¿Quién sabía qué, en Ankara?

Olmert y Erdogan hace unos meses: los límites de la confianza, los límites de la información
La crisis de Gaza viene poniendo de relieve, una vez más, y así ad infinitum, hasta qué punto los conflictos en el "espacio ex otomano" son particularmente propensos a despertar pasiones desbocadas en Occidente, como hace casi doscientos años. Y como siempre, lo que ocurre sobre el terreno se convierte en remedo de contradicciones y conflictos en algunos de los observadores externos (algo que en España es ya un verdadero vicio secular en nuestros medios de prensa y sus lectores).
Por eso se recomienda con especial atención a los seguidores de este blog la pieza que sigue a continuación. Está pendiente de ser publicado en este mismo blog un post titulado: "El País no se entera", dedicado a las meteduras de pata, algunas involuntarias, y otras nada inocentes, del conocido periódico madrileño. Pero de momento, ahí va una crónica de Juan Miguel Muñoz, muy oportuna y bien elaborada. Las conclusiones, muy jugosas, las puede sacar por sí mismo el lector habitual de este blog.
El conflicto de Oriente Próximo
El conflicto echa por tierra la mediación de Turquía con Siria
"Olmert me ha traicionado", dice el primer ministro turco
Juan Miguel Muñoz, Ashkelón - 10/01/2009
Es un importante aliado de Israel. El único país musulmán con el que ha suscrito acuerdos de cooperación militar. E incluso destino turístico para miles de israelíes. Turquía, además, se ha esforzado denodadamente durante cinco años para aproximar a Israel y Siria. Y lo logró. Cinco veces viajaron en 2008 emisarios desde Tel Aviv al Bósforo para reunirse con los mediadores turcos, que trasladaban las propuestas a la contraparte siria. La guerra desatada contra Gaza ha destrozado ese canal mediador. Costará recuperar la confianza. El primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, está furioso con su homólogo, Ehud Olmert.
Días antes del ataque contra la franja, Olmert recibió a Erdogan en Jerusalén y abordaron las negociaciones con Damasco. Ni una palabra sobre la operación que se cernía sobre el territorio palestino. El jefe del Gobierno turco reaccionó tras comprobarse la magnitud de la agresión: "Olmert me ha traicionado y ha dañado el honor de Turquía". "Estábamos cerca de que comenzaran las conversaciones directas entre Israel y Siria. Esta operación lo arruina todo", afirmaron asesores de Erdogan.
A partir de ahí, la furia de Ankara se refleja en las declaraciones de sus dirigentes. Así, dejaron claro lo que resulta evidente para muchos analistas políticos: Israel rompió la tregua de seis meses pactada con el movimiento islamista palestino en junio de 2008. "Hamás cumplió la tregua durante seis meses, pero Israel no hizo honor a su compromiso y no levantó el bloqueo económico. La gente en Gaza vive en una prisión", enfatizó Erdogan a los gobernantes saudíes cuando viajaba de una capital árabe a otra para frenar las matanzas en Gaza.
Hamás reanudó el lanzamiento de cohetes a partir del 4 de noviembre, mes y medio antes de que expirara el alto el fuego pactado el 19 de junio. Pero sólo después de que ese mismo día Israel hiciera saltar la tregua por los aires.
El Ejército mató -la noche en que el mundo contemplaba el triunfo de Barack Obama- a seis milicianos de Hamás tras cuatro meses y medio sin ataques a Gaza y sin que Israel sufriera impactos de cohetes. También ha expresado en voz alta el ministro de Justicia, Mehmet Ali Sahin, una opinión casi unánime en el mundo musulmán, aunque no se escuche de bocas de sus dirigentes: "Israel es el principal generador de terrorismo en el mundo. La guerra contra el terrorismo no tendrá éxito mientras Israel continúe con sus provocaciones".
Etiquetas: "espacio ex otomano", Erdoğan, Gaza, Israel, Olmert, Siria, Turquía
Auge de la diplomacia turca

El ministro de Asuntos Exteriores turco, Ali Babacan, posa con su mujer ante la mezquita de Al Aqsa, durante una visita a Jerusalén, 7 de octubre de 2007.
Fotografía de Sebastian Schneider para AP Photo"El Periódico", 20/8/2008
TÓPICOS Y REALIDAD DEL GOBIERNO DE RECEP TAYYIP ERDOGAN
Turquía: el triunfo de la diplomacia
• La política exterior contribuyó a evitar el descarrilamiento del país en momentos muy delicados
FRANCISCO Veiga*
La reacción informativa ante el veredicto del Tribunal Constitucional turco, que renunció a ilegalizar el partido del Gobierno, ha sido, en líneas generales, de desconcierto. Muchos analistas occidentales han supuesto que el país y sus actores políticos no han cambiado en los últimos 20 años y que no solo se produciría la mencionada ilegalización, sino que incluso cabría la posibilidad de un golpe de Estado militar. Pero los países se transforman a lo largo del tiempo, porque lo hacen sus sociedades, sus economías, sus circunstancias internacionales. Incluso las grandes potencias actúan de forma diferente y cambian sus objetivos. Así, un golpe militar turco hubiera resultado azaroso en sus resultados sin conocer quién mandará en la Casa Blanca y qué objetivos perseguirá en la zona el nuevo presidente norteamericano. Por otra parte, la Unión Europea presionó lo suyo para que el Tribunal Constitucional turco no llevara a cabo la ilegalización del partido en el Gobierno.
Pero, sobre todo, ha quedado en el aire la falsa idea de que el Gobierno islamista moderado ha tenido parte de la culpa de lo sucedido por haber detenido las reformas modernizadoras que deberían llevar a Turquía al seno de la UE dentro de una década. Y en eso, muchos comentaristas occidentales se han dejado llevar por la campaña en los medios de la oposición derechista al Gobierno (la que se suele denominar "laica").
Ciertamente, durante los cuatro meses que duró esta última crisis, el Gobierno detuvo algunas reformas en política interior, so pena de que el Tribunal Constitucional las considerara un ataque a la patria o a la laicidad del Estado, conceptos que el establishment autodefinido como "kemalista" tiende a identificar entre sí, según le conviene. Se ha mencionado mucho que el Gobierno provocó las iras de los jueces al aprobar en el Parlamento la ley que posibilitaba el acceso a la universidad de las estudiantes musulmanas con türban o pañoleta. En cambio, se evita mencionar que el Gobierno de Erdogan también impulsó la reforma del polémico artículo 301 del Código Penal, que establecía una pena de hasta tres años de cárcel por insultar la "identidad turca", la República y los órganos e instituciones del Estado. Y esa medida, que nada tiene de islamista, sí que concitó las iras de los sectores nacionalistas laicos.
Pero, sobre todo, a lo largo de los últimos meses, el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan impulsó un cambio espectacular en política exterior. Se habló mucho del eficaz protagonismo turco en las negociaciones de paz entre sirios e israelís, precedido, en el 2006, por el reconocimiento diplomático de Israel por Pakistán, también promovido por la diplomacia de Ankara. Sin embargo, se ha pasado muy de puntillas sobre el desbloqueo del conflicto chipriota. Es cierto que en parte fue debido a la victoria del grecochipriota y comunista Christofias en las presidenciales de febrero. Pero los turcos reaccionaron con presteza, y lo que hace un par de años era contemplado como un escollo insalvable en el camino de Turquía hacia la UE, ahora está en vías de solución y, por lo tanto, ha sido olvidado por la prensa.
Algo muy similar ha sucedido con el conflicto armenio-turco, que solo algunos periodistas, como Andrés Mourenza, colaborador de este periódico, han seguido con atención desde Estambul. Al menos ya desde el pasado otoño, el Gobierno de Erdogan había iniciado contactos discretos con las autoridades de la República de Armenia. Desde entonces se mantuvieron reuniones diplomáticas secretas con armenios, georgianos y azerbaiyanos en febrero; y finalmente, en abril, el ministro turco de Asuntos Exteriores, Alí Babacan, dijo públicamente que Turquía abogaba por normalizar las relaciones bilaterales con Armenia. Por fin, ya en verano, el nuevo presidente armenio, Serge Sarkisian, cursó una invitación diplomática a su homólogo turco, Abdulá Gül, para que asistiera en Ereván al partido de clasificación para el Mundial de fútbol de Suráfrica del 2010 que enfrentará a las selecciones de ambos países el próximo 6 de septiembre.
Por lo tanto,el Gobierno de Erdogan ha estado trabajando de firme en desbloquear el otro gran conflicto exterior de Turquía. Analistas occidentales poco favorables a la candidatura turca a la UE insisten en ligar esta cuestión al reconocimiento del genocidio armenio de 1915 por el Gobierno turco, aunque se trata de dos cuestiones diferentes. El restablecimiento de las buenas relaciones con Armenia sí que es un asunto que el Gobierno turco debe solucionar cara a Bruselas. No así la histórica polémica, muy utilizada por las numerosas instituciones políticas de la diáspora armenia en Occidente, cada una con sus propios intereses.
En cualquier caso, debe recordarse que en los últimos meses, la diplomacia turca, muy bregada en situaciones difíciles, porque así es la posición geoestratégica de su país, ha demostrado a Bruselas dónde reside uno de los activos principales de la candidatura turca. Y quizás algún día se reconozca que contribuyó a evitar el descarrilamiento político del país en unos momentos muy delicados.
* Profesor de Historia Contemporánea en la UAB. Autor del libro El turco. Diez siglos a las puertas de Europa. Etiquetas: Armenia, Babacan, Erdoğan, Israel, proceso de integración en la UE, Siria, Turquía
El Festival del Eurocontrol (4)

Angela Merkel en la Knesset, Jerusalen, 18 de marzo de 2008. El viaje y el gesto coincidían con una más activa política exterior comunitaria en Oriente Medio, ante los meses de vacío generados por el relevo en la Casa Blanca
Queda ya atrás en el tiempo el Festival de Eurovisión, pero continúa esplendoroso el discurrir del Festival del Eurocontrol. Por el camino, aquel ha servido para demostrar la supremacía de la fórmula esencial de éste. Es decir: por Eurovisión-Belgrado 2008 han desfilado dos grandes conceptos de planteamiento lírico: el que buscaba resaltar las bondades del propio hecho diferencial como intrínsecamente superior al de los demás, expresado ello con con mayor o menor intensidad y disimulo; y aquel que se atenía a las más estrictas leyes de la rentabilidad comercial. Sin embargo, todo el conjunto del festival depende en último término de una fórmula sincrética: la rentabilidad existente en cierta manera de concebir las políticas de supremacía europea.
La idea es elástica, incluso escurridiza, e históricamente ha sido práctica esencial en las políticas exteriores de varios estados europeos. Ahora se intenta aplicar como una proyección conjunta de la Unión Europea, aunque de hecho, los diferentes problemas se enfrentan en base al juego de intereses concretos por parte de grupos determinados de países miembros. Dado que el concepto básico de esta forma de actuar es al tanteo, resulta esencial no dar publicidad a las intenciones reales o los objetivos perseguidos –que no siempre están claros a priori. Ante todo, hay que evitar las confrontaciones internas, las reclamaciones, el debate. Se actúa, se prueba, se tantea la solución. Se evalúan los resultados, pero siempre sin levantar polvareda. Ante el fracaso, la experiencia se archiva y a veces hasta se tira la llave del cajón. Caso de que las cosas hayan salido aceptablemente bien, se continúa por el camino de los hechos consumados, y pocas veces se recurre a la publicidad.
Pesos y medidas: Bernard Kouchner (izquierda) saluda al presidente serbio Boris Tadic. Las declaraciones del ministro galo suelen dejar en evidencia la errática deriva de la política exterior francesa, pero eso no debe confundirse con la política del Eurocontrol
El lector puede encontrar un ejemplo en un artículo publicado hace un par de semanas por “The Economist” (15 de mayo) y titulado: “Balkan excepcionalism - What Serbia's election says about the European Union's enlargement”. El articulista comenzaba comentando el cacareo de algunos políticos comunitarios ante la pretendida “victoria del voto europeísta” en las recientes elecciones serbias. Destacaba, un vez más, la vana contundencia del ministro de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, según el cual “los serbios habían elegido Europa claramente”. El autor de la pieza se preguntaba cómo casaba la zanahoria presentada a los serbios durante las elecciones, con la propuesta francesa de apenas hace un año y pico, destinada a frenar la ampliación de la UE basándose en el resbaladizo concepto de la “capacidad de absorción” que defendía el mismo Sarkozy. Respuesta del autor:
“If enlargement is so unpopular, why do so many EU leaders want the credit for Serbia's vote for Europe? There are two, linked explanations. The first is that holding the door open to Balkan countries such as Croatia, Serbia, Macedonia and the rest does not imply support for enlargement in general—it is a specific strategy for preventing further instability in Europe's backyard. And the second is that enlargement mostly works like that”
Y por supuesto, porque la propuesta francesa, muy coyuntural, iba dirigida a frenar la integración de Turquía en la UE; pero el estilo populista de Sarkozy y los que lo apoyaban por entonces, pusieron el carro por delante de los caballos, al menos en relación a la praxis usual de la diplomacia comunitaria. Y fue precisamente esa tendencia a hablar demasiado la que ayudó a hundir el prestigio político de Sarkozy y Kouchner (éste mismo ya muy tocado para entonces).
En ese contexto, los medios de comunicación suelen contribuir a la perpetuación de las estrategias de Eurocontrol; en muchos casos porque, pura y simplemente, no lo conciben. La prensa suele imbuirse de la misma esencia de la cultura popular que transmite, y por ello asume ese tópico de que “no existe política exterior europea” –dado que no ven que actúe con una sola voz, como si fuera la de un único estado- o que ésta carece de imaginación o anda sobrada de rigidez. Y es cierto que existen muchas carencias y descoordinaciones, que no existe proyección militar exterior –eso es cosa de la OTAN y esa no es una alianza realmente europea- que Bruselas no obtiene resultados fulgurantes, que abundan los desajustes y los golpes bajos entre socios, que se confunde el lenguaje de madera con los resultados. Pero también se han producido pequeños y grandes prodigios de adaptación y con el tiempo ha ido surgiendo una diplomacia comunitaria que a escala de Eurovisión puede ser comparada con el estilo de algunas tonadillas triunfadoras años atrás: ligero europop, pegadizo, aparentemente banal, pero técnicamente bien construida y sobre todo rentable, muy rentable.
En la actualidad, la actitud de Bruselas con respecto a Turquía ha devenido caso de manual en la técnica del Eurocontrol comentada más arriba, incluyendo el papel ya tópico desempeñado por determinados medios de comunicación. Hace una semana, fui invitado por una productora de canal Cuatro de televisión, en Barcelona, para comentar el significado de lo que en apariencia constituía todo un éxito de la diplomacia turca en la intermediación entre Siria e Israel, especialmente en la espinosa cuestión de los Altos del Golán. Como ya se sabe, la mediación de Turquía en las conversaciones de paz sirio-israelíes fue acordada en febrero pasado por Olmert, y su homólogo turco, Recep Tayyip Erdoğan. Hace unas semanas, el presidente sirio, Bachar Al Asad, reveló que Olmert le había ofrecido a través de Erdoğan la devolución del Golán -que Israel capturó en la Guerra de los Seis Días de 1967- a cambio de la paz entre sus respectivos países.

Oficiales israelíes en los altos del Golan. Es pieza clave en las negociaciones entre Damasco y Jerusalén
El pasado 21 de mayo, Israel y Siria anunciaron que habían comenzado negociaciones indirectas de paz auspiciadas por Turquía. El anuncio lo realizó Israel y fue confirmado por Damasco y Ankara, con especial énfasis por el ministro turco de Relaciones Exteriores, Ali Babacan, según el cual, conversaciones seguirán teniendo lugar en Estambul mientras las partes no expresen su interés de que sea en otra parte de Turquía.
La noticia recibió una cobertura más destacada en los medios de comunicación europeos que en los españoles. Sin embargo, Canal Cuatro decidió hacerle un espacio en el informativo de la noche, de ahí que se recabara mi opinión sobre el alcance de la noticia. El proceso de grabación fue el habitual y el resultado el mismo o muy parecido al de anteriores ocasiones (lo cual también es conocido por otros compañeros académicos) : diez o doce minutos de entrevista grabada; de ellos, cuatro o cinco segundos se ponen en boca del entrevistado (generalmente se escogen frases genéricas, perogrulladas o afirmaciones escasamente significativas en relación al conjunto de la grabación); y del resto se utiliza lo que más interesa a fin de elaborar el guión del breve reportaje, de un par de minutos de duración.
Previamente a la grabación hice un esbozo de lo que consideraba más significativo de la noticia y expliqué las causas de la misma, dado que, además, llevaba trabajando varias semanas en el asunto y poseía información y conclusiones específicas. A continuación, insistí sobre la línea argumental principal en la entrevista, sabiendo por anteriores experiencias, dónde estaba el riesgo. Pero fue en vano: el medio de comunicación en cuestión volvió a diluirlo todo en un condescendiente guiño de simpatía hacia Turquía, lo cual era un logro, proveniendo de un canal informativo del Grupo Prisa.

Ali Babacan, el joven y dinámico ministro de Asuntos Exteriores del gobierno turco del AKP. Su protagonismo como intermediario entre Israel y Siria, ha sido relevante
La base de la actitud era muy típicamente española (y no sólo en el ámbito mediático): recurrir al experto, pero no para hacerle caso o aprovechar su opinión, sino para utilizar su nombre a fin de reforzar los prejuicios, estereotipos e interpretaciones propias del medio. ¡Si sabrán ellos…! Sobre esta base y en el caso específico de la noticia referida, se erigía la típica ignorancia voluntaria sobre los mecanismos de actuación de la diplomacia comunitaria y la insistencia informativa en la compartimentación: ¿La UE en Oriente Medio? Imposible: aquello es terreno de los norteamericanos, los turcos actúan por su cuenta, los israelíes por la suya, el mundo funciona a partir de los estereotipos que les asignan en las redacciones.
En el caso concreto de la diplomacia turca en Oriente Próximo, Asia Central y el Cáucaso, lo que ha estado sucediendo desde hace meses, resulta bastante sencillo de entender: sea cuál sea el resultado de las elecciones norteamericanas, a partir de enero de 2009 empieza una nueva era, especialmente en aquellas regiones en las que Washington se ha venido implicando más directamente. No se sabe a ciencia cierta por qué camino tirarán los norteamericanos, pero algo, forzosamente, deberán hacer. De momento, se vive un ambiente de interregno, y en ese creciente vacío ha comenzado a moverse la diplomacia turca.
En algunas zonas, por lo que le toca de cerca. Por ejemplo, el Kurdistán, donde bien pudiera ocurrir que Masud Barzani quedara medio abandonado a su suerte, impelido a ponerse de acuerdo con Ankara y Teherán. En Oriente Medio, George W. Bush intenta, sin éxito, imponer alguna forma de acuerdo de última hora entre árabes palestinos e israelíes. Como también intentó hacerlo Bill Clinton antes de abandonar la Casa Blanca. Todo esto está ya muy trillado, y ahora Jerusalén desea actuar con mayor autonomía, en vista de que la desastrosa incapacidad norteamericana en la zona ha terminado por complicarle las cosas a Israel, más que a solucionárselas. Es en este ámbito donde se enmarca el esfuerzo diplomático de Ankara, mediando entre Siria e Israel. Por otra parte, empresas turcas ya hace tiempo que se han posicionado en las zonas controladas por la Autoridad Nacional Palestina, o que trabajan en Egipto, Siria y Líbano. Por último, también la situación en el Cáucaso está experimentando un vuelco, no sólo porque Turquía y Armenia están en proceso de reconstruir sus relaciones, sino porque está impulsando la reconciliación intracaucásica, en especial entre Georgia y Armenia. En este caso, sólo indirectamente se trata de cubrir el hueco dejado por Washington: en realidad, la labor turca en la zona se corresponde con un acercamiento al vecino ruso, aunque en parte esté relacionado con los desastres.

El profesor
Ahmet Davutoğlu, a quien a veces se le denomina el "Metternich turco", es el asesor principal del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan y arquitecto de la política exterior turca, que algunos analistas gustan de tildar como "neo otomana". Es un estadista apreciado en Bruselas
Ahora bien, toda esa actividad y sus causas no sólo son conocidas por Bruselas, sino que en algunos casos está siendo controlada, estudiada, alentada y a veces planificada en común con diversas cancillerías europeas. Y es lógico y bueno que así sea, por varias razones:
a) En primer lugar, porque Ankara está desarrollando una actividad diplomática en la zona de Oriente Medio, Asia Central y el Cáucaso que es precisamente uno de los activos ofrecidos en su día a Bruselas y que ahora busca y necesita la UE en esas difíciles zonas: know how, brokerage y seguridad. Turquía está demostrando lo que sabe y puede hacer; y Bruselas toma nota, sugiere y prueba. Pura y simplemente, no es realista suponer que en plenas negociaciones de acceso a la UE, Ankara está haciendo lo que le parece, sin contar con Bruselas. Hay indicaciones y datos concretos relativos a ello aunque, lógicamente, no se prodigan; como siempre, a la espera de resultados. Y aunque los haya y sean positivos, los cómos y porqués tampoco se filtrarán en demasía.
b) En la actual situación, cuando faltan pocos meses para que George W. Bush deje la Casa Blanca, se están generando vacíos de planificación y control estratégicos en las zonas referidas. Los proyectos de la actual presidencia norteamericana van a ser cancelados o drásticamente reformados; pero hasta hace poco, Washington ha llevado la voz cantante en la gestión de crisis en Oriente Medio, la buscada confrontación con Rusia y las presiones contra Irán. Bruselas sabe que el momento es peligroso para Europa, debido a ese vacío de poder que se está generando en el turbulento espacio ex otomano. Y como mínimo, intenta intervenir para recoger los platos rotos y adecentar el desorden reinante, antes de negociar con el que será nuevo inquilino de la Casa Blanca. En cualquier caso, estamos ante lo que puede definirse como la primera intervención extensa en Oriente Medio de la diplomacia comunitaria. Y Turquía está actuando como agente avanzado de la misma. ¿O creen que es casualidad que Ankara no haya recibido presiones desde Bruselas para que retire definitivamente a sus tropas del Norte iraquí?
c) Ante la situación política que se vive actualmente en Ankara, Bruselas tiende a apoyar al gobierno Erdoğan y no a los elementos vinculados antiguo régimen (derecha y ultraderecha nacionalistas autodefinidas como “sectores laicos”) empeñados en desestabilizarlo y boicotear el proceso de negociaciones para el acceso a la UE, proceso en el cual ven una amenaza contra sus posiciones de poder social: por unas razones o por otras sólo entre el 25 ó 27% de la población turca se sitúa en esa línea. Tal como están las cosas, el actual gobierno supone para Bruselas una línea de cooperación provechosa y coherente en Oriente Medio y Asia Central. Un golpe de estado en Turquía, del tipo que sea, sólo ofrece incertidumbres, presiones y fantasías, como la idea de “irse con Rusia”, en vez de continuar con el proceso de integración en la UE.
d) La UE, o al menos un grupo de países dentro de ella, están trabajando para reconstruir el mensaje de que el proceso de integración europea sigue siendo válido como panacea para restañar los viejos conflictos disgregadores. El cortocircuito que ha supuesto el reconocimiento de la autoproclamada República de Kosovo por una mayoría de países de la UE, presionados algunos de ellos por la administración Bush, ha supuesto un serio quebranto para la credibilidad de esa fórmula. Por ello, mientras se busca ahora que las aguas vuelvan a su cauce en los Balcanes y se intentan restañar heridas, la colaboración de Turquía en Oriente Medio y el Cáucaso puede suponer, para la Unión Europea, la recuperación del hilo de un discurso integrador y superador de conflictos.

Las contradicciones del presidente Nicolas Sarkozy no deben circunscribirse a las políticas del Eurocontrol. Están demasiado relacionadas con los desastrosos resultados cosechados por el mandatario en política interior francesa
Lógicamente, iniciativas como el reciente debate en la Asamblea Nacional francesa sobre la posibilidad de incluir en el proyecto de reforma constitucional una enmienda que confirme la convocatoria obligatoria de un referéndum «para aprobar o rechazar el ingreso en la UE de países que representen más del 5 % de la población de la Unión», va claramente dirigido contra Turquía y parece desmentir todo lo dicho más arriba. ¿Son posibles políticas de Eurocontrol ante actitudes nacionales tan veleidosas? Recuérdese que de prosperar la enmienda, Sarkozy terminaría tirando piedras de grueso calibre contra, por ejemplo, el proyecto de Unión Mediterránea (UM), que él mismo lanzará con su habitual pompa, durante una cumbre euromediterránea excepcional, a mediados de julio. En el proyecto de la UM, Turquía está llamada a tener un papel destacado, máxime ahora, cuando está demostrando un marcado protagonismo en su capacidad diplomática por el Mediterráneo Oriental. Aquí la política del Eurocontrol fallaría por su misma base, es decir, como una enfermedad autoinmune, al no poder controlar un jefe de estado la coherencia de su propia estrategia política.
Por lo tanto, en realidad estaríamos en este caso ante un problema estructural, y por lo tanto profundo, propio de los mecanismos esenciales de la UE. Los conflictos que puede plantear Sarkozy en la cuestión turca al intentar superar sus contradicciones en política interior, a base de la demagogia habitual, no dejan de ser comparables, ahora mismo, a los que también pone sobre la mesa Berlusconi, en Italia, o la inquietante actitud de la sociedad irlandesa ante el referéndum para la ratificación del Tratado de Lisboa. ¿Hace todo ello inviable la Unión Europea? No son asuntos tan nuevos y en realidad están asociados a problemas internos de cada uno de los líderes políticos con respecto a sus votantes. Pero hasta el momento se ha demostrado que esas figuras pasan y se van (incluso a De Gaulle le ocurrió). Mientras tanto, la voluntad de afianzarse y crecer de la Unión Europea permanece; y mientras eso sea así, de una forma u otra, más o menos discreta, consensuada o agresiva, seguirá existiendo la política del Eurocontrol, con todos sus errores y titubeos, pero también con sus logros e innovaciones originales; porque es el único camino posible, al menos desde el punto de vista continental. Etiquetas: Erdoğan, Eurocontrol, Eurovisión, intermediación, Israel, Kouchner, Sarkozy, Siria, Turquía, UE
El espacio ex otomano, origen de las crisis actuales (y 6)

Durante la mayor parte del siglo XIX, las potencias occidentales y en mayor medida Gran Bretaña, seguida en parte por Francia, defendieron como pudieron al “Hombre enfermo” de los intentos rusos por destruirlo. Por lo tanto, una de las grandes paradojas de esta historia resultó ser la de que, al final, los rusos fueron los causantes, aunque indirectos, del postrer desmoronamiento del Imperio otomano, a pesar del empeño que habían mantenido ingleses (y en parte franceses) por conservarlo vivo a lo largo del siglo XIX.
Tras el estallido de la Gran Guerra, en agosto de 1914, la Sublime Puerta llegó a la conclusión de que intentar mantenerse neutral en el conflicto, como había hecho durante las guerras napoleónicas, no serviría de nada en esta ocasión. Los rusos deseaban borrar las humillaciones de 1905 y convertirse en potencia dominante, incluso a costa de la destrucción del estado alemán y su desmembramiento, tal como se desprende de los denomiandos "Doce Puntos de Sazonov" que marcaban sus objetivos iniciales de guerra. Desde Estambul se creía que los franceses y sobre todo los británicos les permitirían esta vez a Rusia hacer lo que quisiera; esto implicaba que tampoco moverían un dedo si esa potencia aprovechaba para imponer sus reclamaciones al Imperio otomano, aunque se mantuviera neutral. Dada la naturaleza de la contienda que se estaba librando, era de esperar que la primera exigencia sería la de libre tránsito por los Estrechos o incluso su control directo. Y a partir de aquí, un chorreo de imposiciones adicionales que respaldarían Londres y Paris, potencias aprovecharían para satisfacer sus intereses en Occidente. Esa fue la razón por la cual Estambul se decidió, ya en octubre de 1914, por aliarse con Alemania, que por entonces parecía el contendiente más capz y a la vez menos peliogroso para el Imperio otomano, dada su lejanía y la importancia relativa de sus intereses en él.
Fuese una predicción acertada o provocada por la decisión que tomó el gobierno otomano, británicos y franceses decidieron que ya sólo cabía planear la forma en que podrían sacar el mejor partido de los despojos del Imperio otomano, caso de que la Entente ganara la guerra. Pero lo que resulta más revelador de la cuestión fue que los planes de Londres se hicieron poniendo la máxima atención en protegerse de los futuros enemigos en la zona: los rusos. Si estos deseaban destruir al Imperio otomano, ingleses y franceses reordenarían sus restos para paliar en la medida de lo posible las consecuencias del control ruso sobre los Estrechos, y quizá parte de Anatolia; y desde luego, Oriente Próximo no caería en manos eslavas. Ese fue, en parte, uno de los objetivos políticos buscados al fomentar la revuelta árabe y el paralelo reparto de los actuales Palestina, Líbano, Siria, Jordania e Irak entre Londres y Paris.

El coronel T. H. Lawrence, símbolo épico de la decisión británica de destruir el Imperio otomano durante la Gran Guerra.
Los británicos siempre tuvieron interés en mostrarse como los grandes instigadores de la épica revuelta árabe de 1916, lo que en teoría les daba más derechos sobre el resultado final de la misma que sus competidores franceses y rusos cuando llegó el momento de descuartizar el Imperio otomano sin contemplaciones. Como se sabe, Londres acumuló promesas sobre promesas: a los árabes la creación de un gran estado o incluso un imperio propio sobre las ruinas del otomano. A los franceses, el reparto del Próximo Oriente a partir del tratado de Sykes-Picot; a los italianos, una porción de Anatolia, a los rusos, antes de la Revolución de Octubre, como se ha mencionado, casi todo lo que quisieron pedir: el control de los Estrechos y la zona oriental de Anatolia. Por ello, resulta apasionante descubrir hasta qué punto, en esos grandes manipuladores y remodeladores del Imperio otomano que fueron los británicos, terminaron mezclándose claros objetivos estratégicos con discursos románticos.
Tras la Revolución rusa, Londres buscó afanosamente la creación de una línea de control estratégico que atravesara el Próximo Oriente árabe, desde el Golfo Pérsico al litoral mediterráneo. Esa opción no sólo actuaría como “cordón defensivo” de Egipto y Suez frente al peligro ruso, más al norte, sino que en sí misma sería una vía de acceso alternativo hacia la India. En todo caso y dado que el dispositivo debía quedar reforzado con el tendido de un ferrocarril transversal que lo hiciera más defendible, el problema mayor lo constituía el punto de salida hacia el Mediterráneo, que podía variar desde la ciudad de Alexandretta (hoy Iskenderun) en la Cilicia, o en Palestina.
Los acuerdos Sykes-Picot, así denominados en recuerdo de los respectivos ministros de Exteriores británico y francés que lo elaboraron. Para los británicos, el objetivo principal era construir un corredor estratégico en Oriente Próximo, entre el Golfo Pérsico y el Mediterráneo, a fin de asegurar la conexión más corta entre Egipto y la India, que además sirviera como parapeto defensivo ante la previsible influencia rusa en el Cáucaso, Anatolia y los Estrechos. Obsérvese el obstáculo a esos planes que constituía la Zona de Control Internacional
Sólo que el territorio prometido a los franceses complicaba mucho el acceso a las costas mediterráneas. Por si faltara algo, el texto final del acuerdo Sykes-Picot incluía que la problemática Palestina sería gobernada por una administración internacional (“Condominio Aliado”) cuya forma final sería establecida tras la guerra, previa consulta con Rusia. Teóricamente, esta situación obedecía al asentamiento en la zona de unos 90.000 colonos judíos en virtud de las campañas sionistas de regreso a la tierra Prometida, que habían comenzado a arrojar sus frutos en 1882, pero que a partir de 1905 experimentaron un gran auge. Sin embargo, la idea de un “Condominio Aliado” sobre lo que de hecho era una pequeña parte de Palestina, se debía a la presión ruso-francesa. De hecho, existía un acuerdo secreto entre ambos aliados: Rusia había prometido apoyar los objetivos franceses en Palestina en las futuras negociaciones con los británicos. Y los franceses argumentaban que toda la fachada marítimo de Tierra Santa, junto con Líbano, formaban parte de la Siria histórica. Por lo tanto, la administración internacional del territorio había sido fruto de un arreglo de compromiso, un acuerdo que no enturbiara las relaciones entre aliados por la disputa sobre Palestina, en espera de la victoria final sobre los Centrales. De hecho, cuando el acuerdo se hizo público, tanto en Francia como en Gran Bretaña se hizo impopular porque las opiniones públicas de ambos países se sintieron decepcionadas. Y en buena medida -y aunque parezca increíble hoy en día- ello tenía que ver con la posesión de Palestina, asociada a los mitos medievales de las cruzadas.

El general Allenby entra en Jerusalen por la Puerta de Jaffa, diciembre de 1917. Fotografía procedente de First World War.com
Dentro de ese esquema, uno de los objetivos preferentes en el Próximo Oriente pasó a ser el de modificar el acuerdo de Sykes-Picot “a fin de darle a Gran Bretaña el definitivo y exclusivo control sobre Palestina”. Para ello, el nuevo gabinete comenzó a utilizar la carta de las aspiraciones sionistas, aunque como escribió su Anthony Asquith, el anterior primer ministro, a Lloyd George le importaba un ardite el pasado o el futuro de los judíos. Lo que se le antojaba un “ultraje” era dejar “los Santos Lugares en posesión o bajo el protectorado de la ‛agnóstica, atea, Francia’”. En efecto, ya desde el otoño de 1914, a poco de la entrada en guerra del Imperio otomano, andaba dando vueltas por los despachos del Foreing Office el informe Herbert Samuel a favor de que el gobierno británico impulsara la creación de un Estado judío en Palestina. Pero el primer ministro Asquith percibió claramente los problemas que podría traerla a Gran Bretaña un compromiso en esa dirección: la emigración masiva de judíos desde los cuatro rincones del mundo “que en el debido momento obtendrán la Home Rule”. 
Así fue como, en base a los planteamientos geoestratégicos de Lloyd George, tendientes a revisar en profundidad el Acuerdo Sykes-Picot en perjuicio de Francia, el 2 de diciembre de 1917, el Secretario de Exteriores, Arthur James Balfour dio a conocer la célebre Declaración que lleva su nombre y en base a la cual el gobierno británico “veía favorablemente” el establecimiento de un “hogar nacional” para el pueblo judío en Palestina. La fecha no era causal: por entonces estaba en pleno desarrollo la ofensiva británica en Palestina, que el día 8 de ese mes llevó a la toma de Jerusalén. El general Allenby ofreció la Ciudad Santa a Lloyd George como regalo de Navidad.
Menos de un año más tarde, el Imperio otomano se hundió. Pero para entonces los grandes planes puestos en marcha por las potencias de la Entente ya habían perdido su utilidad o pronto lo harían. El Imperio ruso se hundió y las disposiciones estratégicas ideadas por los británicos perdieron buena parte de su utilidad, pues el enfrentamiento con la Rusia soviética no se basaba ya en los viejos presupuestos de la gran geopolítica, sino en la influencia ideológica. A cambio, rusos, británicos y franceses se habían pasado dos siglos concibiendo unas fuerzas que progresivamente fueron quedando libres y actuando por su cuenta. El primer aviso llegó con las guerras balcánicas de 1912-1913, aunque con precedentes muy claros en la crisis de 1875-1878. Y todo ello arrancaba de las insurecciones serbia y griega a comienzos del siglo XIX. A partir de 1918 ya estaban sobre el tablero todas las piezas vivas que casi un siglo más tarde seguirían jugando por su cuenta mortíferas partidas, desde Kuwait a Bosnia, desde Riyad a Nagorno-Karabaj.

La presencia norteamericana y británica en Irak es una más de las múltiples operaciones intervencionistas en el espacio ex otomano, que sigue pautas similares en sus motivaciones, modus operandi, opciones y resultados finales a las de otras muchas, sean recientes (Bosnia, Kosovo) o las más lejanas acaecidas en los siglos XIX y XX
En definitiva, el Imperio otomano se convirtió en la matriz de las futuras grandes crisis del siglo XX debido a una serie de causas muy evidentes. En primer lugar, su situación en la periferia europea, que hacía de él un territorio geográficamente muy accesible para las grandes potencias intervencionistas del siglo XIX. Eso transformó al Imperio otomano en un laboratorio del imperialismo europeo y como tal, nunca terminó de ser un modelo perfecto. Además, el empeño en mantener vivo al Hombre Enfermo aunque fuera podando –o permitiendo la autodeterminación- de ciertos territorios periféricos, obligó a mantener latentes algunos conflictos –como el que plantaban los armenios- que a la larga crearon graves problemas estructurales en el Imperio otomano. Por otra parte, las grandes potencias intervinientes nunca pudieron mantener la suficiente distancia emocional con respecto a los efectos que ellas mismas estaba generando en la zona. Las antipatías que despertaba el recuerdo histórico del “azote turco” de los siglos XV al XVII, las obsesiones nacionalistas con la épica de las cruzadas, la problemática judía, la mala conciencia histórica asociada a la caída de Constantinopla o el impacto de las mitologías nacionalistas balcánicas: todas esas imágenes y algunas más eran suficientes como para enzarzar a las grandes potencias en decisiones precipitadas o intervenciones manipuladas por intereses locales. Un componente que ayuda a explicar por qué si bien el Imperio otomano terminó desapareciendo, los mecanismos que habían llevado a su destrucción perviven a comienzos del siglo XXI, sembrando la discordia y creando la falsa sensación de que las viejas causas siguen vivas y merece la pena pelear por ellas generación tras generación, por los siglos de los siglos.
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