¿Quién sabía qué, en Ankara?

Olmert y Erdogan hace unos meses: los límites de la confianza, los límites de la información
La crisis de Gaza viene poniendo de relieve, una vez más, y así ad infinitum, hasta qué punto los conflictos en el "espacio ex otomano" son particularmente propensos a despertar pasiones desbocadas en Occidente, como hace casi doscientos años. Y como siempre, lo que ocurre sobre el terreno se convierte en remedo de contradicciones y conflictos en algunos de los observadores externos (algo que en España es ya un verdadero vicio secular en nuestros medios de prensa y sus lectores).
Por eso se recomienda con especial atención a los seguidores de este blog la pieza que sigue a continuación. Está pendiente de ser publicado en este mismo blog un post titulado: "El País no se entera", dedicado a las meteduras de pata, algunas involuntarias, y otras nada inocentes, del conocido periódico madrileño. Pero de momento, ahí va una crónica de Juan Miguel Muñoz, muy oportuna y bien elaborada. Las conclusiones, muy jugosas, las puede sacar por sí mismo el lector habitual de este blog.
El conflicto de Oriente Próximo
El conflicto echa por tierra la mediación de Turquía con Siria
"Olmert me ha traicionado", dice el primer ministro turco
Juan Miguel Muñoz, Ashkelón - 10/01/2009
Es un importante aliado de Israel. El único país musulmán con el que ha suscrito acuerdos de cooperación militar. E incluso destino turístico para miles de israelíes. Turquía, además, se ha esforzado denodadamente durante cinco años para aproximar a Israel y Siria. Y lo logró. Cinco veces viajaron en 2008 emisarios desde Tel Aviv al Bósforo para reunirse con los mediadores turcos, que trasladaban las propuestas a la contraparte siria. La guerra desatada contra Gaza ha destrozado ese canal mediador. Costará recuperar la confianza. El primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, está furioso con su homólogo, Ehud Olmert.
Días antes del ataque contra la franja, Olmert recibió a Erdogan en Jerusalén y abordaron las negociaciones con Damasco. Ni una palabra sobre la operación que se cernía sobre el territorio palestino. El jefe del Gobierno turco reaccionó tras comprobarse la magnitud de la agresión: "Olmert me ha traicionado y ha dañado el honor de Turquía". "Estábamos cerca de que comenzaran las conversaciones directas entre Israel y Siria. Esta operación lo arruina todo", afirmaron asesores de Erdogan.
A partir de ahí, la furia de Ankara se refleja en las declaraciones de sus dirigentes. Así, dejaron claro lo que resulta evidente para muchos analistas políticos: Israel rompió la tregua de seis meses pactada con el movimiento islamista palestino en junio de 2008. "Hamás cumplió la tregua durante seis meses, pero Israel no hizo honor a su compromiso y no levantó el bloqueo económico. La gente en Gaza vive en una prisión", enfatizó Erdogan a los gobernantes saudíes cuando viajaba de una capital árabe a otra para frenar las matanzas en Gaza.
Hamás reanudó el lanzamiento de cohetes a partir del 4 de noviembre, mes y medio antes de que expirara el alto el fuego pactado el 19 de junio. Pero sólo después de que ese mismo día Israel hiciera saltar la tregua por los aires.
El Ejército mató -la noche en que el mundo contemplaba el triunfo de Barack Obama- a seis milicianos de Hamás tras cuatro meses y medio sin ataques a Gaza y sin que Israel sufriera impactos de cohetes. También ha expresado en voz alta el ministro de Justicia, Mehmet Ali Sahin, una opinión casi unánime en el mundo musulmán, aunque no se escuche de bocas de sus dirigentes: "Israel es el principal generador de terrorismo en el mundo. La guerra contra el terrorismo no tendrá éxito mientras Israel continúe con sus provocaciones".
Etiquetas: "espacio ex otomano", Erdoğan, Gaza, Israel, Olmert, Siria, Turquía
NOTA: Un ejercicio de cirugía estratégica sin anestesia
El plan para partir, repartir y rehacer todo el mapa del Próximo Oriente no es nuevo. Es incluso anterior a la invasión de Irak, de la cual se cumplen cuatro años justamente por estos estos días. Lo que resulta llamativo es que a estas alturas aún se siga manejando tamaño engendro. La variante que se ofrece aquí fue publicada y comentada en "Armed Forces Journal" el pasado mes de junio y su autor es Ralph Peters, un ex coronel, ensayista y novelista, con gran predicamente en los círculos castrenses neocons. Los mapas del "antes" y el "después" hablan por sí solos. Lo que cuesta entender es con qué argumentos se podría convencer a aliados estratégicos de los Estados Unidos de América, para que cedieran graciosamente amplios y valiosos territorios en aras de la "lógica" geoestratégica de Ralph Peters y sus seguidores. A Pakistan le supondría quedar convertido en un estado de fino diseño, entre un enorme Baluchistán, un Afganistán todavía más complejo y deforme y... la India. No digamos Arabia Saudita, que no sólo debería ceder terrenos a una extraña Gran Jordania, a Yemen y a un Estado Árabe Shií surgido de la desintegración de Irak: además perdería el supremo chollo de los Santos Lugares, integrados ahora en un Sagrado Estado Islámico. En fin: el lector puede perderse por un rato y a placer en los chocantes meandros de una cartografía elaborada sobre lo que parece "lógica Ken Follet".
Por otra parte, el seguidor fiel de este blog podrá ver aquí, absolutamenter actualizado, el último proyecto para remodelar el "espacio ex otomano", objetivo del intervencionismo quirúrgico de las grandes potencias desde 1826, una y otra vez retocado y redistribuido, y justamente por ello, matriz de algunas de las crisis más sangrantes -y aparentemente irresolubles- de nuestro mundo actual.
El lector puede ampliar los mapas pulsando sobre ellos con el puntero del mouse. Caso de que no funcionara tal opción, se puede intentar pinchando aquí.
Etiquetas: "espacio ex otomano", Arabia Saudita, geoestrategia, intervencionismo, Irak, Irán, Oriente Próximo
El espacio ex otomano, origen de las crisis actuales (y 6)

Durante la mayor parte del siglo XIX, las potencias occidentales y en mayor medida Gran Bretaña, seguida en parte por Francia, defendieron como pudieron al “Hombre enfermo” de los intentos rusos por destruirlo. Por lo tanto, una de las grandes paradojas de esta historia resultó ser la de que, al final, los rusos fueron los causantes, aunque indirectos, del postrer desmoronamiento del Imperio otomano, a pesar del empeño que habían mantenido ingleses (y en parte franceses) por conservarlo vivo a lo largo del siglo XIX.
Tras el estallido de la Gran Guerra, en agosto de 1914, la Sublime Puerta llegó a la conclusión de que intentar mantenerse neutral en el conflicto, como había hecho durante las guerras napoleónicas, no serviría de nada en esta ocasión. Los rusos deseaban borrar las humillaciones de 1905 y convertirse en potencia dominante, incluso a costa de la destrucción del estado alemán y su desmembramiento, tal como se desprende de los denomiandos "Doce Puntos de Sazonov" que marcaban sus objetivos iniciales de guerra. Desde Estambul se creía que los franceses y sobre todo los británicos les permitirían esta vez a Rusia hacer lo que quisiera; esto implicaba que tampoco moverían un dedo si esa potencia aprovechaba para imponer sus reclamaciones al Imperio otomano, aunque se mantuviera neutral. Dada la naturaleza de la contienda que se estaba librando, era de esperar que la primera exigencia sería la de libre tránsito por los Estrechos o incluso su control directo. Y a partir de aquí, un chorreo de imposiciones adicionales que respaldarían Londres y Paris, potencias aprovecharían para satisfacer sus intereses en Occidente. Esa fue la razón por la cual Estambul se decidió, ya en octubre de 1914, por aliarse con Alemania, que por entonces parecía el contendiente más capz y a la vez menos peliogroso para el Imperio otomano, dada su lejanía y la importancia relativa de sus intereses en él.
Fuese una predicción acertada o provocada por la decisión que tomó el gobierno otomano, británicos y franceses decidieron que ya sólo cabía planear la forma en que podrían sacar el mejor partido de los despojos del Imperio otomano, caso de que la Entente ganara la guerra. Pero lo que resulta más revelador de la cuestión fue que los planes de Londres se hicieron poniendo la máxima atención en protegerse de los futuros enemigos en la zona: los rusos. Si estos deseaban destruir al Imperio otomano, ingleses y franceses reordenarían sus restos para paliar en la medida de lo posible las consecuencias del control ruso sobre los Estrechos, y quizá parte de Anatolia; y desde luego, Oriente Próximo no caería en manos eslavas. Ese fue, en parte, uno de los objetivos políticos buscados al fomentar la revuelta árabe y el paralelo reparto de los actuales Palestina, Líbano, Siria, Jordania e Irak entre Londres y Paris.

El coronel T. H. Lawrence, símbolo épico de la decisión británica de destruir el Imperio otomano durante la Gran Guerra.
Los británicos siempre tuvieron interés en mostrarse como los grandes instigadores de la épica revuelta árabe de 1916, lo que en teoría les daba más derechos sobre el resultado final de la misma que sus competidores franceses y rusos cuando llegó el momento de descuartizar el Imperio otomano sin contemplaciones. Como se sabe, Londres acumuló promesas sobre promesas: a los árabes la creación de un gran estado o incluso un imperio propio sobre las ruinas del otomano. A los franceses, el reparto del Próximo Oriente a partir del tratado de Sykes-Picot; a los italianos, una porción de Anatolia, a los rusos, antes de la Revolución de Octubre, como se ha mencionado, casi todo lo que quisieron pedir: el control de los Estrechos y la zona oriental de Anatolia. Por ello, resulta apasionante descubrir hasta qué punto, en esos grandes manipuladores y remodeladores del Imperio otomano que fueron los británicos, terminaron mezclándose claros objetivos estratégicos con discursos románticos.
Tras la Revolución rusa, Londres buscó afanosamente la creación de una línea de control estratégico que atravesara el Próximo Oriente árabe, desde el Golfo Pérsico al litoral mediterráneo. Esa opción no sólo actuaría como “cordón defensivo” de Egipto y Suez frente al peligro ruso, más al norte, sino que en sí misma sería una vía de acceso alternativo hacia la India. En todo caso y dado que el dispositivo debía quedar reforzado con el tendido de un ferrocarril transversal que lo hiciera más defendible, el problema mayor lo constituía el punto de salida hacia el Mediterráneo, que podía variar desde la ciudad de Alexandretta (hoy Iskenderun) en la Cilicia, o en Palestina.
Los acuerdos Sykes-Picot, así denominados en recuerdo de los respectivos ministros de Exteriores británico y francés que lo elaboraron. Para los británicos, el objetivo principal era construir un corredor estratégico en Oriente Próximo, entre el Golfo Pérsico y el Mediterráneo, a fin de asegurar la conexión más corta entre Egipto y la India, que además sirviera como parapeto defensivo ante la previsible influencia rusa en el Cáucaso, Anatolia y los Estrechos. Obsérvese el obstáculo a esos planes que constituía la Zona de Control Internacional
Sólo que el territorio prometido a los franceses complicaba mucho el acceso a las costas mediterráneas. Por si faltara algo, el texto final del acuerdo Sykes-Picot incluía que la problemática Palestina sería gobernada por una administración internacional (“Condominio Aliado”) cuya forma final sería establecida tras la guerra, previa consulta con Rusia. Teóricamente, esta situación obedecía al asentamiento en la zona de unos 90.000 colonos judíos en virtud de las campañas sionistas de regreso a la tierra Prometida, que habían comenzado a arrojar sus frutos en 1882, pero que a partir de 1905 experimentaron un gran auge. Sin embargo, la idea de un “Condominio Aliado” sobre lo que de hecho era una pequeña parte de Palestina, se debía a la presión ruso-francesa. De hecho, existía un acuerdo secreto entre ambos aliados: Rusia había prometido apoyar los objetivos franceses en Palestina en las futuras negociaciones con los británicos. Y los franceses argumentaban que toda la fachada marítimo de Tierra Santa, junto con Líbano, formaban parte de la Siria histórica. Por lo tanto, la administración internacional del territorio había sido fruto de un arreglo de compromiso, un acuerdo que no enturbiara las relaciones entre aliados por la disputa sobre Palestina, en espera de la victoria final sobre los Centrales. De hecho, cuando el acuerdo se hizo público, tanto en Francia como en Gran Bretaña se hizo impopular porque las opiniones públicas de ambos países se sintieron decepcionadas. Y en buena medida -y aunque parezca increíble hoy en día- ello tenía que ver con la posesión de Palestina, asociada a los mitos medievales de las cruzadas.

El general Allenby entra en Jerusalen por la Puerta de Jaffa, diciembre de 1917. Fotografía procedente de First World War.com
Dentro de ese esquema, uno de los objetivos preferentes en el Próximo Oriente pasó a ser el de modificar el acuerdo de Sykes-Picot “a fin de darle a Gran Bretaña el definitivo y exclusivo control sobre Palestina”. Para ello, el nuevo gabinete comenzó a utilizar la carta de las aspiraciones sionistas, aunque como escribió su Anthony Asquith, el anterior primer ministro, a Lloyd George le importaba un ardite el pasado o el futuro de los judíos. Lo que se le antojaba un “ultraje” era dejar “los Santos Lugares en posesión o bajo el protectorado de la ‛agnóstica, atea, Francia’”. En efecto, ya desde el otoño de 1914, a poco de la entrada en guerra del Imperio otomano, andaba dando vueltas por los despachos del Foreing Office el informe Herbert Samuel a favor de que el gobierno británico impulsara la creación de un Estado judío en Palestina. Pero el primer ministro Asquith percibió claramente los problemas que podría traerla a Gran Bretaña un compromiso en esa dirección: la emigración masiva de judíos desde los cuatro rincones del mundo “que en el debido momento obtendrán la Home Rule”. 
Así fue como, en base a los planteamientos geoestratégicos de Lloyd George, tendientes a revisar en profundidad el Acuerdo Sykes-Picot en perjuicio de Francia, el 2 de diciembre de 1917, el Secretario de Exteriores, Arthur James Balfour dio a conocer la célebre Declaración que lleva su nombre y en base a la cual el gobierno británico “veía favorablemente” el establecimiento de un “hogar nacional” para el pueblo judío en Palestina. La fecha no era causal: por entonces estaba en pleno desarrollo la ofensiva británica en Palestina, que el día 8 de ese mes llevó a la toma de Jerusalén. El general Allenby ofreció la Ciudad Santa a Lloyd George como regalo de Navidad.
Menos de un año más tarde, el Imperio otomano se hundió. Pero para entonces los grandes planes puestos en marcha por las potencias de la Entente ya habían perdido su utilidad o pronto lo harían. El Imperio ruso se hundió y las disposiciones estratégicas ideadas por los británicos perdieron buena parte de su utilidad, pues el enfrentamiento con la Rusia soviética no se basaba ya en los viejos presupuestos de la gran geopolítica, sino en la influencia ideológica. A cambio, rusos, británicos y franceses se habían pasado dos siglos concibiendo unas fuerzas que progresivamente fueron quedando libres y actuando por su cuenta. El primer aviso llegó con las guerras balcánicas de 1912-1913, aunque con precedentes muy claros en la crisis de 1875-1878. Y todo ello arrancaba de las insurecciones serbia y griega a comienzos del siglo XIX. A partir de 1918 ya estaban sobre el tablero todas las piezas vivas que casi un siglo más tarde seguirían jugando por su cuenta mortíferas partidas, desde Kuwait a Bosnia, desde Riyad a Nagorno-Karabaj.

La presencia norteamericana y británica en Irak es una más de las múltiples operaciones intervencionistas en el espacio ex otomano, que sigue pautas similares en sus motivaciones, modus operandi, opciones y resultados finales a las de otras muchas, sean recientes (Bosnia, Kosovo) o las más lejanas acaecidas en los siglos XIX y XX
En definitiva, el Imperio otomano se convirtió en la matriz de las futuras grandes crisis del siglo XX debido a una serie de causas muy evidentes. En primer lugar, su situación en la periferia europea, que hacía de él un territorio geográficamente muy accesible para las grandes potencias intervencionistas del siglo XIX. Eso transformó al Imperio otomano en un laboratorio del imperialismo europeo y como tal, nunca terminó de ser un modelo perfecto. Además, el empeño en mantener vivo al Hombre Enfermo aunque fuera podando –o permitiendo la autodeterminación- de ciertos territorios periféricos, obligó a mantener latentes algunos conflictos –como el que plantaban los armenios- que a la larga crearon graves problemas estructurales en el Imperio otomano. Por otra parte, las grandes potencias intervinientes nunca pudieron mantener la suficiente distancia emocional con respecto a los efectos que ellas mismas estaba generando en la zona. Las antipatías que despertaba el recuerdo histórico del “azote turco” de los siglos XV al XVII, las obsesiones nacionalistas con la épica de las cruzadas, la problemática judía, la mala conciencia histórica asociada a la caída de Constantinopla o el impacto de las mitologías nacionalistas balcánicas: todas esas imágenes y algunas más eran suficientes como para enzarzar a las grandes potencias en decisiones precipitadas o intervenciones manipuladas por intereses locales. Un componente que ayuda a explicar por qué si bien el Imperio otomano terminó desapareciendo, los mecanismos que habían llevado a su destrucción perviven a comienzos del siglo XXI, sembrando la discordia y creando la falsa sensación de que las viejas causas siguen vivas y merece la pena pelear por ellas generación tras generación, por los siglos de los siglos.
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El espacio ex otomano, origen de las crisis actuales (5)

Grabado de trazos grandilocuentes pero evocadores sobre la proclamación de la primera serie de reformas del Imperio otomano en el Gülhane del Topkapı, 3 de noviembre de 1839.
Los esfuerzos por preservar la integridad del Imperio otomano no se circunscribieron a las presiones diplomáticas y amago de intervenciones militares por parte de las potencias europeas occidentales. El 3 de noviembre de 1839, en el denominado Pabellón de las Rosas (Gülhane) en presencia de las más altas autoridades del estado, ulemas y personalidades religiosas y ante una multitud que apenas se protegía de la fría lluvia, el sultán Abdülmecid I leyó solemnemente el Hatt-ı Hümayun o decreto imperial que inauguraba formalmente el Tanzimat-ı Hayriye o Benéficas Disposiciones. El decreto leído en Gülhane contenía promesas de gran calado social e institucional. Aparte de disponer el establecimiento de un aparato fiscal regular, el desarrollo de un sistema de recluta y entrenamiento modernos para las fuerzas armadas, garantizaba que los sujetos que constituían la población del Imperio serían iguales entre sí, sin distinción de religión ni nacionalidad, algo que estaba intrínsecamente en contradicción con la ley musulmana básica y que contradecía de plano los fundamentos sociales del estado desde su fundación. En consecuencia, éste garantizaba ahora la vida, seguridad, honor y propiedades de la población. Por ello y a pesar de que no se puede considerar que fuera una constitución –el sultán podía abrogar las reformas que él mismo había ordenado aprobar- el decreto de 1839 constituía el acta de nacimiento de la ciudadanía otomana, aboliendo el estatuto de siervo y poniendo legalmente en entredicho el de súbdito, aunque las nuevas leyes que debían hacer a todos los ciudadanos iguales no estaban aún redactadas ni aprobadas.

Cartel alusivo a las reformas de 1856: todas las religiones y nacionalidades del imperio se unen bajo los derechos comunes a toda la ciudadanía
De esa forma comenzó el denominado periodo de las Tanzimat o reformas destinadas a modernizar el Imperio otomano. Éstas se prolongaron hasta poco antes de la denominada Revolución de los Jóvenes Turcos, en 1908, con un punto de inflexión en 1856, cuando se lanzó una segunda oleada de reformas tras la Guerra de Crimea. En conjunto se centraron en la construcción de todo un entramado jurídico e institucional que, si bien dio lugar a un moderno estado otomano, no sirvió para poner las bases de una revolución industrial y hacer del imperio un serio competidor de las grandes potencias de la época. En realidad, esto no fue debido a la torpeza sistemática de los gobernantes otomanos o a cualquier otra explicación basada en la supuesta incapacidad de una sociedad islámica para evolucionar en el modelo occidental de modernidad. Los embajadores de las grandes potencias europeas interesadas en impulsar las Tanzimat estuvieron presentes aquel 3 de noviembre de 1839 en la Gülhane, junto al sultán; y también enviaron duras notas de presión, a comienzos de 1856, para que el sultán volviera a impulsar las reformas, cuyo resultado fue la proclamación de un nuevo Hatt-ı Hümayun o decreto, el 18 de febrero de 1856. De la misma forma, tres años más tarde la preocupación volvió a irrumpir entre la comunidad diplomática de las grandes potencias, a la cual las reformas se les antojaban lentas hasta la exasperación; y en octubre, presentaron un memorándum de queja al gran visir. En 1861, en medio de una manifiesta crisis financiera, falleció de tuberculosis el sultán Abdülmecid, siendo sustituido por su hermano, Abdülaziz. Esto no contribuía a despejar el panorama, bien al contrario. Si bien el primero había sido un hombre de constitución enclenque, carácter pusilánime y temperamento reservado que había gastado una fortuna en concubinas y palacios, al menos había demostrado ser una persona sensible, de refinados gustos occidentales, que incluso había compuesto algunas piezas de música de cámara. Por supuesto, había ayudado a impulsar las Tanzimat; todo ello a pesar de su desconfianza en los visires y de la influencia de su madre, la sultan valide Bezmialen, amante del líder del partido de los conservadores. Pero el contraste con su hermano y sucesor, Abdülaziz, no podía ser mayor. Hombre de perfil netamente rústico, de gran envergadura y fortaleza, su pasión era la lucha, uno de los deportes nacionales turcos; sus súbditos, muy al corriente de esta afición, pronto le conocieron como Güreşçi, el “Luchador”. También le gustaban los combates de camellos y carneros –una afición de los pastores, incluso hoy en día- y las peleas de gallos. Se había pasado los primeros 31 años de su vida recluido en palacio y no poseía una educación mínimamente refinada. Con una persona así al frente del imperio, los embajadores occidentales se temían lo peor en relación con la continuidad de las reformas.
A ojos de las cancillerías occidentales, la subida al poder de un sultán como Abdülaziz no presagiaba un rumbo favorable a las reformas
En febrero de 1867, el gobierno francés, respaldado por el británico y el austriaco presentaron ante la Sublime Puerta una nota urgiendo una política de reformas más activa, añadiendo algunas sugerencias bastante detalladas. Pocos meses más tarde, Napoleón III echó una mano adicional invitando a Abdülaziz a visitar la Exposición Universal de Paris. Así que, por primera vez en la historia del Imperio otomano, un sultán realizaba una gira por las capitales de la Europa occidental. Abdülaziz regresó a Estambul muy impresionado y se lanzó a promover la modernización del imperio con un entusiasmo temerario. Se encargaron las locomotoras más modernas a Gran Bretaña para los escasos kilómetros de vía férrea tendidos hasta entonces y se compraron nuevas y modernas fragatas blindadas para la flota. Todo ello quedó rematado en 1869 con la inauguración del canal de Suez, iniciado diez años antes. Se reorganizó el motor jurídico de las reformas, desdoblándose el Consejo de Ordenanzas en un Consejo de Estado, inspirado en el Conseil d´État francés, como corte suprema de apelación, con responsabilidades consultivas y cuasi legislativas.

El sultán Abdülaziz es recibido en Viena por el emperador Francisco José durante su gira europea. La imagen cordial que trataban de ofrecer las cancillerías europeas hacia el Imperio otomano...
En definitiva, más reformas en la misma línea habitual: facilitar los intercambios comerciales, favorecer la intromisión política, utilizar el territorio otomano en beneficio propio, impulsar las ventas e inversiones y evitar la promulgación de leyes o tarifas proteccionistas por el estado otomano. No por casualidad, las escasas fábricas que existían hacia el final del sultanado de Abdülhamid II sólo elaboraban productos tales como ladrillos de construcción, vidrio o papel. Constituían una cierta excepción las factorías asociadas al impulso de la agricultura industrial impulsada por esos años: básicamente el algodón y la seda, o aquellas relacionadas con algunos aspectos del armamento y equipo militar, pero que nada tenían que ver con la industria pesada. Por lo tanto y durante demasiados siglos, el Imperio otomano fue un estado “sin puertas”, en el cual, por ejemplo, circularon sin restricciones todo tipo de monedas extranjeras durante décadas. O donde el servicio de correos estuvo gestionado desde la primera mitad el siglo XVIII por las delegaciones diplomáticas extranjeros. Cuando en 1874, (establecido ya desde hacía años un servicio estatal de correos otomano) el gobierno intentó terminar con la extensa red postal alternativa, las potencias que lo gestionaban se opusieron rotundamente. Lo cual resultaba claramente abusivo, pues la resistencia de las potencias a la nacionalización de los servicios de correo otomanos violaba un derecho al monopolio postal que ellos defendían y aplicaban a rajatabla en sus propios países.
...se contraponía a la visión mucho más racista que exhibían las caricaturas de la prensa en aquella época, de forma muy similar a lo que ocurre en nuestro días. Las potencias occidentales obligan al indolente sultán a actuar a punta de pistola; en este caso se trata de Abdülhamid II
Pero el esfuerzo de las grandes potencias por mantener la integridad del Imperio otomano en beneficio propio tuvo también una doble cosecha de consecuencias de gran alcance relacionadas con la estructura social. Resulta evidente que las Tanzimat no contribuyeron a crear una sólida burguesía comercial que hubiera servido para impulsar una revolución industrial, una modernización social extensa y una plataforma política estabilizadora. La construcción de una compleja maquinaria estatal dio lugar a la aparición de una extensa burguesía funcionarial que mayoritariamente era de procedencia turca y musulmana. En cambio, a lo largo del siglo XIX, la burguesía comercial y financiera fue armenia, griega y judía, mayoritariamente. Esa dicotomía no sólo evitó que catalizara una clase media de negocios interétnica que hubiera dado un importante impulso al desarrollo del Imperio otomano: de hecho sirvió para perpetuar una hostilidad mutua que derivó en dos grandes tragedias a comienzos del siglo XX: el genocidio armenio de 1915 y el masivo intercambio de poblaciones entre Grecia y la República turca pactado en Lausanne, en 1923. Pero a su vez, ese catastrófico resultado final fue la suma de años y décadas de presiones e ingerencias de las grandes potencias, comenzado por Rusia y Austria, y terminando por todos los demás.
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El espacio ex otomano, origen de las crisis actuales (4)

Perfecta imagen épica de la aventura napoléonica en Egipto: Bonaparte y su estado mayor a lomos de camello
El 1º julio de 1798, Napoleón Bonaparte desembarcó en Egipto al frente de una fuerza de apenas 50.000 hombres. Por entonces, ese país era una provincia del Imperio otomano, que hasta el momento se había mantenido al margen de las guerras napoleónicas. Pero los tres años que duró la aventura francesa en Egipto pusieron patas arriba los tradicionales sistemas de alianzas en Oriente. El Imperio otomano fue zarandeado por los acontecimientos como nunca antes lo había sido. Los cambios de alineamiento se sucedieron en función de las victorias francesas en Europa y de la presión de británicos y rusos. Pero lo peor fue que, cualesquiera fueran los aliados circunstanciales, resultaba una ardua y peligrosa tarea evitar que aprovecharan su posición para hacerse con el control de porciones del imperio. Los rusos, a los que se concedió libre paso por los Estrechos para atacar a los franceses, intentaron establecerse en el Adriático y las islas Jónicas, lo cual llevó a convertir a estas islas en una República Septinsular bajo la protección de Alí Paşa de Janina, con San Petersburgo detrás. Los británicos intentaron quedarse en Egipto tras ayudar a expulsar a los franceses. En 1803, los rusos sacaron provecho de su posición de fuerza en los Principados y nombraron príncipes rusófilos en Moldavia y Valaquia. Dos años más tarde apoyaban abiertamente la insurrección serbia.
La expedición napoleónica en Egipto terminó mal. Aunque sus tropas obtuvieron una serie de fáciles victorias iniciales contra la caballería de los mamelucos que habían permanecido en la zona, la mayoría de esas fuerzas, apoyadas por las tribus beduinas, se retiraron al Alto Egipto, donde organizaron una resistencia más eficaz. Por lo tanto, los franceses no lograron llegar hasta el Mar Rojo para dañar al comercio inglés, objetivo real de la audaz operación. Mientras tanto, la flota británica al mando de Nelson hundió a la francesa en Abukir, a sólo un mes del desembarco. El cuerpo expedicionario de Napoléon se quedó aislado en tierra con un sola posibilidad estratégica: la huida hacia adelante. La conquista de Siria también fracasó tras las victorias iniciales: la ofensiva francesa se estrelló ante la resistencia otomana en Acre.
Vistos los acontecimientos en perspectiva, la expedición napoleónica a Egipto marca el comienzo de la carrera intervencionista de las potencias occidentales para quedarse con porciones enteras del Imperio otomano, en competencia con rusos y austricos. Sin embargo, y si bien ese fue el resultado el final, no fue la intención de Napoléon ni de todos los estadistas británicos y franceses hasta 1914. En realidad el juego imperialsita era más sutil, y hasta la Gran Guerra, las potencias occidentales iban a desarrollar sobre territorio otomano una doble estrategia: maximizar los beneficios económicos, bien controlando de forma directa provincias y recursos; o presionando e intentando manipular a la Sublime Puerta para que mantuviera la integridad del resto. La preservación de un “espacio otomano” bajo soberanía formal de Estambul, pero control exterior indirecto tenía un doble objetivo: a) Defender las inversiones hechas en él; b) Evitar un temible “vacío geoestratégico” resultante de la desaparición de la autoridad de Estambul que, o bien llevaría la anarquía a toda la zona de Oriente Próximo, el Magreb y los Balcanes, o caería bajo el control de una potencia rival. Esto era algo que Napoléon ya temió, y de ahí que en 1798, el Gran Corso sólo se planteaba utilizar a Egipto como plataforma para un ataque en profundidad contra el Imperio británico. Posteriormente, tampoco intentó implicar al Imperio otomano en sus guerras. Ese esquema se repitió a lo largo de todo el siglo XIX, pero complicado con la intromisión de una serie de fuerzas que iban a interactuar entre sí hasta el punto de rebelarse incontrolables por parte de las potencias intervinientes.
La contención de los intentos rusos por destruir al Imperio otomano durante el siglo XIX constituyó un éxito notable para la diplomacia occidental. El primer y brillante ejercicio fue la Paz de Adrianápolis, en 1829, tras una corta guerra en la que los rusos estuvieron más cerca de alcanzar su objetivo: sin los jenízaros, sin marina, con el resto del ejército en plena reorganización, sólo unidades provinciales y tropas irregulares intentaron una defensa imposible del Imperio otomano. Pero las tropas del zar avanzaron casi sin oposición. Por el este, los invasores atravesaron el Cáucaso y penetraron en Anatolia, con la colaboración activa de la población armenia. En el verano de 1829, la resistencia militar otomana colapsó, y los rusos alcanzaron Erzurum, en Anatolia, avanzando sin resistencia hacia Trabzon. Pero en los Balcanes lograron a tomar Edirne, la antigua capital imperial.
A pesar de que la situación llegó a extremos insostenibles, las potencias occidentales, y los británicos en particular, consiguieron evitar lo peor. Ex cierto que el zar Nicolás I no se atrevió a llegar hasta el final. Era lógico, porque Rusia aún formaba parte de las grandes potencias garantes del equilibrio europeo post-napoleónico, y la destrucción unilateral del Imperio otomano también se lo habría llevado por delante. Pero el Tratado de Adrianápolis instituyó de forma clara el principio de protección del Imperio otomano por las potencias occidentales y en especial por la Gran Bretaña, potencia que no estaba dispuesta en modo alguno a tolerar una expansión decisiva de Rusia que afectaría peligrosamente al propio Imperio británico.
Defendiendo al "amigo turco": fotografía de los altos mandos militares aliados en la Guerra de Crimea, de izquierda a derecha: Lord Raglan, que había perdido un brazo en la batalla de Waterloo, luchando contra Napoléon (1815); Osman Nuri Paşa, comandante otomano; y el general francés Pélissier.
La Guerra de Crimea (1853-1856) fue consecuencia de esa política. Lo que buscaron los británicos en ella fue destruir la potencia naval de un peligroso competidor comercial y estratégico tanto en el Imperio otomano y el Mediterráneo oriental, como en la temprana pugna por la expansión imperial en Asia Central. Para el Imperio otomano fue el gran espaldarazo. Los aliados occidentales le habían hecho un enorme servicio estratégico: habían anulado la amenaza rusa de forma perdurable por primera vez desde 1699. No es descabellado afirmar que la Guerra de Crimea contribuyó decisivamente a alargar la vida del Imperio otomano por más de sesenta años; pero la factura que iban a pagar a sus protectores iba a ser ciertamente onerosa.

Los supervivientes de las célebre carga suicida de la Caballería Ligera británica en Balaclava (1854) regresan como pueden del combate. Abajo, los personajes reales: fotografía de los gloriosos jinetes que pudieron contarlo: una de las instantáneas de Roger Fenton, primer fotorreportero de guerra de la historia.
El épico episodio, que ocupa un lugar central en la mitología militar británica, hace olvidar que la Guerra de Crimea buscaba un obejtivo muy preciso: inutilizar la base naval rusa de Sebastopol, tomada finalmente por los aliados en 1855 (fotografía inferior)

En 1877 Rusia se había recuperado y de nuevo se lanzó a una guerra en profundidad contra el Imperio otomano, con Estambul como objetivo final. Tras una muy dura lucha en Bulgaria, en enero de 1878 las fuerzas rusas estaban ya a pocos kilómetros de la capital. Es dudoso que los cansados ejércitos rusos pudieran tomar al asalto una urbe como Estambul, que estaba siendo fortificada y a la que acudían en masa entusiastas voluntarios para defenderla. Pero sobre todo, Londres estaba en el colmo de la exasperación. La guerra con los rusos parecía inminente y las multitudes enardecidas de patriotismo cantaban tonadillas que punteadas por la exclamación “by jingo!” dieron lugar al adjetivo “jingoísta”, similar a “chauvinista”. Ellos tenían los barcos, los hombres y el dinero para la salvar al Próximo Oriente y la India de los apetitos peligrosos. Así, aunque rusos y otomanos ya habían comenzado contactos y negociaciones a finales de enero, la flota fue despachada a proteger el Dardanelos y quizás incluso Estambul.


Buques otomanos, bajo el mando de Ateş Mehmed Paşa (retrato) bombardean la base de Sebastopol el 5 de septiembre de 1855. Pocos años más tarde, las modernas unidades de la escuadra británica acudieron a defender Estambul y los Estrechos. En la fotografía, sus barcos estacionados en Port Said, en 1878, a punto de zarpar para esa misión.
Una vez más, los rusos desistieron. Intentaron rentabilizar política y estratégicamente los frutos de su victoria haciendo firmar a los vencidos el Tratado de San Stefano. Éste daba carta de naturaleza a una Gran Bulgaria que comprendía incluso la actual Macedonia y que se convertía en base avanzada para un futuro ataque ruso contra el corazón del Imperio otomano. Pero una vez más intervinieron las potencias occidentales, ahora para rebajar incluso tales expectativas. Así fue como se reunieron en el Congreso de Berlín, que en 1878 intentó un primer reordenamiento de los nacientes estados soberanos de los Balcanes: es decir, de la primera porción amputada del Imperio otomano. Los representantes de la Sublime Puerta fueron unos meros convidados de piedra; cierto es que la conferencia se hizo para atajar las ambiciones rusas, pero el resultado revirtió, como en 1829 ó 1856 en la supervivencia del Imperio otomano, unos años más.


Momento final del Congreso de Berlín (1878) inmortalizado por el pintor Anton von Werner. Birmarck cierra el trato con el príncipe Gorchakov, de la delegación rusa, mientras el húngaro conde Andrássy asiente, obediente. A la derecha, detalle de los delegados otomanos, que el artista representa como un pequeño grupo apartado de la escena principal, con gesto desconcertado y hasta resentido. Es de hacer notar que en la delegación otomana tuvo un papel predominante el griego fanariota
Alexander Karatheodori PaşaEtiquetas: "espacio ex otomano", Congreso de Berlín, Egipto, Guerra de Crimea, intervencionismo, Napoleón Bonaparte, Serbia, Tratado de Adrinápolis, Tratado de San Stefrano
El espacio ex otomano, orígen de las crisis actuales (3)

A la izquierda: soldado serbio con piezas de uniforme ruso. A la derecha: oficial serbio con uniforme completo de esa procedencia. 1809.
Acuarelas de
Pavle Vasić, 1808-1918 Yниформе Cрпске Boјске, Просвеtа, Београд, 1980
Hace pocos días, Andrés Mourenza se refería en su blog a los apuros sufridos por el embajador norteamericano en Ankara, Ross Wilson durante una conferencia de prensa ofrecida el pasado 17 de julio. El diplomático explicó ante la prensa turca que Washington apoyaba a Israel en las operaciones militares emprendidas “para defender su país”. Ante la aseveración, un periodista turco preguntó si el ejército de su país podría hipotéticamente hacer lo mismo: penetrar en el territorio de un estado vecino (Irak) para destruir las bases de un grupo guerrillero (el PKK) que atacaba territorio turco. La pregunta era más que previsible, pero pillado en pleno renuncio, el embajador sólo acertó a farfullar algo así como: “Eso no debería ocurrir”. La anécdota quedó rematada con un titular bien expresivo del diario “Vatan”, edición del 19 de junio: “İsrail’e öfke ve kıskançlık”: “Cólera y envidia hacia Israel”. Periódico cada vez más popular en Turquía, “Vatan” no rehuye temas delicados y el titular expresaba de un lado el rechazo de la población ante la exhibición de fuerza bruta que está desplegando Israel en el Líbano y Gaza; pero también las libertades que se toma ese país como protegido privilegiado de los norteamericanos.
No muchos días más tarde, el 2 de agosto, algunos díarios, siempre atentos a destacar y ampliar cualquier noticia negativa –real o imaginaria- procedente de Turquía, insertaban una breve nota en la que anunciaban que el general Yaşar Büyükanıt era el nuevo Jefe de Estado Mayor del Ejército de tierra turco en sustitución del también general Hilmi Özkök. Estos medios de prensa –“La Vanguardia” muy en especial- se apresuraron a remachar donde apenas les cupo en la breve nota informativa, que Büyükanıt es un “halcón”, “conocido por su defensa de la línea dura” del cual se espera que “lidere una gran operación militar contra los bastiones de la guerrilla kurda del PKK”. Dado que incluso en internet resulta difícil encontrar información sobre Yaşar Büyükanıt que no sea en turco –y los avezados reporteros españoles “especializados” no tienen ni remota idea de ese idioma- no deja de despertar dudas la procedencia de tal caudal informativo. Máxime teniendo en cuenta que el nuevo Jefe de Estado Mayor hizo unas declaraciones en octubre de 2000, en “Milliyet”, recogidas por Radio Free Europe, en las que afirmaba que “la completa integración de Turquía en la UE era una necesidad geoestratégica”.
Pero aún suponiendo que sí, que Yaşar Büyükanıt fuera un duro puesto al mando del ejército de tierra para lanzar una gran ofensiva contra el PKK –anunciada desde hace meses- ¿qué tendría de extraño, ante el espectáculo de aliado israelí entrando como un elefante en la cacharrería del sur de Líbano? Es, ni más ni menos, que la respuesta turca a la pregunta dirigida al embajador Ross Wilson.
Anécdota, noticia y “vestimenta” de la noticia no son sino un ejemplo más del bien conocido y grosero fenómeno del doble rasero informativo y argumental, tan caro a las grandes potencias y a nuestra prensa, de finos reflejos seguidistas. El fenómeno es antiguo, pero en su forma actual se puede decir que nació en torno a los conflictos que desagarraron al Imperio otomano a lo largo del siglo XIX. Uno de los ejemplos más conocidos es la actitud de Rusia ante sus protegidos en los Balcanes. Una cosa era proclamarse defensora de los pueblos cristianos supuestamente oprimidos por los turcos; otra muy diferente era tener en cuenta las necesidades y deseos reales de los protegidos.Existen tres ejemplos muy claros de esta actitud. El primero, durante la revuelta serbia de febrero, 1804. En septiembre, una delegación de rebeldes viajó a San Petersburgo y pidió ayuda a Rusia. El zar Alejandro no se decidió por un apoyo en fuerza porque en aquel momento no le convenía enemistarse con el Imperio otomano: el juego de alianzas y el equilibrio de poder era demasiado volátil. Pero la noticia del hecho llegó a Estambul, fue interpretada como una intolerable búsqueda de autonomía, y eso significó ya la guerra formal contra los insurrectos. Los serbios aguantaron como pudieron la represión de las fuerzas otomanas, gracias al genio estratégico de su líder militar y político, George Petrović, que pronto sería conocido como Karadjordje o "Jorge el Negro" [lámina adjunta]. Al año siguiente, tropas rusas invadieron
los Principados Danubianos y ofrecieron todo tipo de ayuda a los serbios: armas, dinero, equipos, instructores e incluso tropas de refuerzo. Gracias a ello, en junio de 1807, Karadjordje tomó las últimas fortalezas otomanas en suelo serbio. El 10 de julio de 1807, firmó un tratado de alianza con Rusia. Pero tres días más tarde, el zar Alejandro se entrevistó con Napoleón en Tilsit, se deshizo la Cuarta Coalición y se proclamó la paz continental. A continuación, el ruso firmó un tratado de paz con el Imperio otomano y el 24 de agosto retiró sus tropas de Serbia. Apoyándose en la incapacidad militar del Imperio otomano, los insurrectos lograron erigir su propio estado y resistir algunos años más, pero era evidente que para el zar las conveniencias de la política global eran mucho más importantes que el destino de un pequeño pueblo cristiano y eslavo.
Más lamentable fue la actitud rusa ante la insurrección nacional griega de 1821. La semilla del alzamiento había sido preparada por la Filikí Etería, o “Asociación de Amistad”, una sociedad conspirativa fundada en 1814 por comerciantes griegos en Odesa, en la línea de otras organizaciones similares –carbonarios, anilleros, comuneros, La Garduña- surgidas en los focos revoltosos al orden de la Restauración europea, especialmente en España e Italia. La que durante muchos años fue una “minoría consciente” terminó por cobrar una destacada presencia entre los griegos del imperio debido a dos factores. El primero, la gran movilidad de sus miembros; y además, la insistencia en que existía un compromiso por parte de Rusia para intervenir en apoyo de una insurrección griega que debería ser la punta de lanza para una gran revolución cristiana en todos los Balcanes contra el dominador musulmán. Ese argumento, que demostró ser totalmente falaz gozó de credibilidad a la vista del apoyo que había recibido los griegos por parte de Rusia en anteriores guerras de es apotencia contra el Imperio otomano, y también por el precedente de la insurrección serbia. Aunque había sido aplastada en 1813, siete años más tarde la situación había cambiado notablemente. En 1815 había estallado una nueva revuelta en Serbia, liderada por Miloš Obrenović, un nuevo caudillo que sumaba astucia diplomática a sus capacidades como dirigente militar. Dando una de cal y otra de arena, este hombre había obtenido una salida política a la insurrección militar, pactando en pocos meses con la Sublime Puerta su nombramiento como “Príncipe de la Nación Serbia”, logrando una considerable autonomía política para el país y conservando retener sus milicias como garantía del acuerdo. En parte, Miloš Obrenović había logrado todo esto jugando de farol con un supuesto apoyo ruso que estaba lejos de haber sido concretado.
Algo parecido intentaron los agentes de la Etería con su líder al frente, Aléxandros Ypsilantis [lámina adjunta] el cual había hecho su fortuna en Rusia, sirviendo como oficial en el ejército de este país. El plan consistía en desencadenar la insurrección en los Principados Danubianos, lindante con la frontera rusa. Además, era una plataforma ideal para lograr el apoyo de otras naciones cristianas
ortodoxas,
como los moldavos, los válacos o los serbios. Pero a la hora de la verdad todo ello resultó ser un trágico error basado en fantasías. El “Batallón Sagrado” de voluntarios griegos que cruzó la frontera de Moldavia el 6 de marzo de 1821, fue destrozado en tres semanas por las tropas otomanas, sin que los rusos movieran un dedo. De hecho, el zar Alejandro se tomó muy mal el plan y expulsó a Ypsilantis del ejército. Era comprensible: Rusia formaba parte de la Santa Alianza, garante del orden más conservador en la Europa de la Restauración, y no deseaba verse arrastrado a una guerra por iniciativa y conveniencias una sociedad secreta demasiado parecida a las que habían organizado liberales, masones y carbonarios en España e Italia. Por otra parte, las propuestas neobizantinas de un Rigas Feriaos chocaban frontalmente con los objetivos de Rusia en la Cuestión de Oriente: era Rusia la llamada a recomponer el Gran Imperio Romano de Oriente, no Grecia.
Un mortal doble rasero: los grandes gestos rusos hacia los súbditos cristianos del sultán no eran de matiz ideológico, sino estratégico. Los griegos obtuvieron su independencia gracias al apoyo inesperado de los voluntarios y apoyos políticos filohelenos desde Occidente; y sobre todo, de la escuadra anglo-francesa que en 1827 hundió a la flota otomano-egipcia en el puerto de Navarino. Pero la guerra que desencadenaron los rusos a continuación ya no estaba destinada a ayudar a los griegos, sino a destruir el Imperio otomano. Y para ello, esta vez, armaron a voluntarios armenios en el frente de Anatolia oriental. En 1877, las tropas rusas volvieron a repetir la mis a estrategia: distribuyeron armas a las comunidades armenias para provocar acciones de guerrilla o levantamientos insurreccionales que sirvieran de apoyo a su ofensiva en el Cáucaso y Anatolia oriental. El fomento del nacionalismo armenio no se basó sólo en ese tipo de acciones. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX, la ingerencia exterior contribuyó a minar decisivamente el carácter religioso de los millets, la conocida institución otomana que desde 1453 constituía una muy flexible entidad administrativa de carácter autónomo para las principales confesiones religiosas no musulmanas del Imperio.
El resto de las potencias pronto aprendieron a aplicar el mismo doble rasero cínico que utilizaban los rusos con los súbditos cristianos del Imperio otomano, sin tener en cuenta las consecuencias para esos pueblos. Así, en 1878, el patriarca armenio de Constantinopla, Mgrditch Khrimian [lámina adjunta]
que inicialmente se había declarado leal al estado otomano e incluso había hecho un llamamiento para que los armenios tomaran las armas contra el invasor ruso, organizó una delegación que acudió al Congreso de Berlín para conseguir de las grandes potencias el apoyo necesario a fin de obtener lo que búlgaros, rumanos y griegos habían logrado. Ni los rusos ni las potencias signatarias del Congreso de Berlín atendieron las peticiones armenias porque estaban ante un caso más complicado que el de cualquier país balcánico: comenzando por el hecho de que los armenios no eran mayoría poblacional en ninguna de las seis provincias anatolias en las que se concentraban y resultaba imposible recrear sobre esas bases la realidad de cualquier nación balcánica.
Pero sobre todo, a los rusos les interesaba mantener en el corazón del Imperio otomano una minoría étnica persistente y crecientemente descontenta con Estambul. Esa situación se agravó con la llegada masiva de refugiados procedentes de las limpiezas étnicas de población turco-musulmana perpetradas por los nuevos estados balcánicos. En esa práctica también Rusia daba lecciones, pues a partir de 1861 comenzó a expulsar masivamente circasianos y abjazos en dirección a Anatolia. Los armenios se quejaban de que la presión demográfica y poblacional iba en su contra y que los recién llegados, extremadamente pobres, amenazaban sus tierras en los vilayets o provincias orientales de Anatolia, donde se concentraba la mayor parte de la población armenia. Ese problema alcanzó cotas dramáticas a partir de 1878, cuando decenas de miles de musulmanes fueron expulsados o escaparon de los Balcanes y Rusia y se establecieron en el Imperio otomano, en ocasiones vecinos a las tierras o propiedades de la población armenia en los confines orientales de Anatolia. Como cualquier otra minoría bienestante, los armenios pronto comenzaron a protestar contra lo que consideraban una maniobra del gobierno para presionarles o forzar un desalojo gradual.
Esta situación envenenó las relaciones entre la comunidad armenia y las autoridades otomanas a lo largo del último cuarto del siglo XIX. A ello contribuyó en no escasa medida la actitud de la política exterior rusa, que una vez más, ni quiso ni pudo apoyar a los nacionalistas armenios. La reacción de las grandes potencias a la paz de San Stefano y la creación de una Gran Bulgaria ya fue suficientemente enérgica como para que, pocos meses más tarde, se dignaran apoyar el surgimiento de una Gran Armenia independiente, fiel a Rusia. En tal sentido, la delegación de Khrimian se cavó su propia tumba política al acudir a la Conferencia de Berlín, en 1878: era virtualmente imposible que las potencias occidentales contribuyeran a una mayor influencia rusa en los destinos del Imperio otomano cuando precisamente se había reunido en Berlín para impedir eso. Por otra parte, los mismos rusos poseían una importante población armenia en su territorio y veían con desconfianza la posibilidad de crear un estado independiente al otro lado de su frontera.
Pero el principal problema terminó siendo que las mismas nacionalidades minoritarias del Imperio otomano se acostumbraron a demandar la intervención de las grandes potencias para dirimir sus diferencias con la sublime Puerta o entre ellos mismos. Los serbios en 1804 y los griegos en 1821 habían mostrado el camino: la llamada de auxilio podía funcionar desde un primer momento –como en el caso de los serbios- o fracasar, como le ocurrió a Aléxandros Ypsilantis. Pero si los insurrectos resistían y sobre todo, eran capaces de encajar pérdidas humanas durante algún tiempo, alguien terminaba llegando desde el exterior con la ayuda militar necesaria. Este mecanismo se repitió en los Balcanes en innumerables ocasiones, desde 1804 hasta 1999, haciendo de esa península uno de los territorios con mayor número de intervenciones militares y diplomáticas del mundo.
Pero en realidad, el fenómeno se extendió a todo el territorio del Imperio otomano, haciendo de sus restos el gran criadero de crisis irresolubles del siglo XX y comienzos del XXI: Líbano, Palestina, Irak, el Kurdistán o el Cáucaso configuran esa constelación de problemáticas en las que, junto con Bosnia, Kosovo o Macedonia se entrelazan enfrentamientos interétnicos más o menos reales, con intervenciones internacionales mal resueltas, disfrazadas de intereses geoestratégicos a veces un tanto anacrónicos. Es cierto que en la actualidad se mezclan en algunos de ellos nuevas y muy reales motivaciones, como el trazado de los oleoductos procedentes del Caspio. Pero no deja de ser sintomático el hecho de que incluso tales disputas se disfracen con los viejos ropajes emocionales de antaño: por ejemplo, la apelación al genocidio armenio de 1915 en medio de las negociaciones para el acceso de Turquía a la Unión Europea. Y más todavía, que tales planteamientos posean todavía un enorme tirón emocional en Occidente, maestro de mitos nacionales y nacionalistas para toda el área del desaparecido Imperio otomano.
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El espacio ex otomano, origen de crisis actuales (2)


A la izquierda, enseña de los barcos mercantes griegos en el Imperio otomano. A finales del siglo XVIII, era normal que utilizaran la bandera naval rusa, con la cruz de San Andrés (a la derecha). Fuente:
Flags of the World
Las concesiones que Rusia logró arrancar del sultán a favor de los súbditos cristianos tuvieron tres consecuencias de gran alcance para los destinos del Imperio otomano. En primer lugar, el acelerado enriquecimiento de la comunidad griega en el imperio otomano. Después, la degradación del sistema millet; a partir de ahí, la aparición de un nacionalismo fruto de la influencia ideológica europea pero lastrado por un ingrediente especial, característico del espacio ex otomano.
El siglo XVIII resultó trascendental para la población griega en el imperio. Aunque la mayor parte estaba constituida por campesinos, con el tiempo había ido surgiendo una clase acomodada de comerciantes y navieros. Gracias a los tratados de Küçük Kajnardia e Iaşi los súbditos griegos del sultán pudieron comerciar bajo la protección del pabellón ruso e incluso descubrieron bien pronto el enorme mercado que suponía el sur de Rusia. Así, pronto florecieron las colonias griegas en las costas del Mar Negro. Pero sobre todo, fueron las guerras anglo-francesas y las que acompañaron la Revolución Francesa y las contiendas napoleónicas las que impulsaron decisivamente el comercio griego, que rompió el Bloqueo Continental y desde las costas penetró hasta el corazón de Europa. En 1813, la flota mercante griega totalizaba 615 barcos, equipados con 5.878 cañones y tripulada por 37.526 marinos, cifras astronómicas para la época
Está claro que durante la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, los griegos no sólo habían entrado en activos contactos comerciales con Europa occidental: también habían sido intensamente bombardeados por las nuevas ideas revolucionarias que incluían la viva demostración de la energía que podía desarrollar una nación en armas: lo habían podido ver con sus propios ojos en Rusia, en España en la misma Francia. Además, los griegos tenían ya sus ideólogos nacionalistas, intelectuales que habían vivido en estrecho contacto con las ideas políticas occidentales, como Adamantios Korais o Rigas Feraios: el primero fue el constructor del moderno idioma griego, vehículo de una renovada identidad nacional; el segundo planteaba la posibilidad de una reconstrucción del Imperio bizantino, una vez que el Imperio otomano fuera destruido desde dentro por una rebelión conjunta de los pueblos cristianos.
Pero sobre todo, el resultado del peso económico y político que cobraron los griegos dentro del Imperio otomano contribuyó al rápido deterioro del millet, una de las instituciones administrativas más características del Imperio otomano. Como comunidades confesionales que eran, los millets poseían una destacada autonomía administrativa, fiscal y hasta jurídica pero siempre referida estrictictamente a los asuntos de la comunidad religiosa. Con el tiempo, se constituyeron tres millets que se correspondían con los tres grandes grupos religiosos musulmanes del Imperio: los judíos o Yahudi; los cristianos orientales, conocidos como Ermeni o armenios; y los cristianos ortodoxos o Rum. Sin embargo, de los tres, el de los greco-ortodoxos había conservado una preeminencia destacada gracias al hecho de que había sido el primero en fundarse –lo hizo el sultán Mehmed II en 1454- y debido a la posición detentada por una minoría altamente influyente, social y económicamente muy bien situada, conocida como los fanariotas, por el barrio de Estambul en el que residían: Fanar, en la esquina noroccidental de Estambul. A ella se añadían como parte de esta elite los prelados de la iglesia greco-ortodoxa; sin embargo, y aunque algunos Patriarcas intentaron resistir la influencia ejercida en la jerarquía eclesiástica por la aristocracia fanariota, ésta, por su riqueza e influencia política tendió a dominarla, y de hecho los orígenes de su poder estaban ligados a una temprana asociación con el Patriarcado.
La autonomía administrativa de que gozaban los millets hizo que las respectivas autoridades religiosas tuvieran campo para abusar de los fieles, sin que la Sublime Puerta actuara como juez o árbitro para impedirlo. Estimulados por la protección que Rusia brindaba y los beneficios obtenidos de ello, y al socaire de las ideas nacionalistas que llegaban desde Occidente, las autoridades de los millets pronto descubrieron la rentabilidad de desviar las quejas de la feligresía –debidas a la simonía o la corrupción- hacia la reivindicación nacionalista o la denuncia contra la supuesta opresión de las autoridades otomanas. Y por supuesto, los millets se convirtieron también en puertas traseras por las que se colaban las disolventes influencia occidentales. No sólo eran perfectas plataformas de penetración donde las grandes potencias volcaban su dinero, agentes y conspiraciones.
Algunas de las comunidades confesionales supieron aprovechar muy activamente las oportunidades políticas que ofrecían los millets. Así, en 1850 los armenios consiguieron de la Sublime Puerta el derecho a constituir un “millet protestante” a partir de 15.000 sujetos que misioneros americanos y británicos había convertido al protestantismo en el conjunto de todo el imperio. La novedad consistía en que el obispo que debía ejercer la autoridad debería estar asesorado por un comité religioso y otro laico, encargado éste de dirigir las "cuestiones seculares" del millet. Esto era abrir una puerta para la obtención de privilegios administrativos internos que iban más allá de la esencia de aquello que era el millet como institución: una comunidad meramente confesional.
Judíos y ortodoxos griegos no intentaron politizar sus respectivos millets de esta forma tan activa, pero la naciente burguesía nacional búlgara inició una verdadera campaña sistemática y bien organizada para obtener su propia iglesia autocéfala. En 1860 se produjo una seria ruptura interna entre la Iglesia búlgara de Estambul y el Patriarcado, a lo que siguió, una década más tarde, el reconocimiento oficial por la Sublime Puerta de un flamante Exarcado búlgaro independiente.
La Sublime Puerta aprovechó esta pugna para debilitar a los todopoderosos griegos del imperio, necesarios para la buena marcha del mismo pero que tantos quebraderos de cabeza políticos venían dando desde 1821 con el respaldo ruso. De hecho, la prolongada disputa greco-búlgara puso en apuros a San Petersburgo, que sentía simpatías hacia la causa búlgara, la cual además, era la de los eslavos, pero intentaba evitar alienarse al Patriarcado de Constantinopla. Ansiosos por sacar tajada y contrarrestar la influencia rusa, austriacos y franceses apoyaron a los búlgaros, lo que a su vez revirtió en la creación de una Iglesia uniate búlgara (1861) que reconocía la supremacía del Papa pero retenía el ritual y el dogma ortodoxos.
De esa forma, a lo largo y ancho del Imperio otomano, fue surgiendo una peligrosa confusión entre sentimiento nacional e identidad religiosa que con el tiempo devendría crónica y ayuda a entender ese carácter de fatalismo, fanatismo y extrema emocionalidad que son característicos de las crisis en el espacio ex otomano y que en Europa sólo y únicamente han tenido un equivalente en el conflicto entre católicos irlandeses y protestantes británicos: una excepción que confirma la regla. Por otra parte, durante estos días casi podemos seguir en directo los efectos e implicaciones que genera internacionalmente una crisis en el espacio ex otomano: el conflicto de Gaza y el sur del Líbano. En sus derivaciones exteriores, esa guerra ha generado en ccidente, pero también en España unas reacciones apasionadas muy similares a las ya vistas durante las crisis balcánicas, que incluso han prendido en la política interior.
(Continuará)
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El espacio ex otomano, orígen de crisis actuales (1)

El Imperio otomano en el cénit de su expansión: 1571, bajo Selim II, una vez conquistada la isla de Chipre. Matriz de crisis actuales, sus territorios incluían lo que hoy son Irak, Líbano, Palestina, Chipre, y los estados balcánicos.
Hace unos días me invitaron a una universidad de verano: ya no es aquel sarampión de hace diez años, hay cada vez menos y no se ven muy concurridas. Pero sobre todo, los políticos de moda y los periodistas de postín no pasan por allí a contarnos sus análisis de la actualidad, tirando a trillados o confirmarnos un secreto a voces. Tiempos aquellos del malogrado rector Villapalos, vanita vanitatis.
Mi experiencia en la Universitat Internacional de la Pau, con sede en Sant Cugat del Vallès fue muy agradable. Posee un cierto aroma clerical que no cuadra demasiado con mis preferencias, pero es de las que siguen impartiendo cursos de verano y manteniendo las aulas llenas, lo cual tiene su mérito. Allí es donde me tocó hablar el pasado viernes día 14 y expuse por primera vez en público la teoría del espacio ex otomano.
Sintéticamente, la presentación de la idea reza así: Las crisis más agudas de nuestra época, o al menos las que recogen con más pasión las primeras planas de los diarios occidentales, tienen su origen en el “espacio ex otomano”. Desde Bosnia a Kuwait, pasando por Kosovo, Palestina, Macedonia o Líbano, todos ellos fueron territorios y conflictos surgidos a raíz de la decadencia y descomposición del Imperio otomano. Es más: tales conflictos vienen rodeados de un aura de fatalismo muy característica, que no se emplea en otros. Parece como si hubieran de ser entre inevitables y eternos. ¿Alguien tiene la solución definitiva para lo que está sucediendo en Palestina y el Líbano?¿Y para tranquilizar y hermanar la península de los Balcanes? La respuesta, como se ofrece en el enunciado, podría estar en la forma bajo la cual se fue desmoronando el Imperio otomano por la presión de las potencias europeas.
Primera parte: el papel de Rusia. Cuando los otomanos tomaron Constantinopla en 1453, los rusos lo vieron como un castigo por los pecados de los bizantinos. Y el peor de todos ellos era la apostasía, el intento de reunir las iglesias de Oriente y Occidente. La verdad es que eso no pasó de ser un intento estratégico del emperador Juan VIII Paleologo para buscar apoyo de las potencias católicas de le época ante la creciente presión otomana. Pero la indignación rusa fue tal que el arzobispo unionista Isidoro, impuesto en su día desde Constantinopla, fue expulsado. Poco tiempo después, el metropolitano de Moscú proclamaría la primacía de la Iglesia ortodoxa rusa como defensora de la cristianada. "Han caido dos Romas -escribió el monje Filoteo en 1512- pero la tercera está en pie y no habrá una cuarta". Desde entonces, para muchos rusos, ciertamente, el destino de Rusia como continuadora del Imperio bizantino formaba parte de los planes de Dios.
Los primeros zares importantes, aquellos que convirtieron a Rusia en una potencia, se fijaron precisamente esa meta. Pedro el Grande (1689-1725) y Catalina II (1729-1796), la poderosa zarina modelo de los filósofos ilustrados franceses del XVIII, intentaron de forma muy seria y consecuente, la destrucción parcial e incluso total del Imperio otomano. Las guerras de 1768-1774 y 1787-1792 le supusieron dos golpes muy duros. Especialmente, la segunda contienda: en esa ocasión, Catalina la Grande había preparado detalladamente la expulsión de los turcos de territorio balcánico, demostrando fehacientemente que Rusia se disponía a demoler el Imperio ootmano pieza a pieza, con sistema y sin contemplaciones. En nombre del equilibrio estratégico en la zona, incluso se había pergeñado el denominado “esquema griego”, pactado en secreto con el emperador austriaco.
En virtud de ese plan, tras la victoria militar, los principados de Moldavia y Valaquia serían reunidos en un estado denominado Dacia, bajo directa influencia rusa, y del cual sería nombrado gobernante el príncipe ruso Potemkin. Pero lo más importante del proyecto era la restauración del Imperio bizantino con capital en la antigua Constantinopla, que reuniría los territorios de Tracia, Macedonia, Bulgaria y el norte de Grecia bajo la corona de un nieto de la zarina, nacido en 1779, y bautizado para la ocasión como Constantino.
Este detalle da idea de lo elaborado que estaba el proyecto de destrucción del Imperio otomano en la cabeza de Catalina la Grande. De hecho, el “esquema griego” se completaba con una serie de compensaciones a efectos de conservar el oportuno equilibrio de poder con las potencias de la zona, por lo que la expulsión de los otomanos venía a ser el complemento del reparto de Polonia. Que el “esquema griego” iba más allá del reparto de los territorios balcánicos lo demuestra el hecho de que incluso Francia sería resarcida por la destrucción de su protegido y aliado otomano, con la cesión de Siria y Egipto, territorios de gran importancia para su comercio del Levante. Por lo tanto, proyectos imperialistas que cobrarían plena vigencia a lo largo del siglo siguiente, e incluso del XX, tenían su origen en épocas bien anteriores.
Los rusos no estaban solos en esta empresa. Conforme el Imperio Habsburgo se afirmaba en el Centro y Sudeste de Europa, presionaba también sobre el Imperio otomano. Pero en todo caso, rusos y austriacos seguían unas pautas similares: con cada guerra perdida, comenzando con la austro-otomana de 1683-1699 –y el Tratado de Karlowitz- los vencedores imponían cláusulas especiales a favor de las minorías cristianas en el Imperio otomano. La culminación de la primera fase de imposiciones de ese tono se alcanzó con el Tratado de Küçük Kaynarca, en 1774, que concluyó la guerra con Rusia iniciada en 1768. En virtud de lo impuesto, el sultán debería otorgar a la zarina el derecho de edificar un templo ortodoxo en Estambul, un poderoso símbolo que parecía anticipar amenazadoramente el retorno de la cristiandad a Constantinopla, pero que también estaba relacionado con el derecho que adquiría Rusia de proteger a los cristianos ortodoxos del Imperio: una concesión que amortizaría a fondo durante los años venideros.
Además, apoyándose en el tratado, agentes disfrazados de observadores se dedicaron a atizar el descontento de las poblaciones cristianas ortodoxas, e incluso las actividades de corsarios griegos contra el tráfico marítimo de las naves otomanas en el Egeo. Tras una nueva guerra, el Tratado de Iaşi en 1792, completó al de Küçük Kaynarca: los súbditos griegos del sultán podrían comerciar bajo la protección del pabellón ruso. Pronto descubrieron el enorme mercado que suponía el sur de Rusia y florecieron las colonias griegas en las costas del Mar Negro.
(Continuará)
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