La balada de los Rhythm & Blues

Ciudadanos rumanos celebrando la entrada de su país en la Unión Europea, la pasada Nochevieja
El presente post está basado en un artículo de próxima aparición en la revista "Capçalera" del Col·legi de Periodistes de Catalunya A fuerza de discutir sobre el binomio Rumania-Bulgaria durante las negociaciones de acceso a la Unión Europea se les acabó denominado “R & B” y alguien en Bruselas decidió llamarles los “Rhythm & Blues”. La broma tuvo tanto éxito, que en cierta ocasión un delegado búlgaro preguntó quejoso por qué ellos debían ser los “blues”, mientras los rumanos aportaban el “ritmo”. Esta desenfadada anécdota contrasta con la pomposidad que rodeó el ingreso de los miembros que accedieron a la UE en mayo de 2004. Por entonces, el evento conservó ecos de la trascendencia con la que se hablaba en 1990 de la “casa común europea” y de la deuda histórica hacia los países de la Europa central. Casi tres años más tarde, con la UE en plena crisis institucional, con duros debates sobre la conveniencia de continuar con el proceso de ampliación o no, y con molestos problemas planteados por nuevos socios como Polonia, Hungría o Chipre, la bienvenida a los “Rhythm & Blues” no ha sido entusiasta.

Un viejo automóvil "Dacia" (Renault 12 fabricado bajo licencia rumana en los años 70) cargado hasta los topes de productos agrícolas. Rumania es todavía un país marcadamente agrario con un bajo nivel de desarrollo rural. Fotografía procedente de Antena 3 Rumania
A lo largo del mes de enero, la prensa occidental se dedicó a debatir sobre la idoneidad económica de Rumania y Bulgaria: ¿Están realmente preparados para entrar en la UE? Las cifras macroeconómicas resultan inquietantes: ambos países están situados en la cola de Europa; aparentemente, Turquía está más preparada que estos dos para participar activamente en el proceso de integración europea. Pues aunque en el crecimiento de sus economías es acelerado (7,8% de Rumania y 6,3% de Bulgaria entre enero y noviembre de 2006) en realidad parece deberse a un incremento del consumo interior. Por otra parte, el gasto público se ha racionalizado con éxito: el déficit rumano es sólo del 2% y Bulgaria ha conseguido incluso un superávit fiscal del 3,5%, resultados ambos correspondientes al año 2006.
Por lo tanto, ambos países cumplen con las estipulaciones de Bruselas. Pero existen otros problemas bien conocidos. A escala de la microeconomía, los salarios siguen muy bajos, la producción continúa siendo de discutible calidad, el sector bancario aún es anticuado. La agricultura y la ganadería siguen poseyendo un papel proporcionalmente muy marcado en la economía: en torno al 20% del PIB en ambos países, abarcando al 23% del empleo en Bulgaria y hasta el 40% en Rumania, aunque el sector agropecuario sólo participa en un 12% de las exportaciones búlgaras y un 5% de las rumanas.
Pero el primer y principal problema en ambos países es el de la corrupción, que alcanza niveles preocupantes, tanto en el sector público como en el privado. Bruselas se muestra rigurosa y amenaza con cancelar pagos de fondos estructurales e incluso ayudas agrícolas si se sospecha de fraudes, irregularidades o corrupción. De entrada, sólo se va a entregar el 75% de los fondos europeos a lo largo del próximo trienio en espera de de que mejore la lucha contra la corrupción.
En medio de todo ello, la carga de ingenuidad que adorna las distorsiones sociales de estos países puede llegar a ser desarmante. Noticia del pasado 1 de febrero: Bill Gates viaja a Rumania para inaugurar un centro técnico mundial de Microsoft y en el discurso de agradecimiento, el presidente Traian Băsescu le explica al magnate de la informática, con toda la buena fe del mundo, que “la piratería del software de Microsoft ha ayudado a Rumania a construir una pujante industria tecnológica”. Gates, informan las crónicas, “no hizo comentarios”. Según los expertos, el 70% del software utilizado en Rumania es pirata. Para concluir, “el presidente rumano condecoró a Gates con la orden nacional de máximo prestigio, la Estrella de Rumanía en grado de comendador y destacó los valores de este empresario, como "el trabajo, el respeto a la ley y la responsabilidad social”.

Bill Gates, feliz tras haber sido condecorado con la "Estrella de Rumania" por el presidente Băsescu
Por supuesto, el futuro económico de los “Rhythm & Blues” es bien incierto: puede evolucionar mal -como está ocurriendo con Hungría- o con el tiempo despegar de forma imparable, como ha sucedido con miembros antaño pobres de la UE que han sabido aprovechar a fondo esa condición y han despegado de forma imparable: tal es el célebre caso de Irlanda, cuyo crecimiento económico ha sido espectacular en los últimos diez años. Todo dependerá, en buena medida, de cómo evolucione la estructura social y la situación política. En tal sentido, Rumania, que es un país sorprendente en muchos aspectos, debe hacer frente a problemas específicos, como por ejemplo, la exagerada tasa de emigración. Un fenómeno que en el caso de este país no parece estar en relación directa con su relativo nivel de pobreza, sino más bien con el hecho de que el emigrante es una figura de éxito social. Aparte de la fuga de cerebros y clases técnico-profesionales que acaban ejerciendo como trabajadores no profesionales en Occidente –y dos de cada tres científicos rumanos investigan y trabajan en el extranjero- la masiva emigración rumana ha propiciado que el país carece ya de suficiente mano de obra, lo que implica aceptar inmigración. De momento, la prensa rumana, muy “a la rumana” presenta el fenómeno como un posible negocio sólo apto para espabilados: exportar mano de obra cara e importarla barata. Pero lo cierto es que de momento las autoridades ya están dándole vueltas a la posibilidad de drenar población agraria muy pobre del campo a la ciudad (algo que recuerda alguno de los planes de Ceauşescu) y la forma de poner en marcha un programa de recuperación de emigrantes, a la manera de los que ya intentó Méjico o Polonia.
Ante esta situación, la prensa juega un papel social aún limitado en estos dos nuevos socios de la UE. En los últimos años, la calidad de los medias ha mejorado de forma notable. Hasta 1989 eran meros comparsas en manos de los regímenes comunistas. Broma común en Rumania era afirmar que el papel de la prensa consistía explicar por entregas "las aventuras del “haiduc” (bandolero) de Scorniceşti", pueblo natal de Nicolae Ceauşescu. La oferta de ocio era prácticamente inexistente, hasta el punto de que en Bucarest los rumanos solían pasarse por la Embajada búlgara para tomar nota de la programación de la televisión de ese país, porque a pesar de que el común de la gente no entendía nada de esa lengua eslava (el rumano es de raíz latina) al menos no incurrían en la reiteración sistemática del culto al líder y sus imágenes eran más entretenidas.
"Scînteia", órgano oficial del PCR en tiempos de Ceauşescu . Posiblemente, uno de los diarios más aburridos del mundo en su época
De esta uniformidad se pasó, en 1990, a la explosión de los medios de comunicación tras la caída del régimen comunista. Sólo los periódicos se contaban por decenas, algunos no pasaban del primer número. Se decía, de broma, que cada rumano equivalía potencialmente a un periódico. La calidad de tales medias era más que cuestionable. Su contenido no estaba controlado por ninguna agencia independiente, ni siquiera por los órganos de justicia, y solían incurrir fácilmente en la difamación o el mero artificio informativo, el puro invento. Incluso la tinta en la que estaban impresos desteñía en los dedos del lector. Hoy todo eso es ya historia. Los grandes rotativos, algunos de los cuales parecen haber tomado como modelo de formato la prensa italiana (sobre todo en Rumania), poseen una calidad reconocida y pueden ser consultados en internet.
Por otra parte, los diarios han ido dejando atrás un estilo especulativo poco profesional y en la actualidad se centran en informar detalladamente sobre cualquier asunto de la actualidad nacional o internacional por delicado que sea. De todas formas, uno de los problemas comunes a los medios de prensa búlgaros y rumanos tiene que ver con el hecho de que, aparentemente, todavía no son capaces de llevar a cabo periodismo de investigación serio, de envergadura y sobre todo, independiente. En un momento dado pueden producirse denuncias puntuales e irregularidades, pero no parece posible que, hoy por hoy, los medios de prensa sean capaces de destapar por su cuenta, por ejemplo, un affaire como el de los GAL en España. Y ello no es atribuible a la carencia de periodistas muy cualificados, que los hay y de gran calidad profesional. En parte podría deberse a que se trata de medios con escasa independencia, sujetos como están a la órbita de los grupos empresariales o incluso partidos relacionados con el poder. Por otra parte, investigar escándalos de corrupción o redes mafiosas puede ser todavía una actividad demasiado peligrosa en estos países. Y sin llegar a extremos tan dramáticos, juega también el hecho de que la política local posee un estilo muy personalista, de manera que en ocasiones una investigación sobre las actitudes de estadistas u hombres públicos puede desembocar en motivaciones pura y simplemente triviales.

Fotografía inusitada de la revolución rumana de diciembre, 1989
El problema sigue siendo que la prensa parece tener una limitada capacidad como agente de control social y político al servicio de la sociedad civil. En principio, la situación debería ser mejor en Bulgaria, donde al menos está más equilibrado el panorama político: existe una derecha pero también una izquierda con sus propios medios de comunicación. En Rumania, donde fue prohibido el Partido Comunista y en general la izquierda tradicional fue presentada de forma negativa por una buena parte de las nuevas autoridades y resaltado de forma un tanto histérica por la opinión pública, la capacidad equilibradora que podía haber ejercido esa parte del abanico político quedó muy cuestionada, incluso por los nuevos partidos definidos un tanto abusivamente como "socialdemócratas". Y sin embargo, incluso en Bulgaria han tenido que ser una serie de ONGs las que se han comprometido a investigar y controlar que antiguos agentes de los servicios de inteligencia y policía política del desaparecido régimen comunista no intenten ocupar cargos en Bruselas a partir de las inminentes elecciones al Parlamento Europeo.
En definitiva, el planteamiento informativo que se ha propuesto desde Occidente sobre los nuevos socios debería haber estado más centrado en aspectos políticos y mucho menos en los económicos, que son mejorables y en un lapso de tiempo más corto que los otros. En días pasados, la prensa rumana avisó del impacto negativo que estaba teniendo la crisis de gobierno que enfrentaba al presidente, Traian Băsescu y el primer ministro, Călin Popescu Tăriceanu, que podría minar las reformas en curso y ralentizar la lucha contra la corrupción. Y por supuesto, tales incidentes ponen en peligro la coalición de gobierno que forman el Partido Democrático (Băsescu) y el los liberales de Tăriceanu. A su vez, el FMI ha advertido del peligro que supone para las inversiones y la economía el peligro de desestabilización política en un momento tan delicado.
Pero las cosas van más allá. Con Rumania y Bulgaria han accedido a la UE un par de países que tienen problemas manifiestamente irredentistas, entre ellos y con otros socios comunitarios. Ahí están los viejos contenciosos entre por Transilvania (un conflicto húngaro-rumano) o el sur de la Dobrogea (entre Rumania y Bulgaria). Habrá que ver cómo aceptan los rumanos la libre circulación de ciudadanos comunitarios húngaros cuando lidian un sordo conflicto que dura décadas con su propia minoría magiar. Y desde luego, ni hablar con Sofia o Bucarest de una futura Europa federalizada. Todo esto es bastante nuevo para la UE y el impacto en sus estructuras puede ser impredecible. De momento ahí tenemos, por ejemplo, la creación de un grupo parlamentario de ultraderecha (Identidad-Tradición-Soberanía) en la Eurocámara, gracias a la llegada de cinco diputados del Partido Gran Rumania y el búlgaro de Ataka, Dimitar Stoyanov.

Situación imposible: En una localidad transilvana sin especificar, los locales del Partido Gran Rumania comparten edificio que sus archienemigos de la Unión Democrática Magiar de Rumania. Fotografía de Antena 3 Rumania
La ultraderecha en la UE: éste es un fenómeno en desarrollo ya conocido: ahí tenemos la Polonia de los “Hermanos Patata”, Lech y Jaroslaw Kaczynski; la Letonia de Andris Berzins o las de Aigars Kalvïtis, la del caso Smits; la Austria de Jörg Haider. Por lo tanto, no es impensable que algún día Vadim Tudor o Siderov llegaran a la presidencia de sus respectivos países, aunque desde Occidente no se entienda el éxito de unos histriones como estos, cuyos discursos, órganos de prensa y programas televisivos no son sino retahílas de ataques, insultos e inventos dirigidos contra todos aquellos que consideran enemigos y traidores a la patria. Pero el hecho de que hayan accedido a la Eurocámara les ha supuesto una nueva popularidad entre sus compatriotas. De repente han dejado de ser unos gritones provincianos, especialistas en contar chistes groseros y hacer reivindicaciones de una xenofobia estrambótica, pasando a ser considerados unosrespetables europarlamentarios con un abultado sueldo y prebendas de todo tipo. Según datos aportados por Judith Argila: “Ya han conseguido fuerza política, punto a favor. Y ahora, ¿qué? En primer lugar, tendrán los mismos derechos que el resto de partidos del parlamento en lo que concierne a tiempo de palabra en el hemiciclo, así que ganaran en visibilidad (a lo mejor son lo suficientemente radicales como para que logren que se hable más de la UE, quién sabe). Además, podrán enmendar textos y disponer de funcionarios, y… también empezaran a llenarse los bolsillos: calculan que percibirán en torno a un 30% más de lo que recibían como no inscritos, lo que supone cerca de un millón de euros suplementarios”. De momento, es de prever que los votantes rumanos y búlgaros se limiten a guardar la carta de la ultraderecha en la manga. Necesitan a Europa y muchos de ellos suponen, erróneamente, que la UE viene a ser algo así como una enorme ONG de auxilio caritativo. Por lo tanto, creen que Bruselas les ayudará y no votarán a quién quiera destruir el espíritu europeo. No obstante, si no reciben de la UE lo que ellos esperan, el desengaño les podría conducir a inclinarse por un voto más nacionalista con el fin de defender con más fuerza sus intereses en este tira y afloja que es la negociación en los foros comunitarios. Etiquetas: Basescu, Bulgaria, Ceauşescu, corrupción, Haider, inmigración, Kaczynski, proceso de integración en la UE, Rumania, Tariceanu, ultraderecha europea
Una mala cena la tiene cualquiera

Característico fotomontaje de "El País": se escogió la enorme foto de un bilioso Vladimir Putin "durante la rueda de prensa en Lahti" para contrastar, enfrentada, con los alegres semblantes de Chirac, Merkel y Zapatero, procedentes de otros eventos. Al parecer, no hubo manera de encontrar una instantánea más risueña de Romano Prodi. El conjunto gráfico ilustra la crónica de Carbajosa y Missé: "Putin critica la corrupción de los alcaldes españoles", en: "El País", domingo, 22 de octubre, pag. 9. La foto de Putin es de Associated Pres; las demás no incluyen créditos.
Una de las definiciones más concretas y descriptivas que conozco de un acontecimiento histórico, la formuló el historiador A.J.P. Taylor en referencia a los líderes de las revoluciones europeas de 1848 y sus motivaciones: "Los primeros movimientos nacionales fueron creados y dirigidos por escritores, principalmente por poetas e historiadores, y su política era la de la literatura más que la de la vida. los líderes nacionales hablaban como si tuvieran el apoyo de un pueblo consciente y organizado; sin embargo, sabían que la nación estaba todavía sólo en sus libros (...) En el mundo cerrado de su imaginación, estos líderes de la primera época volvieron a combatir en las históricas batallas que, siglos antes, se habían decidido. No sabían cuándo negociar y cuándo resistir y, sobre todo, no sabían con qué resistir. No entendían que la política es un conflicto de fuerzas, creían que se trataba de un conflicto de argumentos".
Parece que esa especie de ingenuidad ha cambiado poco, al menos a la vista de la forma en que descarriló la conversación diplomática mantenida en la cena por algunos dirigentes de la Unión Europea y el presidente ruso Vladimir Putin. Puede que la falta de imaginación haya contribuido a añadir una cierta dosis de estupidez; incluso sería justificable que el simple miedo, el temor de sentirse a merced de los rusos esté contribuyendo a la contumaz torpeza diplomática de algunos dirigentes euorpeos. O la peor opción posible: que al cabo de los años esos mismos individuos hayan terminado por creerse su propio discurso de madera, como les ocurría a los ministros soviéticos en tiempos de Breznev, cuando ni siquiera poseían -ni deseaban conocer- la información sobre el estado real del país.
Como se sabe, los líderes y a la vez representantes de la UE se habían reunido con Putin en Lahti (Finlandia) para llegar a un acuerdo con Moscú a fin de garantizar el necesario suministro de energía para el Viejo Continente. Actualmente, según últimas informaciones, Rusia suministra a los países de la UE hasta el 25% de sus necesidades energéticas. Las conversaciones se llevaban con guante de seda. La consigna era evitar asuntos incómodos referidos a la política interior rusa. Durante la cena, las diversas intervenciones, incluyendo la de Putin, fueron encajando según el guión previsto. Habló el dirigente ruso, reconocienmdo la necesidad y voluntad de cooperar con la UE en materia energética, reabriendo la puerta a la posibilidad de formar joint ventures europeas con las empresas rusas dedicadas a la extracción de gas y petróleo. Le respondió en términos cautos el presidente de la Comisión Europea, el portugués Durão Barroso. Luego hablaron con tono parecido aquellos dirigentes con los que Putin tiene más confianza, es decir, los más poderosos: "Jacques" (Chirac), "Tony" (Blair), "Ángela" (Merkel).
La crónica de "El País" precisa que todo se torció cuando "los países bálticos tomaron la palabra", sacando a colación los temas más polémicos posibles: la tensión entre Rusia y Georgia y la situación de los derechos humanos en la gran potencia, al hilo del asesinato de la periodista Anna Politkovskaya -no los del banquero Alexandr Plojin (10 de octubre) ni el del gerente de la Agencia Itar-Tass, Anatoli Voronin (15 de octubre). Al parecer, se trataba de una de esas actitudes gamberras que están adoptando los nuevos socios orientales de la UE en los últimos tiempos: el desprecio por los derechos de las minorías, los homosexuales o los extranjeros en Letonia y Polonia, el olímpico desdén a las recomendaciones comunitarias sobre estrategia económica en Hungría o la petulancia intransigente y obstruccionista en Chipre. En todos los casos suelen ser países pequeños -con exclusión de Polonia- que mezclan el euroescepticismo con sus pequeñas revanchas históricas y el deseo de mostrrar en Bruselas que "ellos saben" cómo tratar a Rusia, a Turquía a sus vecinos y hasta a la misma Bruselas. Al fin y al cabo, se supone que Bruselas les protege con el manto azul de la Virgen, en el cual está inspirada la bandera de las estrellas.

Pepe Borrell en tiempos de mejores digestiones
A pesar de todo, y como en Moscú también son expertos en egoísmos nacionales, Putin aguantó. Los bálticos hubieran quedado en evidencia ellos solos, de no haber sido por Josep Borrell, cadáver político en España desde hace ya años y a la sazón presidente del Parlamento Europeo. Según explican Ana Carbajosa y Andreu Missé en la crónica de "El País", Borrell protagonizó una intervención muy subida de tono. Comenzó "con palabras cargadas de sarcasmo" [sic]: "Hemos de agradecer al señor Putin que cerrara temporalmente el grifo a Ucrania, el pasado enero, porque gracias a esto estamos aquí discutiendo de política energética común". Y ya puesto, Borrell expresó "la preocupación de los ciudadanos europeos por la devaluación de los derechos humanos en Rusia" [sic, según la crónica citada], le recordó a Putin que el Parlamento Europeo dedicó un minuto de silencio por el asesinato de la Politovskaya y de propina se refirió a un tema que debió parecerle muy novedoso y apropiado para ser resuelto de un plumazo durante la cena: las dificultades que padece la oposición y las ONG en Rusia.
Ya sólo esta traca de petardos levantinos hubiera bastado para mover de sus casillas al mísmisimo ZP. Pero según parece, Borrell remató: "Sacamos petróleo de países peores que el suyo, pero nuestra preocupación es que con ustedes queremos asociarnos y ello exige compartir unos valores". Ante un párrafo de tamaño calibre insolente, cabe preguntarse si la pronunció literalmente Josep Borrell o es una transcripción aproximada artribuible a la grosería con la que Ana Carbajosa suele retratar a los personajes que no le caen bien (Putin, en este caso); o quizás es la conocida tendencia, propia de muchos periodistas, a mostrarse más papista que el Papa. Aunque quizá no sea justo mostrarse tan duro con el periódico o con la Carbajosa por lo que es un mero reflejo de incredulidad ante la más que evidente chapuza política de Borrell, que no hace sino reflejar años de dialéctica marrullera en nuestra propia política. Al fin y al cabo, Fernando García, enviado especial de "La Vanguardia" apunta que Borrell dijo también algo así como: "No cambiaremos energía por derechos humanos", frase que de ser cierta, no mencionan Carbajosa y Missé, conscientes que de que Borrell, con toda esa vena populista y demagógica, es al fin y al cabo afín a la ideología-bandera de la empresa de su periódico.
Por supuesto que la situación de los derechos humanos debe mejorar en Rusia y los mafiosos y asesinos han de terminar en la cárcel. Pero aquí lo que se pone en solfa es la necesidad de organizar una zapatiesta como la que protagonizó Borrell como el camino más indicado y eficaz para hacer algo útil y no terminar abochornado: él y el país que representa. Porque se supone que estamos hablando de profesionales de la alta diplomacia, no de líderes rockeros con ambiciones de trascendencia o alterados jóvenes alternativos. Posiblemente Borrell es realmente alguien que, como explicaba Taylor con referencia a los líderes de 1848, no sabe cuándo negociar, ni cuándo resistir y no entiende que la política (y más la internacional) no es un conflicto de argumentos, sino de fuerzas e incluso de astucia. En cualquier caso, ni Ana Carbajosa ni Andreu Missé nos explican por qué a nuestro Pepe le dio ese inoportuno y sobre todo, innecesario, arrebato polémico-justiciero. Quizá una mala cena y los gases de los que se hablaba en la reunión de Lahti, se fueron por la tubería no deseada.
Putin respondió como cabría esperar cuando alguien se siente muñeco de pim pam pún de feria: echando en cara los europeos su alegre tendencia al dobre rasero. Por supuesto que le recordó a los españoles los escándalos de corrupción inmobiliaria, que se tiran a la cara mutuamente el partido del gobierno y la oposición. Por estos pagos parecemos ser tan inconscientes como ajenos al hecho científicamente demostrado de que nuestras fronteras no son opacas y que las continuas broncas políticas se están cargando la escasa imagen exterior que le queda a España. Y menos mal que Putin se quedó ahí, porque lo más posible es que, como antiguo profesional del tema, posea datos más sensibles referidos a la corrupción española en ámbitos más diversificados que pueden ir desde el mundo bursátil a la gestión del flujo inmigratorio o el turismo, pasando por determinadas campañas de prensa o connivencia nacional con mafias extranjeras: todo ese mundillo en el que están incluidos personajes de aquí y allá, de todo el espectro político español, y que se veía reflejado en una tabla sobre corrupción a escala mundial que se citó en este mismo blog, hace pocos meses. Vaya usted a saber si Putin incluso está informado del escándalo de fraude fiscal que le costó a Pepe Borrell su carrera en el PSOE, allá por 1998 (asunto Aguiar-Huguet).
El mandatario ruso también recordó que el término Mafia se inventó en Italia; y lo hizo mirando a Romano Prodi, que se llevó un cachete colateral. Pudo hacerlo impunemente, dejándolo bien mudo, porque ahora ya no gobierna Berlusconi, del cual debe conocer también un buen número de secretos. Por lo demás, se abstuvo de mencionar el auge de la extrema derecha que se observa en el continente, y no digamos en el futuro socio comunitario búlgaro. No tuvo necesidad de disparar contra Blair ni menos aún contra Chirac. Al fin y al cabo, Paris lleva años intentando resucitar la viejísima y por lo tanto, tradicional política de alianza franco-rusa. Menos aún contra Ángela, pues con Berlín existen también años de Ostpolitik. Y quizá por ello se intoxicó Borrell de buenismo justiciero, recordando aquello tiempos en que se le conocía como el “Inquisidor”: el diario "El País" lleva un par de días denunciando de forma contundente el egoísmo alemán, que se permite negocios bilaterales con el ruso para obtener el necesario gas a espaldas de la política europea comunitaria. No le falta razón al rotativo, pero cabe dudar si no late detrás la rabieta del expediente decidido por la Comisión Europea contra España por el caso E.ON. De tales croquetas, tamañas indigestiones. Etiquetas: Borrell, corrupción, energía, Lahti, Politovskaya, Putin, Rusia, UE
¿Quién teme a los cerditos feroces?
Tres piezas de prensa que conjugadas una con la otra hacen sonreír. Primera, en “La Vanguardia” del domingo 18 de junio, pag. 11, crónica de Ricardo Ginés, servicio especial desde Estambul. Título: “No habrá miel turca para Winnie”. Caramba, se masca la tragedia. ¿De qué va esto? Subtítulo: “La TV pública turca censura unos dibujos animados porque aparece un cerdito”. Al parecer, la TRT ha censurado la serie de dibujos animados de Winnie Pooh porque su “cariñoso amigo” (Ginés resalta la adjetivación) es el cerdito Piglet. Ya saben que el islam califica al cerdo de animal impuro y dado que el gobierno de Erdoğan es islamista, se considera que “los cerdos resultan problemáticos” [comillas del reportero].
Es evidente que la medida resulta en sí misma desproporcionada y por lo tanto, grotesca y según nos explica la crónica, ha levantado ampollas entre todo el amplio sector laico de la prensa turca. De todas formas, la difusión de la cosa por tierras occidentales parece proceder de la AFP, es decir de la Agence France-Presse (cómo no) y ya ha sido negada por la TRT. Es sabido: como estamos en pleno periodo final de la actual legislatura turca, cualquier incidente, banal o no, es utilizado como munición por los partidos de oposición. O por la clase media laica contra la verde o viceversa. Por otra parte, hace pocos días que se celebró la Conferencia Intergubernamental en Luxemburgo (12 de junio) y en ella, Turquía pareció superar algunos de los problemas que se venían ventilando desde hace meses. Por lo tanto, los sectores que en Occidente militan en contra del acceso de ese candidato a la UE, aprovechan cualquier detalle para hincharlo y “demostrar” cuán escasamente europea es Turquía. Por supuesto, escogen asuntos de carácter emocional, que puedan encender con facilidad al ciudadano común y corriente. ¿De verdad que el simpático y cariñoso Piglet es visto como una amenaza por los musulmanes turcos? Fundamentalismo a la vista, mal asunto. Luego resulta que la noticia es un puro rumor. Pero difama, que algo queda, como dice el refrán
Además, el ciudadano corriente y moliente de cultura baja o media, no tiene muy en cuenta que Walt Disney es una multinacional, que a veces impone reglas muy duras en la distribución de sus productos y que la realidad no siempre coincide con la hermosa y tierna ficción de sus producciones animadas. Hubo un tiempo, allá por los años 60, en que el mismo Walt Disney fue denostado por la progresía occidental como activo macarthista, y perseguidor poco simpático de comunistas (supuestamente) agazapados en la industria USA del star system. Más tarde, en Suecia estuvieron prohibidos o censurados los dibujos animados de la factoría Disney bajo la suposición –también grotesca- de que aquellos animales que hablaban y se comportaban como personas no resultaban beneficiosos para la formación de los niños. Amén de las escenas de persecuciones, golpes y simpáticas torturas que para los censores suecos resultaban demasiado crueles. Ya ven: unos por progres y otros por conservadores, los personajes Disney se han llevado algún moco que otro a lo largo y ancho de este mundo
En cualquier caso, “La Vanguardia” es un diario conservador y resulta coherente con la postura de la derecha europea esa oposición a que la “musulmana Turquía” acceda al cristiano club de la UE. Y de ahí el gritito de alarma en defensa de Winnie Pooh y su cerdo amigo. Otro asunto bien distinto es la turcofobia de “El País”, cada día más incontenible, y que ha llegado a echar mano de vates procedentes de la derecha conservadora para llevarle la contraria al gobierno actual, el de ZP, de su misma cuerda política. En su edición del domingo 18 de junio el rotativo publicaba una pieza de opinión de Ignasi Guardans. Al final del artículo se consigna que “es diputado por CiU en el Parlamento Europeo”. Qué alivio. Verán: Guardans es un turcófobo de considerable intensidad, y a finales del pasado mes de septiembre, muy poco antes de que tuvieran lugar las negociaciones del 3 de octubre, “El País” le publicó un artículo de opinión en el que se recogían los tópicos más elementales contra la integración de Turquía. Eso sí: por parte alguna se reseñaba que el político en cuestión militaba en Convergencia i Unió, es decir, en la (teórica) oposición de derechas al PSOE en el poder y por lo tanto, a la línea informativa del mismo diario. Si cuela, cuela.
El caso de “El País” es incluso divertido por disparatado: cualquier asalariado de la casa niega con fruición que el periódico sea contrario a la candidatura turca, quía. Ni a Turquía en su inmenso conjunto. Pero a la que pueden, la meten doblada. Día 17 de junio, página 2: “La UE frena las futuras ampliaciones. Los Veinticinco condicionan las incorporaciones a su capacidad de absorción económica y política”. Tras un titular nulamente descriptivo de lo que en realidad transmite la crónica que viene a continuación, el autor pasa casi de puntillas sobre el principal perjudicado del supuesto frenazo: Turquía. La muy católica Croacia “podría incorporarse en los primeros años de la próxima década, mientras que para Turquía nadie se atreve a precisar fechas”. Luego hay un inserto en el que se anuncia que “Bruselas exige a Turquía que abra sus puertos a Chipre antes de fin de año”. Hasta aquí, nada muy llamativo. Pero en el editorial (“Europa, en pausa”) se ceban: “Ayer, el Consejo Europeo decidió que no habría nuevas ampliaciones, más allá de la ya firmada a Rumania y a Bulgaria, hasta que la Unión tenga la suficiente "capacidad de absorción" de nuevos miembros. Es algo que la UE tenía que haberse planteado hace años, antes de dar falsas esperanzas a un país clave en Eurasia como es Turquía, con quien abrió finalmente negociaciones de adhesión el pasado lunes, pero en cuyo seno se están produciendo graves retrocesos y un pulso nada disimulado entre partidarios del Estado laico e islamistas moderados en el Gobierno, mientras aparecen síntomas de agitación militar. Erdogan, a su vez, se niega a flexibilizar su actitud hacia Chipre mientras no se aclare un horizonte europeo, hasta ahora decisivo para la democratización política y modernización económica de Turquía”
¿Han captado la mala uva que respira el párrafo? “Un país clave en Eurasia [que no en Europa]... graves retrocesos [?]… síntomas de agitación militar [??]” Por la ligereza en la utilización de graves afirmaciones notablemente infundadas en todo un señor editorial y por esos enormes y farragosas frases rebosantes de subordinadas, parece claro quién pudo haber redactado la pieza. Otra pista es que de los cuatro grandes párrafos que componen el editorial, dedicado al malparado Tratado Constitucional comunitario, uno casi enterito está dedicado a echar pestes de Turquía
En fin: queda para otro día el análisis sobre las causas del navajeo turcofóbico que practica “El País”. Baste de momento un pequeño rebaje de humos a la prepotente prensa española en un tema que huele a cuerno quemado. Un dato: la organización “Transparency International” dedicada a luchar contra la corrupción a escala mundial, publica investigaciones sobre ese fenómeno en los más variados países, ricos y pobres. Hace un año y medio, presentó un amplio estudio cuantificado sobre la corrupción en 62 países, entre ellos, España y Turquía. La escala de calificaciones iba de 1 (menos corrupto) a 5 (más corrupto). En las diversas instituciones públicas, el segundo país estaba afectado por unos destacados niveles de corrupción institucional: cierto; esa es una lacra real que las autoridades turcas deberán esforzarse en combatir si desean entrar en la UE. Pero en otros aspectos, España y Turquía no estaban tan lejos una de la otra. ¿Cuáles? Partidos políticos: Turquía: 4,0; España: 3,8. Prensa: Turquía: 3,8; España: 3,6.
Etiquetas: AFP, censura, Chipre, CiU, corrupción, Guardans, Medios de comunicación, política informativa, proceso de integración en la UE, televisión turca, turcofobia, Walt Disney
De cómo la şmecherie se convirtió en virtud nacional
Me llamaron hace un par de días desde el programa de Glòria Serra, anchorwoman de COM Ràdio para “una entrevista sobre Rumania”, así en líneas generales. En realidad, el asunto no tenía nada que ver con el gobierno de Basescu o lo complicado que se le está poniendo el acceso a la UE al candidato balcánico. El súbito interés por Rumania era por sus ciudadanos, los rumanos; y sobre todo, y de forma más o menos directa, con las decenas de miles que han ido llegando a España en los últimos años. Hasta el momento el fenómeno no llamaba mucho la atención en Cataluña, dado que la masa crítica de inmigrantes rumanos se concentra en Alicante y el Levante en general (donde ya ha dado lugar a episodios de xenefobia) así como también en Madrid. Pero la reciente detención de una banda de ladrones de pisos en Maspujols (Tarragona) ha disparado alarmas también por estos pagos.
Creo que a Serra no le encandilaron mis declaraciones. Posiblemente prefería la explicación que le ofreció una colaboradora rumana en ese mismo pograma, que según me pareció haber entendido, giraba en torno al alma rumana que no se encuentra a sí misma, o argumentos similares. El destino, la quiebra moral colectiva y esa especie de entelequia que es “el espíritu de los pueblos”, forman parte de un discurso muy usual en Europa oriental y que suele ser apreciado en los medios de comunicación catalanes. También parecía suficiente el argumento de la supuesta pobreza de la población, pobre gente, y tal. Hablábamos sobre uno de los principales problema de la Rumania actual: la corrupción. Para mí, el asunto tiene mucho que ver con el aparato administrativo del país, mal pagado por desmesurado en número. En parte es un problema generado por el desaparecido régimen comunista, que creó un estado muy burocratizado y plagado de controles y supervisores.
Pero en parte la cosa viene de atrás, porque la administración rumana que se construyó paralelamente al estado, desde el último cuarto del siglo XIX en adelante, siempre estuvo mal pagada. Esa situación es tan característicamente rumana que a comienzos de siglo XX el país poseía unas leyes muy extrañas: el campesino pagaba por exportar sus productos. La explicación de tan bizarras y antieconómicas disposiciones se debía a que los sucesivos gobiernos liberales intentaban evitar que subiera el precio de los productos básicos de alimentación, a fin de mantener los sueldos de la masa funcionarial lo más bajos posible. Aún así, el miserable funcionario se habituó a completar su magro salario a base del bacşiş, es decir la propinilla, la venta de favores o servicios. Fácil es comprender cómo en un país en el cual el común de la población veía cómo los numerosos representantes de la autoridad se dedicaban al mangoneo, todo el mundo terminara apuntándose a tales prácticas.
A ello deben añadirse los problemas de distribución que generó entre 1948 y 1989 un régimen comunista especialmente mal gestionado. Al bacşiş se unió el hurto y choriceo generalizados: había que vivir, y los productos de primera necesidad que no se encontraban en las tiendas durante semanas, se obtenían por los medios que fueran. Así fue como la inmensa mayoría de la sociedad se conjuró contra un sistema en el cual sus propios gobernantes formaban parte del robo universalmente perpetrado. Y no sólo eso: para terminar de arreglarlo, el régimen en tiempos de Nicolae Ceauşescu se dedicó a glorificar la proverbial şmecherie rumana. Éste es un término difícil de traducir, pero que es equivalente a nuestra hispánica picaresca. La coartada histórica consistía en lo siguiente: los rumanos (moldavos y válacos) habían sido vecinos, durante siglos, de enormes, poderosos y despiadados imperios. La única forma de sobrevivir había sido actuar con astucia; eso incluía negociar, maniobrar, fingir. Y cuando fue necesario, mentir y romper tratados, cambiar de bando por sorpresa y traicionar. De esa forma, los rumanos habían logrado burlar a los turcos, los rusos, los polacos, los austriacos, los alemanes.
Este tipo de argumentos se enseñaban en las escuelas y universidades, el rumano se los explicaba al visitante occidental y con todo ello se hacían films estilo espagueti western pero con heroicos voivodas (príncipes) moldo-válacos luchando con todas las armas y trapacerías contra el Imperio otomano. Por ejemplo, en “Miguel el Valiente” (Mihail Viteazul, 1970) de Sergiu Nicolaescu, que algunos canales españoles de televisión pasan todavía de vez en cuando en horarios poco frecuentados. Todo esto no sólo era posible verlo de forma palpable en la Rumania de los años setenta y ochenta. Está analizado en excelentes obras académicas como la de Katherine Verdery: Nacional Ideology Under Socialism. Indentity and Cultural Politics in Ceauşescu´s Romania (University of California Press, 1991)
Pero un país no puede tirar adelante de esa forma, al menos durante muchos años, y las cosas terminaron catastróficamente en 1989. Cuando desapareció el régimen comunista, el mal estaba ya hecho. Muchos rumanos (y no sólo ellos, sino también los albaneses, serbios, búlgaros…) se habían acostumbrado al trapicheo, a saltarse las reglas del orden social, a fingir que se trabaja, dado que el estado finge pagar. Cuando desapareció la unanimidad social, la cobertura generalizada que suponía la ética de la supervivencia, Occidente apareció en el horizonte: la cultura de la emigración hacia El Dorado aplicaba el todo vale con tal de triunfar y volver a Rumania, un día, como los antiguos indianos regresaban a España tras hacerse las Américas. El resto de la historia ya la saben o se la pueden imaginar. Bueno, en realidad, falta un factor complementario: la importante representación numérica de la minoría gitana en Rumania y sus relaciones con los payos locales. Pero eso es material para otro post. Etiquetas: Basescu, Ceauşescu, corrupción, proceso de integración en la UE, Rumania