malos y brutos, animadversiones interétnicas seculares, pero bosniomusulmanes-preservan-la-diversidad: el menú completo que nunca falla desde 1992, que quince años no son nada. Y todo ello emitido el domingo día 9 y presentado Joan Salvat bajo el argumento de que "el corazón de los Balcanes vuelve a calentarse, mañana Kosovo podría declarase independiente con la oposición de Serbia y Rusia..." Todo un recital de rentabilidades a costa de exprimir a fondo el "síndrome del 93". Claro, no se mencionó Kosovo, pero da igual, porque para muchos televidentes, los Balcanes son una gigantesca albóndiga informe, un corral donde serbios, bosnios, croatas, albaneses y tutti quanti comen, duermen y hacen sus necesidades, todos juntos y revueltos. Y de esa manera quedan a salvo las simpatías políticamente correctas del más tibio y televisivo nacionalismo catalán hacia los "pueblos y naciones oprimidos" en general, sin dar nombres y pasando por encima de los conflictivos albaneses.
Mientras tanto, ayer por la mañana, “El País” informaba en su edición electrónica de que Chipre es el único país miembro de la UE que se opone con uñas y dientes al reconocimiento formal de la independencia kosovar. ¿Realmente existe la posibilidad de que ese proceso lleve a un reconocimiento internacional de la República Turca del Norte de Chipre? Pues claro que sí, faltaría más. ¿Por qué no? La misma lógica “aplastante” de unos se aplica a los otros: ¿Por qué negarles a los albaneses de Kosovo su independencia, si eso es lo que quieren?¿Por qué no reconocerles a turcos de Chipre su república, si eso es lo que desean? Claro que una vez más se puede tirar del doble rasero habitual, pero eso terminaría funcionando ahora a favor de Turquía, ya ven lo que son las cosas. Y más facturas políticas que deberán pagarse en los Balcanes, y más dinero a fondo perdido (parece que sobra) en el enorme agujero negro que es en realidad el pequeño territorio kosovar. Los europeos están cayendo impasiblemente en las trampas de los demás: la que supuso Kosovo para Yugoslavia, y la que fue Afganistán para la Unión Soviética.
Por lo tanto, se está formando un plancton de confusiones y agravios comparativos que vamos a ver cómo se deshace. Desde luego, lo que menos importa es el destino de los albaneses de Kosovo y cualquier alusión a sus “derechos históricos” es mera filfa, por el mero hecho de que nunca existió anteriormente una “República de Kosovo”. No hay nada que restaurar. Tendría más lógica histórica una Gran Albania que integrara a Kosovo y el tercio occidental de Macedonia, pero eso parece difícil que vaya a cumplirse ante la oposición de los albaneses de Albania, que no muestran precisamente muchas simpatías por los hermanos kosovares. Una Gran Albania con capital en Priština es lo último que desearían.

Poses de guerra fría: un par de oficiales paracaidistas rusos miran hoscamente al oficial británico que les fotografía. Slatina, aeropuerto de Kosovo, junio de 1999. Rusia fue especialmente humillada en Kosovo y una reacción de última hora consistió en enviar tropas de intervención desde Bosnia para ocupar el aeropuerto de Kosovo adelantándose a la llegada de las fuerzas de la OTAN.
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En realidad, los que están jugando ahí su partida propia son Rusia y los Estados Unidos; quién pagará los platos rotos, como suele ser norma, es la Unión Europea. Moscú, lógicamente, desea retomar el papel que tuvo en los Balcanes desde el siglo XVIII. Durante la fase final de la presidencia de Yeltsin, un periodo de máxima decadencia, se vio apartada por la intervención de la OTAN y la presión norteamericana. Pero era mucha ingenuidad por parte de los occidentales suponer que las cosas seguirían siempre así. Y hoy, al final de esta historia de la independencia anunciada de la microrrepública, la gran pregunta del millón: ¿A quién le comprarán los albaneses de Kosovo el petróleo, el gas, la electricidad, todo el paquete energético, en suma? Pues lo más lógico es que de una forma u otra importen de Rusia, el proveedor más cercano y más económico. Además, no hay muchas más alternativas posibles, si excluimos el caro, lento y más bien decadente oleoducto AMBO, de capital norteamericano, pero que al fin y a la postre transportará crudo... ruso.
Por otra parte, muchos hombres de negocios albaneses están haciendo grandes negocios con los rusos. De hecho, algunos actúan incluso como intermediarios u hombres de paja de inversores de esa nacionalidad que están comprando terrenos por aquí y por allá, en Montenegro, en Croacia, en diversos puntos de los Balcanes. Para muestra un botón: Beghjet Pacolli, el millonario albanés que hizo suculentos negocios en Rusia y volvió a Kosovo para fundar en 2006 du propio partido: Alianza para un Nuevo Kosovo (Aleanca Kosova e Re, AKR) partido que quedó tercero en las recientes elecciones, con un 10% de los votos, a pesar de la insistente campaña de denuncia que se le organizó en su país. Por lo tanto, si unos han de acostumbrarse a la idea de un Kosovo independiente, les guste o no, los otros tendrán que resignarse al retorno de Rusia a la zona, así están las cosas. La superpotencia eslava será el principal suministrador de energía de la zona, un referente para las inversiones en Kosovo, destino de negocios para los albaneses y, debido a todo ello, terminará por tener la sartén por el mango en una serie de cuestiones.

Behgjet Pacolli posa con Boris Yeltsin tras llegar a un acuerdo comercial, en 1996. La fotografía forma parte de la campaña que sus adversarios políticos organizaron contra él durante las recientes elecciones generales en Kosovo
Visto desde el prisma norteamericano en 1999, el conflicto de Kosovo fue un intento por demostrar que el “Nuevo Orden” anunciado por George Bush padre a comienzos de los años noventa, había triunfado a finales de la década, aunque fuera a golpes de fuerza bruta aquí y allá. De paso, se trataba de hacer olvidar otros conflictos que se estaban desarrollando por esas mismas fechas y desmentían de plano ese discurso, pero que tenían la mala fortuna de desarrollarse en regiones más pobres del planeta: Argelia, Congo, Sierra Leona, Colombia. La guerra de Kosovo supuso, por parte de la OTAN, un despliegue militar descomunal cuyo fin real no era exactamente solucionar un conflicto en una pequeña provincia balcánica del tamaño del principado de Asturias, sino ofrecer la imagen de que el Nuevo Orden era lo que un grupo de grandes potencias decidirían que fuera. A éste respecto, cuando la prensa occidental ofrecía espantosas descripciones de las matanzas argelinas, con todo lujo de detalles sobre tripas colgando de los árboles, niños aplastados contra la pared o embarazadas destripadas; cuando las televisiones mostraban a los niños soldados de Sierra Leona o los abigarrados rebeldes liberianos con máscaras o pelucas de colores, sólo se trataba de ofrecer imágenes más o menos pintorescas o crueles que dieran una medida de cuán primitivas eran esas guerras y por lo tanto, cuán irresolubles le resultaban a la “comunidad internacional occidental”.
Dado que teóricamente resultaba imposible resolver tales conflictos, el Nuevo Orden debería ajustarse a aquellos otros susceptibles de ser zanjados por las potencias occidentales. Esto podía ofrecer un abanico más o menos amplio de opciones, pero de cualquier forma, una cosa era vender el resultado como un depurado producto mediático, a mayor gloria de las potencias intervinientes; y otra muy diferente era mover las piezas con discreción, a veces como acción colateral en el escenario principal.

Un joven albanés besa fervorosamente un poster del presidente George W. Bush. La devoción de los albaneses de Kosovo por los norteamericanos llega casi a la obsesión: hay restaurantes, calles, posters y mil denominaciones que loan a la familia Clinton al completo o al actual presidente. Sin embargo, la gran mayoría de las ayudas y subvenciones provienen de Europa.
Sin embargo, ese Nuevo Orden selectivo que intentaban imponer las grandes potencias occidentales, no sólo no coincidía con el que deseaban las nuevas potencias emergentes, como Rusia, China o India, sino que ni siquiera respondía a los grandes desafíos de la globalización. Al fin y al cabo, ésta era heredera directa de la Guerra Fría –el primer gran conflicto global de la historia- y de la misma forma que durante esos cuarenta años cualquier conflicto en cualquier punto del planeta era susceptible de desencadenar un guerra a gran escala o un foco de tensiones de difícil resolución, lo mismo iba a suceder a partir de 1991. Y justamente por ello, los conflictos yugoslavos se encadenaron unos con los otros durante la década de los noventa, y Kosovo –o mejor, el modus operandi de las grandes potencias en torno a esa guerra- no tardarían en llevar a Afganistán e Irak.
Así, a pesar de los grandes esfuerzos propagandísticos destinados a insistir en que Kosovo era el comienzo de una nueva era de paz y justicia internacionales basados en una tecnología militar futurista, en realidad esa guerra supuso un retorno a modelos antiguos de intervencionismo internacional. No sin razón, la campaña de Kosovo no tardó en generar numerosas protestas entre aquellos que había apoyado la intervención en Bosnia y pronto comenzó a hablarse, no sin razón, del nuevo “imperialismo humanitario”, concepto que iba a inspirar más de un libro.
Etiquetas: Chipre, intervencionismo, Kosovo, minorías nacionales, Nuevo Orden, Pacolli, PIR, RTNC, Rusia, Turquia, UE
¿Por qué Kosovo? (1)

Tormenta implacable sobre las frágiles tiendas de los refugiados albaneses procedentes de Kosovo, en Kükes, Norte de Albania, primavera de 1999. La OTAN no tomó medidas para paliar la previsible expulsión masiva de población por las fuerzas de seguridad serbias, a pesar de que se sabía que algo así iba a suceder
Siempre recordaré aquella cena en una pizzería bastante aburrida y sobria del centro de Skopje, Macedonia. Era el 24 de enero de 1999, faltaban exactamente dos meses para que comenzara la denominada guerra de Kosovo; y allí, un colega, un profesor de la Universidad de Skopje, macedonio, me comentaba lo que era ya más que un rumor insistente: si la OTAN atacaba a Yugoslavia, los serbios “arrasarían aldeas y expulsarían a miles y miles de albaneses”. En efecto, era un asunto bien sabido en los Balcanes. Poco tiempo después, la revista búlgara “Sega”, basándose en informaciones de la agencia serbia “Beta”, publicó el 11 de marzo un artículo muy documentado en el que se llamaba la atención sobre los planes serbios para llevar a cabo una limpieza étnica total, siguiendo el modelo de la practicada por los turcos en el Norte de Chipre, en 1974.
Por lo tanto, a partir del 24 de marzo, cuando comenzó la ofensiva aérea de la OTAN contra Yugoslavia (Serbia y Montenegro) las autoridades serbias cumplieron su amenaza y comenzaron a ejecutar una gigantesca campaña de expulsión de población albanesa de Kosovo. Pronto la riada adquirió proporciones bíblicas y la preocupación cundió en las cancillerías occidentales. Era evidente que peligraba la estabilidad política de los países que acogían a la creciente masa de refugiados, especialmente la de Macedonia. También parecía claro que para el régimen serbio aquello era una respuesta estratégica, una verdadera “bomba humana”, como la denominaron algunos medios. Ante la contingencia, por cierto, y aún sabiendo que iba a tener lugar, la OTAN no había preparado campos de acogida, todo se hizo sobre la marcha.
Por lo tanto, esa situación planteaba una incómoda pregunta: ¿Sabían las grandes potencias occidentales que las fuerzas de seguridad serbias iban a responder con una tal operación de represalia? La respuesta oficial fue reiteradamente negativa, pero escasamente creíble. La experiencia personal de quien escribe estas líneas era la de que, al menos en Serbia, Macedonia y Bulgaria se sabía con antelación que el régimen de Milosevic haría lo que hizo. Posteriormente, desde Alemania se argumentó que de hecho la OTAN se había adelantado a los planes serbios de ejecutar una enorme operación interétnica, y se dio a entender que eso se hubiera llevado a cabo sin el ataque previo de las OTAN. Sin embargo, la prensa europea (incluyendo la española) no tardó en publicar que ese planteamiento era, pura y simplemente, un engaño.

Una imagen emitida con frecuencia por las televisiones de todo el mundo en aquella primavera de 1999: albaneses de Kosovo expulsados masivamente por los serbios en aplicación de la estrategia de desestabilización social de los países vecinos que apoyaban de buen o mal grado la ofensiva de la OTAN
De esa forma, en 1999, la OTAN provocó una importante limpieza étnica de población albanesa con su intervención a sabiendas de que eso iba a ocurrir. Como se sabe, la inducción al delito es delito en sí misma y eso en casi todos los países del mundo. Un policía, por ejemplo, no puede provocar un robo para detener a unos potenciales delincuentes. Por ello, sin negar el carácter represivo del régimen de Milosevic, la necesidad de la “injerencia humanitaria” que presidió la intervención de la OTAN en Kosovo es bastante discutible. Máxime teniendo en cuenta que pocos meses más tarde, cuando las fuerzas occidetnales ya habían entrado en la provincia, los nacionalistas albaneses organizaron otra limpieza étnica, pero en este caso de serbios locales; y los soldados de la OTAN no intervinieron para detenerla. Todo lo más, escoltaron a las caravanas de refugiados en su huida.

Una larga caravana de refugiados serbios escapa de Kosovo en el verano de 1999, encabezada por un vehículo blindado de la OTAN
Ocho años más tarde, Kosovo está a punto de obtener la independencia, apadrinada por la UE. La operación violentará la resolución 1244, emitida por la ONU en junio de 1999, como parte de los esfuerzos pacificadores iniciales tras la rendición serbia y la entrada de las fuerzas de la OTAN en Kosovo. No deja de ser fascinante la desfachatez con la que fuentes occidentales admiten ante la prensa que juristas a sueldo de la ONU están “retorciendo” activamente la resolución 1244.
Por lo tanto, abundan las pistas que señalan que todo está repartido en el futuro de Kosovo y que sólo es cuestión de unas pocas semanas que obtenga alguna forma de soberanía, apadrinada por la Unión Europea. Lo que sigue sin estar claro es en base a qué las principales potencias occidentales han estado concediendo a los albaneses de Kosovo todo lo que han querido, al menos desde 1999. Una intervención militar con fines humanitarios, llevada a cabo por la OTAN, ha terminado por dar lugar a la independencia de la provincia de un estado soberano, ocho años más tarde ¿En base a qué se justifica exactamente ese gesto político?
Según un joven colega dado a los esquematismos bienintencionados, si los albaneses son mayoría en Kosovo y desean la soberanía, ¿cómo se les puede negar? Sin embargo, y en este caso, el problema reside en considerar quiénes son mayorías y minorías en cada momento. Por ejemplo, si antes de la ocupación de la OTAN en 1999 -con la consiguiente segregación de facto de la provincia- se hubiera llevado a cabo un referéndum en Serbia sobre la soberanía de Kosovo, hubiera dado por resultado un “no” rotundo. Está claro: dado que los serbios eran mayoría, no hubieran accedido a la segregación de una de sus provincias de entonces, cuya población albanesa era minoría en el conjunto de toda la república. Pero en la nueva situación, y con la república ya segregada de Serbia, ¿por qué no se convocó en estos últimos años otro referéndum entre la población que habita Kosovska Mitrovica y las comarcas del norte? Allí, la gran mayoría de la población es serbia y posiblemente desearían la secesión con respecto al Kosovo albanés; o al menos, algún tipo de entidad federativa, como se hizo en Bosnia con cada una de las etnias de la república.
El resultado de todo ello es que la ONU ha intentado tutelar la independencia de una provincia perteneciente a un estado soberano, violentando una resolución propia emitida con anterioridad; ante la oposición activa de, al menos un miembro del Consejo de Seguridad, parece que la Unión Europea será la encargada de llevar a cabo esa tarea. Y todo ello sin que quede claro en base a qué razón real se le ha de conceder esa independencia a la mencionada provincia. Por supuesto, tampoco existen derechos históricos a restablecer: Kosovo no fue nunca independiente con anterioridad.
Este cúmulo de imprecisiones están continuamente presentes en los análisis y afirmaciones de académicos, diplomáticos, analistas o políticos, que escriben y escriben artículos o ensayos pero no terminan de explicitar nunca en base a qué razón real o concreta los albaneses de Kosovo deben o pueden constituir una entidad soberana. El lector puede comprobarlo casi a diario. Tómese, por ejemplo, el artículo de opinión firmado por Juan Garrigues, investigador de Paz y Seguridad en FRIDE, publicado ayer mismo en “El País” y titulado: “Kosovo: la solución menos mala”. En medio de su extensa pieza de 6.700 caracteres sin espacios y 1.300 palabras, Garrigues le dedica tan sólo 421 caracteres y 84 palabras a intentar explicarnos por qué empezó todo, qué justificó el hecho de que la intervención de las potencias occidentales llevara al fenomenal problema político y jurídico de nuestros días. Así, nos dice que, “enfrentados a una creciente resistencia, las tropas serbias empezaron una ola de masacres que condujo a la decisión de la OTAN de intervenir militarmente contra Serbia en 1999 para evitar un genocidio”.
Lean bien: con la “creciente resistencia” de los albaneses de Kosovo, Garrigues debe referirse al alzamiento insurreccional protagonizado por la guerrilla del UÇK a partir de 1998 (aunque existían numerosos casos de acciones de cariz terrorista desde 1996) que dejaron fuera de juego al “gobierno clandestino” albanés del LDK, liderado por Ibrahim Rugova, quien por ciento, se hartó de explicarle a los periodistas occidentales a lo largo de 1997, que los activistas que andaban pegando tiros por Kosovo eran en realidad "provocadores de la policía serbia”. Rugova sabía mejor que nadie que la ofensiva del UÇK no sólo iba dirigida contra los serbios, sino también contra la estrategia pacifista y gradualista que él encabezaba.

2004: Nueva limpieza étnica de serbios en Kosovo, al socaire de los disturbios. El mapa procede de una
web proserbia
De hecho las acciones violentas aumentaron coincidiendo con las elecciones presidenciales clandestinas de los albaneses de Kosovo, convocadas para marzo. El lector puede encontrar varios ejemplos de tales afirmaciones si revisa la prensa de la época. Por supuesto, Garrigues tampoco hace mención de los abusos y atrocidades cometidos contra la población civil serbia y gitana por algunas unidades y miembros de la guerrilla del UÇK y eso ya desde 1998, razón por la cual está siendo juzgado por el TPIY y desde enero de este mismo año el ex primer ministro albanés del gobierno de Kosovo, Ramush Haradinaj.
A continuación, Juan Garrigues nos explica que “las tropas serbias empezaron una ola de masacres”, refiriéndose a la campaña contrainsurgente llevada a cabo por las fuerzas de seguridad serbias entre marzo y finales de octubre de 1998 en las que se produjeron varias matanzas, cada una de ellas de entre veinte y treinta albaneses, replicadas a veces por el UÇK con población civil serbia y colaboracionistas albaneses. Pero esa situación no condujo a la intervención de la OTAN, sino a la detención de los combates, a partir del 27 de octubre, y a la apertura de un proceso negociador entre serbios y albaneses, tutelado por el Grupo de Contacto, que concluyó en Rambouillet, en febrero de 1999. Y fue la más que previsible negativa de la delegación serbia a aceptar algunos aspectos del “Diktat” que se le presentaron (como el célebre Interim Agreement for Peace and Self-Government in Kosovo, especialmente en su Apéndice B, capítulo 8, páginas 75 a 80) lo que llevó a cancelar posteriores negociaciones dando luz verde al ataque de la OTAN.
Por lo tanto, la OTAN no intervino para detener una guerra que de hecho estaba en stand by, ni una limpieza étnica en marcha, dado que hasta el momento había salido de Kosovo hacia Albania un procentaje reducido de los albaneses desplazados por las operaciones militares. También hoy en día se cuentan centenares de miles de colombianos desplazados (hay quien habla de tres millones) víctimas de la guerra civil, y nadie piensa en intervenir en fuerza en ese país. Es más: por entonces, en 1999, el Ejército turco llevaba casi quince años de guerra contra el PKK en el Sudeste de Anatolia, con el resultado de centenares de miles de desplazadas (¿un millón, dos millones?) y aldeas quemadas, y al parecer, la reacción de los occidentales fue ayudar al gobierno de Ankara a capturar a Öcalan, en febrero de ese mismo año.

Guerrilleros del UÇK se pasean con trofeos: cabezas de víctimas decapitadas, en algún momento de la campaña insurgente de 1998 ó 1999. No sólo las fuerzas de seguridad serbias cometieron excesos
En realidad, Juan Garrigues nos desvela él mismo la naturaleza “preventiva” del ataque cuando afirma que la OTAN intervino “para evitar un genocidio”. Eso es: para evitar algo que no estaba sucediendo todavía. Y de hecho, no existen pruebas reales de que fuera a suceder tal cosa. En cambio, las expulsiones de albaneses en la primavera de 1999 –no acompañadas de matanzas masivas- fueron una respuesta a los ataques de las OTAN y no al revés. Es por ello, precisamente, por lo que la naturaleza preventiva de la ofensiva aérea contra Kosovo, llevada a cabo por la OTAN con exclusión de la ONU, es un antecedente real del ataque también supuestamente preventivo contra Irak, en 2003. Por entonces, Washington y Londres mintieron descaradamente; ¿lo hicieron también los protagonistas del bombardeo estratégico contra Yugoslavia, en marzo de 1999?
Pero no pretendo criticar la pieza de Garrigues, puesto que no posee una relevancia especial, ni informativa ni argumental; no es sino un ejemplo entre otros muchos sobre cómo los analistas pasan de puntillas sobre la explicación precisa de la intervención atlantista en Kosovo. Al parecer, hace pocos días, un profesor de cierta universidad madrileña explicaba a sus alumnos que los Estados Unidos apoyaban la independencia de Kosovo “para librarse de las mafias albanesas en su territorio”. No es de extrañar que realmente se haya hecho tal afirmación en un aula, porque lo cierto es que a falta de justificaciones diáfanas para explicar el por qué de la previsible independencia de Kosovo, se recurre a veces a las teorías más peregrinas.

Unidad especial del UÇK, con sus distintivos uniformes negros, desfila triunfalmente por Kosovo, en junio de 1999
Por otra parte, las justificaciones que quedan en pie son tan difíciles de admitir desde Occidente, que es mejor dejarlas de lado. Ya se ha hablado mucho sobre el hecho de que el reconocimiento, por parte de la ONU o de la UE de la independencia de una provincia perteneciente a un estado soberano constituye un precedente con consecuencias difíciles de prever, y se menciona al País Vasco, Cataluña, Córcega, Bretaña, Escocia y tutti quanti en Europa occidental. Pero esto es un fantasma más que una realidad; y para muestra, la crisis belga, que no ha esperado al "modelo kosovar" para desencadenarse. En cambio, no se habla para nada de las consecuencias más posibles y cercanas de lo que ocurra con Kosovo sobre los denominados "estados o territorios pre-estatales microperiféricos" tales como: Abjasia, Nagorno-Karabaj, República Turca del Norte de Chipre, Republika Srpska, oeste albanés de Macedonia, República del Transdniéster, Kurdistán iraquí, Sur del Líbano (¿por qué no?) o Gaza (de nuevo: ¿por qué no?).

¿Combatientes del UÇK, 1999? No: unidad de fuerzas especiales de la milicia de Hezbollah, sur del Líbano, 2006 Una estética parecida, una causa similar: forzar la creación de un pequeño estado propio con ayuda exterior
En realidad, Kosovo supone precedentes potencialmente más extravagantes todavía. Por ejemplo, la institucionalización del triunfo de la vía armada para que la UE reconozca soberanías, algo que ya ocurrió de hecho en 1991, con Eslovenia o Croacia, y que explica las simpatías o posturas complacientes que despiertan en algunos países europeos las opciones nacionalistas radicales y secesionistas presentes en el territorio de otros socios (y mejor no seguir con este escandaloso asunto). Y ya puestos, permítanme otro recuerdo: el de una señora mallorquina que acudió a una conferencia sobre el conflicto de Kosovo, celebrada en al Ateneu Barcelonés en aquel mismo año de 1999, y que dijo entender el problema desde la óptica de su isla, en relación a la creciente población alemana que había comprado ya un 14% del suelo de Mallorca. “De fuera vendrán, y de casa te sacarán”- apostilló lapidariamente. Quizás era una postura exagerada, desde luego. Pero aún así y a veinte años vista, quizá menos: ¿Surgirán en la Europa del futuro repúblicas basadas en núcleos compactos de población inmigrante?¿Serán definidos esos núcleos poblacionales como “minorías” algún día? El tiempo y el precedente kosovar lo dirán.
Pero de momento sigue en pie la pregunta: ¿Por qué una intervención militar destinada (supuestamente) a evitar una guerra interétnica en el interior de un estado soberano concluye en la independencia de la región afectada? Se supone que una vez conjurada la guerra y pacificado el territorio, liquidado el régimen de Milosevic en Belgrado y sustituido por otro netamente democrático, se hubiera podido lograr un proceso de reconciliación que garantizara la convivencia pacífica, la administración eficaz y la prosperidad material de la zona. Algo parecido al triunfo del federalismo, como ocurrió en Bosnia. En cambio, persistió el rancio estado nación, la economía de Kosovo sigue paralizada después de ocho años de administración internacional y para postres se le va a conceder la indepedencia como única "solución" a la desastrosa evolución del problema; la ONU va a violentar sus propias resoluciones y clavar un calvo más en su propio ataúd; la UE va a pagar los platos rotos de los demás y en virtud de la implicación de Rusia y los Estados Unidos en el asunto, el problema de un territorio no mayor que Asturias está cobrando un desproporcionado estatus de símbolo y precedente universal, aplicable en teoría a otras regiones del mundo más extensas, complejas e importantes. En definitiva: ¿Dónde reside la grotesca "magia" del problema kosovar?
(Continuará)
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Comics y guerras de secesión yugoslavas (4): Hermann

Portada de la obra de Hermann,
Sarajevo - Tango tal como se presentó en la edición belga original, y en la española
Asumiendo que los medios de comunicación tuvieron un enorme protagonismo en la guerra de Bosnia (1992-1995) queda por analizar de qué forma los diferentes autores de comics o novelas gráficas explicaron su versión del conflicto, introduciendo a los medias de forma diversa: como protagonistas directos de la historia, asumiendo la estructura narrativa de la crónica periodística o utilizando como argumento la versión mediática de los hechos.
Por otra parte, el estudio de los diversos autores dará pie a evaluar los diferentes estilos narrativos, gráficos y literarios, y la forma en que estos fueron evolucionando paralelamente al desarrollo de los conflictos yugoslavos, hasta llegar al final de los mismos con la obra del serbio Zograf.
El primero de los autores, por derecho propio, fue el belga Hermann [Huppen], que ya en 1995 publicó: Sarajevo – Tango (editado en España, al año siguiente, por Planeta De Agostini). Aunque la guerra de Bosnia estaba próxima a concluir definitivamente cuando apareció el comic, tuvo una cierta repercusión en el mundo de la historieta gráfica, no en vano era la primera obra comercial destacada sobre este tema. Sin embargo, lo que por entonces parecía un trabajo destacable, ha envejecido mal.

Viñetas del estilo clásico de Hermann, pertenecientes en este caso a la serie Comanche, en colaboración con Greg, que redactó el guión
En parte eso tiene una sencilla explicación: la dinámica de la guerra de Bosnia no cuadraba con el estilo narrativo de Hermann, que además hizo en este álbum una importante excepción. Entendámonos: el belga es un importante autor de “aventuras en estado puro”. En la biografía que publica Wikipedia se puede encontrar un interesante cuadro con la lista de sus obras desde 1969 (Hermann nació en 1938), en la que es dado comprobar la amplia variedad de personajes que creó: cazadores en África, guerreros de la Reconquista, delincuentes de ciencia-ficción, caballeros de la Edad Media, piratas, rudos cuatreros del Far West, cangaçeiros brasileños y tipos por el estilo. Esto es: toda la parafernalia del comic clásico de aventuras, muy bien dibujado, pero dentro de un estilo clásico, con mucha épica y personajes tópicos: duros, audaces e ingeniosos.
En Sarajevo – Tango resulta evidente que Hermann tiene problemas a la hora de cuadrar ese mundo de aventuras, en el que se distingue con claridad entre buenos y malos, con el esquema relativista pero a la vez tendencioso que por entonces transmitían los medios de comunicación sobre la guerra de Bosnia. El resultado es una narración muy de “cartón piedra” en el que se intentan encajar todos los tópicos de 1995: en apariencia no hay buenos ni malos (aunque los serbios son mayoritariamente alcohólicos, cínicos y primitivos), las fuerzas de paz han fallado estrepitosamente, la indignación de la opinión pública mundial es patente y la náusea del descreimiento lo invade todo.
Lo peor es que Hermann exagera y caricaturiza algunos extremos, mientras hace esfuerzos demasiado evidentes para nivelar otros. Así, la crítica continua contra las Naciones Unidas y su secretario general de entonces (el egipcio Boutros Boutros Ghali) resulta excesiva y hasta agobiante. Por otro lado, y para no parecer demasiado tendencioso, el malo es un mafioso bosnio musulmán, mientras que el amigo del héroe es un viejo serbio que ha escogido quedarse en el Sarajevo presuntamente multiétnico

La página 18 condensa la mayor acumulación de burlas y estereotipos negativos contra la ONU. En la primera viñeta se ridiculiza a los cascos azules, y en las que siguen, un grotesco Boutros Ghali que reside en una sede de las Naciones Unidas rediseñada como enorme queso de gruyère, recibe al mediador Lord Carrington, con el que baila un tango "de 1938 ó 1939": alusión a la Conferencia de Munich por la que las potencias occidentales entregaron Checoslovaquia a Hitler, un paralelismo muy en boga durante los años iniciales de la guerra de Bosnia.
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El mismo argumento de la obra refleja esa preocupación por hacer una crítica del conflicto (o mejor, de la ONU) desde una posición cómoda. El protagonista es un mercenario, un aventurero de origen sudeslavo con amplia experiencia en el mundo militar por haber servido en la Legión Extranjera. El hombre llega a Sarajevo contratado por una millonaria que intenta recuperar a su hija, secuestrada por su anterior ex marido, un mafioso bosníaco. Este argumento le sirve a Hermann para introducir el tipo de aventura que a él le gusta: hay muchos tiros y acción, y el héroe se comporta como el clásico “good-bad boy”. Y al final, muere por un arrebato de sentimentalismo: ya se sabe cómo son los tíos duros, todos esconden un corazoncito bajo el áspero caparazón. Además, se desliza por las viñetas una moraleja de tipo social: el mundo de los ricos está al margen del que vive el resto de la marea humana, incluyendo las guerras con sus causas y sus injusticias.
Otra chanza de Hermann: enormes globos con forma de dedo acusador que flotan inútilmente sobre Sarajevo, única "iniciativa" de las Naciones Unidas para intervenir en el conflicto. La labor de desprestigio que se llevó a cabo contra los ONU durante la guerra de Bosnia, a todos los niveles, contribuyó a que fuera neutralizada por la OTAN en el conflicto de Kosovo y más adelante, en 2003, por la coalición organizada por el presidente Bush para invadir Irak en aplicación del concepto de "guerra preventiva".
Para ampliar la viñeta, pulsar sobre la ilustración Dado que en aquellos momentos este argumento podía parecer frívolo, Hermann añadió páginas enteras de burlas e ironías caústicas sobre Boutros Boutros-Ghali, los negociadores lord Carrington y David Owen, y la ONU. Ridiculizar a los cascos azules le obsesionaba más que cargar contra los “chetniks” serbios. La idea que subyace a este planteamiento es la de que el Ejército de la Republika Srpska que asediaba Sarajevo no poseía mayor importancia militar, eran unos “primates” (sic) y sólo la indiferencia criminal de la ONU les permitió subsistir y seguir matando durante cuatro años. En realidad aparecen poco por la historieta. Los malos son los secuestradores de la niña, con el padre al frente, pero no tienen nacionalidad, es el mundo de la mafia y hasta se deja caer que podrían tener conexiones de alto nivel entre las autoridades de Sarajevo.

Algunas viñetas de la trama narrativa central de Sarajevo - Tango: el héroe y protagonista rescata a la niña secuestrada por su padre. Las historias de acción son el elemento en el que se mueve con mayor comodidad Hermann Huppen. Para ampliar la página, pulsar sobre la ilustración
En definitiva, una obra de calidad irregular, al menos en relación al nivel que Hermann tenía acostumbrados a sus lectores. Él mismo explicaba desde las páginas introductorias del comic que la indignación fue el motor de Sarajevo - Tango. Un sentimiento rabioso muy de aquella época, motivado por la aparente incapacidad de las potencias occidentales por “hacer algo” (que no parece haber prendido en nuestros días ante la espantosas masacres cotidianas en Irak) y que al parecer también se inspiraba en la suerte de su amigo, el bosniaco Ervin Rustemagić, que era agente en el mercado internacional del comic, y fundador de la agencia de representantes de autores de historieta Strip Art Features. Rustemagić quedó atrapado en Sarajevo, y Hermann se movilizó para rescatarlo de la ciudad, cosa que consiguió finalmente, pero no sin que le decepcionara profundamente la actitud de las autoridades de la ONU. Pero Hermann no nos explica que, en realidad, las historias que enviaba Rustemagić desde la ciudad asediada iban a parar a Joe Kubert, quien los estructuró a su vez como una novela gráfica titulada, precisamente: Fax from Sarajevo (Dark Horse Comics, 1996) 
La obra de
Joe Kubert que narraba las vicisitudes de Rustemagic y su familia en Sarajevo no lograba transmitir el damatismo del asedio: los protagonistas podrían haber sido una familia de clase media en una pulida Levittown norteamericana bombardeada por extrarterrestres. La culpa era en parte del ya anticuado trazo de Kubert, un autor de reconocida fama en los años cincuenta, ilustrador de aventuras de Tarzan y creador de personajes como el
Sargento Rock, pero que en 1996, fecha de publicación de
Fax from Sarajevo, tenía ya 70 años de edad y no se documentó demasiado para crear su obra. Se basó en los sobrecogedores faxes que enviaba su amigo desde la ciudad, cierto; pero en el mundo del comic, el guión sólo es la mitad de la fórmula
Por lo tanto, hemos de concluir que en Sarajevo – Tango está presente cierto ajuste de cuentas personal que hoy, transcurrida ya una docena de años, resulta tan ortopédico que una acertada reseña de la obra se atreve a decir que podría ser reeditada aunque ganaría sin las caricaturas sobre la ONU. Sin embargo, cualquiera que la haya leído desapasionadamente sabe que la obra de Hermann –como cualquier otro comic, en realidad- es un trabajo orgánico, un todo que no admite la amputación de viñetas: habría que reescribirlo y volverlo a dibujar, y entonces ya no sería el Sarajevo – Tango de Hermann, editado en 1996, con las limitaciones y pasiones de aquella época, sino otro producto diferente.
Etiquetas: comics, Guerra de Bosnia, guerras yugoslavas, Hermann, intervencionismo, ONU, Sarajevo
NOTA: A vueltas con el Juzestán [Khuzestan]
Se incluye como post-nota el siguiente intercambio de mails con Pablo Martín, de Ciencia Política de la UNED que está desarrollando, bajo mi dirección, una tesis doctoral sobre el Basij iraní. Se trata de un mero cruce de apuntes, porque en horas posteriores hemos ido encontrando nuevas direcciones en internet que añaden más confusión al asunto. En todo caso, la versión oficial del gobierno iraní es (lógicamente) que la minoría árabe en el Juzestán es mayoritariamente chií. Por lo tanto, el asunto continúa abierto, y es altamente polémico.

Paisaje idílico del Juzestán, procedente de una publicación oficial iraní
----- Original Message -----
From: Pablo Martín Fernández
To: Francisco Veiga Rodriguez
Sent: Tuesday, March 20, 2007 11:50 AM
Subject: Juzestán
He leido el post de hoy de tu blog y he encontrado algo que me ha chocado... ¿Recuerdas, que te comenté que la región iraní del Juzestán era etnia árabe, suní y muy rica en petroleo? Eso lo llevo grabado desde los tiempos de la misma guerra Irán-Iraq, sin embargo esa región aparece dentro del estado árabe chií… Picado por mi curiosidad me puesto a investigar (no he hecho otra cosa...) empezando por el enlace de los mapas que viene en el post, donde aparece la misma región como suní (en el mapa verde) o chií (en el de colores que le sigue); la contradicción se repite en artículos de opinión y todo lo que pueda navegar uno por la web. Sólo una coincidencia, para las fuentes americanas vinculadas con su gobierno es chií, para las independientes (vinculadas a organizaciones para la defensa de derechos) es suní.
The Khuzestan province in Iran is home to Iran's largest oil fields and part of the second largest known reserves in the world. It is also a Sunni Arab majority province. Only 3% of Iranians are Sunni, and most live in the Khuzestan province, the only Sunni Arab majority province in Iran.
http://inbrief.threatswatch.org/2006/01/eight-dead-in-iran-bombing/
Most of the Arabs living in Khuzestan are Shi'i Muslims and most of those living along the coast of the Persian Gulf are Sunni Muslims (RELIG1 = 4), with slightly more Sunni than Shi'a overall.
http://www.cidcm.umd.edu/inscr/mar/data/irnarab.htm
Este desbarra un poco, pero...
Make no mistake. The genocidal Sunni Arab terrorists of Iraq - whether they are loyal to Saddam or to al-Qaeda or both - remain a threat to the people of Khuzestan. http://www.geocities.com/aryannews/news000011.htm
The vast majority are Shi'a Muslims. There are also small Sunni, Christian and Jewish minorities. http://en.wikipedia.org/wiki/Arabs_of_Khuzestan
The Arab Shi'ites living on the plains of western Khuzestan share both their ethnicity and faith with the majority Arab Shi'ites across the strategic Shatt al-Arab waterway in Iraq. http://www.zmag.org/content/showarticle.cfm?ItemID=9073
I'd be very surprised if the level of violence by the Kurds and the Baluch doesn't increase, or indeed if the Sunni Arabs in [Khuzestan] stop agitating. It's a natural thing," he said. http://www.latimes.com/news/printedition/asection/la-fg-iran19feb19,1,291
6062.story?coll=la-news-a_section&ctrack=1&cset=true
There has been an increase of unrest in Iran, centered in the Sunni provinces of Baluchistan and Khuzestan
http://www.agedwards.com/public/content/sc/marketmon/geopolrpt.html
The oil-rich region has a significant Sunni Arab minority and high unemployment, leading to serious ethnic riots in April 2005.
www.tkb.org/Group.jsp?groupID=4567En fín, y así todas las que quieras... ¿Qué intereses hay en que sea suní o chií? Ya me desborda, particularmente que los americanos lo pongan en un supuesto iraq chií.
A ver qué se te ocurre a ti
Un saludo,
PM

Ilustración para un artículo de denuncia parodiando los agresivos planes neocon con respecto a Irán y JuzestánFrom: Pablo Martín
To: "Francisco Veiga Rodriguez"
Subject: Juzestán II
Date: Tue, 20 Mar 2007 18:30:45 +0100
Pues ya en casa y con más bibliografía y más seria, el Juzestán es mayoritariamente suní. Por citarte dos casos: en el nº2 de la revista de viajes "Altaïr", dedicado a Irán, el último artículo es "el Irán Suní" y empieza por el Juzestán. También es significativa la referencia de Dilip Hiro en su libro sobre la guerra Irán-Irak: según él, uno de los objetivos de la captura del Juzestán por Irak sería tener a la población chií entre dos fuegos.
No están intoxicando en internet?
PM

Bandera independentista del Juzestán
----- Original Message -----
From: Francisco Veiga Rodriguez
To: Pablo Martín
Sent: Tuesday, March 20, 2007 8:07 PM
Subject: RE: Juzestán II
Bingo!
Así, a bote pronto, creo que hay dos posibilidades (basadas en mi olfato derivado de experiencias balcánicas):
a) La "conspirativa", que tú señalas: a los americanos les interesa "chiitizar" la zona, quizás para que, llegado el caso (es una idea) la oportuna limpieza étnica que comportaría la desmembración de Irak [y de Irán] quedara más disimulada y no se asociara tan brutalmente a intereses petrolíferos. Eso no quiere decir que ahora mismo estén por la labor de desmembrar Irak [y atacar a Irán], pero la maniobra dejó sus huellas, y ahí quedaron.
b) La hipótesis del "boca-oído": como sabes, entre periodistas y políticos es muy usual el síndrome: "lorito-lorito, lo que tú dices yo lo repito". Eso también pasa en ambientes académicos, no creas. A saber si a partir de una fuente errónea, los demás han ido repitiendo y repitiendo lo mismo... No es improbable, y explicaría por qué en webs progres y antisistema tiran del mismo hilo, inconscientemente. De otra parte, recuerda lo que decía uno por ahí: que en 2003, Bush no tenía ni idea de que existían chiíes y suníes.
FV

Insurgentes del Juzestán
From: Pablo Martín
To: Francisco Veiga Rodriguez
Subject: Re: Juzestán II
Date: Tue, 20 Mar 2007 21:04:47 +0100
Yo, visto lo visto, y leído lo leído, me inclino por la hipótesis de la ignorancia, sobre todo por que después de la guerra, el Juzestán es zona militarizada y cuasi sagrada (regada por la sangre de los mártires... lo que me queda de leer de esto...) con lo que los testimonios de primera mano deben ser muy escasos.
Pablo Etiquetas: geoestrategia, intervencionismo, Irán, islam, Juzestán, Oriente Próximo, Pablo Martín
NOTA: Un ejercicio de cirugía estratégica sin anestesia
El plan para partir, repartir y rehacer todo el mapa del Próximo Oriente no es nuevo. Es incluso anterior a la invasión de Irak, de la cual se cumplen cuatro años justamente por estos estos días. Lo que resulta llamativo es que a estas alturas aún se siga manejando tamaño engendro. La variante que se ofrece aquí fue publicada y comentada en "Armed Forces Journal" el pasado mes de junio y su autor es Ralph Peters, un ex coronel, ensayista y novelista, con gran predicamente en los círculos castrenses neocons. Los mapas del "antes" y el "después" hablan por sí solos. Lo que cuesta entender es con qué argumentos se podría convencer a aliados estratégicos de los Estados Unidos de América, para que cedieran graciosamente amplios y valiosos territorios en aras de la "lógica" geoestratégica de Ralph Peters y sus seguidores. A Pakistan le supondría quedar convertido en un estado de fino diseño, entre un enorme Baluchistán, un Afganistán todavía más complejo y deforme y... la India. No digamos Arabia Saudita, que no sólo debería ceder terrenos a una extraña Gran Jordania, a Yemen y a un Estado Árabe Shií surgido de la desintegración de Irak: además perdería el supremo chollo de los Santos Lugares, integrados ahora en un Sagrado Estado Islámico. En fin: el lector puede perderse por un rato y a placer en los chocantes meandros de una cartografía elaborada sobre lo que parece "lógica Ken Follet".
Por otra parte, el seguidor fiel de este blog podrá ver aquí, absolutamenter actualizado, el último proyecto para remodelar el "espacio ex otomano", objetivo del intervencionismo quirúrgico de las grandes potencias desde 1826, una y otra vez retocado y redistribuido, y justamente por ello, matriz de algunas de las crisis más sangrantes -y aparentemente irresolubles- de nuestro mundo actual.
El lector puede ampliar los mapas pulsando sobre ellos con el puntero del mouse. Caso de que no funcionara tal opción, se puede intentar pinchando aquí.
Etiquetas: "espacio ex otomano", Arabia Saudita, geoestrategia, intervencionismo, Irak, Irán, Oriente Próximo
El espacio ex otomano, origen de las crisis actuales (4)

Perfecta imagen épica de la aventura napoléonica en Egipto: Bonaparte y su estado mayor a lomos de camello
El 1º julio de 1798, Napoleón Bonaparte desembarcó en Egipto al frente de una fuerza de apenas 50.000 hombres. Por entonces, ese país era una provincia del Imperio otomano, que hasta el momento se había mantenido al margen de las guerras napoleónicas. Pero los tres años que duró la aventura francesa en Egipto pusieron patas arriba los tradicionales sistemas de alianzas en Oriente. El Imperio otomano fue zarandeado por los acontecimientos como nunca antes lo había sido. Los cambios de alineamiento se sucedieron en función de las victorias francesas en Europa y de la presión de británicos y rusos. Pero lo peor fue que, cualesquiera fueran los aliados circunstanciales, resultaba una ardua y peligrosa tarea evitar que aprovecharan su posición para hacerse con el control de porciones del imperio. Los rusos, a los que se concedió libre paso por los Estrechos para atacar a los franceses, intentaron establecerse en el Adriático y las islas Jónicas, lo cual llevó a convertir a estas islas en una República Septinsular bajo la protección de Alí Paşa de Janina, con San Petersburgo detrás. Los británicos intentaron quedarse en Egipto tras ayudar a expulsar a los franceses. En 1803, los rusos sacaron provecho de su posición de fuerza en los Principados y nombraron príncipes rusófilos en Moldavia y Valaquia. Dos años más tarde apoyaban abiertamente la insurrección serbia.
La expedición napoleónica en Egipto terminó mal. Aunque sus tropas obtuvieron una serie de fáciles victorias iniciales contra la caballería de los mamelucos que habían permanecido en la zona, la mayoría de esas fuerzas, apoyadas por las tribus beduinas, se retiraron al Alto Egipto, donde organizaron una resistencia más eficaz. Por lo tanto, los franceses no lograron llegar hasta el Mar Rojo para dañar al comercio inglés, objetivo real de la audaz operación. Mientras tanto, la flota británica al mando de Nelson hundió a la francesa en Abukir, a sólo un mes del desembarco. El cuerpo expedicionario de Napoléon se quedó aislado en tierra con un sola posibilidad estratégica: la huida hacia adelante. La conquista de Siria también fracasó tras las victorias iniciales: la ofensiva francesa se estrelló ante la resistencia otomana en Acre.
Vistos los acontecimientos en perspectiva, la expedición napoleónica a Egipto marca el comienzo de la carrera intervencionista de las potencias occidentales para quedarse con porciones enteras del Imperio otomano, en competencia con rusos y austricos. Sin embargo, y si bien ese fue el resultado el final, no fue la intención de Napoléon ni de todos los estadistas británicos y franceses hasta 1914. En realidad el juego imperialsita era más sutil, y hasta la Gran Guerra, las potencias occidentales iban a desarrollar sobre territorio otomano una doble estrategia: maximizar los beneficios económicos, bien controlando de forma directa provincias y recursos; o presionando e intentando manipular a la Sublime Puerta para que mantuviera la integridad del resto. La preservación de un “espacio otomano” bajo soberanía formal de Estambul, pero control exterior indirecto tenía un doble objetivo: a) Defender las inversiones hechas en él; b) Evitar un temible “vacío geoestratégico” resultante de la desaparición de la autoridad de Estambul que, o bien llevaría la anarquía a toda la zona de Oriente Próximo, el Magreb y los Balcanes, o caería bajo el control de una potencia rival. Esto era algo que Napoléon ya temió, y de ahí que en 1798, el Gran Corso sólo se planteaba utilizar a Egipto como plataforma para un ataque en profundidad contra el Imperio británico. Posteriormente, tampoco intentó implicar al Imperio otomano en sus guerras. Ese esquema se repitió a lo largo de todo el siglo XIX, pero complicado con la intromisión de una serie de fuerzas que iban a interactuar entre sí hasta el punto de rebelarse incontrolables por parte de las potencias intervinientes.
La contención de los intentos rusos por destruir al Imperio otomano durante el siglo XIX constituyó un éxito notable para la diplomacia occidental. El primer y brillante ejercicio fue la Paz de Adrianápolis, en 1829, tras una corta guerra en la que los rusos estuvieron más cerca de alcanzar su objetivo: sin los jenízaros, sin marina, con el resto del ejército en plena reorganización, sólo unidades provinciales y tropas irregulares intentaron una defensa imposible del Imperio otomano. Pero las tropas del zar avanzaron casi sin oposición. Por el este, los invasores atravesaron el Cáucaso y penetraron en Anatolia, con la colaboración activa de la población armenia. En el verano de 1829, la resistencia militar otomana colapsó, y los rusos alcanzaron Erzurum, en Anatolia, avanzando sin resistencia hacia Trabzon. Pero en los Balcanes lograron a tomar Edirne, la antigua capital imperial.
A pesar de que la situación llegó a extremos insostenibles, las potencias occidentales, y los británicos en particular, consiguieron evitar lo peor. Ex cierto que el zar Nicolás I no se atrevió a llegar hasta el final. Era lógico, porque Rusia aún formaba parte de las grandes potencias garantes del equilibrio europeo post-napoleónico, y la destrucción unilateral del Imperio otomano también se lo habría llevado por delante. Pero el Tratado de Adrianápolis instituyó de forma clara el principio de protección del Imperio otomano por las potencias occidentales y en especial por la Gran Bretaña, potencia que no estaba dispuesta en modo alguno a tolerar una expansión decisiva de Rusia que afectaría peligrosamente al propio Imperio británico.
Defendiendo al "amigo turco": fotografía de los altos mandos militares aliados en la Guerra de Crimea, de izquierda a derecha: Lord Raglan, que había perdido un brazo en la batalla de Waterloo, luchando contra Napoléon (1815); Osman Nuri Paşa, comandante otomano; y el general francés Pélissier.
La Guerra de Crimea (1853-1856) fue consecuencia de esa política. Lo que buscaron los británicos en ella fue destruir la potencia naval de un peligroso competidor comercial y estratégico tanto en el Imperio otomano y el Mediterráneo oriental, como en la temprana pugna por la expansión imperial en Asia Central. Para el Imperio otomano fue el gran espaldarazo. Los aliados occidentales le habían hecho un enorme servicio estratégico: habían anulado la amenaza rusa de forma perdurable por primera vez desde 1699. No es descabellado afirmar que la Guerra de Crimea contribuyó decisivamente a alargar la vida del Imperio otomano por más de sesenta años; pero la factura que iban a pagar a sus protectores iba a ser ciertamente onerosa.

Los supervivientes de las célebre carga suicida de la Caballería Ligera británica en Balaclava (1854) regresan como pueden del combate. Abajo, los personajes reales: fotografía de los gloriosos jinetes que pudieron contarlo: una de las instantáneas de Roger Fenton, primer fotorreportero de guerra de la historia.
El épico episodio, que ocupa un lugar central en la mitología militar británica, hace olvidar que la Guerra de Crimea buscaba un obejtivo muy preciso: inutilizar la base naval rusa de Sebastopol, tomada finalmente por los aliados en 1855 (fotografía inferior)

En 1877 Rusia se había recuperado y de nuevo se lanzó a una guerra en profundidad contra el Imperio otomano, con Estambul como objetivo final. Tras una muy dura lucha en Bulgaria, en enero de 1878 las fuerzas rusas estaban ya a pocos kilómetros de la capital. Es dudoso que los cansados ejércitos rusos pudieran tomar al asalto una urbe como Estambul, que estaba siendo fortificada y a la que acudían en masa entusiastas voluntarios para defenderla. Pero sobre todo, Londres estaba en el colmo de la exasperación. La guerra con los rusos parecía inminente y las multitudes enardecidas de patriotismo cantaban tonadillas que punteadas por la exclamación “by jingo!” dieron lugar al adjetivo “jingoísta”, similar a “chauvinista”. Ellos tenían los barcos, los hombres y el dinero para la salvar al Próximo Oriente y la India de los apetitos peligrosos. Así, aunque rusos y otomanos ya habían comenzado contactos y negociaciones a finales de enero, la flota fue despachada a proteger el Dardanelos y quizás incluso Estambul.


Buques otomanos, bajo el mando de Ateş Mehmed Paşa (retrato) bombardean la base de Sebastopol el 5 de septiembre de 1855. Pocos años más tarde, las modernas unidades de la escuadra británica acudieron a defender Estambul y los Estrechos. En la fotografía, sus barcos estacionados en Port Said, en 1878, a punto de zarpar para esa misión.
Una vez más, los rusos desistieron. Intentaron rentabilizar política y estratégicamente los frutos de su victoria haciendo firmar a los vencidos el Tratado de San Stefano. Éste daba carta de naturaleza a una Gran Bulgaria que comprendía incluso la actual Macedonia y que se convertía en base avanzada para un futuro ataque ruso contra el corazón del Imperio otomano. Pero una vez más intervinieron las potencias occidentales, ahora para rebajar incluso tales expectativas. Así fue como se reunieron en el Congreso de Berlín, que en 1878 intentó un primer reordenamiento de los nacientes estados soberanos de los Balcanes: es decir, de la primera porción amputada del Imperio otomano. Los representantes de la Sublime Puerta fueron unos meros convidados de piedra; cierto es que la conferencia se hizo para atajar las ambiciones rusas, pero el resultado revirtió, como en 1829 ó 1856 en la supervivencia del Imperio otomano, unos años más.


Momento final del Congreso de Berlín (1878) inmortalizado por el pintor Anton von Werner. Birmarck cierra el trato con el príncipe Gorchakov, de la delegación rusa, mientras el húngaro conde Andrássy asiente, obediente. A la derecha, detalle de los delegados otomanos, que el artista representa como un pequeño grupo apartado de la escena principal, con gesto desconcertado y hasta resentido. Es de hacer notar que en la delegación otomana tuvo un papel predominante el griego fanariota
Alexander Karatheodori PaşaEtiquetas: "espacio ex otomano", Congreso de Berlín, Egipto, Guerra de Crimea, intervencionismo, Napoleón Bonaparte, Serbia, Tratado de Adrinápolis, Tratado de San Stefrano
Desarmados de información

Publicado en "El Periódico", 9 de septiembre, 2006. Título:
EL PELIGRO DE INTERVENIR A CIEGAS
El debate en torno al envío de fuerzas españolas al Líbano entre gobierno y oposición se ha terminado por reducir a los elementos esenciales que permiten salvar la cara a unos y otros. Para el Partido Popular, con enormes fantasmas internos de hace menos de tres años, todo se va centrando en "demostrar" que el operativo en curso es similar al de Irak, en terminos de misión de guerra o de paz. El gobierno, en cambio, está más preocupado por evitar un discusión en profundidad sobre el balance de los beneficios reales que supone para España el paso adelante dado en el Líbano.
En ambos casos se habla de riesgos, nadie lo niega. Pero a la hora de la verdad quedan bastante difuminados: se trata de una zona "muy conflictiva", donde ya fracasaron anteriores misiones de paz de las Naciones Unidas; las tropas de interposición podrían quedar atrapadas en el medio de los combates o ser víctimas de provocaciones, y argumentos de este tenor. De todas formas, tercia el gobierno, la unidad que se envía es militarmente robusta, capaz de defenderse a sí misma y no estará sola ni aislada en la zona. Se suele obviar que estas misiones no cuentan con la valiosa contribución de fuerzas aéreas propias, aparatos de ataque al suelo o reconocimiento, factor decisivo en cualquier operación militar actual, de paz o de guerra.
Pero el quid de la cuestión no está aquí; y lo peor es que por su misma esencia será difícil que se llegue a debatir, ni en foros políticos e institucionales, ni en la prensa. El talón de Aquiles en estas operaciones multinacionales de intervención suele radicar en la obtención y gestión de inteligencia, tanto estratégica como táctica. Dicho de otra manera: suele haber haber problemas con la información reservada que permite evitar atentados, provocaciones, encerronas y las mil y una perrrerías a las que puede quedar sometida una fuerza de interposición multinacional (esto es, básicamente desunida) aunque cuente con un mando temporal centralizado.
Hace unos años, este factor hubiera sido desestimado en cualquier análisis. Pero cabe recordar que en noviembre de 2003, el CNI cosechó en Irak uno de los fiascos más sonados de la historia de los servicios de inteligencia occidentales en las últimas dos décadas; y un precedente de tal calibre habría de tenerse en cuenta ante un esfuerzo logístico como el que supondrá el despliegue español en Líbano.
Situar una fuerza militar en el Próximo Oriente supone, ante todo, conocer el terreno político que se pisa. Tener buenos informadores, ser capaces de prever las intenciones de unos y otros y, llegado el caso, poseer discretos cauces de negociación. Eso puede resultar medianamente fácil de improvisar en un estado tan desestructurado como Afganistán. Y aún así, la situación se le está yendo de las manos a las fuerzas de la OTAN: a casi cinco años de la ocupación del país y la erradicación del régimen de los talibanes, el goteo de bajas aliadas se está haciendo intolerable para algunos miemboros de la coalición, mientras que el país está lejos de haber sido controlado y amenaza con irse "iraquizando". Sobre las dificultades de obtener información eficaz en Irak habla bien a las claras el inmanejable desastre delm teatro estratégico allí. Y en el Congo, destino de otro contingente destacado de fuerzas europeas, la volatilidad de la situación es muy superior a lo que se creía hace tan sólo un par de meses.
Fácil es imaginarse las dificultades que comportará obtener información sensible en el sur del Líbano, donde opera un Mossad que se las sabe todas, pero no tanto como para hacer que la ofensiva israelí del pasado mes de julio no deviniera un fiasco. Y por parte contraria, qué decir. Hezbollah es una caja fuerte, y sus contactos con Teherán o Damasco están igualmente blindados. Por si faltara algo, los iraníes tienen una bien ganada fama de astutos y hasta torticeros. Sólo cabe añadir un dato para ilustrar cómo juegan los protagonistas sobre el terreno. Según todos los indicios, el Estado Mayor israelí tenía preparada la ofensiva contra Hezbollah y sus rampas de misiles para estas fechas, quizá más tarde. Pero la milicia de los chiíes libaneses se lo venía oliendo, y de ahí la incursión del 10 de julio a fin de capturar algunos reclutas israelíes que dieran información sobre los preparativos. Estaba claro que los dos prisioneros que se hicieron en aquella operación desvelarían a Hezbollah detalles importantes que echarían por tierra los preparativos. De ahí que tras consultar apresuradamente con Olmert y Washington, el Estado Mayor israelí decidiera adelantar la fecha de la incursión. Y así empezó el lío.
En el escenario libanés, todos los actores están nerviosos y por lo tanto, inseguros. Si un fallo en los operativos de inteligencia israelíes dio un vuelco tan desastroso a la situación, es posible imaginar lo que puede suponer para una fuerza recién llegada, sin tradición de permanencia en la zona, improvisar sobre la marcha y en el terreno, un tinglado eficaz y suficientemente seguro para recoger información que evite bajas y posibilite cumplir los objetivos. Y no nos engañemos: sin una robusta capacidad de información propia, enviar tropas a escenarios exóticos puede ser tan irreal o innecesario como mover soldaditos de plomo sobre un mapa. O peor aún: ponerlos a disposición de los demás.
Etiquetas: Afganistán, Congo, España, Hezbollah, intervencionismo, Irak, Israel, Líbano, Mossad, ONU, OTAN, talibanes
El espacio ex otomano, orígen de las crisis actuales (3)

A la izquierda: soldado serbio con piezas de uniforme ruso. A la derecha: oficial serbio con uniforme completo de esa procedencia. 1809.
Acuarelas de
Pavle Vasić, 1808-1918 Yниформе Cрпске Boјске, Просвеtа, Београд, 1980
Hace pocos días, Andrés Mourenza se refería en su blog a los apuros sufridos por el embajador norteamericano en Ankara, Ross Wilson durante una conferencia de prensa ofrecida el pasado 17 de julio. El diplomático explicó ante la prensa turca que Washington apoyaba a Israel en las operaciones militares emprendidas “para defender su país”. Ante la aseveración, un periodista turco preguntó si el ejército de su país podría hipotéticamente hacer lo mismo: penetrar en el territorio de un estado vecino (Irak) para destruir las bases de un grupo guerrillero (el PKK) que atacaba territorio turco. La pregunta era más que previsible, pero pillado en pleno renuncio, el embajador sólo acertó a farfullar algo así como: “Eso no debería ocurrir”. La anécdota quedó rematada con un titular bien expresivo del diario “Vatan”, edición del 19 de junio: “İsrail’e öfke ve kıskançlık”: “Cólera y envidia hacia Israel”. Periódico cada vez más popular en Turquía, “Vatan” no rehuye temas delicados y el titular expresaba de un lado el rechazo de la población ante la exhibición de fuerza bruta que está desplegando Israel en el Líbano y Gaza; pero también las libertades que se toma ese país como protegido privilegiado de los norteamericanos.
No muchos días más tarde, el 2 de agosto, algunos díarios, siempre atentos a destacar y ampliar cualquier noticia negativa –real o imaginaria- procedente de Turquía, insertaban una breve nota en la que anunciaban que el general Yaşar Büyükanıt era el nuevo Jefe de Estado Mayor del Ejército de tierra turco en sustitución del también general Hilmi Özkök. Estos medios de prensa –“La Vanguardia” muy en especial- se apresuraron a remachar donde apenas les cupo en la breve nota informativa, que Büyükanıt es un “halcón”, “conocido por su defensa de la línea dura” del cual se espera que “lidere una gran operación militar contra los bastiones de la guerrilla kurda del PKK”. Dado que incluso en internet resulta difícil encontrar información sobre Yaşar Büyükanıt que no sea en turco –y los avezados reporteros españoles “especializados” no tienen ni remota idea de ese idioma- no deja de despertar dudas la procedencia de tal caudal informativo. Máxime teniendo en cuenta que el nuevo Jefe de Estado Mayor hizo unas declaraciones en octubre de 2000, en “Milliyet”, recogidas por Radio Free Europe, en las que afirmaba que “la completa integración de Turquía en la UE era una necesidad geoestratégica”.
Pero aún suponiendo que sí, que Yaşar Büyükanıt fuera un duro puesto al mando del ejército de tierra para lanzar una gran ofensiva contra el PKK –anunciada desde hace meses- ¿qué tendría de extraño, ante el espectáculo de aliado israelí entrando como un elefante en la cacharrería del sur de Líbano? Es, ni más ni menos, que la respuesta turca a la pregunta dirigida al embajador Ross Wilson.
Anécdota, noticia y “vestimenta” de la noticia no son sino un ejemplo más del bien conocido y grosero fenómeno del doble rasero informativo y argumental, tan caro a las grandes potencias y a nuestra prensa, de finos reflejos seguidistas. El fenómeno es antiguo, pero en su forma actual se puede decir que nació en torno a los conflictos que desagarraron al Imperio otomano a lo largo del siglo XIX. Uno de los ejemplos más conocidos es la actitud de Rusia ante sus protegidos en los Balcanes. Una cosa era proclamarse defensora de los pueblos cristianos supuestamente oprimidos por los turcos; otra muy diferente era tener en cuenta las necesidades y deseos reales de los protegidos.Existen tres ejemplos muy claros de esta actitud. El primero, durante la revuelta serbia de febrero, 1804. En septiembre, una delegación de rebeldes viajó a San Petersburgo y pidió ayuda a Rusia. El zar Alejandro no se decidió por un apoyo en fuerza porque en aquel momento no le convenía enemistarse con el Imperio otomano: el juego de alianzas y el equilibrio de poder era demasiado volátil. Pero la noticia del hecho llegó a Estambul, fue interpretada como una intolerable búsqueda de autonomía, y eso significó ya la guerra formal contra los insurrectos. Los serbios aguantaron como pudieron la represión de las fuerzas otomanas, gracias al genio estratégico de su líder militar y político, George Petrović, que pronto sería conocido como Karadjordje o "Jorge el Negro" [lámina adjunta]. Al año siguiente, tropas rusas invadieron
los Principados Danubianos y ofrecieron todo tipo de ayuda a los serbios: armas, dinero, equipos, instructores e incluso tropas de refuerzo. Gracias a ello, en junio de 1807, Karadjordje tomó las últimas fortalezas otomanas en suelo serbio. El 10 de julio de 1807, firmó un tratado de alianza con Rusia. Pero tres días más tarde, el zar Alejandro se entrevistó con Napoleón en Tilsit, se deshizo la Cuarta Coalición y se proclamó la paz continental. A continuación, el ruso firmó un tratado de paz con el Imperio otomano y el 24 de agosto retiró sus tropas de Serbia. Apoyándose en la incapacidad militar del Imperio otomano, los insurrectos lograron erigir su propio estado y resistir algunos años más, pero era evidente que para el zar las conveniencias de la política global eran mucho más importantes que el destino de un pequeño pueblo cristiano y eslavo.
Más lamentable fue la actitud rusa ante la insurrección nacional griega de 1821. La semilla del alzamiento había sido preparada por la Filikí Etería, o “Asociación de Amistad”, una sociedad conspirativa fundada en 1814 por comerciantes griegos en Odesa, en la línea de otras organizaciones similares –carbonarios, anilleros, comuneros, La Garduña- surgidas en los focos revoltosos al orden de la Restauración europea, especialmente en España e Italia. La que durante muchos años fue una “minoría consciente” terminó por cobrar una destacada presencia entre los griegos del imperio debido a dos factores. El primero, la gran movilidad de sus miembros; y además, la insistencia en que existía un compromiso por parte de Rusia para intervenir en apoyo de una insurrección griega que debería ser la punta de lanza para una gran revolución cristiana en todos los Balcanes contra el dominador musulmán. Ese argumento, que demostró ser totalmente falaz gozó de credibilidad a la vista del apoyo que había recibido los griegos por parte de Rusia en anteriores guerras de es apotencia contra el Imperio otomano, y también por el precedente de la insurrección serbia. Aunque había sido aplastada en 1813, siete años más tarde la situación había cambiado notablemente. En 1815 había estallado una nueva revuelta en Serbia, liderada por Miloš Obrenović, un nuevo caudillo que sumaba astucia diplomática a sus capacidades como dirigente militar. Dando una de cal y otra de arena, este hombre había obtenido una salida política a la insurrección militar, pactando en pocos meses con la Sublime Puerta su nombramiento como “Príncipe de la Nación Serbia”, logrando una considerable autonomía política para el país y conservando retener sus milicias como garantía del acuerdo. En parte, Miloš Obrenović había logrado todo esto jugando de farol con un supuesto apoyo ruso que estaba lejos de haber sido concretado.
Algo parecido intentaron los agentes de la Etería con su líder al frente, Aléxandros Ypsilantis [lámina adjunta] el cual había hecho su fortuna en Rusia, sirviendo como oficial en el ejército de este país. El plan consistía en desencadenar la insurrección en los Principados Danubianos, lindante con la frontera rusa. Además, era una plataforma ideal para lograr el apoyo de otras naciones cristianas
ortodoxas,
como los moldavos, los válacos o los serbios. Pero a la hora de la verdad todo ello resultó ser un trágico error basado en fantasías. El “Batallón Sagrado” de voluntarios griegos que cruzó la frontera de Moldavia el 6 de marzo de 1821, fue destrozado en tres semanas por las tropas otomanas, sin que los rusos movieran un dedo. De hecho, el zar Alejandro se tomó muy mal el plan y expulsó a Ypsilantis del ejército. Era comprensible: Rusia formaba parte de la Santa Alianza, garante del orden más conservador en la Europa de la Restauración, y no deseaba verse arrastrado a una guerra por iniciativa y conveniencias una sociedad secreta demasiado parecida a las que habían organizado liberales, masones y carbonarios en España e Italia. Por otra parte, las propuestas neobizantinas de un Rigas Feriaos chocaban frontalmente con los objetivos de Rusia en la Cuestión de Oriente: era Rusia la llamada a recomponer el Gran Imperio Romano de Oriente, no Grecia.
Un mortal doble rasero: los grandes gestos rusos hacia los súbditos cristianos del sultán no eran de matiz ideológico, sino estratégico. Los griegos obtuvieron su independencia gracias al apoyo inesperado de los voluntarios y apoyos políticos filohelenos desde Occidente; y sobre todo, de la escuadra anglo-francesa que en 1827 hundió a la flota otomano-egipcia en el puerto de Navarino. Pero la guerra que desencadenaron los rusos a continuación ya no estaba destinada a ayudar a los griegos, sino a destruir el Imperio otomano. Y para ello, esta vez, armaron a voluntarios armenios en el frente de Anatolia oriental. En 1877, las tropas rusas volvieron a repetir la mis a estrategia: distribuyeron armas a las comunidades armenias para provocar acciones de guerrilla o levantamientos insurreccionales que sirvieran de apoyo a su ofensiva en el Cáucaso y Anatolia oriental. El fomento del nacionalismo armenio no se basó sólo en ese tipo de acciones. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX, la ingerencia exterior contribuyó a minar decisivamente el carácter religioso de los millets, la conocida institución otomana que desde 1453 constituía una muy flexible entidad administrativa de carácter autónomo para las principales confesiones religiosas no musulmanas del Imperio.
El resto de las potencias pronto aprendieron a aplicar el mismo doble rasero cínico que utilizaban los rusos con los súbditos cristianos del Imperio otomano, sin tener en cuenta las consecuencias para esos pueblos. Así, en 1878, el patriarca armenio de Constantinopla, Mgrditch Khrimian [lámina adjunta]
que inicialmente se había declarado leal al estado otomano e incluso había hecho un llamamiento para que los armenios tomaran las armas contra el invasor ruso, organizó una delegación que acudió al Congreso de Berlín para conseguir de las grandes potencias el apoyo necesario a fin de obtener lo que búlgaros, rumanos y griegos habían logrado. Ni los rusos ni las potencias signatarias del Congreso de Berlín atendieron las peticiones armenias porque estaban ante un caso más complicado que el de cualquier país balcánico: comenzando por el hecho de que los armenios no eran mayoría poblacional en ninguna de las seis provincias anatolias en las que se concentraban y resultaba imposible recrear sobre esas bases la realidad de cualquier nación balcánica.
Pero sobre todo, a los rusos les interesaba mantener en el corazón del Imperio otomano una minoría étnica persistente y crecientemente descontenta con Estambul. Esa situación se agravó con la llegada masiva de refugiados procedentes de las limpiezas étnicas de población turco-musulmana perpetradas por los nuevos estados balcánicos. En esa práctica también Rusia daba lecciones, pues a partir de 1861 comenzó a expulsar masivamente circasianos y abjazos en dirección a Anatolia. Los armenios se quejaban de que la presión demográfica y poblacional iba en su contra y que los recién llegados, extremadamente pobres, amenazaban sus tierras en los vilayets o provincias orientales de Anatolia, donde se concentraba la mayor parte de la población armenia. Ese problema alcanzó cotas dramáticas a partir de 1878, cuando decenas de miles de musulmanes fueron expulsados o escaparon de los Balcanes y Rusia y se establecieron en el Imperio otomano, en ocasiones vecinos a las tierras o propiedades de la población armenia en los confines orientales de Anatolia. Como cualquier otra minoría bienestante, los armenios pronto comenzaron a protestar contra lo que consideraban una maniobra del gobierno para presionarles o forzar un desalojo gradual.
Esta situación envenenó las relaciones entre la comunidad armenia y las autoridades otomanas a lo largo del último cuarto del siglo XIX. A ello contribuyó en no escasa medida la actitud de la política exterior rusa, que una vez más, ni quiso ni pudo apoyar a los nacionalistas armenios. La reacción de las grandes potencias a la paz de San Stefano y la creación de una Gran Bulgaria ya fue suficientemente enérgica como para que, pocos meses más tarde, se dignaran apoyar el surgimiento de una Gran Armenia independiente, fiel a Rusia. En tal sentido, la delegación de Khrimian se cavó su propia tumba política al acudir a la Conferencia de Berlín, en 1878: era virtualmente imposible que las potencias occidentales contribuyeran a una mayor influencia rusa en los destinos del Imperio otomano cuando precisamente se había reunido en Berlín para impedir eso. Por otra parte, los mismos rusos poseían una importante población armenia en su territorio y veían con desconfianza la posibilidad de crear un estado independiente al otro lado de su frontera.
Pero el principal problema terminó siendo que las mismas nacionalidades minoritarias del Imperio otomano se acostumbraron a demandar la intervención de las grandes potencias para dirimir sus diferencias con la sublime Puerta o entre ellos mismos. Los serbios en 1804 y los griegos en 1821 habían mostrado el camino: la llamada de auxilio podía funcionar desde un primer momento –como en el caso de los serbios- o fracasar, como le ocurrió a Aléxandros Ypsilantis. Pero si los insurrectos resistían y sobre todo, eran capaces de encajar pérdidas humanas durante algún tiempo, alguien terminaba llegando desde el exterior con la ayuda militar necesaria. Este mecanismo se repitió en los Balcanes en innumerables ocasiones, desde 1804 hasta 1999, haciendo de esa península uno de los territorios con mayor número de intervenciones militares y diplomáticas del mundo.
Pero en realidad, el fenómeno se extendió a todo el territorio del Imperio otomano, haciendo de sus restos el gran criadero de crisis irresolubles del siglo XX y comienzos del XXI: Líbano, Palestina, Irak, el Kurdistán o el Cáucaso configuran esa constelación de problemáticas en las que, junto con Bosnia, Kosovo o Macedonia se entrelazan enfrentamientos interétnicos más o menos reales, con intervenciones internacionales mal resueltas, disfrazadas de intereses geoestratégicos a veces un tanto anacrónicos. Es cierto que en la actualidad se mezclan en algunos de ellos nuevas y muy reales motivaciones, como el trazado de los oleoductos procedentes del Caspio. Pero no deja de ser sintomático el hecho de que incluso tales disputas se disfracen con los viejos ropajes emocionales de antaño: por ejemplo, la apelación al genocidio armenio de 1915 en medio de las negociaciones para el acceso de Turquía a la Unión Europea. Y más todavía, que tales planteamientos posean todavía un enorme tirón emocional en Occidente, maestro de mitos nacionales y nacionalistas para toda el área del desaparecido Imperio otomano.
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