sábado, noviembre 03, 2007

Comics y guerras de secesión yugoslavas (4)



Jose Sacco por Jose Sacco, donde queda en evidencia su inspiración en la estética Crumb. Su protagonismo como narrador subjetivo y antihéroe en toda la obra puede llegar a hacerse un poco fastidioso







En el estrecho círculo de los dibujantes que escogieron relatar las guerras de Yugoslavia, Joe Sacco fue, sin duda, el que consiguió mayor fama. Y también, por ello, el más comercial. Ocupa el tercer lugar en esta recopilación, por razones cronológicas, dado que la primera de sus obras, Gorazde, fue publicada en el año 2000. El hecho de que siguiera publicando hasta hace un par de años no influye, porque sus argumentos y estilo narrativo no han cambiado demasiado desde entonces. Aunque ha dedicado libros de comics al conflicto palestino y, recientemente, a la guerra de Irak, los referidos a la guerra de Bosnia son: Gorazde. Zona protegida. La guerra en Bosnia oriental, 1992-1995 (2000); El mediador. Una historia de Sarajevo (2003); El final de la guerra. Reseñas biográficas de Bosnia, 1995-96 (2005)

El autor que nos ocupa ha sido definido en muchas ocasiones como: “Comic-book journalist”. Efectivamente, utiliza un tipo de relato que tiene mucho de reportaje. También posee un cierto estilo historiográfico, en una línea que recuerda la otrora célebre “historia oral” y más precisamente, al estilo de Ronald Fraser, en su peculiar historia de la Guerra Civil española: Recuérdalo tú y recuérdalo a otros (en castellano: Crítica, 1979). Sin embargo, la historia oral es una metodología rigurosa que Sacco no siempre demuestra y de hecho, tampoco le importa demostrar. El suyo es un relato expresionista, como también lo es el dibujo, muy en la línea de Robert Crumb: es decir, mantiene un componente underground que se percibe netamente en el tratamiento de su obra en general y de sus personajes en particular. Comenzando por él mismo, que está presente como narrador en toda la obra, y que aparece retratado en unos rasgos “feístas” y abigarrados, muy en la línea de Crumb




Retrato del verdadero Joe Sacco

















Los libros de Sacco son, no obstante, la culminación del comic comercial en relación a la guerra de Bosnia, por varias razones: en primer lugar, porque se trata de un autor norteamericano, que se mueve en la industria del comic USA y se beneficia de sus canales de distribución. De otra parte, sólo un norteamericano puede apropiarse del “estilo Crumb” y utilizarlo ventajosamente. Además, la obra de Sacco es la culminación del relato del periodista glorioso por antonomasia, componente esencial de la narrativa sobre la guerra de Bosnia. Y Sacco le añade otro ingrediente a su obra: el relato del viajero. Ello explica que este autor no vaya a buscar información como un periodista al uso: no llega, mira, pregunta, se marcha y vende su producto a la redacción. Él se queda, vuelve una y otra vez, asimila el terreno se documenta, hace prolijos bocetos de detalles de formas de vida: en torno a la estufa, fiestas y fiestrorros, bares y baretos, reuniones melancólicas y juergas frenéticas. De hecho, esta faceta hace que su obra recuerde al libro de Brian Hall, El país imposible (Eds. La Flor del Viento, 1994) uno de los mejores libros de viajes de los últimos años.

Es por ello que a Sacco le interesan mucho las vivencias ajenas, los personajes. Pero sobre todo, la realidad, la historia, lo que sucedió… pero a través de los ojos de esos personajes. Este esquema de “cajas chinas” (una narración dentro de la otra) es uno de los componentes más característicos de la obra de Sacco. Algo a veces llevado al extremo, porque en ocasiones le interesa menos lo que relata el personaje, que puede ser parcialmente falso, como admite abiertamente sobre Neven, el protagonista de El mediador. En realidad, lo importante para Sacco es el ambiente que describe el personaje, porque a pesar de que los hechos puntuales puedan ser ficticios, éste nunca es mentira en sí mismo. Por lo tanto, en los relatos de Sacco juega un tortuoso tinglado de interacciones. El relato nos ayuda a comprender a los personajes, pero el perfil de los personajes nos ayuda a entender lo que ocurrió.



Algunas de las viñetas de la obra de este autor han adquirido relevancia propia, como ésta. Se puede percibir el detallismo con el que Sacco describe y adorna su obra, pero el trazo es más bien pastoso. Pulsar sobre la imagen para ampliar












Esto es muy evidente en El mediador, donde ese fenómeno se hace muy evidente a partir del tratamiento de un asunto muy delicado pero interesante: cómo se pone en pie un ejército en el caos inicial de una guerra civil, el papel de los delincuentes y policías, hermanados en unidades de combate tan preocupadas en detener al enemigo como en enseñorearse de la propia población civil

Ahora bien: no debemos dejar de lado que Joe Sacco, a pesar de su origen maltés, que le permite captar intuitivamente y por proximidad muchos fenómenos culturales de Próximo Oriente y Bosnia demuestra también, al menos de vez en cuando, las reacciones de lo que aquí denominamos un “guiri”: las mismas que en su día tuvieron otros guiris históricos ante la Guerra Civil española, la transición o los toros. Y eso implica que en ocasiones se hace líos evidentes, y demuestra la fastidiosa tendencia a vendernos como un producto profundo e intelectualizado, algunos fenómenos que para nosotros, lectores hispanos, bordean el fraude. Esto se nota cuando toma en consideración, como héroes polémicos a personajes (¿mangantes?¿macarras?) que en nuestra vida cotidiana o profesional no hubiéramos tenido en cuenta como informadores ni por un minuto. Es la actitud del viajero romántico del XIX, anglosajón o francés, que se extasiaba ante el “bandolero-con-sombrero”, el “torero” y la “manola con faca en la liga”.



Una página de El mediador, posiblemente la mejor obra de Sacco, en la que describe el espinoso mundo de las unidades paramilitares que defendieron Sarajevo en los primeros momentos de la guerra, así como su declive y destrucción. Pulsar sobre la imagen para ampliar








En resumen, el interés principal de la obra de Sacco referida a Bosnia reside en que logra crear un género, a medio camino entre el comic, el reportaje y el libro de viajes, que parece hecho a la medida para las crisis de los Balcanes y el Próximo Oriente. Hay un esfuerzo por la documentación y sobre todo, por considerar todos los puntos de vista, todos los parámetros. Es un periodista, cierto (él lo admite) pero que a la vez busca corregir los defectos de los colegas de profesión, desea situarse en el punto de vista del entrevistado, ser el entrevistado (“ponte en la piel de Neven”) pero a la vez también se permite el lujo de despreciar al entrevistado. Por el momento, ha conseguido salir triunfante de tan complejo envite



Una muestra de la capacidad documental de algunas viñetas de Sacco: una detallada descripción de cómo funcionaban las hidroturbinas de Gorazde. Pulsar sobre la imagen para ampliar

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lunes, septiembre 10, 2007

Las tribulaciones de Bernard K




Cubierta del libro de Michel Floquet y Bertrand Coq, rareza bibliográfica recuperada del recuerdo por la actualidad política en Francia













"Esta guerra concluirá con una paz
”. Así terminó Bernard Kouchner, actual ministro de Asuntos Exteriores de Francia, una entrevista concedida a los periodistas Michel Floquet y Bertrand Coq en plena guerra de Croacia, en el patio del Hospital de Osijek, finales de otoño, 1991. Sospechando que la entrevista podría dejar demasiado claro que el personaje era más simple de lo que parecía o quizá porque Kouchner lo logró decir absolutamente nada de interés, sus interlocutores decidieron no publicar la entrevista, realizada por causalidad en el marco de un reportaje sobre la situación militar en la región de Eslavonia. Sin embargo, Floquet y Coq terminaron por publicar un libro entero dedicado a las aventuras y desventuras del personaje durante los conflictos de Croacia y Bosnia: Les tribulations de Bernard K. en Yougoslavie, Eds. Albin Michel, Paris, 1993

Eran 223 páginas corrosivas, puro ácido sulfúrico sobre la imagen de Bernard Kouchner: médico de formación, cofundador de Médicos Sin Fronteras (1971) y Médicos del Mundo (1979) –como respuesta a su abandono intempestivo de la primera ONG-, ministro de Sanidad y Acción Humanitaria (una de esas innovaciones tan francesas) en 1992-1993, y administrador de Kosovo como Alto Representante de la ONU entre julio de 1999 y enero de 2001. Un hombre dedicado a la “alta acción humanitaria”, gran impulsor del concepto “derecho de injerencia” y… ambicioso trepador en el mundo de la política francesa: desde su militancia en el Partido Comunista Francés, al Partido Socialista, al Partido Radical de Izquierda, para volver con los socialistas y
terminar en el equipo de Sarkozy. Por lo tanto, cuando tanto se debate en estos tiempos sobre los fichajes socialistas del nuevo y controvertido presidente (Bernard K fue el primero), no cabe más remedio que recordar y reseñar, siquiera brevemente, el libro de Floquet y Coq.



Un caquéxico Bernard Kouchner es "nacionalizado" por Sarko, según caricatura del autor bretón Fañch Ar Ruz















La obra es muy de su época (en plena guerra de Bosnia) y por ello es útil como caja de resonancia de las obsesiones mediáticas de entonces. Pero también se adelanta al cuestionar la mojigatería de los “bien pensantes” de entonces, cuya única solución para cualquier conflicto internacional pasaba por el “derecho de injerencia”: el último capítulo y conclusión se titula, muy significativamente: “De regreso de la cuestión de Oriente, al nuevo sueño colonial”. Y faltaba toda una década para la invasión de Irak. También nos ilumina sobre la guerra de las ONG´s, otro asunto estrella de aquellos ya lejanos años. El combate singular entre Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo, ambas ligadas en sus orígenes a Bernard K., se superpone a las guerras de secesión yugoslavas. Allí, MSF escoge Vukovar en el otoño de 1991; pero pierde varios miembros atrapados en los combates y decide replegarse a fin de consagrarse a los refugiados. De esa forma, pierde protagonismo frente a su rival, MDM, al menos en el muy mediático escenario yugoslavo. Es el turno de ésta ONG, dirigida entonces por el astuto Míster K., que se decide por Dubrovnik. Es una excelente apuesta: la bella ciudad, patrimonio de la UNESCO e icono turístico por antonomasia (todo el mundo la conoce, no como a Vukovar) es una apuesta segura. Ahora bien: ¿necesita ayuda humanitaria la ciudad de Dubrovnik? Rony Brauman, presidente de la rival MSF lo tiene claro: “Esta ciudad no tenía ninguna necesidad estricta. Se creó una necesidad humanitaria, pieza a pieza, y después se respondió a ella. La respuesta, como la necesidad, son virtuales” (Floquet et Coq, 1993: 55)

La idea de crear un “corredor humanitario” hacia Dubrovnik tuvo momentos de opereta que ya en aquella misma época fueron celebrados con lejía por periodistas y testigos de todo tipo. El convoy marítimo de ayuda que intentó llegar hasta el puerto rompiendo el bloqueo marítimo que mantenían las unidades de la Marina Federal yugoslava, fue una aventura en la que Kouchmner compartió protagonismo con el histriónico Stipe Mesic. Laura Silber en su célebre obra de referencia The Death of Yugoslavia (Penguin Books, 1995) relata cómo Mesic, al mando de la flotilla de yates, barquitos y barquichuelas de recreo de todo tipo, junto con el prier minsitro, al esposa del Minsitro de Asuntos Exteriores y Tereza Kesovija (la Nana Muskuri croata) intentó abrirse paso gritándole por radio al almirante serbio que él era el “comandante supremo” del Ejército yugoslavo. Lo cierto es que ya no lo era desde el 3 de octubre (y el 13 de septiembre Croacia había abandonado el gobierno federal) y quizá por eso o por las horas que llevaban en el bar del Slavija I, las celebridades a bordo festejaron la ocurrencia con sonoros aplausos, pitos y carcajadas.



Dubrovnik asediado por las baterías montenegrinas, octubre de 1991








El convoy no pasó. Si llegó, semanas más tarde, el barco hospital italiano San Marco (18 de noviembre), que desembarcó medicamentos y evacuó refugiados. Pero aprovechando que las tropas croatas tuvieron que retirar tropas del frente para controlar la operación en el puerto, las tropas serbo-montenegrinas tomaron el barrio de Mokosica. Los intentos de Kouchner para erigirse en negociador con los militares federales fueron un fracaso. No sólo se mofaban abiertamente de él, sino que cada vez que el notable francés abandonaba la ciudad, ésta era duramente bombardeada. No es de extrañar que las autoridades locales terminaran algo cansadas y comenzaran a reprochar a Bernard K. que alentara a los habitantes de la ciudad a evacuarla, puesto que eso se lo pondría más fácil a los asediadores. De hecho, desde finales de octubre las autoridades croatas habían puesto en marcha la operación “Retorno a Dubrovnik”.

Mientras tanto, Kouchner desplegaba una concentrada ofensiva mediática auto inventándose como protagonista. “Dubrovnik también le proporcionó a Bernard Kouchner la ocasión de dar la medida de su talento con la pluma. Kouchner, uno de cuyos tormentos es el fracaso de pasar por intelectual, cree que la inteligencia es contagiosa. Alentado por sus amigos (que una cierta prudencia retiene de cantar las gestas del ministro) se convierte en bardo de sus propios éxitos” (Floquet et Coq, 1993: 87) A lo largo del otoño de 1991 escribe rimbombantes artículos en al prensa francesa. ¿Y lo resultados concretos? Según él mismo, se transportaron más de 10.000 toneladas de alimentos a la ciudad. “3.500 toneladas de papeo” –corrige el doctor Michel Bonnot, fundador de Ayuda Médica Internacional, citado en el libro que nos ocupa. Según los autores, de esa ayuda debe restarse la entregada a los sitiadores. “Bernard usa las cifras como los medias: sin moderación”, concluyen. Y de paso califican la obra del biografiado. Según Kouchner la ayuda humanitaria consiste en “pequeños gestos constantes, en pequeños lugares para un pequeño grupos de personas”: es decir, la “ayuda bonsái” (Floquet et Coq, 1993: 93)


















Portada de uno de los libros de Bernard K. él mismo, pensativo y preocupado, en la portada


Lo que añadía una dura nota trágica a todo esto era que mientras tanto, la ciudad croata de Vukovar estaba siendo machada por la artillería del Ejército federal y asaltada por los chetniks, pero Kouchner no hizo nada por ella, a pesar de que el 17 de noviembre recibió un llamamiento personal desde el hospital de la asediada ciudad, a punto de caer en manos del enemigo, para que evacuaran algunas decenas de heridos graves. “Pero Bernard Kouchner no escucha. Está a punto de escribir: ‘Dubrovnik ciudad de la Paz’ un artículo que publica “Le Monde” dos días más tarde” (Floquet et Coq, 1993: 84). La última iniciativa del ministro consistió en imaginar un “Concierto para la Paz”, en el que deberían cantar juntos una soprano serbia y un bajo croata. Ante la negativa de Zagreb de que entrara en la ciudad ni un solo serbio, hubo que conformarse con la Orquesta Nacional de Cámara de Toulouse. A ese concierto de Nochevieja acudieron, como no, Bernard K, Simone Veil y Michel Piccoli. La población local le dedicó una gélida indiferencia.

Los años que siguieron estuvieron marcados por el protagonismo de Bernard K. en la guerra de Bosnia, como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que era un abogado histórico de lo que por entonces se llegó a convertir en sacrosanto “derecho de injerencia”. Pero también de gestos a veces espectaculares, pero de eficacia real bastante dudosa. ¿El convoy del 5 de abril de 1992, que nunca llegó a entrar en Sarajevo sirvió realmente de algo, aparte de resaltar la imagen de Bernard K.? El “beau geste” del 28 de junio, protagonizado por el presidente Mitterrand para que se abriera el aeropuerto de la asediada ciudad (al parecer inspirado por Kouchner) desunió más a los europeos, evitó una temprana intervención militar occidental contra los serbios? Eso sí: siempre con la prensa por testigo, siempre cámaras e imagen. Todo un precedente el estilo Sarko de nuestros días: enormes tasas de popularidad, hiperactividad, ubicuidad, “efecto anuncio” y “charla por los codos”, como parte del
retrato que hacía Lluis Bassets hace pocos días.




















Bernard K, 2007, implicado en los manejos de Sarkozy con el dictador libio Gaddafi


El libro de Floquet y Coq, hoy difícil ya de encontrar, incluso de segunda mano, dejó a Bernard K. en Bosnia. Pero su carrera continuó, siempre con el mismo o similar estilo, siempre dejando en el aire la pregunta: ¿Es Bernard Kouchner un simple caradura, un tipo realmente listo, un ambicioso sin límites, un simple “con”, como lo califican algunos franceses en los foros? “Le Point” le coronó “Hombre del año” en la Francia de 1991, y sólo unos meses más tarde era el político más popular. Personaje altamente estimado por sus compatriotas en aquello lejanos años, lo cierto es que nunca logrará ser elegido como parlamentario, ni en Moselle en 1994 ni en Gardanne en 1996. Una cosa es la popularidad mediática y otra confiar el destino de una parcela del propio país en manos de Bernard K. Eso es lo que, al menos, pensaban los franceses por aquel entonces.

















Bernard K, junio de 1999, recién concluida la campaña militar de la OTAN contra Serbia. En la fotografía, con dos líderes del UÇK (Thaci y Ceku), el general de la KFOR, Jackson, y el comandante de la OTAN, general Clark



Pasaron los años. En 1999, después de que la última bomba humanitaria de la OTAN cayera sobre lo que restaba de Yugoslavia, Bernard K fue nombrado administrador de las Naciones Unidas para Kosovo. Ocasión más que propicia para acuñar otra de sus frases características: “Europa, la que amamos, ha nacido en Kosovo”. En la arrasada provincia, Kouchner debe ocuparse de la asistencia humanitaria, la administración civil, la economía y la elaboración de instituciones democráticas. Es una ocasión perfecta para desarrollar sus teorías. Así, durante su mandato (julio de 1999-enero de 2001), regresaron los refugiados albaneses, pero fueron expulsados casi un cuarto de millón de serbios y otras minorías étnicas de Kovoso. Hasta la fecha, la limpieza étnica, consumada, más voluminosa de la las guerras de secesión yugoslavas. El Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) es desarmado y reconvertido en el Cuerpo de Protección de Kosovo, pero se cree, con fundamento, que puede recuperar su capacidad ofensiva con facilidad; de hecho, algunos mandos son sospechosos de estar tras acciones hostiles. No se logrará que funcione el Consejo de Transición de Kosovo, por desavenencias internas entre las dos principales fuerzas políticas de los albaneses, los representantes del UÇK y los de la Liga Democrática de Kosovo. La gestión gestual de Kouchner, en entredicho, dejando tras de sí polémica.



Bernard K pasea por Pristina con la controvertida Secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright














El año 2003 comenzó a marcar los límites de la desintegración de la doctrina del “derecho de injerencia”. En un célebre artículo publicado en “Le Monde” (4 de febrero), Bernard K. intenta salirse por la tangente ante la inminente invasión de Irak. Adopta una postura tan facilona como demagógica: “Ni la guerra ni Saddam”. No duda que existen armas de destrucción masiva escondidas, tampoco debe consentirse que Saddam siga en el poder. Intervencionismo, derecho de injerencia, si, pero sin guerra. ¿Cómo? “Qu’en ce début de XXIe siècle, on invente d’autres formes de politique et d’interventions internationales". Efectivamente : que inventen otros para sostener lo que yo afirmo. Bernard K sólo sugiere fórmulas nebulosas, que para derribar a Saddam del poder e “instaurar la democracia” en Irak, no funcionan. Pura y santa buena intención. pero claro, o injerencia a la manera clásica, o nada. Y como nada no puede ser…

Mientras tanto, ha fundado una consultoría: BK Conseil. Y con ella se mezcla en un resbaladizo negocio (
septiembre 2003): lograr que la petrolera francesa Total obtenga de la dictadura militar que gobierna Birmania (Myanmar) la opción de construir y gestionar un oleoducto a cambio de que la empresa se implique en la subvención de mejoras de infraestructura humanitaria en el país. Pero el asunto se complica y desemboca en un escándalo cuando, dos años y medio más tarde, un grupo de ONG´s radicadas en Gran Bretaña lanza una campaña contra las actividades de Total en Myanmar, el trabajo forzado que se está utilizando en el oleoducto (incluyendo mano de obra infantil) y al represión que ha estado practicando “horrorosos abusos en la región del oleoducto”












El invento casi no da más de si: Bernard K. en 2003, después de la invasión de Irak


Floquet y Coq supieron a quien tenían delante en aquel lejano otoño de 1991, cuando lo entrevistaron en Croacia y decidieron dedicarle un libro. Trece años más tarde, Jordi Raich, un curtido veterano de la ayuda humanitaria, a la que sin embargo critica y fustiga en su polémico libro: El espejismo humanitario. La especie solidaria al descubierto (Debate, Madrid, 2004) hace de él éste completo retrato (pags. 162-163):

“Lo suyo era el espectáculo solidario y para ponerlo en escena recorrió incansable los escenarios más exóticos de la miseria humana. Visitó campos de refugiados, prisiones, trincheras, hospitales y fosas comunes en Croacia, Kosovo, Kurdistán y Pakistán. El doctor estaba en todas las fotos: con su mujer, con el secretario general de la ONU, sonriendo a Lady Di, entre la multitud de desgraciados y junto a los señores de la guerra. Kouchner convirtió sus cargos en un formidable instrumento de propaganda al servicio del presidente de la república y de sí mismo. Y, en el camino, hizo añicos al humanitarismo independiente basado en las necesidades de las víctimas, que fue tan valioso en sus orígenes.


Bernard K en los buenos tiempos, pero ya con una inseparable cámara detrás: Somalia, 1992




En diciembre de 1992 le vi llegar a Mogadiscio para presidir el atraque de “su” barco cargado con la cosecha de “su” operación Saco de Arroz: cada niño francés debía aportar un kilo de arroz para un niño somalí. Llegó al puerto en convoy, acompañado de un séquito de periodistas y cámaras de televisión. Hizo pomposa entrega de la carga a no se sabe quién, se echó un costal a la espalda y aguantó con sonrisa dentrífica hasta que los fotógrafos estuvieron satisfechos. Por cierto, la mayoría de ONG rechazó distribuir el arroz por su baja calidad, mezcla de variedades diferentes del cereal y nefasto empaquetado. Treinta camiones con una parte de la donación fueron robados y desaparecieron en la nada. Una partida acabó en manos de comerciantes privados que lo vendieron durante meses a precio de ganga reventado así la frágil economía local”.

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sábado, agosto 25, 2007

Comics y guerras de secesión yugoslavas (5): Tomaž Lavrič TBC




Portada de Fábulas de Bosnia en su edición española, que prácticamente coincidía con las que se hicieron en otros idiomas. La obra fue el gran éxito internacional de Tomaž Lavrič











El libro de comics que el dibujante Tomaž Lavrič (también conocido como TBC) le dedicó a la guerra de Bosnia, supuso un salto de gigante en el tratamiento de este conflicto por parte de las novelas gráficas. En muchos aspectos, ese hito no está superado.

Ante todo, porque Lavrič es un excelente dibujante y se notan, en su trazo limpio pero muy expresivo, sus años de Bellas Artes con especialización en figura humana. Pero además, porque se trata de un esloveno, lo cual implicaba que, sin ser serbio, bosníaco o croata, sabía bien lo que estaba ocurriendo en Bosnia y lo plasmó con exactitud en su obra. Quizás no vivió de primera mano la tragedia, pero como “insider marginal” conocía de forma intuitiva, por proximidad cultural, cuál era la esencia del conflicto que se estaba viviendo más al sur. Entendámonos: Lavrič había trabajado como dibujante para la revista “
Mladina”, célebre publicación de las juventudes de la Liga de Comunistas de Eslovenia que había encabezado el proceso de aperturismo cultural y político vivido en esa república, y de hecho en el conjunto de la antigua Yugoslavia, a finales de los ochenta.






















Viñeta de Rdeči alarm (Alerta roja), obra primeriza de Lavrič en la que describía el ambiente contracultural que vivió en su propia juventud. Como se puede apreciar, existía una fuerte inspiración en la estética y discurso de similares movidas...



Así, la revista “Mladina” se encontró en el centro de la polémica cuando en 1988, cuatro de sus redactores fueron sometidos a juicio por una corte marcial, acusados de “revelación de secretos militares” debido a un reportaje sobre un supuesto plan militar, apoyado por la Liga de Comunistas de Yugoslavia, para detener a periodistas y disidentes eslovenos. El artículo era un ataque contra el Ejército Popular Yugoslavo, que se autotitulaba último garante de la unidad del estado, pero formaba parte de una línea editorial deliberada que forzaba los límites de la libertad de expresión. En el proceso fue enjuiciado, entre otros, Janez Janša, un cargo de las juventudes comunistas locales especializado en Defensa que había ido derivando hacia el campo nacionalista esloveno. Al año siguiente sería el fundador de la Unión Democrática Eslovena, y más tarde, ministro de Defensa en el primer gobierno de la Eslovenia soberana, que llevó a cabo la breve guerra contra Yugoslavia, llegando a detentar el cargo primer ministro en 2004.



...en la Europa Central durante los años ochenta. Aquí, viñeta de un comic del popular dibujante alemán de la contracultura alternativa berlinesa, Gerhard Seyfried (procede la obra: Invasion aus dem Alltag, 1981) Pulsar sobre imagen para ampliar











Estos datos sirven para ilustrar que “Mladina” estuvo en el centro de sucesos decisivos que transformaron Eslovenia y Yugoslavia, y por lo tanto, para Tomaž Lavrič fue la plataforma ideal desde la que desarrollar sus personajes y argumentos: tanto las ilustraciones y caricaturas políticas que desarrolló para la revista como los comics sobre cultural alternativa o las Fábulas de Bosnia. Así, Rdeči alarm (Alerta roja) fue un comic autobiográfico que, según explicaba el autor
en una entrevista: “Es una historia sobre mi juventud, es sobre adolescentes en 1980, unos jóvenes punk-rockers frustrados, que gritaban pidiendo Anarquía en mitad de un país comunista. Y que bebían cantidad de cerveza, (risas)”

Pero el éxito internacional llegó con Fábulas de Bosnia (Glénat, 1999-2001) El mismo Lavrič sintetiza en la entrevista la esencia de la originalidad que transmitía la obra: “Como artista fue la única forma que tuve de reaccionar ante los trágicos sucesos que ocurrían en la antigua Yugoslavia, que estaba siendo destruida sangrientamente por una serie de envilecidas guerras étnicas. Mi república, Eslovenia, se liberó rápidamente del conflicto, así que tuve la oportunidad de contar todas estas historias desde un punto de vista de sufridor-observador. Estaba lo suficientemente cerca como para saber lo que realmente estaba sucediendo, y lo suficientemente lejos como para no ser un objetivo”.



¿Podría tratarse de Momčilo Krajišnik? En todo caso...















El subrayado, que pertenece al autor de este post, deja bien claro que Fábulas de Bosnia no era un libro de comics más, dibujado desde la indignada comodidad de una capital occidental, pero tampoco un panfleto de combate editado en las inmediaciones del campo de batalla. Desde Ljubljana, Lavrič mantenía la distancia justa para que los relatos resultaran creíbles y dejaba algunas pistas para los conocedores del asunto. Por ejemplo: resulta significativo que sólo una de las historietas de Lavrič se sitúe en Sarajevo; tiene muy claro que la guerra de Bosnia fue mucho más allá de lo ocurrido en la capital, donde la inmensa mayoría de los periodistas occidentales centraron sus crónicas. Pero mejor todavía: aquí y allá, literalmente infiltrados en los guiones de las historietas de Lavrič, aparecen personajes reales, bien dibujados, pero que el autor no señala, no define. De repente, en una viñeta vemos a Vojislav Šešelj, el líder de los chetniks serbios, gordo, rubio, con sus características y anticuadas gafas. En otra de las fábulas, un político que bien pudiera ser Momčilo Krajišnik (presidente de la Asamblea Nacional de la Republika Srpska y luego miembro de la presidencia) comparte protagonismo con dos despistados periodistas. ¿Pero se trata realmente del cejijunto Krajišnik?¿Y por qué no?

















...no cabe duda de que el personaje en el centro de la viñeta, con traje de rayas y corbata exhibe el característico perfil y envergadura de Vojislav Šešelj. Pulsar sobre imagen para ampliar

Ante todo, Lavrič evita los planteamientos maniqueos y simplistas, algo en lo que casi ningún otro autor de comics tuvo éxito a la hora de abordar los conflictos balcánicos. Por lo tanto, el lector enseguida se percata de que el dibujante esloveno sabe muy bien de lo que habla y qué es exactamente lo que desea resaltar, sin caer en moralinas. Sus conclusiones son transparentes. Su dibujo acompaña perfectamente la claridad de su relato. Es elegante, suelto, detallista, estructurado en viñetas amplias y aireadas.

En el tratamiento de los diversos bandos enfrentados en Bosnia Lavrič no se casa con ninguno; en realidad reparte leña para todos. Su objetivo es denunciar la crueldad absurda de la guerra, sin alinear a las víctimas y los verdugos por bandos. En cada una de las fábulas denuncia el cinismo, las crueldades y suciedades de serbios, bosníacos y croatas. A veces, ni siquiera sabemos la nacionalidad de las víctimas. La última fábula (“El cerdo”) es la apoteosis de la porquería en la guerra de Bosnia-Hercegovina: los negocios entre bandos. Ni siquiera sabemos en cuál luchan los protagonistas, porque la realidad es contemplada a través de los ojos de un joven combatiente drogadicto que apenas puede discernir tan sólo un entorno deshumanizado, en el cual sus compañeros son águilas, cerdos, lobos, dragones… Por lo demás, el “El cerdo” se relata uno más de aquellos episodios vergonzosos de colaboración comercial entre enemigos teóricos. Como, por ejemplo, el acuerdo entre serbios y croatas para repartirse la producción de la fábrica de explosivos de Vitez. Cuando la población musulmana de los alrededores comenzó a sospechar y a protestar, los croatas arreglaron con los serbios la simulación de un ataque aéreo a la factoría. Después de tres horas de sobrevolar espectacularmente el objetivo, los aviones dejaron caer una bomba en un prado cercano.





En la fábula "El mulo", los voluntarios fundamentalistas musulmanes se proponen llevar la guerra adelante pasando por encima de cualquier intento de reconciliación interétnica o generacional. Obsérvese la pintada ácrata en la mezquita. Pulsar sobre imagen para ampliar







Las acciones estaban a veces claramente tarifadas. Bombardeos con la colaboración serbia de posiciones bosnio-musulmanas en Travnik, Novi Travnik, Zenica y Gornji Vakuf eran pagadas por los croatas en alcohol y gasolina. Los serbios alquilaron también oficiales para algunas misiones de las tropas croatas, en zonas donde sus tropas carecían de profesionales, especialmente en torno a Mostar, y también vendieron posiciones militares. A veces, unidades de la Armija musulmana implicadas en negocios mafiosos entraban en estas componendas. Así, el Ejército serbobosnio tomó en julio de 1993 el Monte Igman, pero algunas posiciones no fueron conquistadas al asalto, sino compradas y pagadas a las “unidades especiales” que las guarnecían. Hace ya años que existe abundante documentación sobre estas prácticas, que la prensa occidental no quiso airear. Y esa es, precisamente, una de las aportaciones de la obra de Tomaž Lavrič en Fábulas de Bosnia.

De hecho esta obra es un buen relato de guerra porque sigue la mejor tradición del género: apenas hay escenas bélicas explícitas. Las fábulas se desarrollan en un olvidado campo de concentración, una trinchera aburrida, la filmación de un documental en un sector del frente donde no ocurre nada, francotiradores matando maniquíes y niños, refugiados en la Riviera. Algo similar a esa obra cumbre de la literatura que es Homenaje a Cataluña, de George Orwell, donde la acción militar brilla por su ausencia. O bien La cartuja de Parma, de Stendhal, con su célebre narración de la batalla de Waterloo, en la que el protagonista, confundido, no para de preguntarse si ha participado o no en una «verdadera batalla».




"El mulo" es uno de los relatos más conmovedores de las Fábulas, quizá porque incorpora el carácter antisistema de las primeras historietas de Lavrič sobre su propia juventud. Obsérvese la ajustada captación de la sicología y la estética de los dos jóvenes fans de "Metallica" y el diseño holgado de la página. Pulsar sobre imagen para ampliar





Dicho lo cual, el lector podrá argumentar que la obra de Tomaž Lavrič no responde al estereotipo de los comics sobre las guerras de la ex Yugoslavia tal como fue definido en los primeros posts de esta serie. En Fábulas de Bosnia no son los periodistas los protagonistas del relato, sino personajes muy creíbles pero humildes, gentes del montón, los marginados de la guerra: antihéroes, drogados, subnormales, adolescentes, niños, animales. Lavrič desarrolla el relato en estado puro, que es la fábula, ni más ni menos. En realidad, y más allá de la utilización de animales reales o imaginarios como núcleo de los cuentos, el término “fábulas” no casa muy bien con ellos, dado que el objetivo del autor no es enseñar o aportar moralejas, rasgo típico de ese género. En conjunto, Lavrič es más descriptivo que emocional o pedagógico. Pero tampoco intenta hacer reportajes. Ni ve la guerra a través de los ojos de los periodistas.





















Los medios de comunicación también protagonizan, forzosamente, una de las Fábulas, en este caso dejando mal parados a los croatas, como guerreros de opereta. De todas formas, la obra de Lavrič es la excepción que confirma la regla en relación al claro protagonismo mediático en los comics sobre las guerras de secesión yugoslavas. Pulsar sobre imagen para ampliar


Con todo, la sombra del asunto está presente. No por el hecho de que la prensa y la televisión protagonicen dos de las fábulas, sino porque, al fin y al cabo, el mismo Tomaž Lavrič es periodista antes que autor de comics. Sólo que su trasfondo cultural antisistema, su experiencia juvenil y la historia vivida en “Mladina” (donde no sólo vio los pecados ajenos, sino los propios) hacen que la tendencia a escapar de los escenarios centrales, de los tópicos al uso, contenga un cierto manifiesto oculto. Fábulas de Bosnia no es la guerra de los reporteros occidentales no es el escenario televisivo al uso. Es la guerra como fue y la sufrieron los que nada tienen que ver con ella: la mayoría de la gente real.



Tomaž Lavrič en su estudio: una persona real

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sábado, agosto 11, 2007

Comics y guerras de secesión yugoslavas (4): Hermann





Portada de la obra de Hermann, Sarajevo - Tango tal como se presentó en la edición belga original, y en la española











Asumiendo que los medios de comunicación tuvieron un enorme protagonismo en la guerra de Bosnia (1992-1995) queda por analizar de qué forma los diferentes autores de comics o novelas gráficas explicaron su versión del conflicto, introduciendo a los medias de forma diversa: como protagonistas directos de la historia, asumiendo la estructura narrativa de la crónica periodística o utilizando como argumento la versión mediática de los hechos.

Por otra parte, el estudio de los diversos autores dará pie a evaluar los diferentes estilos narrativos, gráficos y literarios, y la forma en que estos fueron evolucionando paralelamente al desarrollo de los conflictos yugoslavos, hasta llegar al final de los mismos con la obra del serbio Zograf.

El primero de los autores, por derecho propio, fue el belga Hermann [Huppen], que ya en 1995 publicó: Sarajevo – Tango (editado en España, al año siguiente, por Planeta De Agostini). Aunque la guerra de Bosnia estaba próxima a concluir definitivamente cuando apareció el comic, tuvo una cierta repercusión en el mundo de la historieta gráfica, no en vano era la primera obra comercial destacada sobre este tema. Sin embargo, lo que por entonces parecía un trabajo destacable, ha envejecido mal.


















Viñetas del estilo clásico de Hermann, pertenecientes en este caso a la serie Comanche, en colaboración con Greg, que redactó el guión


En parte eso tiene una sencilla explicación: la dinámica de la guerra de Bosnia no cuadraba con el estilo narrativo de Hermann, que además hizo en este álbum una importante excepción. Entendámonos: el belga es un importante autor de “aventuras en estado puro”. En la biografía que publica Wikipedia se puede encontrar un interesante cuadro con la lista de sus obras desde 1969 (Hermann nació en 1938), en la que es dado comprobar la amplia variedad de personajes que creó: cazadores en África, guerreros de la Reconquista, delincuentes de ciencia-ficción, caballeros de la Edad Media, piratas, rudos cuatreros del Far West, cangaçeiros brasileños y tipos por el estilo. Esto es: toda la parafernalia del comic clásico de aventuras, muy bien dibujado, pero dentro de un estilo clásico, con mucha épica y personajes tópicos: duros, audaces e ingeniosos.

En Sarajevo – Tango
resulta evidente que Hermann tiene problemas a la hora de cuadrar ese mundo de aventuras, en el que se distingue con claridad entre buenos y malos, con el esquema relativista pero a la vez tendencioso que por entonces transmitían los medios de comunicación sobre la guerra de Bosnia. El resultado es una narración muy de “cartón piedra” en el que se intentan encajar todos los tópicos de 1995: en apariencia no hay buenos ni malos (aunque los serbios son mayoritariamente alcohólicos, cínicos y primitivos), las fuerzas de paz han fallado estrepitosamente, la indignación de la opinión pública mundial es patente y la náusea del descreimiento lo invade todo.

Lo peor es que Hermann exagera y caricaturiza algunos extremos, mientras hace esfuerzos demasiado evidentes para nivelar otros. Así, la crítica continua contra las Naciones Unidas y su secretario general de entonces (el egipcio Boutros Boutros Ghali) resulta excesiva y hasta agobiante. Por otro lado, y para no parecer demasiado tendencioso, el malo es un mafioso bosnio musulmán, mientras que el amigo del héroe es un viejo serbio que ha escogido quedarse en el Sarajevo presuntamente multiétnico





















La página 18 condensa la mayor acumulación de burlas y estereotipos negativos contra la ONU. En la primera viñeta se ridiculiza a los cascos azules, y en las que siguen, un grotesco Boutros Ghali que reside en una sede de las Naciones Unidas rediseñada como enorme queso de gruyère, recibe al mediador Lord Carrington, con el que baila un tango "de 1938 ó 1939": alusión a la Conferencia de Munich por la que las potencias occidentales entregaron Checoslovaquia a Hitler, un paralelismo muy en boga durante los años iniciales de la guerra de Bosnia. Para ampliar la página, pulsar sobre la ilustración


El mismo argumento de la obra refleja esa preocupación por hacer una crítica del conflicto (o mejor, de la ONU) desde una posición cómoda. El protagonista es un mercenario, un aventurero de origen sudeslavo con amplia experiencia en el mundo militar por haber servido en la Legión Extranjera. El hombre llega a Sarajevo contratado por una millonaria que intenta recuperar a su hija, secuestrada por su anterior ex marido, un mafioso bosníaco. Este argumento le sirve a Hermann para introducir el tipo de aventura que a él le gusta: hay muchos tiros y acción, y el héroe se comporta como el clásico “good-bad boy”. Y al final, muere por un arrebato de sentimentalismo: ya se sabe cómo son los tíos duros, todos esconden un corazoncito bajo el áspero caparazón. Además, se desliza por las viñetas una moraleja de tipo social: el mundo de los ricos está al margen del que vive el resto de la marea humana, incluyendo las guerras con sus causas y sus injusticias.





















Otra chanza de Hermann: enormes globos con forma de dedo acusador que flotan inútilmente sobre Sarajevo, única "iniciativa" de las Naciones Unidas para intervenir en el conflicto. La labor de desprestigio que se llevó a cabo contra los ONU durante la guerra de Bosnia, a todos los niveles, contribuyó a que fuera neutralizada por la OTAN en el conflicto de Kosovo y más adelante, en 2003, por la coalición organizada por el presidente Bush para invadir Irak en aplicación del concepto de "guerra preventiva". Para ampliar la viñeta, pulsar sobre la ilustración



Dado que en aquellos momentos este argumento podía parecer frívolo, Hermann añadió páginas enteras de burlas e ironías caústicas sobre Boutros Boutros-Ghali, los negociadores lord Carrington y David Owen, y la ONU. Ridiculizar a los cascos azules le obsesionaba más que cargar contra los “chetniks” serbios. La idea que subyace a este planteamiento es la de que el Ejército de la Republika Srpska que asediaba Sarajevo no poseía mayor importancia militar, eran unos “primates” (sic) y sólo la indiferencia criminal de la ONU les permitió subsistir y seguir matando durante cuatro años. En realidad aparecen poco por la historieta. Los malos son los secuestradores de la niña, con el padre al frente, pero no tienen nacionalidad, es el mundo de la mafia y hasta se deja caer que podrían tener conexiones de alto nivel entre las autoridades de Sarajevo.




Algunas viñetas de la trama narrativa central de Sarajevo - Tango: el héroe y protagonista rescata a la niña secuestrada por su padre. Las historias de acción son el elemento en el que se mueve con mayor comodidad Hermann Huppen. Para ampliar la página, pulsar sobre la ilustración





En definitiva, una obra de calidad irregular, al menos en relación al nivel que Hermann tenía acostumbrados a sus lectores. Él mismo explicaba desde las páginas introductorias del comic que la indignación fue el motor de Sarajevo - Tango. Un sentimiento rabioso muy de aquella época, motivado por la aparente incapacidad de las potencias occidentales por “hacer algo” (que no parece haber prendido en nuestros días ante la espantosas masacres cotidianas en Irak) y que al parecer también se inspiraba en la suerte de su amigo, el bosniaco Ervin Rustemagić, que era agente en el mercado internacional del comic, y fundador de la agencia de representantes de autores de historieta Strip Art Features. Rustemagić quedó atrapado en Sarajevo, y Hermann se movilizó para rescatarlo de la ciudad, cosa que consiguió finalmente, pero no sin que le decepcionara profundamente la actitud de las autoridades de la ONU. Pero Hermann no nos explica que, en realidad, las historias que enviaba Rustemagić desde la ciudad asediada iban a parar a Joe Kubert, quien los estructuró a su vez como una novela gráfica titulada, precisamente: Fax from Sarajevo (Dark Horse Comics, 1996)






















La obra de Joe Kubert que narraba las vicisitudes de Rustemagic y su familia en Sarajevo no lograba transmitir el damatismo del asedio: los protagonistas podrían haber sido una familia de clase media en una pulida Levittown norteamericana bombardeada por extrarterrestres. La culpa era en parte del ya anticuado trazo de Kubert, un autor de reconocida fama en los años cincuenta, ilustrador de aventuras de Tarzan y creador de personajes como el Sargento Rock, pero que en 1996, fecha de publicación de Fax from Sarajevo, tenía ya 70 años de edad y no se documentó demasiado para crear su obra. Se basó en los sobrecogedores faxes que enviaba su amigo desde la ciudad, cierto; pero en el mundo del comic, el guión sólo es la mitad de la fórmula


Por lo tanto, hemos de concluir que en Sarajevo – Tango está presente cierto ajuste de cuentas personal que hoy, transcurrida ya una docena de años, resulta tan ortopédico que una acertada reseña de la obra se atreve a decir que podría ser reeditada aunque ganaría sin las caricaturas sobre la ONU. Sin embargo, cualquiera que la haya leído desapasionadamente sabe que la obra de Hermann –como cualquier otro comic, en realidad- es un trabajo orgánico, un todo que no admite la amputación de viñetas: habría que reescribirlo y volverlo a dibujar, y entonces ya no sería el Sarajevo – Tango de Hermann, editado en 1996, con las limitaciones y pasiones de aquella época, sino otro producto diferente.

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jueves, agosto 02, 2007

Comics y guerras de secesión yugoslavas (3)











La guerra de Croacia, especialmente durante el primer periodo (1991) fue reivindicada como causa propia por una buena parte de la ultraderecha europea. ¿Qué puede hacer un fascista francés durante sus vacaciones?. Un personaje creado por el autor ultra francés Olric explicaba: "Être fasciste en France est baroque et fatiguant... hum... Plus simplement: Aujourd´hui Osijek, demain Paris!" . Agradezco a Xavier Casals haberme conseguido un ejemplar tan raro hoy en día, de los comics de Olric. Pulsar sobre la viñeta para verla ampliada.



2b - 1989-1995: evolución de la imágenes e iconografía bélicas en los medias. Segunda parte

Hasta enero de 1992 Croacia fue perdiendo en el terreno militar, y ganando en el informativo. Lo mismo ocurrió en la Guerra Civil española con el bando repúblicano, que supo amargarle la victoria a Franco durante muchos años. Tantos que, de hecho, los estereotipos creados sobre la España franquista impidieron que entrara en la OTAN, mientras que no hubo problemas para que el Portugal del dictador Salazar lo hiciera mucho antes de llegar a la democracia. La batalla informativa ganada por Croacia también le generó réditos a largo plazo, porque durante bastante tiempo fue prácticamente imposible deshacer la imagen fundamentalmente positiva del régimen de Zagreb. Tardó en ir abriéndose camino la noticia de las intenciones expansionistas de Tudjman en Hercegovina y su dudosa buena fe democrática. Por otro lado, los medios de comunicación occidentales evitaron mencionar las crecientes tensiones entre musulmanes y croatas en Bosnia central hasta que fue imposible ocultarlas. Al final incluso se mantuvo durante un tiempo la tesis de que los croatas se habían vuelto "malos" debido a la parálisis de la comunidad internacional ante los serbios, lo que ignoraba las tempranas conversaciones entre Milošević y Tudjman para repartirse Bosnia-Hercegovina o los precedentes marcados por Matica hrvatska en 1971. Por supuesto, no faltó quien sacara a relucir que todo era un complot de los servicios secretos británicos, reviviendo argumentos novelescos con un siglo de antigüedad.















Voluntarios británicos en el HOS (milicia de la extrema derecha neo-ustacha croata) en una trinchera durante la guerra de 1991. Fotografía procedente de Wikipedia


Mientras ocurría todo esto, la actualidad informativa que llegaba del Este desafiaba los planteamientos maniqueos todavía muy reforzados, si cabe, por la cercanía de la extinta guerra fría. La desintegración de la URSS, que se inició con el fracasado golpe involucionista de agosto, en 1991, fue demasiado para los medias audiovisuales. A pesar de que la cobertura del golpe fue una demostración espectacular de la capacidad de directo que tenía la televisión, lo cierto fue que en comparación con los entresijos políticos de la caída de Gorbachov y la aparición de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), los misterios de la revolución rumana eran una incógnita menor. Rápidamente se perdió la noción clara de quiénes eran los "buenos" o los "malos", se conocía poco a los protagonistas: la cobertura de la crisis georgiana, en enero 1992 se redujo a Gamsajurdia y "la oposición". Por otro lado, eran muy contados los informantes directos en el núcleo de los grandes cambios. En cualquier lugar del enorme tablero post-soviético podía saltar la liebre. Un ejemplo: ¿cuántos enviados de la prensa occidental estaban en la ciudad de Minsk el 9 de diciembre de 1991, para informar sobre el final de la URSS? Aún así, los medios tecnológicos existentes lograban suministrar cobertura informativa directa en la mayor parte de los casos. Lo malo era que apenas había tiempo y posibilidades de analizarla, con lo cual la noticia quedabas inutilizada al no servir para entender el fenómeno del que formaba parte.

En consecuencia, la guerra de Bosnia fue abordada por los medios de comunicación occidentales con un mayor entusiasmo, si cabe, que la de Croacia. Allí los campos estaban bien delimitados y las diferencias entre unos y otros quedaron cada vez más marcadas conforme salían a la luz las salvajadas protagonizadas por las tropas serbias, sobre todo la "limpieza étnica", con su secuela de refugiados, los campos de concentración y las violaciones masivas de mujeres musulmanas. Pero sobre todo, la Sarajevo asediada y bombardeada se convirtió para los medias en el gran símbolo de la guerra en Bosnia. La odisea de la población civil, el carácter multiénico de los defensores, su calidad de capital y sobre todo el hecho de que era una ciudad europea asediada por una especie de trogloditas, eran imágenes muy claras que los medios de comunicación, y especialmente la televisión, podían explotar a fondo. A cambio, otras ciudades igualmente asediadas y más castigadas que Sarajevo hubieron de resignarse a ocupar sólo ocasionalmente la atención informativa. El caso de Mostar fue especialmente sangrante.











En el comic de Hermann: Sarajevo - Tango, los serbobosnios era representados como poco menos que meros trogloditas. Pulsar sobre la viñeta para verla ampliada.


En general, los medios de comunicación occidentales recuperaron en estos conflictos, así como en las transiciones protagonizadas por otros estados de la zona, las mejores tradiciones del "periodismo balcánico" decimonónico. Como en los tiempos de los filohehelenos o de Januarius MacGahan, e incluso de los pintorescos reporteros de los años treinta del siglo XX, los Balcanes seguían siendo lo suficientemente exóticos manteniéndose más cercanos que nunca del centro de Europa. Por otra parte, a diferencia de otras muchas crisis contemporáneas, los conflictos balcánicos (sobre todo los yugoslavos) tenían una explicación en la que los reporteros podían explayarse: la Historia.






El periodista americano Januarius MacGahan (1844-1878) dio forma a un tipo de reportaje tremendista sobre los conflictos balcánicos, con gran capacidad de impacto político, que más de un siglo más tarde seguían calcando los enviados especiales a la zona con motivo de las guerras yugoslavas








Ese recurso no podía aplicarse a la desintegración de la URSS (debida genéricamente "al fracaso del comunismo") ni a las guerras o independencias que siguieron en su periferia. Hacía demasiados años que no tenían lugar conflictos en una Armenia, una Georgia, un Azerbayan o una Chechenia independientes. Además, ese era "aún" territorio ruso. La independencia de Ucrania era un fenómeno político con más proyección hacia el reordenamiento geoestratégico del siglo XXI que con raíces en un pasado reciente. Tampoco se utilizaba la historia para explicar los nuevos conflictos en el mundo árabe, entre otras cosas porque resultaba difícil resumir esa cultura o el contenido del universo musulmán. Lo mismo ocurría en Camboya y por supuesto en Somalia o Ruanda. En cambio, la historia servía para describir los procesos políticos en Rumania y Bulgaria, siempre que el reportaje se centrase en los problemas de unos y otros con los húngaros y los turcos o las supuestas tradiciones políticas de búlgaros y rumanos, huyendo del análisis de la estructura política y social, real y actual. Ni que decir tiene que en los conflictos en las repúblicas ex-yugoslavas eran el centro de tales recursos argumentales. Los odios eran eternos, el retorno del pasado resultaba evidente.

En realidad, tales argumentos eran útiles para vender el producto informativo a nivel de gran consumo de masas, pero no como razonamiento realmente convincente en una información de cierta calidad. El hecho de que los mismos balcánicos, impregnados de la propaganda de sus respectivos regímenes nacionalistas, recurrieran machaconamente a las tragedias remotas de su historia no era una excusa sostenible. Muy al contrario: era un síntoma que debería haber levantado sospechas sobre la autenticidad de los argumentos ofrecidos por las partes en conflicto. A comienzos de los años noventa, los sistemas comunistas se habían hundido y no existían ideologías alternativas. Por tanto, en toda Europa del Este se produjo un fenómeno característico de las sociedades en transición: el retorno al pasado. En medio de ello, los analistas de tendencias historicistas olvidaban aquellos datos de la historia que no encajaban en el esquema porque no eran precedentes de la actualidad, y el ejercicio resultaba muchas veces tan forzado como si en 1940 un periodista extranjero intentase explicar la guerra civil española con los recursos historiográficos que manejaba la propaganda franquista referidos a la Cruzada o los Reyes Católicos. El resultado solía ser esperpéntico, como cuando en diciembre de 1991 el semanario "Newsweek" advertía que el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Hans Dietrich Genscher, era el objetivo de un grupo de terroristas serbios. Nuevamente Gavrilo Princip, Sarajevo-1914 y la paz mundial en peligro.


Lord Byron como personaje de "The Invisibles", comic de culto (1994-2000) sobre guión de Grant Morrison








Pero, por supuesto, la máquina era imparable. Incluso algunos conocidos intelectuales occidentales que intentaron destacarse en la guerra de Bosnia resultaron aplastados por la mediocridad de la información de consumo. El Byron fallecido a causa de una neumonía luchando por su causa filohelena había sido reemplazado a fines del siglo XX por otro tipo de Byron, electrónico e inoxidable y carente de finura literaria. Los mitos que los intelectuales nacionalistas balcánicos del siglo pasado habían ido acuñando artesanalmente y que de igual forma fueron absorbidos por sus congéneres occidentales o por la prensa de masas, eran ahora producidos en serie, pulverizados y amasados industrialmente por los modernos medios de comunicación hasta generar un verdadero "lenguaje de madera". Cuando el medio televisivo comenzó a hablar rutinariamente de "Rusia, aliado natural de los serbios" no sólo se ignoraba el pasado, incluso el más cercano. En palabras de un avezado analista de la zona, la insistencia en esa idea era "una broma lamentable". Durante la mayor parte de la historia serbia, Rusia había conspirado contra ella y "todos los generales yugoslavos que lidian las guerras balcánicas fueron entrenados precisamente para oponerse a una invasión rusa". El mito de la "alianza natural" ignoraba la espectacular ruptura entre Moscú y Belgrado de 1948, sin ir más lejos. Pero también los datos de la actualidad: aunque habían existido estrechos contactos entre Moscú y Belgrado, durante las fases iniciales de las guerras de secesión los rusos habían vendido armas en Bosnia a los serbios, pero asimismo a los musulmanes y a los croatas. La cantidad destinada a los serbios era mucho mayor, entre otras razones porque resultaba más fácil hacerlas llegar a su zona y podían pagarlas mejor. Pero con los croatas los rusos se mostraron más generosos y les proveyeron de misiles estratégicos SA-10 "Grumble" en una de las más escandalosas violaciones del embargo de armas y de aparente traición moral a los aliados "naturales".















Durante las fases finales de las guerras de secesión yugoslavas, los rusos no mostraron ningún complejo a la hora de vender misiles antiaéreos estratégicos S-300 (también conocidos como SA-10) a los croatas, que para la prensa occidental eran "enemigos naturales" de los "aliados naturales" de Rusia, esto es, los serbios


En realidad, el argumento central que se fue imponiendo conforme se prolongaba la guerra en Bosnia, era el de la necesidad de implicar directamente a Occidente en los Balcanes, como única solución a sus crisis. La reacción no era nueva, al revés: ante una guerra civil las potencias de la época siempre se plantean si deben intervenir o no: desde la Guerra de Secesión norteamericana a la de Nigeria, pasando por la española, la mejicana, la rusa, las de China y tantas otras. Ya durante la revolución en Rumania, en 1989, se había producido un breve impulso en tal sentido cuando los medios de comunciación recogieron la especulación del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Roland Dumas, sobre la posibilidad de formar una brigada internacional de voluntarios para defender al nuevo régimen en el caso de una guerra civil contra los partidarios de Ceauşescu. Pero en Croacia primero y sobre todo en Bosnia-Hercegovina meses después, la presión se hizo obsesiva. Desde el campo de los medios de comunicación había varias causas para ello.

La primera surgía de la lógica del mensaje informativo desarrollado a partir de 1989 y ya explicada más arriba. Si con la derrota del comunismo sólo quedaba el Bien en el mundo, ¿cómo podía ocurrir un contrasentido como el de las guerras en la ex-Yugoslavia? Si esa aberración se toleraba es que el razonamiento original fallaba: en 1989 no había triunfado el Bien. Y eso resultaba, para muchos, profundamente desconcertante. En el fondo, éste tipo de argumentación fue la que posibilitó que incluso una proporción significativa de pacifistas se reconvirtieran en "belicistas bienintencionados" y recomendaran apasionadamente la intervención militar occidental en Bosnia. Eso recordaba otros momentos históricos pletóricos de peligroso chauvinismo europeo, como cuando en 1914 izquierdistas y pacifistas de las potencias continentales marcharon con la derecha en "uniones sagradas" para combatir en la Gran Guerra. Aquí también jugaba la tendencia egolátrica que venían experimentando los medios de comunicación desde 1989: aún podían seguir influyendo en los acontecimientos históricos como habían hecho en Berlín. Y de paso, adulaban los sentimiento eurocéntricos del espectador occidental. De hecho, el tono enfático empleado por muchos medios de comunicación difería muy poco del utilizado por la prensa del siglo XIX cuando clamaba por las intervenciones de las potencias en Grecia, en el Imperio otomano, en Bulgaria o, después, en Africa y Asia, para remediar los entuertos que entonces parecían amenazar a la sociedad occidental o afrentas que parecían intolerables para el orgullo europeo.

Durante las guerras de secesión yugoslavas, el "intervencionismo humanitario" era una postura supuestamente progresista, expresada muchas veces en términos de inapelable exigencia moral. Un buen ejemplo son algunas de las historietas recogidas en el libro de comics Como perros! de Max (seudónimo de Francesc Capdevila)







La segunda explicación de la presión intervencionista en los Balcanes surgía de la misma esencia de lo que son los medias: un negocio que vende noticias para lo cual se ha de saber explotar el mercado. Sólo por las cifras que se barajan, los medios de comunicación no son inocentes. En 1990, la economía de la información y la comunicación mundial representó una cifra de negocios global de 1.185 millones de dólares, es decir, más de un billón de dólares. De ellos, 500.000 correspondían a los EEUU, 264.000 a la Unión Europea, 253.000 al Japón y sólo 150.000 al resto del mundo. Por tanto, si un acontecimiento se convierte en un filón informativo hay que saber continuar con su explotación, en la que se invierten importantes cantidades. En ese contexto, las guerras en la ex-Yugoslavia se convirtieron en un producto de primera calidad. Pero la reiteración sobre una noticia determinada produce el efecto de sobreinformación: el espectador se satura. En consecuencia se replantea la rentabilidad de la información ofrecida, evitando cambiar o matizar los papeles previamente repartidos según los bandos en conflicto. En el caso de Bosnia, al cabo de un tiempo de mostrar imágenes estremecedoras, el paso siguiente fue apostar al alza por un "happy end" contundente. A esto contribuyó el "síndrome de la Guerra del Golfo": si la victoria contra la "cuarta potencia militar" del mundo, como se calificó exageradamente a Irak, se había logrado con un puñado de bajas propias, era inconcebible que no se intentara lo mismo con los anticuadas milicias serbias.

El tercer argumento intervencionista era menos confesable y éste sí que era un viejo mecanismo histórico superviviente. Como en el siglo XIX, pero ahora con mucha más experiencia y medios, los dirigentes políticos e intelectuales balcánicos habían demostrado una vez más su capacidad para implicar a las potencias occidentales en sus disputas. De la misma forma en que se hizo en varias ocasiones entre 1821 y 1914, desde los Balcanes se emborrachó a Europa occidental de historia. Basta leer el provocativo libro de un periodista tan agudo como Xavier Gautier, para asombrarse de la facilidad con la que serbios y croatas contagiaron sus delirios históricos a los estadistas y diplomáticos franceses y alemanes que en un momento dado terminaron por echarse a la cara sus respectivas experiencias anteriores a 1945. La pervivencia de este mecanismo no reflejaba tanto una innata capacidad de los balcánicos para la astucia y el engaño (inexistente, por otra parte) como la autosuficiencia occidental, que seguía representando a las sociedades balcánicas como en el siglo XIX. Dicho de otra manera, los Balcanes habían cambiado; lo que no había evolucionado era la percepción que se tenía de ellos y su historia desde Occidente.

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sábado, julio 21, 2007

Comics y guerras de secesión yugoslavas (2)





Periodistas norteamericanos buscando una exclusiva sonora en Pale, según Joe Sacco, que se autorretrata en el asiento trasero.










Para entender buena parte de los argumentos e incluso iconografías desplegas en los comics referidos a las guerras de secesión yugoslavas, es importante considerar cómo evolucionó la cobertura mediática de los principales conflictos y crisis políticas acaecidas antes, durante y tras la caída del Muro en 1989. El presente post y el que lo continuará están extraidos de la obra de Francisco Veiga, La trampa balcánica, Ed. Grijalbo, Barcelona, 2002 (2ª edición), pags. 419-433



2a - 1989-1995: evolución de la imágenes e iconografía bélicas en los medias. Primera parte

En 1968, la guerra del Vietnam dió un vuelco desfavorable para los norteamericanos cuando las tropas comunistas lanzaron la llamada ofensiva del Têt. Ante el ataque de las fuerzas del Vietcong contra la Embajada norteamericana en Saigón, Walter Cronkite, el respetado y distinguido reportero de la CBS News exclamó ante las cámaras: "¿Qué diablos está pasando? Pensaba que estábamos ganando la guerra?" Hoy se sabe que efectivamente, los norteamericanos estaban venciendo, que lograron rechazar con éxito las tropas comunistas y que desde el punto de vista estratégico la ofensiva del Têt fue un error del alto mando norvietnamita. Pero el impacto de la apreciación negativa que ofrecieron los medios de comunicación norteamericanos, en especial la televisión, hicieron bajar drásticamente la moral de los norteamericanos y prepararon la retirada de sus tropas del escenario bélico. Las célebres imágenes de la ejecución sumaria de un sospechoso llevada a cabo personalmente por el Jefe de la Policía sudvietnamita, tomadas por Eddie Adams en 1968, se convirtieron en bandera de los que consideraban un error la implicación norteamericana en aquella guerra en asociación con las autoridades de Vietnam del Sur, capaces de cometer aquellas atrocidades.


La célebre y trágica fotografía de Eddie Adams sobre la ejecución de un prisionero durante la Ofensiva del Tet, Saigón, 1968


La guerra del Vietnam fue la primera contienda televisada en directo, a lo que ayudaron los nuevos equipos de televisión portátiles que por entonces ya utilizaban los reporteros. Cualquier historiador que intente analizar ese conflicto deberá considerar el papel que tuvieron en él los medios de comunicación audiovisuales. El análisis de las crisis balcánicas de fines del siglo XX requiere el mismo esfuerzo o, como mínimo, no desdeñar el factor televisivo que desde comienzos de los años noventa estaba viviendo un enorme salto adelante tecnológico

La primera señal fueron los acontecimientos de Pekín, en la primavera de 1989. Después de un mes de ocupación multitudinaria de la Plaza de Tiananmen, el Ejército terminó brutalmente con la protesta el 4 de junio, causando numerosas víctimas. Sin embargo, a pesar de los cambios en la cúpula del Partido Comunista y de la represión ejercida por las autoridades, la televisión occidental siguió transmitiendo imágenes. El gobierno chino no podía impedirlo, porque bastaba con un pequeño equipo situado en una terraza para emitir sin necesidad de autorización política ni tan siquiera electricidad. Con sus nuevas capacidades tecnológicas la televisión había adquirido una autonomía total para transmitir en directo y al instante, con eso se convirtió en el medio dominante, tomó el poder.















Potente icono mediático: un estudiante chino detiene una columna de tanques en Pekin, durante los incidentes que rodearon el aplastamiento de la protesta en la Plaza Tiananmen, junio de 1989. Hubiera sido difícil distribuir una escena así desde un país comunsita si no hubiera existido el equipo portátil de transmisión vía satélite.

En pocos meses las cosas fueron rápidamente más allá. En diciembre cayó el Muro de Berlín y empezó la vertiginosa descomposición del bloque comunista. En ese acontecimiento trascendental, la televisión tuvo un papel determinante. A las 18,57 horas del 9 de noviembre de 1989 Günter Schabowski, miembro del buró político del Partido Comunista de la República Democrática Alemana (SED), y jefe del distrito de Berlín, mantenía una conferencia de prensa retransmitida en directo por televisión. Como por casualidad, informalmente, comentó que se habían dado órdenes a las autoridades para la concesión de visados de salida hacia la República Federal de Alemania. Esa especie de despreocupada confidencia ante las cámaras lanzó a la masa contra el Muro, y terminó desbordando a la policía fronteriza.

A continuación, la televisión fue protagonista de primera fila en la caída del Muro de Berlín. También tuvo un papel muy relevante en la "revolución de terciopelo" en Praga, y en la preparación del cambio de régimen en Bulgaria, a finales de octubre. El trepidante otoño del 1989 hizo concebir a los comunicólogos excitantes esperanzas sobre el nuevo papel de los "medias". La televisión vibraba de júbilo con su nuevo poder tecnológico aplicado a acontecimientos de enorme trascendencia. Ya no estaba al servicio de la aburrida guerra de trincheras ideológicas entre los dos bloques, con sus secuelas de acontecimientos previsibles. La guerra fría se estaba descongelando y allí estaban los periodistas con sus nuevas y espectaculares capacidades tecnologías bajo el brazo, no sólo para informar, sino incluso para intervenir en base a la ecuación: "Cámaras que circulan libremente igual a democracia total
".

















El Muro de Berlín, a la mañana siguiente de su caída, 10 de noviembe de 1989. Fue el momento álgido en la creencia de que los medios de comunicación podían liderar la "oleada democratizadora"


En diciembre, cayó Ceauşescu y los Balcanes entraron en escena. Circunstancias diversas hicieron que fuera la primera revolución rodada en directo, y con los estudios de televisión como objetivo central de la lucha. Las imprevisiones de la televisión dictatorial rumana, unidas a la decisiva participación de revolucionarios provistos de cámaras de vídeo domésticas dispuestos a filmarlo todo, acumularon horas de grabaciones. Luego llegaron los equipos de la televisión occidental, y por si faltaba algo, las nuevas autoridades incluso registraron el juicio contra el tirano. Todo aquello fue muy impactante, pero cuando terminaron los disparos, nadie había entendido nada. Los televidentes pudieron comprobar algo que sabe cualquier participante en una revolución: el testimonio en directo, por si mismo, no aclara nada. Dicho en términos de teoría de la comunicación, asistir como telespectador a lo que ocurre no implica necesariamente informarse. Algunos periodistas se tomaron muy mal la experiencia. Michel Castex, director del equipo de periodistas de la Agencia France-Presse encargados de cubrir la revolución rumana, escribió una obra titulada: Una mentira grande como el siglo. Tratando con vitriolo a los rumanos y su revolución, Castex redactó un centenar de páginas destinadas a exorcizar su propia frustración. Lo cierto es que durante mucho tiempo, la prensa francesa se refería al fenómeno rumano como "le dérápage des médias". La expresión era afortunada: la máquina informativa había ido demasiado deprisa y al tomar la curva de la revolución rumana, había derrapado.

Las crisis políticas que siguieron no aclararon nada sobre la nueva lógica del país. Tampoco las noticias que llegaban sobre los disturbios del Cáucaso aportaban mucho alivio. La lucha por la independencia de los nacionalismos bálticos era todavía bastante incierta, y demasiado progresiva. Pero en agosto comenzó la crisis de Kuwait, y un nuevo horizonte se abrió ante las cadenas informativas. Guerra en el desierto, la sombra de un choque petrolífero, el equilibrio ecológico del mundo en peligro, las armas químico-bacteriológicas, la amenaza de un nuevo Vietnam para los norteamericanos. Y todo en directo, con la mejor tecnología informativa disponible. Eso era muy prometedor, pero más todavía las posibilidades maniqueas que presentaba el tema: buenos contra malos; el tirano Saddam contra Occidente, cristianismo contra Islam, sofisticado armamento occidental contra soviético.















Restos de un carro de combate iraquí ante pozos de petróleo ardiendo, Kuwait, febrero de 1991. Esta escena fue reiteradamente fotografiada desde diversas perspectivas. La Guerra del Golfo fue un conflicto que defraudó en su rentabilidad mediática


Todas las esperanzas se hundieron a partir del 17 de enero de 1991, cuando comenzó la Operación Tormenta del Desierto. La censura militar hizo imposible volver a obtener los "directos" de Vietnam. Más de un informador, seco de imágenes, recurrió al truco. Eso se había hecho en todas las guerras desde que existen medios gráficos, y se siguió haciendo en Yugoslavia. Pero en 1991 esas prácticas eran un desdoro intolerable en un contexto informativo que se jactaba de poder transmitir cualquier acontecimiento al segundo, sin trampa ni cartón. Además, no toda la culpa era de la censura militar. En clave de espectáculo las características de la contienda no daban mucho de sí ¿Cómo puede un reportero filmar un arma inteligente en acción? La única posibilidad era aceptar lo que ofrecían los mismos militares, pero pronto esto resultó bien monótono. Y la guerra en el desierto tampoco tenía un buen formato televisivo: enormes espacios en los que se dispersaban hombres y material. Ni siquiera lo que se permitía grabar era demasiado vistoso: un cañón aquí, un tanque allá, una lejana explosión. Nada que diera una justa imagen del gigantismo de la acción. Muchas filmaciones de la Primera Guerra Mundial, en rancio blanco y negro, superaban en espectacularidad a lo recogido en la Guerra del Golfo.

Algún que otro corresponsal radiofónico y televisivo logró transmitir emociones en directo, presentando sus experiencias personales. Lo mismo ocurrió con unos pocos reporteros de prensa escrita quienes, añadiendo a veces una cierta imaginación, intentaron llenar los huecos del fallido espectáculo. Pero en líneas generales, la información "colgó" de unas cámaras televisivas que fueron relegadas del centro de la acción. La frustración que produjo esta contienda entre los medios informativos, aún se palpa de vez en cuando en los espacios de opinión de los periódicos y en interminables análisis que han intentado poner de relieve la existencia de una conspiración mediática supuestamente orquestada por los norteamericanos. Incluso un comentarista filosófico como Baudrillard intentó una sarcástica teorización argumentando que "la Guerra del Golfo no tuvo lugar". Tales obsesiones de los medios de comunicación se pusieron en evidencia de manera esperpéntica en la masiva cobertura audiovisual del desembarco militar norteamericanas en Somalia, en diciembre de 1992.













SEALs norteamericanos desembarcan en Somalia, diciembre de 1992 (Operación "Restore Hope"). Los medios de comunicación occidentales se adelantaron a los soldados y los esperaron tranquilamente en las playas, filmando en directo la operación con focos y flashes

Con todo, la guerra del Golfo contribuyó decisivamente a hacer triunfar un argumento peligroso por lo que tenía de falaz. La idea era la siguiente: el final de la guerra fría había supuesto el triunfo del Bien absoluto sobre el Mal absoluto. Por tanto, de ahora en adelante habría de reinar un nuevo orden internacional que sería expresión de esa victoria. Antes de la Guerra del Golfo muchos intelectuales y pacifistas protestaron contra el recurso a la violencia para solucionar la crisis de Kuwait. La guerra, con sus fulgurantes resultados, acalló todas las protestas. Había triunfado el Bien, lo cual era la demostración aplastante de la bondad inherente al nuevo sistema. En realidad, esa manera de enfocar las cosas provenía de los mecanismos maniqueos que imponen los medios de comunicación audiovisuales. Las noticias deben ser breves, los acontecimientos tienen que ser fáciles de explicar, todo ha de estar meridianamente claro. Luego, cualquier conflicto es una lucha de buenos contra malos. Pronto se vería qué impresionante proporción de intelectuales contestatarios occidentales fueron convertidos a esa lógica por la fuerza de los medios de comunicación. La realidad era, sin embargo, muy otra. En los EEUU, la victoria en el Golfo había sido demasiado fulgurante para terminar con los fantasmas de Vietnam.

Sin embargo, una nueva contienda llegó sin esperar. En junio de ese mismo 1991, estallaron las hostilidades en Yugoslavia, y durante unos meses, imágenes cada vez más estremecedoras fueron llenando las pantallas de los televisores, a la vez que ocupaban columnas de emocionados artículos en los periódicos. Era una guerra de gran impacto. Transcurría en Europa, en un escenario de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, era posible presentarla como una batalla no terminada de ese conflicto: los viejos odios habían renacido como si tal cosa. Por otra parte, calmaba un poco el "morbo" de una Tercera Guerra Mundial que no se había producido, pero que muchos habían pronosticado que podía comenzar justamente ahí, en Yugoslavia. Hasta que comenzaron las hostilidades en Bosnia la guerra se presentó en muchas ocasiones como una lucha entre "serbios comunistas" y "croatas demócratas". Incluso mucho después, Plantu, el popular caricaturista del diario "Le Monde", siguió representando a los milicianos serbios con una estrella roja en la gorra.



















Viñeta de Plantu, publicada en "Le Monde" el 6 de febrero de 1994. Como se puede observar, representa a unos soldados del Ejército de la República Srpska uniformados con un gorro similar al del Ejército Federal yugoslavo (la denominada "Titovska kapa") y la pertinente estrella roja. En realidad, la uniformidad del Ejército serbosonio huía de tales símbolos comunistas como de la peste, utilizando el escudo nacional serbio.


La guerra poseía además un excelente formato televisivo: escenarios naturales abarcables por una cámara, viejas ciudades europeas arrasadas, grupos pequeños de combatientes con uniformes abigarrados, potencialidad bélica limitada, atrocidades en directo, notable libertad informativa. Nada de ello coartaba la perpetuación a gran escala del reportaje "naturalista" ya utilizado en la Guerra del Golfo, plagado de anécdotas, descripciones de ambiente y aventuras gloriosas de los reporteros, que no aclaraban gran cosa sobre el marco general.

Así fue como semana tras semana, se emitió desde los medios de comunicación un interminable parte de guerra en el que se excluían otras noticias de interés para entender los motivos de la lucha. Hubo muy poco análisis de la vida cotidiana en la retaguardia, de las relaciones entre Croacia y Eslovenia, de las opiniones esgrimidas por los partidos políticos, de la marcha de la economía, del punto de vista de los intelectuales, de la vida en retaguardia. La tendencia a la simplificación se acentuó aún más por la abierta elección de un bando que hizo la prensa occidental. El maniqueísmo de la Guerra del Golfo se trasladó a Yugoslavia, y en este caso, croatas y eslovenos fueron los beneficiarios. Fue una elección fácil, muy ayudada por el hecho de que los serbios demostraron una actitud despechada. Como contraste, Zagreb organizó un exquisito sistema de facilidades informativas y relaciones públicas: automóviles con guías y escolta, terminales informáticos o resúmenes de prensa eran puestos a la disposición de los periodistas extranjeros. Incluso manufacturaron cigarrillos marca "Reporter" como regalo para los informadores extranjeros.
















Una mariposa se posa sobre la ceja de un pintoresco soldado serbio de Bosnia, que también exhibe un piercing y corte de pelo a la moda. Konjić, agosto de 1992; fotografía de Kamenko Pajić. Las guerras de secesión yugoslava poseían un formato mediático muy rico, que fue exprimido concienzudamente por los periodistas, generando una extensa iconografía, con gran impacto entre el público


De hecho, la propaganda serbia denunció escandalizada que los croatas habían contratado una agencia de relaciones públicas norteamericana, Ruder Finn Global Public Affairs, de Washington, para modificar la imagen del conflicto, dato que las obras anti-serbias no mencionan; los proserbios, por contra, callaban que Belgrado había recurrido a la agencia británica Saatchi & Saatchi, sin obtener resultados positivos. En realidad, no era la primera contienda en que un bando recurría a tales operaciones de imagen. Durante la guerra civil de Nigeria, entre 1967 y 1970, el bando biafreño recurrió a la agencia Markpress de Ginebra para que les organizase las campañas de propaganda. Al principio se jugó la carta religiosa: los biafreños eran cristianos víctimas de los musulmanes. Pero el hecho de que entre esos atacantes hubiera también muchos cristianos, obligó a cambiar de táctica, y Markpress se centró en la imagen del "genocidio por inanición", lo que provocó una importante respuesta humanitaria a favor de los biafreños. Años después, durante la Guerra del Golfo, los kuwaitíes en el exilio contrataron a la agencia Hill and Knowlton. En este caso, la utilización de una adolescente kuwaití de quince años para comparecer ante el Congreso norteamericano como testigo de las brutalidades iraquíes terminó mal cuando se descubrió que en realidad era la hija del embajador de Kuwait ante la ONU, y que no había estado en su país desde hacía varios años. Este tipo de ejemplos terminaron por devenir clásicos en las facultades de periodismo. En la guerra de Croacia, la labor de Ruder Finn se centró en difundir informaciones exclusivas a favor de sus clientes y en organizar algunas campañas de imagen. La eficacia de esta labor se completó con el hecho de que buena parte de la información recibida en Occidente pasó a través de Viena y Budapest, capitales abiertamente favorables a los croatas. Los errores políticos de los serbios y la brutalidad de las milicias y el Ejército federal hicieron lo demás. Los bombardeos de Dubrovnik y Vukovar eran acciones de una fuerza desmesurada que hablaban por sí mismos, convenientemente reforzados por propaganda croata, que los explotó todo lo que pudo en un sentido victimista.

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