jueves, agosto 02, 2007

Comics y guerras de secesión yugoslavas (3)











La guerra de Croacia, especialmente durante el primer periodo (1991) fue reivindicada como causa propia por una buena parte de la ultraderecha europea. ¿Qué puede hacer un fascista francés durante sus vacaciones?. Un personaje creado por el autor ultra francés Olric explicaba: "Être fasciste en France est baroque et fatiguant... hum... Plus simplement: Aujourd´hui Osijek, demain Paris!" . Agradezco a Xavier Casals haberme conseguido un ejemplar tan raro hoy en día, de los comics de Olric. Pulsar sobre la viñeta para verla ampliada.



2b - 1989-1995: evolución de la imágenes e iconografía bélicas en los medias. Segunda parte

Hasta enero de 1992 Croacia fue perdiendo en el terreno militar, y ganando en el informativo. Lo mismo ocurrió en la Guerra Civil española con el bando repúblicano, que supo amargarle la victoria a Franco durante muchos años. Tantos que, de hecho, los estereotipos creados sobre la España franquista impidieron que entrara en la OTAN, mientras que no hubo problemas para que el Portugal del dictador Salazar lo hiciera mucho antes de llegar a la democracia. La batalla informativa ganada por Croacia también le generó réditos a largo plazo, porque durante bastante tiempo fue prácticamente imposible deshacer la imagen fundamentalmente positiva del régimen de Zagreb. Tardó en ir abriéndose camino la noticia de las intenciones expansionistas de Tudjman en Hercegovina y su dudosa buena fe democrática. Por otro lado, los medios de comunicación occidentales evitaron mencionar las crecientes tensiones entre musulmanes y croatas en Bosnia central hasta que fue imposible ocultarlas. Al final incluso se mantuvo durante un tiempo la tesis de que los croatas se habían vuelto "malos" debido a la parálisis de la comunidad internacional ante los serbios, lo que ignoraba las tempranas conversaciones entre Milošević y Tudjman para repartirse Bosnia-Hercegovina o los precedentes marcados por Matica hrvatska en 1971. Por supuesto, no faltó quien sacara a relucir que todo era un complot de los servicios secretos británicos, reviviendo argumentos novelescos con un siglo de antigüedad.















Voluntarios británicos en el HOS (milicia de la extrema derecha neo-ustacha croata) en una trinchera durante la guerra de 1991. Fotografía procedente de Wikipedia


Mientras ocurría todo esto, la actualidad informativa que llegaba del Este desafiaba los planteamientos maniqueos todavía muy reforzados, si cabe, por la cercanía de la extinta guerra fría. La desintegración de la URSS, que se inició con el fracasado golpe involucionista de agosto, en 1991, fue demasiado para los medias audiovisuales. A pesar de que la cobertura del golpe fue una demostración espectacular de la capacidad de directo que tenía la televisión, lo cierto fue que en comparación con los entresijos políticos de la caída de Gorbachov y la aparición de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), los misterios de la revolución rumana eran una incógnita menor. Rápidamente se perdió la noción clara de quiénes eran los "buenos" o los "malos", se conocía poco a los protagonistas: la cobertura de la crisis georgiana, en enero 1992 se redujo a Gamsajurdia y "la oposición". Por otro lado, eran muy contados los informantes directos en el núcleo de los grandes cambios. En cualquier lugar del enorme tablero post-soviético podía saltar la liebre. Un ejemplo: ¿cuántos enviados de la prensa occidental estaban en la ciudad de Minsk el 9 de diciembre de 1991, para informar sobre el final de la URSS? Aún así, los medios tecnológicos existentes lograban suministrar cobertura informativa directa en la mayor parte de los casos. Lo malo era que apenas había tiempo y posibilidades de analizarla, con lo cual la noticia quedabas inutilizada al no servir para entender el fenómeno del que formaba parte.

En consecuencia, la guerra de Bosnia fue abordada por los medios de comunicación occidentales con un mayor entusiasmo, si cabe, que la de Croacia. Allí los campos estaban bien delimitados y las diferencias entre unos y otros quedaron cada vez más marcadas conforme salían a la luz las salvajadas protagonizadas por las tropas serbias, sobre todo la "limpieza étnica", con su secuela de refugiados, los campos de concentración y las violaciones masivas de mujeres musulmanas. Pero sobre todo, la Sarajevo asediada y bombardeada se convirtió para los medias en el gran símbolo de la guerra en Bosnia. La odisea de la población civil, el carácter multiénico de los defensores, su calidad de capital y sobre todo el hecho de que era una ciudad europea asediada por una especie de trogloditas, eran imágenes muy claras que los medios de comunicación, y especialmente la televisión, podían explotar a fondo. A cambio, otras ciudades igualmente asediadas y más castigadas que Sarajevo hubieron de resignarse a ocupar sólo ocasionalmente la atención informativa. El caso de Mostar fue especialmente sangrante.











En el comic de Hermann: Sarajevo - Tango, los serbobosnios era representados como poco menos que meros trogloditas. Pulsar sobre la viñeta para verla ampliada.


En general, los medios de comunicación occidentales recuperaron en estos conflictos, así como en las transiciones protagonizadas por otros estados de la zona, las mejores tradiciones del "periodismo balcánico" decimonónico. Como en los tiempos de los filohehelenos o de Januarius MacGahan, e incluso de los pintorescos reporteros de los años treinta del siglo XX, los Balcanes seguían siendo lo suficientemente exóticos manteniéndose más cercanos que nunca del centro de Europa. Por otra parte, a diferencia de otras muchas crisis contemporáneas, los conflictos balcánicos (sobre todo los yugoslavos) tenían una explicación en la que los reporteros podían explayarse: la Historia.






El periodista americano Januarius MacGahan (1844-1878) dio forma a un tipo de reportaje tremendista sobre los conflictos balcánicos, con gran capacidad de impacto político, que más de un siglo más tarde seguían calcando los enviados especiales a la zona con motivo de las guerras yugoslavas








Ese recurso no podía aplicarse a la desintegración de la URSS (debida genéricamente "al fracaso del comunismo") ni a las guerras o independencias que siguieron en su periferia. Hacía demasiados años que no tenían lugar conflictos en una Armenia, una Georgia, un Azerbayan o una Chechenia independientes. Además, ese era "aún" territorio ruso. La independencia de Ucrania era un fenómeno político con más proyección hacia el reordenamiento geoestratégico del siglo XXI que con raíces en un pasado reciente. Tampoco se utilizaba la historia para explicar los nuevos conflictos en el mundo árabe, entre otras cosas porque resultaba difícil resumir esa cultura o el contenido del universo musulmán. Lo mismo ocurría en Camboya y por supuesto en Somalia o Ruanda. En cambio, la historia servía para describir los procesos políticos en Rumania y Bulgaria, siempre que el reportaje se centrase en los problemas de unos y otros con los húngaros y los turcos o las supuestas tradiciones políticas de búlgaros y rumanos, huyendo del análisis de la estructura política y social, real y actual. Ni que decir tiene que en los conflictos en las repúblicas ex-yugoslavas eran el centro de tales recursos argumentales. Los odios eran eternos, el retorno del pasado resultaba evidente.

En realidad, tales argumentos eran útiles para vender el producto informativo a nivel de gran consumo de masas, pero no como razonamiento realmente convincente en una información de cierta calidad. El hecho de que los mismos balcánicos, impregnados de la propaganda de sus respectivos regímenes nacionalistas, recurrieran machaconamente a las tragedias remotas de su historia no era una excusa sostenible. Muy al contrario: era un síntoma que debería haber levantado sospechas sobre la autenticidad de los argumentos ofrecidos por las partes en conflicto. A comienzos de los años noventa, los sistemas comunistas se habían hundido y no existían ideologías alternativas. Por tanto, en toda Europa del Este se produjo un fenómeno característico de las sociedades en transición: el retorno al pasado. En medio de ello, los analistas de tendencias historicistas olvidaban aquellos datos de la historia que no encajaban en el esquema porque no eran precedentes de la actualidad, y el ejercicio resultaba muchas veces tan forzado como si en 1940 un periodista extranjero intentase explicar la guerra civil española con los recursos historiográficos que manejaba la propaganda franquista referidos a la Cruzada o los Reyes Católicos. El resultado solía ser esperpéntico, como cuando en diciembre de 1991 el semanario "Newsweek" advertía que el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Hans Dietrich Genscher, era el objetivo de un grupo de terroristas serbios. Nuevamente Gavrilo Princip, Sarajevo-1914 y la paz mundial en peligro.


Lord Byron como personaje de "The Invisibles", comic de culto (1994-2000) sobre guión de Grant Morrison








Pero, por supuesto, la máquina era imparable. Incluso algunos conocidos intelectuales occidentales que intentaron destacarse en la guerra de Bosnia resultaron aplastados por la mediocridad de la información de consumo. El Byron fallecido a causa de una neumonía luchando por su causa filohelena había sido reemplazado a fines del siglo XX por otro tipo de Byron, electrónico e inoxidable y carente de finura literaria. Los mitos que los intelectuales nacionalistas balcánicos del siglo pasado habían ido acuñando artesanalmente y que de igual forma fueron absorbidos por sus congéneres occidentales o por la prensa de masas, eran ahora producidos en serie, pulverizados y amasados industrialmente por los modernos medios de comunicación hasta generar un verdadero "lenguaje de madera". Cuando el medio televisivo comenzó a hablar rutinariamente de "Rusia, aliado natural de los serbios" no sólo se ignoraba el pasado, incluso el más cercano. En palabras de un avezado analista de la zona, la insistencia en esa idea era "una broma lamentable". Durante la mayor parte de la historia serbia, Rusia había conspirado contra ella y "todos los generales yugoslavos que lidian las guerras balcánicas fueron entrenados precisamente para oponerse a una invasión rusa". El mito de la "alianza natural" ignoraba la espectacular ruptura entre Moscú y Belgrado de 1948, sin ir más lejos. Pero también los datos de la actualidad: aunque habían existido estrechos contactos entre Moscú y Belgrado, durante las fases iniciales de las guerras de secesión los rusos habían vendido armas en Bosnia a los serbios, pero asimismo a los musulmanes y a los croatas. La cantidad destinada a los serbios era mucho mayor, entre otras razones porque resultaba más fácil hacerlas llegar a su zona y podían pagarlas mejor. Pero con los croatas los rusos se mostraron más generosos y les proveyeron de misiles estratégicos SA-10 "Grumble" en una de las más escandalosas violaciones del embargo de armas y de aparente traición moral a los aliados "naturales".















Durante las fases finales de las guerras de secesión yugoslavas, los rusos no mostraron ningún complejo a la hora de vender misiles antiaéreos estratégicos S-300 (también conocidos como SA-10) a los croatas, que para la prensa occidental eran "enemigos naturales" de los "aliados naturales" de Rusia, esto es, los serbios


En realidad, el argumento central que se fue imponiendo conforme se prolongaba la guerra en Bosnia, era el de la necesidad de implicar directamente a Occidente en los Balcanes, como única solución a sus crisis. La reacción no era nueva, al revés: ante una guerra civil las potencias de la época siempre se plantean si deben intervenir o no: desde la Guerra de Secesión norteamericana a la de Nigeria, pasando por la española, la mejicana, la rusa, las de China y tantas otras. Ya durante la revolución en Rumania, en 1989, se había producido un breve impulso en tal sentido cuando los medios de comunciación recogieron la especulación del entonces ministro de Asuntos Exteriores, Roland Dumas, sobre la posibilidad de formar una brigada internacional de voluntarios para defender al nuevo régimen en el caso de una guerra civil contra los partidarios de Ceauşescu. Pero en Croacia primero y sobre todo en Bosnia-Hercegovina meses después, la presión se hizo obsesiva. Desde el campo de los medios de comunicación había varias causas para ello.

La primera surgía de la lógica del mensaje informativo desarrollado a partir de 1989 y ya explicada más arriba. Si con la derrota del comunismo sólo quedaba el Bien en el mundo, ¿cómo podía ocurrir un contrasentido como el de las guerras en la ex-Yugoslavia? Si esa aberración se toleraba es que el razonamiento original fallaba: en 1989 no había triunfado el Bien. Y eso resultaba, para muchos, profundamente desconcertante. En el fondo, éste tipo de argumentación fue la que posibilitó que incluso una proporción significativa de pacifistas se reconvirtieran en "belicistas bienintencionados" y recomendaran apasionadamente la intervención militar occidental en Bosnia. Eso recordaba otros momentos históricos pletóricos de peligroso chauvinismo europeo, como cuando en 1914 izquierdistas y pacifistas de las potencias continentales marcharon con la derecha en "uniones sagradas" para combatir en la Gran Guerra. Aquí también jugaba la tendencia egolátrica que venían experimentando los medios de comunicación desde 1989: aún podían seguir influyendo en los acontecimientos históricos como habían hecho en Berlín. Y de paso, adulaban los sentimiento eurocéntricos del espectador occidental. De hecho, el tono enfático empleado por muchos medios de comunicación difería muy poco del utilizado por la prensa del siglo XIX cuando clamaba por las intervenciones de las potencias en Grecia, en el Imperio otomano, en Bulgaria o, después, en Africa y Asia, para remediar los entuertos que entonces parecían amenazar a la sociedad occidental o afrentas que parecían intolerables para el orgullo europeo.

Durante las guerras de secesión yugoslavas, el "intervencionismo humanitario" era una postura supuestamente progresista, expresada muchas veces en términos de inapelable exigencia moral. Un buen ejemplo son algunas de las historietas recogidas en el libro de comics Como perros! de Max (seudónimo de Francesc Capdevila)







La segunda explicación de la presión intervencionista en los Balcanes surgía de la misma esencia de lo que son los medias: un negocio que vende noticias para lo cual se ha de saber explotar el mercado. Sólo por las cifras que se barajan, los medios de comunicación no son inocentes. En 1990, la economía de la información y la comunicación mundial representó una cifra de negocios global de 1.185 millones de dólares, es decir, más de un billón de dólares. De ellos, 500.000 correspondían a los EEUU, 264.000 a la Unión Europea, 253.000 al Japón y sólo 150.000 al resto del mundo. Por tanto, si un acontecimiento se convierte en un filón informativo hay que saber continuar con su explotación, en la que se invierten importantes cantidades. En ese contexto, las guerras en la ex-Yugoslavia se convirtieron en un producto de primera calidad. Pero la reiteración sobre una noticia determinada produce el efecto de sobreinformación: el espectador se satura. En consecuencia se replantea la rentabilidad de la información ofrecida, evitando cambiar o matizar los papeles previamente repartidos según los bandos en conflicto. En el caso de Bosnia, al cabo de un tiempo de mostrar imágenes estremecedoras, el paso siguiente fue apostar al alza por un "happy end" contundente. A esto contribuyó el "síndrome de la Guerra del Golfo": si la victoria contra la "cuarta potencia militar" del mundo, como se calificó exageradamente a Irak, se había logrado con un puñado de bajas propias, era inconcebible que no se intentara lo mismo con los anticuadas milicias serbias.

El tercer argumento intervencionista era menos confesable y éste sí que era un viejo mecanismo histórico superviviente. Como en el siglo XIX, pero ahora con mucha más experiencia y medios, los dirigentes políticos e intelectuales balcánicos habían demostrado una vez más su capacidad para implicar a las potencias occidentales en sus disputas. De la misma forma en que se hizo en varias ocasiones entre 1821 y 1914, desde los Balcanes se emborrachó a Europa occidental de historia. Basta leer el provocativo libro de un periodista tan agudo como Xavier Gautier, para asombrarse de la facilidad con la que serbios y croatas contagiaron sus delirios históricos a los estadistas y diplomáticos franceses y alemanes que en un momento dado terminaron por echarse a la cara sus respectivas experiencias anteriores a 1945. La pervivencia de este mecanismo no reflejaba tanto una innata capacidad de los balcánicos para la astucia y el engaño (inexistente, por otra parte) como la autosuficiencia occidental, que seguía representando a las sociedades balcánicas como en el siglo XIX. Dicho de otra manera, los Balcanes habían cambiado; lo que no había evolucionado era la percepción que se tenía de ellos y su historia desde Occidente.

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