Serbia: ¿Cuánto costó "acabarlo"?

El candidato Tomišlav Nikolić: aunque todavía cuesta verlo como un político refinado de maneras occidentales, la asesoría norteamericana puede obrar milagros
Elecciones presidenciales en Serbia. La población ya ha votado a las diversas opciones posibles, que el lector interesado conocerá por la prensa escrita, en papel o red. El posible resultado de esos comicios quizá sea motivo de análisis más adelante en este blog. Hoy, sólo algunas reflexiones sobre un aspecto concreto de los comicios que inicialmente pasó muy desapercibido pero que podría tener relevancia en breve, tanto para el resultado de las elecciones como para entender algunos cambios inesperados que puedan producirse en los Balcanes occidentales e incluso más allá.
La semana pasada, en la lista Balkan mantuvimos un breve debate, con porra incluida, sobre las posibles opciones de los candidatos presidenciales serbios. En su post del 14 de enero, César L. Díez (profesor del Instituto Cervantes de Belgrado y buen conocedor de la realidad política y social serbia), explicaba:
“A los radicales les ha preparado la campaña una empresa norteamericana: moderación de los argumentos, apariciones familiares de Nikolić, escasas menciones al Vodja de la Haya (Šešelj), presencia del azul del partido en los mítines (pero exclusión de las banderas con calaveras etc...), menciones al tema de Kosovo institucionales (unidas a la defensa de la Constitución, los acuerdos internacionales y demás), acercamiento a minorías étnicas, etc. En fin, suavización del perfil radical, sólo roto por las ocasionales estridencias en materia de política exterior (acercamiento a Rusia y Bielorrusia), ejemplificado en la imagen de apoyo de la ganadora de Eurovisión al líder radical”
Lo llamativo del párrafo era ese dato de que la campaña electoral del Partido Radical estaba girando en función de los consejos de una compañía norteamericana de asesoría. Pues bien, ayer mismo, sábado 19 de enero, el enviado especial de “El País”, Ramón Lobo, remataba la alusión en un entresacado de su reportaje sobre la campaña electoral serbia, que se puede leer a continuación: 
Las poses y la dialéctica de Vojislav Šešelj poseían un tufillo neofascista que terminaron por convertir al otrora
Vodja ("Caudillo") en un estorbo para el afianzamiento político del Partido Radical en la Serbia del siglo XXI
“El País”, sábado 19 de enero, 2008, pag. 2 Estadounidenses en campaña
Ramón Lobo
Tomislav Nikolic, el candidato más antieuropeísta del espectro político serbio tiene algo en común con su mortal enemigo Hasim Thaçi, antiguo jefe de la guerrilla del Ejército de Liberación de Kosovo y nuevo primer ministro de la provincia secesionista: ambos contrataron expertos estadounidenses para ganar las elecciones.
A Thaçi le fue muy bien y consiguió vencer en las suyas celebradas en noviembre presentándose como un político moderado, elegante y capaz de resolver los problemas de la gente. Nikolic lo puede lograr el domingo, en la primera vuelta de las presidenciales serbias, y tiene grandes opciones de ganar también la segunda, el 3 de febrero, y convertirse en un quebradero de cabeza para la Unión Europea.
Aunque no es la primera vez que Nikolic busca asesoramiento norteamericano, es la primera que los consejos de sus consejeros de imagen provocan un cambio tan visible y con tanta aceptación en el electorado. Según el periódico serbio Blic y la cadena de televisión B92 se trata de la consultora Kevin Gillespie y Asociados, que a su vez ha subcontratado en otra empresa de EE UU.
Nikolic ya no aparece acompañado de los retratos de Vojislav Seselj, líder histórico del partido que se encuentra en La Haya, procesado por crímenes de guerra, sino de su familia. Hasta se han esfumado los pins con Seselj de las solapas de los principales dirigentes, no en la militancia más contumaz que no obedece a razones de estrategia. Le han recomendado que no haga referencias a su jefe ni a La Haya, sino que se centre en un discurso interno, destino a combatir la corrupción y a la defensa abstracta del territorio (Kosovo) sin promesas concretas.

La pieza de Lobo engranaba a la perfección con el análisis vertido por el autor de este post en el correspondiente mail de Balkan, distribuido el pasado martes, 15 de enero a las 0:35:55 (incluso es posible que Ramón Lobo sea suscriptor):“Los radicales son unos candidatos antipáticos para los occidentales, pero lo son por el recuerdo de sus "hazañas" durante los 90, y el extremismo de sus líderes; y sobre todo, por la imagen de Seselj. Ahora bien, César añade un párrafo que me ha parecido interesantísimo, al final de su post:
“3) A los radicales les ha preparado la campaña una empresa norteamericana…” [vid. más arriba, párrafo íntegro]
No se a vosotros, pero a mí, esto me recuerda tres cosas: 1) La asesoría norteamericana a los croatas a partir de 1994; 2) La asesoría norteamericana a Hashim Thaçi y compañía, en Kosovo; 3) La "más que asesoría" de la OYA a los chicos de OTPOR en Budapest, en 1999-2000 (supongo que sabéis a qué me refiero)
Los americanos creen haberle pillado el punto a eso de manejar nacionalismos balcánicos, de forma directa o indirecta; realmente, pueden ser más manipulables que los partidos democráticos. El mensaje, además, es delicioso: "En Europa no va a triunfar ningún grupo o movimiento nacionalista radical que no cuente con nuestro permiso". Ya sólo con eso, quemas o desactivas a una buena parte de los potencialmente problemáticos.
Ojo: podría ocurrir que los radicales estuvieran manejando la tal imagen a fin de tranquilizar a los sectores más moderados del electorado. Pero, sinceramente, me resulta difícil de creer que por sí solos lleguen a tales niveles de sutileza; es más bien una forma "balcánica" de argumentar.
En cambio, la posibilidad de que realmente Washington esté desactivando al Partido Radical por intermediación de consejerías, empresas de imagen y medios "externalizados", etc., sí me parece una estrategia real y realista. Además, sería lógico: en vez de destruir a un partido al que apoya una banda fija de la población, desactívalo. Y de paso, revalorízalo reconectándolo con el Partido Radical Serbio histórico, el del viejo Nikola Pašić, el de 1881 y de la rebelión de Timok. De momento, las apelaciones a Rusia y Bielorrusia son obligadas (no puedes cambiar de discurso demasiado radicalmente, te juegas una parte del electorado) y la energía sigue viniendo de allí. Por supuesto, en la actualidad (no siempre, históricamente hablando) en Serbia existe una simpatía hacia Rusia y más con su posición actual hacia el asunto de Kosovo.”

Hashim Thaçi: se pasó la campaña electoral kosovar levantando el pulgar y emitiendo amplias sonrisas: asesoría norteamericana
La alusión del mail y del artículo de Ramón Lobo hacia el precedente de la campaña electoral de Thaçi en Kosovo, también asesorado por una empresa norteamericana de relaciones públicas, se debe completar en este caso por el “operativo OYA” a que se hacía referencia en el mail. Para todos aquellos que lo desconozcan, sigue a continuación un fragmento de mi libro: Slobo. Una biografía no autorizada de Slobodan Milosevic (Debate, Madrid, 2004) en el que se describe cuál fue el papel de la Office of Yougoslav Affairs en la caída del presidente serbio, en octubre de 2000. La conclusión que podrá extraer el lector es sencilla: aunque en apariencia empresas de consultoría privadas procedentes de un país como los Estados Unidos de América dispondría de la libertad de trabajar para clientes como los candidatos Nikolićo Thaçi, al tratarse de países con un interés geoestratégico especial para Washington, las compañías han de recabar el permiso a las autoridades pertinentes. Por lo tanto, podríamos estar asistiendo a un capítulo más de la ya veterana política norteamericana del cheque en blanco: "¿Cuánto vale?¡Cómprelo!". No tiene por qué ser una mala iniciativa; de hecho, incluso puede salir mucho más barata que cualquier otra basada en anticuadas rigideces diplomáticas o en costosas intervenciones militares.
Uno de los panfletos de OTPOR con la célebre foto de Slobodan Milošević saliendo de la historia, el logotipo de OTPOR y el célebre eslogan: "
Gotov je!": "¡Está acabado!"
¿Cuánto costó "acabarlo"? [Fragmento de: Francisco Veiga, Slobo (2004), pag. 495 y ss.]
Y a pesar de todo, Slobo seguía en el poder. Parecía increible, pero así era. Llegó el año 2000, terminó el siglo XX y en enero se firmó un pacto entre los diversos partidos de la oposición que parecía anticipar la reconstrucción de Zajedno, la coalición que había puesto contra las cuerdas al régimen de Milošević en el invierno de 1997[1]. Pero ya avanzada la primavera, el escepticismo era la tónica dominante entre los analistas internacionales: la oposición serbia parecía tan insolidaria e incapaz como siempre.
En el trasfondo, la sociedad serbia estaba mortalmente cansada y baqueteada. El shock del bombardeo aún no había sido superado. De hecho, esa misma primavera saltarían a primera plana de los periódicos internacionales los variados efectos de la contaminación medioambiental producida por los ataques aéreos. Por otra parte, lo que estaba ocurriendo en Kosovo horrorizaba a muchos y era eficazmente aprovechado por la prensa del régimen.
Zoran Cirjaković con Josh Hammer, desde Priština para "Newsweek", 15 de mayo, 2000:
"Si Milošević perdió la guerra en Kosovo, está ganando claramente la batalla por la supervivencia en los Balcanes. No sólo logró retirar su ejército de Kosovo ampliamente intacto, también suministró electricidad a su pueblo a lo largo del invierno. De hecho, Milošević se ha embarcado en una orgía de reconstrucciones. Alardea de que su gobierno ha reconstruido 38 puentes viarios y ferroviarios (sobre un total de 64 dañados o destruidos durante el bombardeo), 470 viviendas, ocho escuelas, cinco hospitales y dos granjas. La agencia de noticias estatal Tanjug informa de que en las labores de reconstrucción trabajaron 140.000 trabajadores empleados en 200 compañías, mientras el régimen afirma que la reconstrucción está en marcha en 76 lugares más. La factoría estatal Zastava, que monta los automóviles Yugo así como armas, casi destruida durante los bombardeos de la OTAN, anunció recientemente que había producido 3.242 vehículos y 180 camiones en el primer cuatrimestre del año. Los anuncios de los nuevos Yugos emitidos diariamente enfatizan más la "victoria" de Milošević que los célebres autos tambaleantes de la compañía.
Algunas de esas cifras de la reconstrucción son sospechosas. Pero los esfuerzos de Milošević en Serbia pueden estar aventajando aquellos que están logrando las Naciones Unidas en Kosovo. Hasta el pasado mes de marzo las Naciones Unidas no lograron restaurar el sistema postal en Kosovo, y partes de Priština aún sufren carencias de electricidad y agua corriente, casi un año después de que la guerra terminara"[2]

"Maddy" Albright impartiendo una conferencia en la academia
La sociedad serbia parecía vivir un estado de postración similar al de la cubana en los años finales del régimen de Castro. La miseria era real, pero asustaba más el futuro incierto, cuando la oposición del interior y los exiliados del exterior tomaran el poder y se distribuyeran recursos y cargos en una expolio interminable y desordenado. Entonces, ¿qué ocurriría con los miles de profesionales que habían soportado lo indecible en el interior de Serbia, los advenizidos, ambiciosos o incluso capaces profesionales que habían ocupado los huecos dejados por la generación de los exiliados, a comienzos de los noventa?
Miles y miles de abogados, profesores, periodistas, médicos, economistas y todo lo que se quiera, le debían su puesto de trabajo a las oportunidades que generó, por las buenas o por las malas, el régimen de Milošević. Después, los elementos más duros, como los radicales coaligados con los socialistas en el gobierno, llevaron a cabo purgas – sobre todo en la Universidad- que aún hicieron más sitio. Claro que muchos de esos puestos eran una verdadera ruina, que los salarios eran bajos y se pagaban con escandaloso retraso. Pero en una sociedad aún muy marcada por los largos años de régimen socialista, el cargo o empleo era percibido como una inamovible expectativa de futuro, sobre todo si estaba asociado a la función pública. Y eso era una gran sinecura que con suerte podía durarle al agraciado todo el resto de su vida. En otros casos, el profesional serbio que no había emigrado, poseía ahora la cartera de clientes, la empresa, o lo que el exiliado dejó. O sencillamente, la competencia se había ido al extranjero. Por eso, muchos querían pensar que la crisis del año 2000 era una travesía del desierto meramente coyuntural, pues tarde o temprano la situación se aclararía. En realidad, toda la sociedad serbia y no sólo los profesioanels liberales habían quedado muy marcados por la filosofía de "transformarlo todo para que no cambie nada" puesta en marcha por Slobo. Las expectativas neoliberales de desempleo masivo y precios disparados o la lucha sin piedad por las prebendas que podían enfrentar entre sí a nuevos líderes, más transitorios que Slobo, levantaban oleadas de alergia. Y si se miraba al caos que imperaba en Kosovo, importado por los libertadores occidentales, la fiebre subía bastantes décimas.
No era de extrañar que ya en febrero hubiera reaparecido "Big Swinging Dick"-Holbrooke realizando agresivas declaraciones sobre lo mal que lo estaban haciendo los europeos en Kosovo[3]. Lo importante era que los serbios confiaran en lo bien que esta vez lo iban a hacer los americanos en Serbia.
El lugar era Budapest, Hungría. La cuestión era que los serbios no necesitaban visado para acceder al país vecino; llegar hasta allí en coche eran unas pocas horas. En el destino, los diplomáticos norteamericanos o funcionarios de todo tipo eran el contacto ideal. Ellos canalizaban las ideas y ayudas que llegaban del exterior y coordinaban al creciente número de opositores y colaboracionistas de todo tipo que acudían desde Serbia. Este tinglado lo encabezaban el Departamento de Estado, con "Maddy" Albright al frente, y la U.S. Agency for International Development, que distribuyó fondos de ayuda a través de empresas externas contratadas y dos instituciones de los principales partidos: el Instituto Nacional Demócrata (NDI) y su contrapartida, el Instituto Internacional Republicano (IRI).
Uno de sus objetivos preferentes era movilizar a la juventud: constituían la masa de maniobra ideal: barata, activa, sin miedo. Eso era importante para los americanos: los serbios tenían que perder el miedo, y los jóvenes serían la punta de lanza de la nueva actitud. Paradójicamente, el IRI encabezó esta parte del plan.
Un cartel de apoyo a OTPOR, pensado para conseguir apoyos occidentales. Ya por entonces sorprendía la modernidad de la tecnología propagandística desplegada por OTPOREra toda una nueva generación que había vivido su infancia y adolescencia bajo Slobo, hermanos pequeños de los jóvenes que habían abandonado Serbia a comienzos de los noventa. En cierta manera, la nueva generación había tardado en aparecer siete u ocho años y se llamaba "Otpor" ("Liberación"). En origen éste era un movimiento estudiantil surgido en la Universidad de Belgrado en el otoño de 1998. Su éxito se debía a su carácter inarticulado, similar a las tribus urbanas occidentales o los movimientos antiglobalización. Desde Budapest, delegados americanos daban ideas, explicaban que era eso del "assymetric political warfare", impartían breves cursillos. Uno de ellos, sobre resistencia no violenta, pagado por el IRI, se impartió en el Hotel Hilton a 24 jóvenes de Otpor. El libro estrella era la obra de Gene Sharp: De la dictadura a la democracia: Un marco conceptual para la liberación[4]; allí se podían leer hasta 198 tácticas de acciones no violentas, ideales para la situación en Serbia. Logos y pegatinas, recordaban en parte a las ideas de 1996-97, pero también poseían la calidad y modernidad de los gabinetes de diseño occidentales. Los 2,5 millones de pegatinas de "Gotov je!" se imprimeron en 80 toneladas de papel adhesivo, fueron pagadas por USAID y suministradas por Ronco Consulting Corp. de Washington. Lo mismo ocurrió con 5.000 envases de spray utilizados por los jóvenes activistas serbios en sus graffitis contra Slobo: fueron pagados por el contribuyente americano.
"Gotov je!" fue una idea con mucha garra, una verdadera "catchphrase". Significaba: "¡Está acabado!". Más adelante se acompañó de una original fotografía de Slobo, de espaldas, saliendo de la historia con ademán cabreado Era perfectamente reconocible, con su silueta masiva, la chaqueta estrecha para su volumen físico. Pero hubo muchas otras ideas: pins, emoticones de sabor funky, camisetas, campañas de e-mails. En Budapest se distribuyeron teléfonos móviles y hasta ordenadores portátiles. El dinero corría a raudales. Los periódicos americanos dijeron que se habían invertido más de 70 millones de dólares en movilizar y unir a la oposición serbia. Los fondos se entregaban en efectivo en la misma Hungría y más tarde incluso pasaron la frontera. Ni siquiera hoy en día los protagonistas y testigos de aquella enorme operación de inteligencia dan sus nombres. En la biografía de LeBor sobre Milošević abundan las referencias a un "diplomático británico", cierto "senior US official", una "fuente serbia de alto nivel" y otras similares. Pero la misma prensa norteamericana y europea explicó orgullosa, y en varias ocasiones, cómo había funcionado el audaz operativo[5].
Los asesinatos selectivos habían creado la conciencia generalizada de inseguridad, desgobierno y necesidad inevitable de cambio. La agitación juvenil estaba borrando el miedo. Ahora había llegado el momento de poner los motores en marcha para hacer efectiva esa transformación. Lo cual implicaba activar a las fuerzas de la oposición. Pero eso comportaba solucionar un serio problema que los americanos solventaron con brillantez.

Un cerebro "made in USA": Doug Schoen, quien años después de desempeñar un relevante papel en la sucesión a Milošević, se vería implicado en asesorías menos afortunadas sobre la guerra de Irak
En los lejanos Estados Unidos, el National Democrat Institute comisionó a una compañía privada para que pulsara la opinión pública en el interior de Serbia. Doug Schoen, de la empresa de sondeos Penn Schoen and Berland Associates, Inc. voló hasta Budapest para mantener una reunión con veinte representantes de partidos de oposición. La empresa era realmente eficaz. De hecho, Schoen ya había asesorado a Panić en la campaña electoral de 1992. En el Hotel Marriott de Budapest, con vistas al Danubio, Schoen desplegó sus conclusiones: por entonces, Milošević mantenía un 70% de votos favorables entre la población serbia. Los pesos pesados de la oposición, como Vuk Drašković o Zoran Djindjić arrastraban altos porcentajes negativos. Sin embargo, los mismos sondeos habían demostrado que un número suficiente de votantes yugoslavos estarían dispuestos a unirse tras un solo líder e ir contra Milošević, pero a cambio de que ese hombre exhibiera una serie de criterios básicos.
Él o ella tendría que ser básicamente nacionalista, poseer un pasado limpio, no estar implicado con el régimen de Milošević ni con el dinero extranjero y no haberse mezclado en las mezquinas pendencias que enfrentaban a los principales líderes de la oposición. Los delegados serbios debieron exhibir gestos irónicos: ¿Quién podría ser ese mirlo blanco? Pocas semanas más tarde, Schoen regresó con el nombre: era Vojislav Koštunica, con un potencial del 49% de los votos.
En esta ocasión, la sorpresa desplazó a la ironía. Koštunica era un líder menor, prácticamente un don nadie, que encabezaba el Partido Democrático de Serbia (DSS). Era un profesor universitario en estado puro, más que un político. Dirigía diversas revistas especializadas y era autor de áridos ensayos. Su partido era tan pequeño que la prensa del régimen bromeaba sobre sus militantes, que "cabían en una furgoneta"; aunque quizá sólo figuraban en el DSS los gatos de Koštunica, los felinos que coleccionaba y quería con dedicación.

En el año 2000, Vojislav Koštunica resultó ser un muy desconocido político serbio que cumplía a la perfección con la denominada "tabla de Schoen"
Por lo demás, Koštunica cumplía muy bien con la "tabla de Schoen": era declaradamente nacionalista, aunque no extremista; de hecho lo habían purgado de la Universidad de Belgrado en 1974 por sus ideas políticas. No había militado en la Liga Comunista, no había aceptado cargos del régimen de Milošević, como hizo Vuk Drašković; y no había recibido dinero de potencias extranjeras, como Zoran Djindjić. Era un académico de 56 años con una personalidad muy consolidada, ideas propias, independiente y sobrio. No era en absoluto un mal candidato. Por si faltara algo, añadió Schoen, el antiamericanismo de Koštunica, sus críticas a los ataques de la OTAN añadían puntos para hacer de él un buen oponente a Slobo.
A su regreso a Belgrado, los delegados serbios terminaron de rumiar la propuesta de Schoen. Los más contrarios a ella eran los partidarios de Zoran Djindjić. Realmente, éste era todo un peso pesado: alto apuesto, joven e inteligente. Había estudiado en Alemania, traductor de Husserl al serbio, luego se graduó con Jürgen Habermass. Vestía impecablemente según la moda alemana; tenía cierto valor personal y talento para cuestiones económicas y administrativas, era endiabladamente ambicioso. Una versión revisada y puesta al día de Adolfo Suárez en la transición española. Aunque se había cortado las greñas, Vuk Drašković era un ganapán a su lado, un oscuro periodista convertido en demagogo. ¿Iban a renunciar a un candidato así a favor de un plomo como Koštunica?
La respuesta vino de Djindjić en persona: Si. Koštunica podía hacerlo. En todo caso, hacía falta llegar a un compromiso: si las cosas salían según lo previsto, Koštunica ocuparía la presidencia federal y Djindjić se convertiría en primer ministro de Serbia.
(…)
Con el anuncio de los cambios constitucionales, Slobo lanzó su órdago electoral el 27de julio, cuando anunció que los comicios quedaban convocados para el 24 de septiembre. Una vez más, las crónicas de esos días pasaban por alto las motivaciones de ese paso tan polémico o escogían explicaciones un tanto disparatadas. No faltaba quien hablaba de las supersticiones de Mira y su afición por la astrología. También se solía mencionar el aislamiento en el que vivía Slobo para entonces: no se le informaba de nada, los teléfonos estaban mudos, los informes no circulaban de abajo hacia arriba, nadie se daba por enterado de nada. Ni siquiera los rusos o los chinos, los últimos aliados exteriores del régimen, habían informado a Slobo de la que se le venía encima.
Tardaremos mucho en saber qué pasó por la cabeza de Slobo. Lo cierto era que nada le obligaba a adelantar las elecciones. Podía seguir en el poder hasta el verano de 2001 sin que nadie le molestara. Anticipar un año los comicios fue precisamente lo que deseaba la oposición y para muchos fue visto como el suicidio político de Milošević.
A partir de la mentalidad de Slobo es posible reconstruir una hipótesis. Fue precisamente la información de lo que estaba ocurriendo lo que hizo que adelantara la convocatoria. Claro que los órganos de inteligencia y seguridad del régimen se estaban compinchando contra él, como suele ser la regla en esas situaciones. Pero el Partido Socialista le seguía siendo fiel, y de ahí llegaban muchas informaciones sobre lo que ocurría en Budapest y la enorme trampa que estaban tendiendo los occidentales liderados por los americanos y “Maddy” Albright, con más aspecto de actriz de cine “gore” que nunca.
Ante tal panorama, Slobo decidió que quien golpea primero da dos veces. Por otra parte, tampoco tenía muchas opciones. Dejar pasar meses y meses sólo conduciría a que el cerco se estrechara más y más. Slobo tenía sobrada confianza en sí mismo –lo cual era un problema- y creía que los viejos trucos podrían funcionar todavía. ¿La oposición quería elecciones anticipadas? Como en 1992, la respuesta de Slobo fue que tendrían elecciones. Eso si: por procedimiento de urgencia, sin apenas tiempo para organizar la campaña, de julio para septiembre, con el vacacional mes de agosto de por medio.
Después, si ganaba, Dios diría. La enmienda constitucional aprobada en julio ampliaba el término de permanencia del presidente federal. En los Estados Unidos se había entrado en la última fase de las presidenciales y según todas las señales, podrían ganar los republicanos: la candidatura de George Bush hijo. Si era así, la presión americana sobre Serbia decaería drásticamente, porque en el Partido Republicano estaban hartos de la obsesión demócrata por los Balcanes: lo suyo era Irak y Saddam Hussein.
La convocatoria de elecciones presidenciales fue el toque a rebato de la oposición. Era el ahora o nunca. Si fallaban, las potencias occidentales les retirarían el vital apoyo, nunca jamás podrían con Slobo.
En Budapest, en agosto, se montó a toda prisa la OYA, siglas que correspondían a Office of Yugoslav Affairs. Fue toda una prioridad personal de Madeleine Albright. La institución dependía de la Embajada norteamericana en la capital húngara y coordinaba todos los esfuerzos logísticos de ayuda a la oposición serbia. La dirigía William Montgomery, que había sido embajador norteamericano en Belgrado en los años setenta, cuando Slobo iba y venía de los Estados Unidos en su periodo de banquero. Lógicamente, ambos habían sido amigos.
La OYA trabajó de firme con la oposición. Algunas empresas de márketing serbias colaboraban en el esfuerzo final. Srdan Bogošavljević, director de Strategic Marketing recordaría más tarde en la prensa americana que la campaña fue concebida como si se tratara de colocar en el mercado una nueva marca de bebidas light o goma de mascar. Había que vender una nueva marca y sustituir a la antigua: vender Koštunica y liquidar Milošević. Cada palabra de cada mensaje de la oposición, de entre uno y cinco minutos, fue discutido con los “amigos americanos” y sopesada en rápidos encuentros ulteriores. En Hungría y Montenegro, los candidatos de la coalición al Parlamento federal eran aleccionados intensivamente sobre cómo responder a las preguntas de los periodistas, de qué forma rebatir los argumentos de los partidarios de Milošević, mantener la coherencia del propio mensaje. En 1995 los americanos enseñaron a los croatas las modernas técnicas de combate; cinco años más tarde entrenaban a los serbios en las avanzadas técnicas de la lid electoral a la americana.

Una cúpula de la Skupština o Parlamento federal, se recorta contra la humareda de los incendios que causaron los revoltosos el 5 de octubre de 2000: OYA tuvo una importante responsabilidad en la caída de Milošević
[1] Vid. el informe del International Crisis Group titulado: “Serbia´s embattled opposition”, del 30 de mayo del 2000, en: http://www.crisisweb.org
[2] "Newsweek", May 15, 2000, pag. 24: "Milosevic, the Comeback Kid", por Zoran Cirjakovic, con Josh Hammer en Priština.
[3] "EEUU responsabiliza a la UE de la ineficacia de la Administración internacional en Kosovo. Los embajadores europeos en la ONU preparan una protesta por las críticas norteamericanas", en: "El País", 10 de febrero, 2000, pag. 10.
[4] Gene Sharp, From Dictatorship to Democracy: A Conceptual Framework for Liberation, Albert Einstein Institution, Boston, 1993.
[5] Vid. un excelente relato en: "U.S. Advice Guided Milosevic Opposition Political Consultants Helped Yugoslav Opposition Topple Authoritarian", por Michael Dobbs, en: "Washington Post", 11 diciembre de 2000.
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11-Milošević

Slobodan Milosevic llega a la prisión de Scheveningen en la noche del 28 de junio, 2001
Una superstición serbia dice que el día 28 de junio, día de San Vito (Vidovdan) suelen acaecer sucesos sorprendentes y muchas veces, infaustos. Esa fecha corresponde al día en que tuvo lugar la batalla de Kosovo Polje, en 1389, cuando los ejércitos serbios sufrieron la decisiva derrota ante las fuerzas otomanas conquistadoras de Murad I. Quizás el 11 de marzo empieza a competir con el 28 de junio, a la vista de la coincidencia entre un atentado terrorista de alcance internacional y la muerte de Slobodan Milošević, persoanlidad central en los conflictos del occidente balcánico a fines del siglo XX. Ha pasado ya un año desde ese suceso y nada nuevo parece haberse añadido a las sombrías sospechas sobre el suceso o al impacto que tuvo sobre el intento de construir una legalidad internacional centrada en Europa. A continuación se reproducen tres artículos firmados por el autor de este blog: dos de ellos publicados, el tercero sale ahora a la luz tras ser rechazado por "El País".
Muerte anunciada e inoportuna, "El Periódico", 12.03.2006
La muerte de Slobodan Milošević en su celda de La Haya fue una pesadilla anunciada para los cada vez más escasos profesionales de la jurisprudencia y la política que seguían su juicio con una mínima asiduidad. En efecto, el proceso contra el mandatario serbio era la joya de la corona de una nueva justicia internacional que ya quedó un tanto tocada cuando se permitió que Saddam Hussein fuera juzgado en Irak y no en La Haya. Además, muchos otros estadistas susceptibles de ser encausados, nunca fueron ni siquiera molestados. En el juicio de Milošević las pruebas no solían ser muy concluyentes y algunas acusaciones, como la de genocidio, resultaban indemostrables. Y sobre todo, la duración: el juicio estaba resultando larguísimo, interminable. Eso era restarle contundencia y sobre todo, propiciar que ocurriera lo que al final sucedió: la muerte del acusado.
El general Ratko Mladic. Cabe la posibilidad de que este personaje tuviera que ver en alguna medida con los sucesos que confluyeron en la muerte de Milosevic. E incluso en la de Babic
Por si todo ello no fuera suficiente, el suceso acaece a los pocos días de que Milan Babić fuera encontrado muerto en su celda, tras haber cometido suicidio. Éste reo había sido presidente de la fantasmagórica República Serbia de la Krajina, una entidad que había surgida en Croacia en los comienzos de la guerra, allá por el verano de 1991. No se entiende muy bien qué pudo inducir a Babić a suicidarse, porque de hecho terminó siendo una víctima de Milošević y estaba en La Haya para testificar en su contra. Pero el suceso recibió una muy escasa cobertura mediática: buena muestra del desinterés que genera la justicia internacional en la sociedad. Y quizá también entre los mismos responsables del juicio. ¿Cómo puede ser que logre suicidarse un prisionero en una celda de alta seguridad?¿Cómo no se controló más estrictamente la salud de Milošević, cuyos problemas cardiacos eran bien conocidos?
La dejadez, el hastío, revelan hasta qué punto el proceso contra el estadista serbio poseía un componente de espectáculo que falló desde el comienzo, cuando el mismo acusado demostró ser capaz de defenderse a sí mismo con inesperada eficacia. Y a partir de ahí, la suerte del resto de los reos serbios en el TPIY pasó a depender de complejas negociaciones sobre lo que debían o podían testificar en función de las conveniencias de la acusación contra Milošević. Muy posiblemente, la odisea de Radovan Karadžić y Ratko Mladić tuvo que ver con esto: resulta realmente muy extraño que no hayan sido capturados desde 1995 escondidos como están en países tan pequeños como Bosnia, Montenegro o Serbia, y estrechamente vigilados por los servicios de inteligencia occidentales. Precisamente, la muerte de Milošević acaece después de unos meses de tira y afloja sobre la posibilidad de que el general Mladić se entregara a la corte internacional; el último rumor desmentido, hace pocas semanas. El quid de la cuestión podría residir en que el testimonio del militar serbio, de triste memoria, no habría implicado a Milošević en la matanza de Srebrenica y otros crímenes de guerra similares. Otro gol para la acusación y un triunfo para la defensa del ex mandatario serbio, que se vería reflejado al final en una sentencia mucho más suave de la esperada.
Heather Cottin, miembro del comité norteamericano de apoyo a Milosevic, en una manifestación de apoyo al estadista ante el tribunal de La Haya. Las asociaciones internacionales que lo apoyaban solían estar integradas por militantes de la izquierda comunista radical
Explicado así, parece que la muerte de Slobodan Milošević haya sido bien oportuna. Sin que el juicio llegue a su culminación, pervivirá internacionalmente la imagen que se tenía de él en 2001, cuando fue detenido. Ciertamente que en Serbia no tardará en surgir un culto a su figura como mártir de la “injusticia internacional”. Pero eso también iba a suceder una vez fuera leída la sentencia. Y al fin y al cabo, bien poco peso internacional tiene la opinión pública serbia: que digan lo que quieran aquellos que lo llorarán, que ya son bien pocos. Pero quien piense así caerá en aquello del “pan para hoy y hambre para mañana”. Los juicios y suicidios de jerarcas nazis en Nuremberg, tras la Segunda Guerra Mundial, no son un precedente comparable, porque Alemania había quedado destruida y ocupada, y no contaba ya nada en la política internacional, ante unos vencedores unidos en el interés por erradicar el nazismo. No es el caso de los juicios contra los criminales de guerra en la ex Yugoslavia. Los procesos a estadistas han de ser preparados con una perfección técnica superior a la requerida por los reos de derecho común, porque normalmente, un ex presidente tiene recursos para defenderse que son superiores a los de un ratero o incluso un estafador. Entre otros, la posibilidad de desvelar datos muy delicados que pueden salpicar a estadistas de las grandes potencias. 
Un momento de relajación en pleno juicio ante el TPIY. Milosevic fue un político con una extrema confianza en sí mismo. No lo hizo mal como abogado, cuando actuó en su propia defensa.
Slobo: un epitafio político, "La Vanguardia", 12.03.2006
Los relatos que describen a Slobodan Milošević como una persona dotada de una enorme frialdad o una inteligencia diabólica son sólo un reflejo del sensacionalismo de ciertos medios. “Slobo” era un hombre notablemente común y corriente, parecido a los que podemos encontrar cerca de nosotros mismos, en nuestro trabajo, entre el vecindario, en el grupo de conocidos que frecuentamos habitualmente.
¿Qué fue entonces lo excepcional de Milošević, qué le proyectó de forma imparable hacia el poder? En primer lugar, una acentuada confianza en sí mismo, muy superior a la que cualquier persona tiene en sus capacidades. Eso terminaría siendo también su perdición, pues hasta el último momento creyó que lograría jugar contra el resto del mundo. Después, una desconcertante capacidad para ir combinando, según le convenía, las diferentes facetas de su personalidad. Una parte de ese componente provenía de su pasado como cargo importante en la Liga de los Comunistas de Yugoslavia: Slobo era un comunista y lo fue hasta el final. Pero a la vez, era un admirador de cierta imagen de eficacia occidental que se resumía a la perfección en los Estados Unidos. Milošević admiraba ese país, sobre todo a raíz de los viajes que hizo cuando estaba al cargo de un importante banco yugoslavo. Y eso se notó claramente durante las conversaciones de Dayton, en 1995. Por último, Slobo era además un serbio procedente de una oscura ciudad de provincias y en ocasiones también extrajo recursos de ahí, especialmente cara a los que le votaban o apoyaban en su país. La combinación de esos tres elementos de su personalidad hacían de él un político muy impredecible en su época, tanto para los extranjeros como para los mismos serbios.
Firma del Tratado de Paris, que concluyó la guerra de Bosnia, 1995. Fue uno de los momentos de mayor gloria de Milosevic, coronado como estadista internacional y personaje clave en las conversaciones de Dayton. A la derecha de Milosevic, Felipe González
Esos recursos le sirvieron para gobernar de forma autoritaria sin llegar a imponer un régimen totalitario. En efecto, Slobo no gobernó como un dictador; pura y simplemente no podía hacerlo, porque nunca dispuso de los medios para instaurar una dictadura. Entre el Ejército federal y él no existía la mutua confianza necesaria para dar un golpe conjunto o para que las fuerzas armadas colaboraran. Posiblemente se hubiera desencadenado una guerra civil entre serbios, y a eso no quería llegar nadie.
En consecuencia, Slobo hubo de echar mano de sus recursos, capacidades y un estilo propio que en parte recordaba su pasado de político formado en las conspiraciones de la Liga, pero también de su formación jurídica. En efecto, a veces gobernó como un abogado tramposo, logrando la proclamación de leyes que le convenían para forzar después su interpretación; o haciendo juegos malabares con los votos y los porcentajes. La derivación nefasta de todo ello fue su tendencia a métodos gangsteriles, como el recurso a "hombres para todo" capaces de organizar palizas o armar grupos paramilitares como los que actuaron en Bosnia. Pero nunca fue un hombre de uniformes fantasiosos, como el nacionalista Tudjman: Slobo era de traje y corbata, un líder de despacho al que no le hacía ninguna gracia visitar hospitales o provincias irredentas. Jugó a ser caudillo carismático, pero en cuanto pudo representó ese papel desde la televisión; las grandes tribunas al aire libre fueron una temprana excepción. En tal sentido, su forma de gobernar siempre estuvo hecha a base de reuniones cortas, preparadas de antemano y en las que no se discutía. Si alguien expresaba alguna disensión era convocado más tarde, a solas. El poder que ejercía Slobo no se ayudaba con ruidosas oficinas, activos grupos de trabajo y equipos de consejeros.
Corbata y americana bajo el calor: el célebre discurso de Milosevic en Gazimestan, Kosovo, 28 de junio de 1989
En realidad, nada de esto era tan específico de Milošević; tampoco estaba enraizado en la forma serbia de concebir la política, si es que existe tal cosa. En toda Europa del Este, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, se sucedieron regímenes políticos similares al de Slobo, que algunos historiadores denominan "de democracia vigilada" o "congelación de la democracia". El parlamento continuaba funcionando, pero los partidos representaban cada vez menos a los ciudadanos, éstos veían sus derechos restringidos; la prensa seguía siendo independiente pero recibía duros golpes, el presidente o proto-dictador se imponía mediante subterfugios legales y políticos y, ocasionalmente, la fuerza bruta. Tal ocurrió en la Hungría o la Polonia del periodo de entreguerras.
Colección de sellos conmemorativos relativos al sindicato polaco Solidaridad. Los motivos religiosos hicieron causa común con las reivinidcaciones obreras y todo ello articuló la recuperación de un nacionalismo agresivamente anticomunista del que surgieron los actuales gemelos Kaczynski
Más cercanas en el tiempo, son las comparaciones entre el lenguaje político utilizado o instrumentalizado por Milosevic y el de su misma época. A mediados de los 80, los brotes de nacionalismo en Europa oriental -con toda la carga de "peligrosidad" que se le daba desde Occidente- tenían ya unos cuantos años. Se puede decir que todo comenzó de forma muy clara y explosiva con el nacionalismo de raíz católica reactivado en torno al sindicato Solidaridad en Polonia desde 1980. Procesiones con popes o el dramático periplo de los restos del príncipe Lazar que se vivieron en Serbia en la segunda mitad de esa misma época, tuvieron de hecho su precedente y equivalente en las emotivas misas y confesiones públicas celebradas en los astilleros de Gdansk, las peregrinaciones al santuario de Częstochowa o el delirio colectivo provocado por la visita del Papa Karol Wojtyla en junio de 1979. Los medios de comunicación occidentales se extasiaron ante la resurrección de la catolicidad anticomunista, símbolo eterno del nacionalismo polaco, y se mofaron de la ortodoxia balcánica convertida en bandera del nuevo nacionalismo serbio (y rumano o búlgaro). Pero en realidad formaban parte de un mismo discurso político.
Cuando en la primavera de 1987 Slobo dio su célebre discurso en Kosovo, las cosas habían evolucionado mucho en todo el Este. Por aquella época, recién comenzada la "perestroika" en la Unión Soviética, el desencanto con los regímenes comunistas estaba ampliamente extendido en toda la mitad oriental de Europa, entremezclado con las crisis económicas que se vivían en varios de ellos. En consecuencia, algunos líderes comunistas recurrieron a resucitar antiguas o nuevas consignas nacionalistas buscando movilizar a la ciudadanía o, al menos, un respaldo popular a las necesarias reformas que solían tener mucho de impopular. Desde occidente ese renacimiento del nacionalismo en el Este fue calificado de forma positiva o negativa según las circunstancias o las conveniencias, como había ocurrido con el nacionalismo de base católica a comienzos de los ochenta.
El dirigente comunista húngaro Imre Pozsgay recurrió al nacionalismo para reactivar el entusiasmo popular por el partido comunista, más o menos por la misma época en que Milosevic hacía lo mismo. Pozsgay agitó la situación de la minoría magiar en Transilvania y Milosevic la de los serbios en Kosovo.
En definitiva, Slobo no era un hombre tan alejado de su época ni de su contexto cultural; tampoco era ajeno al ambiente social en el que vivió y creció durante los primeros años de su carrera. Parece ser que incluso se sentía cómodo en el arrabal de bloques que era Novi Beograd, donde vivió nada más llegar a la capital.
Por lo tanto, el epitafio político y personal de Slobodan Milošević podría ser el siguiente: gobernó a la última Yugoslavia como si fuera una gran potencia internacional. Con la audacia, arrogancia y brutalidad con que los grandes estadistas manejan sus grandes estados todopoderosos. Pero resultó algo así como conducir un pequeño SEAT (o Zastava) 600 en los grandes circuitos de carreras, con aspiraciones a que hiciera el papel de un fórmula 1. Aún así, obtuvo resultados más allá de lo que cabría esperar. Pero fue perdiendo piezas por el camino y el desastre final, para Serbia, y para sí mismo, fue de considerables proporciones.
Una de las fotos más originales de Milosevic y en cierta manera, también una de las más representativas
La última pirueta del supervillano, rechazado por "El País"
El fallecimiento de Slobodan Milošević en su celda de la prisión de Scheveningen y el abrupto final del juicio que se seguía contra él en el Tribunal penal internacional de La Haya, han sido casi unánimemente calificados en la prensa europea como de serio inconveniente para lo que debería haber sido una nueva justicia internacional erigida sobre las ruinas del mundo bipolar de la Guerra Fría. Al margen de que el juicio estuviera mal o bien planteado, es innegable que las cosas en la prisión de Scheveningen no funcionaban como es debido. No resulta fácil justificar lo que parece flagrante negligencia que llevó al suicidio de dos detenidos: primero el de Slavko Dokmanović, y ahora, el de Milan Babić , pocos días antes de que falleciera Milošević, detalle revelador que se ha metido bajo la alfombra en una buena parte de los periódicos occidentales. Lo llamativo del caso Babić es que no se entienda la lógica que subyace al suceso, dado que terminó siendo una víctima de Milošević y como tal iba a declarar en contra de su antiguo protector. Pero la ingesta de medicinas no controladas por el ex presidente serbo-yugoslavo no puede disimularse fácilmente como rocambolesco complot por parte del fallecido: el asunto central es que, al parecer, nadie detectó la entrada de tales medicamentos en una prisión de alta seguridad, ni su ingesta reiterada por parte del reo más importante.

Milan Babic: los periódicos españoles, y entre ells "El País", pasaron de largo sobre su suicidio en la prisión de Scheveningen. Posiblemente, consideraron que no resultaba significativo el hecho de que tuviera lugar pocos días antes de la muerte de Milosevic. O quizá pensaron lo contrario.
Por lo tanto, intentar justificar moralmente que de una forma u otra, Milošević es el culpable de lo ocurrido, antes de saber lo que realmente ocurrió, viene a ser postura de beata colocando moralinas, lo cual, como mínimo, resulta poco útil para analizar lo sucedido y sus consecuencias reales. Aplaudir la pena de muerte por intercesión divina no es sino una forma de añorar su aplicación terrenal, sin tener el valor de pedirla. O sea: es ponerse a la altura de Milošević o de algunos de sus adversarios en las repúblicas vecinas, que sí la aplicaron. El tiempo dirá si el mandatario serbio estaba en situación física de planear rocambolescas fugas en la mejor tradición cinematográfica del género, lo cual tampoco disculparía en absoluto la relajada seguridad de la cárcel holandesa. Pero lo cierto es que su fallecimiento, incluso por las causas más naturales que imaginarse puedan, es una mala noticia para Europa, y así lo ha comentado la gran mayoría de la prensa del continente. Porque el Tribunal Internacional de La Haya es una institución de factura básicamente europea, y el varapalo que ha recibido no deja de ser un golpe más al prestigio de las instituciones continentales, en una época en la que éstas vienen siendo muy cuestionadas. El efecto negativo de lo ocurrido en Scheveningen se amplifica, si cabe, por el hecho de que desde Europa se ha criticado –y con razón- la formaen que más allá de nuestras costas se hace justicia en la lucha contra el terrorismo internacional. Por estos pagos, no podemos caer en tales errores; y mucho menos, intentar disimularlos con disculpas que a veces rondan la frivolidad o que traen ecos de un tipo de “complot balcánico” al que Milošević y los suyos eran tan aficionados.

Los expertos en jurisprudencia fueron muy críticos con Carla del Ponte y su estrategia en el proceso a Milosevic. Puede que su larga duración tuviera una influencia decisiva en el fallecimiento del reo, físicamente debilitado. Pero desde luego, la fiscal no supo prever que esa posibilidad pudiera tener lugar, lo que constituyó un golpe demoledor al intento de poner en marcha una justicia internacional. Y aún así, no dimitió: sigue siendo una de las escasas figuras del grupo inicial de juristas que continúa actuando en los procesos del TPIY
En cuanto a éste, ya ni siquiera es tema para juristas: ha pasado definitivamente al dominio de la historiografía. Y desde ese punto de vista es posible analizar la responsabilidad del sensacionalismo mediático y político en la agudización de un problema político. Podría denominársele la “teoría del supervillano”: al exagerar tanto la maldad de un determinado estadista, al marcar las tintas sobrepasando incluso las líneas editoriales y convertirlo en esperpento, la figura del supervillano se hace increíble para una parte importante del público consumidor. Ese efecto paradójico marcó casi toda la vida política de Milošević, e incluso las circunstancias de su muerte. Pero también parece haber tenido una gran responsabilidad en lo mal llevado que fue el juicio, con una fiscalía que se obcecó en probar infructuosamente la acusación por genocidio y en generar un monumental precedente histórico que se prolongó durante cuatro años. Milošević tuvo la habilidad de utilizar a su favor la desmesura del juicio, hasta el punto de que el pasado mes de diciembre él mismo rechazó la separación del proceso sobre Kosovo que hubiera supuesto una rápida sentencia en firme sobre una parte del total. El resultado es que, como señalan los expertos internacionales cercanos al TPI, el reo ha muerto sin poder probar su culpabilidad. Algo, que lógicamente, ha sentado muy mal a sus víctimas.
Una viñeta francesa, ciertamente grosera, pero muy descriptiva de lo que supuso la muerte de Milosevic para el TPIY
Por lo tanto y ahora que los únicos jueces de Milošević serán los historiadores, se impone desechar las consignas y recuperar cierto rigor en el análisis. Hace días, y tras equivocarse reiteradamente en la fecha en la cual Milošević viajó a Kosovo por primera vez, iniciando así su estrategia de apoyarse en el emergente nacionalismo serbio, un académico escribió en esta misma sección que era una “candorosa superstición” suponer que “desde 1986” –en realidad 1987- Milošević buscaba preservar el estado yugoslavo. ¿Todavía nos manejamos con artículos de fe? Han pasado casi veinte años: el dato se tiene o no se tiene, no es una cuestión de creencias o supersticiones. En definitiva, está fuera de lugar que sigamos luchando en guerras del pasado para justificar las torpezas del presente. Ya no podremos utilizar a Milošević para tapar el desastre que ha sido la justicia internacional; ni tampoco para echarle las culpas sobre la parálisis política, institucional y económica de Bosnia y Kosovo. Occidente ha de asumir su importante cuota de culpa en lo sucedido, sobre todo para enmendar los errores y construir un futuro viable para los afectados.
Etiquetas: Babic, Bosnia, Carla del Ponte, Hungría, Kaczynski, Kosovo, Milosevic, Polonia, Poszgay, Serbia, Solidaridad, TPIY, Transilvania, Wojtyla
Srebrenica: la manipulación de una tragedia (y 2)

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Bosnian Girl", fotomontaje por Selma Kameric, sobre uno de los grafittis encontrados por el fotógrafo bosniaco
Tarik Samarah en los acuartelamientos de los cascos azules holandeses en Potocari, 1995. La explotación política de Srebrenica ha devenido obsesiva y se nutre de todo tipo de detalles, algunos con un considerable grado de sordidez
"Hoy gobernar significa dar signos aceptables de credibilidad. Es como la publicidad y consigue el mismo efecto, el compromiso con un escenario."
Jean Baudrillard (1929-2007), in memoriam
Por supuesto que Belgrado sabía que Srebrenica iba a caer en manos de las tropas serbobosnias, tiene razón el CIJ. Suponiendo que el tribunal posea una idea clara sobre lo que entiende por “Belgrado”. Por lo que hoy se conoce, Milošević no parecía tener una idea precisa sobre lo que iba a ocurrir; es decir, la masacre. Posiblemente, ni siquiera lo sospechaba. Por una razón bastante sencilla; por la misma por la cual nadie ha podido o sabido explicar hasta ahora, ante el Tribunal Penal Internacional, por qué tuvo lugar la matanza, cuáles fueron las motivaciones reales de los verdugos para obrar así. Parece increíble, pero es la pura verdad: nadie, hasta ahora, (y menos que nadie, nuestra gloriosa prensa) ha dado una explicación pública sobre las razones de la masacre. ¿No les resulta mínimamente sospechoso o cuanto menos, intrigante? Y téngase en cuenta que en La Haya ya han sido juzgados algunos responsables de la misma. Por ejemplo, el general serbobosnio Radoslav Krstić, condenado ya en agosto de 2001. O bien Momir Nikolić, Vladoje Blagojević, Dragan Obrenović o Dragan Jokić. Precisamente, durante el juicio contra Krstić, el consejero para asuntos militares de la fiscalía, Richard Butler, llegó a decir que la masacre desafiaba la explicación racional, dado que los victoriosos serbobosnios hubieran podido intercambiarlos prisioneros musulmanes u obtener concesiones políticas con sólo mantenerlos prisioneros bajo supervisión de la Cruz Roja.
De momento, la mejor explicación sobre las circunstancias que condujeron a la masacre se pueden leer en el largo y prolijo informe elaborado y situado en la red por el Instituto para la Documentación sobre la Guerra (NIOD), trabajo encargado en noviembre de 1996 por el gobierno holandés (Parte IV, Capítulo 2, apartado 3). De su lectura se deduce que, muy posiblemente, la decisión de ejecutar a los prisioneros se tomó sobre la marcha (“there was no proof that the mass murder of the men may have formed part of the plans for the capture of Srebrenica before the operation itself”) y no antes del mediodía del 12 de julio. Si esto fue así, casi ni los mismos protagonistas directos de las ejecuciones tuvieron muy claro lo que iba a suceder cuando entraron en el enclave. Significativamente, eso liberaba a Slobodan Milošević del protagonismo en la masacre (lo cual resultaba lógico de antemano, porque no le aportaba ningún beneficio político). Con lo cual, como se vio claramente ya el año pasado antes de su muerte, resultaba muy difícil acusarlo de “genocidio”. Quizás eso ayude a explicar su oportuno fallecimiento.

Dragan Obrenović, uno de los militares serbobosnios ya juzgados por el TPIY en relación a la masacre de Srebrenica. Tampoco él explicó por qué tuvo lugar.
Pero en lo tocante al ataque contra Srebrenica, es evidente que se sabía por adelantado que tendría lugar. Posiblemente, desde finales de esa misma primavera. Desde luego, en Belgrado, aunque quizá más en los pasillos del Estado Mayor del Ejército que en los del gobierno o incluso la presidencia. Pero también en Londres y en Washington. Y desde luego, y sobre todo, en Sarajevo. A comienzos de aquel verano, la inminente ofensiva contra Srebrenica era un secreto a voces. O algo más que un secreto: existen acusaciones de que para algunos, y no precisamente serbios, era un deseo. Se han producido acusaciones cruzadas. Por ejemplo, contra el presidente Izetbegović, que según algunos testigos, buscaba a cualquier precio una intervención militar internacional, y no retrocedía ante la posibilidad de que una matanza en cualquier punto de Bosnia sirviera de catalizador.
Ya se ha podido leer en el post anterior de esta serie: Ibran Mustafić un diputado del SDA, fundador de ese partido en Srebrenica y superviviente de su caída en manos serbias, concedió en julio de 1996 una muy dura entrevista a “Slobodna Bosna” en la que, sin dar nombre, acusaba a la directiva política bosniaca de utilizar al enclave y sus víctimas como la “víctima propiciatoria sobre la que fundar el nuevo estado [bosnio]”. Algo debe tener de verdad la acusación, cuando el jefe militar de la defensa de Srebrenica, Naser Orić, fue retirado de allí con sus jefes de estado mayor, con mucha antelación al ataque serbio. El 21 de marzo de 1995 recibieron la orden de trasladarse a una montaña cercana conocida como Orlov Kamen, donde fueron recogidos por un helicóptero, casi dos semanas más tarde. Sarajevo buscaba asegurarse que no quedara en el enclave nadie que pudiera dar información sensible a los atacantes. Y Orić podía explicar muchas cosas sobre su comportamiento y el de sus hombres entre 1993 y 1995. Por ejemplo, por qué y para qué convirtieron una “zona segura”, bajo protección de la ONU, y por lo tanto desmilitarizada, en una base militar bosniaca desde la cual, la División 28 de la Armija lanzaba ataques contra las aldeas y caseríos serbios de la vecindad.

Naser Orić, con algunos de sus hombres, cuando actuaba como comandante de la 28ª División de la Armija en la "zona desmilitarizada" de Srebrenica, 1993-1995
En la cercada Srebrenica se llegó a rumorear que la retirada de Orić obedecía a un plan por el cual el presidente Izetbegović habría negociado con el líder de los serbobosnios, Radovan Karadžić, en orden a intercambiar los tres enclaves de Bosnia oriental (Srebrenica, Žepa y Gorazde) por los barrios serbios de Sarajevo. Pero ésta era la versión más sencilla de una compleja realidad diplomática. Otra variante de más altos vuelos, por ejemplo, implica al embajador Robert C. Frasure, enviado especial de Bill Clinton a Belgrado, en mayo de 1995, para negociar el reconocimiento oficial de Bosnia-Hercegovina como un estado soberano por las autoridades serbias, con Slobodan Milošević al frente. A cambio, las Naciones Unidas suspenderían las sanciones contra Serbia. Pero para que el nuevo estado pudiera mantenerse, era necesario simplificar el complejo mapa que habían creado las líneas del frente. Y por ello eran previsibles los ajustes e intercambios de poblaciones. Ahí entraban los tres enclaves de Bosnia oriental, que el gobierno de Sarajevo no podría mantener convenientemente conectados y abastecidos. Este asunto, que incluía el mencionado intercambio de los enclaves por los barrios serbios de Sarajevo, ya había sido planteado durante el verano de 1993, y aceptado por el entonces primer ministro bosniaco Haris Silajdžić –el mismo que estos días ha rechazado el fallo del CIJ, por cierto. Los serbios accedieron al intercambio en la primavera de 1994. En enero de 1995, el mismo Izetbegović le explicó el plan a Richard Holbrooke. El problema era que, llegado el momento, nadie estaba preparado para respaldar públicamente ese tipo de cambalaches. Al menos en aquella época.

El embajador
Robert C. Frasure, enviado especial norteamericano a Bosnia y protagonista de acuerdos con las autoridades de la Republika Srpska. Murió en un accidente de automóvil cerca de Sarajevo, agosto de 1995
Por lo tanto, parece que la idea del intercambio experimentó notables vaivenes en el grado de apoyo que le concedieron los grandes protagonistas occidentales sobre el terreno. Pero da la sensación de que todos ellos estaban preparados para admitir los hechos consumados como paso previo a un rediseño de las fronteras entre serbios y musulmanes en Bosnia que debía preparar las cosas para discutir el plan de paz. El resultado es que en la primavera de 1995 los altos mandos de las fuerzas internacionales en Bosnia (Rupert Smith, jefe de las fuerzas ONU en Sarajevo, y Bernard Janvier, comandante de todas las presentes en la ex Yugoslavia) sabían que Mladić atacaría Srebrenica aquel mismo verano. Y también, que la aviación de la OTAN no sería utilizada para prevenirlo. Según parece, incluso existía un acuerdo verbal entre Janvier y Mladić surgido de la reunión que mantuvieron el 9 de junio de 1995. Al parecer, la explicación semioficial ofrecida –con sordina- era que las fuerzas de la ONU no podían asumir políticamente la toma de más cascos azules rehenes, como los que habían hecho las tropas serbobosnias a partir del 26 de mayo (más de 324 soldados).
Muchos responsables políticos y militares occidentales sabían perfectamente que Mladić atacaría Srebrenica. Y no hicieron nada por impedirlo; y no han sido mencionados en absoluto en la sentencia del CIJ. En los principales libros y artículos sobre la caída de Srebrenica o la guerra de Bosnia, aparecen de una forma u otra, alusiones al hecho de que Washington tenía conocimiento de lo que se preparaba y accedieron (quizás incluso dieron una discreta luz verde a los serbios). Ahí está el soberbio libro de Laura Silber sobre las guerras de Yugoslavia, en el que Sandy Vershbow, uno de los asesores de Clinton, reconoce que sí, que ya les venía bien la desaparición de los enclaves musulmanes en Bosnia oriental para lanzar un plan de paz exitoso en el que las partes estuvieran militar y territorialmente a la par. Ahí está también el grueso libro de David Rhode, considerado uno de los más completos sobre la caída de Srebrenica, el cual entrevistó a oficiales de la inteligencia americana. Y desde luego, el célebre periodista británico Tim Judah, también asume que los norteamericanos lo sabían y dejaron hacer. Un poderoso y denso resumen de todo ello puede leerse todavía en la red, publicado en su día por la prestigiosa “The New York Review of Books”: se trata de “Bosnia, The Great Betrayal”, firmado por Mark Danner: no queda títere con cabeza. Dos párrafos resumen lo dicho:

Sandy Vershbow en una foto reciente, como embajador en Corea del Sur
“En cuanto a los americanos, habiendo fracasado en llegar a un acuerdo con Milošević, empezaron a poner en circulación una nueva aproximación diplomática –los funcionarios del Pentágono eran los grandes protagonistas, ellos que siempre se habían opuesto a cualquier política que temían pudiera llevar a la intervención- la cual, de acuerdo con un colaborador de la Casa Blanca, “enfatizaba la necesidad de que el territorio federal fuera defendible. Debía ser compacto, coherente y defendible”. Una prioridad que no fomentaría el que los funcionarios americanos revisaran las interceptaciones de inteligencia buscando amenazas para Srebrenica o, en esta cuestión, que lamentaran la completa desaparición –en un sentido u otro- del “problema de los enclaves orientales".
Así que, cuando los oficiales de inteligencia norteamericanos escucharon a los generales Mladić y Perišić planear su siguiente movimiento, los diplomáticos norteamericanos decidieron. Según Sandy Vershbow, encargado de la política bosnia en el Consejo de Seguridad Nacional, “el futuro de Srebrenica parecía bastante oscuro. Por entonces ya estábamos considerando que sería juicioso tener en cuenta algún tipo de intercambio por otros territorios [con los serbios], al menos por el más pequeño de los enclaves orientales”. De hecho –continúa Mark Danner- los americanos habían ido más allá, tal como apunta Tim Judah en , The Serbs (Yale University Press, 1997) y “estaban sugiriendo discretamente que [Srebrenica] debería ser cambiada por algún territorio en otro lugar”, lo cual transmitió a los protagonistas implicados que en el gobierno americano “lejos de revocar la limpieza étnica se tomó una decisión que implicaba la necesidad de añadir todavía más”. Fin de la cita.
Pero sobre todo, una vez acaecidas las inesperadas matanzas, ¿quién admitiría la responsabilidad en el respaldo de un plan apenas pergeñado, pensado para ser aplicado de forma fantasmagórica y que resultó ser un fiasco sangriento? En vez de eso, Madeleine Albright demostró una gran rapidez de reflejos aprovechando la información disponible sobre las represalias serbias en Srebrenica. Según apunta Diana Johnstone, muy agudamente, Srebrenica comenzó a ser utilizada como palanca para obtener toda una serie de beneficios políticos sobre el terreno. Beneficios obtenidos por la diplomacia norteamericana tras informar al mundo de que se había producido una matanza en el enclave:

Diana Johnstone en una foto de hace años, ya como célebre activista contra la guerra de Vietnam
a.- La ya explicada en el primer blog de esta serie: desviar la atención de los diplomáticos y medios de comunicación mundiales sobre los excesos que estaban cometiendo las tropas croatas en la Krajina, precisamente en ese momento: agosto de 1995.
b.- Implicar a los serbobosnio en un “genocidio”, en orden a descalificarlos en futuras negociaciones sobre el futuro de Bosnia-Hercegovina. Y así fue, en efecto: en la conferencia de Dayton fue Milošević quien actuó en nombre de los serbobosnios, cuyos representantes quedaron claramente marginados. De esa forma, el dirigente serbio estuvo en condiciones de hacer concesiones que Karadžić y los suyos hubieran rechazado (como ocurrió en 1993). Hoy en día, como se ha visto en la sentencia del CIJ, se sigue recurriendo a esta palanca.
Y una vez firmados los acuerdos de Paris y finalizada la Guerra de Bosnia:
c.- Al culpar al contingente de cascos azules holandeses de la caída de Srebrenica, se atacó en profundidad al prestigio de las Naciones Unidas, por lo cual, ya durante la crisis de Kosovo (1999), la OTAN emergió como la única organización internacional capaz de llevar a cabo una “intervención humanitaria”. En la actualidad, ese sigue siendo un tópico manido con recurrente fruición. Véase, a título de mero ejemplo de última hora, la crónica publicada ayer mismo en “El País”, firmada por Georgina Higueras y encabezada por un título artificioso: “¿A quién le importa Srebrenica?”
d.- Al identificar a Milošević con los serbobosnios, y al explotar a la vez la teoría de que las matanzas de Srebrenica formaban parte de un plan serbio de “genocidio” llevado a cabo en base a planteamientos racistas o nacionalistas, Madeleine Albright pudo argumentar en 1999 que lanzar a la OTAN contra Yugoslavia era necesario para “prevenir” (noción básica) una “nueva Srebrenica” en Kosovo.
e.- Posteriormente (y todavía ahora, en buena medida), Srebrenica fue utilizada como un instrumento para presionar en la cúpula política de la Serbia post-Milošević. Pero para que eso funcionara adecuadamente, era necesario que la masacre fuera lo más grave posible. No bastaba con tipificar lo acaecido como “crimen de guerra” –como los cometidos por las fuerzas norteamericanas en Vietnam, Panamá ó Irak. Por eso, durante el juicio en el TPIY contra Milošević se cambió la definición previa sobre el marco conceptual del término “genocidio”, estableciéndose el límite de vidas humanas en 7.000, a fin de que Srebrenica encajara en la definición, rematadando la jugada con frases estereotipadas que calificaban al hecho como “la peor atrocidad cometida en Europa desde el Holocausto”. Esto hacía que las ejecuciones en Srebrenica aparecieran como un plan diseñado en las más altas instancias del poder serbio, no la obra de unos paramilitares o policías rabiosos y fuera de control.

Ibran Mustafić, fundador y lider local del SDA en Srebrenica, quien denunció que el trágico destino del enclave se debió en buena medida a la traición del gobierno de Sarajevo en 1995.
Resulta exagerado afirmar que este tipo de argumentos alimentaron el desarrollo de un fanatismo islamista que desembocó en la actual “guerra global contra el terrorismo” o incluso el “choque de civilizaciones” (hay quien explica incluso que existieron contactos concretos entre Izetbegović y Osama Bin Laden). Pero Bosnia en general y Srebrenica en particular sí que contribuyeron a la puesta a punto de la estrategia norteamericana del ataque preventivo a fin de “evitar que vuelva a suceder”. Y la guerra preventiva tendiente a evitar el genocidio (mediante armas de destrucción masiva, por ejemplo) deja de lado las negociaciones diplomáticas que, de haber sido llevadas de forma coehrente y paciente hubieran evitado, por cierto, las guerras en la ex Yugoslavia, la de Bosnia y, en definitiva, la tragedia de Srebrenica.
“Hoy es un dogma incuestionable –continúa Diana Johnstone- que recordar las atrocidades es un “deber de la memoria” hacia las víctimas, algo que debe ser repetido sin fin, por temor a olvidarlo. Pero ¿es eso tan obvio? La insistencia en las pasadas atrocidades puede servir, simplemente, para preparar la próxima oleada, que es lo que realmente ha sucedido en los Balcanes, y más de una vez. Porque en realidad, las víctimas muertas no pueden aprovecharse de esos recuerdos. Pero la memoria de la comunidad de las víctimas es un capital moral y político de gran valor para sus herederos y especialmente para sus autoproclamados campeones. Y en el caso de Bosnia, promete aportar unos beneficios financieros considerables. Si Milošević , como anterior presidente de Serbia, puede ser convicto de genocidio, entonces los bosnio musulmanes esperaran obtener millones de dólares en reparaciones que mantendrán a Serbia de rodillas para el previsible futuro”.
Nueva cita, esta vez procedente del artículo de Georgina Higueras, mencionado más arriba: “Basándose en este informe el del NIOD [citado también en este mismo post] un grupo de Madres de Srebrenica demandó al Gobierno holandés y pretende compensaciones millonarias por los seres queridos”. Qué situación: la única baja mortal entre los cascos azules holandeses en Srebrenica se produjo por una granada de mano que le lanzó uno de los combatientes musulmanes presentes en el enclave. Pueden también echar un vistazo a los párrafos iniciales del artículo de Mark Damer para entender cuál era la verdadera relación entre las tropas holandesas en el enclave “desmilitarizado” y los combatientes de Naser Orić.
Tiene razón Diana Johnstone, las reparaciones al final de una cadena que ha convertido a Srebrenica en trade mark, en un producto político y mediático construido sobre lo que ha sido redefinido oportunamente como un genocidio, a partir de la muerte de 7.000 personas. Muchas de ellas simples civiles pero también soldados de la Armija. Una buena parte de ellos, brutalmente ejecutados; pero también muertos en combate en las emboscadas al norte del enclave. Un porcentaje mayoritario de ellos prisioneros de guerra, desde luego; pero asimismo, computadas como tales un número indeterminado de bajas producidas en los combates anteriores al mes de julio de 1995 en torno a Srebrenica.
Si: Srebrenica fue el comienzo de caminos que con el tiempo llegarían a destinos cuestionables. El fracaso de la ONU dio paso a un protagonismo de la OTAN que terminaría llevando la Organización Atlántica al lejano atolladero de Afganistán. Las acusaciones nunca probadas contra Milošević a raíz del supuesto genocidio, recuerdan mucho a las que llevaron al ignominioso ahorcamiento de Sadam Hussein. Tal como afirma Diana Johnstone, Srebrenica dio un excelente argumento a lo que poco después se convertiría en “guerra preventiva”. Pero Srebrenica también señaló el principio de graves y persistentes amnesias de los occidentales. Un fenómeno muy caracterísrtico de la posguerra fría. Lo explica muy bien el que por entonces era Secretario General de las Naciones Unidas, el egipcio Boutros Boutros-Ghali:
“Un año después del genocidio en Ruanda, viajé a África una vez más. El conflicto en Bosnia estaba llegando a su climax; Srebrenica y Žepa habían caído, y los serbios estaban a punto de derrotar el esfuerzo internacional en la antigua Yugoslavia. ¿Cómo podría justificar mi ausencia de Bosnia o de la sede central de las Naciones Unidas en Nueva York durante este periodo crítico? Los periodistas me presionaron para obtener de mí una respuesta, una y otra vez. “Porque –dije- si cancelo este viaje, que programé desde hace tiempo, los africanos dirán que mientras se está produciendo un genocidio en África –un millón de personas habían muerto en Ruanda- el Secretario General sólo le presta atención a Srebrenica, un pueblo en Europa” (Boutros Boutros-Ghali, Unvanquished. A U.S.-U.N. Saga, I.B. Tauris Publish., 1999; pag. 175)
Pero lo peor estaba aún por llegar, decenas de miles más mortífero que Srebrenica, y millones de veces más olvidado por su falta de utilidad política. Bastan unas breves líneas procedentes de la socorrida Wikipedia, entrada: Segunda Guerra del Congo:
“La Segunda Guerra del Congo fue un conflicto armado que tuvo lugar en gran parte del territorio de la República Democrática del Congo (el antiguo Zaire), con posterioridad a la Primera Guerra del Congo. Este conflicto se inició en 1998 y terminó formalmente en 2003, cuando asumió el poder un gobierno de transición bajo los términos del Acuerdo de Pretoria. Los combatientes provenían de nueve naciones (además de existir dentro del país veinte facciones armadas distintas), lo que lo convierte en el conflicto continental africano más grande del que se tenga noticia.
Conocida también como Guerra Mundial Africana, Gran Guerra de África o la Guerra del coltán, provocó la muerte de aproximadamente 3,8 millones de personas, la mayoría de ellas por hambre y enfermedades prevenibles y curables. Dentro de estos graves hechos, se considera a este episodio el más álgido dentro del llamado "genocidio congoleño”. Esta trágica cifra convirtió a esta guerra en el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial, y eso sin contar los millones de desplazados y refugiados en los países vecinos”.Etiquetas: Albright, Boutros-Ghali, CIJ, Congo, Dayton, Diana Johnstone, Frasure, Ibran Mustafic, Izetbegovic, Karadzic, Krajina, Mark Danner, Milosevic, Mladic, NIOD, Oric, Srebrenica