domingo, octubre 21, 2007

Patriotismos y espejismos





















Un niño sostiene en alto un cartel del PIS durante al reciente campaña electoral en Polonia. El nacionalismo polaco ultra de raíz católica, es heredero del que alumbró Solidaridad en los años 80 y fue fervorosamente aplaudido y sostenido desde Occidente


A continuación, artículo enviado a "El País" el pasado 29 de agosto y rechazado formalmente el pasado 11 de octubre. Justificación oficial ofrecida: con el advenimiento del nuevo formato del periódico (ya saben, recuerden ese anuncio tan relamido de la tele en el que aparece una especie de Roncagliolo paseándose por ciudades del mundo y haciendo rimas alocadas y supuestamente trascendentes en plan: "La perra, Camberra, discursos de Guerra, Alfonso, ¡qué sonso!, un chiste de Moncho... Borrajo, carajo, currele a destajo: ¡la sopa de ajo!" ) el periódico ha decidido "vaciar nevera" y hacer tabla rasa. ¿Ustedes se lo creerían? Bueno, aceptemos pulpo como animal de compañía, tal como se decía en aquel popular anuncio televisivo. Dentro de unas horas, si nos recuperamos de la conmoción nacional que supondrá el nuevo formato del rotatico ya con el acento en el título, podremos entrever lo sucesido. Quizá. Como reza la impresentable sintaxis a base de dos infinitivos que ha ideado su publicitario: "Querer saber". Ok, Tarzán.



[Adenda a 25 de octubre: Convenientemente reducido a 5.700 caracteres, con algunas actualizaciones y un título diferente, la pieza fue publicada por el nuevo cotidiano "Público" a día de hoy, espacio: "Dominio público", en edición de esa misma fecha, pag. 12]


















Jaroslaw Kaczynski en un mitin ante el logo de su partido, el PIS, que incluye el águila heráldica de Polonia con la corona



Patriotismos y espejismos: de Polonia a Kosovo


A mediados de los 80, los brotes de nacionalismo en Europa oriental tenían ya unos cuantos años. Se puede decir que todo comenzó de forma muy clara con el nacionalismo de raíz católica reactivado en torno al sindicato Solidaridad en Polonia desde 1980. Procesiones con popes o el dramático periplo de los restos del príncipe Lazar que se vivieron en Serbia en la segunda mitad de esa misma época, tuvieron de hecho su precedente y equivalente en las emotivas misas y confesiones públicas celebradas en los astilleros de Gdansk o las peregrinaciones al santuario de Częstochowa. Los medios de comunicación occidentales se extasiaron ante la resurrección de la catolicidad anticomunista, símbolo eterno del nacionalismo polaco, y se mofaron de la ortodoxia balcánica convertida en bandera del nuevo nacionalismo serbio. Pero en realidad formaban parte de un mismo discurso político, de la misma generación, de un área geográfica similar y de unas circunstancias históricas muy parecidas.


De ese ambiente surgió un agresivo nacionalismo y de él son hijos los gemelos Kaczynski, que tantos quebraderos de cabeza vienen dando a Bruselas desde hace meses. Por fin en crisis, es deseable que esa especie de extraña experiencia onírico-política desaparezca; pero posiblemente el nacionalismo polaco seguirá presionando en un futuro. Ahí estaba ya, hace tres años, en los duros momentos finales de la negociación con Bruselas para el acceso de Polonia a la Unión Europea, bajo la presidencia de Aleksander Kwasnieski y el gobierno del socialdemócrata Miller. Es natural que sea así, porque una parte considerable de los polacos están desconcertados. La Polonia surgida de la Segunda Guerra Mundial, renació con unas nuevas fronteras que le supusieron destacados beneficios: una costa con puertos para desarrollar el comercio marítimo y el negocio de los astilleros. Antiguas regiones alemanas, que aportaron infraestructuras, minas y materias primas; incluso una porción importante de Prusia Oriental, corazón de lo más germánico del derrotado vecino. ¿Quién garantizaba esas fronteras? La Unión Soviética. Cuando esa potencia desapareció, todo descansó en la buena voluntad alemana de no volver a abrir viejas heridas. Pero ¿cuánto perdurará tal actitud?¿Dependerá de que Polonia juegue un papel subordinado en el seno de la Unión Europea?















El primer ministro socialdemócrata Leszek Miller en un momento de cordialidad con el entonces canciller alemán Gerhard Schröder. A pesar de la aparente distensión, el gobierno polaco demostró ser un duro negociador ante Bruselas. Y desde luego, sobre las relaciones germano-polacas continúan planeando las nubes negras del pasado


Este tipo de temores son muy delicadas y en la mitad occidental del continente las rehuimos. Pero no son ajenas a la cultura nacionalista de países como Polonia. Y por si faltara algo, el país debe depender más si cabe de Alemania y la UE ante una Rusia que parece estar recuperando su estatus de potencia amenazadora. Por lo tanto, a Polonia han regresado las viejas pesadillas de comienzos del siglo pasado, la vetusta idea de que el país tiene el trágico destino histórico de estar situado entre rusos y alemanes. No es de extrañar que se vuelvan desesperadamente hacia los Estados Unidos, dispuestos a acoger cualquier proyecto estrafalario de un presidente Bush en caída libre, pero que no renuncia a agitar las aguas de la “Vieja Europa” haciendo lo único que sabe: inventarse peligros de destrucción masiva.

Dentro de la misma lógica dominante basada en espejismos y veteranos fantasmas, también es comprensible que tanto serbios como albaneses estén desconcertados y crean que no es tiempo de olvidarse de las histerias nacionalistas. Hace algunos años, Ralf Dahrendorf dio unas declaraciones a este mismo periódico en las que, refiriéndose a los Balcanes, dijo que los occidentales “no sabemos lo que queremos”. Llevaba razón: en nombre del oportunismo, del desconcierto ante el chantaje, del doble rasero y del manejo temerario de ideas trasnochadas sobre supuestos derechos nacionales, propugnamos la desmembración de Yugoslavia porque los diversos pueblos “no podían convivir entre sí”. Eso fue en 1991; en cambio, durante los cuatro años siguientes, las potencias occidentales involucradas en la guerra de Bosnia se esforzaron por mantener unidos en dicha república a serbios, bosníacos y croatas, y de hecho dieron luz verde a una especie de mini Yugoslavia en 1995. En 1999 intervinieron en Kosovo porque albaneses y serbios no podían coexistir, y apenas intentaban repetir la experiencia federal puesta en marcha en Bosnia. En cambio, sí que impusieron la unidad de Macedonia cuando los albaneses de esa república se sublevaron con un claro programa de autodeterminación, en la guerra de 2001.


















El filósofo Ralf Dahrendorf. "El País" publicó sus interesantes declaraciones sobre los Balcanes el 5 de octubre de 1998, pero sin darles mucho espacio ni relevancia. Nunca volvió a hacerlo


Ahora, la misma ONU ha lanzado un plan para respaldar una “independencia tutelada” de Kosovo, que desde el primer día no gustó ni a los nacionalistas serbios ni a los albaneses. Rusia, que durante la guerra de 1999 experimentó en Kosovo una humillación diplomática busca resarcirse y ha forzado la continuación de unas negociaciones entre serbios y albaneses tuteladas por las grandes potencias. Pero a estas alturas ya casi todo es inútil: ningún bando parece aceptar nada que no sea la imposición en bloque de sus respectivas opciones, basadas más en consideraciones emocionales que prácticas. De nuevo, como desde hace dos siglos, serbios y albaneses intentan conseguir sus objetivos presionando a sus importantes padrinos, sin importarles que a estas alturas la cuestión de Kosovo es un asunto especialmente molesto para casi todas las potencia intervinientes, a excepción de los Estados Unidos.

Y más que nadie, para la misma ONU. Si realmente impone la soberanía de la región añadirá un clavo más a su propio ataúd, después de los fallos garrafales cometidos en las crisis de los noventa, desde la debacle de Somalia al genocidio de Ruanda (1994) y la mala gestión de la guerra en Bosnia o la incapacidad de hacer nada por salvar a Irak. Por eso Bush está tan empeñado en la independencia kosovar: sabe que con el Plan Ahtisaari la ONU crea un precedente insólito al conceder la soberanía a un territorio que anteriormente pertenecía a un estado, contraviniendo su propia resolución 1244 de 1999 en la que no se hablaba de independencia, sino de una autonomía sustancial.















Martty Ahtisaari: su plan sobre Kosovo es una carga de profundidad para la ONU. Debido a ello y a que Rusia vetaría su aplicación en el Consejo de Seguridad, la UE será la encargada de aplicarlo; o eso parece que va a suceder en diciembre



Pero si es la Unión Europea la obligada a alumbrar el parto, se encontrará ante la tesitura de apoyar la independencia de un nuevo estado nación de corte decimonónico, cuando la filosofía del proceso de integración va por el camino opuesto. Por lo tanto, se está dando un enorme rodeo para montar un tinglado que dentro de un tiempo deberá desmontarse de una u otra forma. Primero, porque al día siguiente de su independencia, Kosovo será lo que en términos diplomáticos se denomina un “estado fallido”: una administración deficiente, incapacidad de hacer cumplir las leyes, carencia de un sistema fiscal eficaz, serios problemas para gestionar la economía y muy poco atractivo para la inversión exterior. ¿Qué ocurrirá a continuación? Muy posiblemente, las inversiones las harán los vecinos directamente interesados en controlar al nuevo estado, y quizás en esa operación descuelle Serbia, apoyada financieramente por Rusia. Como contrapartida, y dado que el poder de la UE como generadora de ayudas y subsidios tiende a menguar, Kosovo no se va a poder beneficiar de un apoyo a largo plazo desde ese lado, ni siquiera si termina integrándose de aquí a una década.

Por otra parte, si la soberanía de Kosovo respaldada por la ONU tenderá a vaciar de contenido a esa institución, lo mismo ocurrirá con la UE, en mayor o menor medida. A ojos de algunos países miembros podría sugerirles que formar parte del club no es garantía para verse arrinconados frente a la política de los hechos consumados bajo el pretexto de mantener la “solidaridad comunitaria”, una vez que algunos países ya han montado la operación que deseaban consumar. Y volvemos a Polonia y sus miedos; pero también a los de Rumania, Bulgaria, Hungría y, en general, casi todos los nuevos socios del Este.

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domingo, marzo 11, 2007

11-Milošević















Slobodan Milosevic llega a la prisión de Scheveningen en la noche del 28 de junio, 2001


Una superstición serbia dice que el día 28 de junio, día de San Vito (Vidovdan) suelen acaecer sucesos sorprendentes y muchas veces, infaustos. Esa fecha corresponde al día en que tuvo lugar la batalla de Kosovo Polje, en 1389, cuando los ejércitos serbios sufrieron la decisiva derrota ante las fuerzas otomanas conquistadoras de Murad I. Quizás el 11 de marzo empieza a competir con el 28 de junio, a la vista de la coincidencia entre un atentado terrorista de alcance internacional y la muerte de Slobodan Milošević, persoanlidad central en los conflictos del occidente balcánico a fines del siglo XX. Ha pasado ya un año desde ese suceso y nada nuevo parece haberse añadido a las sombrías sospechas sobre el suceso o al impacto que tuvo sobre el intento de construir una legalidad internacional centrada en Europa. A continuación se reproducen tres artículos firmados por el autor de este blog: dos de ellos publicados, el tercero sale ahora a la luz tras ser rechazado por "El País".



Muerte anunciada e inoportuna, "El Periódico", 12.03.2006

La muerte de Slobodan Milošević en su celda de La Haya fue una pesadilla anunciada para los cada vez más escasos profesionales de la jurisprudencia y la política que seguían su juicio con una mínima asiduidad. En efecto, el proceso contra el mandatario serbio era la joya de la corona de una nueva justicia internacional que ya quedó un tanto tocada cuando se permitió que Saddam Hussein fuera juzgado en Irak y no en La Haya. Además, muchos otros estadistas susceptibles de ser encausados, nunca fueron ni siquiera molestados. En el juicio de Milošević las pruebas no solían ser muy concluyentes y algunas acusaciones, como la de genocidio, resultaban indemostrables. Y sobre todo, la duración: el juicio estaba resultando larguísimo, interminable. Eso era restarle contundencia y sobre todo, propiciar que ocurriera lo que al final sucedió: la muerte del acusado.


El general Ratko Mladic. Cabe la posibilidad de que este personaje tuviera que ver en alguna medida con los sucesos que confluyeron en la muerte de Milosevic. E incluso en la de Babic


Por si todo ello no fuera suficiente, el suceso acaece a los pocos días de que Milan Babić fuera encontrado muerto en su celda, tras haber cometido suicidio. Éste reo había sido presidente de la fantasmagórica República Serbia de la Krajina, una entidad que había surgida en Croacia en los comienzos de la guerra, allá por el verano de 1991. No se entiende muy bien qué pudo inducir a Babić a suicidarse, porque de hecho terminó siendo una víctima de Milošević y estaba en La Haya para testificar en su contra. Pero el suceso recibió una muy escasa cobertura mediática: buena muestra del desinterés que genera la justicia internacional en la sociedad. Y quizá también entre los mismos responsables del juicio. ¿Cómo puede ser que logre suicidarse un prisionero en una celda de alta seguridad?¿Cómo no se controló más estrictamente la salud de Milošević, cuyos problemas cardiacos eran bien conocidos?

La dejadez, el hastío, revelan hasta qué punto el proceso contra el estadista serbio poseía un componente de espectáculo que falló desde el comienzo, cuando el mismo acusado demostró ser capaz de defenderse a sí mismo con inesperada eficacia. Y a partir de ahí, la suerte del resto de los reos serbios en el TPIY pasó a depender de complejas negociaciones sobre lo que debían o podían testificar en función de las conveniencias de la acusación contra Milošević. Muy posiblemente, la odisea de Radovan Karadžić y Ratko Mladić tuvo que ver con esto: resulta realmente muy extraño que no hayan sido capturados desde 1995 escondidos como están en países tan pequeños como Bosnia, Montenegro o Serbia, y estrechamente vigilados por los servicios de inteligencia occidentales. Precisamente, la muerte de Milošević acaece después de unos meses de tira y afloja sobre la posibilidad de que el general Mladić se entregara a la corte internacional; el último rumor desmentido, hace pocas semanas. El quid de la cuestión podría residir en que el testimonio del militar serbio, de triste memoria, no habría implicado a Milošević en la matanza de Srebrenica y otros crímenes de guerra similares. Otro gol para la acusación y un triunfo para la defensa del ex mandatario serbio, que se vería reflejado al final en una sentencia mucho más suave de la esperada.



Heather Cottin, miembro del comité norteamericano de apoyo a Milosevic, en una manifestación de apoyo al estadista ante el tribunal de La Haya. Las asociaciones internacionales que lo apoyaban solían estar integradas por militantes de la izquierda comunista radical










Explicado así, parece que la muerte de Slobodan Milošević haya sido bien oportuna. Sin que el juicio llegue a su culminación, pervivirá internacionalmente la imagen que se tenía de él en 2001, cuando fue detenido. Ciertamente que en Serbia no tardará en surgir un culto a su figura como mártir de la “injusticia internacional”. Pero eso también iba a suceder una vez fuera leída la sentencia. Y al fin y al cabo, bien poco peso internacional tiene la opinión pública serbia: que digan lo que quieran aquellos que lo llorarán, que ya son bien pocos. Pero quien piense así caerá en aquello del “pan para hoy y hambre para mañana”. Los juicios y suicidios de jerarcas nazis en Nuremberg, tras la Segunda Guerra Mundial, no son un precedente comparable, porque Alemania había quedado destruida y ocupada, y no contaba ya nada en la política internacional, ante unos vencedores unidos en el interés por erradicar el nazismo. No es el caso de los juicios contra los criminales de guerra en la ex Yugoslavia. Los procesos a estadistas han de ser preparados con una perfección técnica superior a la requerida por los reos de derecho común, porque normalmente, un ex presidente tiene recursos para defenderse que son superiores a los de un ratero o incluso un estafador. Entre otros, la posibilidad de desvelar datos muy delicados que pueden salpicar a estadistas de las grandes potencias.















Un momento de relajación en pleno juicio ante el TPIY. Milosevic fue un político con una extrema confianza en sí mismo. No lo hizo mal como abogado, cuando actuó en su propia defensa.





Slobo: un epitafio político, "La Vanguardia", 12.03.2006

Los relatos que describen a Slobodan Milošević como una persona dotada de una enorme frialdad o una inteligencia diabólica son sólo un reflejo del sensacionalismo de ciertos medios. “Slobo” era un hombre notablemente común y corriente, parecido a los que podemos encontrar cerca de nosotros mismos, en nuestro trabajo, entre el vecindario, en el grupo de conocidos que frecuentamos habitualmente.

¿Qué fue entonces lo excepcional de Milošević, qué le proyectó de forma imparable hacia el poder? En primer lugar, una acentuada confianza en sí mismo, muy superior a la que cualquier persona tiene en sus capacidades. Eso terminaría siendo también su perdición, pues hasta el último momento creyó que lograría jugar contra el resto del mundo. Después, una desconcertante capacidad para ir combinando, según le convenía, las diferentes facetas de su personalidad. Una parte de ese componente provenía de su pasado como cargo importante en la Liga de los Comunistas de Yugoslavia: Slobo era un comunista y lo fue hasta el final. Pero a la vez, era un admirador de cierta imagen de eficacia occidental que se resumía a la perfección en los Estados Unidos. Milošević admiraba ese país, sobre todo a raíz de los viajes que hizo cuando estaba al cargo de un importante banco yugoslavo. Y eso se notó claramente durante las conversaciones de Dayton, en 1995. Por último, Slobo era además un serbio procedente de una oscura ciudad de provincias y en ocasiones también extrajo recursos de ahí, especialmente cara a los que le votaban o apoyaban en su país. La combinación de esos tres elementos de su personalidad hacían de él un político muy impredecible en su época, tanto para los extranjeros como para los mismos serbios.


















Firma del Tratado de Paris, que concluyó la guerra de Bosnia, 1995. Fue uno de los momentos de mayor gloria de Milosevic, coronado como estadista internacional y personaje clave en las conversaciones de Dayton. A la derecha de Milosevic, Felipe González


Esos recursos le sirvieron para gobernar de forma autoritaria sin llegar a imponer un régimen totalitario. En efecto, Slobo no gobernó como un dictador; pura y simplemente no podía hacerlo, porque nunca dispuso de los medios para instaurar una dictadura. Entre el Ejército federal y él no existía la mutua confianza necesaria para dar un golpe conjunto o para que las fuerzas armadas colaboraran. Posiblemente se hubiera desencadenado una guerra civil entre serbios, y a eso no quería llegar nadie.

En consecuencia, Slobo hubo de echar mano de sus recursos, capacidades y un estilo propio que en parte recordaba su pasado de político formado en las conspiraciones de la Liga, pero también de su formación jurídica. En efecto, a veces gobernó como un abogado tramposo, logrando la proclamación de leyes que le convenían para forzar después su interpretación; o haciendo juegos malabares con los votos y los porcentajes. La derivación nefasta de todo ello fue su tendencia a métodos gangsteriles, como el recurso a "hombres para todo" capaces de organizar palizas o armar grupos paramilitares como los que actuaron en Bosnia. Pero nunca fue un hombre de uniformes fantasiosos, como el nacionalista Tudjman: Slobo era de traje y corbata, un líder de despacho al que no le hacía ninguna gracia visitar hospitales o provincias irredentas. Jugó a ser caudillo carismático, pero en cuanto pudo representó ese papel desde la televisión; las grandes tribunas al aire libre fueron una temprana excepción. En tal sentido, su forma de gobernar siempre estuvo hecha a base de reuniones cortas, preparadas de antemano y en las que no se discutía. Si alguien expresaba alguna disensión era convocado más tarde, a solas. El poder que ejercía Slobo no se ayudaba con ruidosas oficinas, activos grupos de trabajo y equipos de consejeros.













Corbata y americana bajo el calor: el célebre discurso de Milosevic en Gazimestan, Kosovo, 28 de junio de 1989


En realidad, nada de esto era tan específico de Milošević; tampoco estaba enraizado en la forma serbia de concebir la política, si es que existe tal cosa. En toda Europa del Este, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, se sucedieron regímenes políticos similares al de Slobo, que algunos historiadores denominan "de democracia vigilada" o "congelación de la democracia". El parlamento continuaba funcionando, pero los partidos representaban cada vez menos a los ciudadanos, éstos veían sus derechos restringidos; la prensa seguía siendo independiente pero recibía duros golpes, el presidente o proto-dictador se imponía mediante subterfugios legales y políticos y, ocasionalmente, la fuerza bruta. Tal ocurrió en la Hungría o la Polonia del periodo de entreguerras.



Colección de sellos conmemorativos relativos al sindicato polaco Solidaridad. Los motivos religiosos hicieron causa común con las reivinidcaciones obreras y todo ello articuló la recuperación de un nacionalismo agresivamente anticomunista del que surgieron los actuales gemelos Kaczynski







Más cercanas en el tiempo, son las comparaciones entre el lenguaje político utilizado o instrumentalizado por Milosevic y el de su misma época. A mediados de los 80, los brotes de nacionalismo en Europa oriental -con toda la carga de "peligrosidad" que se le daba desde Occidente- tenían ya unos cuantos años. Se puede decir que todo comenzó de forma muy clara y explosiva con el nacionalismo de raíz católica reactivado en torno al sindicato Solidaridad en Polonia desde 1980. Procesiones con popes o el dramático periplo de los restos del príncipe Lazar que se vivieron en Serbia en la segunda mitad de esa misma época, tuvieron de hecho su precedente y equivalente en las emotivas misas y confesiones públicas celebradas en los astilleros de Gdansk, las peregrinaciones al santuario de Częstochowa o el delirio colectivo provocado por la visita del Papa Karol Wojtyla en junio de 1979. Los medios de comunicación occidentales se extasiaron ante la resurrección de la catolicidad anticomunista, símbolo eterno del nacionalismo polaco, y se mofaron de la ortodoxia balcánica convertida en bandera del nuevo nacionalismo serbio (y rumano o búlgaro). Pero en realidad formaban parte de un mismo discurso político.

Cuando en la primavera de 1987 Slobo dio su célebre discurso en Kosovo, las cosas habían evolucionado mucho en todo el Este. Por aquella época, recién comenzada la "perestroika" en la Unión Soviética, el desencanto con los regímenes comunistas estaba ampliamente extendido en toda la mitad oriental de Europa, entremezclado con las crisis económicas que se vivían en varios de ellos. En consecuencia, algunos líderes comunistas recurrieron a resucitar antiguas o nuevas consignas nacionalistas buscando movilizar a la ciudadanía o, al menos, un respaldo popular a las necesarias reformas que solían tener mucho de impopular. Desde occidente ese renacimiento del nacionalismo en el Este fue calificado de forma positiva o negativa según las circunstancias o las conveniencias, como había ocurrido con el nacionalismo de base católica a comienzos de los ochenta.


El dirigente comunista húngaro Imre Pozsgay recurrió al nacionalismo para reactivar el entusiasmo popular por el partido comunista, más o menos por la misma época en que Milosevic hacía lo mismo. Pozsgay agitó la situación de la minoría magiar en Transilvania y Milosevic la de los serbios en Kosovo.




En definitiva, Slobo no era un hombre tan alejado de su época ni de su contexto cultural; tampoco era ajeno al ambiente social en el que vivió y creció durante los primeros años de su carrera. Parece ser que incluso se sentía cómodo en el arrabal de bloques que era Novi Beograd, donde vivió nada más llegar a la capital.

Por lo tanto, el epitafio político y personal de Slobodan Milošević podría ser el siguiente: gobernó a la última Yugoslavia como si fuera una gran potencia internacional. Con la audacia, arrogancia y brutalidad con que los grandes estadistas manejan sus grandes estados todopoderosos. Pero resultó algo así como conducir un pequeño SEAT (o Zastava) 600 en los grandes circuitos de carreras, con aspiraciones a que hiciera el papel de un fórmula 1. Aún así, obtuvo resultados más allá de lo que cabría esperar. Pero fue perdiendo piezas por el camino y el desastre final, para Serbia, y para sí mismo, fue de considerables proporciones.

Una de las fotos más originales de Milosevic y en cierta manera, también una de las más representativas





La última pirueta del supervillano, rechazado por "El País"


El fallecimiento de Slobodan Milošević en su celda de la prisión de Scheveningen y el abrupto final del juicio que se seguía contra él en el Tribunal penal internacional de La Haya, han sido casi unánimemente calificados en la prensa europea como de serio inconveniente para lo que debería haber sido una nueva justicia internacional erigida sobre las ruinas del mundo bipolar de la Guerra Fría. Al margen de que el juicio estuviera mal o bien planteado, es innegable que las cosas en la prisión de Scheveningen no funcionaban como es debido. No resulta fácil justificar lo que parece flagrante negligencia que llevó al suicidio de dos detenidos: primero el de Slavko Dokmanović, y ahora, el de Milan Babić , pocos días antes de que falleciera Milošević, detalle revelador que se ha metido bajo la alfombra en una buena parte de los periódicos occidentales. Lo llamativo del caso Babić es que no se entienda la lógica que subyace al suceso, dado que terminó siendo una víctima de Milošević y como tal iba a declarar en contra de su antiguo protector. Pero la ingesta de medicinas no controladas por el ex presidente serbo-yugoslavo no puede disimularse fácilmente como rocambolesco complot por parte del fallecido: el asunto central es que, al parecer, nadie detectó la entrada de tales medicamentos en una prisión de alta seguridad, ni su ingesta reiterada por parte del reo más importante.


Milan Babic: los periódicos españoles, y entre ells "El País", pasaron de largo sobre su suicidio en la prisión de Scheveningen. Posiblemente, consideraron que no resultaba significativo el hecho de que tuviera lugar pocos días antes de la muerte de Milosevic. O quizá pensaron lo contrario.








Por lo tanto, intentar justificar moralmente que de una forma u otra, Milošević es el culpable de lo ocurrido, antes de saber lo que realmente ocurrió, viene a ser postura de beata colocando moralinas, lo cual, como mínimo, resulta poco útil para analizar lo sucedido y sus consecuencias reales. Aplaudir la pena de muerte por intercesión divina no es sino una forma de añorar su aplicación terrenal, sin tener el valor de pedirla. O sea: es ponerse a la altura de Milošević o de algunos de sus adversarios en las repúblicas vecinas, que sí la aplicaron. El tiempo dirá si el mandatario serbio estaba en situación física de planear rocambolescas fugas en la mejor tradición cinematográfica del género, lo cual tampoco disculparía en absoluto la relajada seguridad de la cárcel holandesa. Pero lo cierto es que su fallecimiento, incluso por las causas más naturales que imaginarse puedan, es una mala noticia para Europa, y así lo ha comentado la gran mayoría de la prensa del continente. Porque el Tribunal Internacional de La Haya es una institución de factura básicamente europea, y el varapalo que ha recibido no deja de ser un golpe más al prestigio de las instituciones continentales, en una época en la que éstas vienen siendo muy cuestionadas. El efecto negativo de lo ocurrido en Scheveningen se amplifica, si cabe, por el hecho de que desde Europa se ha criticado –y con razón- la formaen que más allá de nuestras costas se hace justicia en la lucha contra el terrorismo internacional. Por estos pagos, no podemos caer en tales errores; y mucho menos, intentar disimularlos con disculpas que a veces rondan la frivolidad o que traen ecos de un tipo de “complot balcánico” al que Milošević y los suyos eran tan aficionados.


















Los expertos en jurisprudencia fueron muy críticos con Carla del Ponte y su estrategia en el proceso a Milosevic. Puede que su larga duración tuviera una influencia decisiva en el fallecimiento del reo, físicamente debilitado. Pero desde luego, la fiscal no supo prever que esa posibilidad pudiera tener lugar, lo que constituyó un golpe demoledor al intento de poner en marcha una justicia internacional. Y aún así, no dimitió: sigue siendo una de las escasas figuras del grupo inicial de juristas que continúa actuando en los procesos del TPIY



En cuanto a éste, ya ni siquiera es tema para juristas: ha pasado definitivamente al dominio de la historiografía. Y desde ese punto de vista es posible analizar la responsabilidad del sensacionalismo mediático y político en la agudización de un problema político. Podría denominársele la “teoría del supervillano”: al exagerar tanto la maldad de un determinado estadista, al marcar las tintas sobrepasando incluso las líneas editoriales y convertirlo en esperpento, la figura del supervillano se hace increíble para una parte importante del público consumidor. Ese efecto paradójico marcó casi toda la vida política de Milošević, e incluso las circunstancias de su muerte. Pero también parece haber tenido una gran responsabilidad en lo mal llevado que fue el juicio, con una fiscalía que se obcecó en probar infructuosamente la acusación por genocidio y en generar un monumental precedente histórico que se prolongó durante cuatro años. Milošević tuvo la habilidad de utilizar a su favor la desmesura del juicio, hasta el punto de que el pasado mes de diciembre él mismo rechazó la separación del proceso sobre Kosovo que hubiera supuesto una rápida sentencia en firme sobre una parte del total. El resultado es que, como señalan los expertos internacionales cercanos al TPI, el reo ha muerto sin poder probar su culpabilidad. Algo, que lógicamente, ha sentado muy mal a sus víctimas.




Una viñeta francesa, ciertamente grosera, pero muy descriptiva de lo que supuso la muerte de Milosevic para el TPIY







Por lo tanto y ahora que los únicos jueces de Milošević serán los historiadores, se impone desechar las consignas y recuperar cierto rigor en el análisis. Hace días, y tras equivocarse reiteradamente en la fecha en la cual Milošević viajó a Kosovo por primera vez, iniciando así su estrategia de apoyarse en el emergente nacionalismo serbio, un académico escribió en esta misma sección que era una “candorosa superstición” suponer que “desde 1986” –en realidad 1987- Milošević buscaba preservar el estado yugoslavo. ¿Todavía nos manejamos con artículos de fe? Han pasado casi veinte años: el dato se tiene o no se tiene, no es una cuestión de creencias o supersticiones. En definitiva, está fuera de lugar que sigamos luchando en guerras del pasado para justificar las torpezas del presente. Ya no podremos utilizar a Milošević para tapar el desastre que ha sido la justicia internacional; ni tampoco para echarle las culpas sobre la parálisis política, institucional y económica de Bosnia y Kosovo. Occidente ha de asumir su importante cuota de culpa en lo sucedido, sobre todo para enmendar los errores y construir un futuro viable para los afectados.

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lunes, noviembre 20, 2006

La mágica simetría de las efemérides

Evocador fotomontaje publicado en "La Vanguardia" el 24 de octubre de 2006 a partir de sendas fotos de Peter David Josek y AP



Hace más o menos dos años me tocó almorzar en la agradable compañía de dos húngaros, uno académico y ella, diplomática. Fue durante una reunión de trabajo en un grupo de investigación, y como acababa de conocerlos la conversación fue derivando y rebotando de sujeto en sujeto hasta llegar al alzamiento de 1956. Y una vez más pude constatar algo que es de dominio público en aquel país: que la célebre insurrección sigue siendo, aún hoy, motivo de polémica sobre su significado real. Qué duda cabe de que en aquel otoño el stalinismo local, encarnado en Mátyás Rákosi, se había vuelto insoportable para una amplia mayoría de húngaros por su dogmatismo míope, rechazando la posibilidad de acogerse al tren de la liberalización que había abierto el mismo Jruschov durante el XX Congreso del PCUS y que tan ejemplarmente había impuesto a su manera los vecinos polacos con Wladyslaw Gomulka como referente.

Pero la brutal represión soviética y el aprovechamiento propagandístico que hicieron los medios de comunicación del bloque occidental, disimularon bajo la hermosa alfombra de la épica las ambigüedades que acompañaron a la turbulenta y corta insurrección. Por ejemplo, el papel jugado aquellos días como “freedom fignhters” por un número indeterminado de excombatientes que había luchado en el campo del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. O el protagonismo que pudieron haber tenido turbias motivaciones antisemitas: recordemos que Hungría fue el único país del Este donde los cuadros locales del partido comunista había sido purgados en 1949 por un cuarteto de dirigentes moscovitas y judíos: Mátyás Rákosi, Ërnö Gerö, Mihály Farkas y József Révai. Y la purga no se había quedado en el juicio y ahorcamiento de la víctima principal, el “internacionalista y radical” Lásló Rajk, sino que alcanzó a 2.000 cuadros
comunistas, igualmente ejecutados, 150.000 encarcelados y una enorme masa de represaliados y expulsados del partido. A buen seguro que hubo otras motivaciones relacionadas con el resentimiento nacionalista: en 1955 y en virtud del Staatsvertrag firmado con las hasta entonces potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, Austria volvió a ser un estado libre y soberano; las tropas ocupantes se retiraron, incluyendo las soviéticas. Así, a treinta y cinco años del infame Tratado de Trianon, los húngaros volvieron a sentirse injustamente despreciados y castigados: mientras el antiguo socio imperial austriaco era reintegrado a Occidente, Hungría era olvidada en el pozo de la Europa más Oriental.

Célebre fotografía de David Hurn. Un insurgente húngaro, vestido con guerrera del ejército y sosteniéndose sobre una pata de palo, comanda un pequeño grupo de civiles armados en el otoño de 1956. ¿Se trata de un ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial?



Hubo otras muchas cuestiones sin aclarar u oportunamente silenciadas: las brutalidades cometidas por algunos grupos de insurgentes o la dudosa coloración política de los protagonistas, a diferencia de aquellos que protagonizaron la “primavera de Praga”, doce años más tarde. Recordemos lo que explicaba el mismo historiador François Fejtö en su clásica Historia de las democracias populares: entre los intelectuales del Círculo Petöfi, que tan señalado protagonismo tuvieron en el desencadenamiento de la insurrección, existía un cargo de conciencia importante por haber aplaudido las purgas stalinistas pocos años antes. ¿Marcó ese deseo de redención un radicalismo que pudo haberse canalizado hacia una transición menos rupturista como había ocurrido pocos meses antes en Polonia?

La implacable industria de las efemérides: el recién aparecido libro de Henri-Christian Giraud sobre la insurrección húngara de 1956, recientemente aparecido. De todas formas, no abundan las obras sobre el acontecimiento, sean obras renovadoras o simples pastiches oportunistas.



Y en octubre de 2006 llegó por fin la perfecta efemérides del medio siglo, con su algarabía de fastos, discursos y loas, mientras los interrogantes e hipótesis historiográficas siguen bien escondidas bajo la alfombra. Las celebraciones han cobrado el satinado aspecto multicolor de los comics, lo estaban pidiendo a gritos, y hasta hay quien se atrevióen hacerlo literal realidad diseñando un comic-juego interactivo, FF´56. Incluso algunos libros escritos a toda prisa y reeditados para la ocasión (la industria de la efemérides es cada vez más exigente) han cobrado ritmo descriptivo de comic o serial cinematográfico, como el grueso volúmen de Henri-Christian Giraud, Le Printemps en octubre (Éds du Rocher, 2006). Lo malo era que en la misma Hungría las cosas no estaban para tanto festejo, y las glorias pasadas se mezclaron con las miserias presentes en una hilarante trama de dobles mensajes y equívocos, con reenactments para todos los gustos. Hubo reconstrucciones históricas para la televisión y el cine, pero también protestas contra el gobierno socialista liderado por el multimillonario Ferenc Gyurcsány que se le escaparon de las manos a las fuerzas de seguridad y el 23 de octubre de 2006 terminaron derivando en una reactualización de las protestas de 1956, con tanque incluido, sacado del museo para la ocasión.

Agentes de la policía política húngara, la AVO, en el momento de ser ejecutados en plena calle tras rendirse. Célebre fotografía de John Sadowy, octubre de 1956.


Un delicioso momento que ilustra a la perfección ese fenómeno que podría denominarse la “mágica simetría de las efemérides”. Desde luego que el monumental escándalo protagonizado por el mismo Ferenc Gyurcsány en septiembre tuvo sobrados méritos propios para explicar la virulencia de las protestas en la calle. Pero no cabe duda de que el 50º aniversario de la revuelta húngara las cargó con un significado muy especial y amargo. El hecho de que una marcha de marcado signo derechista se mezclara con un acto de veteranos insurgentes de 1956 en la plaza de Corvin y el cocktail funcionara, resulta muy significativo. El día anterior, durante la entrega de condecoraciones, el primer ministro pasó un mal trago cuando ocho ancianos insurgentes se negaron a estrecharle la mano. Y es que ese mismo primer ministro, socialista y millonario, había sido jefe de las juventudes comunistas en los años ochenta, cuando dirigía el partido comunista húngaro János Kádar, el hombre que habían puesto en el poder los soviéticos, tras reprimir la revuelta de 1956. Cuando el pasado 23 de octubre, un veterano de ese suceso arengó a los jóvenes manifestantes para que movieran un par de históricos cañones expuestos en la vía pública, a fin de transformarlos en barricadas contra “esos fascistas” –el gobierno actual- quedó más patente que nunca que la simetría de las efemérides había ejercido su particular influjo sobre los acontecimientos.


















Explícita caricatura publicada por "Le Monde" en 1948, a poco de consumarse el "golpe de Praga". Stalin estrangula la libertad checoslovaca ayudado por el comunista Gottwald, ante la sombra de un Hitler que hizo lo mismo una década antes, con el auxilio de Henlein



No es el único caso, desde luego. Sólo en el marco de la Europa oriental, se pueden identificar de una primera ojeada, dos ejemplos más. Uno de ellos, el denominado “golpe de Praga”, en febrero de 1948, que la prensa occidental trató como si se hubiera producido un bache temporal y Checoslovaqia hubiera regresado a 1938. Diez años justos, el turbador ingrediente cabalístico que unido a una situación que a los comentaristas de la época se les antojaba similar, parecía pronosticar el retorno “matemático” de la guerra a Europa. En 1938, las democracias occidentales no habían podido evitar que Hitler arrancara a Checoslovaquia el territorio de los Sudetes, lo cual llevó a su vez a la invasión del país en marzo del año siguiente. Pocos meses después, estalaba la Segunda Guerra Mundial. Febrero de 1948: las potencias occidentales no habían sabido impedir que el estado checoslovaco cayera en la órbita soviética. La Tercera Guerra Mundial parecía servida, y la prensa publicó caricaturas en las que Stalin era comparado a Hitler. Occidente se puso en guardia, se lanzaron programas de rearme y se fundó la Unión Europea Occidental como primer paso para organizar una alianza defensiva para frenar la agresión soviética que, sin embargo, nunca llegó.

Milicianos ustachas croatas y soldados alemanes contemplan una pila de civiles serbios ejecutados en Bosanski Brod, 26 de septiembre de 1941


Verano de 1991: los enfrentamientos interétnicos en Croacia están dando paso a una guerra civil. En junio los nacionalistas croatas han logrado proclamar la independencia del país, un paso contemplado con enorme inquietud por la minoría serbia. ¿Regresaba el aciago verano de 1941? Por entonces se cumplían 50 años justos y el impacto de las efemérides simétricas era vivido como una maldición. Durante la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas alemanas, italianas, húngaras y búlgaras habían invadido Yugoslavia, desmembrando el estado. Croacia, convertido en un estado fascista, marioneta de Berlín y Roma, obtuvo el control de la totalidad de Bosnia; sus fronteras llegaban hasta Zemun, hoy un barrio periférico de Belgrado. En ese territorio, las milicias ustachas organizaron la despiadada liquidación de la población serbia. Muchos niños fueron convertidos al catolicismo y “croatizados”. Se produjeron reasentamientos forzados de población y asesinatos masivos, primero sobre la amrcha y pronto en el complejo del enorme campo de exterminio de Jasenovac. Al estado ustacha le cupo el triste privilegio de ser el único estado fascista que contó con su propio sistema autóctono de exterminio masivo en el que murieron decenas de miles de serbios, gitanos y judíos. En 1991, todos esos recuerdos parecieron hacerse de nuevo realidad: Alemania se había reunificado el año anterior y con su ayuda, Croacia había obtenido el reconocimiento internacional de su soberanía. Los enfrentamientos interétnicos habían dado lugar a las primeras masacres, tanto de croatas como de serbios. Estos habían proclamado su propia república secesionista en la región de la Krajina. Es evidente que tuvieron ayuda desde Belgrado, pero no debe menospreciarse el peso que tuvieron los fantasmas de la propia historia cuando se cumplían, justamente, 50 años justos, una coincidencia fatídica.

Control de milicianos serbios cerca de Knin, Krajina, agosto de 1991. Fotografía de Zeljko Sinobad. El miedo a que se reprodujeran los horrores acaecidos medio siglo antes, ayuda a explicar la insurrección serbia en Croacia, tras la proclamación de su independencia.


En realidad, las efemérides pueden resultar muy inoportunas. Parecen reclamar a gritos un balance de lo acontecido, que sin embargo, ha de ser forzosamente positivo para el régimen entonces en el poder. Pero el hecho es que la efemérides es, pura y simplemente, un acontecimiento sentimental, pero vacío de enseñanzas, como suelen serlo las consignas propagandísticas. Por ello puede tener el efecto de una pesadilla para unos, o ser vivido como una estafa histórica por otros. “¿Ha sido una celebración sin húngaros?”- le preguntaba un hombre a Félix Flores, corresponsal de “La Vanguardia” el pasado 23 de octubre (“Hungría tiñe de violencia su memoria – Los manifestantes se enfrentan a la carga policial con viejos tanques soviéticos”, martes, 24 de octubre, 2006; pag. 39). En realidad, todavía quedan muchas cosas por explicar sobre la insurección de 1956. Eso lo saben muchos húngaros, dolidos también por los engaños del gobierno actual y ello explicaría también la escasa asistencia de académicos húngaros a los pomposos actos de celebración organizados, sin ir más lejos, por algunas de las instituciones culturales barcelonesas, que como en Budapest, han estado más interesadas en quedar bien que en debatir los entresijos de lo ocurrido.

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domingo, septiembre 24, 2006

El circo del Este



Publicado en "El Periódico", 24 de septiembre, 2006



Ilustración original que acompñaba al artículo, por María Titos

Ni destino trágico del pueblo húngaro ni zarandajas por el estilo. Lo ocurrido en Hungría no deja de ser una secuela tardía de las denominadas "revoluciones de colores" que comenzaron con la Revolución de las Rosas en Georgia (noviembre de 2003) y sobre todo, con la Revolución Naranja en Ucrania al año siguiente. En ambos casos, el precedente casuístico había sido la denominada Revolución del Bulldozer en Serbia (octubre de 2000) que terminó con el régimen de Slobodan Milosevic. El último episodio de esta sarta tuvo lugar en Kirguizistán en marzo de 2005, con la denominada Revolución de los Tulipanes, aunque también fue llamada Revolución del Papel de Lija. En los sucesos acaecidos estos últimos días en Hungría se encuentran todos los trazos: la evidencia escandalosa de que el poder está corrupto, seguida de manifestaciones populares en la calle, con ocasionales asaltos de grupos radicales -normalmente de extrema derecha- a organismos públicos, todo ello generosamente desmesurado por la televisión. Desde Occidente se intentó presentar a las diversas “revoluciones de colores” como una repetición de la Revolución de Terciopelo checoslovaca, en diciembre de 1989: la mera presencia masiva de la población en las calles habría hecho caer a un régimen comunista, trayendo la democracia sin apenas violencia. En conjunto, revoluciones protagonizados por la derecha populista –o ultranacionalista- contra usurpadores presuntamente neocomunistas, dinosaurios o listillos atrincherados en el poder. Algo similar a la imagen del primer ministro húngaro Ferenc Gyurcsany, ya conocido con el poco honorable epíteto de “socialista en limusina”.

Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido entre 2000 y 2005, la variante húngara no se desbordó (todavía) por acaecer dentro de las fronteras de la Unión Europea. Ha sido una vergüenza propia y por ello ningún medio de comunicación ha jaleado lo sucedido, a nadie se le ha ocurrido hablar de “Revolución del vino Tokaji”, ni nada parecido. Aún así, no deja de ser inquietante. En 2004 entraron en la Unión Europea una decena de nuevos miembros desde la mitad oriental del continente. Fue una decisión política aderezada con la fanfarria literaria de Claudio Magris: la civilización danubiana, las grandes huellas de las pequeñas naciones de la Europa central y todo eso. Pues si: los recién llegados al club son ciertamente europeos, pero con una personalidad común similar, que no necesariamente es la de sus primos occidentales. En parte ello es debido a su propia trayectoria histórica y en algunos casos también a una transición desde el sistema comunista mucho más compleja de lo esperado. Y el resultado es una forma específica y un tanto gamberra de hacer política: ahí está esa Polonia con la experiencia casi onírica de un par de gemelos repartiéndose el poder con actitudes de un populismo derechista trasnochado. O una Letonia que se ha pasado por salva sea la parte las convenciones al uso en Europa sobre el respeto a las minorías. Hasta hace poco, el 42% de la población, de origen ruso, no poseía los derechos civiles que Bruselas considera normales y necesarios. Ahora parece que tampoco, aunque en junio Letonia ratificó la Convención Marco para la Protección de las Minorías Nacionales, del Consejo de Europa. Claro que, según Amnistía Internacional, “la definición de minoría utilizada por el gobierno suponía que, en la práctica, la mayoría de los miembros de la comunidad de habla rusa de Letonia no podían considerarse pertenecientes a una minoría”. Más al sur, y tras dinamitar en el último momento el denominado “Plan Annan” para la reunificación de Chipre, los grecochipriotas han descubierto que en el seno de la UE tienen poder de sobra para reventar cualquier iniciativa razonable con respecto a sus vecinos turcos. Lo que ha terminado por hastiar incluso a su antigua protectora, Grecia, interesada ahora en cerrar lucrativos acuerdos con Ankara para el tendido conjunto de oleductos. Y en Hungría, por último, ya no sólo se trata de las mentiras, sino también de las cintas: ¿Qué es eso de espiar con micrófonos ocultos a un jefe de gobierno y chivarse después a los medios de comunicación? Parece una de aquellas tétricas historias de los años soviéticos.

Cierto es que nadie está libre de pecadillos (¿quién no se acuerda del caso Roldán, por ejemplo?) pero en conjunto el escándalo húngaro debería enseñarnos algunas lecciones. Primera: Que los criterios de ampliación han de construirse sobre estudios técnicos y no en base a consideraciones románticas, historicistas o simplemente emocionales, a convenienciea de tal o cual potencia de la UE. Segundo: que debemos apechugar con lo que hay y procurar ponerle remedio; lo cual no implica detener la ampliación, sino aprender de los errores cometidos para que no se repitan con los que han de venir. Tercero: que las economías procedentes de regímenes comunistas no se adecúan tan fácilmente a la disciplina del capitalismo, por lo que no sería de extrañar que Turquía deviniera un socio técnicamente más viable que la misma Hungría, pongamos por caso. Curiosa paradoja, dado que los húngaros proceden de Asia Central, como los turcos, y su lengua posee interesantes similitudes sintácticas. Mal que le pese a Sarkozy, por cierto, con su luminoso apellido de origen magiar.



Nota: Véase, en similar línea argumental, el meritorio artículo de Ricardo Estarriol en "LaVanguardia" del 22 de septiembre, pag. 4: "De la planta baja al sótano"

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