sábado, marzo 01, 2008

La OTAN se la juega en Kosovo y Afganistán












Reacción internacional a la autoproclamación de independencia de los albaneses de Kosovo. En naranja, los países que han adoptada una postura francamente contraria; en un tono más claro, aquellos que han expresado su disgusto por la medida; en ocre, los que no tienen una posición clara. En gris, los que no han expresado opinión al respecto. En azul, los que han reconocido, y en tono más claro, aquellos que lo harán. El mapa proviene de Wikipedia y se puede ampliar y presionando con el puntero sobre la imagen. Para actualizarlo, pulsar en el link de Wikipedia.



Como es habitual cuando estalla una crisis balcánica, y eso desde 1821, en que los griegos se alzaron para obtener la independencia del Imperio otomano, en Occidente se desatan pasiones que, con el tiempo, acaban tomando formato futbolístico. Los artículos de opinión firmados por todos y cada uno de los comentaristas habituales de los periódicos -dado que cada uno se siente obligado a posicionarse- y las cartas al director que no cesan de llegar a las redacciones, suelen enfocar el asunto desde el ángulo estricto de la más pura teoría acompañada, a veces, de alguna ocurrencia original, más ingeniosa que la del vecino, aunque en el fondo todos se atienen a tres o cuatro posiciones básicas. Por lo tanto, el problema de tal tipo de debates sobre arbitraje, reglas, penalties y declaraciones de los entrenadores, es que contribuyen a congelar los términos del problema real y por lo tanto, evitan su resolución y contribuyen a perpetuarlo o diseminarlo.

Pero los tiempos cambian, y mucho se ha transformado el mundo y sus circunstancias entre 1991 y 2008; o incluso desde 1999, fecha de la anterior crisis kosovar. Por fortuna, para el caso del nuevo incidente en la zona, tenemos a mano un interesante baremo susceptible de medir el impacto positivo o negativo del hecho histórico que nos ocupa: el mapa de los países que han accedido a reconocer la independencia kosovar o que, por alguna razón no lo han hecho todavía o no lo harán.











Perros que deberían seguir dormidos: La cuestión kosovar ha reabierto el debate nacionalista en Argentina sobre las Malvinas, ahora ya sin Junta Militar de por medio. En la imagen, bandera argentina con el perfil de las islas en su centro, actualmente... ¿parte del territorio de la UE?


En un primer nivel de rechazo o cautela, se sitúan las nuevas potencias emergentes: China, Brasil e India. Parece evidente que estos nuevos poderes, que dentro de pocos años tendrán un peso decisivo no sólo en la economía sino en la política internacional, no pueden ver con simpatía la perpetuación de actos de fuerza al estilo del perpetrado por el “trío de las Azores” en 2003, incluso aunque en este caso toda una serie de países europeos se hayan alineado con el núcleo decisorio original (los Estados Unidos y Gran Bretaña) no sin reticencias de sectores íntegros de sus fuerzas políticas internas (caso de Alemania, por ejemplo). Podemos objetar que todo termina olvidándose y que ya pasarán por el aro. Puede ser; o no, dado que las nuevas potencias emergentes lo son y ejercerán como tales en el futuro, justamente porque no pretenden alinearse con el Nuevo Orden proclamado por George Bush a comienzos de los noventa.

Rusia, por supuesto, es una potencia “reemergente” y tiene sus propios intereses hegemónicos en esta cuestión. Pero por lo visto, el menor o mayor nivel democrático de su régimen la excluye por razones “morales” del actual litigio. No se pensó lo mismo en junio de 1999, cuando Moscú contribuyó a votar la resolución 1244 en las Naciones Unidas, que terminó el conflicto armado desencadenado por la OTAN contra los restos de la última Yugoslavia. Pocos meses antes, el debate sobre la crisis de Kosovo había sido puenteado en base a que Rusia no sintonizaba con la intervención armada que se pensaba votar; ahora, nueve años más tarde, se recurre al mismo mecanismo. En realidad, los credenciales democráticos de Rusia suben y bajan a ojos de los occidentales en función de las bases militares en Asia Central que Moscú desee ceder y su disponibilidad para apoyar algunas aventuras militares occidentales; las facilidades ofrecidas a los especuladores extranjeros o el precio del gas y el petróleo; y en general y a ojos de Washington, está en razón inversa del nivel de acercamiento a Europa.














Proyectada bandera de la posible República de Taiwan, si llega a consumarse la separación entre las dos Chinas. Otra polémica reabierta muy lejos geográficamente de Kosovo y con una entidad real mucho mayor. El 14 de marzo de 2005 China aprobó la Ley Anti-Secesión, que autoriza de forma explícita el uso de la fuerza para recuperar el control de un territorio sublevado. En Europa, nadie opina sobre estos problemas.

Aparte de Canadá, donde al parecer el asunto kosovar podría reabrir de nuevo, una vez más, la cuestión del Quebec, el mapa de los poco favorables a reconocer la independencia kosovar se extiende por casi toda América Latina. Claro está que Venezuela la rechaza, como era de prever. Pero también lo hace Argentina, donde se ha reabierto la cuestión de las Malvinas, islas argentinas dependientes de la UE; y Bolivia, donde el presidente Evo Morales teme por la provincia de Santa Cruz. O Brasil, ya mencionado antes en el grupo de las nuevas potencias. Es normal esa reticencia: si los “gringos” han logrado redibujar de nuevo las fronteras europeas en pleno 2008, ¿qué no podrán hacer con las del continente donde la doctrina Monroe se aplicó de forma particularmente abusiva? Esa reacción es todavía más ostensible en África, continente que casi en su integridad ha rechazo ni siquiera pronunciarse sobre la soberanía kosovar. Y que tiene una experiencia muy reciente sobre lo útiles que pueden ser los estados títere, creados sobre la marcha, para las jugadas de las grandes potencias occidentales. Recordemos, además, la reciente penetración china en el continente negro. Por lo tanto, es muy posible que el debate sobre la independencia kosovar en las Naciones Unidas hubiera contado con más oposición que la rusa, como se nos quiere hacer creer.

Pero ha sido en los Balcanes donde la reacción adversa ha resultado más contundente. Aparte del conocido caso de Chipre y por supuesto, la misma Serbia, ni Rumania, ni Bulgaria, ni Grecia –tres socios de la UE- han querido reconocer la independencia kosovar. Bosnia y Montenegro siguen sin pronunciarse , en parte porque la “solución” kosovar amenaza de una forma u otra su propia arquitectura estatal. Por lo tanto, lo que debería de haber sido una aportación a la estabilidad de los Balcanes, ha resultado ser todo lo contrario. Y lo peor es que ha puesto en entredicho las expectativas de que la UE sería el vehículo más seguro, el único posible para la superación de los conflictos interétnicos en la zona a partir de la progresiva disolución de las fronteras en un espacio económico común. Esto queda bien en evidencia para el caso de Rumania, donde grupos nacionalistas húngaros de Transilvania ya se manifestaron por las calles de Cluj expresando sus simpatía por Kosovo, un conflicto que, expresado de esa forma, llevaba ya más de dieciséis años.












Bandera del estado-protectorado de Bosnia-Herzegovina. La independencia no trajo la solución de los problemas de esa región europea. Dejar pasar el tiempo, tampoco.

Y ese es precisamente uno de los problemas que se están poniendo de relieve ante la situación. El de aquellos que se encogen de hombros y opinan que “todo pasará”, que de aquí a dos días nadie se acordará del contencioso, que unos y otros bajarán la cabeza, terminarán por reconocer a Kosovo y “tal día hará un año”, como reza la expresión popular. Pues justamente, ese es uno de los errores. Tal cosa se pensaba precisamente en junio de 1991, cuando se avecinaba la autoproclamación de independencia de Eslovenia y Croacia. Pelillos a la mar, todo pasará, tragarán; la eterna huida hacia adelante, el hecho consumado que tanto complace a las potencias occidentales, incluyendo, en su momento, el Tercer Reich.

A su vez, el hecho consumado impone el doble rasero. Y así llevamos ¡diecisiete años!, con un rosario de cinco guerras, sólo en las repúblicas ex yugoslavas. Eslovenia ha entrado en la UE, Croacia pronto lo hará: cuenta con buenos aliados europeos, que saben hacer discreta política lobbista. Las cuestiones morales y éticas que tanto se aplican a Rusia, resultan políticamente incorrectas referidas a Eslovenia y Croacia, cualesquiera que fueran sus responsabilidades en la cadena de guerras que asolaron la implosionada Yugoslavia. Y quizá, sino no hubiera sido por ellos, sus particulares intereses y los de aquellos países muy concretos que los secundaron, toda la ex Yugoslavia sería ya miembro del club europeo. Sin necesidad de disolver fronteras bautizadas con sangre, sin tener que dar un largo rodeo por el siglo XIX para llegar al XXI con todos esos debates seudo académicos sobre la “legalidad” o no de soberanías ganadas a punta de cañón, como fue en el caso de los Balcanes occidentales.

Todo el mundo acabó accediendo, esas independencias fueron reconocidas, Eslovenia es un miembros honorable y hasta ocupa la presidencia de la UE, con lo cual contribuye, por su parte y de nuevo, a la cada vez más escasa credibilidad política del club. Y es que el mundo está cambiando demasiado velozmente para los vetustos trucos, la política de las cañoneras, la vieja doble moral y las armas de destrucción masiva que, como todo el mundo sabe, existen y algún día se demostrará. ¿O no? Da igual, fue otro hecho consumado basado en una ficción de esas que se escenifican en Washington o Londres, convertidas más adelante en nueva legalidad fulgurante.

Por eso Kosovo ya no pertenece a los Balcanes, ni éstos a Europa. Esa es asimismo la razón de que, una vez más, como en 1999, la necesidad de justificar la viabilidad de la OTAN haya tenido un papel nada desdeñable en la tozudez norteamericana para aplicar la solución que ya había programado por entonces para Kosovo. Ahora, cuando todo va cada vez peor en el lejano Afganistán, cuando se debe ir preparando la retirada, la OTAN tiene que presentar balance positivo en, al menos, una de los dos campañas militares que emprendió. Seguir en Kosovo sin aplicar la “solución” que fue planeada, sería una amenaza demasiado contundente para la continuidad de una alianza militar que hasta hace bien poco, nadie sabía ya para qué servía. Por lo tanto: autodeterminación, el asunto pasa a Bruselas, los soldados cambian la bandera de la OTAN por otra más europea, y es la UE quien carga con los gastos y desgastes, financieros y políticos. Misión cumplida.












Nueva bandera de Kosovo, que de forma más que chocante, resulta muy similar a la de Bosnia-Hercegovina. ¿Misma bandera, mismas causas y síntomas, mismo destino?

Entiéndase: la guerra por Kosovo de 1999 se hizo, hipotéticamente, con la intención de que sirviera para derribar a Milosevic. Pero de hecho acaeció casi dos años más tarde, y no se debió precisamente a la operación militar atlantista en la provincia. Si eso era así, ¿cómo devolver Kosovo a Serbia una vez caído el presidente serbio? En buena medida, hubiera significado asumir y proclamar públicamente la inutilidad del gesto, subrayando la humillación con el disgusto de los nacionalistas albaneses y el regocijo de los serbios. Además, había que inducir al olvido el por qué de la operación militar de 1999, que en su momento fue un ejercicio para demostrar que el Nuevo Orden era una realidad, a pesar de los pesares; y que en él la OTAN tenía un papel central.

Por lo tanto, tras toda esta operación consistente en imponer internacionalmente el reconocimiento de Kosovo, se esconde la intención real de justificar la utilidad de la operación de la OTAN en 1999, algo tanto más decisivo en estos momentos cuanto que esa misma Alianza Atlántica está fracasando en Afganistán, que es nada más y nada menos que la segunda operación militar que emprendió la organización –y no de tipo defensivo, precisamente- en todo su medio siglo de historia. ¿Un mero detalle? Ni mucho menos: en estos momentos, Washington y Bruselas luchan desesperadamente por imponer urbi et orbi la idea de que la OTAN tiene un sentido, sirve para algo, a pesar del desastre que se avecina. Se están jugando, nada más y nada menos, que la supervivencia de la única organización militar internacional existente en el mundo (aunque pueden aparecer otras, y no precisamente controladas por los occidentales). Y para ello, no dudarán en recurrir a lo que sea, incluso a inventarse una nueva guerra fría totalmente artificial con Rusia, levantada a golpe de enfrentamientos provocados por sistemas defensivos de misiles en Polonia y Chequia, hostigamientos a Serbia o integración de los países del Cáucaso o la misma Ucrania, en la OTAN. La vieja huida hacia adelante, tirada por la vieja troika: fuerza bruta, hechos consumados y doble rasero.
















Going back home
: esta misma semana, el príncipe Enrique fue "oportunamente descubierto" por la prensa sirviendo en Afganistán y reenviado de vuelta a la patria. Las cosas se están poniendo demasiado feas en aquel frente como para seguir utilizándolo en campañas de propaganda triunfalista o para que la Casa Real británica sirva a la OTAN en primera línea

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domingo, febrero 17, 2008

February 17th: Freedom Fighters Day





















Monumento a los caídos del UÇK en la guerra de 1996-1999: Vucitrin / Vushtrri, Kosovo. Obsérvese que el mapa que enmarca la silueta del caído es el de la Gran Albania. Aunque es improblable que se convierta en una realidad a medio plazo, también es cierto que no se trata de "propaganda serbia¨, como argumentan los simpatizantes de la causa albanesa.

Dentro de pocas horas nacerá la “autoproclamada República de Kosovo”, adjetivo que en los últimas décadas la prensa occidental distribuía selectivamente por aquí, callaba por allá y obviaba acullá. Hace ya bastantes años que los dobles raseros se aplican generosamente en diversas regiones del planeta, aquellas que son más dadas a la colonización y división en zonas de influencia que otras. La lista, aplicable a los Balcanes y extensible al resto del espacio ex otomano, es larga y tiene probada profundidad histórica. Eran peyorativamente “autoproclamadas” la República Serbia de la Krajina y lo es la República Turca del Norte de Chipre. Pero no lo es Nagorno-Karabaj, territorio no tan ignoto que ha provocado numerosas tensiones en el Cáucaso, amén de un número crecido de muertes. Eso, mejor meterlo en el cajón.

La verdad es que, aunque pueden cobrar una gran relevancia en un momento dado –las “repúblicas autoproclamadas” son carne de manipulación por excelencia- la exhibición de dobles o triples varas de medir ha tenido momentos estelares en la reciente historia de las crisis balcánicas. Aparte del ya bien conocido “vals de la federación” (“Yugoslavia federal no es factible-Bosnia está destinada a serlo-Kosovo nunca lo será-en Macedonia la solución está ahí, precisamente”) no han faltado grotescos momentos estelares, si no fuera porque terminaron en tragedia. Por ejemplo: el 6 de abril de 1992, la Comunidad Europea reconoció formalmente a la República de Bosnia-Hercegovina. Una de esas “soluciones” de la diplomacia occidental que ignoró olímpicamente el deseo de una mayoría de serbios de Bosnia de abandonar esa república; en este caso, la sagrada “voluntad de la mayoría” no tuvo ningún valor para Bruselas y Washington. Pero, casi peor, en la agenda de ese mismo día 6 de abril estaba previsto reconocer la República de Macedonia. Sin embargo, ese asunto se dejó de lado para no contradecir a Grecia, que por entonces desplegaba una desmesurada campaña nacionalista contra lo que se consideraba una amenaza revisionista. Según el gobierno de Atenas, la homónima región norteña de Grecia era la verdadera Macedonia, mientras que la república ex yugoslava era un invento de Tito, con objetivos descaradamente anexionistas. Sea como fuere, Bruselas demostró una marcada indolencia hacia la soberanía Macedonia, y una innecesaria impaciencia en reconocer la independencia bosnia, que ayudó a precipitar la guerra
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Monumento al héroe del UÇK en la plaza principal de Prizren. Fotografía procedente del blog: "Els viatges del Xavi"

Casi dieciséis años más tarde, estamos ante un caso parecido. Los aplausos orgánicos que escuchamos en occidente hacia la epopeya soberanista de los albaneses de Kosovo, se permiten ignorar los derechos de la minoría serbia, objeto de flagrantes campañas de limpieza étnica ante la indiferencia de la administración internacional. Por lo visto los albaneses “se merecen” la independencia, pero la minoría serbia “no se merece” una especial atención hacia sus derechos. Debe de ser cosa del número exiguo de los que quedan (menos del cinco por ciento de la población total de Kosovo). Aunque si tenemos en cuenta que la definición de genocidio se ajustó en el Tribunal Penal Internacional hasta un mínimo de seis mil personas para poder acusar a Slobodan Milosevic y los líderes nacionalistas serbios de Bosnia de ese crimen en relación con los sucesos de Srebrenica, bien se puede dictaminar que los algo más de cien mil serbios que sobreviven como pueden en Kosovo son una minoría demasiado minoritaria para ser tenida en cuenta, o “reajuste” similar de última hora.

En realidad, los diez años de crisis yugoslavas han ido creando unas lógicas manipuladoras casi mecánicas. Adonde no se llega con unos argumentos amañados, se prueba con otros y sobre todo con las pasiones futbolísticas que embargan incluso a sesudos académicos cuando de Balcanes se trata. Y aquí si que los resultados pueden llegar a ser francamente divertidos, cuando contemplamos alineados en el mismo bando “soberanista” a intelectuales de rancio abolengo progre con derechosos periodistas de imperial pijería. Y ya son ganas de emborronar papeles a mayor gloria de la vanidad sublimada en el “sostenella y no enmendalla”, para terminar haciendo masa coral con lo que no es sino el objetivo de cualquier extremismo político no islamista en la Europa de hoy: conseguir como sea el apoyo norteamericano no sólo para obtener la victoria, sino también para bendecirla. Todo ello bien poco tiene que ver con el derecho a la soberanía de los albaneses de Kosovo y es mero interés coyuntural de un grupo de potencias hegemonistas enfrascados en salir del paso obviando hipócritamente cualquier cosa que no sean sus intereses aquí y ahora.

Desde ese punto de vista, la decisión del gobierno español de no reconocer al nuevo estado “soberano” de Kosovo es consecuente, correcta y valiente. Que no quedó más remedio que llevarla a cabo en una coyuntura internacional desventajosa, de eso no cabe duda. A la vista está: distanciamiento de Bruselas, nuevo desencuentro con Washington y por si faltara algo, aprovechamiento desconsiderado de Moscú en beneficio de su propio guión –y como venganza, habitual desde hace años, contra la figura y significado de Javier Solana, en 1999 al frente de la OTAN y ahora, en decisivo cargo comunitario.



















Iconografías similares, valoraciones diferentes: Miembros del Real IRA se entrenan en uniformes de campaña ya en 2001

¿Se dio ese paso en nombre de la preservación de las españolísimas esencias patrias? Parece evidente que ese debe ser el caso desde las filas del Partido Popular. Pero, obligaciones del peculiar momento de la campaña electoral al margen, la decisión del gobierno de Zapatero tiene otro trasfondo. Porque lo que se debate aquí no es la vieja discusión bizantino-politológica sobre la intangibilidad de las fronteras realmente existentes o el hipotético “efecto dominó” sobre los soberanismos celtibéricos. La cuestión es otra.

El problema central, que lógicamente no vamos a encontrar debatido en la prensa democrática occidental, es que Washington y Bruselas están reconociendo de facto y de iure, la validez de la vía armada para conseguir objetivos políticos nacionalistas en el continente europeo. O más precisamente, el viejo principio básico de "acción-reacción" de los grupos guerrillerosa y terroristas desde hace más de un siglo. Porque no representa otra cosa el hecho de que el actual primer ministro albanés de Kosovo sea Hashin Thaçi, un antiguo comandante guerrillero del UÇK cuyo nombre en clave era “Serpiente”. O que otro anterior primer ministro, Ramush Haradinaj, también antiguo líder militar del UÇK, esté siendo juzgado en el TPI de La Haya por crímenes de guerra.

Lógicamente, como antídoto a cualquier tentación de aproximarse demasiado a esta delicada cuestión, los apologetas del guión desarrollado en Washington y aplicado desde Bruselas insisten una y otra vez que se le está concediendo la independencia a los albaneses como una especie de premio a sus sufrimientos o de compensación a la abolición de su autonomía en 1989 por obra de Slobodan Milosevic. En realidad, la intervención de la OTAN en 1999 no se produjo en base a esas cuestiones. En el verano de 1996, quien escribe estas líneas visitó Kosovo, donde comenzaba a oírse hablar de los atentados de un misterioso grupo nacionalista albanés contra policías y administradores serbios, amén de los “colaboracionistas” albaneses. Pues bien, la gran mayoría de los albaneses kosovares a quienes entrevistó dijeron no saber nada de “aquella gente” violenta, que posiblemente no eran “de por allí”. Rugova, el líder de la Liga Democrática de Kosovo, la opción mayoritaria, gradualista y no violenta de soberanismo albanés en Kosovo, negaba de forma vehemente y reiterada, que los activistas del UÇK existieran: eran “meras provocaciones de la policía serbia”. Por entonces, los diplomáticos occidentales en la zona no querían oír hablar de aquel feo asunto de Kosovo, cuando hacía pocos meses que se había logrado concluir la guerra de Bosnia. ¿Qué es ese cuento de hadas de que la UE –o determinados socios de la UE- están reconociendo estos días los méritos también de esa opción moderada? Si el UÇK no hubiera empezado a liarse a tiros a lo largo de 1996, profusamente equipados con armas procedentes de Albania al año siguiente, muy diferente hubiera sido la historia. La OTAN nunca hubiera intervenido para apoyar a Ibrahim Rugova y sus seguidores. De eso no hay la menor duda, porque precisamente lo que produjo la aparición del UÇK fue la conciencia de que la opción gradualista del LDK no parecía llevar a la deseada intervención occidental después de que en 1995 los occidentales reconocieran en las conversaciones de Dayton las fronteras de Bosnia, sí; pero también las de Croacia y Serbia, y en éstas se incluía Kosovo. Eso lo saben ahora y lo sabían entonces los albaneses de Kosovo, y de ahí la proliferación de un verdadero culto al combatiente del UÇK expresado en estatuas de regusto stalinista en varias de las ciudades y pueblos de Kosovo, o en las decenas de monumentos a los caídos, que también están presentes en la zona albanesa de Macedonia, con gran profusión de insignias y banderas.






















1958-2008: este mismo año se cumple el medio siglo de existencia de ETA. Conmemoriaciones inoportunas en coincidencia con iconografías similares bendecidas precisamente en estos mismos días por Washington y algunos miembros de la UE

Uno estaría incluso tentado de suponer que Washington y Londres esperaron a que se solucionara el conflicto del Ulster para impulsar la independencia de Kosovo. Porque ese doble rasero sí que resultaba totalmente insostenible. Por otra parte, hoy puede parecer inimaginable que algún día ETA pudiera ser reconocida en Euskadi en términos parecidos a como el UÇK lo fue en Kosovo. Pero si no es así, es bien cierto que el precedente kosovar sí puede convertirse en la base de la utilización del radicalismo armado vasco –por ejemplo- como forma externa de presión sobre el gobierno de turno en Madrid. De hecho, la estrategia de apoyar a grupos radicales le fue bien a Washington durante la Guerra Fría –incluso a costa de subvencionar a Bin Laden y similares “freedom fighter” en Afganistán- y ahora parece retomar la idea: ahí está residiendo, dicen, el éxito del plan de pacificación de Irak: en apoyar a unos contra los otros. Y es que subvencionar grupos armados radicales puede resultar muy rentable. Cuatro fusiles por aquí y dos pistolas por allá, y ya tenemos organizado un grupo armado de "freedom fighters" que puede convertirse fácilmente en instrumento de poder y autoridad. Un líder guerrillero convenientemente afeitado o al menos con un traje caro, puede devenir en estadista aceptable, incluso con un aura romántica de la que carece el político civil de toda la vida. Pero eso sí: el grupito y su líder han de saber claramente quién es el amo, quién manda allí en último término.

Entendámonos: eso, al fin y al cabo, puede que ni siquiera suponga una gran ventaja a largo plazo para la opción violenta y radical objeto de las atenciones de Washington. El margen de acción política real y de soberanía que le queda a Thaçi no es envidiable, y ese es el final de la historia tras años de ardua lucha. Hoy en día, ningún movimiento radical armado tiene posibilidades de éxito en Occidente sin el respaldo de Washington. El IRA es un ejemplo bien claro; también el UÇK, desde luego, pero es que incluso Al Fatah tuvo que ponerse en manos de la CIA hace bien poco tiempo. La verdad es que si yo fuera un activista radical europeo estaría preocupado ante el mensaje que supone la respaldada proclamación de la independencia kosovar: hoy por hoy, si no están los americanos detrás, olvídate. Y en el mejor de los casos, serás un mero peón en manos del Tio Sam. Ahí tenemos a los miles y miles de albaneses que ya están celebrando la independencia agitando obsesivamente banderas norteamericanas con el mismo valor sentimental que la albanesa –que por cierto, no debería ser la enseña del nuevo estado kosovar-. Esas banderas americanas se las frotan los interesados por las narices a la familia europea, a los países del club UE, a Bruselas. Muy poquitas parecen ser las enseñas azules de la Europa comunitaria que se agitan en Kosovo. Por lo tanto, y ya que las fronteras del mundo parecen haberse vuelto elásticas, para regocijo de algunos, pues quizás sería el momento de proponer a los norteamericanos que adoptaran a Kosovo como un nuevo estado de la Unión.

Lo que, en todo caso, resulta un tanto incomprensible es esa idea de que la integración en la UE aportará la solución de los problemas en la zona. Ahí tenemos a los países balcánicos, pero europeos a la postre, haciendo piña contra el reconocimiento de la independencia de Kosovo. Ya no sólo son Serbia (lógicamente), Rumania, Chipre, Grecia y Bulgaria, sino también Bosnia. Son todos estados balcánicos con nutridas minorías nacionales y situados, precisamente en los Balcanes. ¿Cómo pueden demostrar entusiasmo ante lo que está ocurriendo a pocos kilómetros de sus fronteras? Parece lógico que ni siquiera se fíen de las ideas de Bruselas miembros locales de la UE, como Rumania, Bulgaria, Grecia y Chipre. Tampoco lo hace Eslovaquia, que no es un país balcánico pero sí desconfía de lo que pueda ocurrir con su minoría magiar.























Adem Jasari, uno de los mitos de la primera rebelión del UÇK, allá por 1996, muerto dos años más tarde. Ese es el origen real de la intervención OTAN en la zona que llevó indefectiblemente a la independencia proclamada hoy

Por lo tanto, la UE no está resultando nada tranquilizadora. Y menos aún actuando a dictado de Washington. Pero aún poniéndole toda la buena fe del mundo, toda la candidez bienintencionada de la que (aún) podamos ser capaces, ¿qué sentido tiene montar todo este circo de la independencia kosovar si se supone que de aquí a pocos años ese país, junto a Serbia y los demás formarán parte de la UE en un único mercado común, con instituciones financieras y legales conjuntas y unas fronteras medio disueltas por el “espacio Schengen”?¿Si las fronteras son hoy en día relativas y no son en absoluto intangibles ¿por qué construimos más y las bendecimos una y otra vez?






"El Periódico", 16/2/2008
LA DECLARACIÓN UNILATERAL DE INDEPENDENCIA DE LA REGIÓN SERBIA

Kosovo es el comienzo


Bruselas está tirando piedras a su propio tejado: tres de los cinco países que rechazan el nuevo Estado son miembros de la UE

Si los albaneses macedonios deciden irse con los kosovares sí que tendremos un problema serio

La proclamación de la independencia de Kosovo el próximo día 17 es presentada por muchos analistas, con más pasión que otra cosa, como el final de un proceso iniciado hace casi veinte años. En realidad, es más de lo mismo por lo que toca a la situación interna del nuevo estado; y a la vez, el comienzo de algo nuevo a escala internacional.

Que los fastos no nos engañen: la independencia de que disfrutará Kosovo será aparente. No poseerá fuerzas armadas, los policías y los jueces los pondrá la UE, no podrá ingresar en las Naciones Unidas como miembro. Por lo tanto, un estado que va a carecer de atributos de soberanía plena y seguirá siendo una especie de protectorado, ahora de Bruselas. Lógicamente, los extremistas no tardarán en meter baza. Los nacionalistas albaneses duros de “Vetëvendosje!” (“¡Autodeterminación!”) liderados por el joven Albin Kurti, flagelo de la administración internacional, comenzará a movilizar a sus seguidores en las calles pidiendo independencia absoluta, sin cortapisas. Y los serbios del enclave norteño de Kosovska Mitrovica, donde funciona una administración serbia propia, parece que van a ignorar activamente la autoridad de Pristina.

















Medio en serio, medio en broma: propuestas para una nueva bandera de la Gran Albania, modelo USA

A pesar de toda esa carga de incertidumbres con la que se estrena el nuevo estado semisoberano, no es de temer que tengan lugar desórdenes de envergadura. De momento, ni a serbios ni a albaneses les interesa aparecer como los provocadores ante las grandes potencias que son las auténticas protagonistas de toda la operación. Otra cosa es la situación en la que queda Macedonia, un tabú que la prensa occidental evita tratar, como si fuera la peste. Nadie quiere recordar que en 2001 esa república vivió una guerra interna en la cual la guerrilla secesionista albanesa estaba conectada, hasta en denominaciones y símbolos, con la del UÇK kosovar que había luchado contra los serbios dos años antes. Y es que no existen diferencias étnicas entre los albaneses de Kosovo y los de Macedonia, porque hasta 1991 pertenecieron al mismo estado (Yugoslavia) y podían circular libremente por todo su territorio, y en el norte de esta última república se han erigido monumentos conmemorativos a los caídos en aquella corta pero dura contienda.

Ese conflicto sí que se puede reabrir; y lo saben Bruselas y Washington. Y si los albaneses de Macedonia deciden irse con los de Kosovo, y Macedonia queda rota y su capital dividida, si que tendremos ahí un problema serio, dado que la supervivencia de esa pequeña república quedará en entredicho y seguramente Bulgaria buscaría intervenir, abriéndose nuevas dimensiones de conflicto balcánico, más allá de las que quedaron confinadas a las guerras yugoslavas de 1991-2001.






Composición conmemorativa para un combatiente del UÇKömbetar, caído en Macedonia, primavera de 2001. La misma parafernalia que el UÇK kosovar ¿La misma lucha?












Pero existe otro nivel de análisis, que remite al papel de las tres potencias que juegan la partida real: los Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea. Washington y Bruselas están siguiendo un guión muy rígido –el descubrimiento de algunas de esas astutas complicidades han creado una crisis política en Eslovenia, que preside la UE- que para sortear las numerosas contradicciones que conlleva, está generando un esquema argumental muy pobre pero peligrosamente maniqueo: todo iría como la seda si rusos y serbios no se empeñaran en poner problemas. Los serbios porque “como demuestra” el resultado de las recientes elecciones presidenciales, siguen siendo, en un porcentaje elevado, unos nacionalistas peligrosos (por lo tanto, el problema no era sólo Milosevic, añade el guioncito por pasiva). Los rusos, porque temen que Kosovo sea un precedente para algunas de sus regiones que, según parece, estarían dispuestas a proclamarse independientes en cadena, cosa harto improbable.

Pero este planteamiento evita cuidadosamente explicarnos que es Bruselas quien está tirándose piedras sobre el propio tejado. Primero porque los problemas derivados del parto con fórceps de un Kosovo independiente está creando fuertes tensiones en los Balcanes: al menos cinco estados de la región ya han anunciado su intención de no reconocer al Kosovo soberano: Serbia (lógicamente), Rumania, Grecia, Chipre y Bosnia. De ellos, tres pertenecen a la UE. Es decir, socios que no se fían de Bruselas. Y en Bosnia todos tienen claro que arreglar de esta manera el contencioso de Kosovo es vender por un plato de lentejas su propia viabilidad como estado, tal como fue pactada en Dayton, 1995.

En cuanto a Moscú ¿qué esperaban? En Bruselas y Washington siguen empeñados en que la Rusia de Putin vuelva a ser la de Yeltsin, aquella potencia postrada, gobernada a ratos por un presidente enfermo y dominada por oligarcas descontrolados con los que se podían hacer suculentos negocios. Pero esos tiempos se fueron. Y ahora Rusia ha dejado muy claro que se debe contar con ella para solucionar por las buenas toda una serie de problemas y dejar de empeñarse en colar dobles raseros a martillazos. Porque si se reconoce a Kosovo, ¿por qué no hacer lo mismo con la República Turca del Norte de Chipre? La noticia saltó a los informativos en días pasados y entusiasmó a los turcos. Definitivamente, el mundo ya no se puede compartimentar como hace quince años, porque se ha balcanizado, cierto, pero a la vez se ha globalizado, conectando entre sí a actores muy dispares y lejanos, que pueden crear efectos inesperados.

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domingo, octubre 21, 2007

Patriotismos y espejismos





















Un niño sostiene en alto un cartel del PIS durante al reciente campaña electoral en Polonia. El nacionalismo polaco ultra de raíz católica, es heredero del que alumbró Solidaridad en los años 80 y fue fervorosamente aplaudido y sostenido desde Occidente


A continuación, artículo enviado a "El País" el pasado 29 de agosto y rechazado formalmente el pasado 11 de octubre. Justificación oficial ofrecida: con el advenimiento del nuevo formato del periódico (ya saben, recuerden ese anuncio tan relamido de la tele en el que aparece una especie de Roncagliolo paseándose por ciudades del mundo y haciendo rimas alocadas y supuestamente trascendentes en plan: "La perra, Camberra, discursos de Guerra, Alfonso, ¡qué sonso!, un chiste de Moncho... Borrajo, carajo, currele a destajo: ¡la sopa de ajo!" ) el periódico ha decidido "vaciar nevera" y hacer tabla rasa. ¿Ustedes se lo creerían? Bueno, aceptemos pulpo como animal de compañía, tal como se decía en aquel popular anuncio televisivo. Dentro de unas horas, si nos recuperamos de la conmoción nacional que supondrá el nuevo formato del rotatico ya con el acento en el título, podremos entrever lo sucesido. Quizá. Como reza la impresentable sintaxis a base de dos infinitivos que ha ideado su publicitario: "Querer saber". Ok, Tarzán.



[Adenda a 25 de octubre: Convenientemente reducido a 5.700 caracteres, con algunas actualizaciones y un título diferente, la pieza fue publicada por el nuevo cotidiano "Público" a día de hoy, espacio: "Dominio público", en edición de esa misma fecha, pag. 12]


















Jaroslaw Kaczynski en un mitin ante el logo de su partido, el PIS, que incluye el águila heráldica de Polonia con la corona



Patriotismos y espejismos: de Polonia a Kosovo


A mediados de los 80, los brotes de nacionalismo en Europa oriental tenían ya unos cuantos años. Se puede decir que todo comenzó de forma muy clara con el nacionalismo de raíz católica reactivado en torno al sindicato Solidaridad en Polonia desde 1980. Procesiones con popes o el dramático periplo de los restos del príncipe Lazar que se vivieron en Serbia en la segunda mitad de esa misma época, tuvieron de hecho su precedente y equivalente en las emotivas misas y confesiones públicas celebradas en los astilleros de Gdansk o las peregrinaciones al santuario de Częstochowa. Los medios de comunicación occidentales se extasiaron ante la resurrección de la catolicidad anticomunista, símbolo eterno del nacionalismo polaco, y se mofaron de la ortodoxia balcánica convertida en bandera del nuevo nacionalismo serbio. Pero en realidad formaban parte de un mismo discurso político, de la misma generación, de un área geográfica similar y de unas circunstancias históricas muy parecidas.


De ese ambiente surgió un agresivo nacionalismo y de él son hijos los gemelos Kaczynski, que tantos quebraderos de cabeza vienen dando a Bruselas desde hace meses. Por fin en crisis, es deseable que esa especie de extraña experiencia onírico-política desaparezca; pero posiblemente el nacionalismo polaco seguirá presionando en un futuro. Ahí estaba ya, hace tres años, en los duros momentos finales de la negociación con Bruselas para el acceso de Polonia a la Unión Europea, bajo la presidencia de Aleksander Kwasnieski y el gobierno del socialdemócrata Miller. Es natural que sea así, porque una parte considerable de los polacos están desconcertados. La Polonia surgida de la Segunda Guerra Mundial, renació con unas nuevas fronteras que le supusieron destacados beneficios: una costa con puertos para desarrollar el comercio marítimo y el negocio de los astilleros. Antiguas regiones alemanas, que aportaron infraestructuras, minas y materias primas; incluso una porción importante de Prusia Oriental, corazón de lo más germánico del derrotado vecino. ¿Quién garantizaba esas fronteras? La Unión Soviética. Cuando esa potencia desapareció, todo descansó en la buena voluntad alemana de no volver a abrir viejas heridas. Pero ¿cuánto perdurará tal actitud?¿Dependerá de que Polonia juegue un papel subordinado en el seno de la Unión Europea?















El primer ministro socialdemócrata Leszek Miller en un momento de cordialidad con el entonces canciller alemán Gerhard Schröder. A pesar de la aparente distensión, el gobierno polaco demostró ser un duro negociador ante Bruselas. Y desde luego, sobre las relaciones germano-polacas continúan planeando las nubes negras del pasado


Este tipo de temores son muy delicadas y en la mitad occidental del continente las rehuimos. Pero no son ajenas a la cultura nacionalista de países como Polonia. Y por si faltara algo, el país debe depender más si cabe de Alemania y la UE ante una Rusia que parece estar recuperando su estatus de potencia amenazadora. Por lo tanto, a Polonia han regresado las viejas pesadillas de comienzos del siglo pasado, la vetusta idea de que el país tiene el trágico destino histórico de estar situado entre rusos y alemanes. No es de extrañar que se vuelvan desesperadamente hacia los Estados Unidos, dispuestos a acoger cualquier proyecto estrafalario de un presidente Bush en caída libre, pero que no renuncia a agitar las aguas de la “Vieja Europa” haciendo lo único que sabe: inventarse peligros de destrucción masiva.

Dentro de la misma lógica dominante basada en espejismos y veteranos fantasmas, también es comprensible que tanto serbios como albaneses estén desconcertados y crean que no es tiempo de olvidarse de las histerias nacionalistas. Hace algunos años, Ralf Dahrendorf dio unas declaraciones a este mismo periódico en las que, refiriéndose a los Balcanes, dijo que los occidentales “no sabemos lo que queremos”. Llevaba razón: en nombre del oportunismo, del desconcierto ante el chantaje, del doble rasero y del manejo temerario de ideas trasnochadas sobre supuestos derechos nacionales, propugnamos la desmembración de Yugoslavia porque los diversos pueblos “no podían convivir entre sí”. Eso fue en 1991; en cambio, durante los cuatro años siguientes, las potencias occidentales involucradas en la guerra de Bosnia se esforzaron por mantener unidos en dicha república a serbios, bosníacos y croatas, y de hecho dieron luz verde a una especie de mini Yugoslavia en 1995. En 1999 intervinieron en Kosovo porque albaneses y serbios no podían coexistir, y apenas intentaban repetir la experiencia federal puesta en marcha en Bosnia. En cambio, sí que impusieron la unidad de Macedonia cuando los albaneses de esa república se sublevaron con un claro programa de autodeterminación, en la guerra de 2001.


















El filósofo Ralf Dahrendorf. "El País" publicó sus interesantes declaraciones sobre los Balcanes el 5 de octubre de 1998, pero sin darles mucho espacio ni relevancia. Nunca volvió a hacerlo


Ahora, la misma ONU ha lanzado un plan para respaldar una “independencia tutelada” de Kosovo, que desde el primer día no gustó ni a los nacionalistas serbios ni a los albaneses. Rusia, que durante la guerra de 1999 experimentó en Kosovo una humillación diplomática busca resarcirse y ha forzado la continuación de unas negociaciones entre serbios y albaneses tuteladas por las grandes potencias. Pero a estas alturas ya casi todo es inútil: ningún bando parece aceptar nada que no sea la imposición en bloque de sus respectivas opciones, basadas más en consideraciones emocionales que prácticas. De nuevo, como desde hace dos siglos, serbios y albaneses intentan conseguir sus objetivos presionando a sus importantes padrinos, sin importarles que a estas alturas la cuestión de Kosovo es un asunto especialmente molesto para casi todas las potencia intervinientes, a excepción de los Estados Unidos.

Y más que nadie, para la misma ONU. Si realmente impone la soberanía de la región añadirá un clavo más a su propio ataúd, después de los fallos garrafales cometidos en las crisis de los noventa, desde la debacle de Somalia al genocidio de Ruanda (1994) y la mala gestión de la guerra en Bosnia o la incapacidad de hacer nada por salvar a Irak. Por eso Bush está tan empeñado en la independencia kosovar: sabe que con el Plan Ahtisaari la ONU crea un precedente insólito al conceder la soberanía a un territorio que anteriormente pertenecía a un estado, contraviniendo su propia resolución 1244 de 1999 en la que no se hablaba de independencia, sino de una autonomía sustancial.















Martty Ahtisaari: su plan sobre Kosovo es una carga de profundidad para la ONU. Debido a ello y a que Rusia vetaría su aplicación en el Consejo de Seguridad, la UE será la encargada de aplicarlo; o eso parece que va a suceder en diciembre



Pero si es la Unión Europea la obligada a alumbrar el parto, se encontrará ante la tesitura de apoyar la independencia de un nuevo estado nación de corte decimonónico, cuando la filosofía del proceso de integración va por el camino opuesto. Por lo tanto, se está dando un enorme rodeo para montar un tinglado que dentro de un tiempo deberá desmontarse de una u otra forma. Primero, porque al día siguiente de su independencia, Kosovo será lo que en términos diplomáticos se denomina un “estado fallido”: una administración deficiente, incapacidad de hacer cumplir las leyes, carencia de un sistema fiscal eficaz, serios problemas para gestionar la economía y muy poco atractivo para la inversión exterior. ¿Qué ocurrirá a continuación? Muy posiblemente, las inversiones las harán los vecinos directamente interesados en controlar al nuevo estado, y quizás en esa operación descuelle Serbia, apoyada financieramente por Rusia. Como contrapartida, y dado que el poder de la UE como generadora de ayudas y subsidios tiende a menguar, Kosovo no se va a poder beneficiar de un apoyo a largo plazo desde ese lado, ni siquiera si termina integrándose de aquí a una década.

Por otra parte, si la soberanía de Kosovo respaldada por la ONU tenderá a vaciar de contenido a esa institución, lo mismo ocurrirá con la UE, en mayor o menor medida. A ojos de algunos países miembros podría sugerirles que formar parte del club no es garantía para verse arrinconados frente a la política de los hechos consumados bajo el pretexto de mantener la “solidaridad comunitaria”, una vez que algunos países ya han montado la operación que deseaban consumar. Y volvemos a Polonia y sus miedos; pero también a los de Rumania, Bulgaria, Hungría y, en general, casi todos los nuevos socios del Este.

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jueves, agosto 09, 2007

HISTORIAS PERSONALES: Bienvenidos a Cluj, 1977





















La foto salió torcida, en un torpe esfuerzo por encajar en el encuadre el campanario de la iglesia Sfântul Mihail (San Miguel), uno de los monumentos emblemáticos de Cluj. Por entonces, muchos estudiantes acudían a empollar allí, aprovechando la tranquilidad del templo. La joven en el centro de la foto, es Doina.

Ocurrió hace 30 años, casi matemáticamente. En julio de 1977 llegué por primera vez a Cluj, Transilvania. No hace mucho, un post de Óscar en su blog Noticias de Rumania, a fecha 12 de julio, me trajo a la cabeza la efemérides personal. Prefiero no recordar qué edad tenía yo por entonces; con toda probabilidad, ostentaba la categoría de adolescente adornado con una escasa y recortada barba.

Era mi segunda visita a Rumania. La primera, el verano anterior, había seguido un patrón similar: mochila, tren, mucho calor, poco sueño. De hecho, me había propuesto no regresar aquel verano y perderme por Hungría y Polonia. Pero en Budapest me hice amigo de un grupo de franceses muy divertidos. Entre todos, nos podíamos manejar en seis idiomas, casi siete, dado que uno hablaba ruso, otro alemán, todos nos defendíamos en inglés; no teníamos problemas con el francés, yo hablaba español, me entendía con el italiano y el portugués; y además, ya por entonces, chapurreaba un poco de rumano. Como la mayor parte de los jóvenes, la inseguridad me hacía vanidoso, y cuando me enteré de que mis nuevos amigos de viaje pensaban tirar hacia Rumania y me invitaban a continuar juntos, no pude resistir la tentación de sacar a relucir mi recién estrenada veteranía con el idioma y las rutas más exclusivas. Yo mismo fijé el rumbo: entraríamos por Arad, iríamos hasta Bucovina para ver los célebres monasterios con los frescos pintados en los muros exteriores, algo único en Europa.


Pasamos un par de días juntos; y luego, los franceses tomaron su propio camino; como buenos amigos de los que se hacían viajando de aquí para allá con Interrail, no volví a saber de ellos nunca más. En realidad, ni siquiera recuerdo muy bien el plan que guardaba para mí mismo, pero sí que decidí quedarme un poco más en Rumania. En los días siguientes tomé muchos trenes, de un lado para otro; y en uno de ellos conocí a Doina y Su Amiga. Juro que no recuerdo cómo se llamaba esa mujer más bien rechoncha y morena, que parecía tener más años que nosotros y que de hecho actuaba como cuidadora de la joven Doina. Pero se convirtió en la clásica carabina que no nos dejaba ni a sol ni a sombra.

La chica era una rubia de Bucarest: desenvuelta y simpática, muy vivaz. El ligue estaba cantado, porque yo era un joven turista occidental y por si faltara poco, español, una procedencia todavía exótica en la Rumania de entonces, si excluimos los autocares de viajes organizados que hacían la “ruta de Drácula” o buscaban algún pequeño milagro con los tratamientos de la doctora Aslan. No recuerdo haber tenido intenciones libidinosas hacia Doina –de otra parte difíciles de consumar, con la amiga de por medio- pero eso no era lo importante en aquella vital relación que establecimos. Resultaba divertido viajar con ella, porque deambulábamos por rincones del país que los turistas extranjeros ni sospechaban: un tirón en autoestop para ver los monasterios de madera en Maramureş, sin haber dormido en cuarenta y ocho horas; el
cementerio de Săpînța –cuyo creador había muerto aquel mismo año- o aquella especie de romería que resultó ser el Târgul de fete en Muntele Găina, en los Apuseni, el día de San Elías. Por entonces no tenía ni idea de que durante las próximas décadas iba a estudiar y aprender muchas cosas sobre aquellos lugares. Esos días de verano fueron una concesión, sin ton ni son, a una juventud recién estrenada.






















Doina y el autor en el Jardín Botánico de Cluj. No recuerdo qué justificaba una visita al lugar, pero como puede apreciarse, la autora de la foto puso especial cuidado en que se vieran algunas plantas, con el correspondiente rótulo


Pero hasta yo me cansé. Ellas deseaban tirar hacia no se dónde; a mí me apetecía ver Cluj. Nos separamos y quedamos de vernos en la ciudad la noche siguiente. Sin compromisos.

Durante las horas que se sucedieron, lamenté mi decisión. En la capital transilvana había pocos hoteles –incluyendo los de varias estrellas- y estaban todos completos. Además, me había comprometido a buscar una habitación para Doina y su amiga. Pasé toda la mañana y la tarde buscando algo, casi sin tiempo de ver la ciudad. Llegó la noche y a las diez y pico o aún más tarde, me dirigí a la estación para recibir a mi amiga y la suya, con la frustrante sensación de no haber hecho nada útil.

Para mi desconfiada sorpresa, las chicas habían conocido en el tren a dos jóvenes de nuestra edad, que prometían ofrecernos albergue a todos, entre risas y bromas. Sin problemas, sin malos rollos: eran seminaristas. Y aquella noche, al menos yo, pernoctaría en el Seminario ortodoxo de Cluj. Doina y la otra irían con las monjas.

Este eran el tipo de cosas que te ocurrían en Rumania y en ningún otro país, al menos en aquella época: podías pasar del fastidio irremediable a la alegría, en cuestión de momentos; ahora ibas hacia el Norte, en dos minutos estabas camino del Sur más profundo. Aparecía un tipo, se convertía en tu amigo y te sacaba de los peores atolladeros posibles. Y luego, quizá, nunca más lo volvías a ver. Claro que la situación también podía despeñarse en la catástrofe más absoluta. En cierta ocasión me sucedió algo similar a lo de Cluj, pero en Sighişoara: todo un día sin encontrar hotel. Por fin, a última hora de la tarde conocí a dos tíos. Tenían una especie de chabolo que usaban conjuntamente como picadero, y me lo prestaron para pernoctar. Suerte perfecta. Como agradecimiento, les invité a cenar (al cambio salía muy barato) en un restaurante bastante depresivo. Y aquella misma noche se me declaró una diarrea salvaje. Nunca supe a ciencia cierta qué había salido mal; quizá la combinación del yogur del postre con un par de aguardientes (hubo que contrarrestar la tristeza del local, con sus neones y apagados comensales rumanos). Pero lo cierto fue que me pasé la velada sentado en el reservado, que era de recia madera, como del Far West, como todo el chamizo aquel. En la pared de enfrente colgaba un poster de Abba, y en medio de aquel drama gástrico me reí, acordándome de lo sucedido en Cluj, el año anterior.

La noche de Cluj, tras conocernos en la estación, los amigos de mis amigas se dividieron. Uno se llevó a las chicas con las santas madres y el otro elemento y yo nos fuimos hacia el Seminario. Mientras caminábamos por la calle, el tipo me fue explicando la situación: no había problema en colarme allí, pero antes, él tenía que negociar con los chavales, es decir, los otros seminaristas de la residencia. Así que me dejó un momento ante las escaleras de subida a las habitaciones, no sin explicarme lo que debía decir, en rumano, si alguien me preguntaba. “Espero a un chaval”: eso era todo.
















La Iglesia de San Miguel en Cluj-Napoca, en una foto actual. Aparentemente, poco ha cambiado en todo este tiempo. Treinta años no son nada.



No pasó demasiado tiempo antes de que un hombre mayor, algo entrado en carnes, apareciera por allí y me preguntara qué hacía a aquellas horas, solo y con una jeta más que sospechosa, aguardando a los pies de una desolada escalera. Como era de esperar, mi rápida respuesta, mascullada en un inseguro rumano, generó otra pregunta. Tenía que haberlo previsto, pero ya era tarde. Y lo peor de todo era que la cosa tenía su riesgo. Aquel hombre, a pesar de que vestía completamente de negro, no demostraba una actitud amenazadora, pero la cuestión no era personal.

Durante los años del régimen comunista, las autoridades rumanas le aplicaban al turista occidental dos restricciones muy específicas: debía cambiar, obligatoriamente, diez dólares por día de estancia en el país; y no podía pernoctar en casa de los lugareños, bajo pena de gruesa multa, aplicada sobre el turista y el rumano que lo hubiera acogido. Al menos la segunda regla no iba con los visitantes procedentes de la Europa del Este; por lo tanto, en casos como el que yo me encontraba aquella noche de julio, se trataba de explicar que no era rumano sino… ¿qué?

Pensaba como una locomotora: ¿Húngaro? Sería una locura; estábamos en Cluj, en la ciudad vivían miles de ellos, lo más probable era que aquel hombre supiera algunas palabras en ese idioma, y en ese caso yo estaría tocado, muerto, kapput. Fingirme alemán de la RDA era otra tontería, porque resultaba bastante probable que el interlocutor rumano conociera esa lengua; al fin y al cabo, en Transilvania existía una minoría alemana. Ruso, ni hablar: saltaba a la vista que no lo era, y además no caían muy simpáticos en casi ningún país del Este, excepto Bulgaria. Decir que procedía de este último país tampoco era muy buen negocio, no tenían buenas relaciones con los rumanos. Quedaban libres Checoslovaquia y Polonia para acogerme como ciudadano de pega. Opté por lo segundo, dado que al fin y al cabo, estaba más lejos y de alguna forma me sentía mejor en el papel de polaco. Lo solté. Lo sentía, pero no me enteraba de lo que me preguntaba porque era polaco. "Parce que je suis polonais" -dije con cara candorosa.

Polaco, ¿eh? El hombre permaneció en silencio, y recé porque lo hiciera debido al desconcierto, y no porque estuviera relamiéndose. Al fin y al cabo, el tipo podía saber polaco, ¿por qué no? En Bucovina había alguna población rutena y hablaban algo similar. Uno, dos, tres segundos.

Entonces rompió a hablar en francés (alivio) porque al fin y al cabo, yo era polaco y francófono, como los rumanos (buena elección) y me invitó a subir a sus aposentos (?) Mientras íbamos hacia otra escalera (¿cómo me localizaría ahora mi amigo rumano?) me preguntó de qué ciudad de Polonia era. La cabeza se me disparó de nuevo: ¿Varsovia? Ni hablar. Era perfectamente posible que aquel hombre hubiera estado allí; tenía un punto de untuosidad que lo delataba como hombre de Iglesia, y por lo tanto era muy posible que hubiera viajado. Nada de Varsovia… ¿Posen?¿O ese era el nombre alemán y se decía Poznan?¿Łódź? ¿Y si no pronunciaba bien esos endiablados toponímicos?. Sólo cabía una posibilidad: Cracovia. Si recuerdan, por aquella época, Juan Pablo II era tan sólo un desconocido obispo polaco procedente de esa ciudad; todavía le quedaba algo más de un año para convertirse en Papa. Bien mirado, tuve suerte.





















La catedral ortodoxa de Cluj, donde transcurrió la última parte de este relato y nunca se escuchó mi voz cantando "Chiquitita"


Pese a todo, el hombre de negro se empeñó en consultar el correspondiente volumen de la Larousse y mostrarme una pequeña foto de Cracovia, “mi” ciudad de instantánea adopción. Y claro, desde luego que conocía aquella avenida, desde antes de nacer, faltaría más. El hombre hablaba y hablaba, de Cracovia, de Polonia, de historia, de Dios y toda la corte celestial. Y mientras tanto, me preguntaba dónde andaría mi anfitrión; y caso de que llegara a encontrarme, ¿qué le diría al hombre aquel?¿Que yo era español? Poniendo el primer acento raro que se me ocurrió le expliqué que debía buscar a mi amigo rumano, que me disculpara unos instantes. Casi lo dejé con la palabra en la boca y, alehop, justo a tiempo. Allí estaba el joven seminarista, entrando en el pasillo de la estancia. Exageré mi cara de alarma y apenas tuve tiempo de susurrarle: “Soy polaco, tío, soy polaco, polaco, ¿entiendes?”

Los rumanos suelen ser gente despierta y lista, y los jóvenes más todavía. El seminarista asintió con la justa y necesaria complicidad, regresamos juntos al despacho del hombre de negro y tras saludarlo hablaron quedamente en un rincón. En un par de minutos ya estábamos bajando por la escalera. ¿Quién era el tipo aquel que me había encontrado? “El metropolita” –respondió el seminarista. Supongo que me quedé con la boca abierta. Ni más ni menos. Carajo, vaya suerte la mía.

Pero al menos, todo estaba arreglado. Pasaría allí la noche, y no durmiendo en la estación o, peor, en comisaría. Eso sí, estaban apiñados: no había sitio para todos, las camas tenían que ser compartidas; y al día siguiente deberíamos levantarnos temprano, porque uno de ellos haría sus votos en la catedral. El ambiente era divertido. Allí estábamos todos, compartiendo las incómodas camas de metal, de dos en dos (y debíamos ser unos quince en total) mientras el que iba ser ordenado se empeñaba en hacer sus postreras oraciones, arrodillado y solo en medio de la estancia, a oscuras. Los demás no se lo tomaban muy en serio”¡Venga tío, a dormir ya, pasa de todo!”- soltaba alguno desde la cama. Los rezos seguían escuchándose en la penumbra. Y entonces largaba otro: “¡Dios no te va a querer, chaval, no te empeñes!”. Cuando por fin terminó, algunos lo jalearon brevemente.

Dado que todo esto sucedía en una residencia de seminaristas en los setenta, con un montón de jóvenes del mismo sexo hacinados en una habitación, en la remota ciudad de Cluj, República Socialista de Rumania, Almodóvar no dejaría de barruntar algún guión cinematográfico. Pero les puedo asegurar que aquella noche nadie me metió mano. Éramos un grupo de jóvenes más o menos puteados por las circunstancias y a simple vista, lo único que había allí era una divertida camaradería. Además, los sacerdotes ortodoxos se casan, supongo que ya lo saben. No es nada tan determinante, desde luego, pero influye más que el celibato absoluto, ¿no creen?

Y al día siguiente, acudí a la ceremonia. Los chavales de la noche anterior, de maneras juerguistas y aspecto más bien macilento, lucían rectos y orgullosos en el coro, entonando profundas e impecables loas como sólo se escuchan en la liturgia ortodoxa, con sus trajes talares. Su compañero, mientras, tanto, se sometía a los ritos. Y allí estaba el metropolita, el hombre de negro de la noche anterior, esplendido en sus hábitos y gestos.

Era muy temprano, casi no habían acudido fieles; quizás estaban presentes los familiares del nuevo sacerdote, no recuerdo. Entonces, en un momento de pausa, uno de los seminaristas se separó del coro, recorrió la nave con paso enérgico pero mesurado, moviendo apenas la sotana, y se me acercó. “Ven a cantar con nosotros” –me invitó, haciendo una mueca divertida, como si viniera por delegación de los demás. “¿Estás loco? Lo hacéis de coña, y yo no tengo ni idea de vuestra liturgia ¡Ni siquiera de la católica!” -le respondí en un susurro alarmado. El otro se encogió de hombros; creo recordar que era un tipo alto y delgado, con una breve barbita tan adolescente como la mía. “¡Pero si eso da igual! Canta lo que sepas, lo que te de la gana, hombre ¿Algo de los Beatles?¿El ”Chiquitita” de Abba? Eso si lo sabrás, es en español, ¿no?”

Ese fue mi primer encuentro con Cluj. Por supuesto, no canté “Chiquitita” ni ninguna otra canción con mis amigos, los divertidos seminaristas. Me reencontré con Doina y Su Amiga, fuimos a ver a un compadre de ésta, que andaba ingresado en un hospital -lo cual también resultó bastante surrealista- y luego, de regreso a Bucarest. A mí me quedaba muy poco margen de estancia, mi visado y el Interrail estaban próximos a agotarse. Permanecí un par de días en la capital, di un par de paseos con Doina y salí zumbando en dirección a Florencia.





















Primer plano de Doina en el Jardín Botánico de Cluj, finales de julio, 1977


Durante el curso, Doina y yo intercambiamos un par de cartas. Al verano siguiente, decidí hacerle una visita. Dentro de las escasas posibilidades que tiene un mochilero, me vestí lo más elegante que pude, echando mano de unos impecables tejanos blancos. Además, le había comprado a la chica un pequeño obsequio en Barcelona y el envoltorio incluso había aguantado los rigores del viaje. Recordaba dónde vivía ella: era una casita tradicional y unifamiliar del viejo Bucarest, con un pequeño jardín y una breve valla de madera. ¿Cómo estaría Doina?¿Se habría cortado el pelo, lo llevaría más largo, le había cambiado la cara?

Continué al final de la calle, torcí a la derecha, luego a la izquierda, y me encontré con un enorme, inmenso solar. Habían comenzado las obras para liquidar el viejo Bucarest, y una excavadora se había llevado por delante la casa de Doina y unas cuantas más. Y allí me quedé yo, con una cara de tonto tan grande y terrosa como el mismo solar, luciendo mis blancos pantalones hasta donde alcanzaba la vista, y sin saber qué hacer con aquel paquetito rematado por un lazo, el regalo que le llevaba a Doina. A quien nunca volví a ver, por cierto, como parece rezar la maldición de los amigos que hace uno viajando con Interrail.

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miércoles, junio 27, 2007

Perros














El viejo Bucarest, en proceso de destrucción durante los años finales del régimen de Causescu, Fotografía de Maria Bostenaru


La primera vez que constaté la especial relación que existe entre algunas ciudades balcánicas y los perros fue en Bucarest, tras la caída de Ceauşescu. Se decía que era lógico, que las obras de remodelación del centro viejo de la ciudad habían arrasado decenas de casas con patios y pequeños jardines. En ese tipo de vivienda era posible y hasta útil tener uno o dos perros, pero con las malditas obras, los vecinos habían sido enviados a vivir en bloques de apartamentos, donde ya no era posible instalar a unos canes que, además, llevaban años acostumbrados a vivir en un hábitat más libre.

Por lo tanto, los perros fueron abandonados masivamente y en las calles revirtieron en una forma de vida semisalvaje. Se organizaron rápidamente en pequeñas jaurías, perfectamente identificables en algunas zonas, muy cercanas incluso al centro neurálgico de Bucarest. En la desorganización administrativa que siguió al colapso del régimen, nadie estaba para ocuparse de los perros. Teniendo en cuenta que por entonces el alumbrado público de la ciudad era muy deficiente, que en invierno Bucarest suele ser gélida y que no abundaban ni siquiera las basuras para alimentar a los animales, el peatón podía encontrarse en situaciones comprometidas. Y eso fue lo me ocurrió en pleno mes de julio de 1990, una noche, en esas calles que comunican Piața Rosetti con el Bulevar Balcescu pasando por detrás del Inter, es decir, por Tudor Arghezi o Batistei, pleno centro de la ciudad.



Perro tumbado en una calle de Bucarest. Fotografía de Ilja C. Hendel













Nunca he tenido miedo de los perros, ni de niño; sólo respeto. Pero les aseguro que sentir cómo uno es seguido por un grupo de canes ladradores a lo largo de una calle en sombras, es una experiencia inquietante. Caminaba aparentando seguridad, sin volverme, pero los animales detectaban que mi aplomo disminuía a cada paso y que estaba sólo. No nos cruzábamos con otros peatones, no había ningún escaparate iluminado, no circulaban coches. Los ladridos de los perros se acercaban a mi espalda y en un momento determinado supe que si no les hacía frente podrían echárseme encima. Habían llegado a menos de tres metros cuando me giré, gritándoles para mantenerlos a raya. Eran un grupito de cinco chuchos hambrientos e irritados, quizá también asustados y entre ellos había de todo, aunque por suerte ninguno de más de veinte kilos o de razas peligrosas.

Los gritos y mi actitud agresiva me dieron algunos metros más de ventaja cuando reanudé la marcha, pero pronto volvieron a las andadas. La escena se repitió un par de veces. Entonces, no muy lejos de Rosetti, vi una papelera o algo parecido –quizás era un bidón, no recuerdo. Aceleré el paso, sin correr, llegué hasta el recipiente y les arrojé todo lo que puede sacar de allí: piedras, latas, cualquier objeto que pudiera convertirse en proyectil. Me guardé dos o tres piedras y apretando el paso (hay que procurar no correr) desemboqué por fin en una arteria más iluminada y transitada, que quizás era el Bulevar Carol I.


Vendedores de ovejas en las calles de Bucarest, 1932

















Con los años, el problema de los perros asilvestrados fue solucionado de forma sangrienta. Creo recordar que cuando fue alcalde de Bucarest (1996-1998), Victor Ciorbea organizó una campaña de liquidación de perros a gran escala, un verdadero canicidio. A pesar del recuerdo de aquella noche y aún reconociendo que los canes eran una amenaza para la salud pública, me apenó la noticia. Pero a pesar de todo, en esas calles de duro e irregular pavimento que aún quedan en Bucarest, sobreviven algunos chuchos, ayudados en algunos casos por vecinos caritativos.

La experiencia de aquel verano de 1990 volvió a repetirse en el glacial mes de diciembre de 2001. En aquella ocasión sólo fue un perro el que siguió mis pasos por una hermosa calle entre el Bulevar Lascar Catargiu y el Dacia, ladrando como un condenado. Pero esta vez no hizo falta que le plantara cara: de repente, se abrió la puerta de un jardincillo y una mujer, suboficial de policía, llamó cariñosamente al animal y lo calmó con una chuchería, palabra que deriva, lógicamente, de chucho. La presencia en aquel lugar de una oronda agente de uniforme se explicaba por el hecho de que el jardín o patio pertenecía a una comisaría, apenas visible por la noche.

Mientras tanto, ya había podido constatar que los perros eran especialmente queridos en otros muchos rincones del Sureste europeo. En Belgrado, por ejemplo, recuerdo los magníficos animales que llevaban sus propietarios al Studentski Park, en plena Stari Grad. Eran perros de raza, bien alimentados y criados, en pleno periodo del embargo internacional contra Serbia, en la primavera de 1993. Y seguí viendo animales magníficos a lo largo de los duros años que siguieron, hasta los aciagos días de los bombardeos y después, por supuesto. A los serbios les
gustan los perros; y a los griegos. También a los búlgaros, aunque mi amiga Svetla me advertía que fuera con cuidado por las noches, en aquellos brumosos días del invierno de 1999, que pasé en Sofia, cerca del Orlov Most. El fenómeno no llegaba a la categoría de lo ocurrido en Bucarest, pero en cambio circulaban rumores alarmistas que mezclaban a gitanos y “Balkans” que era, según creo recordar, el nombre más habitual por el que atendían los canes callejeros. Para ser sinceros, lo que más me atemorizó en aquellos días era la niebla, el frío húmedo y las calles absolutamente vacías de la capital búlgara.















Un caballo a la puerta de un bloque de viviendas en el barrio gitano de Selita, Tirana, octubre de 2000. Foto ERRC


En Tirana, los perros proliferaban sin control a finales de la década de los noventa. La ciudad estaba bastante sucia y se les podía ver comiendo tranquilamente en los containers volcados, que ningún camión de basura parecía interesado en recoger. Pero no eran agresivos, ni siquiera por la noche; por entonces, lo que daba miedo era cruzarse con algún ser humano en aquellas calles que, como en Bucarest, tampoco eran generosas con la iluminación. En algunas zonas, los vecinos aparcaban conjuntamente los automóviles y pagaban a algún vigilante para que los guardara durante la noche, con el Kalashnikov al hombro. Los grupos de amigos que salían a cenar regresaban a casa formando pequeños convoyes, se acompañaban unos a los otros hasta los respectivos domicilios, procurando que los dos últimos terminaran la ronda cerca de los suyos. En una de esas ocasiones, Artan y yo quedamos para el final, tras acompañar a Edlira hasta la casa de sus padres. El periodista albanés llegó conmigo lo más cerca posible de mi domicilio, pero aún así hube de atravesar varias calles desiertas y un inquietante solar. Por fin, cuando apenas me quedaban veinte metros para llegar al portal –sin puerta, por cierto- pude escuchar una especie de gruñido estremecedor, un sonido profundo y feroz, pero contenido. Nunca supe de dónde salió aquella exclamación interrogativa, emitida por un can enorme o vaya usted a saber qué monstruo galáctico aterrizado en la Tirana poscomunista. Apreté el paso y entré de cabeza en el portal, rezando para que no le hubiera dado a un can vagabundo por acunarse en mi camino.



Un lobo, obligado a convivir con un burro en Albania. El suceso provocó las protestas del Animal Liberation Front. De todas formas, cabe recordar que España es uno de los países donde más crueldades se comenten hacia los animales








Cuando le relaté la anécdota al escritor Bashkim Shehu (que me había cedido generosamente su apartamento en la ciudad) comentó riendo que los perros de Tirana no eran agresivos. ¿Por qué? Nadie parecía saberlo. Pero una madrugada me despertó el eco de unos disparos de arma automática. Al día siguiente, mientras tomaba el café, me dijeron que la policía se había liado a cazar perros a tiros. Al cabo de un rato, en uno de los principales periódicos pude ver a un conocido mafioso tumbado en una acera y chorreando sangre sobre el pavimento.

En los Balcanes existe una actitud afectuosa hacia los perros. Por decirlo de alguna manera, la gente vive junto a ellos y entre ellos de una forma más natural y fluida que en Occidente. Hasta cierto punto, el perro comparte el destino del resto de los vecinos. Y no sólo los canes. En un comic del esloveno Tomaž Lavrič se explica lo que ocurrió cuando uno de los cuidadores del zoo de Sarajevo decidió liberar a los animales, durante el asedio que sufrió la ciudad. Personalmente, recuerdo ver a un pequeño chucho sin las patas traseras: el dueño se las había sustituido con un par de ruedecillas, y el animal corría alegremente cerca de la Iglesia de los Franciscanos.



Dos perros se pelean en Srebrenica, Bosnia



Durante un tiempo pensé que una posible explicación estaba en la “actitud antimusulmana básica”: los pueblos cristianos de los Balcanes han terminado por preservar entusiásticamente pautas culturales diametralmente contrarias a las del islam. Por ejemplo, la preferencia que existe por la carne de cerdo en Serbia o Rumania. Así, el cariño por los perros sería un reflejo del rechazo que los musulmanes tienden a demostrar por ese animal, considerado impuro. Pero esa lógica facilona no es aplicable a los Balcanes y Turquía. Un buen día, leyendo el precioso libro de Philip Mansel dedicado a Constantinopla, encontré una pieza que ayudaba a cuadrar el conjunto (pag. 317 de la edición española):

“Otros pobladores, más pequeños, peludos y feos que las gentes de Constantinopla, también vivían allí. Desde el siglo XVI, miles de perros habían dividido la ciudad en distritos, cada uno controlado por una jauría con su correspondiente macho dominante. Vivían en la calle y prácticamente la limpiaban de cualquier tipo de comida y desperdicios. Los vecinos los alimentaban igual que a los pájaros y a los gatos, sobre todo los musulmanes, que les daban agua, pan, hígado y despojos que compraban a los vendedores ambulantes albaneses. También se hacía una especie de torta blanda especial para lanzársela a su paso. Sin embargo, en Pera y Gálata, se tenían que cuidar de los bastonazos y el veneno de los cristianos.

Las jaurías mataban o expulsaban a miembros de cualquier jauría rival que se internara en su territorio. No temían dormir en mitad de la calle, obligando a los habitantes de ese barrio a efectuar un rodeo. Mark Twain vio a tres perros que permanecían acostados en la calle sin moverse, mientras que un rebaño de ovejas pasaba sobre ellos. Los primeros tranvías iban precedidos por un individuo con un palo para apartarlos de la vía.


Perros de Estambul. Postal, 1878


Cuando el sol se ponía, haciendo que el Cuerno de Oro brillase realmente como tal, Constantinopla se desvanecía en la oscuridad como una aldea en el campo. En Pera y Gálata se encendían las lámparas de gas y los perros comenzaban a aullar. Un visitantes inglés escribió en 1850: “Los gañidos, aullidos, ladridos y gruñidos se mezclan en un único, uniforme y continuo sonido similar al de las ranas cuando se escucha a distancia”. Si regresabas por la noche andando a casa, un bastón y un farolillo de papel se hacían imprescindibles. Un marinero inglés borracho se cayó un noche en una calle de Gálata. A la mañana siguiente sólo quedaba su esqueleto.

Hay un refrán en Oriente Próximo que dice: “Una ciudad donde los perros no ladran por la noche es una ciudad muerta”. Los perros eran parte de la vida –y muchos creían que de la fortuna- urbana. Incluso desafiaron al mismísimo sultán. En una ocasión, Albülmecid los trasladó a una isla en el mar de Mármara. La protesta de los ciudadanos fue tal que se vió obligado a traerlos de
vuelta a Constantinopla

Philip Mansel, Constantinopla, la ciudad deseada por el mundo, 1453-1924, Ed. Almed, Granada, 2005


En la madrugada del pasado sábado, 23 de junio, falleció Cairo, mi perro, un alegre bóxer de seis años de edad, víctima de la lehismaniosis canina y la insuficiencia renal consiguiente. Todos aquellos que hayan tenido un animal doméstico saben lo que significa, literalmente, la expresión “perder a un ser querido”. In memoriam.

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