And the winner is...

With shirt, without shirt, with or without a t-shirt, the man is here, there, crying to the camera, the corpse to one side to the other, the orange blanket appears, disappears... A hard staged press photo, indeedCon camisa, sin camisa, con o sin camiseta, el hombre está aquí, allí, llorando hacia la cámara, el cadáver de un lado o del otro, la manta naranja aparece, desaparece... Una foto currada, desde luego
Por fin, acudí a la exposición World Press Photo, 2009 en el CCCB de Barcelona, justo el último día antes de su clausura: entre los ganadores (tercer premio de “Spot News”) una foto más que polémica, de la agencia Reuters. Según informa el pie de foto, el protagonista es un georgiano que abraza a su hermano, muerto en un bombardeo ruso sobre Gori, el 9 de agosto de 2008.
Lo primero que llama la atención es que la foto en cuestión aparecía firmada por el georgiano David Mdzinarishvili, pero también por el ucraniano Gleb Garanich (ambos de Reuters, al parecer) que es quien se lleva el premio.
Si bien es cierto que la secuencia fotográfica del georgiano abrazando al hermano ha sido reproducida en muchas ocasiones, también lo es que ha levantado una importante polémica sobre su autenticidad. En la red no es nada difícil encontrar una y otra vez las discusiones sobre los aspectos más que dudosos de la toma. Y eso desde un principio: ya el 18 de agosto de 2008 incluí noticia del asunto en este mismo blog. Lo interesante es que no se ha podido demostrar que no fuera un “fake”. Los que defienden su autenticidad alegan simplemente un “I don´t tihink… I don´t think…” reiterado, y poco más.
También se ha intentado zanjar la polémica argumentando que el bombardeo no fue un invento, que el muerto es real. Nadie lo duda. Hubo un bombardeo, hubo víctimas, entre ellas los que aparecen en las fotos. Lo que se denuncia aquí es que existen pruebas bastante concluyentes de que se llevó a cabo un posado bastante grosero, utilizado posteriormente como propaganda de guerra por el bando georgiano, y premiado finalmente en World Press Photo. Suficientemente vergonzoso.
Y lo peor es que la polémica no se queda en la foto mencionada. Hay otra, también del ucraniano Gleb Garanich, de ese mismo día, que asimismo levanta serias dudas. Y que también está colgada en la galería de honor de World Photo Press 2009. Mmm… demasiadas sospechas.
Eso, de por sí, es grave para la profesión periodística. Tanto más si tenemos en cuenta que en 2006, se despidió a un fotógrafo árabe por recurrir al Photoshop para dramatizar la escena de un bombardeo retocando el humo. ¿Quieren ver más ejemplos de utilización de Photoshop en fotos premiadas? Echen un vistazo cuidadoso a las fotos del World Press Photo 2009. Si ustedes han utilizado Photoshop alguna vez, seguro que localizarán fácilmente más de una.
¿Para cuándo el World Press Fake? Será muy interesante para todos aquellos que no tragan el fotoreportaje industrial de los grandes mass media, con toda esa característica “miseria de diseño” y propaganda de guerra. Mientras llega ese momento, pueden disfrutar de excelentes ejemplos de auténtica fotografía histórica en: Ian Jeffrey, Cómo leer la fotografía. entender y disfrutar los grandes fotógrafos, de Stieglitz a Doisneau, Electa, Barcelona, 2009
Finally, I attended the World Press Photo exhibition, 2009 at the CCCB of Barcelona, just the last day before its closure: among the winners (third prize for "Spot News") a snapshot rather than polemic, from Reuters news agency. As reported by the caption, the scene depicts a Georgian man who embraces his brother, killed in a Russian strike on Gori, 9th August, 2008.
The first thing that strikes us is that near the same scene was signed by the Georgian David Mdzinarishvili, but also by the Ukrainian Gleb Garanich (both from Reuters, apparently) although it was the latter who took the award.
While it is true that photographic sequence of the Georgian brothers (?) has been reproduced many times, it is equally important that it has raised a controversy over its authenticity. It´s not difficult to find in the net the discussions on the more than doubtful shot, again and again. Already on 19 August 2009, I published a post on the curious photos made from Garanich in Gori. And the interesting thing is that is no clear evidence that there was NOT a fake. Those who defend their plausibility simply repeat: "I don´t think... I don´t think...”, and little else.
Some people have tried to settle the controversy by arguing that the attack was not an invention, that the dead is real. Nobody doubts that. There was a Russian strike, there were victims, including those in the photos. What is reported here is the pretty conclusive evidence that Garanich largely staged the picture, later used as war propaganda by the Georgian side, and finally awarded by World Press Photo. Embarrassing enough.
The worst thing is that the controversy does not remain in the picture above. There's another, also from Ukrainian Gleb Garanich, just the same day, and it also raises serious questions. And this second picture also hangs in the gallery of honor of World Press Photo 2009. Mmm... more and more suspicious.
That, in itself, is a serious affront for the journalistic profession. All the more if we consider that in 2006, Reuters fired an Arab photographer who tried to dramatize the scene of an Israelí strike by tweaking the smoke with a little help from Photoshop. Want to see more examples of using Photoshop in winning press snapshots? Take a close look at the photos of the World Press Photo 2009. If you ever have used Photoshop, surely you will see more than one such.
For when the World Press Fake award? It will be interesting for those who do not swallow the industrial photo-mass media, with all that characteristic "misery desing” and war propaganda. Until that time, you may have wonderful examples of really authentic historical picture in the book by Ian Jeffrey: How to Read a Photograph: Lessons from Master Photographers, Putnam, New York, 2008 Etiquetas: fake, Fotografía, Georgia, política informativa
Dos cadáveres en busca de parentesco
Una fotografía que fue portada en diversos diarios occidentales durante la reciente crisis de Osetia del Sur-Georgia. Muestra los efectos de un bombardeo ruso sobre la localidad georgiana de Gori. Un hombre sin camisa abraza desesperado a lo que parece ser una víctima del ataque, supuestamente su hermano. Los informativos enfatizaron una y otra vez que Gori es la patria chica de Stalin, dictador que, por cierto, fue pionero en la manipulación masiva de los medios de comunicación soviéticos, incluyendo algunas conocidas fotografías retocadas para denigrar o simplemente, eliminar a sus adversarios. Veamos a continuación un homenaje (supuestamente involuntario) del fotógrafo al venerado antepasado.

A continuación, las dos tomas (del fotógrafo georgiano David Mdzinarishvili) marcadas con el logotipo de Reuters, dan la clave de la manipulación. Si el lector no logra ampliarlas, puede encontrarlas a mayor tamaño, con el comentario en inglés en esta dirección.
En la foto inferior vemos el cadáver con camisa a cuadros, pero tumbado boca abajo. Un hombre vestido enteramente en tonos oscuros contempla el cuerpo. Pues bien, ese personaje, marcado con un círculo verde, es el mismo que posterioremnte aparece abrazado al muerto, pero ya sin camisa y con unos pantalones azules (¿tejanos?) que en apariencia le vienen anchos. Además, lucen curiosamente limpios.

En esta fotografía intermedia, muestra al personaje que finalmente abraza al cadáver sacándose la camiseta, pero ya vistiendo los tejanos. Obsérvese que las zapatillas deportivas parecen ser las mismas que cuando vestía de oscuro.
A contiuación, la escena es fotografiada desde distintos ángulos e incluso con protagonistas diversos. Parece como si alguien hubiera añadido una manta amarilla para lograr un toque de contraste cromático:


Al parecer existe otro intento de producir una fotografía desgarrada, que no cuadra. Tomemos de nuevo y como punto de partida la foto de encuadre general, la que parece iniciar la serie (inicialmente, la agencia hacía referencia en su portal a la "retirada de muertos" en Gori, obviando la mano del herido que se aferra al sanitario):

Si el lector observa el recuadro rojo del fondo de la fotografía y algunos de los restos dispersos por el suelo y marcados con números, podrá comprobar dónde se hizo la siguiente fotografía:
Así, tenemos aquí de nuevo al protagonista de las otras tomas, con la combinación de tejanos, la camiseta que luego se sacará y la camisa azul oscuro con la que aparece en las primeras fotos.
Por lo tanto, se puede deducir que estamos ante una sesión de posados, buscando interesadamente la combinación de mayor impacto a partir del mismo modelo inicial. Lo interesante del caso es que hace dos años por estas mismas fechas, el fotógrafo libanés Adnan Hajj fue despedido de Reuters por oscurecer y aumentar la nube de humo sobre Beirut, producto de los bombardeos israelíes, lo cual generó una importante polémica en la profesión.
Último ejemplo, éste más sintético, de la misma praxis. En el portal de Reuters puede encontrar esta foto con el pie siguiente: "Georgians stand next to the body of their son in the town of Gori, 80 km (50 miles) from Tbilisi, August 9, 2008":

Sin embargo, no fue esa la primera toma de la escena, sino ésta:
Como se puede percibir con claridad a partir de los puntos de referencia marcados en la foto, el cadáver fue trasladado varios metros, aparentemente por motivos de iluminación o composición. Mientras tanto, los supuestos padres parecen haber posado siguiendo las indicaciones del fotógrafo, pasando de la dramática gestualización de la primera foto a otra más comedida. Pero sobre todo, cabe preguntarse qué padres permitirían la manipulación del cadáver de su hijo, arrastrado entre el polvo y los restos del ataque pero mantenido en la misma ignominiosa postura a mayor gloria del fotógrafo.
¿Quiere decir esto que los bombardeos rusos sobre Gori fueron una engañifa? No, por supuesto. Pero lo cierto es que un profesional de la fotografía hizo unas tomas manipulando la realidad, fabricándola de hecho. Esas escenas, distribuidas masivamente por una empresa de prestigio, han aportado su granito de arena político al conflicto. En este caso, es posible que el montaje termine por dañar la causa que decía defender; y de paso, una vez más, la imagen de la profesión periodística. Tampoco es nada tan nuevo, cierto: la verdad es la primera víctima de todas las guerras, según afirmó el congresista demócrata estadounidense, Hiram Johnson, en 1917.
Pero lo que si es novedoso es la actual capacidad que posee el consumidor de medios de comunicación para defenderse del engaño. Como dijo en cierta ocasión Ignacio Ramonet, "informarse es trabajar". También lo es reclamar, debatir, opinar. Como simples consumidores solemos quedar, con mucha frecuencia, en manos de un negocio que mueve cientos de millones de euros y cuya dureza, también hay que decirlo, se ha cobrado muchas víctimas entre los mismos profesionales de la fotografía.
Etiquetas: Fotografía, Georgia, política informativa
La escuadra borbónica vence a la romanov

La selección turca celebra un gol durante la Eurocopa 2008
En días pasados, durante las crónicas sobre la meritoria escalada de la selección turca en la Eurocopa, los comentaristas deportivos recurrieron a una metonimia que, desde hace tiempo les entusiasma, por supuestamente original, y porque consideran que es marca de refinamiento y cultura: "otomano" por "turco". Así, ha sido muy frecuente escuchar o leer que la "escuadra otomana", esto o lo otro. ¿Podemos imaginar qué efecto hubiera producido leer que durante el partido del día 26, la "selección borbónica" (por española) venció en electrizante partido al "combinado romanov" (por ruso)? En el ámbito de la prensa deportiva española no son nada raros tamañas "gaffes" que no están inspiradas en las ironías u ocurrencias a que puede recurrir la misma prensa turca con sus jugadores: ahí está el caso de Arda, el "Emperador" y Nihat como "Príncipe Heredero". ¿Supuso el "Kaiser" Beckenbauer que la selección alemana fuera tildada de "escuadra hohenzollern"? Lo alarmante es que algunos reporteros de la crónica política vienen siendo tentados por la incorrecta "otomanización" de los turcos. El hecho de que la carta que acompaña este post no llegara a ser publicada por "El País", podría ser la prueba de que las redacciones son bien conscientes de ello.
Jugadores de la "escuadra borbónica" (¿o "habsburgo"?) celebran uno de los goles marcados al "conjunto romanov" el pasado 26 de junio, ante el Príncipe Felipe, en el palco
Leo con sorpresa el titular de la crónica publicada por “El País” el pasado 14 de enero y firmada por Juan Carlos Sanz: “Una ‘armada’ empresarial otomana”, relativa a la visita de una delegación comercial turca. El muy erróneo recurso a identificar actualmente el calificativo “turco” con “otomano” suele ser propio de crónicas deportivas, necesitadas de retorcer sinónimos al precio que sea. Pero sorprende más que en la crónica política de un periódico destacado se confunda a una nación con una dinastía: la otomana, en este caso, descendiente del Osmán (u Otman) Bey que en el siglo XIII puso las primeras bases del imperio que llevaría su nombre.
El Imperio otomano, por cierto, fue originariamente fundado y dirigido por turcos, pero con el tiempo, los sultanes se reprodujeron mediante favoritas del harén, esclavas que no eran turcas; y lo mismo ocurrió con la administración de palacio, que terminó en manos de los esclavos más inteligentes, todos ellos también muy escasamente turcos. Por lo demás, el Imperio otomano coexistían turcos, árabes, persas, europeos balcánicos, caucásicos y durante decenios, tártaros y hasta ucranianos. Por lo tanto, no hay por dónde agarrar la infeliz identificación actual entre “otomano” y “turco”, aunque por convención el lenguaje historiográfico si acepta la metonimia inversa: “turco” por “otomano”, para antes de 1918 (el “Imperio turco”). Se sobrentiende el juego de palabras que intenta el titular mencionado combinando “otomano” y “armada” en alusión a Lepanto y todo eso. Pero en realidad resulta decepcionante. ¿Podemos imaginar que en pleno 2008 una delegación comercial española fuera saludada en Turquía como “borbónica” o incluso “habsburgo”?¿Sería “romanov” si procediera de Rusia? Etiquetas: fútbol, otomano, política informativa, turco
I Wanna Be Like Osama (2)

Efectos del primer atentado de Al Qaeda, que tuvo lugar el
26 de febrero 1993, cuando un coche bomba fue explosionado por un terrorista en el parking del World Trade Center. Un hecho generalmente olvidado por nuestra prensa, que suele datar el primer atentado de esta organización
en 1996. Un buen ejemplo de las inexactitudes que suelen acompañar la cobertura informativa de las acciones de Al Qaeda, supuestas o reales
Hace algo más de un mes se hacía en este mismo blog un comentario sobre el musical “Yihad”, presentado en el “Edinbugh Fringe Festival” este mismo verano. Este post continúa con considerando algunas cuestiones de imagen y política informativa en torno al fenómeno Al Qaeda. La fecha no es casual: al autor de estas líneas las efemérides le resultan fastidiosas. Más en este caso: posiblemente deberíamos negarnos a “festejar” informativamente el 11-S, a concederle una importancia especial, reverencial, a esa fecha y hacerle así el juego a los que se cometieron el atentado. Cada septiembre, cada 11-S, esperamos atentados espectaculares y sangrientos, y cada año, grupos de islamistas radicales, que saben de nuestra expectación y del vértigo que desatan las efemérides en los medios de comunicación, intentan conmemorar a su manera la fecha. Por lo tanto, una propuesta inicial: hablemos del 11-S al día siguiente; o al otro, el 13-S. O un mes después. Es mejor dejar de publicar caricaturas estúpidas sobre Mahoma y no sacralizar de ninguna manera la violencia que nos imponen los demás. No le hagamos el juego, desde los medios de comunicación, a los terroristas de ningún signo, porque para eso cuentan ellos con los medias. De esto trata este post.

Septiembre-octubre de 2001: tras los atentados del 11-S, se desencadenó una verdadera histeria en torno a unos supuestos atentados con antrax, un asunto que se atribuyó a Al Qaeda pero nunca llegó a aclararse
El atentado contra un grupo de turistas españoles en Yemen (2 de julio) puso de relieve –no por primera vez, pero sí de forma clara- que de vez en cuando afloran las dudas. Es cierto que las autoridades de ese país dijeron haber terminado con la vida de los autores del asesinato y que pertenecían a una rama local de Al Qaeda. Lo cual no es en absoluto descabellado si tenemos en cuenta que Yemen es una continuación geográfica y cultural de Arabia. Sin embargo, en su momento, el atentado dejó una sombra de duda en el aire, que tardó en disiparse. Es como si el gobierno yemení se hubiera apresurado a resolver el caso, solventar la papeleta y a pasar página, cuando aún quedaba temporada turística por delante. En realidad y a efectos de este post, es irrelevante quién haya firmado la desdichada acción. Lo importante es esa, hasta cierto punto, novedosa incertidumbre, hablando desde un punto de vista de políticas informativas.
¿Alguna fuente oficial de Al Qaeda reivindicó el atentado? Aunque es posible que me equivoque, no tengo noticia. Pero les diré algo: aunque hubiera sido así, ¿tendríamos que creernos a pies juntillas que el ataque contra los turistas españoles formó parte de la estrategia de Al Qaeda? La verdad es que todas las posibilidades están abiertas y el tratamiento de la noticia parece que, por fin, comienza a asentar las dudas sobre la costumbre periodística de aceptar que cualquier atentado cometido por musulmanes tiene que ver con Al Qaeda. Una actitud que, hasta ahora, le ha hecho el juego a Al Qaeda porque –entre otras razones- le ha ido permitiendo cubrir flancos débiles en su “estrategia de la franquicia”. Y además, ha contribuido a la creciente islamofobia que vivimos y sufrimos en Occidente, que también va a favor de los radicales: hacer que los extremistas de cada bando hostiguen a los moderados es un viejo truco de terroristas y grupos belicosos.
Bomberos con uniformes de protección químico-bacterológica se desinfectan tras investigar una carta con polvo blanco recibida en el Ministerio de Salud de Grecia. La alarma había cruzado el Atlántico en pocas horas
¿
Es siempre Al Qaeda quien comete los atentados atribuidos a esta organización? Aunque no disponemos de datos para dudar de ello, parece que está extendiéndose una nube de escepticismo. Vayamos por partes. Y comencemos por reconsiderar la validez de la “estrategia de la franquicia” practicada por los ideólogos y líderes Al Qaeda. ¿Es tan eficaz, es tan imaginativa y exitosa? Posiblemente fue válida en una primera fase de la campaña de atentados, cuando la organización de acciones por parte de grupos autónomos de seguidores pero con alguna forma de coordinación y hasta diseño a partir de un Jalid Sheij Mohamed (detenido en su Pakistán natal en marzo de 2003) pudo dar la impresión de que Al Qaeda era una gigantesca organización, un ejército en la sombra de ámbito planetario. En cierta manera era la versión “verde” de la peor pesadilla de la Guerra Fría e incluso antes: la “conspiración roja” manejada desde Moscú. No cabe dudar de que este recuerdo le ha conferido una envergadura a Al Qaeda que, posiblemente, en nuestros días, está lejos de poseer. 
Los empleados de correos de Brasil, fueron provistos con una protección más que dudosa ante la posibilidad de que cartas con antrax pasaran por sus manos. Este tipo de pánicos han hecho más por Al Qaeda que muchos atentados reales
Hasta ahora, los medios de comunicación occidentales han trabajado a favor de la campaña de Al Qaeda, atribuyéndole, sin cuestionarla demasiado, la supuesta autoría cualquier atentado o acción que pareciera llevar su sello: ataques suicidas, matanzas masivas de población inocente, formato espectacular o, simplemente, novedoso. Ahora las cosas parecen estar cambiando, la duda aparece. Pero es que, en realidad, la “estrategia de la franquicia” es susceptible de generar numerosos problemas críticos en la misma organización que la pone en práctica.
En primer lugar porque, siguiendo el manual del terrorismo moderno, Al Qaeda necesita de la prensa y sobre todo, la televisión occidentales; los medios de comunicación son un arma más, al servicio de la acción directa. Como cualquier otro grupo violento de esas características, el de Bin Laden cuenta con que los medias contribuyan a actuar como pregoneros y altavoces de sus ideas, magnifiquen el impacto de sus acciones, ayuden a generar confusión. Pero claro está: si un grupo terrorista no vinculado ideológicamente a Al Qaeda lleva a cabo una acción y reivindica el hecho en beneficio propio (por numerosas circunstancias oportunistas) los medios de comunicación no dudarán ni un instante en aceptar esa versión de los hechos; sobre todo, si el grupo terrorista ha tomado la precaución de recurrir a un modus operandi supuestamente similar al de los hombres de Bin Laden. A partir de ese momento, si Al Qaeda niega la autoría, pone en cuestión su “estrategia de la franquicia”; y si calla y otorga, casi peor todavía, porque estará contribuyendo a pudrir su plan estratégico de actuación, incluso a medio plazo. Y ese detalle, paradójicamente, es el uno de los talones de Aquiles operativos de Al Qaeda, que quizá no ha sido convenientemente explotado.

Jalid Sheij Mohammed poco después de su captuta. Hasta 2003 fue, al parecer, el principal planificador y coordinador de los atentados de Al Qaeda
Se podrá objetar que pocos grupos terroristas estarían dispuestos a obrar de ese modo; bien por temor a las represalias de Al Qaeda, o porque pondría tras de sí a los potentes servicios de seguridad occidentales. Pero en la ya larga historia de los grupos terroristas existen numerosos ejemplos de acciones de provocación, grupúsculos descontrolados, líderes audaces dispuestos a jugarse el todo por el todo, oportunistas mil, simples perturbados y, cómo no, servicios de inteligencia (o secciones concretas dentro de ellos), gente muy profesional, en suma, sacando partido del río revuelto.
Por otra parte, la “estrategia de la franquicia” posibilita que las fuerzas de seguridad occidentales o de sus aliados se apunten, de vez en cuando, algunos tantos falsos pero que le vienen bien en sus campañas contrainsurgentes. Imaginemos –es un suponer- que un supuesto terrorista es abatido por la policía del país Y tras el atentado X, atribuyéndole una imaginaria militancia en Al Qaeda. En ese caso, la policía local del país Y estaría sacando un fácil provecho de una vulnerabilidad de Al Qaeda. Algo similar ocurrió a finales de los años cincuenta del siglo pasado en Sierra Maestra, Cuba, cuando las tropas del dictador Batista ejecutaban campesinos y ante la prensa los hacían pasar como guerrilleros del Movimiento 28 de Julio. Fue justamente por esa razón que Castro lanzó la consigna de que sus hombres se dejasen crecer la barba, a lo que dio amplia publicidad: era algo que las fuerzas de seguridad no podían improvisar y por lo tanto los castristas previnieron eficazmente un flanco débil en su campaña de insurgencia: el mediático. Parece difícil que Al Qaeda logre tapar esa brecha si continúa organizando sus campañas en torno a la “estrategia de la franquicia”; y, de otro lado, ahora es ya tarde para hacer tabla rasa y comenzar con otra nueva.

Estremecedora imagen de algunas mujeres comando muertas en el asalto de las fuerzas especiales rusas al Teatro Dubrovka en Moscú, octubre de 2002. El local había sido tomado por radicales chechenos. A pesar de que eran conocidas las relaciones de algunos grupos islamistas y nacionalistas chechenos con al Qaeda, la prensa occidental nunca los consideró parte de la estrategia de la franquicia. Sin embargo, los yihadistas sí los presentaban de esa forma. Las conveniencias políticas han influido mucho en la catalogación de lo que son o no atentados de Al Qaeda por la prensa occidental.
En realidad, con su “estrategia de la franquicia”, Al Qaeda inauguró un enorme bazar del terrorismo, donde cualquier profesional del ramo, tendencias ideológicas o motivaciones reales al margen, puede llevar a cabo la acción que le interese, reivindicarlo (más o menos explícitamente) en nombre de Al Qaeda y aprovechar como mejor le parezca el impacto que tiene esa trade mark. Por ello, más que nunca, es necesario que para evaluar a quién corresponde la autoría de un atentado, debamos preguntarnos, antes que nada: Qui prodest?. ¿A quién beneficia? Y a continuación, las fuerzas de seguridad han de ponerse a buscar, sobre todo, al responsable operativo de la acción.
Etiquetas: Al Qaeda, Osama Bin Laden, política informativa, terrorismo, Yihad islamismo
Un pulso a la turca (1)

Porcentaje de votos obtenidos por los diferentes partidos políticos turcos en las recientes elecciones del 22 de julio, En azul, el AKP, en rojo el CHP y en verde, el MHP.
Leer la prensa atrasada puede ser un ejercicio muy interesante, por esclarecedor. Pongamos por caso: la colección de crónicas periodísticas en la prensa española sobre las elecciones turcas, desde el 23 de julio hasta los primeros días de agosto. Esas fechas abarcan desde las primeras noticias y análisis sobre los resultados de los comicios en Turquía, al agotamiento de la capacidad interpretativa de reporteros y analistas. A la altura del 6 de agosto, parecía que ya nadie tenía nada más que decir En algunos medios, a esos quince días deben añadirse los que algunos medios dedicaron a escrutar los últimos días de la campaña electoral: pongamos, una semana más.
Recortado y apilado, todo ese material, procedente de dos periódicos, abulta lo suyo. En cambio, si se pudiera destilar se quedaría en bien poca cosa, aunque de fuerte olor. Pero, en fin, es una crítica desdeñable: eso ocurre con la gran mayoría del material informativo de la prensa escrita. Las crónicas no se redactan para ser guardadas, y al día siguiente de su publicación, ya en papel, terminan desempeñando funciones poco nobles, que en nada tienen que ver con la gloria informativa. Y es bueno que sea así, porque la hemeroteca es el peor enemigo del político, pero también del periodista.
Las crónicas de la campaña electoral turca no son muy brillantes; poca cosa nueva. La tendencia al alarmismo, que es el pan nuestro de cada día en la profesión periodística (hay que vender, hay que comer) y una vez más, la pregunta del millón: ¿Por qué periódicos que tienen un corresponsal o stringer sobre el terreno, colocan también a un enviado especial en circunstancias tales como las elecciones turcas?¿Se trata de echar una mano al “nuestro hombre en Estambul” o de justificar que éste continúe haciendo “servicios especiales” que no se corresponden con la categoría de corresponsal? Sea como sea (allá cada periódico con sus manías corporativas) ha quedado demostrada la superioridad del periodista “sur place” frente al enviado de quita y pon que se dedica a repetir en sus crónicas lo que el otro ya venía escribiendo desde hacía meses.

Algunas de las mujeres que han accedido a la Gran Asamblea Nacional turca como diputadas. Fotomontaje publicado por
ESI Y bien: llegan las elecciones, los turcos votan, se publican los resultados. Durante un par de días siguen aterrizando las crónicas de enviados especiales y stringers; y luego, se acabó. Rematando su ristra habitual de artículos de desigual tamaño y calidad, Juan Carlos Sanz se despidió el 25 de julio con una pieza sobre el aumento del número de diputadas en el Parlamento turco. No le saca mucho jugo al asunto, pero no por eso deja de regalar al lector sus habituales comentarios sesgados, por notablemente subjetivos: “Tansu Çiller, primera ministra turca entre 1993 y 1995, ha sido la excepción del poder patriarcal en los 84 años de historia de la Turquía moderna”. Ajá. ¿Y cuántas presidentas de gobierno ha tenido España en su particular historia patriarcal? ¿Y Francia? Da igual: que se vaya. De la misma forma, Myriam Josa, enviada especial de “La Vanguardia” también abandonó Estambul por esas fechas dejando atrás a Ricardo Ginés, que continuó enviando algunas piezas con mayor conocimiento de causa.
¿Y luego? ¿Eso era todo? El partido de Erdoğan había obtenido la victoria con más del 46,66% de los votos, el Partido Republicano del Pueblo (CHP) se había quedado en silla de ruedas con su escaso 20,85%, los ultras del Partido de Acción Nacionalista (MHP) habían reunido 14,29%, el Partido Democrático (DP) 5,41% y los independientes un escuálido 5,20%, entrando en el hemiciclo por los pelos. Resultado: el desconcierto en las redacciones. ¿Eso era bueno, era malo, qué iba a suceder? Y sobre todo: ¿Cómo enfocar todo este asunto de la forma más políticamente correcta?
En “El País” no se mataron mucho. El 14 de julio publicaron un artículo de opinión de Jerónimo Páez López, abogado granadino, campeón de esquí y director actual de la Fundación Legado Andalusí, uno de esos tinglados que han organizado algunas autonomías para tener su propio margen de proyección exterior en determinadas áreas. Lejos le cae Turquía al Legado Andalusí, pero de todas formas, Páez no dudó en entrar a trapo para hacerse un cierto lío entre “fundamentalistas” laicos e islamistas: “En definitiva, que se respete el laicismo, más allá de disquisiciones semánticas y de que haya quienes entiendan que los verdaderos fundamentalistas son los laicos, que no los islamistas (¡cosas veredes!)” Este tipo de afirmaciones de contundente confusión parecen producto del efecto boca a oreja que suele producirse cuando el tertuliano se atiborra de polémicas, que a su vez se documentan en otras polémicas. En Turquía hay fundamentalistas laicos, claro que sí; lo son los chicos duros del MHP; e islamistas igualmente duros, que son los muchachotes del Saadet. También existe una ultraderecha nacionalista e islamista a la vez. La verdad es que se encuentra una amplia combinatoria ideológica en Turquía. Más allá de eso, el AKP puede ser considerado más o menos islamista; pero ¿fundamentalista?

Símbolos del AKP y del Saadet Partisi. Tienen un origen común, cierto, pero no comparten la misma línea ideológica. Sugerir, a día de hoy, que el AKP es islamista y fundamentalista es exageración o simple desinformación
Tras las elecciones, mucho después (14 de agosto), “El País” volvió a publicar una pieza de opinión sobre la situación política en Turquía, a cargo de Andoni Pérez Ayala, profesor de Derecho Constitucional Comparado en la UPV. Por desgracia, Andoni tampoco aporta mucha luz, aparte de meter la pata, nada más iniciar su pieza, al utilizar esa fallida metonimia con regusto de prensa deportiva, consistente en referirse a Turquía como “país otomano”. Qué horror: una forma de transferencia asociativa que confunde a una dinastía con un país y que en el caso de España daría lugar a funestas expresiones. ¿Sería más adecuado hablar del “país borbónico” o el “país de los austrias”?¿Y qué tal Rusia como el “país romanov” o Italia como el "país saboya"? En fin: muy en la tradición española del análisis de Ciencia Política sobre cuestiones internacionales, una buena parte del artículo del profesor Pérez Ayala se va en desarrollar un esquema que es la repetición de generalidades sabidas y archisabidas en los últimos cinco meses. Y al final hace una clásica recomendación muy en la línea del talante zapaterista: diálogo y consenso entre gobierno y oposición, en la mejor tradición del manual del buen buenista. Algo que, por cierto, es justamente lo contrario de lo que el AKP se dispone a hacer, ya veremos por qué.
En contraste con “El País”, el diario barcelonés “La Vanguardia” entró en una especie de "frenesí opinativo" sobre la Turquía surgida de las elecciones: he contado hasta cinco artículos de opinión –excluyendo editoriales- entre el 24 de julio y el 5 de agosto. Y seguramente me he dejado alguno. Allí hubo para todos: primero, espadas de la propia cuadrilla; y luego, visto que el foco de luz clarificadora seguía escaso de vatios, recurrieron a los extranjeros que, ya se sabe, siempre están más versados en las cosas de la extranjería. Pero ni por esas: Walter Laqueur, que realmente es un buen historiador y acerado comentarista, vino a decir que felicidades y buena suerte. Samuel Hadas, primer embajador de Israel en España, tres cuartos de lo mismo: si Turquía no tiene problemas con Israel sigue siendo un excelente “modelo ejemplar no solamente para el mundo islámico” (sin más aclaraciones).

En un divertido (y raro)
comic de los años cincuenta, los malvados destruían a la
Flota turca (sic!) con un arma revolucionaria denominada War Tractor, lo que exponía al Mediterráneo a ser conquistado por los comunistas. Eso hizo que interviniera el superhéroe Blackhawk y su equipo. Los viejos superhéroes han desaparecido, pero no algunos de los antiguos miedos. ¿Podría la Flota turca detener hoy una hipotética Invasión de Falsas Pateras?
En cuanto a los veteranos de toda la vida, hubiera sido mucho pedir que aportaran algún rasgo de originalidad. Carlos Sentís rompe una lanza a favor de la europeidad de Turquía pero, más que nada, porque tiene un Ejército potente que nos puede librar de sustos a los incautos europeos: “Con la llegada de cayucos y pateras a las costas meridionales de Europa, además de las Canarias –últimamente incluso Mallorca- es posible imaginar que un día puedan, con la misma facilidad, llegar no inmigrantes sino personas armadas. Si en algún futuro remoto algo de eso ocurriera, Turquía tendría un primer papel para la defensa”. En fin: los viejos fantasmas ¿verdad? Esperemos que sí, que algún día la flota turca ayue a defender las costas baleares, en vez de devastarlas como hace cinco siglos.
Pero quien de verdad no pudo pasar 24 horas sin “decir la suya” (traducción literal de la expresión catalana: “dir la seva”) fue Lluis Foix, ex director de “La Vanguardia” que, justamente por ello, es uno de sus máximos campeones en lo que se podría denominar “periodismo del tópico” y la obviedad. Si desean comprobarlo por sí mismos, echen un vistazo a su presuntuoso Foixblog, que se nutre de las mismas columnitas que publica su autor en “La Vanguardia”. Tras intentar apabullar al lector con un prolijo perfil en el que se proclama que el autor “ha cubierto informativamente siete guerras y ha viajado por todo el mundo enviando crónicas y análisis desde 82 países”, se nos ofrece una selección de links personales que consisten en: a) La propia sección electrónica del autor en su periódico; b) El banyeres blog sobre “el apasionante mundo del fútbol”; c) Relats en català. Uno no puede dejar de recordar aquello que decía Don Ramón María del Valle-Inclán, que ya cité el año pasado en este mismo blog: “Si el viajar ilustrara, los revisores de tren serían las personas más ilustradas de la sociedad”. Axioma que el raquítico aumento de la cultura propiciada por los vuelos y el turismo de bajo coste parece respaldar ampliamente.

Mohamed Rashid, de 62 años de edad, muestra su mostacho turco de más de un metro y medio de longitud, el mayor del mundo, según el Guinness, que acompaña con lo que parece una notable hipertricosis pectoral (Mohamed no lleva camiseta). Atatürk emprendió una campaña contra el fez, pero no contra los mostachos ni el türban en las mujeres.
Pues bien: Lluis Foix elabora una gruesa mermelada de tópicos imperfectos (por inexactos) que extiende sobre la tostada de su crónica. Según este autor, Atatürk hizo cosas como liquidar la “educación tradicional” (Foix parece ignorar la existencia de los avanzados liceos de educación técnica creados un siglo antes), abolir “los tribunales religiosos que aplicaban la ley islámica” (no parece tener idea de lo que era el Mecelle ni las nizamiye) y “propició que los turcos se afeitaran los bigotes” (¡?). Por supuesto, Foix tampoco parece leer las crónicas de Mourenza desde Estambul sobre las categorías políticas de los bigotes que, aún hoy, enarbolan muchos turcos.
The Türkler, célebre libro de Yalçın Pekşen que sigue siendo un gran éxito de ventas en Turquía, muestra un estereotipo irónico del turco actual -bigote incluido- que posiblemente no le hubiera gustado demasiado a Kemal Atatürk. Puede que sea un referente más ajustado para entender el país que la obra de David Fromkin e incluso (ojo: anatema) del mismo Pamuk
Sobre la tostada, Foix coloca dos selectas guindas como premio benevolente para el ignaro lector. Él recomienda dos libros “para conocer la complejidad de la historia de Turquía”: A Peace to End all Peace de David Fromkin y Estambul de Orhan Pamu, cómo no. Nadie niega que la obra de Fromkin está muy bien… para entender las complejidades de la geoestrategia otomana durante la Gran Guerra de 1914-1918, la destrucción del Imperio y la aparición de los protectorados árabes subsiguientes. ¿Pero de verdad esa porción de la historia acaecida hace casi un siglo sirve para entender la Turquía de hoy?¿Y realmente la narración de Pamuk nos aclara lo que está ocurriendo en el país? Nos responde el mismo Foix: “Cada vez que se plantea un debate político en nuestro país, ha dicho Pamuk estos días, no estamos discutiendo lo que en realidad pasa sino las intenciones escondidas sobre lo que ocurre. Tendemos a mirar a Turquía con estereotipos demasiado frágiles” –concluye el periodista con un toque de intriga. En efecto, el mismo autor nos da una lección sobre la fragilidad de los estereotipos sobre Turquía que él mismo utiliza; tan frágiles que ha de recurrir a salirse por la tangente con frases ambivalentes que podrían podrían aplicarse a la gran mayoría de países del mundo o justificar cualquier cosa. Por ejemplo: ¿significa la afirmación de Foix-según-Pamuk que él cree en la existencia de una “agenda oculta” en Turquía? Aahh… Quien sabe.
¿Ven lo que les decía del periodismo del tópico? Al final, es la mejor manera de quedar a bien con todos y dar la sensación de que se sabe mucho, al menos más de lo que se cuenta. Lástima que el vértigo del “name dropping” pueda llevar a que la tostada, si se cae, lo haga por el lado de la mermelada y las guindas. Etiquetas: AKP, elecciones, Erdoğan, política informativa, Turquía
Comics y guerras de secesión yugoslavas (3)

La guerra de Croacia, especialmente durante el primer periodo (1991) fue reivindicada como causa propia por una buena parte de la ultraderecha europea. ¿Qué puede hacer un fascista francés durante sus vacaciones?. Un personaje creado por el autor ultra francés Olric explicaba: "Être fasciste en France est baroque et fatiguant... hum... Plus simplement: Aujourd´hui Osijek, demain Paris!" . Agradezco a Xavier Casals haberme conseguido un ejemplar tan raro hoy en día, de los comics de Olric. Pulsar sobre la viñeta para verla ampliada.
2b - 1989-1995: evolución de la imágenes e iconografía bélicas en los medias. Segunda parte
Hasta enero de 1992 Croacia fue perdiendo en el terreno militar, y ganando en el informativo. Lo mismo ocurrió en la Guerra Civil española con el bando repúblicano, que supo amargarle la victoria a Franco durante muchos años. Tantos que, de hecho, los estereotipos creados sobre la España franquista impidieron que entrara en la OTAN, mientras que no hubo problemas para que el Portugal del dictador Salazar lo hiciera mucho antes de llegar a la democracia. La batalla informativa ganada por Croacia también le generó réditos a largo plazo, porque durante bastante tiempo fue prácticamente imposible deshacer la imagen fundamentalmente positiva del régimen de Zagreb. Tardó en ir abriéndose camino la noticia de las intenciones expansionistas de Tudjman en Hercegovina y su dudosa buena fe democrática. Por otro lado, los medios de comunicación occidentales evitaron mencionar las crecientes tensiones entre musulmanes y croatas en Bosnia central hasta que fue imposible ocultarlas. Al final incluso se mantuvo durante un tiempo la tesis de que los croatas se habían vuelto "malos" debido a la parálisis de la comunidad internacional ante los serbios, lo que ignoraba las tempranas conversaciones entre Milošević y Tudjman para repartirse Bosnia-Hercegovina o los precedentes marcados por Matica hrvatska en 1971. Por supuesto, no faltó quien sacara a relucir que todo era un complot de los servicios secretos británicos, reviviendo argumentos novelescos con un siglo de antigüedad.

Voluntarios británicos en el HOS (milicia de la extrema derecha neo-ustacha croata) en una trinchera durante la guerra de 1991. Fotografía procedente de
WikipediaMientras ocurría todo esto, la actualidad informativa que llegaba del Este desafiaba los planteamientos maniqueos todavía muy reforzados, si cabe, por la cercanía de la extinta guerra fría. La desintegración de la URSS, que se inició con el fracasado golpe involucionista de agosto, en 1991, fue demasiado para los medias audiovisuales. A pesar de que la cobertura del golpe fue una demostración espectacular de la capacidad de directo que tenía la televisión, lo cierto fue que en comparación con los entresijos políticos de la caída de Gorbachov y la aparición de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), los misterios de la revolución rumana eran una incógnita menor. Rápidamente se perdió la noción clara de quiénes eran los "buenos" o los "malos", se conocía poco a los protagonistas: la cobertura de la crisis georgiana, en enero 1992 se redujo a Gamsajurdia y "la oposición". Por otro lado, eran muy contados los informantes directos en el núcleo de los grandes cambios. En cualquier lugar del enorme tablero post-soviético podía saltar la liebre. Un ejemplo: ¿cuántos enviados de la prensa occidental estaban en la ciudad de Minsk el 9 de diciembre de 1991, para informar sobre el final de la URSS? Aún así, los medios tecnológicos existentes lograban suministrar cobertura informativa directa en la mayor parte de los casos. Lo malo era que apenas había tiempo y posibilidades de analizarla, con lo cual la noticia quedabas inutilizada al no servir para entender el fenómeno del que formaba parte.
En consecuencia, la guerra de Bosnia fue abordada por los medios de comunicación occidentales con un mayor entusiasmo, si cabe, que la de Croacia. Allí los campos estaban bien delimitados y las diferencias entre unos y otros quedaron cada vez más marcadas conforme salían a la luz las salvajadas protagonizadas por las tropas serbias, sobre todo la "limpieza étnica", con su secuela de refugiados, los campos de concentración y las violaciones masivas de mujeres musulmanas. Pero sobre todo, la Sarajevo asediada y bombardeada se convirtió para los medias en el gran símbolo de la guerra en Bosnia. La odisea de la población civil, el carácter multiénico de los defensores, su calidad de capital y sobre todo el hecho de que era una ciudad europea asediada por una especie de trogloditas, eran imágenes muy claras que los medios de comunicación, y especialmente la televisión, podían explotar a fondo. A cambio, otras ciudades igualmente asediadas y más castigadas que Sarajevo hubieron de resignarse a ocupar sólo ocasionalmente la atención informativa. El caso de Mostar fue especialmente sangrante.

En el comic de Hermann:
Sarajevo - Tango, los serbobosnios era representados como poco menos que meros trogloditas.
Pulsar sobre la viñeta para verla ampliada.
En general, los medios de comunicación occidentales recuperaron en estos conflictos, así como en las transiciones protagonizadas por otros estados de la zona, las mejores tradiciones del "periodismo balcánico" decimonónico. Como en los tiempos de los filohehelenos o de Januarius MacGahan, e incluso de los pintorescos reporteros de los años treinta del siglo XX, los Balcanes seguían siendo lo suficientemente exóticos manteniéndose más cercanos que nunca del centro de Europa. Por otra parte, a diferencia de otras muchas crisis contemporáneas, los conflictos balcánicos (sobre todo los yugoslavos) tenían una explicación en la que los reporteros podían explayarse: la Historia.

El periodista americano Januarius MacGahan (1844-1878) dio forma a un tipo de
reportaje tremendista sobre los conflictos balcánicos, con gran capacidad de impacto político, que más de un siglo más tarde seguían calcando los enviados especiales a la zona con motivo de las guerras yugoslavas
Ese recurso no podía aplicarse a la desintegración de la URSS (debida genéricamente "al fracaso del comunismo") ni a las guerras o independencias que siguieron en su periferia. Hacía demasiados años que no tenían lugar conflictos en una Armenia, una Georgia, un Azerbayan o una Chechenia independientes. Además, ese era "aún" territorio ruso. La independencia de Ucrania era un fenómeno político con más proyección hacia el reordenamiento geoestratégico del siglo XXI que con raíces en un pasado reciente. Tampoco se utilizaba la historia para explicar los nuevos conflictos en el mundo árabe, entre otras cosas porque resultaba difícil resumir esa cultura o el contenido del universo musulmán. Lo mismo ocurría en Camboya y por supuesto en Somalia o Ruanda. En cambio, la historia servía para describir los procesos políticos en Rumania y Bulgaria, siempre que el reportaje se centrase en los problemas de unos y otros con los húngaros y los turcos o las supuestas tradiciones políticas de búlgaros y rumanos, huyendo del análisis de la estructura política y social, real y actual. Ni que decir tiene que en los conflictos en las repúblicas ex-yugoslavas eran el centro de tales recursos argumentales. Los odios eran eternos, el retorno del pasado resultaba evidente.
En realidad, tales argumentos eran útiles para vender el producto informativo a nivel de gran consumo de masas, pero no como razonamiento realmente convincente en una información de cierta calidad. El hecho de que los mismos balcánicos, impregnados de la propaganda de sus respectivos regímenes nacionalistas, recurrieran machaconamente a las tragedias remotas de su historia no era una excusa sostenible. Muy al contrario: era un síntoma que debería haber levantado sospechas sobre la autenticidad de los argumentos ofrecidos por las partes en conflicto. A comienzos de los años noventa, los sistemas comunistas se habían hundido y no existían ideologías alternativas. Por tanto, en toda Europa del Este se produjo un fenómeno característico de las sociedades en transición: el retorno al pasado. En medio de ello, los analistas de tendencias historicistas olvidaban aquellos datos de la historia que no encajaban en el esquema porque no eran precedentes de la actualidad, y el ejercicio resultaba muchas veces tan forzado como si en 1940 un periodista extranjero intentase explicar la guerra civil española con los recursos historiográficos que manejaba la propaganda franquista referidos a la Cruzada o los Reyes Católicos. El resultado solía ser esperpéntico, como cuando en diciembre de 1991 el semanario "Newsweek" advertía que el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Hans Dietrich Genscher, era el objetivo de un grupo de terroristas serbios. Nuevamente Gavrilo Princip, Sarajevo-1914 y la paz mundial en peligro.

Lord Byron como personaje de "
The Invisibles", comic de culto (1994-2000) sobre guión de Grant Morrison
Pero, por supuesto, la máquina era imparable. Incluso algunos conocidos intelectuales occidentales que intentaron destacarse en la guerra de Bosnia resultaron aplastados por la mediocridad de la información de consumo. El Byron fallecido a causa de una neumonía luchando por su causa filohelena había sido reemplazado a fines del siglo XX por otro tipo de Byron, electrónico e inoxidable y carente de finura literaria. Los mitos que los intelectuales nacionalistas balcánicos del siglo pasado habían ido acuñando artesanalmente y que de igual forma fueron absorbidos por sus congéneres occidentales o por la prensa de masas, eran ahora producidos en serie, pulverizados y amasados industrialmente por los modernos medios de comunicación hasta generar un verdadero "lenguaje de madera". Cuando el medio televisivo comenzó a hablar rutinariamente de "Rusia, aliado natural de los serbios" no sólo se ignoraba el pasado, incluso el más cercano. En palabras de un avezado analista de la zona, la insistencia en esa idea era "una broma lamentable". Durante la mayor parte de la historia serbia, Rusia había conspirado contra ella y "todos los generales yugoslavos que lidian las guerras balcánicas fueron entrenados precisamente para oponerse a una invasión rusa". El mito de la "alianza natural" ignoraba la espectacular ruptura entre Moscú y Belgrado de 1948, sin ir más lejos. Pero también los datos de la actualidad: aunque habían existido estrechos contactos entre Moscú y Belgrado, durante las fases iniciales de las guerras de secesión los rusos habían vendido armas en Bosnia a los serbios, pero asimismo a los musulmanes y a los croatas. La cantidad destinada a los serbios era mucho mayor, entre otras razones porque resultaba más fácil hacerlas llegar a su zona y podían pagarlas mejor. Pero con los croatas los rusos se mostraron más generosos y les proveyeron de misiles estratégicos SA-10 "Grumble" en una de las más escandalosas violaciones del embargo de armas y de aparente traición moral a los aliados "naturales".

Durante las fases finales de las guerras de secesión yugoslavas, los rusos no mostraron ningún complejo a la hora de vender misiles antiaéreos estratégicos S-300 (también conocidos como SA-10) a los croatas, que para la prensa occidental eran "enemigos naturales" de los "aliados naturales" de Rusia, esto es, los serbios
En realidad, el argumento central que se fue imponiendo conforme se prolongaba la guerra en Bosnia, era el de la necesidad de implicar directamente a Occidente en los Balcanes, como única solución a sus crisis. La reacción no era nueva, al revés: ante una guerra civil las potencias de la época siempre se plantean si deben intervenir o no: desde la Guerra de Secesión norteamericana a la de Nigeria, pasando por la española, la mejicana, la rusa, las de China y tantas otras. Ya durante la revolución en Rumania, en 1989, se había producido un breve impulso en tal sentido cuando los medios de comunciación recogieron la especulación del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Roland Dumas, sobre la posibilidad de formar una brigada internacional de voluntarios para defender al nuevo régimen en el caso de una guerra civil contra los partidarios de Ceauşescu. Pero en Croacia primero y sobre todo en Bosnia-Hercegovina meses después, la presión se hizo obsesiva. Desde el campo de los medios de comunicación había varias causas para ello.
La primera surgía de la lógica del mensaje informativo desarrollado a partir de 1989 y ya explicada más arriba. Si con la derrota del comunismo sólo quedaba el Bien en el mundo, ¿cómo podía ocurrir un contrasentido como el de las guerras en la ex-Yugoslavia? Si esa aberración se toleraba es que el razonamiento original fallaba: en 1989 no había triunfado el Bien. Y eso resultaba, para muchos, profundamente desconcertante. En el fondo, éste tipo de argumentación fue la que posibilitó que incluso una proporción significativa de pacifistas se reconvirtieran en "belicistas bienintencionados" y recomendaran apasionadamente la intervención militar occidental en Bosnia. Eso recordaba otros momentos históricos pletóricos de peligroso chauvinismo europeo, como cuando en 1914 izquierdistas y pacifistas de las potencias continentales marcharon con la derecha en "uniones sagradas" para combatir en la Gran Guerra. Aquí también jugaba la tendencia egolátrica que venían experimentando los medios de comunicación desde 1989: aún podían seguir influyendo en los acontecimientos históricos como habían hecho en Berlín. Y de paso, adulaban los sentimiento eurocéntricos del espectador occidental. De hecho, el tono enfático empleado por muchos medios de comunicación difería muy poco del utilizado por la prensa del siglo XIX cuando clamaba por las intervenciones de las potencias en Grecia, en el Imperio otomano, en Bulgaria o, después, en Africa y Asia, para remediar los entuertos que entonces parecían amenazar a la sociedad occidental o afrentas que parecían intolerables para el orgullo europeo.

Durante las guerras de secesión yugoslavas, el "intervencionismo humanitario" era una postura supuestamente progresista, expresada muchas veces en términos de inapelable exigencia moral. Un buen ejemplo son algunas de las historietas recogidas en el libro de comics
Como perros! de Max (seudónimo de Francesc Capdevila)
La segunda explicación de la presión intervencionista en los Balcanes surgía de la misma esencia de lo que son los medias: un negocio que vende noticias para lo cual se ha de saber explotar el mercado. Sólo por las cifras que se barajan, los medios de comunicación no son inocentes. En 1990, la economía de la información y la comunicación mundial representó una cifra de negocios global de 1.185 millones de dólares, es decir, más de un billón de dólares. De ellos, 500.000 correspondían a los EEUU, 264.000 a la Unión Europea, 253.000 al Japón y sólo 150.000 al resto del mundo. Por tanto, si un acontecimiento se convierte en un filón informativo hay que saber continuar con su explotación, en la que se invierten importantes cantidades. En ese contexto, las guerras en la ex-Yugoslavia se convirtieron en un producto de primera calidad. Pero la reiteración sobre una noticia determinada produce el efecto de sobreinformación: el espectador se satura. En consecuencia se replantea la rentabilidad de la información ofrecida, evitando cambiar o matizar los papeles previamente repartidos según los bandos en conflicto. En el caso de Bosnia, al cabo de un tiempo de mostrar imágenes estremecedoras, el paso siguiente fue apostar al alza por un "happy end" contundente. A esto contribuyó el "síndrome de la Guerra del Golfo": si la victoria contra la "cuarta potencia militar" del mundo, como se calificó exageradamente a Irak, se había logrado con un puñado de bajas propias, era inconcebible que no se intentara lo mismo con los anticuadas milicias serbias.
El tercer argumento intervencionista era menos confesable y éste sí que era un viejo mecanismo histórico superviviente. Como en el siglo XIX, pero ahora con mucha más experiencia y medios, los dirigentes políticos e intelectuales balcánicos habían demostrado una vez más su capacidad para implicar a las potencias occidentales en sus disputas. De la misma forma en que se hizo en varias ocasiones entre 1821 y 1914, desde los Balcanes se emborrachó a Europa occidental de historia. Basta leer el provocativo libro de un periodista tan agudo como Xavier Gautier, para asombrarse de la facilidad con la que serbios y croatas contagiaron sus delirios históricos a los estadistas y diplomáticos franceses y alemanes que en un momento dado terminaron por echarse a la cara sus respectivas experiencias anteriores a 1945. La pervivencia de este mecanismo no reflejaba tanto una innata capacidad de los balcánicos para la astucia y el engaño (inexistente, por otra parte) como la autosuficiencia occidental, que seguía representando a las sociedades balcánicas como en el siglo XIX. Dicho de otra manera, los Balcanes habían cambiado; lo que no había evolucionado era la percepción que se tenía de ellos y su historia desde Occidente. Etiquetas: comics, Croacia., guerras yugoslavas, Medios de comunicación, política informativa, ultraderecha europea
Srebrenica, una pequeña localidad de la Ruanda global

La célebre foto satélite que, por primera vez, parecía indicar el emplazamiento de una fosa común en Srebrenica, julio de 1995
En este blog se ha escrito en varias ocasiones en relación a la tragedia de Srebrenica y también sobre su manipulación por parte de medios de comunicación y opciones políticas varias en diversos países. El lector sólo tiene que pulsar sobre ese nombre en la lista de etiquetas que incorpora este post, para acceder a tales ejemplos. A fuerza de recurrir una y otra vez a la tragedia, de publicar los mismos datos, de hacer las mismas alegaciones, de mantener en pie los mismos olvidos, Srebrenica se está desgastando. Esto quiere decir que lleva camino de convertirse en un concepto vacío, un recuerdo cada vez más abstracto, por alejado de su contexto, de lo que significó, de quién tuvo la culpa por activa pero también por pasiva, de quién calla y por qué. Una vez más, cada vez más, los locutors y presenrtadopres volveran a trastabillar y equivocarse en los nombres de lugares y personas: pronunciarán "Srebrenika" o mencionarán al general "Maldic". Por el momento, Srebrenica, la Srebrenica de la prensa, es más un producto político que un acontecimiento histórico entendido y explicado.
Este año, como otros, la prensa volverá a derramar sus lágrimas por Srebrenica (a veces, de cocodrilo), una vez más pondrá a la misma altura a los cascos azules holandeses y a los soldados serbobosnios, evitará hacer ni la más breve referencia al papel de Naser Orić y por supuesto, nadie escribirá ni media línea sobre la caída del enclave de Žepa, que siguió en pocos días al de Srebrenica. Se volverá a hablar del general Mladić y de Karadžić, quizás incluso de Milošević, con el ya eterno debate sobre si sabía o no lo que iba a ocurrir aquellos en fatídicos días de julio de 1995. Nadie se preguntará si lo mismo ocurría en el Pentágono o la Casa Blanca.

Localización de zonas de genocidio en Ruanda por foto satélite de cambios en vegetación,
colina de Bisesero. Los círculos verdes señalan áreas probables, la roja es confirmada
Pero uno de los aspectos más escandaloso de lo acaecido en Srebrenica tuvo que ver con lo ocurrido un año y medio antes, 16 meses, para ser exactos. A tan sólo ese breve espacio de tiempo había tenido lugar uno de las tres o cuatro peores genocidios del siglo XX. Pero los mismos medios de comunicación que tantas volteretas dieron por Srebrenica, lo metieron debajo de la alfombra. Madeleine Albright, que tanto se esforzó para dar publicidad a lo que había ocurrido en Srebrenica (fue uno de los primeros policy makers en obtener beneficios políticos de la tragedia) fue la misma persona, el mismo cargo (embajadora de los Estados Unidos ante la ONU) que se esforzó por retirar las tropas de los cascos azules de Ruanda cuando empezó el genocidio. Eso se aprobó el 21 de abril de 1994 en el Consejo de Seguridad: sólo quedaron en Ruanda 250 soldados, incapaces de hacer nada para evitar la matanza. Los únicos que sobre el terreno reclamaron enseguida el regreso de los cascos azules fueron los embajadores de Checoslovaquia, Nueva Zelanda y España.
Y fue la misma Madeleine Albright la que, ya en mayo, luchó con uñas y dientes para retrasar todo lo posible el envío de un nuevo contingente cuando ya se contaban en decenas de miles los hombres, mujeres y niños asesinados. Ante tanta parsimonia, ocho estados africanos se ofrecieron a formar una fuerza de pacificación, pero con la condición de que los Estados Unidos aportaran algunos medios blindados. Washington aceptó, pero decidió adquirir el material a las Naciones Unidas –no a los estados africanos intervinientes- a fin de enjugar sus cuantiosas deudas con la organización. Entonces siguió un interminable regateo. Cuando concluyó, resultó que no había aviones de transporte disponibles para llevar los vehículos hasta Ruanda. Mientras tanto, a mediados de junio aún llegaban armas francesas para el gobierno hutu, al tiempo que la ONU daba luz verde a la equívoca Operación Turquesa. Esa intervención unilateral francesa permitió, según un experto en la materia, que la matanza se prolongara todavía durante un mes más y que al final, los responsables políticos del genocidio se refugiaran en Zaire, junto con numerosos seguidores bien pertrechados de armas.

Medeleine Albright, una de las personalidades más controvertidas de la última década del siglo XX: su actuación en Bosnia y Kosovo fue totalmente opuesta a la que desarrolló en Ruanda
Todo esto ocurría en la primavera de 1994, cuando los medios de prensa occidentales estaban obsesionados por la guerra de Bosnia. Fallaron estrepitosamente en Ruanda: no sólo no evitaron lo que sucedió, informando con detalle de lo que ocurría, analizando lo que se preparaba, sino que ni siquiera supieron lo que estaba ocurriendo. Y todo ello ocurría a sólo un lustro de la caída del Muro, cuando se popularizó la boutade: "Cámaras que circulan libremente igual a democracia total". Una frase que comenzaba por ser irreal en los mismos países occidentales, cuna de la democracia liberal parlamentaria. En Ruanda, sólo operaron tres grandes agencias, dos de ellas francesas: AFP y RFI, y su país de origen estaba profundamente comprometido con el régimen radical hutu. La tercera agencia presente, la mayor parte del tiempo, fue BBC. Pero durante los meses del genocidio sólo trabajaron sobre el terreno un puñado de periodistas occidentales, porque de hecho, extrajeron del país a sus reporteros nada más comenzar el genocidio y sólo retornaron cuando estaba concluyendo. Los que salieron del país con material gráfico de las primeras masacres apenas lograron vender ni una foto en Europa. Tal fue el caso, por ejemplo, de Patrick Robert, de Sygma Corbys Agency. Por otra parte, aunque ni los interahamwe y civiles colaboracionistas no se escondían para cometer sus crímenes, sólo existe una breve filmación, realizada por el cámara británico Nick Hughes en abril de 1994.
El tratamiento informativo de lo que ocurría fue erróneamente enfocado o simplemente equivocado. Así, las matanzas se presentaron como una continuación de las que comenzaron en 1959, es decir, algo “propio” o “natural” de los odios interétnicos ruandeses, explosiones de furia incontrolada o matanzas derivadas de cualquier guerra civil, especialmente en África. Pero sobre todo, el catastrófico fallo profesional de los media occidentales fue su obsesión con la guerra de Bosnia que se desarrollaba paralelamente por aquellas fechas. Ruanda no interesaba, no vendía como noticia, no cubría gastos; Bosnia, si.

Una de las muy escasas fotografías existentes de víctimas del genocio ruandés, tomada por el mayor Stevn Stec de la UNAMIR, en la parroquia de Gikondo, Kigali. Era en los primeros momentos de la matanza. Aquí, close up de niños asesinados
Un detallado estudio sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en el genocidio ruandés especifica que en todo el año 1994, “Le Monde” publicó 1.655 artículos sobre Bosnia y sólo 576 sobre Ruanda, y eso teniendo en cuenta que Francia era una potencia directamente implicada en lo que ocurría allí. Aún así, ese medio millar de piezas estaban dedicadas a temas como la evacuación de los colonos europeos y la epidemia de cólera en los campos de refugiados hutus en Zaire (junio-julio). En torno a un 60% de esos artículos eran piezas cortas, apenas despachos de agencia y no estaban firmados por reporteros o analistas de “Le Monde”. Y todo ello, a despecho de que, desde una fecha tan temprana como el 25 de mayo, el Comité de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos definió lo que estaba ocurriendo en Ruanda con el término preciso de “genocidio”.

Otra fotografía de la misma serie, que se puede encontrar en la web de la investigadora
Linda Melvern Más allá de Bosnia, los temas que acaparaban la atención de las grandes agencias de prensa fueron el proceso contra O. J. Simpson en los Estados Unidos, la muerte del piloto de fórmula 1 Ayrton Senna (1º de mayo, en el Grand Premio de San Marino) y las primeras elecciones multirraciales en Sudáfrica, que celebraban el definitivo final del apartheid. En 1990, el gobierno del Partido Nacional, el de la superioridad de la elite blanca, había levantado la prohibición existente sobre el Congreso Nacional Africano, fundado en 1932 para defender los derechos de la mayoría negra. Tras esa larga marcha de luchas, huelgas y protestas, Nelson Mandela, su mítico líder, fue puesto en libertad en ese mismo año de 1990, tras 27 de reclusión. Cuatro años más tarde, mientras tenían lugar las masacres de Ruanda, el Congreso Nacional Africano ganó las elecciones por abrumadora mayoría, y Nelson Mandela, convertido en Premio Nobel de la Paz en 1993, se convirtió en el primer presidente negro de la República de Sudáfrica. Ésta si era una noticia relativa al continente negro apreciada por los grandes medios de comunicación occidentales porque parecía reflejar, sin género de dudas, el nuevo imperio de la democracia, el triunfo del Bien sobre el Mal y del “nuevo orden” tras el final de la Guerra Fría.
Por lo tanto, el desinterés de las agencias de noticias occidentales por el genocidio ruandés estuvo muy directamente relacionado con los escándalos que las grandes potencias deseaban ocultar. El jefe del contingente militar de la ONU en Ruanda (UNAMIR), el general canadiense Roméo Dallaire, envió en enero de 1994 un fax urgente al Departamento de Operaciones de Pacificación de la ONU, en el que solicitaba protección para un valioso confidente que le estaba suministrando detalles sobre cómo se desarrollaría el genocidio y diversas acciones de provocación contra soldados de las fuerzas internacionales. En Nueva York se hizo caso omiso de las revelaciones de Dallaire, y dado que estaba en marcha la aplicación de los acuerdos de Arusha, se le recomendaba advertir al presidente Habyarimana sobre una situación dado que debía suponerse “que no tenía conocimiento de tales actividades”.

El general canadiende Roméo Dellaire, comandante en jefe de la misión UNAMIR cuando comenzaba el genocidio. Fue aclamado como un héroe, al contrario de su compatriota y colega Lewis MacKenzie, al que se le montó una campaña difamatoria en Bosnia
La cuestión es que belgas, alemanes, británicos y norteamericanos tenían una red de agentes suficientemente informados sobre lo que iba a ocurrir. Los franceses tuvieron un protagonismo siniestro. Su implicación en la defensa del régimen dictatorial ruandés fue profunda, hasta el punto de saltarse los acuerdos de 1975, firmados por ambos países, que prohibían la participación de tropas de ese país europeo en cualquier contienda civil ruandesa o en operaciones policiales. De hecho, Paris envió enormes cargamentos de armas –incluso durante las matanzas de 1994, y hasta el 16 y 18 de junio- instructores, controladores de tráfico aéreo u oficiales de inteligencia que interrogaban a los prisioneros del FPR. También llegaban arsenales desde Egipto y Sudáfrica.
Por supuesto, el genocidio estaba preparado desde hacía tiempo. Incluso se habían importado miles de machetes, comprados en China, para distribuirlos entre la población por si faltaban. El plan consistió en llevar a cabo las primeras acciones mediante los escuadrones de la muerte y paramilitares, las denominadas milicias interahamwe, que daban ejemplo e incluso aleccionaban a la población civil. Pero después, el grueso del esfuerzo genocida fue dejado en manos de los campesinos y población civil hutu en general. Alcaldes, concejales, burgomaestres y autoridades locales dieron la orden y coordinaron las matanzas en cada aldea o comarca, de forma muy general. Después, los campesinos armados formaron grupos espontáneamente que eran liderados por alguno vecino. No existió un método bien elaborado; en palabras de un campesino participante en las matanzas: “La única forma era seguir hasta el final, conservar un ritmo satisfactorio, que no se escapase nadie y poder saquear todo lo que encontráramos. Era imposible meter la pata”. De esa forma, y por ejemplo, según calculó el periodista francés Jean Hatzfeld, que entrevistó a diversos participantes en el genocidio, entre el lunes 11 de abril a las once de la mañana y el sábado 14 de mayo a las dos de la tarde, milicianos y vecinos hutus de la comuna de Nyamata asesinaron a machetazos a unos 50.000 tutsis de una población total de 59.000, en jornadas que iban de las nueve y media de la mañana a las seis de la tarde (Una temporada de machetes, 2003).

Característico machete ruandés, utilizado comúnmente para labores agrícolas. Fue el arma principal con el que se cometió uno de los genocidios más eficaces de la Historia.
Fotografía de Rudy Brueggemann, 1997El trabajo de matar a machetazos resultaba arduo, pero las autoridades insistieron en que todos los vecinos debían participar cotidianamente en las masacres; caso contrario, eran multados. Los que no podían, por limitaciones físicas o enfermedad, debían pagar a otros para que lo hicieran por ellos. Incluso se dio el caso de colectas para pagar a milicianos interahamwe a fin de que terminaran con la tarea de liquidación en algunas zonas determinadas. La implicación de la práctica totalidad de la población masculina en el genocidio obedecía al hecho de que éste se estaba llevando en una sociedad campesina: no había falta llevar a cabo la compleja tarea de identificar a las víctimas y concentrarlas para liquidarlas después. En el campo ruandés, los hutus mataron a los vecinos que conocían de toda la vida y fueron a buscarlos a sus escondites, en regiones que no tenían secretos para ellos.
De todas formas, no fue sólo cosa de campesinos; en el genocidio tomaron parte personalmente profesores, autoridades locales, médicos e incluso sacerdotes. Lo que buscaban los organizadores de las matanzas era conseguir la complicidad total de la masa de la población, que nadie se desentendiera de la masacre. Además, era el único medio de alcanzar una “solución final”, dado que ni el ejército ni las fuerzas de seguridad ni las milicias hutus disponían de medios sofisticados para llevar a cabo el genocidio. Las matanzas siguieron el ritmo sistemático de los cultivos de temporada. Y el resultado fue devastador. Como argumenta Jean Hatzfeld, tuvo un rendimiento superior al genocidio judío y gitano, pues se logró asesinar a 800.000 víctimas en doce semanas. En pleno año 1942, el régimen nazi no consiguió alcanzar tal eficacia en víctimas por día, ni en el territorio de Alemania ni en el de los 15 países ocupados.

Puesto de control en Kigali. Paramilitares hutus armados con machetes. En estos checkpoints se cometieron numerosos asesinatos. como se puede constatar, no todos los genocidas fueron campesinos: incluso gente bienestante empuñó el machete o armas similares y se lanzó a la masacre
Todo eso ocurrió a poco más de un año antes de Srebrenica. Pero por entonces no se le dedicó demasiada atención. Y mucha menos después. Tanto es así que escogí el aniversario de la tragedia de Srebrenica para recordar el genocidio de Ruanda. A pesar de que los muertos no fueron europeos, ni blancos, ni musulmanes. Eran católicos, tanto ellos como los verdugos. Y miles de ellos murieron en iglesias donde buscaban refugio. A eso precisamente hace alusión el título de uno de los libros más célebres sobre el genocidio, el del periodista del “New Yorker”, Philip Gourevitch: Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, (Destino, 1999). Así comenzaba la carta que cuatro pastores adventistas enviaron al presidente de la iglesia de Mugonero, el también pastor adventista Elizaphan Ntakirutimana, acusado de inducir (o al menos consentir) en al asesinato de varios miles de tutsis que se habían refugiado en el templo y el hospital, el 16 de abril de 1994. Se habla de 8.000 personas asesinadas, pero poco importa el número exacto que, en todo caso, es una centésima parte de las víctimas totales.
Tras la tragedia de Srebrenica se volvió a escuchar muchas veces el “Nunca más” que se popularizó tras el Holocausto judío. En 1993, un año antes de la tragedia de Ruanda, se había inaugurado el Museo del Holocausto en Washington. En la ceremonia, el presidente Clinton lo describió como “una inversión en un futuro seguro contra cualquier locura que pueda acecharnos”. En la tienda del museo, a un dólar, se pueden comprar pins con la inscripción: “Recuerda” o “Nunca más”. Y sin embargo, tan sólo un año después tuvo lugar el genocidio en Ruanda. Para cuando sucedió lo de Srebrenica, ya nadie se acordaba del cercano e inmenso precedente. Si Theodor Adorno dijo que después de Auschwitz ya no se podían escribir poemas, entonces, tras de las matanzas de Ruanda, no deberíamos volver a ver telediarios. Porque el hecho es que ese genocidio demostró que cabe esperar cualquier cosa una vez más, que los gobiernos pueden ser hoy tan cómplices de la aberración como lo fueron en otras ocasiones en la reciente historia y que, sobre todo, los medios de comunicación no son los testigos que nos defenderán, no son los mensajeros que nos advertirán; incluso puede ocurrir que George Orwell tuviera demasiada razón, y las hemerotecas ni siquiera guarden memoria de sus propios errores. 
Mapa de Ruanda en el que están señalados los lugares donde se produjeron las principales matanzas en los 100 días que duró el genodicio
Una temporada de machetes, por Jean Hatzfeld (Anagrama, Barcelona, 2004)
(Fragmento, pags. 114-118)
“Las personas que han pasado por una guerra cuentan con frecuencia historias admirables de amistad, idilios increíbles, gestos insólitos de solidaridad, graciosas y patéticas complicidades entre protagonistas de campos enemigos o hazañas hermosas y sencillas. Y con todo eso se hacen novelas, canciones, películas o veladas de recuerdos que lo reconcilian a uno con la humanidad.
Por ejemplo, los soldados rasos alemanes y franceses que intercambian latas de pâté y charlan de trinchera a trinchera; los colonizados independentistas que esconden a los colonos con los que jugaban a las cartas; un ministro del régimen de Vichy que libra de la deportación a un colega por una antigua complicidad cuando estudiaban juntos en la Escuela Normal. Lo mismo sucedió en Vietnam, en Irlanda, en elLíbano, en Angola, en El Salvador, en Israel, en Chechenia en nombre de una pasión, de una infancia compartida, de un clan, de cosas sencillas tales como el afecto o la fidelidad.
En Bosnia-Hercegovina, en el momento cumbre de las operaciones de limpieza étnica, en pleno sitio de Sarajevo o de Goražde, en plenas carnicerías de Foča y de Brčko, sabíamos de enamorados que cambiaban de zona clandestinamente, de tráfico de café y de ovejas, de charlas por encima de las líneas del frente para contarse noticias de los hijos o de las amantes, de escondrijos, de huidas y de reencuentros secretos. En Vukovar, sitiado y bajo una lluvia de de obuses, un delgado sendero entre los maizales facilitaba un goteo de sitiados, circunstancia que los servidores de los carros de combate serbios no ignoraban.
Y al final de la guerra, nos quedamos pasmados cuando nos enteramos, además, de las mil y una anécdotas simpáticas que no podíamos ni sospechar.
En la comuna de Nyamata [Ruanda] no se dio ni una chispa de camaradería entre futbolistas, ni un detalle compasivo con los recién nacidos tirados. No persistió ni un nexo de amistad o de amor en el seno de algún coro de iglesia, de alguna cooperativa agrícola. Nadie se rebeló en ninguna aldea, ninguna pandilla de adolescentes hizo un intento.
Ninguna organización clandestina para facilitar la huida, que habría sido tan fácil organizar por los cuarenta kilómetros de gigantescas selvas desiertas que separan los pantanos de la frontera con Burundi; ningún convoy, ninguna evasión organizada por caminos de pastores, ninguna red de escondrijos que permitiera evacuar a los supervivientes. ¿Reside en esto la peculiaridad de un genocidio? Sí en esencia, sin que lo desvirtúen las excepciones demasiado escasas que pueden darse acá o allá.
Hay que insistir en esta peculiaridad, importante hoy en día: mientras que la palabra genocidio tiene cada vez menos sentido, los políticos, los periodistas y los diplomáticos al emplean a más y mejor en cuanto se refieren a matanzas en masa o crueles.
De todas las guerras nacen tentaciones salvajes más o menos mortíferas. El delirio sanguinario de los combatientes, el deseo de venganza, el desvalimiento, el miedo, la impresión de abandono, la euforia de las victorias o la angustia de las derrotas, la paranoia y, ante todo, la sensación de condena posterior al crimen traen consigo conductas y actos genocidas.
Es decir, el hecho de estar harto o el pánico o el deseo de acabar de una vez. Y, en consecuencia, surgen carnicerías de civiles o de prisioneros, campañas de violaciones y torturas, deportaciones letales, devastación por los cuatro costados. Pueden también darse acciones no militares: vertidos de pesticidas en los ríos, rebaños de bisontes diezmados, conversiones forzadas a religiones y culturas ajenas.
Pero confundir estos crímenes de guerra –incluso cuando, en su demencia colectiva, pretenden domeñar a una comunidad civil- con un proyecto explícito y organizado de exterminio es una confusión intelectual y política sintomática de nuestra cultura del sensacionalismo.
¿No es ésta diferenciación mera cháchara retórica?¿Es posible percatarse de un genocidio dentro del caos de una guerra? Hay una pregunta sencilla y definitiva que permite responder a ello: ¿en qué víctimas se ceba más la muerte?
En la guerra, los primeros en morir son los hombres, puestos que son los más aptos para el combate; luego, las mujeres que están en condiciones de ayudarlos; y los muchachos, porque toman el relevo; a continuación, los ancianos, que aportan consejos. En un genocidio, la muerte se ceba por igual en todos, y aún más en los niños pequeños, en las muchachas y en las mujeres, porque representan el futuro.
Un ejemplo tomado de Srebrenica (que conozco mejor) aunque podría también ser de Katyn, Grozny, My Lai, Basora o Chatila.
El 11 de julio de 1995, el ejército y las milicias serbias de Bosnia entran en la ciudad sitiada. Parte de la población intenta huir por los bosques; otra, intenta refugiarse en el campo de la ONU en Potocari. En el plazo de tres días, apresan por la zona alrededor de 8.000 hombres, civiles en su mayoría, llenan camiones con ellos, los arrojan en los campos de labranza y en los caminos y los asesinan con metralletas o con Kaláshnikov. Humillan y torturan sádicamente a cientos de ellos antes de matarlos. A algunas mujeres, a las que detienen por los caminos, las violan; a otras, que cruzan por los campos de cultivo con sus hijos, las matan o las mutilan con minas o granadas.
Simultáneamente, evacúan sanos y salvos a la casi totalidad de las mujeres, muchachas y niños, alrededor de 16.000 personas, a Tuzla, en territorio bosnio. La matanza de Srebrenica obedeció a una planificación inaudita. La idea del genocidio cruzó por las mentes de los nacionalistas serbios de Pale y Belgrado; pero, si hubieran decidido llevarlo a cabo, habrían ametrallado de forma sistemática a las mujeres y a los niños, que perpetúan la vida de su comunidad, en Foča, en abril de 1992 y, luego, en Srebrenica, en julio de 1995.
Dicho lo cual, ¿no es acaso ocioso establecer diferencias entre matanzas cuando son de tal envergadura?¿No es acaso imprudente ponerles calificativos a episodios de una historia siempre en marcha? ¿No es acaso inconmensurable el dolor de las víctimas?¿No es acaso tan cruel la barbarie de Srebrenica o de Grozny como la de Nyamata? Lo es para quienes la vivieron. A nosotros nos angustia más la de Nyamata porque fue absoluta.
“Hay guerra cuando unas autoridades quieren derrocar a otras autoridades para ocupar su lugar y disfrutar de él. Un genocidio es una etnia que quiere enterrar a otra etnia. El genocidio va más allá de la guerra porque la intención dura para siempre, incluso aunque el intento fracase. Es una intención final”, dice la campesina Christine Nyiransabimana. Llama la atención esa referencia a la solución final”
El libro de Jean Hatzfeld se basa en una serie de largas y prolijas entrevistas a diez campesinos hutus que participaron activamente en las masacres de tutsis cometidas en la provincia de Nyamata, en 1994: Joseph-Désiré, Léopord, Élie, Fulgence, Pio, Alphonse, Jean-Baptiste, Ignace, Pancrace y Adalbert. Al final de la obra, casi todos aceptaron posar en una foto colectiva, "para que lector pudiera poner cara a los relatos", según el autor.
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