Cruzadas a 1 euro

Como es bien sabido, en torno a la conferencia de Lahti ha cuajado una verdadera histeria antirrusa en diversos países occidentales, y sobre todo en sus medios de comunicación. En parte ha sido el desahogo a un largo verano en el que a Rusia todo parecía salirle bien, mientras que a los occidentales, encabezadas malgré eux por los Estados Unidos, no hacían sino perder pie por aquí y por allá, y sobre todo en el Medio Oriente. Ya en otoño, y durante la presidencia finlandesa de la UE, el intento de fijar una política común para garantizar los suministros de gas, ha terminado de poner a los europeos más que nerviosos ante la constatación de que en ese capítulo Rusia tiene la sartén por el mango: como si no se supiera desde hace décadas. Como mínimo desde los remotos tiempos de la Östpolitik de Willy Brandt. Lo que ocurre ahora es que en menos de seis años Putin ha tenido un claro éxito en la reconstrucción de aquel estado que en la era de Yeltsin daba pura risa, y tanta eficacia ha disparado todas las alarmas. De esa formka, deprisa y corriendo, en la cocktelera mediática se han mezclado y agitado antiguos fantasmas desaparecidos (la Unión Soviética) con nuevas y alarmantes coyunturas: las potencias emergentes, de China a la India, pasando por Brasil y algunas más; el fracaso en domesticar al "enemigo inventado": el mundo musulmán en el Medio Oriente y Asia Central; el fenómeno de la implosión social interna que están viviendo las mayoría de los países occidentales. Y el resultado es una imagen cada vez más bochornosa de todas las Europas –la vieja y la nueva- y del amigo americano.
Una simple anécdota: hace una semana el grupo emergente de investigación en el que colaboro mantuvo una reunión de trabajo con un profesor turco de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Fatih Tayfur de la METU de Ankara. Uno de los invitados lanzó una pregunta de tono periodístico: “¿Si fracasan las negociaciones para su acceso a la Unión Europea, se decantará la política exterior de Turquía hacia el mundo árabe-islámico?”. Respuesta que dejó patidifusa a una parte de la concurrencia: “¿Por qué con los países árabes? Lo más probable es que los turcos nos vayamos con Rusia”. Una solución muy lógica si tenemos en cuenta que Mustafa Kemal ganó la guerra de independencia contra las potencias de la Entente gracias al apoyo de la Rusia bolchevique, y que en los años treinta sacó adelante su industrialización en base a planes quinquenales diseñados en Moscú, todo ello sin que el viejo zorro de Atatürk se comprometiera políticamente con la Unión Soviética.
Todas las modélicas revistas de actualidad anglosajonas de la semana hacen referencia al nuevo temor ante Rusia. Pero una de ellas refleja con gran precisión los encontrados sentimientos que se viven en torno al fenómeno. "The Bussines - London First Global Bussines Magazine" titula en su primera plana: "Russia´s threat is no longer Marxism and missiles. It´s energy. THE NEW COLD WAR". El titular está flanqueado por un enorme retrato inexpresivo de Putin. La cover story se desarrolla entre las páginas 28 y 30 bajo el título: "Putin´s superpower play". Se trata de un reportaje con ambiciones de globalidad, firmado por Richard Orange en London y James Forsyth en Washington. Pues bien, pocas páginas antes, en la 20, podemos leer otra crónica titulada: "BT knows it´s good to talk in Russia", firmada por Tony Glover. En la pieza, el presidente de British Telecom International se hace lenguas sobre las maravillas de operar en el mercado ruso con clientes como Aeroflot o... Gazprom. ¿Podemos ianmginar una situación ni remotanmente similar en ls años sesenta o setenta del siglo pasado, en tiempos de la URSS de Breznev?¿Acaso General Electric montando las piezas de los misiles soviéticos?
Por lo tanto, mucho retorno de la guerra fría y mucho miedo al superdictador Putin pero, por favor, bussines as usual, sobre todo ahora, que van mejor que nunca en la cada vez más estable Rusia. Este es el asunto que se mueve tras el ruido y las nueces de las cancillerías occidentales y los grandes grupos de comunicación que cotizan en bolsa. Cuando las manadas de lobos del occidente capitalista no pueden esquilmar tan fácilmente rebaños antaño desprotegidos y se encuentran con otras manadas tan fuertes como ellos, lo que tiene lugar a continuación es un interminable concierto de ladridos y aullidos y luego intensos meneos de rabos.
En medio de todo ello, España se ha llevado algunos mordiscos adicionales dentro de su propia manada. El jaleo de la OPA de E.ON sobre Endesa ha enfrentado al gobierno con Alemania. Como en diplomacia estas cosas no pueden ventilarse a la cara y de cualquier manera, el diario "El País" lleva semanas lanzando puñaladas traperas desde sus páginas contra los "intereses egoístas" de Berlín: "La alianza entre Moscú y Berlín bloquea una política energética común en la UE" -proclamaba el ariete catalán Andreu Missé desde Bruselas en la edición del 18 de octubre, página 2 (llevarlo a la primera plana hubiera supuesto una confrontacióin demasiado atrevida). Claro, es que además, la alemana E.ON Ruhrgas es una de las empresas alemanas que ha sacado tajada de los acuerdos con Moscú. Por supuesto, la zapateta de Borrell en Lahti tenía que ver con esas cuestiones, lo cual debe haber granjeado comentarios poco caritativos en Paris, Berlín y países del Este que, como este año se queden sin gas se van a acordar de Pepe y su parentela.
Como Paris anda metido en el ajo y Sarkozy le cantó las cuarenta a ZP este verano tirándole a la cara la regularización masiva de inmigrantes –lo que también hicieron Berlín y Viena a continuación- el pobre "El País" anda por ahí hecho un lío, en la consideración de las cruzadas a las que se sube y de las que se apea. El pinchazo en el debate sobre el proceso de pacificación del País Vasco llevado a cabo en el Parlamento Europeo el pasado 25 de octubre, ha terminado de desbaratar la situación y hoy por hoy, el gobierno de ZP, como Don Quijote, y el rotativo de Prisa, como Sancho Panza, atraviesan alicaídos por el yermo del mayor enrarecimiento internacional de la historia de España desde, pongamos, 1974.
Fotografía que acompañaba el artículo de Hermann Tertsch citado en este post. Comparar con la publicada el 22 de octubre en la crónica: "Putin critica la corrupción de los alcaldes españoles"
En medio de este fenomenal quilombo, el periodista Hermann Tertsch de "El País" se apuntó alegremente a la cruzada, ondenado su habitual pendón amarillo, con un patético artículo titulado: "El reloj del zar" (24 de octubre). Como dice el refrán serbio: “Éramos pocos, y el pope a caballo”. En realidad, la pieza no aporta nada nuevo a la ya muy conocida trayectoria de este publicista, uno de los muy escasos en la plantilla de un periódico teóricamente de izquierda moderada, con numerosos seguidores en la derecha más casposa. Alguno de los cuales, incluso, no ha dudado en calificarlo admirativamente como "azote de progres". Así, su quinta columnita de los martes se ha convertido en legación de la prensa con estatus de inmunidad diplomática de la desde la que ha venido defendiendo causas acomo la invasión de Irak en 2003, el papa Wojtyla, azote de comunistas, cualquiera de los excesos de las fuerzas de seguridad israelíes y en palabras de Justo Serna, un agudo profesor valenciano, incluso al mismísimo Dios.
En esta ocasión, Tertsch que gusta dárselas de historiador, se sacó de la manga una cita de František Palacký uno de los ideólogos del austroeslavismo a mediados del siglo XIX para decirnos, como Serrano Súñer en 1941, que Rusia es culpable (de todo) y por supuesto de fomentar la destrucción del Imperio Austro-Húngaro para extender su hegemonía en Europa. Tertsch no tuvo que rascarse mucho el cacúmen para encontrarla: la pilló al vuelo de uno de los libros que promociona "El País" con fruición, no exactamente por su calidad intrínseca, sino por haber sido editado en Taurus. La obra de Tony Judt, Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Taurus, 2006), es un libro de historia actual, de factura más bien conservadora, que no añade nuevas interpretaciones ni información a lo que otros títulos similares han venido aportando en los últimos diez años. Es un manual que pone en fila india una cierta cantidad de información y deja numerosos “peros” en al aire, y cuya originalidad más útil es la de abarcar hasta el año 2005. 
El joven František Palacký (1798-1876) primer gran historiador de la nación checa y uno de los teóricos de lo que se denominó el "austroeslavismo": según él, el tiempo de los pequeños estados había terminado y la humanidad caminaba hacia grandes conjuntos económicos y políticos. Así, un pueblo pequeño como el checo no podría sobrevivir si no era dentro del Imperio Habsburgo, que debería convertirse en estado federal.
En esa línea, encabezan cada capítulo una serie de entradillas un tanto deslabazadas entre sí, y que en muchos casos resultan puramente anacrónicas. Tal es el caso de la que Tertsch utiliza para los fines de su artículo, pero echando mano de la gastada trampa del periodista que juega a ser historiador: escaqueando lo que no le interesa y abusando de sus incautos lectores. Porque lo que silencia interesadamente es que Tomaš Masaryk, discípulo de Palacký en último término, fue el artífice real de la destrucción del Imperio Austro-Húngaro, con la consiguiente aparición de esa "multitud de repúblicas grandes y pequeñas" que según Palacký serían una "estupenda base para una monarquía rusa univeresal" y que en 2006 son una colección de miembros de la OTAN o recién integrados socios de la UE, con una actitud notablemernte antirrusa. Masaryk llevó a cabo su labor disgregadora durante la Gran Guerra, tras una concienzuda campaña en la que fue ayudado por Italia, Francia y los Estados Unidos, mientras Rusia se debatía por entonces en la guerra civil, a partir de 1918. Y en cuanto a Palacký, su cita iba dirigida a los húngaros, que en 1848 intentaron separarse del imperio y fueron aplastados por los eslavos (croatas y serbios) manipulados desde Viena y por tropas rusas. Como buen austroeslavista, Palacký trata de vender las bondades de permanecer unidos en el Imperio Habsburgo, algo que de forma más contundente solía hacer el mismo emperador Francisco-José.

Masaryk rodeado de voluntarios destinados a las legiones checas, 1918, en el campo de reclutamiento de Stamford, Connecticut (EEUU). La desintegración del Imperio Austro-Húngaro fue obra de un demócrata a carta cabal como Masaryk, con activo apoyo de los aliados occidentales. El protagonismo ruso fue nulo. La idea que supo vender Masaryk fue la de que polacos, checos y yugoslavos serían un bastión eficaz contra el imperialismo alemán en Europa central
En realidad, el Hermann Tertsch historiador aficionado al que nadie ha puesto proa en estos últimos años, no hace sino chupar una y otra vez del bote de las viejas concepciones de la escuela historicista y nacionalista alemana, comenzando por Heinrich von Treitschke y terminando por Friedrich von Bernhardi. De ahí le viene ese odio sin disimulos contra cualquier pueblo eslavo que no sea católico, y que deja ver perfectamente claro en su artículo: a Hermann "Treitschke" Tertsch no le gusta ningún gobernante ruso desde Pedro el Grande hasta la actualidad: “Los zares Pedro y Catalina ya se resignaron ante la certeza de que importar el concepto de ciudadanía era ridículo, caro y peligroso”
Pero en realidad, resulta dudoso que Tertsch se haya leido realmente a los historiadores alemanes clásicos. Parece manejarse de oido, una idea de aquí, otra de allá, lo que le contaron y lo que encontró por casa de pequeñito. Por ejemplo, la idea de que la destrucción del Imperio Austro-Húngaro abonó el terreno para la llegada del comunismo no es cosa del Palacký de 1848 (lógicamente) sino teoría más reciente. Si desean, la pueden encontrar expresada en grandes titulares en la revista española "Mundo", Año IX, nº 413 del 4 de abril de 1948. A nueve años del final de la guerra civil y en puertas de la guerra fría podemos leer que "La desintegración europea en el Este, por obra soviética, tiene una razón determinante: haber destruido Austria-Hungría". Y añade el articulista: "La existencia de esa masa -decía Talleyrand- es necesaria para la salud futura de las naciones civilizadas". Por lo que, en realidad la cita que le hubiera venido bien a Tertsch hubiera sido la del maquiavélico y poco recomendable Talleyrand, y no la de Pallacký.
Titulares de la revista española "Mundo", correspondiente a su edición del 4 de abril de 1948. El reportaje era consecuencia de la instauración del régimen comunista en Checoslovaquia, acaecido apenas dos meses antes.
Para mayor inri, columna con columna, en la misma página 6 de esa edición de "El País", alguien en la redacción había encajado una crónica de Cecilia Fleta desde Berlín, titulada: "Las memorias de Schröder levantan ampollas". Allí se podían leer algunas de las opiniones que le merecían al ex canciller personalidades como George Bush, Ángela Merkel y el primer ministro bávaro, Edmund Stoiber. Pero ni media palabra sobre Putin, al que Schröder considera uno de los estadistas más accesibles y tratables de lo que se puede encontrar en el retablo del poder mundial.
La cruzada de Tertsch iba acompañada por la habitual foto burlona de Putin -ya es marca de fábrica de "El País" la manipulación interesada del material gráfico. En fin: todo un lamentable contraste con la cobertura mucho más profesional y centrada llevada a cabo por otros periódicos más serios, tal como "La Vanguardia", que cinco días más tarde publicó dos artículos. Ambos análisis, sin renunciar a la crítica del fenómeno Putin, lo hacían desde una posición infinitamente más realista: "Putin el Grande" por ese fino y veterano analista que es Xavier Batalla (pag. 8) y "Europa y la Rusia de Putin", por Carlos Nadal (pag. 9).
La pequeña cruzada de "El País", con aires de comic de “Roberto Alcázar y Pedrín” ("¡Toma del frasco, carrasco!") no hubiera resultado ni la mitad de grotesca de no haber sido porque ese mismo día, 24 de octubre, "El Mundo" publicó una crónica (referencia desde primera plana) sobre el oso que Su Majestad cazó en una montería amañada, organizada en Rusia y que al parecer estaba borracho. No era la primera vez que ese diario sacaba a relucir incidentes similares. Pero en esta ocasión, amontonado los datos lamentables, resultaba que la pacífica pieza era un oso amaestrado llamado Mitrofan, un "animal bondadoso y alegre", según explicó el funcionario local encargado de la Protección y el Fomento de los Recursos Cinegéticos en la región de Vólogda a 400 kilómetros al norte de Moscú. Por supuesto, el ruso no acusaba al rey, que al parecer no estuvo al tanto del escándalo, acaecido en agosto. Pero lo cierto es que previamente el monarca había sido invitado por el matrimonio Putin, no se sabe todavía si de forma oficial o extraoficial. La Casa Real intentó sacarse de encima el asunto de forma bastante desábrida, pero lo cierto es que el parlamentario de Esquerra Republicana, Joan Tardà, hizo una interpelación en el Congreso que fue rechazada alegando que “la actividad privada del Rey no forma parte del ámbito de competencias del Gobierno y que, conforme a la Constitución, la figura del Monarca no está sujeta a control parlamentario”. El affaire se extendió por Cataluña y algún que otro medio de comunicación lo caricaturizó con una considerable dosis de sorna, haciendo referencia a la forma en que el rey relata a sus nietos el cuento de los tres ositos.

La viga en el ojo propio: Anuncio de la pantomima del actor Toni Albà, especializado en parodiar al Rey Juan Carlos. El espectáculo, emitido regularmente en los programas "Set de nit" y "Polònia" de TV3 ha dado lugar a numerosas quejas y polémicas.
No es de extrañar que "El País" pasara por alto olímpicamente este asunto mientras daba vía libre a su personal versión de la cruzada contra el mandatario ruso, llevada a su extremo por un periodista de la casa que más parece un embajador privilegiado de otas épocas y de abecedarios razonables. Sintiéndolo mucho por la Mesa del Congreso, el hecho es que los responsables de que el monarca terminara implicado en una "aborrecible escenificación" o una "payasada sangrienta", como define el funcionario ruso la cacería, son toda una serie de organismos del estado y el gobierno cuya función consiste precisamente estar informados del riesgo político que puede correr el jefe del estado en una excursión de estas características y evitarlo en la medida de lo posible. Porque si hubiera fotos de por medio y resultaban manipuladas por algún diario ruso, a lo peor dejaban en un nivel de aficionados los festivos fotomontajes de "El País". Y menos mal que a Putin no se le ocurrió sacarlo a relucir en sus duras respuestas a Borrell. Será que, al fin y al cabo, la relevancia y respeto que conceden los eslavos al invitado, ha tenido su peso en esta ocasión.
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Una mala cena la tiene cualquiera

Característico fotomontaje de "El País": se escogió la enorme foto de un bilioso Vladimir Putin "durante la rueda de prensa en Lahti" para contrastar, enfrentada, con los alegres semblantes de Chirac, Merkel y Zapatero, procedentes de otros eventos. Al parecer, no hubo manera de encontrar una instantánea más risueña de Romano Prodi. El conjunto gráfico ilustra la crónica de Carbajosa y Missé: "Putin critica la corrupción de los alcaldes españoles", en: "El País", domingo, 22 de octubre, pag. 9. La foto de Putin es de Associated Pres; las demás no incluyen créditos.
Una de las definiciones más concretas y descriptivas que conozco de un acontecimiento histórico, la formuló el historiador A.J.P. Taylor en referencia a los líderes de las revoluciones europeas de 1848 y sus motivaciones: "Los primeros movimientos nacionales fueron creados y dirigidos por escritores, principalmente por poetas e historiadores, y su política era la de la literatura más que la de la vida. los líderes nacionales hablaban como si tuvieran el apoyo de un pueblo consciente y organizado; sin embargo, sabían que la nación estaba todavía sólo en sus libros (...) En el mundo cerrado de su imaginación, estos líderes de la primera época volvieron a combatir en las históricas batallas que, siglos antes, se habían decidido. No sabían cuándo negociar y cuándo resistir y, sobre todo, no sabían con qué resistir. No entendían que la política es un conflicto de fuerzas, creían que se trataba de un conflicto de argumentos".
Parece que esa especie de ingenuidad ha cambiado poco, al menos a la vista de la forma en que descarriló la conversación diplomática mantenida en la cena por algunos dirigentes de la Unión Europea y el presidente ruso Vladimir Putin. Puede que la falta de imaginación haya contribuido a añadir una cierta dosis de estupidez; incluso sería justificable que el simple miedo, el temor de sentirse a merced de los rusos esté contribuyendo a la contumaz torpeza diplomática de algunos dirigentes euorpeos. O la peor opción posible: que al cabo de los años esos mismos individuos hayan terminado por creerse su propio discurso de madera, como les ocurría a los ministros soviéticos en tiempos de Breznev, cuando ni siquiera poseían -ni deseaban conocer- la información sobre el estado real del país.
Como se sabe, los líderes y a la vez representantes de la UE se habían reunido con Putin en Lahti (Finlandia) para llegar a un acuerdo con Moscú a fin de garantizar el necesario suministro de energía para el Viejo Continente. Actualmente, según últimas informaciones, Rusia suministra a los países de la UE hasta el 25% de sus necesidades energéticas. Las conversaciones se llevaban con guante de seda. La consigna era evitar asuntos incómodos referidos a la política interior rusa. Durante la cena, las diversas intervenciones, incluyendo la de Putin, fueron encajando según el guión previsto. Habló el dirigente ruso, reconocienmdo la necesidad y voluntad de cooperar con la UE en materia energética, reabriendo la puerta a la posibilidad de formar joint ventures europeas con las empresas rusas dedicadas a la extracción de gas y petróleo. Le respondió en términos cautos el presidente de la Comisión Europea, el portugués Durão Barroso. Luego hablaron con tono parecido aquellos dirigentes con los que Putin tiene más confianza, es decir, los más poderosos: "Jacques" (Chirac), "Tony" (Blair), "Ángela" (Merkel).
La crónica de "El País" precisa que todo se torció cuando "los países bálticos tomaron la palabra", sacando a colación los temas más polémicos posibles: la tensión entre Rusia y Georgia y la situación de los derechos humanos en la gran potencia, al hilo del asesinato de la periodista Anna Politkovskaya -no los del banquero Alexandr Plojin (10 de octubre) ni el del gerente de la Agencia Itar-Tass, Anatoli Voronin (15 de octubre). Al parecer, se trataba de una de esas actitudes gamberras que están adoptando los nuevos socios orientales de la UE en los últimos tiempos: el desprecio por los derechos de las minorías, los homosexuales o los extranjeros en Letonia y Polonia, el olímpico desdén a las recomendaciones comunitarias sobre estrategia económica en Hungría o la petulancia intransigente y obstruccionista en Chipre. En todos los casos suelen ser países pequeños -con exclusión de Polonia- que mezclan el euroescepticismo con sus pequeñas revanchas históricas y el deseo de mostrrar en Bruselas que "ellos saben" cómo tratar a Rusia, a Turquía a sus vecinos y hasta a la misma Bruselas. Al fin y al cabo, se supone que Bruselas les protege con el manto azul de la Virgen, en el cual está inspirada la bandera de las estrellas.

Pepe Borrell en tiempos de mejores digestiones
A pesar de todo, y como en Moscú también son expertos en egoísmos nacionales, Putin aguantó. Los bálticos hubieran quedado en evidencia ellos solos, de no haber sido por Josep Borrell, cadáver político en España desde hace ya años y a la sazón presidente del Parlamento Europeo. Según explican Ana Carbajosa y Andreu Missé en la crónica de "El País", Borrell protagonizó una intervención muy subida de tono. Comenzó "con palabras cargadas de sarcasmo" [sic]: "Hemos de agradecer al señor Putin que cerrara temporalmente el grifo a Ucrania, el pasado enero, porque gracias a esto estamos aquí discutiendo de política energética común". Y ya puesto, Borrell expresó "la preocupación de los ciudadanos europeos por la devaluación de los derechos humanos en Rusia" [sic, según la crónica citada], le recordó a Putin que el Parlamento Europeo dedicó un minuto de silencio por el asesinato de la Politovskaya y de propina se refirió a un tema que debió parecerle muy novedoso y apropiado para ser resuelto de un plumazo durante la cena: las dificultades que padece la oposición y las ONG en Rusia.
Ya sólo esta traca de petardos levantinos hubiera bastado para mover de sus casillas al mísmisimo ZP. Pero según parece, Borrell remató: "Sacamos petróleo de países peores que el suyo, pero nuestra preocupación es que con ustedes queremos asociarnos y ello exige compartir unos valores". Ante un párrafo de tamaño calibre insolente, cabe preguntarse si la pronunció literalmente Josep Borrell o es una transcripción aproximada artribuible a la grosería con la que Ana Carbajosa suele retratar a los personajes que no le caen bien (Putin, en este caso); o quizás es la conocida tendencia, propia de muchos periodistas, a mostrarse más papista que el Papa. Aunque quizá no sea justo mostrarse tan duro con el periódico o con la Carbajosa por lo que es un mero reflejo de incredulidad ante la más que evidente chapuza política de Borrell, que no hace sino reflejar años de dialéctica marrullera en nuestra propia política. Al fin y al cabo, Fernando García, enviado especial de "La Vanguardia" apunta que Borrell dijo también algo así como: "No cambiaremos energía por derechos humanos", frase que de ser cierta, no mencionan Carbajosa y Missé, conscientes que de que Borrell, con toda esa vena populista y demagógica, es al fin y al cabo afín a la ideología-bandera de la empresa de su periódico.
Por supuesto que la situación de los derechos humanos debe mejorar en Rusia y los mafiosos y asesinos han de terminar en la cárcel. Pero aquí lo que se pone en solfa es la necesidad de organizar una zapatiesta como la que protagonizó Borrell como el camino más indicado y eficaz para hacer algo útil y no terminar abochornado: él y el país que representa. Porque se supone que estamos hablando de profesionales de la alta diplomacia, no de líderes rockeros con ambiciones de trascendencia o alterados jóvenes alternativos. Posiblemente Borrell es realmente alguien que, como explicaba Taylor con referencia a los líderes de 1848, no sabe cuándo negociar, ni cuándo resistir y no entiende que la política (y más la internacional) no es un conflicto de argumentos, sino de fuerzas e incluso de astucia. En cualquier caso, ni Ana Carbajosa ni Andreu Missé nos explican por qué a nuestro Pepe le dio ese inoportuno y sobre todo, innecesario, arrebato polémico-justiciero. Quizá una mala cena y los gases de los que se hablaba en la reunión de Lahti, se fueron por la tubería no deseada.
Putin respondió como cabría esperar cuando alguien se siente muñeco de pim pam pún de feria: echando en cara los europeos su alegre tendencia al dobre rasero. Por supuesto que le recordó a los españoles los escándalos de corrupción inmobiliaria, que se tiran a la cara mutuamente el partido del gobierno y la oposición. Por estos pagos parecemos ser tan inconscientes como ajenos al hecho científicamente demostrado de que nuestras fronteras no son opacas y que las continuas broncas políticas se están cargando la escasa imagen exterior que le queda a España. Y menos mal que Putin se quedó ahí, porque lo más posible es que, como antiguo profesional del tema, posea datos más sensibles referidos a la corrupción española en ámbitos más diversificados que pueden ir desde el mundo bursátil a la gestión del flujo inmigratorio o el turismo, pasando por determinadas campañas de prensa o connivencia nacional con mafias extranjeras: todo ese mundillo en el que están incluidos personajes de aquí y allá, de todo el espectro político español, y que se veía reflejado en una tabla sobre corrupción a escala mundial que se citó en este mismo blog, hace pocos meses. Vaya usted a saber si Putin incluso está informado del escándalo de fraude fiscal que le costó a Pepe Borrell su carrera en el PSOE, allá por 1998 (asunto Aguiar-Huguet).
El mandatario ruso también recordó que el término Mafia se inventó en Italia; y lo hizo mirando a Romano Prodi, que se llevó un cachete colateral. Pudo hacerlo impunemente, dejándolo bien mudo, porque ahora ya no gobierna Berlusconi, del cual debe conocer también un buen número de secretos. Por lo demás, se abstuvo de mencionar el auge de la extrema derecha que se observa en el continente, y no digamos en el futuro socio comunitario búlgaro. No tuvo necesidad de disparar contra Blair ni menos aún contra Chirac. Al fin y al cabo, Paris lleva años intentando resucitar la viejísima y por lo tanto, tradicional política de alianza franco-rusa. Menos aún contra Ángela, pues con Berlín existen también años de Ostpolitik. Y quizá por ello se intoxicó Borrell de buenismo justiciero, recordando aquello tiempos en que se le conocía como el “Inquisidor”: el diario "El País" lleva un par de días denunciando de forma contundente el egoísmo alemán, que se permite negocios bilaterales con el ruso para obtener el necesario gas a espaldas de la política europea comunitaria. No le falta razón al rotativo, pero cabe dudar si no late detrás la rabieta del expediente decidido por la Comisión Europea contra España por el caso E.ON. De tales croquetas, tamañas indigestiones. Etiquetas: Borrell, corrupción, energía, Lahti, Politovskaya, Putin, Rusia, UE