domingo, junio 22, 2008

Réquiem por los viejos mafiosos






















Portada de Kriminal, el extenso trabajo sobre las mafias serbias en los 90 que alcanzó fama mundial en forma de reportaje producido por la cadena de radio alternativa B-92, titulado: "Nos vemos en el obituario". En la foto, Aleksandar Knežević "Knele", asesinado en octubre de 1992 y devenido figura mítica. Aparece vestido según la moda de la época: chándal de último modelo (eran muy dados al culturismo) y gruesas cadenas de oro que a veces eran su últioma reserva de capital y poder. Normalmente, pistola en la cintura. En Serbia existe un cierto culto nacional a la figura de algunos mafiosos, contemplados como héroes populares





El pasado 19 de junio, "El Periódico" publicó "Réquiem por los viejos mafiosos" que por las lógicas limitaciones de espacio debió quedar reducido a los 5.200 espacios reglamentarios. A continuación, la versión original y extensa de esa pieza, que forma parte de un libro del autor de próxima aparición.





















Genadi Petrov, supuesto capo del gang mafioso ruso desarticulado por la policía española el pasado 13 de junio. Este tipo de figuras son de transición, entre los viejos mafiosos tradicionales y los nuevos blanqueadores de capitales. Pero Petrov era un personaje demasiado significado como para poder sobrevivir largo tiempo en el mundo del hampa actual. Los extensos "ejércitos" o "gangs" mafiosos impresionan a la opinión pública, pero en general resultan muy vulnerables a los modernos sistemas de investigación


Qué duda cabe de que el descabezamiento del gang mafioso de Tambov-Malishevo por la policía española, ha constituido una feliz noticia. Sin embargo, quizá es momento de recordar que el periodo de la gran delincuencia, un tanto exhibicionista, de grandes nombres y golpes espectaculares conserva, ya entrado el siglo XXI, un aroma de antigualla criminal: innegablemente mortífera, pero hortera y cada vez más anacrónica.

En perspectiva histórica, el periodo de la gran delincuencia, de grandes nombres y golpes espectaculares parece corresponder más a la primera mitad de los noventa que a la segunda. Fue aquella la época de las persecuciones de planeadoras por las rías gallegas; de los mafiosos serbios cargados de collares de oro; de la mafiotización de la guerra de Bosnia, en que los bandos compraban y vendían hasta posiciones militares y se alquilaban suboficiales; de las ideas audaces, las extravagancias y la brutalidad sin límites de Pablo Escobar en Colombia; del asesinato del juez Falcone, en Italia, con una tonelada de explosivos; del capo ruso Yaponchik a la conquista del mercado norteamericano; de los mercados de coches robados en los Balcanes, los intentos de traficar con materiales radioactivos, de la gran industria del pirateo gestionada por la Camorra; o de la mafia chechena en Moscú, con sus seiscientos pistoleros.

















Zapatos deportivos marca "Escobar". En Colombia existía y subsiste un verdadero culto de admiración y respeto por Pablo Escobar

Este tipo de delincuencia espectacular en la era de la globalización internacionalizó los fenómenos de culto, como los célebres “narcocorridos” del grupo mejicano Los Tigres del Norte, que si bien ya eran un fenómeno musical en su propio país, en los setenta y ochenta, consiguieron convertirse en un fenómeno internacional en la década siguiente logrando una audiencia record en 1993, al reunir a más de 200.000 personas en el Arena Deportiva de Los Ángeles.

Algo similar ocurrió con el gangsta rap norteamericano, centrado en el crimen, la violencia y las drogas. Si bien ya en 1987 el DJ Scott LaRock fue tiroteado y muerto tras publicarse el álbum “Criminal Minded” de su grupo, Boogie Down Productions (prácticamente el inventor del género,) y el rapper Eazy-E consiguió un gran éxito de ventas en 1989 con su disco “Eazy duz it”, que glorificaba la figura social el gángster, el género todavía no tenía la aceptación social del mercado de gran consumo. Por ejemplo, el LP mencionado consiguió un disco de platino pero sin lograr el apoyo de las emisoras. Sin embargo, a comienzos de los noventa el género gangsta rap se impuso comercialmente con el álbum “The Chronic” (1992) de Dr. Dre.

A esas alturas, no sólo se cantaba y se vendía en los Estados Unidos, sino que ya tenía éxito internacional e influía, por ejemplo, en las variantes gangsteriles de la música electrónica de gran éxito en los Balcanes: el “turbo folk” serbio, por ejemplo. No por casualidad, su gran intérprete, Ceca (19 millones de copias vendidas en los Balcanes) contrajo nupcias en 1995 con Arkan, líder del sanguinario grupo paramilitar “Tigres”, que actuó en Croacia y Bosnia entre 1991 y 1995, pero que también ofició como “hombre de negocios” más que oscuros en su propio país.





















Portada del álbum que lanzó comercialmente el fenómeno de la "musica criminal" en los EEUU, a comienzos de los noventa

Paradójicamente, la difusión de estas manifestaciones culturales no fue un síntoma de que los gángsters y las mafias estuvieran conquistando el mundo, sino más bien todo lo contrario. El fenómeno de la implosión a escala global también alcanzó a la delincuencia organizada en base a estructuras jerárquicas, que a lo largo de la segunda mitad de los noventa comenzó a ceder terreno a favor de redes de delincuentes mucho más elásticas y desubicadas territorialmente. Los narcos mejicanos a los que cantaban Los Tigres del Norte no desaparecieron, pero perdieron protagonismo internacional, al igual que los mafiosos “nacionales” de aquí y allá.

Las nuevas asociaciones eran más ocasionales, se montaban y desmontaban en torno a un negocio concreto e integraban a socios de cualquier país del mundo. También comenzaron a volcarse en nuevos negocios, algunos tan o más lucrativos que el tráfico de drogas o armas pero, sobre todo, menos arriesgados. Por ejemplo, el comercio internacional de órganos humanos –en especial riñones- el tráfico de las treinta mil especies de animales y plantas en peligro de extinción, de residuos peligrosos o bien de clorofluorocarbonos (CFC), que en teoría deberían ir siendo eliminados de la industria mundial a partir del Protocolo de Montreal (1988) por ser un peligro directo para la capa de ozono.

La mayor parte de estos negocios ilícitos prosperaron directamente sobre el terreno abonado que supuso la economía mundial liberalizada y la revolución de la comunicación y los transportes. De esa manera, Sudán, Eritrea, Argelia y Mozambique se transformaron, por ejemplo, en presuntos basureros de los residuos radioactivos italianos. China, Pakistán y la India se acabaron convirtiendo en centros desguazadores, adonde iban a parar desde artefactos domésticos y productos de electrónica a barcos enteros.

Pero aunque las exportaciones de esos productos peligrosos eran muchas veces ilegales, los delincuentes lograban organizar complejos itinerarios en los que las autoridades perdían la pista tras sucesivos envasados y etiquetados. En otros casos, los responsables de alto nivel resultaban muy difíciles de identificar, como ocurría en el tráfico de fauna salvaje, pieles o maderas de lujo. Por otra parte, los intermediarios eran tantos y tan variados que lograban borrar la pista de las transacciones –mezclándolas con negocios perfectamente legales- cediendo las fases finales en destino, en manos de colaboradores locales que conocían bien el terreno.


















Según algunas fuentes, en China se llegan a aplicar entre 5.000 y 12.000 condenas a muerte. Una parte de los órganos de los ejecutados es vendida en el mercado internacional a través de internet: una nueva forma de actividad siniestra que se mueve en el terreno del vacío legal internacional que ha generado el mundo globalizado

Resulta evidente que estas nuevas formas de comercio ilícito necesitaban cada vez más de técnicos y expertos, “personas normales” muy alejadas del estereotipo del pistolero mafioso. Dependían enormemente de la tecnología: por ejemplo, el tráfico de órganos ilegal se hizo posible por la utilización de ciclosporina en los trasplantes (medicamente aprobado en 1983) lo que reducía mucho la posibilidad de rechazo por el paciente. Pero aunque ya no fue necesario contar con personal altamente especializado, sí eran necesario cirujanos y clínicas situadas en países de legislación permisiva, o con expertos intermediario que podían provenir, de terceros países. Por supuesto, el tráfico de obras de arte robadas también recurría a delincuentes muy especializados, pero la sofisticación de la nueva delincuencia globalizada hacía que en ocasiones desaparecieran los límites entre los diferentes tipos de negocios. Así, por ejemplo, Moisés Naím relata que en 1999, el traslado de un alijo de cocaína desde Caracas a París estuvo directamente relacionado con la aparición en Miami de un cuadro de Goya y otro del artista japonés Tsuguharu Fujita (1886-1968). En efecto, parece que ya por entonces, algunas obras de arte robadas eran utilizadas como contravalor o reserva de pago para otras operaciones.

De hecho, incluso negocios ilícitos tradicionales, como el tráfico de drogas, comenzaron a hacerse más sofisticados en la segunda mitad de la década de los noventa. Por ejemplo, el blanqueo de capitales terminó por resultar un negocio más lucrativo y seguro que la venta de droga en sí misma, alcanzado niveles de gran originalidad. Así, los traficantes colombianos de droga crearon un sistema propio de blanqueo denominado Cambio de Pesos en el Mercado Negro; el sistema generó numerosas variantes y terminó por extenderse a México. Pero en otros casos, los cargamentos de droga eran el vehículo que posibilitaba pagar, evadir y ocultar dinero, y no al revés.



El libro de Robert Hinde, Bending the Rules (Oxford University Press, 2007) hace un acertado diagnóstico sobre la elasticidad moral que propicia la nueva era de la globalización, lo que a su vez sustenta importantes agujeros negros legales a escala internacional: el perfecto terreno abonado para las nuevas formas de la delincuencia "safe", que implica a millones de ciudadanos "normales" sólo ocasionalmente dedicados a actividades ilegales... o no




Lógicamente, la gigantesca transformación del sistema bancario internacional en la década de los noventa facilitó enormemente esa práctica. En quince años, a partir de 1990, los activos financieros a escala mundial casi se multiplicaron por tres; por lo tanto, la capacidad de blanquear capitales creció también en consecuencia: bien entrado el siglo XXI, esa actividad venía a representar entre el 2 y el 5% del PIB mundial, según las fuentes más optimistas. Pero tal proporción alcanzaba el 10% en cómputos menos complacientes. En buena medida esto se debió a que la nueva economía neoliberal impulsó sin dudar la liberalización de los sectores financieros. Era lógico: no se podía poner en marcha el libre comercio a escala global sin hacer lo mismo con las finanzas, que son la savia de la economía. Así, la mayor parte de los países abandonó el control de divisas, lo cual disparó el volumen diario global de intercambios en muy poco tiempo. Además, las leyes de los diversos estados permitieron que los sistemas financieros nacionales se asociaran o incluso fusionaran con los de otros países. De hecho lo buscaron afanosamente, porque lo que interesaba en la economía global era atraer capital, en dura competencia entre países y empresas. Los adelantos tecnológicos facilitaron decisivamente el dinamismo de las transacciones, que todavía se potenciaron más con una muy amplia gama de productos financieros de nueva generación. Por lo tanto, a los blanqueadores de dinero les resultaba muy fácil crear decenas de cuentas para limpiar un rastro (el denominado “efecto ventilador”), transferir capitales de un país a otro mediante complejos contratos que sólo los expertos podían dilucidar, mover dinero desde cajeros situado en cualquier esquina de una calle, crear bancos virtuales o comprarlos en paraísos fiscales o realizar operaciones de ejecución instantánea a través de internet, desde cualquier lugar del mundo, pulsando una sola tecla. Así fue como se generó una situación, a escala mundial, sin precedentes históricos.

Sin embargo, a medida que transcurría la segunda mitad de los noventa, se fue comprobando que el problema no residía exactamente en que la delincuencia estuviera creciendo a pasos agigantados y multiformes, sino en que la combinación de la nueva ideología neoliberal y globalizadora –triunfante de la Guerra Fría- combinada con el impacto de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana de los ciudadanos, tendían a difuminar los límites preestablecidos de lo legal y lo moral; y con ello, la estructura social sobre la que se había ido configurando el denominado mundo desarrollado en el siglo XX.

Por ejemplo, el blanqueo de dinero necesitaba de un ejército de banqueros, abogados, contables, brokers y todo tipo de intermediarios para los cuales la práctica que estaban llevando a cabo no se asociaba necesariamente con un determinado tipo de delito. Además, el funcionamiento de las nuevas redes del hampa tendía a hacer que el colaborador técnico actuara sólo de vez en cuando, muchas veces limitándose a mirar hacia otro lado, de forma prácticamente impune. Mientras tanto, la evasión fiscal devenía cada vez más fácil para el ciudadano medio de cualquier país, y eso tampoco era contemplado como un delito especialmente grave; de hecho, en muchos países los profesionales liberales podían cobrar en negro de sus clientes, lo que hacía que los asalariados mantuvieran sobre sus espaldas buena parte de la presión fiscal, una situación que tendía a potenciar exponencialmente ese tipo de delito

















Jérôme Kerviel sale de la cárcel en compañía de su abogado, marzo de 2008. El caso de este broker de Société Generale, acusado de haber provocado un agujero de 5.000 millones de euros, es una buena muestra de los resbaladizos límites de la moderna delincuencia


A otros niveles de la vida cotidiana, el usuario de internet se lanzó a consumir pornografía o jugar en casinos virtuales, sin importarle demasiado que algunos de esos negocios fueran absolutamente ilegales (normalmente “en otros países”) o sirvieran de tapaderas para el blanqueo de dinero, por ejemplo. ¿Quién podía saberlo? Por otra parta, si alguien tenía dudas morales, los prestigiosos implicados no dudaban en acallarlas. Tal fue el caso de eBay, la muy conocida firma de subastas on-line, que en 2004 realizaba una millar de subastas semanales de marfil, en buena medida procedente de la caza ilegal. La respuesta de un portavoz de la empresa fue que “no podían negarse” porque ello perjudicaría a los que vendían el producto de forma legal.

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sábado, enero 06, 2007

Se vende polonio 210 (y 2)

Una pose teatral de Mario Scaramella que resume por sí misma el carácter del personaje y también el conjunto de todo el affaire Litvinenko. Publicada por "El País"

El objetivo de este post no es revelar información comprometedora, ni ventilar hipótesis imaginativas, sino tan sólo proponer el ejercicio de contemplar el "affaire Litvinenko" desde una distancia panorámica. Al fin y al cabo, es perfectamente posible que las cosas hayan sucedido como cierto tipo de prensa europea ha estado aireando. Pero es igualmente factible, y hasta probable, que nos hayan estado contando un cuento chino sobre rusos.

De entrada, ha resultado muy osado atribuir el asesinato de Litvinenko al estado ruso e incluso, directamente, a Putin. Es evidente que sus enemigos políticos dentro y fuera del país pueden creerlo así, pero no existen pruebas, ni siquiera indicios, tan sólo son especulaciones basadas más en deseos que en realidades. Y por supuesto, una supuesta carta de Litvinenko en la que acusaba al estadista ruso de su muerte. Por lo tanto, pudo haber sido cosa de Putin; o no. Es más una toma de posición que el resultado de una pista real.

Dado que los periodistas no tardaron en darse cuenta de que con un posible infundio gratuito de tal calibre no se iba muy lejos en el mantenimiento del interés informativo, comenzó a barajarse también la teoría de que una sección especial de "vengadores del FSB" había llegado desde Moscú para liquidar al desertor Litvinenko. Esto sí era cinematográfico, y además dejaba mucho campo libre para encajar pistas que no llevaban a ninguna parte. Por lo visto, cuando actúan por propia iniciativa, los agentes del FSB dejan de ser perfectas máquinas profesionales y se convierten en unos chapuceros de marca mayor que van exhudando rastros de polonio 210 por todas partes.


Fotografía habitualmente publicada en los medios sobre el ex teniente coronel del FSB Alexander Litvinenko.



A comienzos de diciembre, la histeria mediática estaba en máximos ebullentes. Haciendo gala de un toque de amarillismo del que la dirección parece estar orgullosa, porque seguramente supone que le da un estilo cosmopolita y europeo al periódico, el 3 de diciembre, "El País" decidió acelerar a fondo. Publicó un especial en la separata dominical titulada: "Los últimos días de Alexander Litvinenko", que agrupaba cinco reportajes, con un total de siete páginas, completadas con un apocalíptico editorial: "El polonio y nosotros". La pìeza de Pilar Bonet era, desde luego, la mejor, como buena conocedora del ambiente social e institucional de Rusia que es esta periodista. Procuró estar a la altura del encargo, pero entre líneas daba la sensación de querer sacarse el muerto de encima. Las dos páginas que abren el reportaje las cubrió Walter Oppenheimer desde Londres. Junto con Pilar Bonet, éste antiguo compañero de aula en COU es otro de los valores clásicos del periódico.

Walty gustaba de echarle vena literaria a las redacciones de clase, pero conociéndolo un poco, es de suponer que le dio cierta vergüenza recoger las pistas contradictorias pescadas aquí y allá en el intrincado ambiente de la diáspora política rusa en Londres. Veamos: Litvinenko se cita con Mario Scaramella en el restaurante japonés de Picadilly Road. Después, se separan, Litvinenko se reune con dos rusos en el Hotel Millennium y se supone que allí es envenenado al tomar té. Y sin embargo, en la botella de agua que tomó Scaramella se detectan restos de polonio 210. Según Alex Goldfarb "pudo haber sido envenenado en la segunda reunión, pero como seguro que lo seguían, pudieron luego desperdigar el polonio en el lugar de la primera". ¿Para qué?¿Para despistar? Lo más lógico es pensar que que si Litvinenko fue realmente asesinado y sus verdugos eligieron un veneno tan extraño como el polonio 210 fue para que no se pudiera demostrar el homicidio -como ocurría en los "asesinatos químicos" del KGB durante la Guerra Fría- y no para organizar un escenario del crimen tan retorcido. ¿Ya suponían desde el principio que se iba a descubrir todo el montaje y por eso se molestaron en "manchar" la botella de la que bebió Scaramella con un chorrito de carísimo polonio 210? Con ese tipo de manejos folletinescos pudieron haber liado la cosa bastante más, incriminando a otras muchas personas. En realidad, el tinglado se complica definitivamente porque Mario Scaramella sí resultó contaminado, y también se encontraron rastros de polonio en el coche de Zakaiev, el amigo y vecino, activista checheno, que llevó a Litvinenko a sus citas en Londres el 1º de noviembre.

El ex agente de la KGB Alex Gordiervsky, autor de un grueso volúmen sobre la historia de la institución en la que trabajó, tampoco sabe responder al agudo Walter Oppenheimer: "Pero ¿por qué utilizar un veneno tan lento, que le dio tiempo [a Litvinenko] a hacer una gran campaña contra Putin antes de morir?" La respuesta de Gordievsky es la siguiente: "Porque es un veneno muy, muy fiable. No tiene vuelta atrás. Es como una bomba nuclear. Tiene garantía absoluta y produce una terrible agonía. Lo que ellos no esperaban es que hubiera tanta publicidad. Esperaban que muriera en silencio, en cualquier sitio".

Veamos: o Litvinenko era un objetivo por el que merecía la pena tomarse tantas molestias o no lo era. Si nos ponemos en el primer caso, parece estúpido calcular que se iba a morir "en silencio, en cualquier sitio". Gordievsky "sabe" que han sido agentes rusos, pero no tiene mucha idea de por qué han recurrido a un veneno tan lento cuya utilización, a la postre, ha dado lugar a un escándalo internacional. ¿Fiable el polonio 210? Cerrando el reportaje de Javier Sampedro podemos leer que para los expertos de la firma
United Nuclear, "hay docenas de materiales más tóxicos, como Riocin y Abrin, que se pueden hacer fácilmente y no dejan rastro. Aunque es obvio que funciona, el polonio 210 es una mala elección como veneno".


Un personaje central en la trama del escándalo: el oligarca ruso y judío Boris Berezovsky, residente en Londres. Su trayectoria biográfica es azarosa.




El reportaje está trufado con declaraciones de exiliados, a cuál más cogida por los pelos. Parecen producto del cargado ambiente paranoico o irreal que se suele vivir en los exilios políticos, obsesionados con los espías, los dobles juegos y las provocaciones. Pocos días después de que "El País" lanzara su bombástico reportaje, "La Vanguardia" publicó otra interpretación de los hechos en su "Magazine" del 31 de diciembre, entre otras crónicas dedicados al repaso de 2006.

El trabajo, firmado por Rafael Ramos, no era cosa del otro mundo. De hecho, ya desde el melodramático título, comenzaba como una más de las crónicas habituales durante esos días: "Polonio o la Rusia de las tininieblas". Pero el autor no tardaba mucho en dudar de la consistencia de algunas piezas de la historia. Así, explica que Berezovsky, el protector de Litvinenko en Londres, era apodado "el padrino" y le había facilitado al ex espía un "modesto piso de ochocientos mil euros en el norte de Londres (donde nada se regala)" y le pasaba una especie de pensión "a cambio de trabajillos". Después, añade algunos datos sobre los movimientos de Litvinenko durante el crítico 1º de noviembre que Oppenheimer no citó en su crónica: fue desde su casa en Muswell Hill a la cita con Scaramella en el coche de un amigo, el activista checheno Ajmed Zakaiev, y después, antes de dirigirse al Hotel Millenium se pasó por las oficinas de Berezowsky y luego se dirigió a la empresa de seguridad Erinys [?] para la que colaboraba. De los rusos con los que se entrevista, Lugovoi, que era un ex agente del FSB como él, resulta ser otro de los hombres de Berezowsky y dueño de una compañía llamada Pershin [?] "valorada en cien millones de dólares".

Hacia el útimo cuarto de su crónica, Rafael Ramos lanza su cuarto a espadas y afirma que "Litvinenko se movía en un mundo sórdido de dinero fácil y sucio" Y añade el testimonio de Julia Svetlichnaja, académica de la Universidad de Westminster, que conoció al finado y estuvo en contacto con él en los meses anteriores a su muerte. Según esta profesora, "el espía aseguraba disponer de información explosiva relacionada con la privatización de la antigua empresa estatal Yukos (que dirigía Berezovsky), proporcionada por otro ex agente del KGB que vive en Estados Unidos Yuri Shavets o Shvets. Su plan era hacer "chantajes por valor de quince mil euros por barba, dinero que le serviría para montar su propia empresa". Para completar este cuadro, Ramos termina con una hipótesis que según él gana "mayor número de adeptos conforme avanza la investigación". Al parecer, Litvinenko hacía "análisis de riesgo para empresas británicas interesadas en invertir en Rusia", y en uno de tales informes salió malparado "un personaje de alto standing vinculado al mismo tiempo al gobierno y a las `mafiyas´". Por lo tanto, el tal personaje, y no Putin o la cuadrilla vengadora del FSB, habría sido el autor del asesinato de Litvinenko. Pero sigue en pie el por qué de un veneno tan absurdo como el polonio 210. "El mensaje para todos los traidores empeñados en meter cizaña desde Londres a cambio de unas libras esterlinas quedaba meridianamente claro". Sigue siendo una hipótesis insuficiente para explicar un supuesto y rocambolesco atentado, con gran despliegue de medios, dirigido contra un hombre que soñaba con hacer chantajes de "quince mil euros por barba". ¿Cuántos tenía que haber perpetrado para fundar una empresa en Gran Bretaña?

En cualquier caso, el reportaje de Rafael Ramos incidía en la descripción de ese ambiente turbio y bastante miserable que parece rodear el mundo del "exilio de negocios" en torno al cual gira la oposición anti-Putin en Londres. Y lo cierto es que el retrato de un grupo de cuentistas y fabuladores, ex agentes arrepentidos por sus malas obras y supuestos expertos en servicios de inteligencia y seguridad, se había completado pocos días antes con la detención de Scaramella nada más regresar a Italia. El día de Nochebuena la prensa informaba que había sido arrestado en Nápoles el supuesto profesor Mario Scaramella, “testigo clave en el caso Litvinenko”. De la información publicada por ”El País” el día de Navidad, se desprende que el hombre era un mangante de cuidado. Según escribe Enric González (la versión en papel de la crónica no se corresponde con la
colgada en internet): “La carrera profesional de Scaramella, de 46 años, cuenta con abundantes episodios oscuros. Nadie ha podido comprobar que sea, como afirma, licenciado en Derecho. Tampoco se tiene certeza de que sea, como sostiene, un experto en espionaje internacional”. Y aclara el cronista: “El presunto tráfico de armas por el que fue detenido el pasado domingo constituye un episodio revelador sobre sus actividades: según las fiscalías de Roma y Bolonia, Scaramella organizó una operación e contrabando de materiales radiactivos y la denunció después, atribuyéndola a otros, ante la policía italiana, con el fin de acreditarse como especialista en constraespionaje y como experto en grupos terroristas”.

Otra pose de Mario Scaramella, esta vez en contrapicado. Se rumorea que podría tener contactos con la mafia italiana. Fotografía publicada por "El País"



A lo largo de su crónica, Enric González no ahorra detalles sangrientos que tipifican al rechoncho Scaramella como un oportunista sin escrúpulos, bordeando la estafa pura y dura. Afirmaba haber vivido en Moscú y poseer buenas relaciones allí con el KGB. En torno al año 2000 aseguró algo tan increíble como que en plena Guerra Fría un submarino soviético había depositado minas nucleares en el golfo de Nápoles. Y le hicieron caso, comenzó a fecuentar los medios de comunicación y en 2002 se integró en la Comisión Mitrojin, como se denominó a la comisión organizada en base a la mayoría parlamentaria obtenida por el partido de Berlusconi. El objetivo principal de ese tinglado era el de demostrar que Romano Prodi había sido el "hombre de Moscú" en Italia y en tal sentido, tanto el presidente de la comisión, Paolo Guzzanti, como el mismo Berlusconi quedaron bien satisfechos de Scaramella y sus esfuerzos por incriminar al actual presidente italiano. Y concluye Enric González: "Todas las acusaciones surgidas de la citada comisión se demostraron falsas, en la mayoría de los casos, o incomprobables. Una conversación telefónica privada entre Guzzanti y Scaramella, grabada por orden judicial, confirmó que entre ambos existía un acuerdo para implicar a Prodi, como fuera, en operaciones ilegales".

Sin embargo, el desenmascaramiento de Scaramella aportado por Enric González llegó tarde para la credibilidad informativa de "El País". Porque poco más de veinte días antes, en el citado reportaje dominical del 3 de diciembre, se le había dedicado una página entera a una
entrevista con Paolo Guzzanti, llevada a cabo por una italiana, Laura Lucchini. En ella, el senador de Forza Italia (ex socialista), aprovecha para atacar a Romano Prodi por sus supuestos contactos con el KGB. Pero sobre todo, explica que uno de los principales asesores de Scaramella en la Comisión Mitrojin fue Litvinenko y que éste, a su vez, solía pasarle información a Ana Politkovskaia. A la vista de quién está resultando ser Mario Scaramella, la importancia de la entrevista se hunde en un charco que además salpica al mismo Litvinenko y de refilón, tristemente, a la Politkovskaia.


Paolo Guzzanti, foto de Cristiano Laruffa. Para acceder a su blog, pinchar aquí



En realidad, ya el 17 de diciembre se avanzaba en una crónica de Andrea Rizzi ("Todavía queda polonio para rato") que Scaramella era un personaje bien turbio. Pero en cualquier caso, no es de extrañar que tras el resbalón, perpetrado en un corto espacio de tiempo, "El País" haya ido haciendo mutis por el foro. El 29 de diciembre, como quien no quiere la cosa, aún publicó una columna sobre las acusaciones de la fiscalía rusa contra el empresario multimillonario Leonid Nevzlin, también exiliado, y asimismo un ex alto cargo (vicepresidente) de la compañía Yukos. Hace tiempo que Moscú va detrás de altos cargos de esa empresa, y precisamente, Litvinenko decía tener documentación comprometedora sobre Yukos. El 6 de enero, el periódico volvió a publicar una difusa crónica sobre un nuevo lugar de Londres donde se han detectado rastros de polonio 210, el Restaurante Pescatori, con amplia clientela rusa. Y por cierto, que al final de la pieza se recoge, entre corchetes y con un importante retraso con respecto a "La Vanguardia", que Julia Svetlichnaja, en entrevista a la CBS afirmó saber que Litvinenko "había planeado chantajear a un millonario ruso exiliado en Reino Unido, pero que no era Boris Berezovsky". Posiblemente, aunque la crónica no lo menciona, se trata de Alexei Golubovich, alto cargo de Yukos entre 1992 y 2000, actualmente en arresto domiciliario en Italia a petición de la fiscalía rusa.

En realidad, y desde las primeras hipótesis facilonas que apuntaban directamente a Putin, el entramado de pistas no tiende a confluir en un grueso hilo conductor, sino que se desparrama en todo un abanico de direcciones divergentes. Y eso por no jugar con otras muchas posibilidades. Por ejemplo, la de que Litvinenko fuera un agente colocado por Moscú en el entorno de Berezovski y los antiguos hombres de Yukos. Descubierto, alguien decidió deshacerse de él, y de paso utilizar su asesinato para montar una aparatosa campaña contra el Kremlin en un momento propicio: la tensión entre algunos países de la UE y Moscú por la negociación en torno al abastecimiento de petróleo y, sobre todo, gas. Condensando en el asesinato restos de casuísticas diversas procedentes de la Guerra Fría y el KGB, el éxito en manipular a la prensa occidental estaba garantizado.

Sin embargo, no hace falta siquiera investir a Litvinenko como agente doble. Bastaba con que fuera lo que aparentaba ser: un ex oficial del FSB convertido en resto de serie, un cuentista o un aprovechado que sobrevivía en ese caldo tan peculiar de veteranos del espionaje venidos a menos, simples charlatanes, oportunistas de medio pelo y de todo tipo. Y entonces, los mismos que liquidaron a Ana Politkovskaia decidieron rentabilizar su muerte. Eligieron un veneno lento y espectacular para que la víctima tuviera tiempo de reaccionar, denunciara a Putin como verdugo (¿quién dudaría de las últimas palabras de un moribundo?) y se organizara un jaleo bien turbio. Por supuesto, se trataría de algún operativo montado por enemigos importantes de Putin. Hay diversas posibilidades sobre la posible autoría de tal hipótesis. Por ejemplo, alguna problemática potencia menor en la periferia de Rusia; o ultrarradicales chechenos. A saber si los asesinos estaban apoyados o consentidos por alguna potencia occidental. Recordemos que este mismo verano, mientras americanos, británicos e israelíes se hundían en el fango de Irak o Líbano, Rusia triunfaba en Chechenia (liquidando a Shamil Basayev, el particular Bin Laden de los rusos) se acercaba a China y apoyaba a Irán.


Samil Basayev, fotografía proveniente del Kavkazcenter.com



Lo cierto es que la sofisticación de elegir polonio 210 para manejarlo tan chapuceramente después, da cierta idea de que no estamos ante profesionales del ramo. O bien, se trata de agentes de algún país con un deficiente entrenamiento o escasos medios. En realidad, y teniendo en cuenta que el polonio 210 es carísimo y que no se justifica su utilización para liquidar a un personaje tan de tercera o cuarta fila como Litvinenko, ¿por qué hablar de asesinato? Reordenando las piezas del caso sobran sospechas para pensar que en realidad estamos ante una trama de contrabando de polonio 210. Al fin y al cabo, Mario Scaramella fue detenido el pasado 24 de diciembre acusado de contrabando de materiales radiactivos. Según las fiscalías de Roma y Bolonia, el mitómano profesor sin alumnos organizó la operación y posteriormente la denunció atribuyéndola a otros. Por lo tanto, vaya usted a saber si esta vez la cosa no iba en serio hasta que se produjo un accidente y Litvinenko quedó afectado. Quizá Scaramella acudió a Londres para recoger la mercancía procedente de Rusia. Sólo esa hipótesis ya explicaría una buena parte de la densa "ruta de la contaminación", repleta de reuniones entre los diversos socios, y esta vez sin contradicciones ni forzamientos. Todo ello dejando de lado que el polonio no fuera destinado a los chechenos; por cierto, un dato curioso: Litvineko se había hecho musulmán poco antes de su envenenamiento.

Fotografía inicialmente difundida por los medios de comunicación en febrero de 2005, sobre un supuesto soldado americano secuestrado en Irak. Se trata de un muñeco articulado de juguete



En definitiva: bienvenidos los entusiastas a una estupenda historia que, bien relatada nos permite echar una instructiva y aleccionadora mirada a ese mundo situado en los márgenes de los servicios de información del estado, la política y la prensa en la Europa de 2007. Pero si de verdad les atraen las rocambolescas historias de capa y veneno, no se queden en escenarios tan trillados como el del polonio 210. Por ejemplo: ¿Han mirado con atención las supuestas fotos de Saddam Hussein pendiendo de la horca?¿Les parecen reales? Revisen la hemeroteca, por favor. El 3 de febrero de 2005, la prensa publicó una historia a medio camino entre la comedia y la tragedia. Dos días antes, la cadena Al Yazira y varias agencias informativas difundieron las fotografías de un soldado americano secuestrado en Irak por un grupo terrorista integrista islámico denominado Brigada de los Muyahidin. Pero el Ejército norteamericano no lograba dar con la identidad y referencias del supuesto desaparecido. Por fin, la empresa Dragon Models USA identificó al rehén: se trataba de uno de sus muñecos, modelo Cody, vestido con el apropiado uniforme tropical de las furzas norteamericanas en Irak por aquellas fechas. Y ahora, por favor, vuelvan a escrutar la foto de Saddam Hussein.

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miércoles, enero 03, 2007

Se vende polonio 210 (1)

Insignia del MVR búlgaro en tiempos de la Guerra Fría



El mundo del espionaje (una suerte de periodismo de estado) del periodismo (al fin y al cabo, espionaje público, a un euro por cuadernillo de informes) y de la política (que tarde o temprano recurre o tiene muy en cuenta a las categorías profesionales mencionadas), es muy dado a aceptar la irrupción ocasional de todo tipo de charlatanes de feria. La explicación del fenómeno resultaría ardua, pero en su aspecto esencial quizá sirvacomo aproximación al asunto la vieja pulsión sicológica de que aquellas personas que tienen por norma engañar, suelen aceptar con cierta facilidad que les mientan. No se intenta decir con esto algo tan grosero como que espías, periodistas y políticos –tomados en su conjunto como profesiones o corporaciones- se pasen el día mintiendo. Pero al fin y al cabo la venta de información -en el caso de los políticos, de “imagen”, que es una forma de decir “confianza”- es la esencia de su negocio; y ya se sabe que muchas veces ese concepto no existe en estado puro. El oportuno “resumen”, la “vestimenta” de la noticia, el “ángulo” bajo el que puede contemplarse la realidad, las identidades "protegidas" (y silenciadas) de las fuentes: todo ello son prácticas profesionales que de forma muy sencilla pueden deslizarse hacia la tergiversación, y en determinados momentos de presión, un poco más allá todavía. “No dejemos que la realidad arruine una buena noticia” es una frase que se aplica burlonamente a los chicos de la prensa, pero que fácilmente podría encajar en muchos informes de inteligencia y, desde luego, en algún que otro discurso político.

La reflexión viene a cuento, por ejemplo, de personajes como Rocco Martino aquel ex carabinero y espía mercenario de tercera fila que se inventó un falso informe sobre la
importación de uranio de Níger por parte de Irak, en el año 2000. Enric González lo relató con mucho nervio informativo en una crónica publicada por “El País” en noviembre de 2005 y realmente impresionaba que existieran tipos como Martino, capaces de generar burdas intoxicaciones que se venden al mejor postor, si es que lo hay, para pagarse unos días de vacaciones. Como se sabe, el asunto tuvo una formidable trascendencia cuando esas mentirijillas fueron transformadas en informes dignos de todo crédito en base a los intereses puntuales de una serie de estadistas y políticos en Washington y Londres, hasta convertirse en una de las justificaciones documentales para la invasión de Irak en marzo de 2003.

Periodistas y espías se sienten muy atraídos por las teorías conspirativas. Permiten explicar fenómenos complejos de forma sencilla; y además, se puede forzar el encaje de todas las piezas del puzzle, por muy incongruentes que parezcan a simple vista. Las teorías conspirativas también permiten saltar de lo micro a lo macro: los pequeños detalles pueden cobrar una enorme importancia para explicar grandes sucesos, mientras que éstos se pueden deshinchar para ponerlos a la altura de las nimiedades presuntamente significativas. Las teorías conspirativas se convierten en un divertido juguete a prueba de tontos y por eso han tenido un gran protagonismo para explicar, durante los primeros años después de que acaecieran, fenómenos históricos apartentemente "desordenados" como son las revoluciones, en especial la francesa y la rusa. Por lo tanto, las teorías conspirativas se venden muy bien, son fácilmente digeribles por el gran público. Pero también, en muchos casos, por los apurados superiores jerárquicos, que deben dar explicaciones satisfactorias a los jefes y políticos.

Una vez lanzada, la teoría conspirativa posee mucha resistencia al desgaste. Por ejemplo, tuvieron que pasar casi diez años para que se desmontaran los rumores sobre maquinaciones de interés político en torno a la muerte de Lady Di. Pero en otros muchos casos, la teoría conspirativa nunca ha logrado ser desmontada, a pesar de que existan evidencias de su inutilidad. Otro ejemplo: el asesinato de J.F. Kennedy. Todavía se manejan turbias motivaciones políticas que lo presentan a la luz del crimen de estado, cuando hace ya años que el libro de John H. Davis, Mafia Kingfish.
Carlos Marcello and the Assassination of John F. Kennedy (New York, 1989) lo explicó de una forma muy coherente y convincente, sin necesidad de recurrir a turbios complots en las altas esferas de poder.

El mafioso Carlos Marcello, posible autor real del asesinato del JFK y su hermano Robert



En ocasiones aparecen en el teatro de la conspiración armas extrañas, de fuerte arraigo simbólico, capaces de impactar profundamente sobre la memoría histórica subsconsciente del gran público (y también sobre periodistas, espías y políticos) y entonces es el acabose. Hoy ya se ha olvidado el éxito mediático que tuvieron los, en su día, celebérrimos atentados con "carta-ántrax" en el otoño de 2001, a poco del 11-S. El suceso tuvo lugar en los Estados Unidos donde (al parecer) siete cartas con esporas de la bacteria de ántrax provocaron cinco muertes y afectaron en total a 22 personas. Esa, al menos, fue la explicación que se ofreció, que desde un punto de vista médico no fue tan diáfana. La histeria fue total, pero el asunto fue tan extravagante que no hubo manera de dar con el o los autores y, lo más grotesco, tampoco con las motivaciones. No está de más recordar este asunto en estos días en los que el obsesivo caso del plutonio 210 ha tocado el techo de las contradicciones y el absurdo.

El desproporcionado impacto mediático que ha tenido la muerte de Litvinenko se explica en parte porque contiene en sí mismo rasgos de diversas historias heredadas de la más pura y dramática Guerra Fría, combinadas con ya viejos temores folletinescos y fuertes dosis de teoría conspirativa. Por ejemplo, la historia de Alexander Litvinenko, agente secreto del FSB que recibió la orden de matar al oligarca Boris Berezovski, pero se arrepintió y en lugar de hacerlo le confesó a la víctima sus intenciones. Algo así ya sucedió en 1954, cuando el agente de la KGB Nicolai Jojlov fue enviado a Frankfurt para liquidar al agitador antisoviético Georgi Okolovich. Antes de partir para su misión, Jojlov se había convertido a la fe cristiana a través de su pía esposa. Ya en Frankfurt, el despiadado ejecutor cayó del caballo, arrepentido, y advirtió a Okolovich del plan para asesinarle. Lógicamente, Jojlov desertó y se llevó con él la cajetilla con un primitivo aerosol venenoso con el que sus superiores le habían provisto. Hoy, esa primitiva arma se ha convertido en el remoto antepasado de los modernos sprays de autodefensa que se pueden adquirir por pocos euros en las "tiendas del espía" que han aparecido hace algunos años en Madrid o Barcelona.


Víctima y verdugo: el ex agente Nicolai Jojlov saluda a Georgi Okolovich tras haber desertado. La historia de Litvinenko con respecto a Berezovski no es nueva



Y el "toque venenoso": en 1957, el oficial de la KGB Bogdan Stashinsky asesinó en Munich al disidente nacionalista ucraniano Lev Rebet utilizando una pequeña pistola de gas venenoso (18 cms. de longitud) escondida en un periódico enrollado. El ataque fue tan bien ejecutado que la muerte de Rebet se atribuyó a un ataque cardiaco. Dos años más tarde, el mismo Stashinsky se ocupó de liquidar al célebre nacionalista ucraniano Stefan Bandera, utilizando el mismo método. Esta vez, sin embargo, se descubrió cuál había sido la causa del fallecimiento. Bogdan Stashinsky desertó a Occidente y en pago de sus informaciones fue sentenciado a una corta pena por los dos asesinatos.

En 1978 se sumó a estas truculentas historias el siempre terrorífico "factor balcánico" con el conocido caso de los denominados "paraguas búlgaros". Georgi Markov, un disidente búlgaro que había escapado a Londres y trabajaba allí para los programas internacionales de propaganda de la BBC, fue asesinado con un punzón que le inyectó un veneno mortal en un muslo. El asesinato tuvo lugar en la vía pública, en pleno Puente de Waterloo, pues el
agente búlgaro (de hecho, un danés de origen italiano) llevaba el sistema inyector disimulado en la estructura de un paraguas. Markov esperaba el autobus, y todo lo que sintió fue un breve pinchazo; una diminuta bola de ricina terminó en tres días con su vida sin que los médicos británicos se apercibieran de lo ocurrido. Sólo tras la posterior exhumación del cuerpo se entendió lo sucedido.

Georgi Markov, el disidente búlgaro asesinado en 1978 con un sofisticado paraguas


En los años ochenta se produjo una nueva vuelta de tuerca hacia la configuración del "asesinato radiactivo" cuando se extendió el rumor de que en Rumania habían sido irradiados como represalia grupos de obreros que habían participado en las protestas de Braşov, en diciembre de 1987. El oficial de inteligencia rumano Ion Mihail Pacepa que ya por entonces había escapado a Occidente, le explicó con detalle a sus interrogadores de la CIA (o al menos eso contaba en su libro: Red Horizons, Washington, 1987) que Ceauşescu había desarrollado un sistema para liquidar disidentes en prisión por medio de elementos radiactivos, lo que en clave denominaba "aplicar Radu" y que ejecutaba un denominado Servicio K de la Securitate. Por entonces, la prensa occidental estaba muy predispuesta a creerse a pies juntillas cualquier fantástica perversidad del "tirano de los Cárpatos" y su Securitate, como quedó sobradamente demostrado durante las revueltas de 1989, por lo que la historia de Radu pasó a formar parte de la "memoria subconsciente" de los medias, que también existe.

Desaparecido Ceauşescu y hundida la Unión Soviética, los miedos apocalípticos relacionados con gases mortales y radiaciones letales anduvieron algo errantes. En marzo de 1995, la Verdad Suprema, que era una delirante secta japonesa, organizó un atentado social en el metro de Tokio utilizando gas sarín, que se saldó con el resultado de 12 muertos reales y miles de intoxicados imaginarios, tal fue el pánico que se desató. Lógicamente, el 11-S también aportó importantes dosis de paranoia colectiva, pues era de temer que tarde o temprano Al Qaeda intentaría algún ataque con armas de tipo químico bacteriológico o radiactivo, más sofisticadas y aterradoras aún que el puro explosivo, a la altura de su perversidad.


Ion Mihai Pacepa cuando todavía era un joven oficial de los servicios de la inteligencia exterior rumana. Actualmente ha reaparecido en varios foros acusando a Putin del asesinato de Litvinenko. El caso ha dado alas a todos aquellos que convirtieron su deserción a Occidente en un medio de vida


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Pero la vieja cantinela pronto volvió a los tradicionales cauces: las deliciosas historias de espías rusos, herederas a su vez de las conspiraciones venecianas y bizantinas: siempre el Este, siempre el Oriente pérfido. En un artículo firmado en "El País" por Cecilia Jan ("Nuevas (y viejas) formas de matar", domingo 3 de diciembre, 2006) se detallan los últimas proezas (reales, ficticias, imaginarias) de los maquiavélicos agentes rusos:

1995: el banquero ruso Ivan Kivelidi y su secretaria mueren, supuestamente, por efecto de un veneno colocado en el auricular de su teléfono. Posible veneno utilizado: cadmio.

2000: fuerzas especiales rusas asaltan el Teatro Dubrovka, en Moscú, para liberar a 800 rehenes tomados por un nutrido comando cecheno de 42 terroristas. En el ataque se utilizó, al parecer, un derivado del fentanilo, un gas anestésico potenciado.

2002: el guerrillero jordano e islamista al-Jattab, uno de los jefes de la insurgencia chechena, fallece tras recibir una carta envenenada (?)



El pintoresco guerrillero jordano ibn al-Jattab, luchador en Chechenia


2004
: el candidato a la presidencia ucraniana Viktor Yushenko, alega haber sido envenenado por dioxina por agentes del servicio secreto de su país partidarios de sus adversarios políticos.

Resultaría absurdo negar que durante la Guerra Fría y en años posteriores algunos servicios de inteligencia han recurrido al envenenamiento en sus variadas formas. Asimismo sería falso negar la evidencia de que el KGB, al menos inicialmente, experimentó y desarrolló formas imaginativas de asesinato basadas en venenos y sustancias químicas. Sus adversarios de entonces no tardaron en hacer lo mismo, y en nuestros días ya es un lugar común que con el arsenal existente se pueden generar enfermedes galopantes, paros cardiacos e incluso ataques de locura. Es un recurso para sacar de en medio de forma discreta -no lo olvidemos- a personajes comprometedores y no parece lógico utilizarla con enemigos de medio pelo. Puerstos en el caso, Berezovski hubiera sido un objetivo susceptible de justificar un asesinato rocambolesco pero "limpio" con supuestos venenos ultrasofisticados, pero no un individuo con una importancia tan cuestionable como Litvinenko.

Por ello cuando una acción ejecutiva resulta inútilmente compleja o desproporcionada en sus medios, si no queda claro el "qui prodest", si al final de todo ello el individuo eliminado no resulta un objetivo importante, si la coyuntura política de los países implicados no justifica lo ocurrido, entonces hay que empezar a considerar que alguna pieza no casa. Y si es así, la realidad resulta demasiado tozuda como para encajarla a martillazos, al menos durante demasiado tiempo. Llegados al punto en que el contradictorio montaje se descompone, surge la pregunta: ¿Valió la pena montar el engañoso tinglado? Se dice que los medios de comunicación poseen una memoria similar a la de un niño de cinco años. En realidad, periodistas y políticos son quienes generan y modulan la amnesia social. Por lo tanto, su respuesta a la pregunta anterior sería un rotundo y triunfante: "¡Si!"

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domingo, mayo 28, 2006

Trabajar los chalets

Hace pocos días y a raíz de que cundiera ese producto político-mediático denominado “alarma social”, debido en este caso a los asaltos a chalets y casas unifamiliares en el campo catalán, “La Vanguardia” publicó un reportaje que anunciaba desde la primera página: “Los asaltos a casas cuestionan el modelo de crecimiento urbano” (jueves, 25 de mayo de 2006); y en la página 31: “Casas aisladas, casas amenazadas”. De entrada, la construcción del titular principal no cuadraba mucho, porque si se habla de casas unifamiliares aisladas en pleno campo, el adjetivo “urbano”, pues como que no pega. El subtítulo del reportaje procuraba corregir el asunto: “La ola de asaltos pone en cuestión el modelo urbanístico disperso de Catalumya”. Aclarada la cuestión de que por estos pagos disponemos de un “modelo urbanístico disperso”, el dictamen de los expertos parece incuestionable: “En un escenario de inseguridad está más desprotegido quien más se aísla” –comenta al diario Salvador Rueda, director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona.

Dicho así, parece inapelable. A no ser que recordemos la cara que ponen los testigos de tal o cual inmueble en barrio de populosa ciudad, cuando el periodista les pregunta por el vecino que acaba de ser detenido tras cometer un espantoso crimen: “Pues parecía una buena persona”. Les confieso que a mi me entra una risa un poco tonta, incluso cuando veo y escucho por enésima vez a la señora del 3º o al del bareto de la esquina: “Era muy educado, me saludaba todas las mañanas”. Aunque resulta mucho peor cuando la opinión cobra forma de sentensia: “Esos iban a terminar mal, estaba cantao”. Y no hace falta ser tan dramáticos: recuerdo perfectamente el día en que le desvalijaron la casa a mi vecino, en el puente de la Purísima, pleno mes de agosto de 2001, centro de Barcelona. No le robaron mucho, pero le reventaron la puerta blindada con un gato hidráulico y con ello le destrozaron un buen trozo de parqué. Y así se quedó el piso durante varios días, abierto de par en par, porque el hombre estaba de vacaciones en Mallorca con toda su familia y no había manera de dar con él. Estoy seguro de que ustedes conocen muchos otros casos similares, e incluso han sido víctimas de asaltos a sus propiedades inmuebles, sin que el vecindario al otro lado del tabique supiera, pudiera o quisiera hacer nada.

En una gran ciudad la sensación de aislamiento y desprotección resulta tan aguda y real como en un chalet más o menos aislado. Con una diferencia importante: en el campo puedes mantener una pareja de perros de presa de 40 kilos de peso, con funciones de vigilancia y defensa non stop, cosa mucho más complicada y molesta en un piso de 80 y pico metros cuadrados del casco urbano. Recuerdo a mi amigo Juanito, el embajador de Cuba en Belgrado. Como posiblemente su país no disponía de muchos medios para pagar vigilantes y sofisticados sistemas electrónicos de vigilancia, el hombre tenía dos rottweilers sueltos por el jardín de la residencia, un edificio aislado en las afueras de la capital. Nunca los llegué a ver, pero puedo asegurarles que sus ladridos ponían los pelos de punta cuando olían que a Juanito le acompañaba alguien más.

En realidad lo que deseo expresar aquí es mi malestar ante un reportaje como el de “La Vanguardia”, que parece destinado a echar pelotas fuera. Si asumimos que hay más asaltos a chalets porque hay más chalets que antes, estamos poniendo el carro delante de los caballos. El problema no es ese, porque desde siempre han existido habitats dispersos en la geografía rural catalana, vasca, gallega y de otros muchos países en todo el mundo; y en esas zonas no es crónica la delincuencia especializada en asaltos y robos a las casas con o sin ocupantes dentro. Por otra parte, el modus operandi de algunas de las bandas de ladrones es ahora muy sofisticado: montan operativos de seguimiento y vigilancia, organizan equipos de despiste, son rápidos y precisos, muy profesionales. Los medios de comunicación ya nos han informado de que en algunos casos se trata de antiguos policías, soldados y hasta guerrilleros procedentes de países del Este donde, o bien han actuado en guerras recientes o han formado parte de aparatos de inteligencia o represión muy activos.

Ese perfil, en apariencia, es nuevo. O relativamente, porque las muy profesionalizadas bandas de albaneses de Kosovo comenzaron a operar en Catalunya en el año 1999. Por aquella época, los medios de comunicación evitaban mencionar el asunto, posiblemente por aquello de la corrección política, dado que los albanokosovares acababan de montar una exitosa guerra de liberación contra los serbios respaldados por la OTAN, eran los héroes del momento y ustedes ya saben o intuyen lo que es el papanatismo mediático. Pero les puedo asegurar que incluso por entonces, al menos un cuerpo de seguridad del estado había logrado pinchar las comunicaciones de algunas bandas y tenía serios problemas para traducir del albanés. Después, los tipos se volvieron mucho más cautos y desechaban el teléfono móvil con su tarjeta prepago después de hacer la primera llamada. También por esos meses, mi amigo Veton Surroi me contó que en una visita a Barcelona, un compatriota le comentó en el avión que “muchos chicos estaban yendo a trabajar las fábricas” a Catalunya. A Veton le extrañó la extraña construcción de la frase: “¿A trabajar las fábricas?” ¿No sería más bien: “A trabajar en las fábricas?” Pues no, el tipo del avión se refería a las bandas que desvalijaban los polígonos industriales.

Bien: la cosa es que los delincuentes profesionales que se vienen dedicando a robar en fábricas y chalets en Catalunya –y otras partes de España- desde hace ya tiempo, manejan muy bien una herramienta que el ciudadano de a pie no suele considerar: la información. Y no sólo de los objetivos concretos, sino de todo el territorio de trabajo. En ello entra la documentación sobre la calidad y capacidades de su principal adversario en la zona de operaciones: la policía local. Hoy mismo, “El País” publica un reportaje titulado: “Vente para España, que esto es un paraíso. Aquí la policía ni te toca” (Domingo, 28 de mayo, pag. 26). La frase es la que escuchó la policía tras pinchar el teléfono de un delincuente rumano que animaba a un compinche en el país de origen.

Mucho debemos temer que éste sea el quid de la cuestión. Delincuentes y bandas del Este poseen información sobre las fuerzas de seguridad de determinados países; pero en cambio, éstas no la tienen sobre los agresores. La actuación de la policía se centra en la respuesta puntual ante el delito, pero no parece que exista una estretegia preventiva o disuasoria. Es significativo que en ese capítulo algunos países cercanos al foco del fenómeno han encontrado la solución. Por ejemplo, en la isla de Creta, Grecia. No es una zona tercermundista o pobre, carente de interés para los cacos de países vecinos. Hay campesinos pudientes y turismo internacional con propiedades. Pero allí el asunto de las bandas de delincuentes albaneses y similares no existe. ¿Saben por qué? La respuesta en otro post.

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