domingo, junio 03, 2007

NOTA: ¿Se está fabricando un nuevo Eje del Mal?















Panorámica de los tanques de combustible del aeropuerto internacional JFK de NY



En las últimas veinticuatro horas han saltado a la actualidad informativa dos noticias de alcance que parecen continuar la línea argumental del último post publicado en este blog. Primera: el supuesto complot para atentar contra el aeropuerto JFK de Nueva York a cargo de una “célula terrorista de extremistas musulmanes muy persistente” –definición del portavoz del FBI. Según la fiscal del distrito Este de NY, Roslynn Mauskopf (es imposible evitar alguna broma sobre lo que sugiere la traducción de ese apellido) se trata de uno de los “complots más escalofriantes que se pueda imaginar”.

La descripción de la trama, componentes, objetivos supuestos, reales o imaginarios del rocambolesco complot no tienen que ver con la temática de este blog. Pero sí algunos datos que, de pasada, conectan la noticia con la situación en Oriente Próximo. Primera: las sucesivas crónicas no relacionan a los detenidos con Al Qaeda. El portavoz del FBI no lo hizo, aunque tampoco parece haberla negado.

Segundo: de los detenidos, dos son de Guayana y un tercero de Trinidad y Tobago. Se busca a un cuarto integrante de la “célula” que también sería de Guayana. Esto quiere decir Caribe, y esos países se sitúan muy cerca de Venezuela. Como recordarán, ya hace meses que determinados foros e incluso agencias de noticias insisten en la posibilidad de que el Irán de Ahmadineyad y la Venezuela de Chávez hayan forjado una turbia alianza que va más allá de acuerdos en la venta de crudo; el último grito parece ser la rutilante aparición de Hezbollah (recientemente investido como "grupo terrorista más peligroso del mundo") por el Caribe.

Casi todas las crónicas publicadas en la red y en la prensa son copia de un par de noticias de agencia y repiten los mismos datos una y otra vez, pero rastreando con cuidado podemos encontrar un detalle interesante: “Isha Kadir, la esposa del sospechoso [Abdul Kadir], dijo que su marido voló a Trinidad el jueves y fue detenido el viernes al abordar un vuelo desde ese país a Venezuela, donde planeaba recoger una visa para asistir a una conferencia islámica en Irán” –podemos leer en una crónica publicada en red por “Univisión” el 3 de junio a las 09:43 ET. De todas formas, el detalle ya saltó a la red durante el día de ayer, nada más conocerse la noticia.

Abdul Kadir es un antiguo parlamentario de Guyana, mientras que el resto de los acusados pertenecerían a la organización afro-trinidaria Jamaat al Muslimeen, grupo que parece centrar su atención e intenciones en la situación interna de la isla, aunque especulaciones altamente alarmistas de hace dos años consideraban la posibilidad de que células terroristas pudieran atacar el canal de Panamá desde el Caribe.

Para concluir, algunas declaraciones de expertos ya están quitándole hierro al “escalofriante” complot. En crónica de “La Vanguardia” de hoy mismo: “El portavoz de la compañía [que gestiona los depósitos de combustible del JFK], Roy Haase, restó importancia a los supuestos planes de atentado, al indicar que el conducto [contra el que se pretendía atentar] está enterrado casi por completo y no contiene oxígeno, un elemento indispensable para provocar un estallido. "Decir que el conducto iba a estallar simplemente no es posible", agregó Haase, que opinó que si lo que estallara fuera un tanque de combustible los daños se limitarían a las cercanías de ese tanque, no al conducto en sí.”

Por lo demás, el ejército libanés se enfrenta a un nuevo foco de insurgencia palestina radical en otro campo, el de Ain el Helu donde, según Seymour Hersh en su artículo del pasado mes de marzo, también llegaban “ayudas” de círculos cercanos al gobierno de Siniora. Parece que el Ejército libanés está aprobando el primer examen contra al Fatah al Islam; veremos cómo le va con el segundo y si pronto estará preparado para misiones de más calibre.

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martes, mayo 29, 2007

Líbano 2007: Un embrollo apenas sofisticado

















Un miliciano de Al Fatah al-Islam, posa para el fotógrafo, Corán en mano y empuñando un fusil de asalto norteamericano M-16. el equipo y el arma son nuevos de trinca.


Conviene tener en cuenta la pista porque proviene de una fuente segura: Georges Corm, uno de los más lúcidos analistas árabes, ex ministro del gobierno libanés él mismo y autor de algunos de los libros y artículos más clarificadores sobre la compleja historia y política de su país. La alusión fue publicada en castellano en un artículo de opinión aparecido en ”La Vanguardia” el pasado 24 de mayo, titulado: “Líbano en la tormenta”. La pieza, obviamente, hacía referencia al actual enfrentamiento entre el Ejército libanés y los milicianos de Al Fatah al Islam en el campo de refugiados de palestino de Nahr Al Bared.

Corm sugiere de forma bastante explícita que la provocación de los combatientes de Al Fatah al Islam está relacionada con el descontento existente en diversos países intervinientes en la zona (Estados Unidos, Arabia Saudí) con la actitud del Ejército libanes que, desde la guerra del pasado verano, no ha intentado desarmar a las milicias de Hezbollah. Es más, de hecho ha confraternizado en numerosas ocasiones con esa organización. Mientras tanto, no es ningún secreto que Washington apoya al gobiernos libanés de Fouad Siniora, seriamente acosado por Hezbollah desde hace meses.
















Soldados del Ejército libanés en los recientes combates. Todavía intentan proteger sus cabezas con anticuados cascos italianos. De todas formas, su mayor debilidad es la estructuración de sus unidades en base a consideraciones étnicas y confesionales


El analista libanés sostiene que los actuales incidentes entre el Ejército libanés y el grupo yihadista estaban más que anunciados desde hace tiempo. Como apoyo documental cita un extenso artículo que es fácil de encontrar en internet y fue publicado ya hace más de tres meses en “The New Yorker”. La pieza, firmada por Seymour M. Hersh –otro gran experto en Oriente Medio y Líbano- se titula: “The Redirection. Is the Administration’s new policy benefitting our enemies in the war on terrorism?” aparecido el pasado 5 de marzo. La fecha es interesante, porque Hersh ya mencionaba por entonces el protagonismo que iba a tener Al Fatah al Islam, grupo que, en teoría era por entonces un perfecto desconocido. La prueba de la hemeroteca, funciona una vez más para probar la excelente calidad informativa de algunas piezas (Si prefiere escuchar y ver la entrevista concedida por Seymour Hersh a CNN, pinche aquí o visiónela al final de este post).

En esencia, Hersh explica que desde hace meses la administración norteamericana está apoyando a los países suníes moderados e incluso (indirectamente) a grupos suníes violentos, obsesionados por el auge del Irán chiíta en Irak pero también de sus aliados en Líbano, es decir, Hezbollah. La estrategia posee peligrosas contradicciones, porque hasta ahora, las tropas americanas en Irak han sido atacadas preferentemente, y tanto en cantidad como en intensidad, por grupos de resistencia predominantemente sunís. El lector puede comprobar por sí mismo hasta qué punto ese planteamiento es problemático en Irak. Pero aquí interesa en especial el caso de Líbano, donde el Washington apoya al gobierno libanés de Fouad Siniora, seriamente acosado por Hezbollah. En ese empeño, los norteamericanos cuentan con el activo apoyo del gobierno de Arabia Saudí, y muy en especial del príncipe Bandar, actual asesor de seguridad del gobierno de Riyad, y antiguo embajador en los Estados unidos durante veintidós años, amigo personal del presidente Bush y del vicepresidente Cheney. Los saudíes, en efecto, están muy preocupados por el auge los iraníes y del islam chiíta en la zona.






















La última moda en alarmismo: Hezbollah se está infiltrando en Latinoamérica e intenta seducir a pueblos indios descontentos, como los Wayuu. En algunos foros ya se afirma de forma contundente que "Hezbollah es la organización terrorista más peligrosa del mundo". Por suerte, algunos grupos ligados a Al Qaeda podrían echar una mano para frenarla, y de paso, quién sabe, liquidar también a Hugo Chávez...

El gobierno de Siniora ha recibido ayudas de todo tipo por parte de sus poderosos aliados. Y también mucho dinero, millones de dólares. Sin embargo, funcionarios norteamericanos en la zona han comentado que se pierde rápidamente la pista de esas ayudas y que algunas han ido a parar a malas manos. Ya en marzo se decía abiertamente que grupos de extremistas suníes yihadistas estaban recibiendo ayudas de círculos cercanos al gobierno Siniora. Estos grupos, aunque pequeños, deberían servir de amortiguador ante los chiíes de Hezbollah; lo malo era que, ideológicamente estaban próximos a Al-Qaeda. Hersh mencionaba dos en concreto: Asbat al-Ansar, radicado en el campo de refugiados palestinos de Ain al-Hilweh [también transcrito como Ain el Helu] ; y Al Fatah al Islam, una escisión del pro-sirio Al Fatah al Intifada, cuya base estaba en el campo de Nahr al-Bared, norte del Líbano. En ambos casos, el articulista recogía testimonios que mencionaban ayudas en dinero y armas de individuos que se presentaban a sí mismos como “representantes de los intereses del gobierno libanés” con el supuesto objetivo de enfrentarse a Hezbollah.

En círculos gubernamentales se expresaba la opinión de que la actual administración libanesa demostraba una actitud “liberal” hacia militantes de Al Qaeda en el país. La preocupación obsesiva es, una y otra vez, Hezbollah, capaz de poner contra las cuerdas al gobierno, quizá también a las fuerzas de mayoría suní. Por lo tanto, todo vale con tal de cortarle las alas a Hezbollah y, si fuera posible, desarticularla. Al parecer, los norteamericanos tampoco verían con malos ojos la infiltración y apoyo de grupos radicales integristas en Siria, como la Hermandad Musulmana. Los saudíes también estarían activamente interesados en tales maniobras.

Si hacemos caso de Corm y Hersh, y son dos firmas de peso, los norteamericanos y sus aliados saudíes se han embarcado claramente en una estrategia activa de enfrentar a suníes y chiítas en Oriente Medio y, de momento, en Irak y Líbano. Resultaría tragicómico -con fuerte desequilibrio hacia el segundo componente- que al final los norteamericanos terminaran apoyando a Al Qaeda abiertamente; entonces, no sería tan extraño que alguien preguntara desde cuándo dura esa situación. Pero sin ir tan lejos, parece claro que la estrategia norteamericana no se centra específicamente en apoyar a suníes contra chiítas. Más bien parece que de lo que se trata es de enfrentar a unos con los otros, al margen de que se alternen los beneficiarios de los apoyos concretos.

En realidad, las cosas pueden ir incluso más lejos, dado que uno de los efectos del actual alzamiento en el campo de Nahr Al Bared ha sido el apresurado
rearme del Ejército libanés con material norteamericano; y por las imágenes que ofrecieron las televisiones, un plus de equipos procedentes de los Emiratos Árabes Unidos y, pronto, otros amigos del americano en la zona (Egipto, por ejemplo). En definitiva: un ejército armado, fogueado y con las manos ya manchadas de sangre, debería mostrar menos respeto hacia la milicia de Hezbollah.






Un avión de transporte C-130 Hércules del Ejército de las Emiratos Árabes Unidos, cargado de armas y equipos militares, se apresta a aterrizar rozando los techos de Beirut, 28 de mayo, 2007








Y a partir de aquí, las puertas quedan abiertas de par en par para todo tipo de conclusiones y elucubraciones. El marco general de las maniobras descritas por Hersh y refrendadas por Corm, es de manual sobre intervencionismo en el espacio ex otomano. Podríamos estar hablando, por ejemplo, de las viejas maniobras franco-británicas en torno a Monte Líbano en la década de 1840. En ese contexto, la reunión de embajadores norteamericano e iraní en Bagdad, el pasado lunes 28 de mayo no excluye todavía nada. Como apunta Corm, si el Ejército libanés no da los resultados apetecidos, podría ser desmontado y liquidado como un saldo. Eso entra, por ejemplo, en la lógica de los estrategas de sofá que pueblan la Brookings Institution: todo es despiezable: Bosnia (Kosovo no, por lo visto), Irak y, por supuesto, Líbano. Dado que ahora están tan obsesionados por el poder de Iran como el mismo presidente Bush, todo lo demás es secundario, incluyendo al mismísimo Osama Bin Laden. Es la estrategia del último minuto, que esconde carencias básicas, como por ejemplo, la falta de objetivos estratégicos de fondo en toda la región de Oriente Próximo e incluso Asia Central.

De todas formas, no deja de ser inquietante ver cómo van cobrando forma concreta las sospechas de que, tras el esquema monocolor de la "guerra contra el terrorismo internacional" que ha venido trompeteando la administración Bush desde hace casi seis años, emergen sombras y tonalidades variadas, contrapuestas y desconcertantes. Los ataques del 11-S inauguraron un amplio supermercado de grupos terroristas, franquicias reales e imaginarias, siglas políticas, secciones de servicios de inteligencia, aliados reales e inventados, surtidos tutti frutti de objetivos posibles y beneficios directos e indirectos todo tipo de formatos. Es lógico: la guerra de contrainsurgencia siempre fue terreno abonado para las fantasías y exageraciones, tanto por parte de las fuerzas insurgentes como las del "orden". ¿Recuerdan por qué los guerrilleros castristas comenzaron a dejarse la barba a finales de la década de los 50 en la Sierra Maestra cubana? Para que el ejército de Batista no presentara las ejecuciones de campesinos lampiños como "bajas" de los insurgentes en "batallas" inventadas.


Individuo armado, en las calles de Beirut, presentado como miliciano de Hezbollah. A destacar el distintivo de su camiseta deportiva












Por lo tanto, la tentación de la mentirijilla está siempre presente en el día a día de la lucha entre los USA y Al Qaeda. Pero claro: si la invasión de un país y el despanzurramiento de su estado, su tejido social y su economía se justificaron sobre delirantes mentiras sobre su capacidad de destrucción masiva "en 45 minutos", ¿qué podemos creernos a estas alturas? Y si resulta que ahora mismo, a la administración Bush y a los chicos de la Brookings les resulta más amenazador un Irán real que los tentáculos de Al Qaeda, e incluso les atrae la posibilidad de utilizarlos coyunturalmente para hacer alguna que otra chapucilla (por ejemplo, contra el muy concreto Hezbollah) la pregunta que surge naturalmente es: ¿Desde cuándo es esa la realidad del problema, tal como se percibe desde Washington?

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lunes, febrero 26, 2007

Sociedades civiles musulmanas

Dahiye, Beirut, 15 de agosto de 2007: la foto ganadora del World Press Photo. Autor: Spencer Platt, de Getty Images. Esta copia proviene de la web de fotografía Caborian




Ayer, el diario "El País", separata "Domingo", publicó un interesante reportaje firmado por Gert Van Langendonck dedicado a la "foto del año", esto es, la ganadora del World Press Photo, de Spencer Platt (Getty Images). El fotógrafo cuenta cómo el pasado 15 de agosto deambulaba por el Dahiye, suburbio al sur de Beirut bombardeado por los israelíes durante la guerra de un mes que acaba de finalizar. De repente, por entre la destrucción y los miles de refugiados, apareció un descapotable rojo ocupado por cinco chicas y conducido por un joven. En la pieza, Platt afirma: "Me gustó porque porque mostraba el otro lado de la guerra: el Beirut estupendo". En el reportaje, Gert Van Langendonck reúne a los protagonistas de la instantánea y cuenta su historia: un grupo de jóvenes libaneses cristianos en su veintena, con una amiga musulmana. En la entrevista, los chavales tratan de justificarse: aquel era su barrio, habían ido a ver los daños sufridos en el domicilio familiar, hacía calor y por eso iban con ropa ajustada y gafas de sol de diseño, una de las chicas trabaja en una ONG... Y sobre todo, no pertenecen a la burguesía cristiana.

Pero quizás, el mejor argumento lo aportó Noor Nasser, la única musulmana del grupo: "Somos libaneses. Nos vestimos así todos los días. Cualquier otro día, nadie se habría fijado en nosotros, ni siquiera en el Dahiye". Y efectivamente, compruébenlo: ninguna de las personas que roden el automóvil está reparando en él. Parece que la escena sólo le llamó realmente la atención al fotógrafo norteamericano, quizá presa él mismo de los estereotipos occidentales. Líbano es un país mayoritariamente musulmán, aquel era un barrio básicamente chií y controlado por Hezbollah, recién destruido por los israelíes, y aquel coche ocupado por lo que en apariencia era un grupo de jóvenes pijos, no cuadraba en el conjunto.

Al margen de lo que hicieran realmente los protagonistas de la fotografía en aquel escenario, tiene razón Noor Nasser: ellos son libaneses, forman parte de una sociedad civil libanesa muy desarrollada, más acostumbrada a la convivencia cotidiana que a la confrontación violenta. Las jóvenes del Morris Cooper no llevaban velo ni mostraban cautela o miedo; estaban en su barrio y formaban parte de ese Beirut que Platt, acertadamente, califica de "estupendo". Por lo tanto, el jurado de la World Press Photo ha tenido un gran acierto con el premio, porque la instantánea es en sí misma la muestra de una realidad social interesante: todo lo contrario de los estereotipos facilones a los que suele acudir la prensa fotográfica habitualmente.

















La enorme manifestación de despedida a los restos de Hrant Dink toma por la céntrica avenida Istiklal de Estambul. Es una de las fotografías tomadas por Andrés Mourenza, Rike Kalthoff y Selahattin Kaplan



Hace pocos días, el pasado 10 de febrero, Andrés Mourenza reproducía en su blog algunas fotografías tomadas por él mismo y algunos amigos, de la manifestación organizada en Estambul tras el asesinato de Hrant Dink. En total, seis instantáneas que por sí mismas testimonian sobre la diversidad de los que integraron la enorme despedida: viejos y jóvenes, cristianos y musulmanes, mujeres con velo procedentes del interior de Anatolia: la sociedad civil turca, rechazando la acción aislada del ultranacionalismo violento. Mourenza, que se está convirtiendo en el mejor periodista español experto en Turquía -ojalá pronto lo contrate alguno de nuestros grandes periódicos y ponga un poco de orden en el tema- me remitió también el link con el artículo que le habían publicado en "El Periódico" el pasado 24 de enero, ilustrado por una descriptiva fotografía de Reuters. Por desgracia, la mayoría de los periodistas han considerado que el scoop informativo y el hecho ilustrativo de lo que es Turquía en enero de 2007 estaba en el asesinato de Dink, no en la respuesta ciudadana. Si Spencer Platt hubiera cometido el mismo error, no le hubieran dado nunca el premio de la World Press Photo.

Tercera aparición del asunto en la prensa de las últimas semanas: Enric González, corresponsal de "El País" en Roma, entrevista a Pinar Selek, socióloga y feminista turca, acusada en 1998 de participar en un atentado del PKK. Tras pasar dos años en prisión y quedar demostrado que no tuvo nada que ver en lo que, de hecho, fue una explosión de gas, continúa procesada tras recurrir el fiscal. A pesar de ello, pudo salir de Turquía para participar en un seminario sobre feminismo organizado por el Instituto Cervantes de Roma. El periódico publicó la entrevista el pasado 12 de febrero en su página 43. Es muy recomendable la lectura de la entrevista, no exactamente por las preguntas de González, notablemente tópicas, sino por las afiladas respuestas de Pinar Selek.


Pinar Selek, sale de prisión, esposada, para su procesamiento

















"Turquia parece condenada a elegir entre el nacionalismo del Ejército y el islamismo" -pregunta, casi afirmando el periodista. La respuesta de Selek pone las cosas en su sitio: "Hay una tercera vía. Y el islamismo no representa un auténtico problema. En realidad, el actual Gobierno, con un fuerte componente islámico, ha sido votado por personas de izquierda que no se sentían con ánimos de votar a la izquierda política, demasiado dogmática y prohibicionista. Lo que quiere la gente es democracia, no islamismo. No hay que confundir a los musulmanes con los islamistas. Y la religión musulmana se practica en Turquía de forma mucho más relajada que en otros países". Enric González vuelve a al carga: "El asesinato del periodista Hrant Dink y la fuga por amenazas [sic] de Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura, parecen indicar una involución". Y la sociólga continúa poniendo los puntos sobre las íes con su respuesta: "El proceso es duro, no hay duda. Pero la dinámica hacia la democracia existe. Las manifestaciones son muy abundantes, y no hay que mirar sólo lo que ocurre en Estambul o Ankara. También hay movilizaciones en las pequeñas ciudades de las zonas rurales. Como activista del feminismo le aseguro que florecen por todas partes, incluso en las regiones más rurales y atrasadas, pequeñas cooperativas y asociaciones de mujeres. Lo que ocurre no es muy distinto de lo que ocurría en España en los últimos años de la dictadura: la sociedad va por delante del régimen político".

Un aplauso para Pinar Selek por sacar a relucir a la sociedad civil turca, aunque debe reconocerse que Enric González se lo pone a huevo con su insistencia en sentido contrario: "En las calles turcas hay más y más mujeres con la cabeza cubierta con el pañuelo tradicional". Respuesta: "Eso no significa gran cosa: a nuestras reuniones acuden también mujeres con el pañuelo. El movimiento feminista es fuerte. Por la vía del diálogo, entrevistándonos uno a uno con muchos diputados, hemos conseguido cambiar el código civil en lo referente a los matrimonios. Ahora, el marido tiene que compartir sus bienes con la mujer. También se ha modificado el código penal, para combatir los crímenes de honor dentro de la familia. Sigue habiendo malos tratos y asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico, pero están perseguidos."

Teniendo en cuenta que Pinar Selek ha sido una víctima real del sistema, en mucha mayor medida que Pamuk (por ejemplo) resulta admirable el temple que conserva para poner las cosas en su sitio. Reitera que el movimiento feminista turco confía en el proceso de integración en la UE, "pero la UE no debe caer en las provocaciones, e incluyo en esa categoría los asesinatos de gente ilustre, porque hay quien quiere sabotear el proceso de acercamiento. También necesita paciencia. Y tiene que ampliar las vías de diálogo. Turquía no es sólo el Estado. La UE ha de conectar también con la sociedad civil." Aplauso final.

El profesor Atilla Yayla (nuestros periodistas suelen escribir mal su apellido), cuyos estudios sobre la sociedad civil turca han sido publicados en otros países de mayoría social musulmana, como Indonesia. La prensa suele mencionar sus dificultades con los ultranacionalistas, pero nunca escribe sobre sus interesantes estudios científicos. Fotografía publicada en "Zaman"



La cuestión de las sociedades civiles en los países de mayoría islámica es abordado de vez en cuando por la prensa occidental en relación a los acontecimientos centrales de la actualidad informativa, aunque sea de forma tangencial. Por ejemplo, Joaquín Luna publicó, el pasado 17 de febrero en "La Vanguardia", un breve "reportaje de domingo" sobre los iraníes de a pie, en el centro de la tensión nuclear que protagoniza su país. Pero, por regla general, suelen ser piezas secundarias, a veces incluso "casuales" o que incluso parecen tratar la cuestión en contra de la voluntad del autor. Además, terminan formando parte de lo que hace años era definido como "reportaje colorista". En fin: sigue siendo impensable pedirle a la mayor parte de los periodistas que le echen un vistazo a cualquier libro académico especializado, aunque sólo sea de vez en cuando.

Es cierto que no abundan los instrumentos para entender el moderno fenómeno de las sociedades civiles en los países musulmanes, pero alguno hay. Como el libro de Amyn B. Sajoo (ed.), Civil Society in the Muslim World: Contemporary Perspectives, (London: I. B. Tauris, 2002). Y es que la clave sociológica resulta fundamental: es precisamente la marca distintiva de los países de mayoría social musulmana más modernos. Y no sólo eso: los especialistas de esos países son conscientes de su importancia, estudian el fenómeno y comparten sus descubrimientos con los colegas de otros países similares. Un ejemplo: el libro del profesor Atilla Yayla, Civil Society and Market Economy, publicado originariamente por la Asociación Turca para el Pensamiento Liberal, fue reeditado en Indonesia por la Fundación Friedrich Naumann (Yakarta). Precisamente, Atilla Yayla tuvo problemas en Turquía por criticar el legado de Atatürk. Además de él, otros académicos han explorado esta interesante cuestión en relación a Turquía u otros países: Ihsan Yilmaz, Norman Barry, Imad-ad-Dean Ahmad, Masoud Kamali, Norani Othman y otros nombres que estudian las claves que ya están logrando modernizar a las sociedades de los países de mayoría musulmana y terminar con los mitos sobre el "choque de civilizaciones" o el supuesto fracaso del islam frente a la modernidad.

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jueves, enero 11, 2007

El espacio ex otomano, origen de las crisis actuales (y 6)















El şeyhülislam Esad Efendi lee la fetua dirigida a los musulmanes del mundo para que se alcen en armas contra los enemigos del Imperio otomano, noviembre de 1914



Durante la mayor parte del siglo XIX, las potencias occidentales y en mayor medida Gran Bretaña, seguida en parte por Francia, defendieron como pudieron al “Hombre enfermo” de los intentos rusos por destruirlo. Por lo tanto, una de las grandes paradojas de esta historia resultó ser la de que, al final, los rusos fueron los causantes, aunque indirectos, del postrer desmoronamiento del Imperio otomano, a pesar del empeño que habían mantenido ingleses (y en parte franceses) por conservarlo vivo a lo largo del siglo XIX.

Tras el estallido de la Gran Guerra, en agosto de 1914, la Sublime Puerta llegó a la conclusión de que intentar mantenerse neutral en el conflicto, como había hecho durante las guerras napoleónicas, no serviría de nada en esta ocasión. Los rusos deseaban borrar las humillaciones de 1905 y convertirse en potencia dominante, incluso a costa de la destrucción del estado alemán y su desmembramiento, tal como se desprende de los denomiandos "Doce Puntos de Sazonov" que marcaban sus objetivos iniciales de guerra. Desde Estambul se creía que los franceses y sobre todo los británicos les permitirían esta vez a Rusia hacer lo que quisiera; esto implicaba que tampoco moverían un dedo si esa potencia aprovechaba para imponer sus reclamaciones al Imperio otomano, aunque se mantuviera neutral. Dada la naturaleza de la contienda que se estaba librando, era de esperar que la primera exigencia sería la de libre tránsito por los Estrechos o incluso su control directo. Y a partir de aquí, un chorreo de imposiciones adicionales que respaldarían Londres y Paris, potencias aprovecharían para satisfacer sus intereses en Occidente. Esa fue la razón por la cual Estambul se decidió, ya en octubre de 1914, por aliarse con Alemania, que por entonces parecía el contendiente más capz y a la vez menos peliogroso para el Imperio otomano, dada su lejanía y la importancia relativa de sus intereses en él.

Fuese una predicción acertada o provocada por la decisión que tomó el gobierno otomano, británicos y franceses decidieron que ya sólo cabía planear la forma en que podrían sacar el mejor partido de los despojos del Imperio otomano, caso de que la Entente ganara la guerra. Pero lo que resulta más revelador de la cuestión fue que los planes de Londres se hicieron poniendo la máxima atención en protegerse de los futuros enemigos en la zona: los rusos. Si estos deseaban destruir al Imperio otomano, ingleses y franceses reordenarían sus restos para paliar en la medida de lo posible las consecuencias del control ruso sobre los Estrechos, y quizá parte de Anatolia; y desde luego, Oriente Próximo no caería en manos eslavas. Ese fue, en parte, uno de los objetivos políticos buscados al fomentar la revuelta árabe y el paralelo reparto de los actuales Palestina, Líbano, Siria, Jordania e Irak entre Londres y Paris.

El coronel T. H. Lawrence, símbolo épico de la decisión británica de destruir el Imperio otomano durante la Gran Guerra.





Los británicos siempre tuvieron interés en mostrarse como los grandes instigadores de la épica revuelta árabe de 1916, lo que en teoría les daba más derechos sobre el resultado final de la misma que sus competidores franceses y rusos cuando llegó el momento de descuartizar el Imperio otomano sin contemplaciones. Como se sabe, Londres acumuló promesas sobre promesas: a los árabes la creación de un gran estado o incluso un imperio propio sobre las ruinas del otomano. A los franceses, el reparto del Próximo Oriente a partir del tratado de Sykes-Picot; a los italianos, una porción de Anatolia, a los rusos, antes de la Revolución de Octubre, como se ha mencionado, casi todo lo que quisieron pedir: el control de los Estrechos y la zona oriental de Anatolia. Por ello, resulta apasionante descubrir hasta qué punto, en esos grandes manipuladores y remodeladores del Imperio otomano que fueron los británicos, terminaron mezclándose claros objetivos estratégicos con discursos románticos.

Tras la Revolución rusa, Londres buscó afanosamente la creación de una línea de control estratégico que atravesara el Próximo Oriente árabe, desde el Golfo Pérsico al litoral mediterráneo. Esa opción no sólo actuaría como “cordón defensivo” de Egipto y Suez frente al peligro ruso, más al norte, sino que en sí misma sería una vía de acceso alternativo hacia la India. En todo caso y dado que el dispositivo debía quedar reforzado con el tendido de un ferrocarril transversal que lo hiciera más defendible, el problema mayor lo constituía el punto de salida hacia el Mediterráneo, que podía variar desde la ciudad de Alexandretta (hoy Iskenderun) en la Cilicia, o en Palestina.

Los acuerdos Sykes-Picot, así denominados en recuerdo de los respectivos ministros de Exteriores británico y francés que lo elaboraron. Para los británicos, el objetivo principal era construir un corredor estratégico en Oriente Próximo, entre el Golfo Pérsico y el Mediterráneo, a fin de asegurar la conexión más corta entre Egipto y la India, que además sirviera como parapeto defensivo ante la previsible influencia rusa en el Cáucaso, Anatolia y los Estrechos. Obsérvese el obstáculo a esos planes que constituía la Zona de Control Internacional



Sólo que el territorio prometido a los franceses complicaba mucho el acceso a las costas mediterráneas. Por si faltara algo, el texto final del acuerdo Sykes-Picot incluía que la problemática Palestina sería gobernada por una administración internacional (“Condominio Aliado”) cuya forma final sería establecida tras la guerra, previa consulta con Rusia. Teóricamente, esta situación obedecía al asentamiento en la zona de unos 90.000 colonos judíos en virtud de las campañas sionistas de regreso a la tierra Prometida, que habían comenzado a arrojar sus frutos en 1882, pero que a partir de 1905 experimentaron un gran auge. Sin embargo, la idea de un “Condominio Aliado” sobre lo que de hecho era una pequeña parte de Palestina, se debía a la presión ruso-francesa. De hecho, existía un acuerdo secreto entre ambos aliados: Rusia había prometido apoyar los objetivos franceses en Palestina en las futuras negociaciones con los británicos. Y los franceses argumentaban que toda la fachada marítimo de Tierra Santa, junto con Líbano, formaban parte de la Siria histórica. Por lo tanto, la administración internacional del territorio había sido fruto de un arreglo de compromiso, un acuerdo que no enturbiara las relaciones entre aliados por la disputa sobre Palestina, en espera de la victoria final sobre los Centrales. De hecho, cuando el acuerdo se hizo público, tanto en Francia como en Gran Bretaña se hizo impopular porque las opiniones públicas de ambos países se sintieron decepcionadas. Y en buena medida -y aunque parezca increíble hoy en día- ello tenía que ver con la posesión de Palestina, asociada a los mitos medievales de las cruzadas.



El general Allenby entra en Jerusalen por la Puerta de Jaffa, diciembre de 1917. Fotografía procedente de First World War.com




Dentro de ese esquema, uno de los objetivos preferentes en el Próximo Oriente pasó a ser el de modificar el acuerdo de Sykes-Picot “a fin de darle a Gran Bretaña el definitivo y exclusivo control sobre Palestina”. Para ello, el nuevo gabinete comenzó a utilizar la carta de las aspiraciones sionistas, aunque como escribió su Anthony Asquith, el anterior primer ministro, a Lloyd George le importaba un ardite el pasado o el futuro de los judíos. Lo que se le antojaba un “ultraje” era dejar “los Santos Lugares en posesión o bajo el protectorado de la ‛agnóstica, atea, Francia’”. En efecto, ya desde el otoño de 1914, a poco de la entrada en guerra del Imperio otomano, andaba dando vueltas por los despachos del Foreing Office el informe Herbert Samuel a favor de que el gobierno británico impulsara la creación de un Estado judío en Palestina. Pero el primer ministro Asquith percibió claramente los problemas que podría traerla a Gran Bretaña un compromiso en esa dirección: la emigración masiva de judíos desde los cuatro rincones del mundo “que en el debido momento obtendrán la Home Rule”.


Así fue como, en base a los planteamientos geoestratégicos de Lloyd George, tendientes a revisar en profundidad el Acuerdo Sykes-Picot en perjuicio de Francia, el 2 de diciembre de 1917, el Secretario de Exteriores, Arthur James Balfour dio a conocer la célebre Declaración que lleva su nombre y en base a la cual el gobierno británico “veía favorablemente” el establecimiento de un “hogar nacional” para el pueblo judío en Palestina. La fecha no era causal: por entonces estaba en pleno desarrollo la ofensiva británica en Palestina, que el día 8 de ese mes llevó a la toma de Jerusalén. El general Allenby ofreció la Ciudad Santa a Lloyd George como regalo de Navidad.

Menos de un año más tarde, el Imperio otomano se hundió. Pero para entonces los grandes planes puestos en marcha por las potencias de la Entente ya habían perdido su utilidad o pronto lo harían. El Imperio ruso se hundió y las disposiciones estratégicas ideadas por los británicos perdieron buena parte de su utilidad, pues el enfrentamiento con la Rusia soviética no se basaba ya en los viejos presupuestos de la gran geopolítica, sino en la influencia ideológica. A cambio, rusos, británicos y franceses se habían pasado dos siglos concibiendo unas fuerzas que progresivamente fueron quedando libres y actuando por su cuenta. El primer aviso llegó con las guerras balcánicas de 1912-1913, aunque con precedentes muy claros en la crisis de 1875-1878. Y todo ello arrancaba de las insurecciones serbia y griega a comienzos del siglo XIX. A partir de 1918 ya estaban sobre el tablero todas las piezas vivas que casi un siglo más tarde seguirían jugando por su cuenta mortíferas partidas, desde Kuwait a Bosnia, desde Riyad a Nagorno-Karabaj.



La presencia norteamericana y británica en Irak es una más de las múltiples operaciones intervencionistas en el espacio ex otomano, que sigue pautas similares en sus motivaciones, modus operandi, opciones y resultados finales a las de otras muchas, sean recientes (Bosnia, Kosovo) o las más lejanas acaecidas en los siglos XIX y XX





En definitiva, el Imperio otomano se convirtió en la matriz de las futuras grandes crisis del siglo XX debido a una serie de causas muy evidentes. En primer lugar, su situación en la periferia europea, que hacía de él un territorio geográficamente muy accesible para las grandes potencias intervencionistas del siglo XIX. Eso transformó al Imperio otomano en un laboratorio del imperialismo europeo y como tal, nunca terminó de ser un modelo perfecto. Además, el empeño en mantener vivo al Hombre Enfermo aunque fuera podando –o permitiendo la autodeterminación- de ciertos territorios periféricos, obligó a mantener latentes algunos conflictos –como el que plantaban los armenios- que a la larga crearon graves problemas estructurales en el Imperio otomano. Por otra parte, las grandes potencias intervinientes nunca pudieron mantener la suficiente distancia emocional con respecto a los efectos que ellas mismas estaba generando en la zona. Las antipatías que despertaba el recuerdo histórico del “azote turco” de los siglos XV al XVII, las obsesiones nacionalistas con la épica de las cruzadas, la problemática judía, la mala conciencia histórica asociada a la caída de Constantinopla o el impacto de las mitologías nacionalistas balcánicas: todas esas imágenes y algunas más eran suficientes como para enzarzar a las grandes potencias en decisiones precipitadas o intervenciones manipuladas por intereses locales. Un componente que ayuda a explicar por qué si bien el Imperio otomano terminó desapareciendo, los mecanismos que habían llevado a su destrucción perviven a comienzos del siglo XXI, sembrando la discordia y creando la falsa sensación de que las viejas causas siguen vivas y merece la pena pelear por ellas generación tras generación, por los siglos de los siglos.

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lunes, noviembre 27, 2006

La balcanización de Próximo Oriente














El mausoleo de la mezquita de al-Askari en Samarra, según postal coloreada. El bombardeo del templo chiita por extremistas suníes en febrero de 2006, precipitó la escalada de la guerra civil en Irak


El que fuera presidente de Montenegro, Momir Bulatović, le relató a la periodista británica Laura Silber la siguient anécdota que transcurrió en los días previos al comienzo de las guerras de Eslovenia y Croacia, inicio de la violenta desintegración de Yugoslavia, que iba a durar una década casi exacta. A finales de aquel mes de junio de 1991, James Baker, que a la sazón era viceperensidente de los Estados Unidos bajo la presidencia de George Bush padre, hizo una gira por las inquietas repúblicas yugoslavas. En su entrevista con el presidente montenegrino éste notó que su interlocutor tenía ciertas dificultades para encauzar la conversación: simplemente no parecía tener muy claro sobre qué temas conversar. Entonces extrajo de su bolsillo una agenda. Intrigado, Bulatović logró escudriñar lo que Baker había apuntado sobre Montenegro. Eran solamente dos líneas: “La república más pequeña de Yugoslavia” y “Un posible quinto voto para Mesić” (candidato a presidente federal por entonces). Eso era todo lo que sabía de Montenegro el enviado especial de los Estados Unidos de América, que había llegado a la zona con la misión de desactivar la tragedia que se avecinaba.

Fotografía oficial de James A. Baker


Quince años más tarde, Baker reaparece como bombero en medio de otro estado pluriétnico que se hunde en la guerra civil. Es cierto que su protagonismo en asuntos árabes le da un mayor grado de experiencia que el desplegado en Yugoslavia en 1991, pero con todo y ello, su presencia en Irak resulta inquietante, incluso para él mismo. Porque Baker fue el artífice de la coalición de las 34 naciones que participaron en la primera Guerra del Golfo, después fue asesor de Bush hijo en la invasión de Irak y ahora, como director de un Grupo de Estudios especilizados parece estar llamado a cerrar la tapa del ataúd con la que concluye su particular carrera diplomática en la zona.

A estas alturas ya no tiene ni medio gramo de originalidad escribir que la intervención en Irak es el primer gran desastre militar y político del siglo XXI. Pero quizá no se ha insistido bastante en la enormidad de la tragedia: no se oculta, pero se pasa por encima del asunto, no se insiste lo suficiente en su enormidad. 600.000 muertos en Irak desde 2003, anunciaba la prestigiosa revista médica británica “The Lancet” a comienzos de octubre pasado. Eso ya es una cifra. Tan abultada que no sería de extrañar que dentro de algunos años los escolares nos pregunten qué hacíamos en 2006, cómo pudimos permitir que se disimulara tamaño genocidio existiendo cámaras de televisión y habiendo jurado solemnemente una y otra vez que “nunca más” se repetirían las atrocidades masivas. Pero así es, y no sólo lo permitimos sino que lo contemplamos imperturbables, noche tras noche en los telediarios, como si tal cosa. Y de esa forma, a buen seguro, no tardaremos en alcanzar el millón de muertos, y más todavía.

Mientras tanto, desde Occidente exigimos a quien nos parece, que se disculpe por su pasado; continuamos utilizando las herramientas del viejo imperialismo. Hacemos muchos pucheros y mohínes por los pecados ajenos cuando nos interesa manipularlos en nuestro beneficio. Y olvidamos las lecciones que debimos haber aprendido nosotros mismos. Finalmente, los occidentales nos engañamos creyendo que sólo con ese proceder –sin la posesiómn de la fuerza económica, tecnológica o militar- podemos ganarnos el respeto o la simpatía de otros pueblos. Y lo peor de todo: nos negamos tozudamente a considerar que esos pueblos dedican cada día horas y más horas ver nuestra televisión, leer las noticias que producimos y estudiar nuestra historia. De esa forma, todo parece indicar que el rumbo de los acontecimientos en Irak es una versión más o menos agudizada de situaciones similares acaecidas ya en otras regiones del espacio ex otomano. Por ejemplo, en Chipre.

El conflicto chipriota, que hoy parece eterno e insuperable, no tiene mucho más de cincuenta años de antigüedad. Comenzó a desarrollarse con rápida virulencia cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, la presión descolonizadora puso a Gran Bretaña ante la tesitura de abandonar el control de la isla, colonia del imperio desde 1878. Lógicamente, Grecia era uno de los países que mayor empeño habían puesto en que los británicos se fueran de Chipre, a lo que cual contribuía su reciente ingreso en la OTAN. Inicialmente, Londres no hizo mucho caso de la presión griega. En septiembre de 1953, el primer ministro Anthony Eden respondió formalmente al gobierno griego que no había nada que discutir en relación a Chipre. Inmediatamente, Atenas hizo pública una declaración demandando libertad de acción para promover una autodeterminación chipriota que concluyera en la enosis, esto es, la unión de la isla con Grecia.

La tensión entre Londres y Atenas subió enteros con rapidez. A pesar de que para entonces ya habían accedido a la independencia de la India y otros territorios coloniales o protectorados, no estaban dispuestos a ceder Chipre con su base aeronaval, sus estaciones de escucha electrónica y sobre todo, su posición clave cercana al canal de Suez y la ruta del petróleo. El año en el que se abrió la caja de Pandora fue 1955. Desde hacía meses, un antiguo oficial del Ejército griego, grecochipriota de nacimiento, había llegado a la isla para organizar la EOKA (Ethniki Organosis Kyprion Agoniston), un grupo paramilitar que en abril inició su actividad con una espectacular campaña de atentados con bomba, siguiendo el modelo empleado previamente contra el dominador británico por irlandeses, judíos, hindúes y egipcios.

El libro de William Mallinson sobre historia contemporánea de Chipe, ofrece interesantes datos sobre la responsabilidad de las autoridades británicas en el inicio de la crisis chipriota, allá por los años cincuenta. Una situación que podría ser la del Irak actual



Ante esa situación, Londres decidió apoyar clandestinamente los intereses turcos; esto implicaba reforzar la posición de esa minoría en la isla, pero también ofrecer a Ankara mayor posibilidad de intervención política. El objetivo último de esos manejos apuntaba al viejo planteamiento de dividir para gobernar, lo que incluía el argumento de que la situación política en Chipre era demasiado inestable como para que Londres condescendiera a otorgarle la independencia. Los británicos recurrieron a todo tipo de triquiñuelas, lo que incluía hacer la vista gorda ante la formación de un grupo paramilitar turcochipriota (Volkan) a crear una fuerza de policía auxiliar compuesta enteramente por agentes de esa minoría y a la convocatoria de una conferencia en Londres, a celebrar en el mes de julio, relacionada de forma genérica con “cuestiones relativas al Mediterráneo Oriental y Chipre”, a la que fueron invitados los gobiernos griego y turco. La intención del acto era que fracasara, a fin de torpedear las relaciones greco-turcas, que habían permanecido estables e incluso razonablemente amistosas desde 1930, cuando Mustafa Kemal y Venizelos terminaron de limar las últimas asperezas saldadas previamente en el Tratado de Lausanne .

Londres implicó a Ankara en sus maniobras para conservar el control de Chipre, pero también porque Turquía poseía un valor estratégico muy superior al de Grecia, algo con lo que los británicos contaban para poner a los norteamericanos de su parte en el conflicto. Cabe recordar que en abril de 1955 Turquía firmó el Pacto de Bagdad con Gran Bretaña, en el que también se incluiría a Irán, Irak y Pakistán, en el contexto de la “pactomanía” norteamericana impulsada por John Foster Dulles.

En esa situación, el 5 de septiembre estalló una bomba en el consulado turco de Salónica y resultó dañada la casa natal de Kemal Atatürk. El incidente, se atribuyó en Turquía a nacionalistas griegos y generó una oleada de xenofobia dirigido contra las minorías que aún continuaban viviendo en el país: armenios y, sobre todo, griegos. Fue un pogrom en toda regla que afectó al corazón de Estambul e İzmir. Grupos de incendiarios y saqueadores destruyeron y pillaron sistemáticamente negocios y domicilios: la colección de fotografías de un profesional de la prensa de entonces (6-7 Eylül olayları. Fotoğraflar – Belgeler Fair Çoker Arşivi, Tarih Vakfi, 2005), revelan a la claras la extrema violencia de los ataques que sólo se detuvieron cuando el ejército sacó los tanques a la calle para restablecer el orden. Hubo también muertos y heridos, y miles de familias griegas abandonaron el país. Muchos años más tarde comenzó a quedar claro que en realidad la bomba de Salónica había sido obra de los servicios de inteligencia británicos, muy en la estrategia de espolear a griegos y turcos entre sí.

En el Irak de nuestros días, una serie de circunstancias muy sospechosas inducen a pensar que las fuerzas ocupantes no están haciendo nada por detener la guerra civil; incluso cabría considerar que la están espoleando. Por ejemplo, el aumento de la violencia entre suníes y chiítas coincide con los meses en los que Washington ha reconocido cada vez más abiertamente que la presencia norteamericana en Irak está yendo francamente mal. La derrota republicana en las legislativas, debida en buena medida a esa situación ha contribuido a que los ataques y represalias hayan crecido en espectacularidad. Claro es que las facciones enfrentadas ya combaten pensando en hacerse con la hegemonía para cuando los norteamericanos se hayan largado del país. Pero lo cierto es que éstos pueden ganar un tiempo precioso conforme aumenta la violencia interna aumenta: los ataques de la insurgencia dejan de lado a sus tropas y se concentran en el rival suní o chíita; y mientras la guerra civil mantenga un perfil bajo, los norteamericanos podrán seguir argumentando que irse de Irak sería condenarlo a la guerra abierta y a una orgía de sangre.

Un guión ya muy manido y que en realidad emerge de las décadas en que las potencias occidentales se aplicaron a desmembrar pieza a pieza el Imperio otomano. En torno al libreto en cuestión, algunas innovaciones actuales: la guerra civil en Irak podría llevar a alguna forma de enfrentamiento ideológico y hasta militar entre el islamismo radical. Por supuesto, entre el chiita y el suní. ¿Puede llegar el día en que Irán se lance a liquidar a Bin Laden?¿Han caído ya activistas de Al Qaeda a manos de insurgentes chiítas? De hecho, ¿qué opina al Sadr de la causa encabezada por el millonario saudí?

A comienzos de marzo de 2003 cualquier oficial de inteligencia occidental medianamente inteligente sabía, sin lugar a dudas, que la dictadura iraquí de Saddam Hussein era un elemento de estabilidad en Oriente Próximo y que precisamente, su erradicación haría de ese solar un verdadero caldo de cultivo del terrorismo islamista. Suponer que en realidad la invasión de Irak buscaba fomentar un terreno de enfrentamiento intermusulmán, que posteriormente podría dirigirse contra Al Qaeda, quizá sería atribuirle una excesiva sutileza a los estrategas norteamericanos. Pero sí es factible considerar que conforme se hacía cada vez más difícil controlar la situación en Irak fue surgiendo la idea, sobre el terreno, de aprovechar lo aprovechable de ese caos que se llevaba todo por delante.

Existen algunas pistas interesantes. Una de ellas es la dificultad existente para obtener información sobre los actores iraquíes sobre el terreno. La actividad de la prensa independiente ha cesado casi por completo. Durante un tiempo, los periodistas que intentaban moverse por su cuenta eran secuestrados, la mayor parte de las veces por grupos desconocidos que no se sabía a ciencia cierta qué buscaban con ello. Quizás el caso más emblemático fue el de la periodista italiana Giuliana Sgrena, de “Il Manifesto”, cuya liberación le costó la vida a Nicola Calipari un oficial de inteligencia, cuando el vehículo en el que la periodista liberada era conducida hacia el aeropuerto, fue tiroterado a conciencia por soldados norteamericanos (marzo de 2005). En Irak, todo el que busca información por su cuenta, termina mal. De la misma forma, algún día quizá salgan a la luz las verdaderas circunstancias, inducciones y motivaciones, de la emboscada tendida a dos automóviles del CNI español, en noviembre de 2003.


El precio de la verdad: la periodista italiana Giuliana Sgrena estuvo a punto de morir tiroteada por soldados americanos tras su liberacíón, en un confuso incidente aún hoy no totalmente aclarado.


El resultado de todo ello es que a día de hoy, un periódico como “El País”, que pretende ser uno de los mejor informados de España, sólo sabe explicarnos que “Al Qaeda es es el grupo [insurgente] más importante y a ésta organización terrorista se le atribuyen la mayor parte de atentados con bomba y decapitaciones” [sic]. Y más adelante concluye: “Además de los nacionalistas suníes, también actúan grupos chiíes. El más conocido es el Ejército de Mahdi, dirigido por el clérigo radical Múqtada al Sáder” (“Los grupos insurgentes armados”, en “El País”, 24 de noviembre, pag. 3). Es decir, que la constelación de grupos insurgentes suníes quedan reducidos a Al Qaeda; lo cual supone que los autores del fracasado asalto contra el Ministerio de Sanidad, el pasado día 23, eran suníes de Al Qaeda. O que los autores del bombardeo de la Mezquita Dorada de Samarra, el pasado 22 de febrero –origen de la actual escalada en Irak- eran también de la célebre organización terrorista. Por lo tanto, si damos crédito a estas informaciones, Al Qaeda abandera una guerra civil en Irak contra los chiitas de al Sadr. En buena lógica, no parece que esté ocurriendo esto, al menos de momento. Más parece que están enfrentándose los takfiriyun o grupos armados dependientes de la administración suní (teóricamente pro americana) con el Ejército del Mahdi y también con grupos armados chiítas dependientes de la administración (también pro americanos). Enfocado así el asunto, resulta muy alarmante.















El ojo de los occidentales: fotografía satélite de la mezquita de al-Askari oferecida por Global Securuty.org


El deterioro de la situación en Irak compite con el que viven Líbano y Afganistán. Ya se suele mencionar en las crónoicas que existe una corriente de conexión entre las guerras que se libran en Irak y Afganistán: los talibanes afganos han aprendido mucho de la forma en que llevan las operaciones de resistencia los radicales iraquíes. Pero además de ello es posible que exista un flujo de instructores, teóricos y mandos entre uno y otro frente. Por otra parte, ese fenómeno también se da entre sus oponentes, los ejércitos de las coaliciones ocupantes. Al fin y al cabo, fue en Afganistán donde primero se intentó aplicar la estrategia de enfrentar gupos étnicos y religiosos musulmanes: recordemos que las fuerzas de la Alianza del Norte estaba compuesta por tayikos, hazaras, uzbekos y hasta pastunes.

Y es que esa es otra constante en la estrategia intervencionista de las potencias vencedoras en la Guerra Fría: desde 1991 las grandes operaciones se han llevado a cabo en estados multiétnicos con problemas estructurales y la mitad de ellas en el espacio ex otomano: Yugoslavia, Somalia, Afganistán e Irak. En todos los casos siempre ha pendido, como una espada de Damocles, el argumento del descuartizamiento como opción final. Aquel discurso desarrollado en Yugoslavia, según el cual la convivencia entre eslovenos, croatas, serbios y bosníacos era “imposible”, planea también sobre Afganistán e Irak, como lo estuvo sobre el conflicto de Palestina en 1948. Y eso es así porque se trata de conflictos propios del espacio ex otomano, y por lo tanto, las potencias intervinientes siempre tienen presto el recurso al enfrentamiento interétnico, sobre todo en base a las definiciones apoyadas en la religión. Y en último término, a la materialización del “divide et impera”: el despiece del estado preexistente en nuevos y más pequeños estados, más dispuestos a la satelización, por unos y otros.

Un trabajo de precisión llevado a cabo por un profesional frío y muy bien entrenado: estado en que quedó el automóvil del ministro Pierre Gemayel.


No es de extrañar si, con el tiempo, las nuevas fuerzas emergentes han aprendido de ese esquema tan vetusto. El pasado 21 de noviembre, el asesinato del ministro de Industria libanés, Pierre Amin Gemayel, dio pie a la crisis más grave en ese pequeño país desde la guerra de Hezbolah con Israel del pasado verano. Un asesino muy profesional y bien preparado, hizo su trabajo de una manera muy precisa y desapareció sin dejar rastro. Los medias occidentales han achacado inmediatamente a Siria la autoría del atentado. Como afirma un autor satírico libanés, “las acusaciones contra Siria fueron más rápidas que las ambulancias”. La frase figura en una de las piezas publicadas por la publicación alternativa “Rebelion” y demuestra que, una vez más, las operaciones de los servicios de inteligencia, grupos terroristas y activistas violentos sin catalogación precisa, se confunden muy a menudo desde el 11-S. Desde luego, como afirma el articulista, existen razones lógicas para que Israel sea el verdadero autor de la acción. Pero también cabría considerar que Siria o Irán e incluso otros actores locales del mismo tejido político libanés, podrían haber tenido interés en el atentado. Por ejemplo, como respuesta a la degradación interesada de Irak. No olvidemos que la guerra civil iraquí alarma y mucho a los países circundantes, y que Irán propuso una cumbre a tres, con Siria e Irak para afrontar los problemas de la región, pero sin la presencia de los Estados Unidos. Por lo tanto, el asesinato de Pierre Gemayel, un ministro que al fin y al cabo no tenía tanta importancia, como afirma Quibla en “Rebelión”, podría haber tenido el valor de un mensaje, un aviso para navegantes: todos podemos jugar a desestabilizar, todos podemos practicar la “politique du pire”, y lo que está sucediendo en Irak podría repetirse en otros lugares. Y eso, en estos momentos, no le interesa a Washington, que bastantes problemas tiene ya en toda la zona como para que salte por los aires otro puzzle.

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jueves, septiembre 14, 2006

NOTA: ¿Hezbollah vs. Al Qaeda? Apuntes adicionales

En un corto periodo de tiempo, en el mismo periódico, y de forma aparentemente contradictoria, dos noticias recientes que parecen reforzar argumentos mantenidos en este blog (vid. post del pasado 8 de septiembre: “Más hipótesis sobre el Líbano e Irán”). Breve exposición y análisis de las mismas.

“La Vanguardia”, martes, 12 de septiembre, titular de primera plana: “Al Qaeda amenaza a las tropas de la ONU en Líbano”. La noticia se amplia en página 3, en los mismos términos: “Al Qaeda amenaza a la Finul. Zawahiri califica de `enemiga del islam´ la misión de la ONU en el Líbano”. La referencia al número dos en el mando supremo de la organización terrorista se situaba en el contexto de un vídeo difundido con motivo del aniversario del 11-S.


Al-Zawahiri en un característico vídeo reciente de Al Qaeda

La noticia parecía trascendente: surgía en un documento que Al Qaeda mostraba como destacado, al coincidir precisamente con el aniversario del ataque contra las Torres Gemelas y procedía directamente del estado mayor de la organización. Sin embargo, no todos los periódicos subrayaban con tanta insistencia la amenaza contra la FINUL. Cabe pensar que como periódico de la derecha política, “La Vanguardia” sugiere un cierto paralelismo de causa-efecto en relación a la extinta misión española en Irak: el gobierno actual podría estar renovando la inquina del terrorismo fundamentalista, aunque defina la presencia de las tropas españolas en el Líbano como misión de paz.

Sin embargo, la noticia tiene otra lectura, más jugosa. Fíjense que en el vídeo,
al Zawahiri no amenaza sólo a las tropas de la ONU en Líbano, sino también a las monarquías petroleras del golfo Pérsico e Israel. Resulta llamativo que Al Qaeda nunca haya intentado lanzar un ataque directo dentro de las fronteras de Israel. Y ahora, amenaza con acudir a la zona: ahora, precisamente, cuando Hezbollah ha logrado reverdecer sus laureles poniendo en jaque al Ejército israelí en combate singular y campo abierto. Ahí les ha dolido a los de bin Laden. Por lo tanto, Al Qaeda desea hacer acto de presencia en Líbano buscando el apoyo pero también competir con los chiíes libaneses. ¿Tienen posibilidades de hacer algo?

Entrevista en el mismo diario: “La Vanguardia”, miércoles, 13 de septiembre. Se trata de “La Contra”, de Lluis Amiguet. Habla para el periódico Rachid Jamaly, alcalde la ciudad libanesa de Trípoli. Viaja por Europa en representación de todos los alcaldes de su país, en busca de ayuda financiera para la reconstrucción. Es un hombre cordial y optimista, pero sobre todo es un político libanés, que conoce bien el terreno que pisa. El entrevistador tercia: “Chirac confiesa su temor a Zapatero de que Líbano sea una ratonera para los soldados españoles y europeos”. Y la respuesta de Jamaly es contundente: “¡En abdsoluto! Estén ustedes muy tranquilos. Me consta, porque los conozco y los trato a diario, que Hezbollah no considera la fuerza multinacional un enemigo. No se ha opuesto a su despliegue. En cuanto a la población libanesa, ve con muy buenos ojos a esa fuerza multinacional y especialmente a los españoles. Son bienvenidos”. Lluis Amiguet no se queda muy convencido, e insiste: "¿Cómo lo sabe?". Y la respuesta del otro es bien lógica: "Le he dicho que represento a los alcaldes del Líbano. Conocemos nuestro pueblo".

El alcalde de Trípoli, Rachid Jamaly. Fotografía de Llibert Teixidó, publicada en la entrevista e "La Contra", diario "La Vanguardia", 13.09.2006


Por lo tanto y en conclusión, no parece que el Líbano vaya a convertirse en un nuevo Irak (quizás también buscaba eso el ataque israelí). Y si no es así y Hezbollah no permite o no respalda acciones de Al Qaeda en la zona, ¿qué sucederá entre ambas organizaciones? La pregunta se pone más interesante si tenemos en cuenta que tras la organización chií libanesa está Irán, y que precisamente ahora, parece que Teherán está logrando un terreno de entendimiento con la UE. En fin: si no se pierde de vista el contexto global, el pequeño Líbano promete seguir siendo un escenario muy interesante donde se jueguen bazas de gran alcance en los próximos meses.

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martes, septiembre 12, 2006

Desarmados de información


Publicado en "El Periódico", 9 de septiembre, 2006. Título:
EL PELIGRO DE INTERVENIR A CIEGAS
El debate en torno al envío de fuerzas españolas al Líbano entre gobierno y oposición se ha terminado por reducir a los elementos esenciales que permiten salvar la cara a unos y otros. Para el Partido Popular, con enormes fantasmas internos de hace menos de tres años, todo se va centrando en "demostrar" que el operativo en curso es similar al de Irak, en terminos de misión de guerra o de paz. El gobierno, en cambio, está más preocupado por evitar un discusión en profundidad sobre el balance de los beneficios reales que supone para España el paso adelante dado en el Líbano.

En ambos casos se habla de riesgos, nadie lo niega. Pero a la hora de la verdad quedan bastante difuminados: se trata de una zona "muy conflictiva", donde ya fracasaron anteriores misiones de paz de las Naciones Unidas; las tropas de interposición podrían quedar atrapadas en el medio de los combates o ser víctimas de provocaciones, y argumentos de este tenor. De todas formas, tercia el gobierno, la unidad que se envía es militarmente robusta, capaz de defenderse a sí misma y no estará sola ni aislada en la zona. Se suele obviar que estas misiones no cuentan con la valiosa contribución de fuerzas aéreas propias, aparatos de ataque al suelo o reconocimiento, factor decisivo en cualquier operación militar actual, de paz o de guerra.

Pero el quid de la cuestión no está aquí; y lo peor es que por su misma esencia será difícil que se llegue a debatir, ni en foros políticos e institucionales, ni en la prensa. El talón de Aquiles en estas operaciones multinacionales de intervención suele radicar en la obtención y gestión de inteligencia, tanto estratégica como táctica. Dicho de otra manera: suele haber haber problemas con la información reservada que permite evitar atentados, provocaciones, encerronas y las mil y una perrrerías a las que puede quedar sometida una fuerza de interposición multinacional (esto es, básicamente desunida) aunque cuente con un mando temporal centralizado.

Hace unos años, este factor hubiera sido desestimado en cualquier análisis. Pero cabe recordar que en noviembre de 2003, el CNI cosechó en Irak uno de los fiascos más sonados de la historia de los servicios de inteligencia occidentales en las últimas dos décadas; y un precedente de tal calibre habría de tenerse en cuenta ante un esfuerzo logístico como el que supondrá el despliegue español en Líbano.

Situar una fuerza militar en el Próximo Oriente supone, ante todo, conocer el terreno político que se pisa. Tener buenos informadores, ser capaces de prever las intenciones de unos y otros y, llegado el caso, poseer discretos cauces de negociación. Eso puede resultar medianamente fácil de improvisar en un estado tan desestructurado como Afganistán. Y aún así, la situación se le está yendo de las manos a las fuerzas de la OTAN: a casi cinco años de la ocupación del país y la erradicación del régimen de los talibanes, el goteo de bajas aliadas se está haciendo intolerable para algunos miemboros de la coalición, mientras que el país está lejos de haber sido controlado y amenaza con irse "iraquizando". Sobre las dificultades de obtener información eficaz en Irak habla bien a las claras el inmanejable desastre delm teatro estratégico allí. Y en el Congo, destino de otro contingente destacado de fuerzas europeas, la volatilidad de la situación es muy superior a lo que se creía hace tan sólo un par de meses.

Fácil es imaginarse las dificultades que comportará obtener información sensible en el sur del Líbano, donde opera un Mossad que se las sabe todas, pero no tanto como para hacer que la ofensiva israelí del pasado mes de julio no deviniera un fiasco. Y por parte contraria, qué decir. Hezbollah es una caja fuerte, y sus contactos con Teherán o Damasco están igualmente blindados. Por si faltara algo, los iraníes tienen una bien ganada fama de astutos y hasta torticeros. Sólo cabe añadir un dato para ilustrar cómo juegan los protagonistas sobre el terreno. Según todos los indicios, el Estado Mayor israelí tenía preparada la ofensiva contra Hezbollah y sus rampas de misiles para estas fechas, quizá más tarde. Pero la milicia de los chiíes libaneses se lo venía oliendo, y de ahí la incursión del 10 de julio a fin de capturar algunos reclutas israelíes que dieran información sobre los preparativos. Estaba claro que los dos prisioneros que se hicieron en aquella operación desvelarían a Hezbollah detalles importantes que echarían por tierra los preparativos. De ahí que tras consultar apresuradamente con Olmert y Washington, el Estado Mayor israelí decidiera adelantar la fecha de la incursión. Y así empezó el lío.

En el escenario libanés, todos los actores están nerviosos y por lo tanto, inseguros. Si un fallo en los operativos de inteligencia israelíes dio un vuelco tan desastroso a la situación, es posible imaginar lo que puede suponer para una fuerza recién llegada, sin tradición de permanencia en la zona, improvisar sobre la marcha y en el terreno, un tinglado eficaz y suficientemente seguro para recoger información que evite bajas y posibilite cumplir los objetivos. Y no nos engañemos: sin una robusta capacidad de información propia, enviar tropas a escenarios exóticos puede ser tan irreal o innecesario como mover soldaditos de plomo sobre un mapa. O peor aún: ponerlos a disposición de los demás.

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viernes, septiembre 08, 2006

Más hipótesis sobre el Líbano e Irán




La bandera de Hizbullah y el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad: dos iconos conectados entre sí, y de hirviente actualidad




Al parecer, la crisis de julio en el Líbano comenzó de la siguiente manera: según todos los indicios, el Estado Mayor israelí tenía preparada la ofensiva contra Hezbollah y sus rampas de misiles para estas fechas (septiembre) quizá más tarde, aunque no más allá de octubre. La milicia de los chiíes libaneses se lo venía oliendo, y de ahí la incursión del 10 de julio para capturar algunos reclutas israelíes que dieran información sobre el despliegue. Estaba claro que los dos prisioneros que se hicieron en aquella operación desvelarían a Hezbollah detalles importantes que echaban por tierra los preparativos. De ahí que tras consultar apresuradamente con Olmert y Washington, el Estado Mayor israelí decidió anticipar la fecha de la incursión. A los americanos, el adelanto de la ofensiva israelí les vino como anillo al dedo, porque entendían que la crisis serviría para presionar a Rusia y China a fin de que se unieran en la votación de sanciones contra Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU, como así fue.

Todavía están frescos en la memoria los acontecimientos de la reciente guerra del Líbano hasta que se pactó el alto el fuego. "Israel no puede permitirse el lujo de perder una guerra": una frase que se repitió una y otra vez a lo largo de la crisis. Pero la perdió por no haberla ganado. ¿Y ahora qué? En realidad, Israel no puede permitirse hacer bobadas. Su gobierno decidió actuar antes de tiempo; adelantó sus planes sin contar con la preparación adecuada: cometió el mismo error que los norteamericanos y británicos en Irak. Y además lo hizo, en buena medida, a conveniencia de la política de Bush. La factura a pagar es cara, porque en estos momentos, Israel anda por ahí, a mitad de camino hacia ninguna parte. Justamente como el amigo americano. Y lo peor de todo, es que ha dado contundentes pruebas de debilidad militar: la intervención en el Líbano, en julio de 2006 ha sido para el Tsahal lo que fue para las tropas norteamericanas en Vietnam la ofensiva del Tet, en 1968: un claro punto de inflexión. Esto no es nuevo, en realidad. Viene ocurriendo desde la guerra del Yom Kippur, en 1973. Se ha percibido ese cansancio en la moral de combate israelí, después de casi sesenta años de guerras. Objetivos estratégicos confusos, tácticas inadecuadas, incapacidad de asumir bajas, pobre calidad de la infantería, obsesión por librar una guerra a base de
tanques, artillería y aviación contra fuerzas irregulares, convirtiendo de paso a la población civil en objetivo militar; y para colmo, utilizando munición prohibida por las convenciones internacionales. El mismo error cometido por los rusos en Chechenia o por los serbios en Vukovar y Sarajevo. Como en 1973, a Israel le obsesionó en exceso la guerra contra los palestinos, que es la guerra primigenia, la de siempre en realidad, que viene librando desde 1948. Victor Ostrovsky [fotografía adjunta], uno de los muy escasos desertores del Mossad que se conocen, escribió en 1990 un libro titulado: Por el camino de la decepción (Planeta, 1991) en el que explicaba los entresijos más inconfesables del célebre servicio de inteligencia israelí. Pues bien: para el autor, los egipcios y sirios pillaron por sorpresa al Mossad en octubre de 1973 porque éste se había embebido en la lucha contra el terrorismo palestino, especialmente en la ardua tarea de vengar los atentados de la Olimpiada de Munich, el año anterior –Operación Cólera Divina. Algo así ha ocurrido en julio de 2006: para la tropa israelí, la guerra era liquidar a los activistas de Hamas en los territorios palestinos; la lucha en campo abierto contra unidades regulares de un ejército enemigo era algo que llevaba casi una generación sin producirse.

Por lo tanto, y regresando a la apresurada ofensiva de este verano, una conclusión: la "política del acelerador" no suele dar buenos resultados, y menos en una zona en la cual los entresijos de la política y el poder son tan enrevesados e impredecibles. Pero aún puede resultar más desconcertante si el intrincado escenario está conectado a su vez con otros de mayor envergadura. En el presente septiembre de 2006, ya se han volatilizado los beneficios que pudo haber obtenido Washington el 31 de julio, cuando en el Consejo de Seguridad se produjo la votación contra el programa nuclear iraní., que es lo que buscaba cuando dio luz verde o impulsó la ofensiva israelí. ¿Y ahora qué? La administración Bush bastante tiene ya con seguir manteniendo sus tropas en ese desastre sin remedio que es Irak. En Afganistan, lo dicho: la guerra antiterrorista global pierde gas, tras un lustro de presencia militar. La
OTAN necesita más y más soldados allí, el apoyo de la población europea a la Alianza cae a ojos vista, en la provincia de Helmand se afianzan los talibanes. La daga israelí ha quedado mellada. Todo eso quiere decir que Washington no puede soñar con una nueva guerra en la zona, esta vez contra Irán. En el vecino Irak no se descubrió la receta para domeñar a un país musulmán invadido; por lo tanto, si en el mejor de los casos las tropas norteamericanas lograran ocupar sin grandes pérdidas a la vecina potencia iraní, la pesadilla vivida en Irak se multiplicaría hasta la enésima potencia. Mundo chií y sunní se unirian en la lucha contra el infiel. Pero si las cosas fueran mal y los Estados Unidos no lograran obtener una rápida victoria convencional, la mayoría de la población norteamericana le daría definitivamente la espalda a su presidente.

En este callejón sin salida, a Bush sólo le quedan los canales de la diplomacia y en ello los europeos juegan un importante papel. También rusos y chinos; pero éstos son a la vez serios competidores en el liderazgo mundial, y tienen unos intereses propios muy disociados de los norteamericanos. Canalizar todo ello a través de las Naciones Unidas se ha revelado muy limitado para los intereses norteamericanos. Y además tiene un punto de humillación, al asumir que no pueden permitirse más guerras. Pero al menos, ha servido para movilizar a los europeos y llevarlos al Líbano. Decir ahora que por primera vez estos se han implicado en los asuntos del Próximo Oriente es olvidar que franceses e italianos ya jugaron un papel muy destacado en la fuerza de pacificación de 1983 y que salieron zumbando del Líbano, junto con los marines norteamericanos, a raíz de que el 23 de octubre dos camiones suicidas de Hezbollah, cargados de explosivos, fueron lanzados contra los acuartelamientos de las tropas norteamericanas y francesas en Beirut. A consecuencia de la explosión murieron 222 marines y 58 legionarios.

    Mapa con el despliegue original de las fuerzas FINUL en 1982. Los contingentes europeos incluían unidades francesas, italianas, británicas y hasta polacas.

    Paracaidistas franceses del 3e RPIMa retiran cadáveres de sus compañeros tras el atentado del 23 de octubre de 1983


    Ahora, más de veinte años más tarde, los europeos casi vuelven más como rehenes que como protagonistas. Al implicarse como barrera entre Hezbollah e Israel, los europeos intentan ser la garantía de que las negociaciones con Irán no se van a desestabilizar por el flanco libanés. Pero se han convertido en una pieza más en el intrincado tablero diplomático -en un sentido muy amplio, que incluye la guerra localizada- en el cual se juega la forma de hacerle un hueco a la nueva potencia iraní, que convenga a norteamericanos, rusos, chinos y a los propios europeos, muy interesados en el crudo y el gas del país persa.










    Marcas de procedencia iraní en un lanzacohetes RPG-7T capturado a Hezbollah. El arsenal utilizado por los chiíes libaneses no parece de última generación. La razón de su éxito ha sido debida al entrenamiento, la organización y la moral de combate.

    Hay otra carta escondida. Tanto Hezbollah como Irán pueden transformarse en la piedra de toque que contrarreste a ese extraño tinglado denominado Al Qaeda, pero que desde luego es de factura sunní. No es que chiíes y sunniés estén condenados a la mutua greña perpetua, ni mucho menos.

    Osama bin Laden y Sayyid Hassan Nasrallah: ¿Dos figuras destinadas a enfrentarse?

    En realidad, Hezbollah se ha convertido en un referente para las comunidades sunníes más anti occidentales o antisionistas. A diferencia de Al Qaeda, este movimiento ha desafiado a los odiados israelíes en el campo de batalla, en una guerra convencional que ha contado con e apoyo claro y sin fisuras de todo un pueblo. En conjunto, un modelo mucho más noble y digno de pública y abierta admiración que la lucha terrorista dirigida por unos señoritos medio integrados en la cultura occidental. Y que por tanto, y a pesar de su aparente fanatismo, no siempre suenan muy convincentes para los musulmane tradicionales arraigados en la vieja tierra.¿Qué los de Al Qaeda se autoinmolan? Puede. Pero ¿desde cuándo morir por una idea la hace más convincente a ojos de los demás?

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    miércoles, agosto 02, 2006

    Líbano 2006: Hipótesis para una masacre

    Quizá la cuenta atrás comenzó el pasado 7 de junio, cuando los norteamericanos consiguieron eliminar al al-Zarqaui, el líder de al Qaeda en Irak. Significativamente, cinco días más tarde el presidente Bush se reunió con su equipo de seguridad y defensa para planificar la retirada gradual de tropas hasta mediados de 2008. Nadie se hacía ilusiones de que la muerte del terrorista jordano fuera a cambiar mucho las cosas en el invadido país árabe. Pero al menos propiciaba un buen punto de giro en un momento en el que los aliados europeos estaban ejerciendo una molesta presión sobre la Casa Blanca, poniendo en cuestión activamente la continuidad de la prisión de Guantánamo, mientras el Consejo de Europa destapaba la caja de los truenos de los vuelos clandestinos de la CIA, implicando a catorce países en el operativo clandestino. Y no sólo eso: dentro de los Estados Unidos las encuestas demostraban que la mayor parte de la población veía con buenos ojos la salida de Irak, sobre todo a partir de finales de este mismo año, teniendo en cuenta que Corea del Sur e Italia habían anunciado la retirada de sus contingentes militares, los mayores en número tras el británico y el mismo norteamericano.

    7-12 de junio: Ilusiones frustradas

    La vía de salida que anunciaba Bush en Irak venía también favorecida por la colaboración del nuevo gobierno iraquí presidido por el chií
    Nuri al Maliki, que decía tener un plan para restablecer el control de las armas por parte del Estado y acabar con las milicias y la limpieza étnica. En parte, el plan consistía en acercarse a la comunidad sunní aprovechando la muerte de al Zarqaui, aislar a los voluntarios extranjeros y encuadrar a los grupos armados sunníes en las fuerzas de seguridad regulares del Estado iraquí. Incluso se hablaba con cierta esperanza de una conferencia para la reconciliación con fecha 22 de junio.

    El nuevo primer ministro iraquí, Nuri al Maliki: al principio había un plan.



    Casi al tiempo que Washington anunciaba tales preparativos, la situación comenzaba a dar un vuelco desagradable. El 10 de junio se suicidaban tres detenidos en Guantánamo. La prensa occidental trompeteó la noticia dos días más tarde y la Casa Blanca encajó mal el escándalo. Aumentó la presión contra los métodos de la administración Bush. Ese mismo día 12, la artillería israelí aniquiló casi al completo una familia palestina que pasaba el día en la playa de Gaza. La fotografía de la niña Huda corriendo y llorando por la playa junto al cadáver de su padre fue otro mal trago. Pero en aquel momento, el gran público no imaginaba que ese horror devendría cotidiano en muy poco tiempo.

    Yendo un poco más allá: en Somalia triunfaba la causa del integrismo musulmán. Llegaban noticias de que las milicias de los denominados
    Tribunales Islamistas habían logrado controlar buena parte del país, incluyendo la capital, Mogadiscio. Por el momento, las nuevas autoridades se esforzaban por distanciarse de al Qaeda, pero resultaba evidente que estaban edificando una nueva república regida por la Sharia. Al parecer, una buena parte de la población los apoyaba, hartos todos de los desórdenes, abusos y peleas entre los señores de la guerra locales desde 1991. Por lo tanto, más noticias adversas para Washington a mediados de junio: emergía un nuevo “estado de talibanes” y eso en el Cuerno de África, esto es, en pena ruta del petróleo, a la salida del Golfo Pérsico. En un lugar donde las fuerzas de la ONU y especialmente las de los Estados Unidos habían fracasado lamentablemente en la primera mitad de los noventa del siglo pasado.

    14 de junio-11 de julio: Crece el descontrol global

    Pero las cosas comenzaron a ir rematadamente mal justo en la mitad del mes de junio. Ya el día 14, el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad llegó a China para participar en la cumbre de jefes de estado de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCSh), en calidad de jefe de estado de uno de los cuatro países observadores: India, Pakistán, Mongolia e Irán. En Occidente el hecho pasó relativamente desapercibido para el gran público e incluso en los medios recomunicación. Pero la OCSh posee una importancia real: había sido creada el 14 de junio de 2001 en torno a Rusia y China. Arrancaba a su vez del denominado grupo de los Cinco de Shanghai, fundado en 1996 tras la firma del Tratado para la Profundización de la Confianza Militar en las Regiones Limítrofes. Uno de los extremos más relevantes consiste en que la OCSh había nacido, muy especialmente, para para contrarrestar la influencia USA en el continente asiático.





    Logo de la OCSh y mapa con los países miembros en azul y los observadores en verde: un bloque asiático homogéneo

    La invitación a Ahmadineyad sentó mal en Washington. El programa nuclear iraní es una verdadera espina clavada en la Casa Blanca y su mandatario es la bestia negra de turno, ese fenómeno tan característico de la diplomacia norteamericana que en los últimos veinte años han personificado Jomeini, Gaddafi, Noriega, Milošević o Saldam Hussein. En los últimos meses, Ahmadineyad había venido reiternado que su país no detendrá su programa nuclear y defendió el derecho de poseer tecnología atómica, enfrentándose a las presiones de Washington. Los norteamericanos habín recurrido a todo tipo de amenazas, incluso militares, pero también intentaron presionar a través del Consejo de Seguridad de la ONU. Por lo tanto, cuando el iraní pidió ayuda al grupo de Shanghai para contrarrestar las “amenazas brutales” de EEUU, Donald Rumsfeld protestó airadamente. La respuesta del presidente de turno de la OCSh, el chino Zhang Deguang, respondió al Secretario de Defensa norteamericano. “Si consideráramos que [Ahmadineyad] es un patrocinador de terroristas no lo habríamos invitado”.

    Ahmadineyad y Putin en Shanghai: sonrisas que hieren

    En el trasfondo del acercamiento entre Teherán y Beijing, late el delicado asunto de la energía. China necesita ingentes cantidades de crudo para respaldar su crecimiento económico e Irán le cubre a la potencia asiática el 13% de su consumo. Por si fuera poco, ambos países negocian un contrato millonario para subvencionar la explotación de un rico yacimiento de gas de Yadavarán, en el Juzestán iraní, que vincula a ambos países por un periodo de 30 años. Mientras tanto, Rusia declaró ya en 2002 que tiene previsto suministrar a Irán cinco reactores nucleares durante la próxima década en virtud de un contrato que se valoraba ya por entonces en 10.000 millones de dólares. Así, no es de extrañar que Ahmadineyad fuera cordialmente recibido por los presidentes de la OCSh, Putin incluido, y que el iraní ofreciera Teherán como sede la próxima cumbre del grupo. Lógicamente, con ese panorama parecía difícil suponer que Rusia y China, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, votaran a favor de sanciones contra el programa nuclear impulsado por el régimen iraní. ”En este contexto, ¿es realmente posible evitar la intervención militar estadounidense en Irán?” –se pregunta Sobren Kern, un investigador de la Fundación Elcano en un reciente análisis.


    Por si eso no fuera suficiente, la reunión del OCSh parecía estar desmantelando piezas enteras del nuevo tinglado diplomático norteamericano. Washington demuestra una actitud muy desconfiada ante China y su agresiva política comercial para asegurarse con una cuota creciente de suministros de crudo. Y eso ocurre en un mundo en el que los Estados Unidos dependen cada vez más del petróleo. Es por ello por lo que la administración Bush estuvo trabajando para hacer de la india una potencia militar y un nuevo aliado frente a China. Por ello, en julio de 2005 la Casa Blanca aplicó uno de los habituales y aparatosos dobles raseros que gusta de exhibir y se empeñó en respaldar el programa nuclear indio, saltándose la política de no proliferación nuclear que intenta aplicar a Irán. Pero en la reunión de la OCSh la India acudió en plena mejora de relaciones con China, por primera vez desde la guerra fronteriza de 1962. Y dado que Pakistán estaba irritado por los gestos de respaldo nuclear norteamericano a la India, pidió también ser incluido como miembro de pleno derecho en el Grupo de Shanghai.


    A las puertas ya de un verano no apto para presidentes norteamericanos cardiacos, se abrió paso a codazos Corea del Norte para anunciar que pensaba realizar pruebas de lanzamiento del nuevo misil intercontinental Taepodong-2 con capacidad nuclear. Por lo tanto, a lo largo de la segunda mitad de junio, la administración Bush realizó serias advertencias a Pyongyang para que desistiera de su particular programa de rearme nuclear. Los norteamericanos evitaron las amenazas de intervención militar, por lo que esa actitud comedida corroboraba la advertencia que en su día hizo Noam Chomsky: Washington nunca plantearía intervenciones militares ni derechos de ingerencia en países dotados de armamento nuclear. Por lo tanto, lo que ocurrió con Corea del Norte no hizo sino redoblar la determinación iraní. Paradójicamente, Pyongyang no pudo hacer toda la presión que deseaba sobre Washington porque la crisis del Líbano llevó a un plano secundario sus maniobras. La
    última noticia que se tiene de sus operísticos esfuerzos es que a finales de julio había logrado frustrar la cumbre de países asiáticos (ASEAN) celebrada en Kuala Lumpur (Malasia).

    Y cosas del doble rasero norteamericano: el 9 de julio la India probó por su cuenta un misil nuclear intercontinental, con todas las bendiciones de la comunidad internacional, menos la de Pakistán, lógicamente. Casualidad o no, dos días más tarde se perpetraba un espantoso atentado en la red del
    ferrocarril de Bombay. El hecho de que la fecha fuera un día 11 enseguida hizo pensar en Nueva York, Madrid y al Qaeda. Pero de momento, la policía india no ha encontrado evidencias claras de que haya una conexión significativa, y si más bien que el escenario tiene más que ver con el conflicto hindú-musulmán. Colofón: hacia finales de julio saltaba la noticia de que Pakistán construía una nueva central de plutonio que hipotéticamente le permitirían fabricar a esa potencia islámica unas 50 bombas nucleares al año.


    Tasnim Aslam, portavoz de Asuntos Exteriores del gobierno pakistaní: más plutonio, más bombas

    Los primeros días de julio fueron ya los del creciente descontrol: en Irak alcanzaba su climax la campaña de atentados indiscriminados de las milicias chiíes contra la población sunní, con la matanza de “decenas de civiles” sólo el día 9. Pero las salvajadas continuaron: el 24 de julio, por ejemplo, el protagonismo del conflicto en el Líbano no pudo ocultar que dos coches bomba habían matado a 62 personas en Bagdad y Kirkuk. El 19 de julio las agencias de prensa anunciaron que en sólo dos meses habían muerto 6.000 personas en Irak. El 25 de julio, el mismo Bush reconocía la gravedad de la situación y anunciaba el despliegue de más tropas en Bagdad, pero a costa de desguarnecer otras zonas “más controladas”. Dado que estas declaraciones las hizo en compañía del primer ministro iraquí Nuri al Maliki, debe deducirse que su plan para la reconciliación está muerto y enterrado con las 6.000 víctimas del terrorismo indiscriminado.


    Bush recibe al primer ministro al Maliki en la Casa Blanca: paso firme, paso débil

    Afganistán parecía estar yéndose de las manos a la OTAN. Un mes antes sus tropas habían llevado a cabo una ofensiva en la que al parecer se habían liquidado decenas de guerrilleros talibanes. Pero en poco tiempo estos dieron señales de estar más vivos que muertos. A España la noticia llegó de la mano de una baja mortal en las filas del contingente desplegado en Herat. El último día de julio saltaba la noticia de que la OTAN tomaba el control de la muy conflictiva región sur del país, uno de los bastiones más intocados de los talibanes. Por lo tanto, la presencia militar de la Alianza Atlántica aumentaba hasta los 18.500 soldados sin que por ello se vea un horizonte claro de pacificación o victoria militar.

    12-31 de julio: Recuperando la credibilidad como “potencia gamberra”

    Pero la gota que colmó el vaso fue, posiblemente, la estrella emergente de Putin. El día 10 de julio, a un mes exacto, Moscú dio la réplica a la liquidación de al Zarqaui por los norteamericanos: los servicios de inteligencia y unidades especiales lograban sacar de en medio a
    Shamil Basayev, el “Bin Laden del Cáucaso”. Los americanos no podían deplorar el hecho, porque al fin y al cabo se trataba de un peligroso fundamentalista islámico, aunque sus actividades estuvieran ligadas también a la causa nacionalista chechena. Pero ese golpe antiterrorista resaltaba la figura del mismo Putin, que pocos días después presidiría la cumbre del G-8 postulándose como nuevo líder mundial, pacificador y estabilizador de Rusia, gran potencia proveedora de energía a escala planetaria: gas y petróleo.

    Y la guinda: la
    “Revolución Naranja” ucraniana terminaba de mustiarse también por esas fechas: víctima de sus errores y escándalos, el gobierno perdía credibilidad y Ucrania viraba de nuevo hacia Rusia, alejándose de los proyectos occidentales. Ya el 7 de junio, la Duma rusa y el ministro de Asuntos Exteriores, Sergue Lavrov, se permitieron criticar duramente a Ucrania por su deseo de entrar en la OTAN. Por entonces, se hablaba de unas maniobras conjuntas Ucrania-EEUU en Crimea. Pero a mediados de julio, el régimen ucraniano naufragaba en nuevos escándalos cuando el presidente se negaba a designar jefe de gobierno al pro ruso Víctor Yanukovich. La coalición pro rusa dominaba el Parlamento de Kiev gracias a la defección del Partido Socialista, que dejó en minoría a la coalición naranja. La obra de la supuesta revolución se desmoronaba tras un año y medio de desastrosa gestión.

    Había llegado el momento de poner en marcha un plan para recuperar credulidad internacional, y sobre todo frente a Irán y el Próximo Oriente. De camino hacia San Petersburgo, Bush se reunió con Ángela Merkel en Alemania y entre las carantoñas simpáticas destinadas a los fotógrafos de prensa lanzaron conjuntamente una seria advertencia a Irán para que dejara de lado su programa nuclear y aceptara las ofertas de la “comunidad internacional”. “No estamos de broma”, remató el presidente norteamericano.

    Bush y Merkel en Stralsund, Alemania, 12 de julio: poca broma

    Cierto. Dos días antes había comenzado el ataque israelí contra las posiciones de la milicia Hezbollah en el sur del Líbano. El casus belli había sido un ataque que había supuesto la muerte de varios soldados del Ejército israelí y la captura de dos de ellos. Inmediatamente, el gobierno israelí anunció represalias masivas que recibió un muy significativo nombre en clave de operación Cambio de Rumbo. Por primera vez desde la retirada de 2000, el Ejército israelí penetraba en fuerza en territorio libanés. La ofensiva implicó bombardeos extensivos y muchas indiscriminados sobre transportes, comunicaciones, infraestructuras y zonas urbanas, incluso de la misma capital libanesa, Beirut, que provocaron numerosas víctimas civiles, amén de la paralización todo el país.


    El asalto israelí no tenía nada que ver con una operación militar precisa y selectiva destinada a liberar a los soldados capturados. Los bombardeos de alfombra sobre poblaciones civiles eran más propios de la doctrina militar soviética o serbia que de la tradición innovadora del Tsahal. Por parte israelí está resultando guerra bastante extraña en sus objetivos estratégicos y sobre todo, en sus más que dudosas rentabilidades políticas. El resultado es que Jerusalén ha terminado por jugar a la defensiva en ambos campos, justamente porque es un agresor sin ambiciones. O al menos, sin ambiciones propias. Porque lo cierto es que este conflicto parece una proxy war, una guerra por delegación, al servicio más de los intereses norteamericanos que israelíes. Es cierto que los ataques del Tsahal han destruido una parte de los emplazamientos de misiles de Hezbollah. Pero en realidad se trata de plataformas móviles y todo parece indicar que las milicias chiíes han recibido cantidades considerables y variadas de cohetes. Por otra parte, los expertos coinciden en afirmar que la destrucción de Hezbollah es más que improbable; y en realidad, gracias a su porfiada resistencia han revalorizado su imagen en el tablero de Oriente Próximo y más allá.

    La idea de que, al menos en parte, los israelíes lidian esta guerra al servicio de una gran potencia no es nueva. Tal sucedió en 1956, cuando atacaron a las fuerzas egipcias para facilitar la recuperación del Canal de Suez por británicos y franceses: hay una notable cantidad de información sobre la denominada
    “invasión del Tripartito” el denominado Protocolo de Sèvres o la Operación Mosquetero (“Todos para uno, uno para todos”, ya se sabe). Pero en ese caso, ¿qué objetivos intenta cubrir Washington con esta guerra en el sur del Líbano?

    Primero, recuperar algún tipo de iniciativa en la zona de Próximo Oriente, dando a entender que ellos también pueden jugar duro y que cuentan con aliados fieles, capaces de llegar en su apoyo hasta las últimas consecuencias. Israel depende de los Estados Unidos para su supervivencia y por ello no duda en demostrarlo, como aviso contra las balandronadas del presidente Ahmadineyad, que no pierde ocasión de pronosticar el final del Estado judío.

    Rice vigila a Olmert: A Brutal Friendship


    Segundo: presionar a la ONU y en ella a Rusia y China como miembros del Consejo de Seguridad para que no eviten condenar a Irán. Durante casi veinte días, los israelíes han demostrado un olímpico desprecio hacia las Naciones Unidas, que incluso ha cobrado la forma de
    tiro al pichón contra un puesto de observadores de esa organización (Finul) con el resultado de cuatro cascos azules muertos. Y por supuesto, los Estados Unidos han bloqueado en el Consejo de Seguridad cualquier resolución contra Israel, como pocas semanas antes hacían China y Rusia con respecto a Irán. Pero esta batalla, al menos, la ganó Washington: el 31 de julio se anunciaba que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución que marca de plazo hasta finales de agosto “para que Irán ponga fin a sus actividades nucleares bajo la amenaza de sanciones económicas y políticas”. Eso sí, “a petición de Rusia y China, el texto es más suave que otros proyectos de resolución anteriores, que amenazaban a Irán con sanciones inmediatas. La nueva propuesta pide que el Consejo celebre nuevas reuniones antes de considerar las posibles sanciones. El proyecto ha sido aprobado por 14 votos a uno. Qatar, único país islámico del Consejo, votó en contra.” Esta noticia no fue portada de los diarios occidentales: apareció esquinado en páginas bien interiores. Pero era uno de los objetivos de la coalición americano-israelí. Significativamente, una vez votada la resolución, el 1º de agosto, el primer ministro Ehud Olmert anunció en un discurso que Israel estaba ganando la guerra y que “si acabara ahora, Israel habría conseguido éxitos increíbles que cambian la situación y que tendrán influencia en la región durante años”.

    Sin embargo, este optimismo es, cuanto menos, dudoso. El problema está en que Washington no sabe muy bien qué hacer con Irán. La opción militar directa parece muy poco probable, sobre todo cuando aún está por solucionar el desastre que supuso la invasión de Irak. Además, un ataque en fuerza necesitaría posiblemente del recurso a las armas nucleares tácticas y eso emponzoñaría toda la región durante años –incluyendo Arabia Saudita o Turquía, por ejemplo- y por supuesto, generaría un desastre económico a escala planetaria que debilitaría también a los Estados Unidos. Paradójicamente, sólo parece contar con la diplomacia europea y con la ONU, a la que desprecia y, como se ha visto, manipula a su antojo.

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