viernes, noviembre 16, 2007

El infierno bondadoso















Un niño albanés posa ante un cartel independentista inspirado en la marca Coca-Cola

Hace pocos días, y en el contexto del escándalo generado por los niños chadianos que la ONG “Arca de Zoé” intentaba sacar ilegalmente del país, el diario “La Vanguardia” publicó un artículo que a muchos lectores pudo haberles pasado desapercibido. Otros se preguntarán qué pinta aquí una pieza que, en apariencia, no está relacionada con la temática central de este blog. Sin embargo, el asunto de “El infierno bondadoso”, firmado por Andy Robinson, es el denominado “derecho de injerencia”, que hace una década parecía totalmente incuestionable e inspiró a todos los bienpensantes que apoyaron sin fisuras las intervenciones de las potencias occidentales en Bosnia y Kosovo, asunto este último que, como saben, vuelve a formar parte de la actualidad más candente.

La primera intención de este post fue criticar la actitud de algunos diarios patrios, que ni bajo tortura admitirían la decrepitud del concepto “derecho de injerencia” y lo que es peor, la responsabilidad de la tal idea en algunas de las más sonadas catástrofes militares de los últimos años, la más conocida de las cuales es la intervención en Irak, seguida de cerca por la que protagoniza la OTAN en Afganistán. Pero ayer mismo, una entrevista a cargo de una simpática periodista de “Público”, el diario portugués (no confundir con el español homónimo, y de diferente ideología) me disuadió de la idea. Dado que la prensa portuguesa es tan profesional como la española y la de cualquier otro país europeo, el tono de algunas preguntas revelaba que aquí y allá, a lo largo y ancho de Occidente, sigue perviviendo la ya anacrónica mentalidad justiciera de hace una década, basada en el “síndrome de 1993”; esto es, el espejismo de que todo sigue como entonces: los serbios son muy malos y culpables de todo, Europa y Estados Unidos tienen una
deuda impagable para con Kosovo, algo de lo cual los albaneses locales siguen empeñados en convencernos, (aunque el tozudo adalid de esta idea, Ibrahim Rugova murió hace algún tiempo) y a pesar también de que los que van a otorgarle la independencia ya les han venido haciendo el trabajo desde hace ocho años.














Una columna de "panzer" alemanes integrados en las fuerzas de la OTAN, hace su entrada en Kosovo, 1999

El asunto del “derecho de injerencia” y la “injerencia humanitaria”, como plantea correctamente Andy Robinson en su artículo, va de la mano de las ONGs y los neocon; y por supuesto, está profundamente implicado con la mentalidad imperante en los noventa. A lo largo de esa década, las ONGs se multiplicaron con una energía febril: resulta evidente que tuvieron un éxito arrollador. Ello fue debido a razones que no estaba en relación directa con su eficacia real, algo que ni siquiera en el cambio de siglo se podía evaluar globalmente, dado que la galaxia de las ONGs era extremadamente extensa y variada. Complicaba más la evaluación de su labor el hecho de que, al ser entidades dependientes de subvención, un número significativo de organizaciones promovía unas u otras prioridades, desde el medio ambiente (más propia de los ochenta) a los microcréditos y la microempresa (en la década siguiente), la ayuda humanitaria en los diversas zonas de crisis, luego la violencia de género, la ayuda de emergencia y tantas otras. Es decir, en términos de sus críticos, estaban inmersas en la lógica del mercado, de la eficiencia y la competitividad, y en base a ello las ONGs tendían a crear demanda a partir de la oferta. Por otra parte, también contribuye a dificultar el balance de sus actividades el hecho de que este tipo de instituciones son responsables ante los financiadores, mientras el estado lo es ante los ciudadanos.

Por lo tanto, el balance sobre el impacto de las ONGs tenía que hacerse en clave política. Y desde ese punto de vista, las organizaciones no gubernamentales, junto con los think tanks y el resto de las instituciones de intermediación o análisis no dependientes de los gobiernos constituían lo que se denominada el Tercer Sector, situado entre el Estado y el Mercado, y por lo tanto, formaban parte integral de la nueva filosofía política y socio-económica que acompañaba al auge del neoliberalismo global. Eso suponía que las ONGs y las demás instituciones similares tenían como objetivo común desempeñar políticas anteriormente públicas y ahora privatizadas en base a la idea neoliberal de que el estado es un obstáculo para el libre mercado; y por lo tanto, parte de sus infraestructuras y atribuciones debían ser desmanteladas en aras de una mayor eficacia y rentabilidad.

Precisamente, el estado del bienestar era uno de los demonios del ultraliberalismo. Finalizada la Guerra Fría con la derrota del bloque marxista soviético, parecía quedar demostrado que el estatalismo a ultranza sólo conducía a la ruina; y desde Occidente, ya no eran necesarias políticas de protección social que emularan aquellas de las que se jactaban los soviéticos. Por otra parte, las ventajas sociales que ofrecía el estado del bienestar solían integrar las remesas presupuestarias más abultadas, y en muchos países del Tercer Mundo habían fallado desde hacía tiempo, con consecuencias sociales y políticas traumáticas. Por ello, en los noventa, las ONGs parecían el canal adecuado para gestionar fondos públicos o préstamos internacionales en programas de asistencia social compensatoria.

















Protestas en Chad contra lo que se considera una injerencia de la política francesa en los asuntos internos del país y en su justicia y leyes


Ahora bien, los resultados globales de su labor fueron ya cuestionados hacia finales de los noventa, dado que las ONGs no solían ser invitadas a coplanificar las estrategias globales de ayuda a cada país, o el diseño de las políticas de ajuste, que en muchas ocasiones se convertían en intermediarios financieros, más que en ejecutores de acciones concretas y que muchas veces carecían de sostenibilidad a largo plazo. Algunos expertos, como David Sogge (1998) llegaron a acusar las ONGs que operaban en África de ser “la vanguardia de la nueva era de recolonización en África”. Además, una parte sustancial de los fondos asistenciales gestionados por esas organizaciones fueron a parar a problemas que no se relacionaban de forma real con la miseria en el continente, llevándose por delante, de paso, prácticas culturales y económicas tradicionales que a veces mantenían el tejido social en precario equilibro.

Lógicamente, no todas las ONGs, individual o sectorialmente, obtuvieron resultados tan cuestionables. En muchos casos, fueron las únicas instituciones capaces de paliar situaciones de marginación y pobreza, desastres ecológicos o abusos represivos. Pero el “concepto ONG” venía genéricamente hipotecado por la idea de que en general actuaban como apagafuegos del nuevo sistema internacional. Con lo cual, en el fondo, paliar determinadas situaciones problemáticas contribuía por otro lado a perpetuarlas. E incluso, en el caso de algunas formas de ayuda en países muy desestructurados, a hacer que parte de la población terminara dependiendo de las políticas asistenciales.

Este tipo de apreciaciones son las que ya se están recogiendo en análisis cada vez más serios sobre las ONGs, y son necesarios para que se lleve a cabo una “poda” de las mismas (sólo en la India se cuentan entre uno y dos millones de ONGs, en Rusia sumaban 400.000 el año pasado) y, en definitiva, sobrevivan y prosperen sólo aquellas instituciones más capaces y profesionales. Y que cualquier grupo de aventureros, redentores obsesivos, inadaptados sociales, y tíos raros en general, erigido en ONG, deje de ser presentado como “bueno por naturaleza” o “por contraposición a los partidos políticos o los gobiernos, cuyo descrédito generalizado fomenta la apatía y el conformismo”, como afirma, muy acertadamente Maite Serrano Oñate en su contribución a un libro muy interesante y polémico: Las ONG y la política, editado por Marisa Revilla Blanco y publicado por Itsmo en 2002, que ya es tiempo.




Bernard Kouchner en Chad, junio de 2007








“La Vanguardia”, domingo, 11 de noviembre, 2007

La ONG llevó al límite la idea “neocon” del intervencionismo humanitario
EL INFIERNO BONDADOSO

Andy Robinson

Madrid

El caso de El Arca de Zoé y los 103 niños robados puede ser otro ejemplo de que en Darfur, y en África en general, "el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones", según ironizó David Rieff en su libro A punta de pistola, que critica el uso de intervenciones militares para defender los derechos humanos.

Pero - según Rieff y otros críticos del intervencionismo humanitario entrevistados por “La Vanguardia” -los verdaderos responsables del excesivo celo altruista de El Arca de Zoé son las ONG, intelectuales y políticos que han distorsionado la realidad creando una imagen falsa de genocidio perpetrado por árabes blancos e islamistas en Jartum contra "inocentes" comunidades negras de fe cristiana o animista en Darfur.

"Si presentas la situación en Darfur como un campo de concentración nazi, me parece luego grotesco condenar a quienes intervienen por su cuenta", explicó Rieff. Bernard Kouchner y Nicolas Sarkozy, apoyado por intelectuales de la nueva derecha como Bernard Henry Levy, defendían el derecho de intervención en Darfur, y con la polémica de El Arca de Zoé "están cosechando lo que sembraron", dijo.

Kouchner, al igual que intervencionistas en EE. UU., agrupados en torno a la ONG Save Darfur Coalition, "dieron la impresión de que Darfur es el Apocalipsis en que los niños se enfrentan a una muerte inminente y han incitado a gente a montar rescates por su cuenta", dijo Rony Brauman, ex director de Médicos Sin Fronteras en París. Brauman, con experiencia directa de la crisis en Darfur, la califica no de genocidio sino como una guerra civil "triste pero típica, basada en la lucha por los recursos naturales".

Diversos informes de la ONU sobre Darfur coinciden en que no es un genocidio perpetrado por árabes fundamentalistas contra africanos inocentes sino una guerra en la que las atrocidades se cometen en ambos bandos.

Pese a ello, Save Darfur Coalition, que define su misión como "elevar la conciencia del público sobre el genocidio en Darfur", ha pedido desde EE. UU. la intervención militar contra Sudán, con el apoyo de celebridades de Hollywood, como Mia Farrow y Don Cheadle, y diversos políticos, desde neoconservadores republicanos hasta candidatos demócratas presidenciales como Joe Biden.

El Arca de Zoé, una escisión de la ONG Sauver le Darfur, es la última manifestación de esta ideología intervencionista, según coinciden Rieff y Brauman. Cuando ésta y Save Darfur Coalition - cuyo consejo incluye cuatro grupos de presión proisraelíes- se frustraron al ver imponerse una solución pragmática en Darfur, El Arca de Zoé y Sauver le Darfur cogieron el toro por los cuernos y anunciaron que evacuarían nada menos que a 10.000 supuestos huérfanos de Darfur para ofrecerlos en adopción en Francia.

En general, "la tendencia de celebridades de ir acumulando bebés y niños adoptados es parte de un fenómeno general de querer salvar a estos países de sí mismos", dijo Mahmud Mamdani, antropólogo oriundo de Uganda de la Universidad de Columbia, en Nueva York, en referencia a celebridades como Angelina Jolie y Madonna. Concretamente en Darfur "hay una suposición de que la gente no es capaz de salvar su región y por tanto tendrán que ser salvados desde fuera", añadió.

La Save Darfur Coalition tuvo que destituir a su director en junio cuando se descubrió que se había gastado más dinero en publicidad que en ayudas a los afectados por el conflicto. Aunque la coalición estadounidense mantiene que no tiene vínculos con Sauver le Darfur en Francia, "hay vínculos intelectuales aunque no sean operacionales", dijo Brauman.

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martes, octubre 09, 2007

Guerreros de la guerra


Un gesto característico de Bernard K



















En las últimas semanas, este blog tuvo el honor de adelantar un par de asuntos que, inopinadamente, saltaron a la prensa días o semanas más tarde. Uno de ellos fue el debate sobre la polémica figura de Kouchner. En cuestión de pocas semanas, hemos visto aflorar al verdadero Bernard K: vanidoso hasta el punto de querer eclipsar a su jefe Sarkozy, cínico, y como otros muchos tránsfugas de la izquierda radical de los sesenta, con su almita de neocon vocacional cada vez más blindada. Que nadie se queje ahora: ya en los noventa, Bernard K. decía, refiriéndose a la buena marcha de una ONG como las que él había fundado: “Si se quiere lograr algo en esta área, se tiene que ser un hombre de negocios y tener sensibilidad para la publicidad y la comercialización […] Si no se acepta que la ley del mercado también es válida para la industria de la caridad, no se conseguirá su introducción en ninguna parte”. La cita la recoge Maite Serrano Oñate en un valioso artículo sobre: “Las ONGD en la encrucijada: del estado del bienestar a la franquicia de estado”, que a su vez forma parte de uno de los muy escasos libros que se atreven a afrontar el fenómeno de las organizaciones no gubernamentales de forma valiente y realista: Las ONG y la política, con aportaciones de diversos autores, todos ellos expertos en el asunto, coordinados por Marisa Revilla Blanco (Ed. Itsmo, Madrid, 2002)



El gesto, los trajes: mímica y vanidad








Bernard K. es experto en largar frases inoportunas, que lo definen precisamente como él mismo no desea presentarse. Si a alguien le han hecho un refrán a la medida, “por la boca muere el pez” fue pensado para Kouchner. Recientemente, hemos vuelto a saborear algunas de estas boutades (en el sentido de exabruptos) de Bernard K. A mediados de septiembre largaba, en versión siglo XXI aquella vieja máxima latina: “Si vis pacem, para bellum”. En su opinión, había que prepararse “para lo peor” y eso era la guerra con Irán. Los medios de comunicación tendieron a la misma conclusión: el gobierno francés parece querer postularse como el nuevo amigo de confianza del ejecutivo Bush, ahora que Tony Blair ya no vive en Downing Street. Claro está, después de largar en el inequívoco y viejo lenguaje del belicismo, Bernard K. hizo y deshizo, explicó y lió para que se entendiera que los preparativos de guerra “no eran para mañana”, que él quiso decir esto y lo otro. Pero como afirmaba
Jean Daniel en un interesante artículo publicado en varios medios: “¿No es suficiente la amenaza estadounidense? ¿Necesitaba George Bush que los europeos fueran más allá?”. Cuando ni el mismo George Bush puede hacer creer a nadie que realmente tiene una salida para Irak, y queda muy claro que una nueva aventura militar en Irán sería una locura pura y dura, una chaladura digna de ser filmada por Kubrick, ¿qué necesidad tiene Kouchner de ser más papista que el Papa?

No debe ser su otoño de la suerte. Después de trapichear por Libia a base de ventas de armas a cambio de enfermeras búlgaras (eso sí que es tener mentalidad de empresario aplicada tanto a la industria de la caridad como al armamento) porque tras ponerse de manifiesto él mismo en su nuevo uniforme de gala como aprendiz de warmonger, el régimen militar de Myanmar aplastó la protesta pacífica encabezada por los monjes budistas desde el 19 de agosto pasado. La brutal represión de las autoridades a finales de septiembre, sacó a flote, de nuevo, el célebre informe de BK Conseil, para favorecer la entrada de Total en la antigua Birmania. E hizo recordar algunas de las torpes justificaciones de Kouchner cuando comenzaron a quedar en evidencia los abusos: que los birmanos que se había encontrado estaban “muy contentos” con la presencia de Total en el país, que el trabajo forzado era “una antigua costumbre legalizada ya por los británicos en 1907” (sic!) y, de todas formas, que dos decretos de 1999 y 2000 habían terminado con esas prácticas… decretos que de hecho no se llegaron a aplicar.



















Otra "grimace" de Bernard K., acompañando una nueva combinación de escogida elegancia



Sinceramente: cuesta entender cómo determinada izquierda progresista e hipocritona pudo aplaudir a Bernard Kouchner, año tras año, cuando ya quedaba muy lejos su aura de fundador de Médicos sin Fronteras. Sus torpezas y ambiciones se metieron cuidadosamente bajo la alfombra y ni siquiera sus émulos en otros países (por estos pagos también los tuvimos, ¿recuerdan?) lograron parecerse al desconcertante modelo. Y sin embargo, erre que erre. El pasado día 4, “El País” le publicó a André Glucksman un artículo justificativo hacia su amiguete Bernard K. De Glucksman a Kouchner, claro que sí. Nunca tan distantes en sus posiciones ideológicas, claro que no. Dispuesto el uno a mezclar las ambiciones políticas con la “industria de la caridad”. Siempre a punto el otro a confundirlo todo en el mismo perol: Irán con Irak, y por supuesto, la justificación ad aeternum de los errores cometidos y no resueltos. Hay que seguir buscando armas de destrucción masiva, y para Kouchner y Glucksman y Bush y todos los demás de la misma cuerda, si no se encontraron en Irak, aparecerán en Irak. A eso se llama echarle contumacia y caradura: ni siquiera se han molestado en cambiar de argumento para justificar una nueva guerra.



Mirada directa, dedo acusador. "C´est la guerre, monsieur!"








Pero ese no es el problema sino que una izquierda suavecita y "bienintencionada", aplaude todavía a Bernard K., pensando, ingenuamente, que sigue siendo de los suyos. En el fondo, el corazoncito de Kouchner es rosa. Algo así creyeron los socialistas polacos de Józef Piłsudski, el gran padre de la patria con ambiciones de dictador: que nunca había dejado de ser uno de los suyos, que al final reaparecería el viejo socialista de línea dura que había sido en su juventud. Pero no fue así, y mientras tanto, Piłsudski iba liquidando una tras una, las instituciones de la Polonia democrática, de común acuerdo con la plutocracia local. Y algo similar ocurrió con otro ex socialista: Benito Mussolini. Pues no, sintiéndolo mucho, el haber sido de izquierdas no es un estigma que marque para siempre (como tampoco lo es el catolicismo, por cierto). ¿Guerreros de la paz, como tituló Bernard K. uno de sus propios libros? ¡Anda ya!: Guerreros de la guerra.





















La verdadera utilidad del dedo de Kouchner, según caricatura publicada en la prensa francesa

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lunes, septiembre 10, 2007

Las tribulaciones de Bernard K




Cubierta del libro de Michel Floquet y Bertrand Coq, rareza bibliográfica recuperada del recuerdo por la actualidad política en Francia













"Esta guerra concluirá con una paz
”. Así terminó Bernard Kouchner, actual ministro de Asuntos Exteriores de Francia, una entrevista concedida a los periodistas Michel Floquet y Bertrand Coq en plena guerra de Croacia, en el patio del Hospital de Osijek, finales de otoño, 1991. Sospechando que la entrevista podría dejar demasiado claro que el personaje era más simple de lo que parecía o quizá porque Kouchner lo logró decir absolutamente nada de interés, sus interlocutores decidieron no publicar la entrevista, realizada por causalidad en el marco de un reportaje sobre la situación militar en la región de Eslavonia. Sin embargo, Floquet y Coq terminaron por publicar un libro entero dedicado a las aventuras y desventuras del personaje durante los conflictos de Croacia y Bosnia: Les tribulations de Bernard K. en Yougoslavie, Eds. Albin Michel, Paris, 1993

Eran 223 páginas corrosivas, puro ácido sulfúrico sobre la imagen de Bernard Kouchner: médico de formación, cofundador de Médicos Sin Fronteras (1971) y Médicos del Mundo (1979) –como respuesta a su abandono intempestivo de la primera ONG-, ministro de Sanidad y Acción Humanitaria (una de esas innovaciones tan francesas) en 1992-1993, y administrador de Kosovo como Alto Representante de la ONU entre julio de 1999 y enero de 2001. Un hombre dedicado a la “alta acción humanitaria”, gran impulsor del concepto “derecho de injerencia” y… ambicioso trepador en el mundo de la política francesa: desde su militancia en el Partido Comunista Francés, al Partido Socialista, al Partido Radical de Izquierda, para volver con los socialistas y
terminar en el equipo de Sarkozy. Por lo tanto, cuando tanto se debate en estos tiempos sobre los fichajes socialistas del nuevo y controvertido presidente (Bernard K fue el primero), no cabe más remedio que recordar y reseñar, siquiera brevemente, el libro de Floquet y Coq.



Un caquéxico Bernard Kouchner es "nacionalizado" por Sarko, según caricatura del autor bretón Fañch Ar Ruz















La obra es muy de su época (en plena guerra de Bosnia) y por ello es útil como caja de resonancia de las obsesiones mediáticas de entonces. Pero también se adelanta al cuestionar la mojigatería de los “bien pensantes” de entonces, cuya única solución para cualquier conflicto internacional pasaba por el “derecho de injerencia”: el último capítulo y conclusión se titula, muy significativamente: “De regreso de la cuestión de Oriente, al nuevo sueño colonial”. Y faltaba toda una década para la invasión de Irak. También nos ilumina sobre la guerra de las ONG´s, otro asunto estrella de aquellos ya lejanos años. El combate singular entre Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo, ambas ligadas en sus orígenes a Bernard K., se superpone a las guerras de secesión yugoslavas. Allí, MSF escoge Vukovar en el otoño de 1991; pero pierde varios miembros atrapados en los combates y decide replegarse a fin de consagrarse a los refugiados. De esa forma, pierde protagonismo frente a su rival, MDM, al menos en el muy mediático escenario yugoslavo. Es el turno de ésta ONG, dirigida entonces por el astuto Míster K., que se decide por Dubrovnik. Es una excelente apuesta: la bella ciudad, patrimonio de la UNESCO e icono turístico por antonomasia (todo el mundo la conoce, no como a Vukovar) es una apuesta segura. Ahora bien: ¿necesita ayuda humanitaria la ciudad de Dubrovnik? Rony Brauman, presidente de la rival MSF lo tiene claro: “Esta ciudad no tenía ninguna necesidad estricta. Se creó una necesidad humanitaria, pieza a pieza, y después se respondió a ella. La respuesta, como la necesidad, son virtuales” (Floquet et Coq, 1993: 55)

La idea de crear un “corredor humanitario” hacia Dubrovnik tuvo momentos de opereta que ya en aquella misma época fueron celebrados con lejía por periodistas y testigos de todo tipo. El convoy marítimo de ayuda que intentó llegar hasta el puerto rompiendo el bloqueo marítimo que mantenían las unidades de la Marina Federal yugoslava, fue una aventura en la que Kouchmner compartió protagonismo con el histriónico Stipe Mesic. Laura Silber en su célebre obra de referencia The Death of Yugoslavia (Penguin Books, 1995) relata cómo Mesic, al mando de la flotilla de yates, barquitos y barquichuelas de recreo de todo tipo, junto con el prier minsitro, al esposa del Minsitro de Asuntos Exteriores y Tereza Kesovija (la Nana Muskuri croata) intentó abrirse paso gritándole por radio al almirante serbio que él era el “comandante supremo” del Ejército yugoslavo. Lo cierto es que ya no lo era desde el 3 de octubre (y el 13 de septiembre Croacia había abandonado el gobierno federal) y quizá por eso o por las horas que llevaban en el bar del Slavija I, las celebridades a bordo festejaron la ocurrencia con sonoros aplausos, pitos y carcajadas.



Dubrovnik asediado por las baterías montenegrinas, octubre de 1991








El convoy no pasó. Si llegó, semanas más tarde, el barco hospital italiano San Marco (18 de noviembre), que desembarcó medicamentos y evacuó refugiados. Pero aprovechando que las tropas croatas tuvieron que retirar tropas del frente para controlar la operación en el puerto, las tropas serbo-montenegrinas tomaron el barrio de Mokosica. Los intentos de Kouchner para erigirse en negociador con los militares federales fueron un fracaso. No sólo se mofaban abiertamente de él, sino que cada vez que el notable francés abandonaba la ciudad, ésta era duramente bombardeada. No es de extrañar que las autoridades locales terminaran algo cansadas y comenzaran a reprochar a Bernard K. que alentara a los habitantes de la ciudad a evacuarla, puesto que eso se lo pondría más fácil a los asediadores. De hecho, desde finales de octubre las autoridades croatas habían puesto en marcha la operación “Retorno a Dubrovnik”.

Mientras tanto, Kouchner desplegaba una concentrada ofensiva mediática auto inventándose como protagonista. “Dubrovnik también le proporcionó a Bernard Kouchner la ocasión de dar la medida de su talento con la pluma. Kouchner, uno de cuyos tormentos es el fracaso de pasar por intelectual, cree que la inteligencia es contagiosa. Alentado por sus amigos (que una cierta prudencia retiene de cantar las gestas del ministro) se convierte en bardo de sus propios éxitos” (Floquet et Coq, 1993: 87) A lo largo del otoño de 1991 escribe rimbombantes artículos en al prensa francesa. ¿Y lo resultados concretos? Según él mismo, se transportaron más de 10.000 toneladas de alimentos a la ciudad. “3.500 toneladas de papeo” –corrige el doctor Michel Bonnot, fundador de Ayuda Médica Internacional, citado en el libro que nos ocupa. Según los autores, de esa ayuda debe restarse la entregada a los sitiadores. “Bernard usa las cifras como los medias: sin moderación”, concluyen. Y de paso califican la obra del biografiado. Según Kouchner la ayuda humanitaria consiste en “pequeños gestos constantes, en pequeños lugares para un pequeño grupos de personas”: es decir, la “ayuda bonsái” (Floquet et Coq, 1993: 93)


















Portada de uno de los libros de Bernard K. él mismo, pensativo y preocupado, en la portada


Lo que añadía una dura nota trágica a todo esto era que mientras tanto, la ciudad croata de Vukovar estaba siendo machada por la artillería del Ejército federal y asaltada por los chetniks, pero Kouchner no hizo nada por ella, a pesar de que el 17 de noviembre recibió un llamamiento personal desde el hospital de la asediada ciudad, a punto de caer en manos del enemigo, para que evacuaran algunas decenas de heridos graves. “Pero Bernard Kouchner no escucha. Está a punto de escribir: ‘Dubrovnik ciudad de la Paz’ un artículo que publica “Le Monde” dos días más tarde” (Floquet et Coq, 1993: 84). La última iniciativa del ministro consistió en imaginar un “Concierto para la Paz”, en el que deberían cantar juntos una soprano serbia y un bajo croata. Ante la negativa de Zagreb de que entrara en la ciudad ni un solo serbio, hubo que conformarse con la Orquesta Nacional de Cámara de Toulouse. A ese concierto de Nochevieja acudieron, como no, Bernard K, Simone Veil y Michel Piccoli. La población local le dedicó una gélida indiferencia.

Los años que siguieron estuvieron marcados por el protagonismo de Bernard K. en la guerra de Bosnia, como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que era un abogado histórico de lo que por entonces se llegó a convertir en sacrosanto “derecho de injerencia”. Pero también de gestos a veces espectaculares, pero de eficacia real bastante dudosa. ¿El convoy del 5 de abril de 1992, que nunca llegó a entrar en Sarajevo sirvió realmente de algo, aparte de resaltar la imagen de Bernard K.? El “beau geste” del 28 de junio, protagonizado por el presidente Mitterrand para que se abriera el aeropuerto de la asediada ciudad (al parecer inspirado por Kouchner) desunió más a los europeos, evitó una temprana intervención militar occidental contra los serbios? Eso sí: siempre con la prensa por testigo, siempre cámaras e imagen. Todo un precedente el estilo Sarko de nuestros días: enormes tasas de popularidad, hiperactividad, ubicuidad, “efecto anuncio” y “charla por los codos”, como parte del
retrato que hacía Lluis Bassets hace pocos días.




















Bernard K, 2007, implicado en los manejos de Sarkozy con el dictador libio Gaddafi


El libro de Floquet y Coq, hoy difícil ya de encontrar, incluso de segunda mano, dejó a Bernard K. en Bosnia. Pero su carrera continuó, siempre con el mismo o similar estilo, siempre dejando en el aire la pregunta: ¿Es Bernard Kouchner un simple caradura, un tipo realmente listo, un ambicioso sin límites, un simple “con”, como lo califican algunos franceses en los foros? “Le Point” le coronó “Hombre del año” en la Francia de 1991, y sólo unos meses más tarde era el político más popular. Personaje altamente estimado por sus compatriotas en aquello lejanos años, lo cierto es que nunca logrará ser elegido como parlamentario, ni en Moselle en 1994 ni en Gardanne en 1996. Una cosa es la popularidad mediática y otra confiar el destino de una parcela del propio país en manos de Bernard K. Eso es lo que, al menos, pensaban los franceses por aquel entonces.

















Bernard K, junio de 1999, recién concluida la campaña militar de la OTAN contra Serbia. En la fotografía, con dos líderes del UÇK (Thaci y Ceku), el general de la KFOR, Jackson, y el comandante de la OTAN, general Clark



Pasaron los años. En 1999, después de que la última bomba humanitaria de la OTAN cayera sobre lo que restaba de Yugoslavia, Bernard K fue nombrado administrador de las Naciones Unidas para Kosovo. Ocasión más que propicia para acuñar otra de sus frases características: “Europa, la que amamos, ha nacido en Kosovo”. En la arrasada provincia, Kouchner debe ocuparse de la asistencia humanitaria, la administración civil, la economía y la elaboración de instituciones democráticas. Es una ocasión perfecta para desarrollar sus teorías. Así, durante su mandato (julio de 1999-enero de 2001), regresaron los refugiados albaneses, pero fueron expulsados casi un cuarto de millón de serbios y otras minorías étnicas de Kovoso. Hasta la fecha, la limpieza étnica, consumada, más voluminosa de la las guerras de secesión yugoslavas. El Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) es desarmado y reconvertido en el Cuerpo de Protección de Kosovo, pero se cree, con fundamento, que puede recuperar su capacidad ofensiva con facilidad; de hecho, algunos mandos son sospechosos de estar tras acciones hostiles. No se logrará que funcione el Consejo de Transición de Kosovo, por desavenencias internas entre las dos principales fuerzas políticas de los albaneses, los representantes del UÇK y los de la Liga Democrática de Kosovo. La gestión gestual de Kouchner, en entredicho, dejando tras de sí polémica.



Bernard K pasea por Pristina con la controvertida Secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright














El año 2003 comenzó a marcar los límites de la desintegración de la doctrina del “derecho de injerencia”. En un célebre artículo publicado en “Le Monde” (4 de febrero), Bernard K. intenta salirse por la tangente ante la inminente invasión de Irak. Adopta una postura tan facilona como demagógica: “Ni la guerra ni Saddam”. No duda que existen armas de destrucción masiva escondidas, tampoco debe consentirse que Saddam siga en el poder. Intervencionismo, derecho de injerencia, si, pero sin guerra. ¿Cómo? “Qu’en ce début de XXIe siècle, on invente d’autres formes de politique et d’interventions internationales". Efectivamente : que inventen otros para sostener lo que yo afirmo. Bernard K sólo sugiere fórmulas nebulosas, que para derribar a Saddam del poder e “instaurar la democracia” en Irak, no funcionan. Pura y santa buena intención. pero claro, o injerencia a la manera clásica, o nada. Y como nada no puede ser…

Mientras tanto, ha fundado una consultoría: BK Conseil. Y con ella se mezcla en un resbaladizo negocio (
septiembre 2003): lograr que la petrolera francesa Total obtenga de la dictadura militar que gobierna Birmania (Myanmar) la opción de construir y gestionar un oleoducto a cambio de que la empresa se implique en la subvención de mejoras de infraestructura humanitaria en el país. Pero el asunto se complica y desemboca en un escándalo cuando, dos años y medio más tarde, un grupo de ONG´s radicadas en Gran Bretaña lanza una campaña contra las actividades de Total en Myanmar, el trabajo forzado que se está utilizando en el oleoducto (incluyendo mano de obra infantil) y al represión que ha estado practicando “horrorosos abusos en la región del oleoducto”












El invento casi no da más de si: Bernard K. en 2003, después de la invasión de Irak


Floquet y Coq supieron a quien tenían delante en aquel lejano otoño de 1991, cuando lo entrevistaron en Croacia y decidieron dedicarle un libro. Trece años más tarde, Jordi Raich, un curtido veterano de la ayuda humanitaria, a la que sin embargo critica y fustiga en su polémico libro: El espejismo humanitario. La especie solidaria al descubierto (Debate, Madrid, 2004) hace de él éste completo retrato (pags. 162-163):

“Lo suyo era el espectáculo solidario y para ponerlo en escena recorrió incansable los escenarios más exóticos de la miseria humana. Visitó campos de refugiados, prisiones, trincheras, hospitales y fosas comunes en Croacia, Kosovo, Kurdistán y Pakistán. El doctor estaba en todas las fotos: con su mujer, con el secretario general de la ONU, sonriendo a Lady Di, entre la multitud de desgraciados y junto a los señores de la guerra. Kouchner convirtió sus cargos en un formidable instrumento de propaganda al servicio del presidente de la república y de sí mismo. Y, en el camino, hizo añicos al humanitarismo independiente basado en las necesidades de las víctimas, que fue tan valioso en sus orígenes.


Bernard K en los buenos tiempos, pero ya con una inseparable cámara detrás: Somalia, 1992




En diciembre de 1992 le vi llegar a Mogadiscio para presidir el atraque de “su” barco cargado con la cosecha de “su” operación Saco de Arroz: cada niño francés debía aportar un kilo de arroz para un niño somalí. Llegó al puerto en convoy, acompañado de un séquito de periodistas y cámaras de televisión. Hizo pomposa entrega de la carga a no se sabe quién, se echó un costal a la espalda y aguantó con sonrisa dentrífica hasta que los fotógrafos estuvieron satisfechos. Por cierto, la mayoría de ONG rechazó distribuir el arroz por su baja calidad, mezcla de variedades diferentes del cereal y nefasto empaquetado. Treinta camiones con una parte de la donación fueron robados y desaparecieron en la nada. Una partida acabó en manos de comerciantes privados que lo vendieron durante meses a precio de ganga reventado así la frágil economía local”.

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