"Académico Kadírov": caricatura en clave expresionista sobre el actual presidente de Chechenia y sus grotescas pretensiones
Una vez más, como en Las benévolas o en Lo seco y lo húmedo, Littell debe sobrellevar en Chechenia, año III, ese problema de mantenerse a la altura de la imagen de enfant terrible que él mismo cultiva, incluso con cariño, desde las mismas fotos de contraportada. Por lo tanto, el libro resulta un tanto desconcertante; pero no por lo que dice, sino por cómo está estructurada la narración y por lo que parecen sentimientos encontrados del autor, quizás un tanto innecesarios si el libro fuera más académico, o prescindiera de un barniz de compromiso que a veces parece que incluso le molesta al mismo Littell.
Pero debe quedar claro que Chechenia, año III es un gran libro, por lo que, desde estas líneas se recomienda encarecidamente su lectura. Algo que, además, resulta fácil y agradable, porque la obra está escrita con agilidad y sólo abarca 118 páginas con letra en cuerpo generoso. Eso tiene mucho mérito: no es fácil acumular el ingente material que obtiene Littell, entre viajes, entrevistas, estudio y recuerdos, y dejarlo todo bien apañadito en un centenar de páginas.
La clave de la estructura del libro nos la ofrece el mismo Littell en las páginas de la cortísima introducción: escribió una primera versión del reportaje “con un enfoque optimista en términos generales”. Pero el posterior asesinato de la cooperante de Memorial, Natalia Estemirova, y otros sucesos similares que siguieron a continuación, le hicieron replanteárselo. Lo que ocurre es que parece como si los cambios se concentraran en los primeros capítulos del libro, y el resto apenas hubiera sufrido retoques; a excepción del corto y precipitado final onírico: artificioso y bastante tópico. Por lo tanto, Chechenia, año III, despliega una estructura como en flash back, con un arranque negro que desemboca en un final cada vez más positivo, si se puede decir así. La apoteosis está en la página 114, cuando leemos la siguiente especie de conclusión:
“La mayoría de los chechenos opina claramente que han ganado la guerra. Mi amigo Vaja exclamó durante una de nuestras conversaciones: ‘¿Qué ha sacado Rusia de todo esto? Rusia ha perdido. De hecho, somos independientes. Ramzán [Kadírov] no dejará nunca de proclamar que es leal a Rusia, pero aquí es el amo. La ley rusa no se aplica aquí. Los rusos no podrán nunca volver a vivir en Grozni’. Omar Janbiev, Kurúyev, el otro Omar, dicen lo mismo, o casi”
En efecto, dentro de las fronteras de Chechenia la muy escasa actividad guerrillera es de signo básicamente yihadista, fundamentalista islámica, y se limita a operar por la zona de la frontera ingushia, cerca de los pueblos de Bamut y Stari-Achjoi; eso es todo. Y es que Kadírov ha logrado que los comandantes de la antigua guerrilla nacionalista regresaran del exilio; muchos de ellos tienen cargos en la nueva República. “Todo cuanto queríamos entonces ya lo tenemos” –le confía un ex comandante guerrillero a Littell tras regresar desde Londres a Grozni.
Bien mirado, eso no deja en muy bien lugar a los cuadros de la antigua guerrilla., que en sus inicios era de signo nacionalista. Porque es evidente que ahora hay miedo hacia Kadírov, el cual es un personaje atroz que gobierna como un corrupto y poderoso señor feudal. Pero parece que de momento pueden más las conveniencias. Y entre ellas se encuentran la instauración de la sharia en la nueva Chechenia, lo que incluye la poligamia e instituciones como el centro médico islámico de Grozni, “donde se tratan las enfermedades orgánicas a base de sangrías y métodos tradicionales y las enfermedades mentales a base de exorcismos terriblemente espectaculares”. O la Mezquita Mayor de la capital, copia de la Mezquita Azul de Estambul, toda de mármol, y decorada a mano por artesanos turcos.
Por lo tanto, un interesante reportaje, por inquietante; que es lo que deseaba Littell cuando lo publicó. Y digno de leerse, precisamente por esa ambivalencia de fondo. Lo que quiere decir que las apresuradas reseñas comerciales que nos presentan la obra como el fresco de una Chechenia aterrorizada por las desaparaciones, torturas y asesinatos sistemáticos de un régimen marioneta de Moscú, están simplificando el asunto. Todo es un enorme claroscuro, menos las víctimas de Memorial, que intentan aportar alguna luz.
Littell deja bien claro en varias ocasiones que los rusos hacen ya bien poco en Chechenia: Kadírov tiene incluso el control de los servicios de inteligencia, incluyendo la ORB-2 (pags. 100-101). En la república norcaucásica, los enfrentamientos que se producen de vez en cuando enfrentan al régimen de Kadirov, contra los restos de la guerrilla yihadista, que justamente por su debilidad allí, ha cobrado fuerza en las repúblicas y territorios vecinos. Régimen apoyado por esa importante base política de antiguos líderes chechenos que combatieron en las dos guerras de independencia, y que al parecer, tienden a considerar que Masjádov era un hombre demasiado débil.
Régimen que tiene unas relaciones bastante más ambivalentes con Moscú de lo que suele decirse, algo que Littell reitera en varias momentos del libro, con diversos ejemplos: quizá los rusos, a través del FSB, apoyan al yihadista Dokku Umarov para contrarrestar el peso específico de Kadírov (pag. 100); "Kadírov es un arma de doble filo para los rusos" por su ejército privado de 20.000 hombres y los recursos con que cuenta, que Moscú puede controlar escasamente (pag. 113); Kadírov tiene planes estratégicos y los rusos no (pag. 115); "Moscú no tiene más opción que creer en Ramzan [Kadírvo]. Y él lo sabe perfectamente" (pag. 117).
Y en medio de todo, los planteamientos posibilistas, algo de lo cual habla uno de los periodistas que mejor conocen los conflictos en Cáucaso Norte, Andrei Babitski: "Ahora, por lo menos, la gente ya no muere en masa. Puede criar a sus hijos y pensar en el futuro"; o eso es lo que le dijo a Littell y éste plasmó en su libro (pag. 116). Leer puntualmente la célebre web de Babitski, Prague Watchdog, da en qué pensar. Todo es bastante ambivalente, todo es más gris que blanco y negro: Jonathan Little acertó en el tono para el polémico conflicto que trata en su libro. No apto para ingenuos.
"Amirs Caucasus", 2009: comandantes de la guerrilla del emirato del Cáucaso Norte. Moscú permitió a Kadírov enviar sus hombres a luchar en Ingushetia contra este tipo de guerrillas que, ocasionalmente, también operan en Chechenia
El marco y los límites de un desencuentro [The framework and limits of a mismatch]
Es imposible seguir ignorando por más tiempo el acercamiento entre Moscú y Ankara, con la complicidad de terceros
El artículo de José Ignacio Torreblanca referido al distanciamiento entre Bruselas y Ankara no está mal, simpático y resultón, ja. Pero peca de tres serias limitaciones: a) Olvida la dimensión internacional de Turquía en la actualidad, que incluye un claro acercamiento a Rusia (además de hacia los países árabes e Irán, como no se cansa de remachar nuestra derecha). b) Deja de lado, asimismo, que el fracaso en la integración de Turquía en la UE sería un verdadero crack para la imagen internacional de la UE, en la actual coyuntura de potencias emergentes del siglo XXI; c) Que hay un cansancio claro entre los socios comunitarios ante las políticas hegemonistas de París y Berlín
Torreblanca´s last article focused on the growing distance between Brussels and Ankara is fairly good, even a little bit clownish. But he forgets to consider three issues: a) The international dimension of Turkey today, including a clear approach to Russia (in addition to Arab countries and Iran, something which emphasizes Spanish political Right parties and media b) Leaves aside also that the failure to integrate Turkey into the EU would be a real crack for the international image of the EU in the current period of XXI century emerging powers, c) There is a clear fatigue among community partners towards hegemonic politics of Paris and Berlin
Batería de S-400 en estado de revista. Aparte de la eficiacia de los proyectiles en sí, los sistemas de radar y guiado descollan por su precisión
Aunque resulta cada vez más evidente que la calidad de "El País" deriva en proporción inversa a las subidas de precios del periódico, todavía se pueden leer buenos reportajes, como los de Ángeles Espinosa sobre la crisis en Asia Central; u opiniones razonables sobre los conflictos en esa zona, como las de Miguel Ángel Aguilar o Lluís Bassets; a ello se añaden las magistrales opiniones de "El Roto" hechas caricatura.
Otra cosa son las ocasionales piezas de Carlos Mendo, que parecen obedecer a esa extraña filosofía del periódico madrileño según la cual siempre ha de estar presente en sus páginas la pluma de algún reaccionario. Sin embargo, el problema de Mendo no es que el lector habitual sospeche que su presencia sería más adecuada en un periódico francamente de derechas; al fin y al cabo, sin llegar a los extremos de Hermann Tertsch en su incomprensible larga carrera en "El País", no está mal que podamos leer las opiniones de lo que a veces parece un partidario tardío de McCain. La cosa es que el veterano periodista y ex responsable de Internacional del rotativo de PRISA, parece suponer que los lectores somos un poco tontos.
Por ejemplo: es de esos que cada cierto tiempo opinan que "Occidente se juega mucho" aquí y allá. Hace unos pocos años, Occidente se jugaba mucho en Kosovo. Ahora la pasa lo mismo en Afganistán, lo cual induce a sospechar que Mendo es de los que confunden Occidente con la OTAN y los jaleos en los que se mete esa organización en los últimos años, para dejar fuera de juego a la ONU. En realidad, el hecho de que Mendo fuera en su día un firme partidario de la intervención en Irak, alcara bastante sobre algunas de sus opiniones actuales.
Veamos los argumentos que utiliza. El 18 de septiembre de este mismo año escribía que la retirada de Afganistán no es una opción:
"Las opiniones públicas suelen tener la memoria flaca cuando se trata de apoyar conflictos letales en países lejanos, que causan bajas propias, sobre todo cuando sus Gobiernos no explican con la suficiente claridad las razones de esos conflictos. Pero, los atentados de Kenia y Tanzania, Nueva York, Madrid, Londres y Bali, por citar sólo los más atroces, deberían constituir en sí mismos un recordatorio trágico del peligro que correrían nuestras ciudades si Al Qaeda volviera a contar con una base de operaciones permanente en Afganistán al amparo de un nuevo Gobierno talibán"
Caricatura de El Roto publicada en "El País", 22 de septiembre, 2009
Carlos Mendo se refiere a las "memorias flacas" de aquellos que propugnan cualquier cosa que se aprezca a una retirada de Afganistán, pero el que anda mal de memoria es él, precisamente. Porque los atentados de Madrid, Londes y Bali tuvieron lugar cuando Afganistán ya había sido invadido, el gobierno talibán destruido y el estado mayor de Al Qaeda expulsado del remoto país centro asiático. Vuelvo a preguntarlo de manera más específica: ¿Evitó la presencia internacional (y española) en Afganistán, desde hacía ya casi tres años, el atentado del 11-M en Madrid, 2004?¿La respuesta a esa pregunta es todavbía más contundente en el caso de los aentados de Londres en 2005, teniendo en cuenta que Gran Bretaña ers y es un páis militarmente muy comprometido en Afganistán.
Ya ha pasado el tiempo de argumentos tan manidos, tautologías y mantras. Vayamos a asuntos más actuales.
Hace pocos días, Carlos Mendo volvía a la carga con otro párrafo memorable: "[Obama] Ha humillado a Europa del Este con la retirada con nocturnidad del escudo antimisiles en la República Checa y Polonia para que su secretaria de Estado, Hillary Clinton, escuchase el martes de su colega ruso, Sergei Lavrov, que las sanciones a Irán serían "contraproducentes".
En una sola, aunque larga frase, encontramos bien retratada la contradicción básica de todo ese asunto: Polonia y Chequia están muy enfadas porque Obama les ha retirado un escudo antimisiles que debía defenderles de un ataque procedente desde Irán. ¿Pero hay alguien que se crea esta bobada? Si Varsovia y Praga están encabronadas es porque sabían que el dichoso escudo iba dirigido contra los rusos; ergo, estos tenían razón en sentirse molestos. Y por si faltara algo, para Mendo los rusos tienen la clave de la tensión con Irán. O sea que muerto el perro, se acabó la rabia. Si pudiéramos doblegar a Rusia, se terminaría el problema de los iraníes.
Pues bien: vamos a darle la vuelta al tema. incoporamos a Turquía, reecuperamos una reciente historia de venta de misiles rusos, comparamos tablas cronológicas, y sale el análisis posteado acontinuación, publicado el día 6 de este mismo mes en "El Periódico".
"El Periódico", 6/10/2009
JUGADA DIPLOMÁTICA DE GRAN CALADO EN EL CÁUCASO Y ASIA CENTRAL
¿Una entente entre Rusia y Turquía? • El abandono por Obama del escudo antimisiles podría ser una reedición de la crisis de Cuba de 1962 a la inversa
FRANCISCO Veiga* Desde los años centrales del siglo XIX se desarrolló en Asia Central el denominado Gran Juego entre rusos y británicos, cuando sus mutuos impulsos imperialistas chocaron en torno a Afganistán. Menos de dos siglos más tarde, Afganistán y Asia Central siguen trayendo de cabeza a rusos y occidentales.
De nuevo, la lucha es muy enconada en la zona y se ha complicado por la concurrencia de protagonistas que a lo largo del siglo XIX no tenía la fuerza de nuestros días: potencias islamistas, como Irán o Arabia Saudí; potencias nucleares, como Pakistán o India; grandes superpotencias, como China.
En cualquier caso, no todo es guerra, también se producen audaces jugadas diplomáticas en toda esa zona, desde Turquía a los confines de Asia Central, pasando por el Cáucaso. Precisamente, estos días hemos asistido a una, y de gran calado, sin que la prensa occidental haya reaccionado ante lo sucedido.
El capítulo visible de la historia ha sido la reciente decisión del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de renunciar al escudo antimisiles a instalar en Polonia y la República Checa. Ese proyecto había sido impulsado por el presidente George Bush con la idea de proteger a Europa y los propios Estados Unidos de un presunto ataque balístico de los países del eje del mal, esto es, Irán y Corea del Norte. La idea recordaba mucho a la guerra de las galaxias impulsada en los años 80 por el también republicano presidente Ronald Reagan. Aquello había sido un bluff, hoy admitido por los historiadores. Y el escudo antimisiles de Europa oriental volvía a tener mucho de eso, dado que hubiera requerido enormes inversiones para poner a punto un dispositivo susceptible de ser burlado con relativa facilidad por el enemigo. De otra parte, el entusiasmo de los polacos y checos por el proyecto dejaba muy en evidencia que, de hecho, estaba más enfocado hacia Rusia que contra unos coreanos e iranís que a Varsovia o Praga dejaban indiferentes. Dicho de otra manera: el escudo antimisiles estaba más pensado para tensar las relaciones con Rusia y enfrentar a esa potencia con Europa, en una suerte de nueva guerra fría impulsada por la presidencia de Bush, que para un objetivo militar concreto y real.
Ahora, Obama ofrece un sistema alternativo de defensa ante la supuesta amenaza iraní basado en el una nueva generación de misiles antimisiles (ABM) a desplegar en el mar y en países cercanos a Irán. Entre ellos está Turquía.
Precisamente ahora, el Gobierno turco acaba de convocar una licitación para renovar su sistema de defensa antiaérea que los norteamericanos esperan ganar, de una vez por todas, con sus misiles Patriot de última generación.
Lo que no se cuenta es que ese concurso ya se planteó hace un par de años por estas fechas, en plena ofensiva diplomática de Bush, cuando arrancaba el proyecto del escudo de misiles en Europa oriental. Por entones, los rusos desbancaron a los competidores norteamericanos al ofrecer lo mejor de su arsenal: los misiles antiaéreos S-400 Tryumph, considerados por entonces los más eficaces del mundo.
La iniciativa tomó por sorpresa a los observadores occidentales y la misma plana mayor del Ejército turco acabó muy dividida ante la jugosa oferta rusa. Washington protestó recordando que, al ser Turquía un miembro de la OTAN, no debería utilizar sistemas de armas estratégicas rusas (olvidando el caso de Grecia, por cierto).
La maniobra rusa ante Turquía hablaba muy a las claras. Si los norteamericanos colocaban sistemas defensivos ante sus puertas, en países exaliados, ellos podrían hacer lo mismo con Turquía, país que hubiera sido la opción más lógica para detener una arremetida iraní.
Podemos imaginar las presiones que Washington ejerció por entonces sobre Turquía. Pero también parece evidente que ese país sacó beneficios de su actitud.
Posiblemente, la presencia de Obama en Estambul el pasado mes de abril, abogando por la candidatura turca a la UE, tuvo que ver con el deseo de conjurar las tentaciones rusas. Estas, mientras tanto, se habían materializado, de nuevo, en la venta de helicópteros de ataque MI-28 para combatir al PKK en Irak, en detrimento de los Cobra norteamericanos, cuya venta retrasaba Washington so pretexto de problemas legales debidos al traspaso de tecnología punta a los turcos.
En conjunto, en el periodo de pocos meses hemos asistido a un nuevo capítulo de lo que parece una entente ruso-turca, sobre la cual apenas informa la prensa occidental.
Ese acercamiento está provocando unas ondas subterráneas de gran alcance, que además traen recuerdos del pasado. En 1962, durante la crisis entre la Unión Soviética y Estados Unidos, Nikita Jruschov renunció a suspender el envío de misiles nucleares a Cuba a cambio de que los norteamericanos retiraran los suyos estacionados en Turquía. Si la oferta de los S-400 a Turquía influyó en la decisión de Obama con respecto al escudo antimisiles en la Europa oriental, ¿hemos vivido una reedición de ese acontecimiento, sólo que a la inversa?
*Profesor de Historia Contemporánea (UAB) y autor de El desequilibrio como orden (2009)
La reconciliación turco-armenia (2): Bruselas tiene un problema
En Los Ángeles, una furgoneta de la comunidad armenia denuncia el acuerdo turco-armenio sobre los rostros de los presidentes de ambos países
El miércoles de esta misma semana concluyeron las jornadas a puerta cerrada, en el CIDOB, tituladas: “A European South Caucasus? EU soft power and challenges to democracy, peace and development in the South Caucasus”. La organización corrió a cargo de la mencionada fundación junto con la Friedrich Ebert Stiftung y la European Stability Initiative (ESI). En la convocatoria se nos indicaba que deberíamos atenernos a las reglas de Chatham House, lo cual tiene un punto pretencioso: ¿por qué no se elaboran unas reglas CIDOB más adecuadas al formato y entidad de las jornadas como las organizadas? En cualquier caso, me ceñiré en la medida de lo posible a las condiciones, como si estuviéramos en Reino Unido, aunque no sea así: pueden encontrar el programa del evento en la página de la fundación.
La plantilla de invitados resultó muy correcta, lo cual suele ser habitual en las jornadas de CIDOB-ESI. Por lo demás, se notó una vez más la veteranía de la fundación barcelonesa, asociada al punto germánico que aporta ESI. La asistencia de invitados quedó bastante recortada con respecto a lo prometido en el programa, aunque es seguro que los organizadores no fueron responsables de ese fallo. En cambio, sí que se notó la ausencia de representación rusa, que corrió a cargo de un único ponente. La presencia turca fue igualmente anémica –algo menos comprensible. Y, desde luego, no se invitó a ningún iraní; y lo cierto es que Teherán siempre ha tenido mucho que decir en el Cáucaso. Personalmente, hubiera añadido algún invitado kurdo; y, aunque más difícil de conseguir, alguien que representara al Cáucaso Norte.
Segunda carencia, y ésta de mayor calado: faltó una visión de conjunto. En su lugar, se cayó en aquella práctica que resultaba habitual durante las crisis balcánicas: la parcelación. Los georgianos explicaron su guerra; los armenios de la república, su reconciliación con los turcos; los azeríes, y otra vez los armenios, la negociación sobre Nagorno-Karabaj. Previamente, tres intervenciones dedicadas a los actores mayores: una por Rusia, otra por Turquía, y la tercera por la UE. Y ni media palabra dedicada a los padres de la criatura: gaseoductos y oleoductos.
Por lo tanto, el Cáucaso apareció ante los asistentes como un rompecabezas tan artificialmente fragmentado como es habitual, con la pertinente explicación de base étnica, las declaraciones oficiales no demasiado retocadas, y mucho circunloquio. No se llegó a aquellos seminarios maratónicos de antaño, a base de jeremiadas balcánicas, con la obligada catarsis del público; pero la conclusión final de las jornadas quedó a cargo de los asistentes. Y la verdad es que vistas las cosas con una mínima perspectiva temporal, pedían una explicación a gritos.
Vean si no: hace dos años justos, la situación en el Cáucaso meridional parecía totalmente congelada. En Occidente no despertaba la menor atención. Ankara ya estaba manteniendo contactos bajo cuerda con unos y con otros, y especialmente con Yerevan, pero muy poco se sabía de eso. Los tejemenejes bajo cuerda salieron a la luz en febrero de 2008, así como la muy clara la disposición del nuevo presidente armenio a a establecer relaciones con la vecina Turquía 'sin condiciones previas'. En agosto, la guerra ruso-georgiana. En octubre, los presidentes Gül y Sarkisian se reunían en la capital armenia con motivo del partido que enfrentó a sus selecciones nacionales para el Mundial de Fútbol 2010. Y desde entonces, las cosas avanzaron a gran velocidad. A día de hoy, todo va sobre ruedas: la apertura de la frontera turco-armenia es inminente, el conflicto de Nagorno-Karabaj entre armenios y azeríes (hasta hace poco aun asunto intocable para aquellos) parece en vías de solución; y hasta el el debate sobre el genocidio armenio ha periodo dramatismo en Turquía. Buen rollito por doquier, donde antes sólo imperaba el desencuentro; y todo ello en un tiempo récord.
¿Todos estos acontecimientos no tienen un hilo conductor, no están relacionados entre sí? Cuesta mucho de creer. Piense el lector que hablamos de conflictos de esos que políticos, periodistas e historiadores nos pintan como aparente y eternamente irresolubles, tan “característicos” de zonas como los Balcanes y el Cáucaso. Pues caramba con los conflictos eternos. ¿Quién descolgó el teléfono y marcó el número?¿Quien se puso al otro lado de la línea?¿Cuánto costó ésto y lo otro?
Mientras tanto, no hay manera de que nuestra prensa le dedique una línea a la pinza ruso-turca. Moscú y Ankara están repartiéndose el Cáucaso meridional en áreas de influencia, eso ya es muy evidente a estas alturas. Sin tal acuerdo, nunca se hubiera podido solucionar el contencioso armenio-azerí, que en su día costó tanta sangre. ¿Y qué decir de la guerra entre rusos y georgianos, que todo el mundo se veía venir, a excepción de la nube de asesores occidentales que le bailaban el agua al presidente Mijeil Saakhasvili? (por cierto: en “El País” siguen llamándole “Mijail”, a la rusa).
Seguramente, Washington anda detrás de Ankara, pero no así Bruselas. De hecho, en las jornadas del CIDOB-ESI llegaron claramente los ecos del despiste comunitario. La pregunta retórica de la convocatoria habla por sí misma. De momento, la única baza política de la UE, al menos en relación a su consistencia, es la denominada Asociación Oriental (en el programa del CIDOB le denominan “Partenariado”, pero ese término no figura en el DRAE). El proyecto se puso en marcha durante el pasado mes de mayo, en la cumbre de Praga, y estaba destinado a estrechar lazos entre la Unión Europea y una serie de repúblicas ex soviéticas: las muy cercanas Bielorrusia, Ucrania y Moldavia, junto con las tres del Cáucaso meridional: Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Ángela Merkel puso especial empeño en la iniciativa, ante el desinterés de Sarkozy, Berlusconi y Zapatero, centrados en llevar a cabo un proyecto similar, más difuso, en el Mediterráneo. Pero la Asociación Oriental dejaba entender que ahí existía una cierta promesa implícita de integración, aunque fuera a largo plazo. Lo ideal sería que el proyecto restara protagonismo a las tendencias expansionistas de la OTAN en esa zona, lo que debería contribuir a unas relaciones más estables entre Rusia y la UE.
Sin embargo, la situación en la zona evoluciona con rapidez y el "soft power" de la UE poco tendría que hacer frente a una Turquía y una Rusia hostiles a cualquier promesa de integración al Cáucaso. O sea, que si seguimos así, pronto habrá que pedir permiso a Turquía y Rusia para seguir adelante con la Asociación Oriental. Mal asunto, por tanto, para los proyectos de tendido de ductos desde Asia Central.
Pero hay de por medio una última cuestión que tampoco salió a relucir durante las jornadas CIDOB-ESI. Cuando hablamos de política exterior europea se deben entender dos cosas diferentes. De un lado, las iniciativas consensuadas por la UE; del otro, la política exterior propia de cada uno de los países miembros, que a veces coincide con lo consensuado en Bruselas; o no. En ocasiones puede ir incluso a contracorriente de la política exterior comunitaria.
Mucho hemos de temer que en Cáucaso estén actuando una y otra. Mejor dicho: que quienes andan haciendo de las suyas sean algunos países europeos, cada uno por su lado. Por las trazas, la Italia de Berlusconi se ha colado en el eje ruso-turco y puede llegar a sacar buenos beneficios del asunto. Pero ¿cuál está siendo la actuación inglesa, francesa o alemana en la zona? El día que sepamos la respuesta exacta, no carecerá de interés.
Por supuesto, la motivación principal de esos y otros países para actuar en el Cáucaso tiene que ver más con el negocio de los hidrocarburos que con cualquier otro factor. O sea que debe existir ahí una cierta dosis de actividades inconfesables. Eso explicaría que, en base a al corrección política, en el seminario CIDOB-ESI no se haya tratado la problemática del Cáucaso actual bajo esta perspectiva.
Para finalizar, la conclusión de este post suaviza las críticas vertidas en el anterior en relación a las inhibiciones españolas en el escenario del Cáucaso, cómo no. Pero sólo en parte, dado que si bien Bruselas tiende en muchos casos a actuar como un avestruz en política exterior, eso no excluye que Madrid pueda liderar iniciativas en el seno de la comunidad (como se ha hecho en varias ocasiones, por cierto) o actuar siguiendo los propios intereses, incluso, en ocasiones, a título defensivo. Al fin y al cabo, nuestra dependencia del suministro argelino de gas es, como mínimo, temeraria.
6 de agosto de 2009: mientras la prensa occidental se encuentra enfrascada en el primer aniversario de la guerra ruso-georgiana, con reportajes coloristas de todo tipo (en ausencia de los nada concluyentes análisis sobre lo acontecido) el primer ministro Vladimir Putin aparece en Ankara y remata en una jornada lo que parecía el final de un largo proceso de negociación entre rusos y turcos. Los resultados de lo acordado eran, para ambas partes, netamente provechosos.
En sus declaraciones públicas, tanto Putin como Erdogan intentan tranquilizar a los occidentales (quizá más el primero que el segundo). En términos estrictamente empresariales, vienen a decir: "aquí no pasa nada, hay para todos". Pero los gestos también cuentan. De hecho, lo ocurrido el 6 de agosto posee un potente contenido simbólico.
En medios turcos, se filtra la satisfacción o se masca el desconcierto. Desde luego, las negociaciones con los rusos se han llevado en el mayor de los secretos, y no queda muy claro el alcance real de lo pactado. Pero, de entrada, no deja de ser llamativa la fecha escogida por Putin para viajar a Turquía. Y la maquinaria diplomática que terminó por llevar a ese evento se puso en marcha, precisamente, pocos días después de que se firmara el protocolo que bautizó oficialmente al proyecto Nabucco.
Por entonces, llamó la atención que salieran a la luz las diferencias entre los socios turcos y los europeos en torno al gasoducto. Por ejemplo, las discusiones sobre la cuota de gas demandada por Turquía para uso propio, que era del 15%, y que el resto de los socios consideraba inaceptable. También se supo que las repúblicas del Asia Central (Kazajstán, Turkmenistan, Uzbekistan) rehusaban comprometerse en un suministro continuado a Nabucco. Sólo Azerbaiyán aseguraba un caudal sostenido; aunque dejando claro que debería compatibilizarlo con un aumento de las exportaciones hacia Rusia, a partir de 2010.
Asimismo, resultaba significativo que mientras se fraguaba la partida de bautismo de Nabucco, Erdogan anunciara que el gobierno no tenía intención de reformar (y mucho menos, reescribir) la Constitución de 1982, utilizando como pretexto las trabas puestas por la oposición. A pesar de ese y otros bloqueos de las reformas exigidas por Bruselas para el ingreso de Turquía, el primer ministro se mantuvo desafiante, dejando claro que se contaba con ejercer presiones políticas a través de la participación en Nabucco. Y es que, en realidad, es Rusia quien provee de verdaderas cuotas estratégicas de gas (63%) y petróleo (28%) de Turquía.
Por lo tanto, la negociación del 6 de agosto, no fue sino la fase final de un tira y afloja que se prolongó durante meses. Y la verdad es que, al final, los turcos se llevaron un buen bocado: hidrocarburos a buen precio, y acuerdos para poner en marcha una alternativa energética nuclear propia; y esto último ya tan pactado que este mismo verano sólo se le dieron los retoques finales. En los años 70 del siglo pasado, la izquierda ecologista antinuclear se hubiera llevado las manos a la cabeza, pero con la desidia actual, el evento está pasando totalmente desapercibido. Sin embargo, en Bruselas y Washington el asunto debió picar, porque si los rusos contribuyen activamente a que Turquía tenga sus propias centrales nucleares, resultará más difícil (por ejemplo) presionar a Moscú a que no haga lo mismo con los iraníes.
En conclusión: en el terreno de la energía, Ankara está jugando a dos barajas y a conciencia (con ayuda de expertos italianos en el asunto, todo hay que decirlo) y se supone que intentará utilizarlas para presionar doblemente a Bruselas. Erdogan no se anda con muchos tapujos al respecto.
Pero es que todo esto no es sino un aspecto más del acercamiento ruso-turco a varios niveles. Debe recordarse que Ankara compró y sigue comprando armamento a Rusia, y buena parte de él es de tipo estratégico, como ocurrió, nada menos, con toda la nueva red de defensa antiaérea basada en los S-400. Hay más, bastante más, e incluso acuerdos para que Turquía fabrique bajo licencia componentes de los sistemas de armas rusos, que posiblemente tendrían buena aceptación en terceros países, como India o algunos latinoamericanos. Y es que al margen del abultado coste de la tecnología militar, la adquisición de armas a una determinada potencia supone también comprometerse a largo plazo con respuestos, adaptaciones y modernización, cursos de formación y reciclaje, y a veces, incluso nueva doctrina militar.
Por supuesto, la entente ruso-turca se combina con la política exterior de Ankara en el Cáucaso (y Oriente Medio) y con la política interior. A estas alturas está ya bastante claro que rusos y turcos se han puesto de acuerdo para regular el Cáucaso meridional como mejor les convenga a ambos. Recuerden la forma en que reaccionó Erdogan cuando estalló la guerra ruso-georgiana: no se alineó para nada con las declaraciones belicistas de Bruselas, y prefirió entrevistarse directamente con Putin y estudiar como estabilizar la zona.
En cualquier caso, basta mirar el mapa para darse cuenta de que el acercamiento ruso-turco deja muy fuera de juego, en el Cáucaso-Mar Negro, a georgianos y ucranianos. Además de hacer que pierdan muchos puntos en el ranking de países-grifo o conductores de redes energéticas, ambos países pueden quedar muy aislados si el Mar Negro se convierte en un lago ruso-turco, estando estos dos de acuerdo. Recuérdese que la clave del valor estratégico real del Mar Negro reside en los Estrechos y que éstos están en manos turcas. Las consecuencias de un predominio turco-ruso en esa cuenca serían de tal envergadura, que incluso podrían desactivar las tensiones en torno a Crimea y la importancia de Ucrania como potencia marítima.
Por último, política interior. En la misma Turquía, el acercamiento ruso-turco aparca cada vez más a la derecha nacionalista "laica" y también, y sobre todo, a los ultras. Recordemos que hace menos de un año, éstos últimos andaban dándole vueltas a la idea de romper con la UE e irse con los rusos. Ahora, esa carta la juega el gobierno Erdogan. La oposición se está quedando sin proyecto de política exterior propia. Esto descoloca a importantes sectores de la diplomacia "kemalista" (que tan fieles partidarios tiene en nuestro país), reducto que en los últimos tiempos estaba creando problemas al gobierno. En este sentido, resulta muy significativo el relevo al frente de Exteriores del pasado mes de mayo: Ahmet Davutoglu tomó las riendas en persona.
En cualquier país, en cualquier régimen: cuando un peso pesado del gobierno se hace con el Ministerio de Asuntos Exteriores, es que se le está dando mucha importancia a la política internacional del país en cuestión. En el caso turco, la pregunta ingenua es: ¿qué se estaba cocinando en mayo? Pues ya tenemos la respuesta, o al menos un primer capítulo importante del culebrón.
6 de agosto, 2009: Putin y Erdogan explican públicamente el alcance de lo acordado: sacándole hierro
"El Periódico" 1/9/2009 LA GEOPOLÍTICA Y LA ENERGÍA
Gol de tacón • El pacto gasístico de Rusia y Turquía deja en potencial desventaja a los socios occidentales
Francisco Veiga
Hace ya un mes se cumplió el primer aniversario de la corta pero cruenta guerra que enfrentó a Georgia con los osetios del sur y los abjasios, apoyados por Rusia. Durante las semanas previas, algunos analistas jugaron a hacerse los agoreros, sacando a relucir el supuesto peligro de un nuevo rebrote del conflicto. Pero llegó la fecha y, como era de esperar, no sucedió nada. Era lógico que así fuera: Saakashvili es ya un político completamente quemado, que sigue en el poder para salvar la cara de los aliados norteamericanos y de la OTAN, que lo defendieron contra viento y marea con el simple objeto de no darles a los rusos el gusto de hacerlo caer. Hoy es un hombre acosado por la oposición y detestado por una buena parte de la población. El aniversario tampoco tuvo utilidad práctica a efectos informativos. Nadie aportó nuevos datos sobre las verdaderas razones que tuvo el presidente Saakashvili para lanzarse a la temeraria aventura de la guerra contra la vecina superpotencia. Por otra parte, el énfasis de la prensa en el otro protagonista de la pasada crisis tampoco se ha apartado de lo previsible. Se ha dado relevancia al reciente viaje de Putin a Abjasia, o del posible reforzamiento de las bases militares de esa potencia en las nuevas repúblicas secesionistas.
MIENTRAS TANTO, y justamente por esas mismas fechas, la historia no se detenía. El 6 de agosto, Putin visitaba Turquía para firmar quince protocolos de colaboración con el Gobierno de ese país. Pero, sobre todo, conseguía que los turcos abrieran sus aguas jurisdiccionales al gasoducto South Stream, y eso con la activa colaboración de Silvio Berlusconi, dado que la petrolera italiana ENI está también en el ajo de esa empresa gasística junto con el accionista mayoritario, Gazprom. De paso, el ruso aseguró importantes suministros de hidrocarburos a Turquía, para su propio consumo y para la exportación, todo a precios muy competitivos. Y para completar el cuadro, se pactó la ampliación del gasoducto Blue Stream, que atravesará Turquía de norte a sur.
TODO ELLO rubrica un claro acercamiento ruso-turco que, cada día que pasa, deja en potencial desventaja a los socios occidentales. Se diga lo que se quiera, los gasoductos rusos son una seria competencia para el proyecto Nabucco, estrella de las compañías occidentales, dado que nació, precisamente, para puentear a los rusos a base de gas procedente de Asia Central. La crisis del 2008 y la caída del precio de los hidrocarburos dejaron malparada la competitividad de Nabucco. A pesar de todo, este mismo verano, a finales de junio, se firmó el acuerdo para el tendido. Ahora, mucho nos hemos de temer que el viaje de Putin, apenas dos meses más tarde, haya puesto en serios aprietos al proyecto europeo, en el cual los turcos, por confesión propia, sacaban poco beneficio, excepto la capacidad de presión política. Y es que, además, el acercamiento entre Moscú y Ankara, fundamentado en acuerdos económicos muy provechosos, deja fuera de juego a los dos díscolos peones prooccidentales de la zona: Ucrania y Georgia. De hecho, ya fue bastante sospechosa la actuación de Turquía durante el conflicto ruso-georgiano del pasado año. Por entonces, el Gobierno de Ankara actuó por su cuenta, bastante al margen del resto de los socios de la OTAN, decidido a no deteriorar sus relaciones con Moscú y a proponer planes de paz propios para el Cáucaso. La gran pregunta es ahora: ¿conocían los turcos por adelantado lo que se preparaba en Georgia? Es un interrogante pertinente si tenemos en cuenta que el acercamiento ruso-turco no solo se refiere a cuestiones energéticas. Desde hace algún tiempo, Turquía está renovando su armamento estratégico con material ruso, lo que ha llegado a provocar las protestas norteamericanas ante el temor de que los nuevos sistemas de armas sean incompatibles con los que utilizan el resto de socios de la OTAN.
EL RESULTADO de los acuerdos de este agosto del 2009 puede tildarse de éxito rutilante de la diplomacia de Moscú y Ankara. Un verdadero gol de tacón. Ahora, Bruselas deberá tratar con más cariño a los turcos, dado que se están convirtiendo nada menos que en la alternativa de suministro de gas ruso… con gas ruso. Los problemas que ha planteado Ucrania pueden ser un juego de niños si Turquía se enfurruña. De hecho, y dado que el bombeo de gas a través del South Stream comenzará en el 2015, no sería descabellado que el país anatolio formara parte de la UE para entonces, como forma de controlar mejor al socio-grifo. Y por si faltara algo, cara a la política interior el acercamiento a Rusia contribuirá a desactivar a buena parte de la oposición al Gobierno islamista turco, especialmente a la ultraderecha laica, que propugnaba romper con Europa y acercarse a Rusia. A este paso, en Bruselas ya deben estar haciéndose planes para acelerar la política exterior que vienen señalando desde hace años los alemanes, sea el Gobierno que sea: acercarse a Rusia y dejarse de intermediarios.
Dentro de pocas horas, Barack Obama tomará posesión como 44º presidente de los Estados Unidos de América y la presidencia de George W. Bush será ya historia, definitivamente. Pero su legado permanecerá. Nos guste o no, costará mucho tiempo restañar heridas. Resulta muy significativo el hecho de que, desde Europa y otras regiones del mundo pongamos tanta ilusión en que Obama se ocupe de solucionar lo que nosotros no supimos evitar, no quisimos prever, ni sabemos (o eso parece) reconstruir, al menos sin la supervisión o aquiescencia del presidente norteamericano de turno. Un enfoque preocupante; y más cuando el centro del proceso de cambio real, a escala global, ya no está en los Estados Unidos. Pero sobre todo, porque podríamos encontrarnos asumiendo, sin ser muy conscientes de ello, iniciativas del nefasto George W. Bush, o incluso de Dick Cheney.
Con motivo de esas interesantes reflexiones, "El Periódico" publicó, en su edición del lunes 19 de enero una colección de comentarios dedicados a "La herencia de la administración saliente", firmados por Luis De Sebastián, Juan-José López Burniol, Francisco Veiga y Antoni Segura. A continuación, la pieza que me correspondió (con el añadido de alguna línea eliminada en redacción)
• La Casa Blanca se dedicó a debilitar la Unión Europea
Francisco VEIGA PROFESOR DE HISTORIA DE LA UAB
Cuando George W. Bush llegó a la Casa Blanca, allá por el 2001, meses antes del 11-S, llevaba bajo el brazo la idea de liquidar el Irak de Sadam Husein. La otra línea directriz surgió de la anterior, cuando una serie de países de la UE se opusieron a participar en el ataque contra Irak. Fue entonces cuando Bush se aplicó en debilitar a esa Europa que podría ser un obstáculo para que EEUU ejerciera su estrategia unilateral como potencia mundial sin rival.
En el 2004, la gran ampliación de la UE, el mayor impulso en el proceso de integración europea desde la fundación de la CE, consagraría la temida posibilidad: de repente, la Unión se convirtió en un espacio político y económico de 450 millones de ciudadanos.
Sin embargo, fue precisamente ahí donde Bush detectó la brecha a profundizar: los nuevos socios, procedentes de la órbita exsoviética, habían demostrado en varias ocasiones un entusiasmado apoyo a las opciones norteamericanas. De esa forma, países tales como los bálticos, Albania, Rumanía, Bulgaria, la República Checa y, sobre todo, Polonia comenzaron a recibir las atenciones de Washington. La masa crítica había sido ya formada con la Italia de Berlusconi, la España neoliberal del Gobierno de Aznar y la Gran Bretaña de Toni Blair, que habían dado lugar al trío de las Azores, firmemente a favor de la guerra contra Irak.
Bush hurgó a fondo en la herida. Atizó en lo que pudo las inquinas antirrusas de los nuevos europeos del Este con ayuda de una artificiosa nueva guerra fría. El escudo antimisiles, a instalar en Polonia y la República Checa, era la esencia de las obsesiones del presidente: iba dirigido contra dos países del denominado eje del mal (Irán y Corea del Norte), incomodaba a los rusos y movía millones de dólares en contratos. La Administración de Bush se aseguró la continuidad del juego dedicándose a apoyar con descaro la candidatura a la OTAN de repúblicas exsoviéticas como Georgia o Ucrania,aún lejos de ajustarse los necesarios criterios de estabilidad política.
El resultado fue la conocida diferenciación entre la vieja y la nueva Europa, el fomento de un creciente euroescepticismo entre los novatos, y la tendencia de los veteranos a asentir en público y trabajar por sus intereses a espaldas del amigo americano. Todo ello, desde luego, ha puesto palos en las ruedas del proyecto de integración europea.
Cuando quieren, se entienden. Yulia Timoshenko, la "Princesa del Gas" (y una de las grandes fortunas internacionales) y Vladimir Putin, durante las negociaciones del pasado fin de semana. Excelente retrato publicado por "El País" y procedente de REUTERS.
Mire usted por dónde, la "guerra del gas" y la crisis de Gaza se resuelven como por ensalmo un par de días antes de la toma de posesión de Obama. Esto no parecía entenderlo la locutora barcelonesa que el pasado jueves me entrevistaba sobre el conflicto entre Moscú y Kiev, y que parecía creer que Europa, el otrora Viejo Continente, tenía todavía algún as en la manga para "exigir" políticamente a Rusia (que se perfila como deus ex machina de todas las maldades universales) la solución poco menos que fulminante del problema.
El motivo de tal energía reivindicativa tenía su origen en un seminario organizado por el CIDOB y el Ayuntamiento de Barcelona con invitados como Anatoly Chubais (¡Chubais!) o Giuliano Amato. Que a estas alturas todavía se cuente con personajes como Chubais o el "Dottor Sottile" para trazar las líneas de las relaciones UE-Rusia no es un aval demasiado convincente (por anacrónico) de toda esa generación de jóvenes leones politólogos muy empecinados en convencer al común de la población de cosas como que Ucrania es una apuesta seria y de peso, o que debemos seguir en Afganistán. A cambio, no parecen considerar la posibilidad de que Ucrania esté apostando de firme por la energía nuclear, olvidando (y haciéndonos olvidar) Chernóbil 1986. Sin mencionar para nada, claro está, que el amigo Obama vaya a pedir a Madrid tropas en orden de combate para pelear en una guerra abierta contra los talibanes, no para levantar escuelas y dispensarios médicos.
Ha vuelto a salir Obama; pero no es síntoma de que el autor de este post haya caído a su vez en al "Obamanía", sino a que la misma ministra de Defensa, Carme Chacón, se dirigió a las tropas españolas acantonadas en el lejano frente afgano, instándoles a que tuvieran fe en Obama. Como pueden ver, el presidente inminente, sin siquiera sentarse en el Despacho Oval, acaba de solucionar como por ensalmo la crisis de Gaza y la guerra del gas.
• Las presiones sobre Rusia posiblemente beneficiarán a los instaladores de centrales nucleares
Francisco VEIGA
La nueva guerra del gas entre Ucrania y Rusia ha sido una versión corregida y ampliada de otras dos crisis similares, acaecidas en enero del 2006 y el 2008; y ello no ha sido por casualidad. El nuevo incidente ha tenido lugar precisamente pocos días antes de que el próximo presidente norteamericano, Barack Obama, jure el cargo: todo ello lo convierte en uno más de los conflictos sonda o recordatorio en este mismo periodo, tal como lo es la destrucción del gueto de Gaza. Se trata de aprovechar ese momento de claroscuro, los minutos de vacío de poder en Washington, para hostigar y lanzar un desafío que el nuevo inquilino de la Casa Blanca se verá obligado a atender en primera instancia, y al cual deberá dedicar todas sus energías justo en los momentos en los que estará más verde en el cargo. Esta situación tiene una faceta preocupante en lo que concierne a Europa, porque demuestra que una serie de países continúan depositando toda su esperanza en que el amigo americano les solucione la papeleta. Y algunos conflictos, pura y simplemente, fueron puestos en marcha durante la era de George W. Bush para erosionar la autoridad comunitaria europea.
RESULTA evidente que en la guerra del gas de enero del 2009, los protagonistas centrales han sido Ucrania y Rusia, por este orden. Los gobernantes del primer país, por su contribución, con alevosía, al desencadenamiento del conflicto por motivos políticos, buscando situarse, junto con Israel, en los primeros puestos de la agenda exterior del nuevo presidente norteamericano. A Moscú le ha venido de perlas el amago de represalia ucraniana, porque, en el caso concreto del gas, lo que buscan los rusos es marcar precios al alza en el mercado internacional del gas, en el cual ese país es la mayor potencia mundial. No es el caso del petró- leo: no existe un mercado mundial del gas unificado, y tampoco un mecanismo que lo regule, por lo cual ahí Rusia tiene mucho que decir. Y ahora le conviene trabajar en esa dirección, dada la caída del precio del petróleo, que los grandes especuladores internacionales estuvieron hinchando entre la crisis de las subprime (agosto de 2007) y el crash del pasado septiembre. Este es el quid de la cuestión.
PARA LA UE es una situación delicada, y nada coyuntural; por eso son temerarias las llamadas al desplante o el desafío contra los rusos, como si estuviéramos en 1909. Las únicas armas que deben utilizarse, con la contundencia que sea, son las financieras y las económicas. En ese contexto, tratar el asunto como una continuación de la guerra de Georgia del pasado verano resulta muy perjudicial para los europeos. Pero más aún lo es jalear a esos países definidos por algunos como rogue Eastates (granujas o gamberros del Este) en alusión a los rogue states, término acuñado durante la era de Ronald Reagan, traducible como estados granujas. Se denominaba así a todos aquellos países de régimen autoritario, con una desafiante actitud antinorteamericana y dispuestos a poses duras y/o melodramáticas en política internacional: armas nucleares, provocaciones, propaganda agresiva y manipulación de sus primos mayores o potencias favorables. Si cambiamos totalitarismo por populismo (lo que muchos norteamericanos aceptarían para la Venezuela chavista), se puede ver cómo en Europa oriental y el Cáucaso han proliferado una serie de países proclives a actuar forzando a su favor los equilibrios de poder internacionales.
Aunque se pueden señalar algunos países concretos que iniciaron esta tendencia, al comienzo de las guerras de secesión yugoslavas, los orígenes de la actual generación de países del Este partidarios de jugar al límite con el apoyo de países occidentales poderosos, se puede datar en 1996, cuando Georgia, Ucrania, Moldavia y Azerbaiyán pusieron los cimientos de lo que en el 2001 sería el el GUAM, Organización para la Democracia y el Desarrollo Económico. Posteriormente, Moldavia se daría de baja y Azerbaiyán no coincidiría con la política antirrusa de Georgia y Ucrania; lo cual, junto con el activo apoyo norteamericano, serían dos marcas de origen del GUAM.
SIN EMBARGO, con el tiempo, al no recibir el esperado e incondicional amparo europeo (dado que las cruzadas contra Rusia apoyadas desde Washington no tienden a beneficiar a Bruselas), estas actitudes han sido semillero de euroescepticismo, incluso en aquellos países que se han convertido en miembros de la Unión Europea. Es importante tenerlo en cuenta para valorar si nos interesa apoyar presiones contra Rusia que posiblemente terminarán en beneficio de los instaladores de centrales nucleares: algo en lo cual tienen especial interés algunos de los denostadores pertinaces de llegar a alguna forma de concordia estable y permanente con Moscú. En cuanto a las historias sobre mafias, son pintorescas: pero a la vista de fraudes como el de Bernard Madoff y de lo que ha destapado la actual crisis financiera norteamericana, lo de los malos del Este suena ya un poco a calderilla.
Uno de los Cobra de las fuerzas armadas georgianas, desfila por las calles de Tblisi, antes del conflicto del pasado mes de agosto
Como afimaba un amigo diplomático, la situación internacional ha evolucionado considerablemente desde que se colgara el anterior post en este blog. En realidad, incluso desde que el artículo que sigue a continuación fuera redactado, han tenido lugar más y más acontecimientos de alcance. Por ejemplo, el pasado 8 de octubre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución en que se exigía que la Corte Internacional de Justicia emitiera su fallo sobre la legalidad o la ilegalidad de la proclamación de la independencia por Kosovo.
En otro orden de cosas, la concesión del "Membership Action Plan" para Georgia y Ucrania en la Cumbre OTAN de diciembre ya no es tan segura como parecía. Pasadas las primeras semanas de aguantar el tipo, en Bruselas-OTAN se tiene en cuenta la actitud temeraria de la presidencia y mandos georgianos, pero también las capacidades militares reales del modesto Ejército georgiano.
De otra parte, revertir el rumbo catastrófico que ha tomado la situación militar en Afganistán va a requerir el envío de más y más contingentes militares por parte de la OTAN, incluso al margen de quién sea el ganador de las elecciones en los Estados Unidos. Y tal esfuerzo no va a dejar mucho margen para volcarse en candidaturas indefendibles, como las de Ucrania o Georgia. Los números y la geografía casi siempre terminan por imponerse a la tozudez.
España es uno de los pocos socios europeos que, hoy por hoy, pueden actuar en la región con ideas propias
• La OTAN debería tener cuidado de no dañar la labor de la UE, porque la dejaría aún peor parada
Los primeros vehículos blindados georgianos que penetraron en Tsjinval, la capital de Osetia del Sur, en la mañana del 8 de agosto pasado, fueron algunos de los Cobra adquiridos a Turquía meses antes. A pesar de la embarazosa contribución que habían tenido los turcos en el rearme georgiano, llamó la atención la muy matizada postura de Ankara durante la crisis de este verano. Turquía supo jugar por su cuenta: miembro de la OTAN, no secundó las agresivas posiciones de esta organización en los días posteriores a la crisis. Ankara demostró una vez más que su diplomacia sabe moverse con soltura en la toda la zona de Oriente Medio, Mediterráneo Oriental, Cáucaso y Asia Central.
Turquía no podía permitirse el lujo de alinearse en el conflicto georgiano, debido a sus intereses cruzados con todas las partes en conflicto. Moscú tuvo muy en cuenta esa circunstancia cuando llevó a cabo su intensa labor diplomática posterior a la guerra; y el gobierno turco respondió de forma ingeniosa con la propuesta de un Pacto de Estabilización y Cooperación para el Cáucaso. Fue una finta, pero bien jugada, porque estaba en la línea de una solución posible a la crisis: la acción integradora en la zona del Cáucaso, que no de confrontación.
Los Cobra, utilizados en la guerra de Osetia del Sur como vehículos de exploración, no fueron adversario para los antitanques rusos en manos de los independentistas. Uno de ellos destruido en las calles de Tsjinval, al día siguiente de la batalla.
Junto con Ankara, otra de las cancillerías que parece estar aprovechando sus posiciones de neutralidad es Madrid, que ante Moscú tiene a su favor la baza de no haber reconocido la autoproclamación de la independencia de Kosovo, el pasado mes de febrero. España es uno de los pocos socios europeos que hoy por hoy puede actuar con ideas propias en el eje Cáucaso-Balcanes. En torno a ese cigüeñal estratégico, gira en buena medida la solución del delicado momento que viven las relaciones entre Europa y Rusia. Cuando un grupo de países pertenecientes a la UE se lanzó en febrero a reconocer la autoproclamada soberanía de Kosovo, quedó malparado uno de los argumentos clave para el proceso de construcción europeo: su capacidad para superar los viejos conflictos nacionalistas en los rincones más sensibles del Viejo Continente. Porque el reconocimiento de Kosovo significaba crear más problemas de los que solucionaba, al establecer nuevas fronteras duras, en vez de contribuir a borrarlas.
Ahora, en el Cáucaso acaba de aparecer una oportunidad de reconducir esa situación. Y podría venir con la propuesta de integración en la UE de las tres repúblicas del Cáucaso: Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Al fin y al cabo son tres países europeos y los dos primeros se cuentan entre los estados más pretéritos del continente. Rusia no pondría objeciones, siempre que el proceso de integración no significara el paralelo ingreso en la OTAN de esos países, o alguna forma de potencial amenaza militar.
El viaje del presidente Rodríguez Zapatero a San Peterburgo, a comienzos de este mismo mes, no fue muy bien tratado por la prensa española en general; pero resultó ser una maniobra diplomática oportuna. En realidad, la políica española hacia la zona de Turquía-Cáucaso y el problema de Kosovo, no ha variado desde el anterior gobierno Aznar al actual de Zapatero; y muy posiblemente continuaría siendo la misma bajo un hipotético gobierno Rajoy
En esta ocasión, Moscú lleva la iniciativa, y lo sabe. Da igual que determinados grupos de presión en la OTAN se empeñen en buscar la solución a la crisis del Cáucaso con la huida hacia adelante. Es posible que la integración de Georgia en la Alianza Atlántica tarde bastante tiempo en hacerse efectiva, y para entonces veremos en qué situación está la OTAN, cuyo deterioro interno a raíz de la intervención en Afganistán resulta muy evidente. La crisis financiera internacional, de no arreglarse rápidamente, repercutirá en las inversiones multimillonarias que exige el mantenimiento de la Alianza en nivel de eficacia. Los Estados Unidos, ya no son el coloso económico de hace cinco lustros y su propio rearme está siendo financiado con préstamos del exterior. Esto es: no podrá permitirse los dispendios en alta tecnología militar de la era Reagan, no digamos desplegar redes de bases en micropaíses militarmente indefendibles.
O sea que el único protagonista occidental que está haciendo algo positivo y realista en la zona de crisis caucásica es la UE; o algunos de sus socios, tirando del carro. Lo demás, desde el estricto punto de vista de la geoestrategia, son fantasías y guerra de propaganda. En realidad, la OTAN debería llevar cuidado en no dañar la labor ni la coherencia de la UE, lo cual la dejaría aún más malparada y políticamente aislada como institución. Por el contrario, puesto en marcha el proceso de integración en el Cáucaso, el resultado final podría ser el de una Osetia del Sur y una Abjasia, que dentro de algunos años no le hicieran ascos a la integración en un ámbito comunitario caucásico circunscrito al espacio Schengen.
Cara de circunstancias. El secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates (dcha), junto al presidente kosovar, Fatmir Sejdiu, en rueda de prensa, tras la reunión mantenida en Pristina (Kosovo), a raíz de que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobara el 8 de octubre pasado la resolución en que se exige que la Corte Internacional de Justicia emitiera su fallo sobre la legalidad o la ilegalidad de la proclamación de la independencia por Kosovo. Oscurecida por la crisis financiera que vivía el planeta y por los tradicionales prejuicios, la noticia fue todo un acontecimiento histórico que parecía poner de relieve nuevas reglas en las relaciones internacionales; algo que en mundo de las finanzas también se estaba planteando con fuerza (Foto Agencia EFE)
La perspectiva de una inclusión del Cáucaso meridional en la UE tendría efectos beneficiosos para todos, estabilizando la zona e incluyendo la normalización en las relaciones entre Bruselas y Moscú, que serán decisivas para afrontar la crisis económica global. Y a más largo plazo, restauraría la idea central de que, de una forma u otra, en el proceso de integración todavía se encuentra la clave para la solución (o conjugación) pacífica de las contradicciones interétnicas y los conflictos nacionales en el espacio europeo: incluyendo los Balcanes y, por supuesto, Kosovo y la delicada situación de Serbia. Pero como no se utilice de forma resolutiva, el eje de conflictos Cáucaso-Balcanes, continuará funcionando de forma destructiva para la política y hasta la supervivencia de la UE en estos momentos tan delicados.
La OTAN zancadillea a la UE, mientras Wall Street se desploma
16 de septiembre: Jaap de Hoop Scheffer, en directo desde Tbilisi: intentando aparentar la inarrugable determinación de introducir a toda costa a Georgia en la OTAN.
Las cosas estaban yendo bastante bien para la mayoría. Bruselas-UE parecía haber logrado sortear la tensa situación con Rusia, heredada de la guerra de agosto pasado con Georgia. Es cierto que no había logrado revertir la situación en esa república al estadio anterior a 1992, pero eso no lo había conseguido nadie en todos estos años, ni siquiera en tiempos de la gran debilidad rusa, bajo el presidente Yeltsin. Y recuérdese, esto es importante, que tanto Abjasia como Osetia del Sur vivían en virtual estado de rebelión e independencia de Georgia desde aquellas ya lejanas fechas, siete años antes de que la OTAN forzara a bombazo limpio una soberanía de facto para Kosovo.
Bruselas-UE incluso había logrado salvar la cara ante Moscú, ofreciéndole a Ucrania una cierta promesa de inclusión en el proceso de integración europea. Era una salida posibilista, porque Moscú no protestó; la clave estuvo en dejar claro que la iniciativa era de la UE, no se trataba de promesas militares ligadas a la OTAN. Tanto Medvedev como Putin aceptaron. Al fin y al cabo, ya Gorbachov buscaba puentes, y la promesa, ni que fuera lejana, de una Ucrania en la UE era eso, precisamente: una pasarela, una zona de contacto entre Rusia y la UE, no una barricada.
Y de repente ocurrió: amaneció el 16 de septiembre de 2008, día histórico donde los haya. Desde Tblisi (Tiflis) la capital georgiana, el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer proclamó que la organización mantenía las puertas abiertas a Georgia. Las declaraciones, hechas con tono más bien bronco, deslegimitaban completamente los esfuerzos de la UE por controlar la situación por su cuenta. No es ninguna percepción; es pura y simple labor de hemeroteca. Justamente el día anterior, Scheffer había delcarado al “Financial Times” que permitir la presencia de tropas rusas en los dos territorios "era inaceptable". Como no podía ser menos, tales declaraciones sentaron mal en Bruselas-UE.
Diego López Garrido se refirió expresamente a la "opinión" del Secretario General de la OTAN, en abierta defensa de lo que parecía una diplomacia independiente de la UE
Buena prueba de ello fueron, por ejemplo, las reacciones de la habitualmente timorata diplomacia española. Diego López Garrido, actual Secretario de Estado para Asuntos Europeos “comentó que las palabras de Scheffer, que revelan una ruptura en el frente occidental, no fueron comentadas por los ministros de la UE. ‘La UE no se siente vinculada en absoluto con lo que diga el secretario general de la Alianza’” –subrayó el secretario de Estado. Al mismo tiempo, ese más que mediocre diplomático que es Bernard Kouchner, quiso creer que el holandés había “quitado hierro” a sus palabras e incluso habló de “rectificación”. Scheffer "apoya el acuerdo de Sarkozy", dijo Kouchner. "Sólo ha presentado algunas reservas".
Pues caída con todo el equipo, y de morros al suelo. Al día siguiente Jaap de Hoop Scheffer dijo lo que dijo, y Bruselas-UE empezó a “comerse el marrón”, que en el castellano hablado en España en los últimos años es como viene a denominarse al antiguo “trágala”.
Ese mismo día tuvo lugar uno de los mayores terremotos financieros de los últimos setenta y cinco años, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos decidió acudir al rescate de AIG, la mayor aseguradora del mundo, a fin de evitar su quiebra. Dicho de otra forma, la crisis de Wall Street alteró el orden financiero internacional y provocó la mayor intervención desde la Gran Depresión: “Diez días que cambiaron el capitalismo”, cómo tituló el diario “El País” el amplio reportaje que publicó en sus páginas financieras, el pasado domingo 21 de septiembre.
De ahí el título que encabeza este post: "La OTAN zancadillea a la UE, mientras Wall Street se desploma”. La mayor crisis de las relaciones internacionales se complicaba con una implosión interna en las relaciones entre la UE y la OTAN, mientras los sumos sacerdotes del neoconservadurismo ultraliberal norteamericano debían aplicar medidas de urgencia del más puro intervencionismo estatal. para salvar a Wall Street: el modelo chino en sentido contrario. El pasado 16 de septiembre, la imagen que dió eso que llamamos Occidente, fue de incoherencia total.
El secretario del Tesoro USA, Henry Paulson. Junto con Timothy Geithner y Ben Bernanke han constituido un "grupo de los tres" para afrontar con medidas de choque el huracán financiero de septiembre, 2008
Lógicamente, la crisis no hizo sino ahondarse en días sucesivos, no podía ser de otra manera, porque el 16, nadie solucionó nada. Bruselas-OTAN saboteó la salida a la crisis con Rusia que había intentado Bruselas-UE. Era muy fácil ver que esto estaba ocurriendo. Mientras la situación financiera en los Estados Unidos ocupaba las primeras planas de la prensa mundial, el asunto de Georgia pasó a páginas muy interiores o incluso desapareció de las crónicas en muchos periódicos. Eso sí, se siguieron manteniendo los espacios de opinión; es decir, opinión sin compañía de información: mal asunto para la honestidad de la política informativa. El recurso a respetar las opiniones confrontadas: puede llegar a ser una engañifa destinada a enmascarar que, o bien no se posee información, o no se quiere ofrecer. Porque la labor de los opinadores puede ocurrir que vaya destinada a unos pocos lectores, amigos o adversarios; o sea una colección de párrafos tramposos a mayor gloria de la contumacia del opinador o de los servicios que rinde a los intereses que sean.
Por ejemplo, y volviendo a los sucesos del día 17 y a las palabras de López-Garrido, que se refirió explícitamente al secretario de la Alianza Atlántica. ¿Fue ese secretario, a título personal, quién abrió las puertas de la OTAN a Georgia el pasado día 17?¿Qué órgano de gobierno democrático respaldó ese paso?¿Tuvo un aval suficientemente rerpesentativo, o fue fruto de esos demonios que persiguen a los políticos y gobiernos holandeses desde que sus tropas en Srebrenica, 1995, fueron manipuladas por unos, otros y los de más allá?¿O acaso Scheffer recibió sugerencias concretas de Washington y estamos de nuevo ante una maniobra norteamericana para dividir a los europeos entre sí?
Tiene su gracia que hablemos genéricamente sobre "la OTAN", incluso en foros académicos o políticos de alto nivel, como si existiera una voluntad unánime, un perpetuo consenso interno y una fluidez de relaciones con la UE, que es mera teoría. Y menos ahora, ante la desastrosa situación en Afganistán, que está llevando la crisis interna de la OTAN a cotas insostenibles: conviene recordarlo de vez en cuando, por eso de que la opinión tiende a sustituir a la información.
Mientras tanto, en los últimos días fracasaba la maniobra de la UE –con aquiescencia de los rusos- para pacificar la zona. Así, Bruselas-UE acaba de abandonar sus planes de mantener conversaciones internacionales de alto nivel sobre el conflicto en Georgia, el mes próximo y en Ginebra. Se atribuye a “desencuentros con Rusia”, pero resulta evidente que Bruselas-UE se ha puesto firmes ante Bruselas-OTAN, aunque sólo sea para no agrandar más la crisis interna en la organización atlántica, empeñada en clavase a sí misma el aguijón. De hecho, en último término sí es una cuestión de vida o muerte, porque en Bruselas-OTAN cunde la alarma ante la posibilidad de que la crisis actual repercuta en la nutrida cartera de gastos militares. Al fin y al cabo, es una de las razones centrales que justifican la existencia de la OTAN y la continuada búsqueda de su implicación en conflictos “controlables” e hiperinflados, desde 1994.
"Condi" Rice en la sede de la OTAN, Bruselas. Ella se ha encargado de continuar con la presión sobre la UE y Rusia mientrras el presidente Bush intentaba atender al derrumbe financiero norteamericano
Paralelamente, la manipulación de la UE continúa implacablemente. Ayer mismo, La secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice prometió el apoyo firme de Washington para la apuesta de Ucrania por unirse a la alianza militar OTAN. Y de paso, se tomó la libertad de implicar a la UE: “Nosotros, por supuesto, estamos, hemos estado y continuaremos apoyando las ambiciones de Ucrania. Y, por supuesto, la posición de EU sobre el MAP fue muy clara” -aseveró “lady Chevron”.
Por lo tanto, y de momento, la UE parece estar quedando fuera de juego. Como mínimo, en esa crisis ofrece un perfil mucho más bajo que hace diez días. Para el autor de este post, como europeísta que es, no resulta una buena noticia. Pero como anuncio de la aceleración de lo que parece inevitable “catarsis OTAN”, el autor de este post no puede por menos que alegrarse. Esperando, una vez más, que los intereses particulares de la organización atlántica, sus patrones y empleados –lo cual significa mucho dinero- no nos lleve a catástrofes irreparables: no olvidemos que en 1993, en plena era del decadente Yeltsin, Moscú amenazó a Turquía con utilizar el arma nuclear si ese país se mezclaba en la guerra entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno-Karabaj.
Como afirma John Gray en la tribuna que sigue a continuación, más vale que vayamos despertando, que nos arremanguemos y que nos pongamos a solucionar seriamente el problema, aportando un poco más de imaginación y menos contumacia de la bravata barata. Partir de la base, como hacen nuestros analistas de derechosa tendencia, que un reloj parado marca la hora exacta dos veces al día, no es la solución. Ni siquiera para defender sus cargos.
Sigue también un interesante análisis sobre la crisis georgiana publicada en "Al Ahran" y firmada por Eric Walberg, un curioso analista que nos ofrece puntos de vista e información desde ángulos alternativos. Desde este blog no se asume la validez de tales extremos, sólo se reproduce como muestra de que los ángulos de aproximación a la crisis pueden ser mucho más variados de lo que habitualmente leemos en nuestra prensa.
El paseo del cadáver político de Misha Saakashvili forma parte de la campaña de presión y desafío de Washington contra Moscú. Aquí, el atribulado polítigo georgiano promete una "segunda revolución de las rosas" en la ONU el pasado 24 de septiembre. Mientras tanto, apenas ha sabido explicar lo que ocurrió el 7 de agosto y eso de forma balbuciente
Engañado sobre su verdadero lugar en el mundo, Occidente no valora suficientemente los riesgos de intervenir en la vecindad de Rusia. Lo prudente sería aplazar las incorporaciones del Este a la Alianza Atlántica
JOHN GRAY 20/09/2008
El pánico actual a propósito de Rusia es un fenómeno curioso. Si se aplican criterios objetivos, los rusos son más libres en el Estado autoritario instaurado por Putin que cuando vivían en la Unión Soviética. Muchos también viven materialmente mejor. Rusia ha abandonado el expansionismo mundial y es una versión disminuida de lo que ha sido a lo largo de casi toda su historia, un imperio euroasiático cuya principal preocupación es defenderse de las amenazas externas. Sin embargo, las actitudes occidentales son más hostiles de lo que lo fueron durante gran parte de la guerra fría, cuando mucha gente de izquierdas consideraba a la URSS, responsable de decenas de millones de muertes, un régimen benigno.
Para comprender cómo se ha llegado a esta situación, hay que entender la narrativa progresista -adoptada hoy tanto por la derecha como por la izquierda- que inspira las percepciones de Occidente. El derrumbe soviético fue una derrota del comunismo, una ideología prototípicamente progresista. Una Rusia como la de Putin era algo que se veía venir, pero el regreso de la historia no forma parte del guión progresista. Nuestros dirigentes son, en su mayor parte, discípulos de Woodrow Wilson, con una fe religiosa en lo que Francis Fukuyama describió hace nada como "la marcha de la historia hacia la democracia mundial". La prosperidad entraña el aburguesamiento y, por consiguiente, los valores liberales, o eso creen. Rusia -rica, nacionalista y autoritaria- no encaja en este cuento de hadas progresista, y la reacción de Occidente es una mezcla de bravata amenazadora y un pánico cada vez mayor.
No hay mayor error que hablar de una nueva guerra fría. Lo que estamos presenciando es el final de la era posterior a la guerra fría y una nueva oleada de conflictos geopolíticos como los que se producían a finales del siglo XIX. Los líderes occidentales, con las mentes empañadas por las tonterías de moda sobre la globalización, creen que la democracia liberal está extendiéndose de forma imparable. La realidad es que sigue habiendo diversidad política. Las repúblicas y los imperios, las democracias liberales y las no liberales y una amplia variedad de regímenes autoritarios estarán todavía con nosotros durante un tiempo, por mucho que se globalice el mundo. La globalización no es más que la industrialización constante del planeta, y el nacionalismo creciente respecto a los recursos forma parte intrínseca del proceso (también lo es la aceleración del cambio climático, pero ése es otro asunto). A medida que la industrialización se extiende, los países que controlan los recursos naturales los utilizan para impulsar sus objetivos estratégicos. Al desplegar la energía como arma, Rusia no está resistiéndose a la globalización, sino explotando sus contradicciones.
Estamos otra vez en la política de grandes potencias, alianzas cambiantes y esferas de influencia. La diferencia es que ya no manda Occidente. Con sus diferentes historias y sus intereses a veces contradictorios, Rusia, China, India y los Estados del Golfo no van a formar ningún tipo de bloque. Pero ésos son los países que están configurando la evolución del mundo en este comienzo del siglo XXI. Estados Unidos -con las instituciones hipotecarias en bancarrota y nacionalizadas, y la inmensa máquina de guerra financiada, en la práctica, mediante préstamos exteriores- está en un pronunciado declive. Occidente tiene un sistema financiero en peor situación que nunca desde los años treinta y, como consecuencia, su capacidad de influir en los acontecimientos disminuye día a día. Los sermones sobre "relaciones basadas en las leyes internacionales" resultan ridículos después de Irak y, en el fondo, son poco más que nostalgia por una hegemonía desaparecida.
Engañado sobre su verdadero lugar en el mundo, Occidente no valora suficientemente los riesgos de intervenir en un exterior próximo de Rusia. Los puntos débiles rusos -el declive demográfico, el amiguismo en la economía y la sensación generalizada de humillación nacional- son bien conocidos, pero Occidente también tiene sus aspectos vulnerables. Nuestros líderes insisten en que Rusia nos necesita tanto como nosotros a ella. La realidad es que, a pesar de algún traspiés reciente, las inversiones en aquel país son una consecuencia del mercado globalizado que seguirá adelante mientras sean rentables, mientras que el suministro energético ruso puede verse interrumpido en cualquier momento por decisión del gobierno. Los economistas nos dicen que el país depende demasiado del petróleo. Pero las reservas mundiales de crudo están llegando a su máximo tope mientras la globalización sigue avanzando, y es inevitable que Rusia salga beneficiada de cualquier conflicto internacional en el que el abastecimiento se vea afectado. Occidente también necesita a Rusia para resolver alguna vez la crisis nuclear iraní por medios pacíficos, y sin la cooperación logística rusa a las fuerzas de la OTAN les será cada vez más difícil poner algún tipo de fin a la guerra sin sentido e imposible de ganar en Afganistán.
Los biempensantes de derechas de todos los partidos opinan que Rusia estaría más dispuesta a tener en cuenta los intereses occidentales si fuera una democracia más auténtica. Pero la gran popularidad de Putin se debe precisamente a que está reafirmando el poder ruso frente a Occidente y, si tuviera que responder más ante su opinión pública, quizá sería un interlocutor todavía más duro. La democracia tiene numerosas ventajas, pero no garantiza una política exterior razonable.
El embrollo georgiano es una derivación de la política democrática. La temeraria incursión de Saakashvili en Osetia del Sur, donde las fuerzas rusas se encuentran estacionadas desde hace 16 años en virtud de acuerdos internacionales, fue espoleada seguramente por algunos elementos del Gobierno de Bush, con la esperanza de perjudicar a Obama en plena campaña para las presidenciales. El resultado ha sido un conflicto que aumenta el control de Rusia sobre la circulación de petróleo en la región y fortalece a Irán en Asia central. Si la promesa de apoyar a Georgia que hizo Dick Cheney era un movimiento de ficha en el Gran Juego, fue espectacularmente imprudente.
Con la excepción de algunos en la "vieja Europa", nuestros dirigentes no saben lo que hacen. La grandilocuencia de David Miliband y David Cameron en Ucrania es un ejemplo. No pararon de decir tonterías sobre la autodeterminación nacional y la integridad territorial de los Estados, sin que parecieran darse cuenta de que los dos principios suelen ser incompatibles. La autodeterminación significa la secesión y la ruptura de los Estados. En el Cáucaso, una región de múltiples enemistades nacionales, significa una guerra más generalizada y una limpieza étnica aún más terrible. En Ucrania, está en juego incluso más. Profundamente dividido y con una gran base naval rusa en el puerto de Sebastopol, en Crimea, el nuevo Estado acabará seguramente desgarrado si se intenta arrancarlo de la esfera de influencia de Rusia. El país se convertirá en un campo de batalla y las grandes potencias acabarán inmersos en él. Jugar en estas condiciones con las nociones wilsonianas de autodeterminación es coquetear con el desastre.
Que no haya equívocos: Rusia es, en ciertos aspectos, un Estado peligroso. Sus dirigentes, con su historial de pertenencia a los servicios de seguridad, son pragmáticos implacables, dispuestos a emplear cualquier medio para alcanzar sus objetivos. Por ahora, perciben que Occidente está en declive y están comprobando si tiene alguna estrategia coherente para proteger sus intereses. Y, por lo que hemos oído de nuestros dirigentes hasta la fecha, no la tiene.
Un buen punto de partida sería aplazar los planes de ampliación de la OTAN, aunque dejando claro que se van a cumplir los compromisos existentes en Europa del Este y los Estados Bálticos. Al mismo tiempo, es preciso hacer todos los esfuerzos posibles para reducir la dependencia europea de la energía rusa. Los líderes occidentales deben adquirir la capacidad de pensar de forma realista, o la fuerza de los acontecimientos les despertará de su sueño de progreso.
Uno de los bombarderos estratégicos rusos Tu-160 destacados en la Base Aérea Libertador de Venezuela. En este caso se trata del Rojo 07 'Aleksandr Molodchiy'
Russia is determined to bring NATO's expansion eastward to a halt. Can it prevail, asks Eric Walberg
NATO's metamorphosis from Cold War Euro-policeman into the unabashed global military arm of the United States over the past 18 years has left a trail of debris from the Balkans to Afghanistan that will take decades to clear. It is a flagrant violation of the agreement James Baker III made with Soviet president Mikhail Gorbachev that the US would not extend the borders of NATO eastwards in return for Moscow allowing a united Germany to be a member of NATO. Russia was still in disarray and in no position to protest when the Eastern European countries and the Baltics joined, but as this policy of expansion turned into a blatant encirclement of Russia and a conquest of the Middle East, a furious, now self- confident Russia has finally drawn the line, at least in its immediate neighbourhood, with Georgia and Ukraine the last straws.
In a provocative analogy, Russian President Dmitri Medvedev called Georgia's 8 August attack on Ossetia Russia's 9/ 11, and said Russia would react the same even if Georgia is accepted as a prospective member of NATO. He announced to the Russian Information Agency 31 August "Five Points of Russian foreign policy" already dubbed the Medvedev Doctrine, as a response to what we might call the Bush I/ Clinton/ Bush II Doctrine, i.e., the dismemberment of the USSR/ Russia to ensure a US-dominated unipolar world. They include:
- A commitment to the principles of international law,
- A statement that "the world should be multipolar",
- The wish to have peaceful friendly relations with all nations,
- The intent to protect its citizens "wherever they may be", and
- The decisive fifth point: "as is the case of other countries, there are regions in which Russia has privileged interests. These regions are home to countries with which we share special historical relations and are bound together as friends and good neighbours. We will pay particular attention to our work in these regions and build friendly ties with these countries, our close neighbours."
The crisis in Georgia will be seen by future historians as the beginning of the end for the grandiose plans of the US to bring its version of a New World Order in Eurasia to fruition, if not "Russia's 9/11". Instead of a seemingly inexorable march towards the Volga and the dismantling of the Russian Federation -- recall this was Hitler's goal -- we are now witnessing war preparations at full tilt across the globe, with little Georgia as the catalyst.
The spider's web of intrigue surrounding Georgia is thick indeed. It even reaches as far as Iran, which Israel appeared to be preparing to attack using nearby Georgian bases as a launching pad. This plan has been thwarted for the moment, though Iran proceeded last week with its war games to test its defences in anticipation of a US/Israeli attack from farther afield.
As Georgia welcomes a permanent US military presence to help restore its battered army, Russia is expanding its military presence at Tajikstan's Gissar Airport. As the US positions missiles in Russia's neighbours Poland and the Czech Republic, Russia is preparing to hold joint naval drills with US neighbour Venezuela (10-14 November) and station long- range anti-submarine patrol aircraft there "temporarily".
The Russian navy has resumed its (or rather its predecessor's) presence in different regions of the world's oceans. A naval task force from Russia's Northern Fleet conducted a two-month tour of duty in the Mediterranean Sea and North Atlantic from December 2007 to February 2008.
Russia's Foreign Ministry spokesman Andrei Nesterenko insisted that Russia's decision to send its armed forces to Venezuela was made before Russia's war with Georgia. "This deployment had been planned in advance, and it's unrelated to the current political situation and the developments in the Caucasus." But the announcement was made just a week after Prime Minister Vladimir Putin warned that Russia would mount an unspecified response to recent US aid shipments to Georgia.
Thankfully, the war is still at the level of hot air. "Go ahead and squeal, Yankees," Venezuelan President Hugo Chavez said in a national broadcast in which he announced the exercises. The US mocked the announcement. State Department spokesman Sean McCormack poked fun at Russia's navy, expressing surprise that "they found a few ships that can make it that far." Just in case Venezuela is too far from US shores for the outmoded Russian vessels, Russia has signaled it is keen to restore military and intelligence ties with Cuba. There are rumours it is seeking a naval base in Vietnam.
Not to be left out of the increasingly complex maritime equation, in June the US Navy announced it was re- establishing the Fourth Fleet, disbanded in 1950, which would direct naval operations in the Caribbean and Latin America. It is also negotiating with Georgia and Turkey to establish a naval base at the Georgian port of Poti. One of the responsibilities of US Special Forces in the region is to ensure the security of an oil pipeline passing through Georgia.
As US "aid" flows to the Black Sea in US warships, Russian military hardware flows to the Caribbean, as Venezuela recently bought 24 Russian Sukhoi fighter jets, as well as submarines and missiles. Chavez has said that he would allow Venezuela to be a strategic base for Russian bombers should it be required. "In Venezuela they will always have a green light, they will be welcome, because Russia is an ally of Venezuela," said Chavez. He proceeded to expel the US ambassador last week until after the November presidential elections.
Sergei Markov, a United Russia Duma member, sees this as posturing rather than the prelude to setting up a permanent base in the Americas. "We need bases on the territory of Iran and Syria where our strategic interests lie." While Russia will indeed re-establish a permanent presence in the Mediterranean using a Soviet-era base in Tarsus, Syria, this talk of bases in Iran is a new development. It is rumoured that Russia may set up bases there and supply Tehran with the cutting edge S-300 missile system to help protect its nuclear facilities from airstrikes.
But apart from Venezuela, the main posturing is going on in Tbilisi, where President Mikhail Saakashvili insisted the West would help his country regain control of South Ossetia and Abkhazia, the separatist regions of Georgia recognised as independent nations by Russia and a trickle of other countries, including Nicaragua and Belarus. "Our territorial integrity will be restored, I am more convinced of this than ever," Saakashvili said in a televised appearance. "This will not be an easy process, but now this is a process between an irate Russia and the rest of the world."
The hot air and military strutting by this collection of antagonists is beginning to look like the calm before the storm. If it is true that US military were part of the invasion of South Ossetia, if only as advisors, this could mean that Russian soldiers might have been killed by Americans, something that never happened even during the height of the Cold War. During the Cold War, "the sides were very careful of each other. They were careful not to come too close," said Alexander Pikayev. "The risk of direct military clashes is much higher. This situation is much riskier than the Cold War." Both US presidential candidates are talking tough, and vice presidential hopeful Sarah Palin said, "We will not repeat a Cold War", presumably meaning she preferred a hot one.
In such a hair-trigger atmosphere, Ukraine and Georgia can kiss any dream of joining the ersatz Western "defence" alliance do svidania.
Nevertheless, last week Vice President Dick Cheney toured ex-Soviet countries the US considers threatened by Russia, including Ukraine, Georgia and Azerbaijan, promising Georgia $1 billion (where do these nice round sums come from?), vowing the US will continue to back the country's NATO application and saying that Moscow's intervention "cast grave doubt on Russia's intentions and on its reliability as an international partner." In Ukraine, he spoke of the "threat of tyranny, economic blackmail and military invasion or intimidation" from Russia. That is an interesting slant on the Medvedev Doctrine. The reader can easily conjure up appropriate words that Medvedev might use to describe the Bush I/ Clinton/ Bush II Doctrine.
Ukraine is now embroiled in a mud-slinging match, with the collapse of the coalition government 3 September, when President Viktor Yushchenko withdrew his support over the refusal of Prime Minister Yulia Tymoshenko to back the president in his support for Georgia and condemnation of Russia. Yushchenko accused Tymoshenko of "treason and political corruption", over her failure to back a pro-US stand, and of seeking Moscow's support of her likely presidential bid. Ukraine's pro-Russian former prime minister Viktor Yanukovich, who heads the Party of Regions, did not rule out the possibility of forming a parliamentary majority with the Yulia Tymoshenko bloc. Such a move would remove from the discussion the entire issue of a Ukrainian application to join NATO. Tymoshenko could well pull off a metaphorical coup by campaigning in the upcoming presidential elections on a sober platform of peace with Russia, which would very likely hand her the presidency with the support of the large Russian population of Ukraine as well as astute Ukrainians.
Another such scandal is brewing in Georgia itself, with the arrest of former president Zviad Gamsakhurdia's son Tsotne as a Russian spy smack in the middle of Cheney's visit to Georgia. He was charged in late 2007 with an attempted coup and links with Russian security services after opposition protests against Saakashvili. The voices of sensible Georgians, fed up with President Mikheil Saakashvili's reckless chauvinism, are clearly being cut in the bud, as he consolidates a very nasty dictatorship backed by the Americans and Israelis. Of course, all Western media coverage of Georgia slavishly supports this loose cannon, but Medvedev's description of him as "a political corpse" probably is closer to the truth.
It is hard not to sympathise with the Russians. The Black Sea, once the domain of the Soviet navy, now is the home of three NATO members -- Turkey, Bulgaria and Romania -- and two applicants, Georgia and Ukraine. If the two applicants join the alliance, Russia's Black Sea coastline would be surrounded by NATO. The volatile Caucasus would then be the playground of the US.
"Now it looks like there is a certain red line that exists in the heads of Russian leadership and they are willing to do anything to stop it from being crossed," said Nikolai Petrov, at the Carnegie Endowment for International Peace. "And this red line is Ukraine and Georgia joining NATO."
Russia's success in thwarting the Georgian attempt to wrest back Ossetia has shown its resolution. Russian warships have been sent to the coast of nearby Abkhazia. In the relatively close proximity in which the Russian and American ships operate there and elsewhere in the Black Sea, one misunderstanding could create an international incident. "We remember very well the Tonkin Gulf incident" in which untrue reports of North Vietnamese ships firing on US ships started the Vietnam War, said Markov. This was seconded by Republican California Congressman Dana Rohrabacher in a sharp criticism of US support for the Georgian attack.
Aleksandr Dugin, whose ideas about America's weakening geopolitical standing are popular with many Russian leaders, said Russia was challenging US dominance and that confrontation may be unavoidable. Russia's move into Georgia was "an irreversible decision that will mean in the future a serious, profound, irreversible confrontation with the United States. The stakes are so high that Moscow has placed all its chips on the table."
It is not surprising that the Shanghai Cooperation Organisation, which includes Russia, China and the former Soviet Asian republics Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan and Uzbekistan, are supporting Moscow for "assisting peace and cooperation in this region." Nor that Armenia and Belarus also support Russia, and the non-Yushchenko forces in the Ukraine are backing away from the flirtation with NATO. It is clear now that the US has insufficient power to cope with the occupations of Iraq and Afghanistan. Both were to have been an essential part of a US policy to militarily control Eurasian rivals, especially Russia and China.
If the Russians hold firm, and it is worth remembering their spectacular defeat of the Nazis at Stalingrad in this regard, this crisis will defuse with or without fireworks, US hawks will find their feathers clipped, and the world will adjust to a "post-America" multilateral sanity.
The tide has already turned. The latter-day Strangelove was pointedly ignored on his cheerleading tour of countries supposedly threatened by Russia, except by his pal Saakashvili, and the European Union disregarded the US veepee's bluster, hammering out an agreement with Russia to replace Russian troops with EU observers in undisputed Georgian territory by 1 October.
The bottom line here is a very mundane one: the EU is Russia's neighbour and dependent on it for gas, whether her politicians like it or not. It is one thing for the US to wage wars far from its shores, as it is doing in Afghanistan and Iraq, or to play war games in other people's backyards, as it is doing in Poland and Georgia, but it is quite another thing to expect a war-weary Europe to sign up and prepare to freeze in the dark.
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