Comics y guerras de secesión yugoslavas (3)

La guerra de Croacia, especialmente durante el primer periodo (1991) fue reivindicada como causa propia por una buena parte de la ultraderecha europea. ¿Qué puede hacer un fascista francés durante sus vacaciones?. Un personaje creado por el autor ultra francés Olric explicaba: "Être fasciste en France est baroque et fatiguant... hum... Plus simplement: Aujourd´hui Osijek, demain Paris!" . Agradezco a Xavier Casals haberme conseguido un ejemplar tan raro hoy en día, de los comics de Olric. Pulsar sobre la viñeta para verla ampliada.
2b - 1989-1995: evolución de la imágenes e iconografía bélicas en los medias. Segunda parte
Hasta enero de 1992 Croacia fue perdiendo en el terreno militar, y ganando en el informativo. Lo mismo ocurrió en la Guerra Civil española con el bando repúblicano, que supo amargarle la victoria a Franco durante muchos años. Tantos que, de hecho, los estereotipos creados sobre la España franquista impidieron que entrara en la OTAN, mientras que no hubo problemas para que el Portugal del dictador Salazar lo hiciera mucho antes de llegar a la democracia. La batalla informativa ganada por Croacia también le generó réditos a largo plazo, porque durante bastante tiempo fue prácticamente imposible deshacer la imagen fundamentalmente positiva del régimen de Zagreb. Tardó en ir abriéndose camino la noticia de las intenciones expansionistas de Tudjman en Hercegovina y su dudosa buena fe democrática. Por otro lado, los medios de comunicación occidentales evitaron mencionar las crecientes tensiones entre musulmanes y croatas en Bosnia central hasta que fue imposible ocultarlas. Al final incluso se mantuvo durante un tiempo la tesis de que los croatas se habían vuelto "malos" debido a la parálisis de la comunidad internacional ante los serbios, lo que ignoraba las tempranas conversaciones entre Milošević y Tudjman para repartirse Bosnia-Hercegovina o los precedentes marcados por Matica hrvatska en 1971. Por supuesto, no faltó quien sacara a relucir que todo era un complot de los servicios secretos británicos, reviviendo argumentos novelescos con un siglo de antigüedad.

Voluntarios británicos en el HOS (milicia de la extrema derecha neo-ustacha croata) en una trinchera durante la guerra de 1991. Fotografía procedente de
WikipediaMientras ocurría todo esto, la actualidad informativa que llegaba del Este desafiaba los planteamientos maniqueos todavía muy reforzados, si cabe, por la cercanía de la extinta guerra fría. La desintegración de la URSS, que se inició con el fracasado golpe involucionista de agosto, en 1991, fue demasiado para los medias audiovisuales. A pesar de que la cobertura del golpe fue una demostración espectacular de la capacidad de directo que tenía la televisión, lo cierto fue que en comparación con los entresijos políticos de la caída de Gorbachov y la aparición de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), los misterios de la revolución rumana eran una incógnita menor. Rápidamente se perdió la noción clara de quiénes eran los "buenos" o los "malos", se conocía poco a los protagonistas: la cobertura de la crisis georgiana, en enero 1992 se redujo a Gamsajurdia y "la oposición". Por otro lado, eran muy contados los informantes directos en el núcleo de los grandes cambios. En cualquier lugar del enorme tablero post-soviético podía saltar la liebre. Un ejemplo: ¿cuántos enviados de la prensa occidental estaban en la ciudad de Minsk el 9 de diciembre de 1991, para informar sobre el final de la URSS? Aún así, los medios tecnológicos existentes lograban suministrar cobertura informativa directa en la mayor parte de los casos. Lo malo era que apenas había tiempo y posibilidades de analizarla, con lo cual la noticia quedabas inutilizada al no servir para entender el fenómeno del que formaba parte.
En consecuencia, la guerra de Bosnia fue abordada por los medios de comunicación occidentales con un mayor entusiasmo, si cabe, que la de Croacia. Allí los campos estaban bien delimitados y las diferencias entre unos y otros quedaron cada vez más marcadas conforme salían a la luz las salvajadas protagonizadas por las tropas serbias, sobre todo la "limpieza étnica", con su secuela de refugiados, los campos de concentración y las violaciones masivas de mujeres musulmanas. Pero sobre todo, la Sarajevo asediada y bombardeada se convirtió para los medias en el gran símbolo de la guerra en Bosnia. La odisea de la población civil, el carácter multiénico de los defensores, su calidad de capital y sobre todo el hecho de que era una ciudad europea asediada por una especie de trogloditas, eran imágenes muy claras que los medios de comunicación, y especialmente la televisión, podían explotar a fondo. A cambio, otras ciudades igualmente asediadas y más castigadas que Sarajevo hubieron de resignarse a ocupar sólo ocasionalmente la atención informativa. El caso de Mostar fue especialmente sangrante.

En el comic de Hermann:
Sarajevo - Tango, los serbobosnios era representados como poco menos que meros trogloditas.
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En general, los medios de comunicación occidentales recuperaron en estos conflictos, así como en las transiciones protagonizadas por otros estados de la zona, las mejores tradiciones del "periodismo balcánico" decimonónico. Como en los tiempos de los filohehelenos o de Januarius MacGahan, e incluso de los pintorescos reporteros de los años treinta del siglo XX, los Balcanes seguían siendo lo suficientemente exóticos manteniéndose más cercanos que nunca del centro de Europa. Por otra parte, a diferencia de otras muchas crisis contemporáneas, los conflictos balcánicos (sobre todo los yugoslavos) tenían una explicación en la que los reporteros podían explayarse: la Historia.

El periodista americano Januarius MacGahan (1844-1878) dio forma a un tipo de
reportaje tremendista sobre los conflictos balcánicos, con gran capacidad de impacto político, que más de un siglo más tarde seguían calcando los enviados especiales a la zona con motivo de las guerras yugoslavas
Ese recurso no podía aplicarse a la desintegración de la URSS (debida genéricamente "al fracaso del comunismo") ni a las guerras o independencias que siguieron en su periferia. Hacía demasiados años que no tenían lugar conflictos en una Armenia, una Georgia, un Azerbayan o una Chechenia independientes. Además, ese era "aún" territorio ruso. La independencia de Ucrania era un fenómeno político con más proyección hacia el reordenamiento geoestratégico del siglo XXI que con raíces en un pasado reciente. Tampoco se utilizaba la historia para explicar los nuevos conflictos en el mundo árabe, entre otras cosas porque resultaba difícil resumir esa cultura o el contenido del universo musulmán. Lo mismo ocurría en Camboya y por supuesto en Somalia o Ruanda. En cambio, la historia servía para describir los procesos políticos en Rumania y Bulgaria, siempre que el reportaje se centrase en los problemas de unos y otros con los húngaros y los turcos o las supuestas tradiciones políticas de búlgaros y rumanos, huyendo del análisis de la estructura política y social, real y actual. Ni que decir tiene que en los conflictos en las repúblicas ex-yugoslavas eran el centro de tales recursos argumentales. Los odios eran eternos, el retorno del pasado resultaba evidente.
En realidad, tales argumentos eran útiles para vender el producto informativo a nivel de gran consumo de masas, pero no como razonamiento realmente convincente en una información de cierta calidad. El hecho de que los mismos balcánicos, impregnados de la propaganda de sus respectivos regímenes nacionalistas, recurrieran machaconamente a las tragedias remotas de su historia no era una excusa sostenible. Muy al contrario: era un síntoma que debería haber levantado sospechas sobre la autenticidad de los argumentos ofrecidos por las partes en conflicto. A comienzos de los años noventa, los sistemas comunistas se habían hundido y no existían ideologías alternativas. Por tanto, en toda Europa del Este se produjo un fenómeno característico de las sociedades en transición: el retorno al pasado. En medio de ello, los analistas de tendencias historicistas olvidaban aquellos datos de la historia que no encajaban en el esquema porque no eran precedentes de la actualidad, y el ejercicio resultaba muchas veces tan forzado como si en 1940 un periodista extranjero intentase explicar la guerra civil española con los recursos historiográficos que manejaba la propaganda franquista referidos a la Cruzada o los Reyes Católicos. El resultado solía ser esperpéntico, como cuando en diciembre de 1991 el semanario "Newsweek" advertía que el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Hans Dietrich Genscher, era el objetivo de un grupo de terroristas serbios. Nuevamente Gavrilo Princip, Sarajevo-1914 y la paz mundial en peligro.

Lord Byron como personaje de "
The Invisibles", comic de culto (1994-2000) sobre guión de Grant Morrison
Pero, por supuesto, la máquina era imparable. Incluso algunos conocidos intelectuales occidentales que intentaron destacarse en la guerra de Bosnia resultaron aplastados por la mediocridad de la información de consumo. El Byron fallecido a causa de una neumonía luchando por su causa filohelena había sido reemplazado a fines del siglo XX por otro tipo de Byron, electrónico e inoxidable y carente de finura literaria. Los mitos que los intelectuales nacionalistas balcánicos del siglo pasado habían ido acuñando artesanalmente y que de igual forma fueron absorbidos por sus congéneres occidentales o por la prensa de masas, eran ahora producidos en serie, pulverizados y amasados industrialmente por los modernos medios de comunicación hasta generar un verdadero "lenguaje de madera". Cuando el medio televisivo comenzó a hablar rutinariamente de "Rusia, aliado natural de los serbios" no sólo se ignoraba el pasado, incluso el más cercano. En palabras de un avezado analista de la zona, la insistencia en esa idea era "una broma lamentable". Durante la mayor parte de la historia serbia, Rusia había conspirado contra ella y "todos los generales yugoslavos que lidian las guerras balcánicas fueron entrenados precisamente para oponerse a una invasión rusa". El mito de la "alianza natural" ignoraba la espectacular ruptura entre Moscú y Belgrado de 1948, sin ir más lejos. Pero también los datos de la actualidad: aunque habían existido estrechos contactos entre Moscú y Belgrado, durante las fases iniciales de las guerras de secesión los rusos habían vendido armas en Bosnia a los serbios, pero asimismo a los musulmanes y a los croatas. La cantidad destinada a los serbios era mucho mayor, entre otras razones porque resultaba más fácil hacerlas llegar a su zona y podían pagarlas mejor. Pero con los croatas los rusos se mostraron más generosos y les proveyeron de misiles estratégicos SA-10 "Grumble" en una de las más escandalosas violaciones del embargo de armas y de aparente traición moral a los aliados "naturales".

Durante las fases finales de las guerras de secesión yugoslavas, los rusos no mostraron ningún complejo a la hora de vender misiles antiaéreos estratégicos S-300 (también conocidos como SA-10) a los croatas, que para la prensa occidental eran "enemigos naturales" de los "aliados naturales" de Rusia, esto es, los serbios
En realidad, el argumento central que se fue imponiendo conforme se prolongaba la guerra en Bosnia, era el de la necesidad de implicar directamente a Occidente en los Balcanes, como única solución a sus crisis. La reacción no era nueva, al revés: ante una guerra civil las potencias de la época siempre se plantean si deben intervenir o no: desde la Guerra de Secesión norteamericana a la de Nigeria, pasando por la española, la mejicana, la rusa, las de China y tantas otras. Ya durante la revolución en Rumania, en 1989, se había producido un breve impulso en tal sentido cuando los medios de comunciación recogieron la especulación del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Roland Dumas, sobre la posibilidad de formar una brigada internacional de voluntarios para defender al nuevo régimen en el caso de una guerra civil contra los partidarios de Ceauşescu. Pero en Croacia primero y sobre todo en Bosnia-Hercegovina meses después, la presión se hizo obsesiva. Desde el campo de los medios de comunicación había varias causas para ello.
La primera surgía de la lógica del mensaje informativo desarrollado a partir de 1989 y ya explicada más arriba. Si con la derrota del comunismo sólo quedaba el Bien en el mundo, ¿cómo podía ocurrir un contrasentido como el de las guerras en la ex-Yugoslavia? Si esa aberración se toleraba es que el razonamiento original fallaba: en 1989 no había triunfado el Bien. Y eso resultaba, para muchos, profundamente desconcertante. En el fondo, éste tipo de argumentación fue la que posibilitó que incluso una proporción significativa de pacifistas se reconvirtieran en "belicistas bienintencionados" y recomendaran apasionadamente la intervención militar occidental en Bosnia. Eso recordaba otros momentos históricos pletóricos de peligroso chauvinismo europeo, como cuando en 1914 izquierdistas y pacifistas de las potencias continentales marcharon con la derecha en "uniones sagradas" para combatir en la Gran Guerra. Aquí también jugaba la tendencia egolátrica que venían experimentando los medios de comunicación desde 1989: aún podían seguir influyendo en los acontecimientos históricos como habían hecho en Berlín. Y de paso, adulaban los sentimiento eurocéntricos del espectador occidental. De hecho, el tono enfático empleado por muchos medios de comunicación difería muy poco del utilizado por la prensa del siglo XIX cuando clamaba por las intervenciones de las potencias en Grecia, en el Imperio otomano, en Bulgaria o, después, en Africa y Asia, para remediar los entuertos que entonces parecían amenazar a la sociedad occidental o afrentas que parecían intolerables para el orgullo europeo.

Durante las guerras de secesión yugoslavas, el "intervencionismo humanitario" era una postura supuestamente progresista, expresada muchas veces en términos de inapelable exigencia moral. Un buen ejemplo son algunas de las historietas recogidas en el libro de comics
Como perros! de Max (seudónimo de Francesc Capdevila)
La segunda explicación de la presión intervencionista en los Balcanes surgía de la misma esencia de lo que son los medias: un negocio que vende noticias para lo cual se ha de saber explotar el mercado. Sólo por las cifras que se barajan, los medios de comunicación no son inocentes. En 1990, la economía de la información y la comunicación mundial representó una cifra de negocios global de 1.185 millones de dólares, es decir, más de un billón de dólares. De ellos, 500.000 correspondían a los EEUU, 264.000 a la Unión Europea, 253.000 al Japón y sólo 150.000 al resto del mundo. Por tanto, si un acontecimiento se convierte en un filón informativo hay que saber continuar con su explotación, en la que se invierten importantes cantidades. En ese contexto, las guerras en la ex-Yugoslavia se convirtieron en un producto de primera calidad. Pero la reiteración sobre una noticia determinada produce el efecto de sobreinformación: el espectador se satura. En consecuencia se replantea la rentabilidad de la información ofrecida, evitando cambiar o matizar los papeles previamente repartidos según los bandos en conflicto. En el caso de Bosnia, al cabo de un tiempo de mostrar imágenes estremecedoras, el paso siguiente fue apostar al alza por un "happy end" contundente. A esto contribuyó el "síndrome de la Guerra del Golfo": si la victoria contra la "cuarta potencia militar" del mundo, como se calificó exageradamente a Irak, se había logrado con un puñado de bajas propias, era inconcebible que no se intentara lo mismo con los anticuadas milicias serbias.
El tercer argumento intervencionista era menos confesable y éste sí que era un viejo mecanismo histórico superviviente. Como en el siglo XIX, pero ahora con mucha más experiencia y medios, los dirigentes políticos e intelectuales balcánicos habían demostrado una vez más su capacidad para implicar a las potencias occidentales en sus disputas. De la misma forma en que se hizo en varias ocasiones entre 1821 y 1914, desde los Balcanes se emborrachó a Europa occidental de historia. Basta leer el provocativo libro de un periodista tan agudo como Xavier Gautier, para asombrarse de la facilidad con la que serbios y croatas contagiaron sus delirios históricos a los estadistas y diplomáticos franceses y alemanes que en un momento dado terminaron por echarse a la cara sus respectivas experiencias anteriores a 1945. La pervivencia de este mecanismo no reflejaba tanto una innata capacidad de los balcánicos para la astucia y el engaño (inexistente, por otra parte) como la autosuficiencia occidental, que seguía representando a las sociedades balcánicas como en el siglo XIX. Dicho de otra manera, los Balcanes habían cambiado; lo que no había evolucionado era la percepción que se tenía de ellos y su historia desde Occidente. Etiquetas: comics, Croacia., guerras yugoslavas, Medios de comunicación, política informativa, ultraderecha europea
Srebrenica, una pequeña localidad de la Ruanda global

La célebre foto satélite que, por primera vez, parecía indicar el emplazamiento de una fosa común en Srebrenica, julio de 1995
En este blog se ha escrito en varias ocasiones en relación a la tragedia de Srebrenica y también sobre su manipulación por parte de medios de comunicación y opciones políticas varias en diversos países. El lector sólo tiene que pulsar sobre ese nombre en la lista de etiquetas que incorpora este post, para acceder a tales ejemplos. A fuerza de recurrir una y otra vez a la tragedia, de publicar los mismos datos, de hacer las mismas alegaciones, de mantener en pie los mismos olvidos, Srebrenica se está desgastando. Esto quiere decir que lleva camino de convertirse en un concepto vacío, un recuerdo cada vez más abstracto, por alejado de su contexto, de lo que significó, de quién tuvo la culpa por activa pero también por pasiva, de quién calla y por qué. Una vez más, cada vez más, los locutors y presenrtadopres volveran a trastabillar y equivocarse en los nombres de lugares y personas: pronunciarán "Srebrenika" o mencionarán al general "Maldic". Por el momento, Srebrenica, la Srebrenica de la prensa, es más un producto político que un acontecimiento histórico entendido y explicado.
Este año, como otros, la prensa volverá a derramar sus lágrimas por Srebrenica (a veces, de cocodrilo), una vez más pondrá a la misma altura a los cascos azules holandeses y a los soldados serbobosnios, evitará hacer ni la más breve referencia al papel de Naser Orić y por supuesto, nadie escribirá ni media línea sobre la caída del enclave de Žepa, que siguió en pocos días al de Srebrenica. Se volverá a hablar del general Mladić y de Karadžić, quizás incluso de Milošević, con el ya eterno debate sobre si sabía o no lo que iba a ocurrir aquellos en fatídicos días de julio de 1995. Nadie se preguntará si lo mismo ocurría en el Pentágono o la Casa Blanca.

Localización de zonas de genocidio en Ruanda por foto satélite de cambios en vegetación,
colina de Bisesero. Los círculos verdes señalan áreas probables, la roja es confirmada
Pero uno de los aspectos más escandaloso de lo acaecido en Srebrenica tuvo que ver con lo ocurrido un año y medio antes, 16 meses, para ser exactos. A tan sólo ese breve espacio de tiempo había tenido lugar uno de las tres o cuatro peores genocidios del siglo XX. Pero los mismos medios de comunicación que tantas volteretas dieron por Srebrenica, lo metieron debajo de la alfombra. Madeleine Albright, que tanto se esforzó para dar publicidad a lo que había ocurrido en Srebrenica (fue uno de los primeros policy makers en obtener beneficios políticos de la tragedia) fue la misma persona, el mismo cargo (embajadora de los Estados Unidos ante la ONU) que se esforzó por retirar las tropas de los cascos azules de Ruanda cuando empezó el genocidio. Eso se aprobó el 21 de abril de 1994 en el Consejo de Seguridad: sólo quedaron en Ruanda 250 soldados, incapaces de hacer nada para evitar la matanza. Los únicos que sobre el terreno reclamaron enseguida el regreso de los cascos azules fueron los embajadores de Checoslovaquia, Nueva Zelanda y España.
Y fue la misma Madeleine Albright la que, ya en mayo, luchó con uñas y dientes para retrasar todo lo posible el envío de un nuevo contingente cuando ya se contaban en decenas de miles los hombres, mujeres y niños asesinados. Ante tanta parsimonia, ocho estados africanos se ofrecieron a formar una fuerza de pacificación, pero con la condición de que los Estados Unidos aportaran algunos medios blindados. Washington aceptó, pero decidió adquirir el material a las Naciones Unidas –no a los estados africanos intervinientes- a fin de enjugar sus cuantiosas deudas con la organización. Entonces siguió un interminable regateo. Cuando concluyó, resultó que no había aviones de transporte disponibles para llevar los vehículos hasta Ruanda. Mientras tanto, a mediados de junio aún llegaban armas francesas para el gobierno hutu, al tiempo que la ONU daba luz verde a la equívoca Operación Turquesa. Esa intervención unilateral francesa permitió, según un experto en la materia, que la matanza se prolongara todavía durante un mes más y que al final, los responsables políticos del genocidio se refugiaran en Zaire, junto con numerosos seguidores bien pertrechados de armas.

Medeleine Albright, una de las personalidades más controvertidas de la última década del siglo XX: su actuación en Bosnia y Kosovo fue totalmente opuesta a la que desarrolló en Ruanda
Todo esto ocurría en la primavera de 1994, cuando los medios de prensa occidentales estaban obsesionados por la guerra de Bosnia. Fallaron estrepitosamente en Ruanda: no sólo no evitaron lo que sucedió, informando con detalle de lo que ocurría, analizando lo que se preparaba, sino que ni siquiera supieron lo que estaba ocurriendo. Y todo ello ocurría a sólo un lustro de la caída del Muro, cuando se popularizó la boutade: "Cámaras que circulan libremente igual a democracia total". Una frase que comenzaba por ser irreal en los mismos países occidentales, cuna de la democracia liberal parlamentaria. En Ruanda, sólo operaron tres grandes agencias, dos de ellas francesas: AFP y RFI, y su país de origen estaba profundamente comprometido con el régimen radical hutu. La tercera agencia presente, la mayor parte del tiempo, fue BBC. Pero durante los meses del genocidio sólo trabajaron sobre el terreno un puñado de periodistas occidentales, porque de hecho, extrajeron del país a sus reporteros nada más comenzar el genocidio y sólo retornaron cuando estaba concluyendo. Los que salieron del país con material gráfico de las primeras masacres apenas lograron vender ni una foto en Europa. Tal fue el caso, por ejemplo, de Patrick Robert, de Sygma Corbys Agency. Por otra parte, aunque ni los interahamwe y civiles colaboracionistas no se escondían para cometer sus crímenes, sólo existe una breve filmación, realizada por el cámara británico Nick Hughes en abril de 1994.
El tratamiento informativo de lo que ocurría fue erróneamente enfocado o simplemente equivocado. Así, las matanzas se presentaron como una continuación de las que comenzaron en 1959, es decir, algo “propio” o “natural” de los odios interétnicos ruandeses, explosiones de furia incontrolada o matanzas derivadas de cualquier guerra civil, especialmente en África. Pero sobre todo, el catastrófico fallo profesional de los media occidentales fue su obsesión con la guerra de Bosnia que se desarrollaba paralelamente por aquellas fechas. Ruanda no interesaba, no vendía como noticia, no cubría gastos; Bosnia, si.

Una de las muy escasas fotografías existentes de víctimas del genocio ruandés, tomada por el mayor Stevn Stec de la UNAMIR, en la parroquia de Gikondo, Kigali. Era en los primeros momentos de la matanza. Aquí, close up de niños asesinados
Un detallado estudio sobre la responsabilidad de los medios de comunicación en el genocidio ruandés especifica que en todo el año 1994, “Le Monde” publicó 1.655 artículos sobre Bosnia y sólo 576 sobre Ruanda, y eso teniendo en cuenta que Francia era una potencia directamente implicada en lo que ocurría allí. Aún así, ese medio millar de piezas estaban dedicadas a temas como la evacuación de los colonos europeos y la epidemia de cólera en los campos de refugiados hutus en Zaire (junio-julio). En torno a un 60% de esos artículos eran piezas cortas, apenas despachos de agencia y no estaban firmados por reporteros o analistas de “Le Monde”. Y todo ello, a despecho de que, desde una fecha tan temprana como el 25 de mayo, el Comité de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos definió lo que estaba ocurriendo en Ruanda con el término preciso de “genocidio”.

Otra fotografía de la misma serie, que se puede encontrar en la web de la investigadora
Linda Melvern Más allá de Bosnia, los temas que acaparaban la atención de las grandes agencias de prensa fueron el proceso contra O. J. Simpson en los Estados Unidos, la muerte del piloto de fórmula 1 Ayrton Senna (1º de mayo, en el Grand Premio de San Marino) y las primeras elecciones multirraciales en Sudáfrica, que celebraban el definitivo final del apartheid. En 1990, el gobierno del Partido Nacional, el de la superioridad de la elite blanca, había levantado la prohibición existente sobre el Congreso Nacional Africano, fundado en 1932 para defender los derechos de la mayoría negra. Tras esa larga marcha de luchas, huelgas y protestas, Nelson Mandela, su mítico líder, fue puesto en libertad en ese mismo año de 1990, tras 27 de reclusión. Cuatro años más tarde, mientras tenían lugar las masacres de Ruanda, el Congreso Nacional Africano ganó las elecciones por abrumadora mayoría, y Nelson Mandela, convertido en Premio Nobel de la Paz en 1993, se convirtió en el primer presidente negro de la República de Sudáfrica. Ésta si era una noticia relativa al continente negro apreciada por los grandes medios de comunicación occidentales porque parecía reflejar, sin género de dudas, el nuevo imperio de la democracia, el triunfo del Bien sobre el Mal y del “nuevo orden” tras el final de la Guerra Fría.
Por lo tanto, el desinterés de las agencias de noticias occidentales por el genocidio ruandés estuvo muy directamente relacionado con los escándalos que las grandes potencias deseaban ocultar. El jefe del contingente militar de la ONU en Ruanda (UNAMIR), el general canadiense Roméo Dallaire, envió en enero de 1994 un fax urgente al Departamento de Operaciones de Pacificación de la ONU, en el que solicitaba protección para un valioso confidente que le estaba suministrando detalles sobre cómo se desarrollaría el genocidio y diversas acciones de provocación contra soldados de las fuerzas internacionales. En Nueva York se hizo caso omiso de las revelaciones de Dallaire, y dado que estaba en marcha la aplicación de los acuerdos de Arusha, se le recomendaba advertir al presidente Habyarimana sobre una situación dado que debía suponerse “que no tenía conocimiento de tales actividades”.

El general canadiende Roméo Dellaire, comandante en jefe de la misión UNAMIR cuando comenzaba el genocidio. Fue aclamado como un héroe, al contrario de su compatriota y colega Lewis MacKenzie, al que se le montó una campaña difamatoria en Bosnia
La cuestión es que belgas, alemanes, británicos y norteamericanos tenían una red de agentes suficientemente informados sobre lo que iba a ocurrir. Los franceses tuvieron un protagonismo siniestro. Su implicación en la defensa del régimen dictatorial ruandés fue profunda, hasta el punto de saltarse los acuerdos de 1975, firmados por ambos países, que prohibían la participación de tropas de ese país europeo en cualquier contienda civil ruandesa o en operaciones policiales. De hecho, Paris envió enormes cargamentos de armas –incluso durante las matanzas de 1994, y hasta el 16 y 18 de junio- instructores, controladores de tráfico aéreo u oficiales de inteligencia que interrogaban a los prisioneros del FPR. También llegaban arsenales desde Egipto y Sudáfrica.
Por supuesto, el genocidio estaba preparado desde hacía tiempo. Incluso se habían importado miles de machetes, comprados en China, para distribuirlos entre la población por si faltaban. El plan consistió en llevar a cabo las primeras acciones mediante los escuadrones de la muerte y paramilitares, las denominadas milicias interahamwe, que daban ejemplo e incluso aleccionaban a la población civil. Pero después, el grueso del esfuerzo genocida fue dejado en manos de los campesinos y población civil hutu en general. Alcaldes, concejales, burgomaestres y autoridades locales dieron la orden y coordinaron las matanzas en cada aldea o comarca, de forma muy general. Después, los campesinos armados formaron grupos espontáneamente que eran liderados por alguno vecino. No existió un método bien elaborado; en palabras de un campesino participante en las matanzas: “La única forma era seguir hasta el final, conservar un ritmo satisfactorio, que no se escapase nadie y poder saquear todo lo que encontráramos. Era imposible meter la pata”. De esa forma, y por ejemplo, según calculó el periodista francés Jean Hatzfeld, que entrevistó a diversos participantes en el genocidio, entre el lunes 11 de abril a las once de la mañana y el sábado 14 de mayo a las dos de la tarde, milicianos y vecinos hutus de la comuna de Nyamata asesinaron a machetazos a unos 50.000 tutsis de una población total de 59.000, en jornadas que iban de las nueve y media de la mañana a las seis de la tarde (Una temporada de machetes, 2003).

Característico machete ruandés, utilizado comúnmente para labores agrícolas. Fue el arma principal con el que se cometió uno de los genocidios más eficaces de la Historia.
Fotografía de Rudy Brueggemann, 1997El trabajo de matar a machetazos resultaba arduo, pero las autoridades insistieron en que todos los vecinos debían participar cotidianamente en las masacres; caso contrario, eran multados. Los que no podían, por limitaciones físicas o enfermedad, debían pagar a otros para que lo hicieran por ellos. Incluso se dio el caso de colectas para pagar a milicianos interahamwe a fin de que terminaran con la tarea de liquidación en algunas zonas determinadas. La implicación de la práctica totalidad de la población masculina en el genocidio obedecía al hecho de que éste se estaba llevando en una sociedad campesina: no había falta llevar a cabo la compleja tarea de identificar a las víctimas y concentrarlas para liquidarlas después. En el campo ruandés, los hutus mataron a los vecinos que conocían de toda la vida y fueron a buscarlos a sus escondites, en regiones que no tenían secretos para ellos.
De todas formas, no fue sólo cosa de campesinos; en el genocidio tomaron parte personalmente profesores, autoridades locales, médicos e incluso sacerdotes. Lo que buscaban los organizadores de las matanzas era conseguir la complicidad total de la masa de la población, que nadie se desentendiera de la masacre. Además, era el único medio de alcanzar una “solución final”, dado que ni el ejército ni las fuerzas de seguridad ni las milicias hutus disponían de medios sofisticados para llevar a cabo el genocidio. Las matanzas siguieron el ritmo sistemático de los cultivos de temporada. Y el resultado fue devastador. Como argumenta Jean Hatzfeld, tuvo un rendimiento superior al genocidio judío y gitano, pues se logró asesinar a 800.000 víctimas en doce semanas. En pleno año 1942, el régimen nazi no consiguió alcanzar tal eficacia en víctimas por día, ni en el territorio de Alemania ni en el de los 15 países ocupados.

Puesto de control en Kigali. Paramilitares hutus armados con machetes. En estos checkpoints se cometieron numerosos asesinatos. como se puede constatar, no todos los genocidas fueron campesinos: incluso gente bienestante empuñó el machete o armas similares y se lanzó a la masacre
Todo eso ocurrió a poco más de un año antes de Srebrenica. Pero por entonces no se le dedicó demasiada atención. Y mucha menos después. Tanto es así que escogí el aniversario de la tragedia de Srebrenica para recordar el genocidio de Ruanda. A pesar de que los muertos no fueron europeos, ni blancos, ni musulmanes. Eran católicos, tanto ellos como los verdugos. Y miles de ellos murieron en iglesias donde buscaban refugio. A eso precisamente hace alusión el título de uno de los libros más célebres sobre el genocidio, el del periodista del “New Yorker”, Philip Gourevitch: Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, (Destino, 1999). Así comenzaba la carta que cuatro pastores adventistas enviaron al presidente de la iglesia de Mugonero, el también pastor adventista Elizaphan Ntakirutimana, acusado de inducir (o al menos consentir) en al asesinato de varios miles de tutsis que se habían refugiado en el templo y el hospital, el 16 de abril de 1994. Se habla de 8.000 personas asesinadas, pero poco importa el número exacto que, en todo caso, es una centésima parte de las víctimas totales.
Tras la tragedia de Srebrenica se volvió a escuchar muchas veces el “Nunca más” que se popularizó tras el Holocausto judío. En 1993, un año antes de la tragedia de Ruanda, se había inaugurado el Museo del Holocausto en Washington. En la ceremonia, el presidente Clinton lo describió como “una inversión en un futuro seguro contra cualquier locura que pueda acecharnos”. En la tienda del museo, a un dólar, se pueden comprar pins con la inscripción: “Recuerda” o “Nunca más”. Y sin embargo, tan sólo un año después tuvo lugar el genocidio en Ruanda. Para cuando sucedió lo de Srebrenica, ya nadie se acordaba del cercano e inmenso precedente. Si Theodor Adorno dijo que después de Auschwitz ya no se podían escribir poemas, entonces, tras de las matanzas de Ruanda, no deberíamos volver a ver telediarios. Porque el hecho es que ese genocidio demostró que cabe esperar cualquier cosa una vez más, que los gobiernos pueden ser hoy tan cómplices de la aberración como lo fueron en otras ocasiones en la reciente historia y que, sobre todo, los medios de comunicación no son los testigos que nos defenderán, no son los mensajeros que nos advertirán; incluso puede ocurrir que George Orwell tuviera demasiada razón, y las hemerotecas ni siquiera guarden memoria de sus propios errores. 
Mapa de Ruanda en el que están señalados los lugares donde se produjeron las principales matanzas en los 100 días que duró el genodicio
Una temporada de machetes, por Jean Hatzfeld (Anagrama, Barcelona, 2004)
(Fragmento, pags. 114-118)
“Las personas que han pasado por una guerra cuentan con frecuencia historias admirables de amistad, idilios increíbles, gestos insólitos de solidaridad, graciosas y patéticas complicidades entre protagonistas de campos enemigos o hazañas hermosas y sencillas. Y con todo eso se hacen novelas, canciones, películas o veladas de recuerdos que lo reconcilian a uno con la humanidad.
Por ejemplo, los soldados rasos alemanes y franceses que intercambian latas de pâté y charlan de trinchera a trinchera; los colonizados independentistas que esconden a los colonos con los que jugaban a las cartas; un ministro del régimen de Vichy que libra de la deportación a un colega por una antigua complicidad cuando estudiaban juntos en la Escuela Normal. Lo mismo sucedió en Vietnam, en Irlanda, en elLíbano, en Angola, en El Salvador, en Israel, en Chechenia en nombre de una pasión, de una infancia compartida, de un clan, de cosas sencillas tales como el afecto o la fidelidad.
En Bosnia-Hercegovina, en el momento cumbre de las operaciones de limpieza étnica, en pleno sitio de Sarajevo o de Goražde, en plenas carnicerías de Foča y de Brčko, sabíamos de enamorados que cambiaban de zona clandestinamente, de tráfico de café y de ovejas, de charlas por encima de las líneas del frente para contarse noticias de los hijos o de las amantes, de escondrijos, de huidas y de reencuentros secretos. En Vukovar, sitiado y bajo una lluvia de de obuses, un delgado sendero entre los maizales facilitaba un goteo de sitiados, circunstancia que los servidores de los carros de combate serbios no ignoraban.
Y al final de la guerra, nos quedamos pasmados cuando nos enteramos, además, de las mil y una anécdotas simpáticas que no podíamos ni sospechar.
En la comuna de Nyamata [Ruanda] no se dio ni una chispa de camaradería entre futbolistas, ni un detalle compasivo con los recién nacidos tirados. No persistió ni un nexo de amistad o de amor en el seno de algún coro de iglesia, de alguna cooperativa agrícola. Nadie se rebeló en ninguna aldea, ninguna pandilla de adolescentes hizo un intento.
Ninguna organización clandestina para facilitar la huida, que habría sido tan fácil organizar por los cuarenta kilómetros de gigantescas selvas desiertas que separan los pantanos de la frontera con Burundi; ningún convoy, ninguna evasión organizada por caminos de pastores, ninguna red de escondrijos que permitiera evacuar a los supervivientes. ¿Reside en esto la peculiaridad de un genocidio? Sí en esencia, sin que lo desvirtúen las excepciones demasiado escasas que pueden darse acá o allá.
Hay que insistir en esta peculiaridad, importante hoy en día: mientras que la palabra genocidio tiene cada vez menos sentido, los políticos, los periodistas y los diplomáticos al emplean a más y mejor en cuanto se refieren a matanzas en masa o crueles.
De todas las guerras nacen tentaciones salvajes más o menos mortíferas. El delirio sanguinario de los combatientes, el deseo de venganza, el desvalimiento, el miedo, la impresión de abandono, la euforia de las victorias o la angustia de las derrotas, la paranoia y, ante todo, la sensación de condena posterior al crimen traen consigo conductas y actos genocidas.
Es decir, el hecho de estar harto o el pánico o el deseo de acabar de una vez. Y, en consecuencia, surgen carnicerías de civiles o de prisioneros, campañas de violaciones y torturas, deportaciones letales, devastación por los cuatro costados. Pueden también darse acciones no militares: vertidos de pesticidas en los ríos, rebaños de bisontes diezmados, conversiones forzadas a religiones y culturas ajenas.
Pero confundir estos crímenes de guerra –incluso cuando, en su demencia colectiva, pretenden domeñar a una comunidad civil- con un proyecto explícito y organizado de exterminio es una confusión intelectual y política sintomática de nuestra cultura del sensacionalismo.
¿No es ésta diferenciación mera cháchara retórica?¿Es posible percatarse de un genocidio dentro del caos de una guerra? Hay una pregunta sencilla y definitiva que permite responder a ello: ¿en qué víctimas se ceba más la muerte?
En la guerra, los primeros en morir son los hombres, puestos que son los más aptos para el combate; luego, las mujeres que están en condiciones de ayudarlos; y los muchachos, porque toman el relevo; a continuación, los ancianos, que aportan consejos. En un genocidio, la muerte se ceba por igual en todos, y aún más en los niños pequeños, en las muchachas y en las mujeres, porque representan el futuro.
Un ejemplo tomado de Srebrenica (que conozco mejor) aunque podría también ser de Katyn, Grozny, My Lai, Basora o Chatila.
El 11 de julio de 1995, el ejército y las milicias serbias de Bosnia entran en la ciudad sitiada. Parte de la población intenta huir por los bosques; otra, intenta refugiarse en el campo de la ONU en Potocari. En el plazo de tres días, apresan por la zona alrededor de 8.000 hombres, civiles en su mayoría, llenan camiones con ellos, los arrojan en los campos de labranza y en los caminos y los asesinan con metralletas o con Kaláshnikov. Humillan y torturan sádicamente a cientos de ellos antes de matarlos. A algunas mujeres, a las que detienen por los caminos, las violan; a otras, que cruzan por los campos de cultivo con sus hijos, las matan o las mutilan con minas o granadas.
Simultáneamente, evacúan sanos y salvos a la casi totalidad de las mujeres, muchachas y niños, alrededor de 16.000 personas, a Tuzla, en territorio bosnio. La matanza de Srebrenica obedeció a una planificación inaudita. La idea del genocidio cruzó por las mentes de los nacionalistas serbios de Pale y Belgrado; pero, si hubieran decidido llevarlo a cabo, habrían ametrallado de forma sistemática a las mujeres y a los niños, que perpetúan la vida de su comunidad, en Foča, en abril de 1992 y, luego, en Srebrenica, en julio de 1995.
Dicho lo cual, ¿no es acaso ocioso establecer diferencias entre matanzas cuando son de tal envergadura?¿No es acaso imprudente ponerles calificativos a episodios de una historia siempre en marcha? ¿No es acaso inconmensurable el dolor de las víctimas?¿No es acaso tan cruel la barbarie de Srebrenica o de Grozny como la de Nyamata? Lo es para quienes la vivieron. A nosotros nos angustia más la de Nyamata porque fue absoluta.
“Hay guerra cuando unas autoridades quieren derrocar a otras autoridades para ocupar su lugar y disfrutar de él. Un genocidio es una etnia que quiere enterrar a otra etnia. El genocidio va más allá de la guerra porque la intención dura para siempre, incluso aunque el intento fracase. Es una intención final”, dice la campesina Christine Nyiransabimana. Llama la atención esa referencia a la solución final”
El libro de Jean Hatzfeld se basa en una serie de largas y prolijas entrevistas a diez campesinos hutus que participaron activamente en las masacres de tutsis cometidas en la provincia de Nyamata, en 1994: Joseph-Désiré, Léopord, Élie, Fulgence, Pio, Alphonse, Jean-Baptiste, Ignace, Pancrace y Adalbert. Al final de la obra, casi todos aceptaron posar en una foto colectiva, "para que lector pudiera poner cara a los relatos", según el autor.
Etiquetas: cascos azules, genocidio ruandés, Madeleine Albright, Medios de comunicación, ONU, política informativa, Ruanda, Srebrenica
Comics y guerras de secesión yugoslavas (1)

Una célebre viñeta de Sacco: el bombardeo del mercado de Sarajevo, procedente de su obra: El final de la guerra (2005)
Hace unos meses, mi amigo Antoni Guiral, editor y experto en teoría del comic, me invitó a impartir una clase en el curso: "Comics en guerra: reflejo y manipulación de los conflictos bélicos contemporáneos en la historieta”,
uno de los 48 que componían la oferta de verano de la Universitat de Barcelona durante el presente mes de julio. Mi intervención, que tuvo lugar el pasado jueves, día 5, versaba sobre los autores que se había centrado en las guerras de la ex Yugoslavia.
Debo decir que acepté el encargo porque la idea me resultó divertida. Por otra parte, ya había prologado anteriormente dos libros de comics de Joe Sacco; y además, Antoni Guiralt me ofreció toda su ayuda, algo que cumplió sobradamente y que fue decisivo, porque mi conocimiento del mundo de la historieta gráfica es la de cualquier aficionado ocasional. Por lo tanto, se ofrece aquí un resumen de las conclusiones e ideas vertidas en esa clase.
El primer objetivo, al que Guiral y yo dedicamos varias semanas, fue identificar qué autores y libros de comics debíamos localizar y escoger. Al final de ese proceso nos quedamos con los trabajos del belga Hermann, el esloveno Tomaž Lavrič, el norteamericano Joe Sacco y el serbio Aleksandar Zograf. En cambio, descartamos obras que sólo se referían tangencialmente a las guerras de la ex Yugoslavia, a veces con fines oportunistas, a fin de aprovecgar el tirón emocional que provocaron aquellos conflictos entre el público occidental. Ese tipo de trabajos abordaban planteamientos simbólicos, reales o falsos, pero poco claros; o bien se centraban en digresiones moralizantes sobre el “intervencionismo humanitario”, tan de moda a lo largo de los años noventa del siglo pasado. En éste apartado entraban, sobre todo: Grendel Tales: Guerra de clanes, de los croatas Darko Macan y Edvin Biuković (publicado en castellano por Planeta De Agostini), así como el volumen: Como perros! de Max (Eds. La Cúpula, 1995). Ambos son trabajos muy meritorios, cada uno en su estilo, pero no se centraban en la dinámica concreta de los conflictos en la ex Yugoslavia.

En
Grendel Tales, los guerreros de estética medio ninja y clanes con nombres extraidos de la topografía croata (Agramitas, Savas...) combatían en interminables guerras tribales del futuro, pero tales argumentos no explicaban lo que había ocurrido en las guerras de la ex Yugoslavia entre 1991 y 2001. En la viñeta, un pastor ante las ruinas de la catedral de Zagreb
Hecha la selección, vino el trabajo de interpretación. El análisis de los comics puede resultar complejo, puesto que deben tomarse en consideración elementos de todo tipo: gráficos, narrativos, y simbólicos; juntos y por separado, dado que el comic los integra en un todo orgánico. Después de darle muchas vueltas, surgieron dos parámetros. En el primero se desarrollaban aquellos conceptos esenciales que pueden encontrarse en las obras de todos o casi todos los autores. De alguna forma, se trataba de descubrir cuál era el perfil común de las guerras de secesión yugoslavas a ojos de los diversos autores de comics que se habían centrado en ellas. A continuación, el segundo parámetro articulaba el análisis de todos los autores a partir de un patrón cronológico, es decir, el orden de aparición de sus trabajos, lo que en parte coincidía con el desarrollo de los diversos conflictos.
1.- El perfil común
En primer lugar, queda bastante claro que los comics no han relatado las guerras de la ex Yugoslavia desde un bando determinado, a diferencia de las preferencias habituales de la historieta clásica centrada en ambos conflictos mundiales, guerra de Corea (e incluso Vietnam) o contienda civil española. En Bosnia o Kosovo no hay lugar para el “bando justo”, parecen decirnos los autores. En último término, el civil que se ve obligado a tomar las armas para defender su ciudad o sufre la violencia de la agresión militar es lo más parecido al héroe. Pero aún así, ese personaje anodino suele aparecer retratado como antihéroe por antonomasia. O incluso como pura víctima. Los ciudadanos de Sarajevo, Gorazde o Pančevo son gente común y corriente que intenta defenderse, a sí mismo y a los suyos o, simplemente, sobrevive como puede.
Los autores tampoco glorifican a los “cascos azules” de las Naciones Unidas como fuerzas de intermediación, ni incluso a las tropas de la OTAN. El tratamiento que reciben suele ser abiertamente sarcástico y hasta despectivo. Llegados a este punto, debe recordarse que actualmente los comics son un reflejo del discurso de los medios de comunicación de masas (especialmente la televisión), el cine y, recientemente, los videojuegos (aunque aquí también existe una clara interacción). Por lo tanto, esa imagen de inutilidad que tienen los “cascos azules” en Bosnia la podemos encontrar fielmente retratada en films como el célebre: “En tierra de nadie” (Danis Tanović, 2000).

La obra del belga Hermann (
Sarajevo - Tango) contenía una corrosiva crítica a las Naciones Unidas y sus tropas. En la viñeta, los cascos azules lucen un remate alegórico a los célebre "pitufos" (
smurfs,
schtroumpfs) del también belga Peyo. Además llevan anteojeras y las ametralaldoras de los vehículos son, en realidad, trompetas. Unos periodistas entrevistan al polémico general canadiense Mackenzie
Así, no es de extrañar que todos los autores terminen reservándole a la prensa un lugar destacado en sus historietas: a veces central, casi siempre positivo y hasta glorioso en ocasiones. El superventas de Arturo Pérez-Reverte, Territorio comanche (1994), una de las obras cumbre de la literatura popular a mediados de los 90, refleja a la perfección esta imagen. El periodista es presentado como alter ego positivo del combatiente, pero con los mismos rasgos épicos: un tipo cansado, desengañado de su profesión y del mundo en general, mal pagado y hasta marginado, que sin embargo sigue adelante por un difuso sentido del deber y el deseo de transmitir la verdad. En cualquier caso, los autores de comics se centran en el reportero de guerra más o menos eficaz o esforzado. Pero le ahorran el tratamiento que se le dedica a los demás protagonistas y evitan historias de reportajes fraudulentos, grandes figuras del “periodismo de hotel” y otras manifestaciones poco honorables de la profesión que también tuvieron excelente ejemplos en las guerras de la ex Yugoslavia.
Visto de una forma sencilla, una de las razones para convertir a la prensa en protagonista central (el bando que lo es sin serlo realmente) reside en que por entonces se le consideraba la “correa de transmisión” que denunciaba públicamente la sinrazón de unas guerras cuyas causas no estaban nada claras, la esforzada heroína que intentaba sacar a la luz la inoperancia de unos y los abusos de los otros. Dado que ni siquiera una visión muy ingenua puede aspirar a que sea creíble tal planteamiento a escala corporativa –los medios de comunicación son, en último término, empresas con intereses propios que se traducen en cifras de pérdidas y ganancias- los autores de comics (y los cineastas, o literatos) se centraron en la figura humana del periodista, adornándola con los atributos del “bad-good boy” de la literatura de serie negra.
Pero existe también una explicación de mucho mayor alcance, que será expuesta en detalle en el próximo post de esta serie.
Etiquetas: Bosnia, comics, guerras yugoslavas, Hermann, Kosovo, Lavrič, Medios de comunicación, Sacco, Serbia, Zograf
Un año y un día

"El lector de periódicos", caricatura del artista iraní
Mohammad Amin Aghaey, reproducido en
Blogs Diario Vasco.com Una prensa libre y eficaz es patrimonio de los países más avanzados socialmente. Pero justamente por ello, ha de estar abierta a las críticas de sus lectores y atenta a ser eficaz, no un mero negocio de compra y venta de noticias y reducto de profesionales rutinarios e inmovilistas
Ayer se cumplió el primer aniversario de esta publicación en red (que ha producido hasta ahora 101 post), y en la cultura de la blogosfera existe la tradición no escrita de que la ocasión se merece algunas líneas. Si tiene lugar, el acto es un poco de perogrullo, porque si se ha llegado hasta aquí es debido a que el invento funciona. Y si es así, a quien le interesa en especial es a su autor. Los lectores ya hacen bastante entrando y leyendo como para tener que compartir satisfacciones vanidosas. Pero quizá vale la pena comentar algunas observaciones, dado que una parte del interés de este blog está centrado en la investigación y la experimentación, el contenido no es casual y las conclusiones son parte consustancial del mismo.
Primero: es una satisfacción comprobar que las premisas iniciales sobre las que se montó el blog siguen incólumes, al menos en líneas generales. Así, en su tratamiento de la actualidad interenacional, la prensa española informa de manera deficiente, el nivel de calidad de las secciones de opinión es bajo, el grado de manipulación informativo resulta excesivo. Evidentemente, estas afirmaciones parten del análisis de un determinado escenario informativo (Balcanes, Turquía, espacio ex otomano) durante doce meses y utilizando como referencia constante dos periódicos españoles: “La Vanguardia” y “El País”. La razón de haber escogido estos dos rotativos es porque, de entre todos los de la prensa española, son los que habitualmente ofrecen una información más continuada y de mayor calado sobre las zonas mencionadas. Es evidente que “El Mundo”, “El Periódico”, “ABC” o cualquier otro, aportan de vez en cuando su granito de arena informativo o algún enfoque original en el análisis de la noticia. Pero, en general, no poseen secciones de información internacional de calidad o capaces de abarcar escenarios remotos por sus propios medios, esto es, sin recurrir a las agencias de prensa. En consecuencia, tienden a ofrecer información muy trillada, errónea o excesivamente sesgada.
De todas formas, el seguimiento de los medios escogidos se ha contrastado con el material informativo y analítico ofrecido por otros medios, incluso extranjeros y, sobre todo, los de aquellos países en los que se focalizaba la noticia: prensa turca, serbia, rumana, bosnia, croata o búlgara, foros y publicaciones en red especializadas en Balcanes, Oriente Medio y Turquía. Y también, ocasionalmente, intercambios de opinión con académicos, periodistas, diplomáticos, analistas y amigos en varios de esos países.
Matizando la aseveración inicial, hay que insistir en que las carencias de “El País” y “La Vanguardia” no son mayores que las de otros reputados medios internacionales. Y las causas de ello también son parecidas. Los problemas parecen deberse a lo siguiente: A) Desorden, descontrol en los respectivos departamentos de información internacional y opinión; B) Mantenimiento de viejos esquemas interpretativos en la redacción; C) Carencia de firmas especializadas; D) Tratamiento informativo sometido a objetivos no siempre lógicos en relación a la línea editorial; E) Falta de corresponsales fijos o tratamiento inadecuado de su labor informativa; F) Dificultades para asumir que en la era de internet no es conveniente mantener los viejos planteamientos informativos e interpretativos.
La primera de las explicaciones o justificaciones es la que se utiliza más a menudo para justificar pifias o fallos en el material informativo cuando éste es evidente. Que es un recurso de emergencia se demuestra por sí mismo, dado que un periódico de relevancia no puede argumentar como si tal cosa que existe tal o cual problema “porque hay mucho desorden en la redacción”. Si no hay orden, hay que imponerlo; y más todavía si el caos es la causa de la mala información. Caso contrario, el lector terminará por no creerse tampoco las trompeteadas estadísticas de ventas en alza y hegemonía absoluta o relativa del periódico que nos las ofrece. Si el desorden es la coartada para los fallos, también se ponen en cuestión los aciertos, que entonces, se supone, serán debidos a la pura chiripa o a la peor calidad (todavía más) de la competencia.
El segundo déficit está relacionado con la inercia mental, y por lo tanto tiene que ver con lo anterior (el desbarajuste, la dejadez) pero también con el resto de los que vienen a continuación. No se trata de dar nombres para perjudicar a personas concretas, pero no es de recibo que en ambientes periodísticos de Turquía sea tradicional el comentario de que veteranos enviados especiales españoles, no hayan cambiando sus criterios ni renovado sus información o sus fuentes en los últimos diez o quince años de viajes regulares a Estambul o Ankara. Eso es serio porque denota laxitud y rutina en las redacciones, tozudez centenaria en los prejuicios y, en conjunto, desinterés por mejorar y ser competitivos. La burocratización informativa es el cáncer de los medios de comunicación y lleva a la parálisis, como tuvimos el privilegio de comprobar en relación a los medios de comunicación del bloque oriental.
Que la información periodística es un producto que se compra y se vende es algo sabido y asumido por todo el mundo, más allá de los dos primeros cursos en las facultades de Ciencias de la Comunicación. Y justamente por ello, seguir ofreciéndole al público el mismo producto durante quinquenios no es garantía de éxito; más bien al contrario. Tampoco resulta muy útil escudarse en que tal o cual país no poseen actualmente importancia informativa. En el actual panorama informativo globalizado, en el cual cada día se manifiestan interacciones hasta ahora no evidentes o en pocas horas una crisis inesperada salta desde el rincón más oscuro del planeta a la primera páginas de todos los periódicos, son esenciales los reflejos para cubrir la noticia y opinar sobre ella. Ahí, y no en el sostenella y no enmendalla es donde se demuestra si un periódico es competitivo o no. Desde luego, enviar “al de siempre” con el reportaje ya escrito en la misma redacción, no es una solución. Y lo que es peor: hasta el lector más zote se percata enseguida de que aquel buen señor no está explicando nada de lo que realmente ocurre.
Oh, la idolatría: es la soberbia o pecado por antonomasia de periódicos enteros. Como muchos otros de los que enumera la Historia Sagrada, está ya algo anticuado. En tiempos lejanos, el periodista sabelotodo, capaz de opinar sobre lo divino y lo humano en cualquier esquina del orbe, era el rey de las redacciones. Hoy sólo lo siguen manteniendo como mascarón de proa algunos periódicos que aspiran a poseer la respetabilidad y prebendas de un ministerio. Algunos articulistas, de notable cultura y ánimo templado, son capaces de responder al reto en pleno siglo XXI; pero son tan pocos que en realidad constituyen la excepción que confirma la regla.
El periodista sabelotodo sufre de una serie de hándicaps acumulativos. Normalmente es un profesional de edad respetable -es el tiempo el que aporta la veteranía- por lo cual, suele acumular puntos de vista ya obsoletos, que él cree todavía le sirven para interpretar la realidad. También tiene tendencia a considerar que el simple peso de la respetabilidad que posee su firma le exculpa de pifias y errores. Y el colofón de todo ello es que no tiene tendencia cambiar, a estudiar, a ponerse las pilas y readaptarse a los nuevos tiempos. Si él no ha cambiado ¿por qué habrá de hacerlo el mundo?

El opinador universal, con sus afirmaciones contundentes, reservorio de la verdad última de todas las cosas a escala del mundo mundial, es el peor adversario del joven corresponsal. Debe subrayarse la calidad de ”joven”, porque muchos corresponsales han terminado por convertirse en viejos sabelotodo. Pero en cualquier caso, un buen corresponsal es una excelente inversión (con excepción de la divertida anécdota del “corresponsal en Australia” que tuvo “La Vanguardia” durante años). En cambio, un enviado especial es un falso ahorro. Lejos de la zona a cubrir, durante temporadas más o menos largas, el enviado especial alimenta con la distancia sus prejuicios o se alimenta de los que profesan sus jefes en la redacción o en la directiva del medio de prensa. Contribuye a esa tendencia el hecho de que mientras tanto se dedica a otras tareas, que no siempre están relacionadas con el o los países de los que es especialista. No hace esfuerzos para aprender lenguas extranjeras, no renueva sus fuentes de información, se pierde los detalles y los datos y detalles que preceden a los sucesos de trascendencia y que tan útiles suelen ser para interpretarlos. Como no está inmerso en la cultura del país, le resulta difícil prever o evaluar y en más de una ocasión termina convirtiéndose en una figura del “periodismo de hotel”. Y créanme que resulta lamentable ver a alguna que otra gran figura bajar de su habitación al mediodía, cambiar algunas impresiones con alguna “fuente de cafetería”, salir un rato al cyber más cercano, almorzar y subir de nuevo a la habitación a enviar la crónica.
En pleno 2007 y con la existencia de internet, sale mucho más rentable ahorrarse el dinero del viaje y consultar algunos periódicos extranjeros en la red desde Madrid o Barcelona, con la ayuda de un traductor. Pero eso supondría que el avestruz sacara la cabeza del agujero; y aunque no se lo crean, los medios de comunicación son muy inertes, muy reacios a los cambios. No en vano creen poseer el monopolio de la información, lo que significa que si ellos dicen “A”, lo ocurrido es “A” y no otra cosa. Eso era así hasta hace poco, pero ya no lo es tanto. Internet ha convertido en regla de oro aquello que decía Ignacio Ramonet: “Informarse es trabajar”. Y trabajar es comparar y contrastar, algo a lo que temen muchos reporteros. Porque comparar y contrastar es arriesgarse a leer críticas directas e indirectas y los vates de la profesión no aceptan eso.
“Perro no come perro”, rezaba una vieja contraseña periodística. Una mentalidad característica de colectivos profesionales con síndrome de inseguridad colectiva ante su propio público. Las críticas quedan reducidas, en todo caso, a los chismorreos clásicos sobre la deontología profesional: “¿Sabías que fulano se inventó una entrevista de cabo a rabo?”.
Por lo tanto, un año y un día de leer la información de prensa escrita sobre lo sucedido en una zona determinada del mundo, que no sea la propia, resulta una experiencia impagable. Pero las conclusiones, por duras que sean, no han de ser contempladas por los medios de prensa como ataques destructivos. La prensa necesita de la crítica real; no valen esas cartas al director o la “moderna innovación” de los comentarios vía internet a pie de noticia en edición electrónica, cuidadosamente manipulados ambos por la censura interna de los periódicos. Los medios de comunicación necesitan palo y control del público, porque el público los necesita a ellos. Una prensa libre y eficaz es un tesoro que debemos cuidar porque Turquía, los Balcanes y Oriente Medio ya no quedan tan lejos en el siglo XXI: son nuestros vecinos, lugares a los que viajamos, en los que trabajamos o donde hacemos negocios, y por lo tanto necesitamos información sobre ellos: no las opiniones autosuficientes de cuatro gurús iluminados, los boletines de las grandes agencias de prensa apenas retocados y repetidos ad infinitum o los prejuicios empresariales del periódico-empresa o el periódico-partido. Si la prensa controla para la libertad de expresión y la democracia, hemos de controlar al controlador. Si la prensa es el cuarto poder, ha de ser nuestro poder: idolatrarla sólo la convertirá en un poder tiránico por el que pagamos un simbólico euro cada día; porque como sabrán, la parte del león de ingresos de la prensa están en la publicidad, desde hace muchos años. Etiquetas: Medios de comunicación, negocio periodístico, política informativa
Odiemos a Brasil

Mark Ames, un iconoclasta en estado de gracia. Fotografía procedente de su biografía en Wikipedia y de un artículo en "
The eXile"
El pasado 12 de marzo, Iñaki colgaba en su blog, “Salsa rusa”, un divertido post un artículo del periodista norteamericano Mark Ames, publicado en “The eXile”. No es política de este blog reeditar textos ajenos (y éste , por ende, se mueve en un ámbito geográfico muy alejado del “espacio ex otomano”) pero la verdad es que no había mejor forma de describir el ingenio de la pieza que reproducirla para que el lector disfrute directamente de su mala uva. Ames critica en ella la “máquina de odiar” que pueden poner en marcha los medios de comunicación occidentales contra un determinado país. En este caso es Rusia, pero podría ser cualquier otro… como Turquía, por ejemplo. Por supuesto, me uno a los que, como Iñaki, “NO odiamos a Brasil”, ni a ningún país en particular, dicho sea de paso. Pero por si acaso, ya lo saben: cuando estén hartos del papanatismo que rezuma nuestra gloriosa prensa y sientan que han tirado un euro a la papelera, odien un poco a Brasil. O lean a Mark Ames, ahora ya lo conocen. O echen un vistazo a "The eXile", a ver qué encuentran.

Mark Amer en una pose más natural
Odiemos a Brasil
Digamos que eres un occidental y quieres odiar a un país extanjero. Odiarlo de verdad. Pero no eres el tipo de persona que odia por odiar, como por ejemplo lo hace alguna gente de este periódico. En lugar de eso, eres un típico occidental piadoso. Crees realmente que eres bueno. No solo crees que todas las libertades, derechos y beneficios que disfrutas como ciudadano de tu país occidental te hacen una mejor persona, sino también que todas esas libertades existen en parte porque tú las haces posible.
Pero hay un problema: para alimentar esta creencia de que tú haces posible la libertad debes luchar contra la injusticia. Necesitas acción: participar en la cruzada moral contra algo Malvado. Sin embargo no eres el tipo de persona que crea problemas en casa. Tienes miedo por tu carrera. Eres el tipo de persona que busca aprobación ajena, ese es el principal motivo de que seas tan recto. Quieres anotarte el tanto de de ser un luchador por la libertad, pero no estás dispuesto a pagar nada por ello. Para parafrasearte a ti mismo, no eres un estúpido. Así que vas a luchar por tu cruzada progresista en un contexto libre de consecuencias: algún lugar lo suficientemente lejos de tu país. Así como las guerras están limitadas por la mano de obra y los presupuestos estatales, tu cruzada moral está limitada por “lo que pueda afectar a mi capacidad económica, mis perspectivas laborales y mis posibilidades de ser invitado a las fiestas de otras personas”.
Así que, ¿cómo cuadrar el círculo del odio, piedad y conformismo?
Odiando a Rusia.
Como hemos podido ver en los últimos tiempos se está convirtiendo cada vez más en el perfecto objeto de indignación de todos los cruzados occidentales: desde los carreristas hasta los periodistas, los think-tanker, los proxenetas del petróleo o los blogger solitarios (tipo la Russophobe).
Más que volver de nuevo sobre el por qué y cómo Rusia se ha convertido en la representación del Mal, y por qué este retrato es en gran medida poco honrado y profundamente siniestro, me gustaría ofrecer otro país para odiar. Es más nuevo. Está preparado para una buena cruzada moral. Tiene un estilo de vida mucho más amigable. Y lo mejor de todo es que tiene todos los aspectos malvados de Rusia, solo que peores, ¡te puedes sentir magníficamente odiando a Brasil!
Chicos, les presento el nuevo país modelo del año 2007 para ser odiado por los piadosos occidentales: ¡Brasil! (aplausos…)
¿Por qué odiar a Brasil? Primeramente porque el clima allí es mucho mejor, así que si Brasil reemplaza a Rusia como El País a Odiar, la vida sería mucho mejor para los profesionales de la industria de la Cruzada Moral: directores de ONGs, periodistas occidentales, etc. Hay una falta de dignidad en tener que odiar a un país con un clima monótonamente gris de mierda. Además, ¿por qué cargar contra Rusia si de todas maneras está desapareciendo? Sin embargo la población de Brasil crece impetuosamente, ahora son 175 millones y sigue creciendo, los 142 millones de Rusia están desapareciendo más deprisa que la carpa del mar de Chile. Es como atropellar a un animal muerto que yace en la carretera para después arrancarle la piel. ¿Qué satisfacción puede proporcionar eso para una persona moral?

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The eXile", una publicación polémica editada en Rusia y distribuida por la red. Denuncia la estereotipada visión negativa que tienene los occidentales del país, pero también es crítica con él
Hay incontables beneficios en el modo de vida si dedicas tu vida a odiar a Brasil, que te permiten odiar de manera confortable. Por ejemplo, los brasileños siempre sonríen, siempre de fiesta por las calles, y la comida tiene más especias y es más sabrosa. De esa forma mientras desarrollas tu cruzada contra los abusos contra los derechos humanos en Brasil puedes ser feliz y disfrutar de la vida. Como un odio fingido. Y lo mejor para las mujeres occidentales es que pueden tener un romance con uno de esos brasileños zalameros sobre los que leen en las novelas románticas baratas, un tipo que baila y lleva coleta. Porque, seamos honrados, si hay algo que vuelve locas a la mayoría de las mujeres occidentales que odian a Rusia es la imposibilidad de mantener uno de tales romances en Rusia. Lo más que una mujer occidental puede esperar en Rusia es una pálida versión del “What's Love Got To Do With It” de Ike y Tina Turner.Así que ahí lo tenemos. Brasil. Un País Confortable Para Odiar.
Ahora llega la gran pregunta: “¿Qué ha hecho mal Brasil?” Ésta es la parte fácil, o debería serlo para cualquiera que conozca la historia. Brasil viola tantos derechos humanos básicos que es un milagro que haya podido librarse de la Industria de la Indignación hasta ahora. Para un idiota medio, Brasil se ha despojado de su pasado autoritario, y en los últimos 15-20 años ha llevado una política pro-estadounidense, pro-occidental y pro-capitalista. Después de todo, tiene elecciones. Tiene elecciones, se occidentalizará… así funciona el pensamiento perezoso.
Pensemos de nuevo. Consideremos este extracto de un informe reciente de Amnesty Internacional:
“El uso de la tortura y los malos tratos siguen muy extendidos son sistemáticos en el sistema de justicia penal, en los lugares de arresto, en las comisarías de policía y en las prisiones y centros de detención juveniles… Los oficiales de policía y los “escuadrones de la muerte” cercanos a las fuerzas de seguridad han sido responsables de numerosos asesinatos de civiles, incluidos niños, en circunstancias que sugieren que han sido víctimas de ejecuciones extrajudiciales. Activistas de la reforma agraria, ecologistas y pueblos indígenas en áreas rurales han sido asesinados o atacados por la policía militar o por pistoleros contratados por terratenientes locales. Los defensores de los derechos humanos han seguido siendo amenazados y atacados. Se ha juzgado a muchos violadores de derechos humanos. Sin embargo, la mayoría de estos responsables de abusos contra los derechos humanos siguen gozando de impunidad”.
Suena familiar. O debería, si alguien se molestara en hacer un escándalo de ello. El hecho es, si se leen los informes de derechos humanos, que Brasil, considerado como uno de los gigantes emergentes de la economía mundial, hace que Rusia se parezca a Noruega.
Según Global Justice, en un solo estado, Rio de Janeiro, la policía mató a 1.195 personas en 2003. Human Rights Watch estima que la policía asesina a más de 3.000 personas al año, haciendo notar que el número podría ser mucho más alto "ya que muchos estados no registran los sucesos correctamente, y a veces ni siquiera lo registran en sus archivos".
Si los asesinatos injustificados de agentes de la ley y de los escuadrones de la muerte no son lo suficientemente hiperrrusos para provocar la indignación moral, entonces esto debería: Brasil es un país cada vez más hostil para los periodistas y los trabajadores de los derechos humanos. En 2004 Brasil retiró el visado para el reportero del “New York Times” Larry Rother, y ordenó su expulsión después de que publicara un artículo acusando al adorable barbudo cuasi-socialista presidente Lula de ser un borrachín. Aproximadamente por la misma época Lula estuvo a punto de aprobar una ley para la creación de un Consejo Federal de Periodismo, cuyo trabajo consistiría en supervisar la "orientación, disciplina y control" de los periodistas y los medios de comunicación. Finalmente la ley no salió adelante, pero revivió unos años después en un formato diferente.

Viñeta humorística brasileña alusiva a la expulsión del periodista americano Larry Rother. Lula le grita: "¡¡¡Y no vuelvas sin un whisky!!!"
Los propios periodistas brasileños han sufrido bastante más. Solamente el pasado octubre, dos periodistas fueron asesinados en una semana. Ya este año, un presentador importante de noticias en televisión, Domíngues Junior, fue atacado en casa junto con su familia, haciendo que el Comité de defensa de los periodistas llamara a sus miembros a la acción.
La lista de lo dejà vu en Rusia continúa. Racismo, pobreza creciente, enormes desigualdades… Y una actitud negativa hacia las ONGs. Otra ley propuesta en 2004 por el gobierno y aprobada por el Senado proponía “registrar, regular y controlar” las ONGs. Citando a Human Rights Watch, “la financiación federal de estas organizaciones estaría condicionada a su registro, y se les requeriría que informaran anualmente de los fordos privados y públicos que hubieran recibido, incluidas donaciones”.
Brasil tiene más que su parte de Politkovskaias. Una posible candidata a muerte futura es Conceição Paganele, que dirige una organización de madres, que investiga los centros de detención juvenil, llamada Asociación de madres y amigos de los niños y adolescentes, AMAR. En 2005 informó de casos de tortura en un centro de detención. Desde entonces ha estado recibiendo amenazas anónimas de muerte, tanto ella como su familia. A finales de 2005 el gobernador de Sao Paulo acuso públicamente a Paganele de “actuar siempre contra el gobierno” y de “crear problemas”. El último año se abrieron tres investigaciones criminales contra ella, a las que Amnesty International definió como "motivadas políticamente".

Paganele, entrevistada en una publicación brasileña
Brasil también tiene el triste record en las amenazas a los estadounidenses decentes y en culpabilizar de todos a los buenos US de A. Por ejemplo, el principal sindicato de pilotos norteamericano recomendó el año pasado a sus pilotos que no volaran sobre Brasil. Esto se debió dos pilotos estadounidenses que volaban en un pequeño jet fueron acusados de ser culpables del accidente de un avión de pasajeros el pasado septiembre, debido a que se cruzaron en la ruta del avión. Según un reportero del “New York Times” que estuvo con los pilotos, la policía brasileña amenazó a los pilotos durante los interrogatorios, y ambos fueron arrestados y acusados de homicidio sin premeditación. Sólo cuando se filtraron las trascripciones de las conversaciones del jodido controlador de vuelo brasileño y se vio que el asqueroso bastardo había dicho a ambos aviones que volaran uno contra otro fueron liberados los pilotos estadounidenses.
Hay un montón de razones más para odiar a Brasil. Sus elecciones son una chapuza. Son increíblemente corruptos. Estuvieron a punto de lograr construir la bomba atómica, y aún pueden hacerlo. Llevan un doble juego con el Villano Latino Favorito de Todo el Mundo, Hugo Chavez. Son responsables únicos de destruir nuestra atmósfera por la deforestación masiva del Amazonas. Y lo peor de todo: Brasil es la patria de algunas de las criaturas más asquerosas del planeta, entre ellos el pez candirú, también llamado “pez vampiro de Brasil”, que vive en el río Amazonas. Citaré simplemente la descripción:
“El candirú es el único parásito vertebrado que ataca a los humanos. Cuando tiene hambre, huele en el agua el rastro de la orina humana, entonces nada corriente arriba hasta la fuente: alguien que está orinando en el agua. El candirú, que tiene forma de anguila y es translúcido (de ahí la dificultad para verlo), se introduce por el ano de la persona, entonces roe un camino hasta el tracto urinario.
“El dolor es terrible. Una vez que el candirú ha llegado a su lugar, es imposible soltarlo, gracias a varias espinas afiladas que extiende cuando ha alcanzado su destino.

Dibujo detallado de un candirú
Los hombres que han sido "candiruizados” tienen al menos una opción: cortar su pene. El dolor y el horror a la infección son tan grandes que las víctimas no solo aceptan sino que imploran que les apliquen esta terapia radical. Las mujeres no tienen tanta suerte. No hay manera de librarles del garfio afilado en su interior.
“Los humanos no son la única especie que escoge el candirú. Caza, se introduce y chupa la vida de cualquier cosa que huela en el agua. Sus espinas están diseñadas para apartar las agallas o escamas de cualquier otro pez. Se mueve a lo largo de su víctima, usando su lengua áspera para arañar la carne del otro pez hasta que muere. Después se sitúa para dormir en el fondo del río hasta que despierta porque siente algo para comer. Puede ser una vaca, un pez o digamos, alguien orinando en un afluente del Amazonas".
Concedamos al menos a Rusia eso: que hay muy pocos parásitos horribles. En su lugar hay algunas de las especies más exquisitas de mamíferos, aunque estén extinguiéndose (gracias sobre todo a los chinos, otro país que deberíamos considerar para el Odio). Brasil es como el Serengeti de las Horribles Creaciones de Dios. El candirú no es una excepción, sino una metáfora de Brasil.
Solo estamos escarbando en la superficie, pero creo que podemos hacernos una idea: Brasil en un objetivo mucho más atractivo para el odio que Rusia. Con la explosión demográfica de Brasil, el crecimiento de su poder económico y geopolítico, sus ambiciones nucleares y aeroespaciales, y su horrible record en derechos humanos, se ve que hay mucho que odiar. Mucho.
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