Kosovo y PSOE

Legionario español de uno de los primeros contigentes presentes en Kosovo
Hace tan sólo un par de días (14 de mayo), artículo insólito: Andrés Ortega, conocido columnista de “El País”, firmó y publicó: “Cuidado con Kosovo”. Realmente han tenido que pasar muchos años para que un periodista de plantilla del célebre rotativo adoptara unas posiciones como las que se leen ahí. No es que resulte escandaloso, ni mucho menos: es, simplemente, razonable en su tono general. Desde la perspectiva de las grandes potencias intervinientes, hay prisa por otorgarle la independencia a Kosovo y dar carpetazo al asunto. En 1999 se prescindió de la ONU para intervenir militarmente en la zona. Hoy, las potencias occidentales confían en que ésta sea proclamada precisamente por esa misma Organización de las Naciones Unidas. Claro, ello supone (como en 1999) que al menos Rusia vetará esa propuesta en el Consejo de Seguridad. Y que los nacionalistas albaneses proclamarán la independencia por su cuenta; lo cual supondrá, como en el caso de Croacia, en 1991, que una serie de países europeos y los Estados Unidos, reconocerán esa soberanía. En consecuencia, lleva razón Ortega, la UE se dividirá ante el problema.
“Primero se exigió a Kosovo que cumpliera ciertos estándares antes de darle un estatuto definitivo; luego los estándares a la vez que el estatuto; y ahora, casi sin explicación, el estatuto pasa por delante de unos mínimos que cumplir para acceder a la independencia” –apunta el autor. Una vez más, lleva razón. Una vez más, el caso de Croacia en diciembre de 1991, uno de los puntos de partida para la larga tragedia de las repúblicas ex yugoslavas, que de hecho ya había comenzado con Eslovenia en julio de aquel mismo año y terminó en la última guerra, la de Macedonia, en el invierno y primavera de 2001. Una década casi clavada.
Los rusos piden un poco más de tiempo para negociar mejor; y también, aunque no lo digan, para no dar a los albaneses la razón por sistema. La respuesta de algunos países occidentales es la consabida: ahí está la supuesta amenaza rusa en acción, la nueva y agresiva potencia que nos chantajea con el petróleo, el gas y el vodka. Pero “Moscú puede esta vez tener razón” –argumenta Ortega. El sueco Carl Bildt, ministro sueco de Asuntos Exteriores y un consumado veterano como mediador en las guerras balcánicas, está en esta misma línea. En su momento, allá por 1995, se esforzó por denunciar los peligros que suponían los dobles raseros que aplicaban las potencias occidentales en la supuesta mediación de los conflictos. Se lo torearon; se lo toreó Madeleine Albright, por ejemplo, en agosto de 1995.

Carl Bildt en una foto inusitada, inspirada al parecer en las de Philippe Halsman
“La afirmación de Ahtisaari, apoyada por EE UU, de que ‘la independencia es la única opción para un Kosovo políticamente estable y económicamente viable’ no se basa en ningún argumento” –remata Ortega. No: tampoco lo era en 1999, cuando la intervención de la OTAN provocó la independencia de facto de Kosovo, rematada por una limpieza étnica de grandes proporciones propiciada por los nacionalistas albaneses ante la pasividad de las fuerzas de la OTAN. Y las cosas continuaron así en los años que siguieron, porque desde Occidente nadie cuestionó seriamente que algún día Kosovo sería independiente y se repitió una y otra vez, como en un mantra, la afirmación sin fundamento de Ahtisaari: “La independencia es la única opción para un Kosovo políticamente estable y económicamente viable”. Mientras tanto, el desgobierno se afianzaba, la minoría serbia se enrocaba, víctima de la marginación ajena y de la propia automarginación. No se aplicaron las ideas puestas en práctica en Bosnia en 1995, y eso que ese modelo estaba a pocos kilómetros de distancia. Casi nadie se planteaba las consecuencias que todo ello tendría en Macedonia, y de rebote, en todo el sur de los Balcanes. Sólo quedó en pie la difusa promesa de que algún día, Kosovo sería independiente. Y en España, todo eso adobado por las opiniones de algunos progres y nacionalistas de manual; o mejor, de catecismo. Es decir, edición de los años setenta.
Con todo, el artículo de Ortega contiene dos afirmaciones a considerar. La primera, esa tan contundente de que “el Kosovo independiente estará regido por bandidos y mafias y dominado por la corrupción, lo que le convertirá en un agujero negro y Estado fallido en medio de Europa, si es que no acaba uniéndose una débil Albania”. El final de la frase denota que Ortega quizá no conoce bien a los albaneses: los de la “madre patria” no suelen mirar con buenos ojos a los kosovares. Por lo tanto, no sería descartable una unificación (o reunificación, según cómo se mire y qué referencia histórica se utilice). Pero no sería ni mucho menos tan automática y a saber si en realidad Kosovo no terminaría anexionando a Albania y no al revés.
De cualquier forma, la afirmación de que Kosovo está gobernado por bandidos y mafias es demasiado contundente. Es cierto que Veton Surroi, hábil e inteligente, es la gran esperanza que nunca ha llegado a la cúpula del poder; que no parece un hombre capaz de crear y controlar tramas de poder que rivalicen con las de los clanes. También lo es que los antiguos intelectuales disidentes (Adem Demaçi, Rexhep Qosja) están ya muy fuera de juego y que los radicales de nuevo cuño (Albin Kurti) son muy intratables. Pero hay figuras intermedias con las que se puede contar siempre que desde las cancillerías occidentales se haga un esfuerzo por cambiar el lenguaje y los parámetros heredados de 1999.
Segunda afirmación de Andrés Ortega que tiene su miga: “Todo esto no tiene que ver con proyectar los demonios españoles sobre aquello, sino con la realidad de Kosovo, respecto a la cual la comunidad internacional puede estar cometiendo graves errores”. Frase metida con calzador que, justamente, pone evidencia lo que, justamente, pretendía disimular.

Chiste gráfico de El Roto, publicado en "El País" durante la campaña de la OTAN contra Serbia por el conflicto de Kosovo: "Cuando un ejército sale por la puerta, otro entra por la ventana"
Casualidad de las casualidades: al día siguiente de leer la columna de Andrés Ortega, me topé en la red con un artículo de “Hispanidad”, publicación electrónica, edición correspondiente al 14 de mayo, nº 2669. El titular rezaba así: “Una fundación próxima al PSOE rechaza de plano la independencia de Kosovo porque carece de Estado de Derecho”. Subtítulo: Asegura que "rompería con la legislación internacional vigente" y pide que España y la UE defiendan su continuidad en Serbia”. Se puede leer más abajo que la fundación es “Alternativas” y que la autora del análisis es Ruth Ferrero.
Conozco a Ruth desde años y me cuesta creer que haya cambiado tanto sus puntos de vista como para mantener explícitamente la continuidad de Kosovo en Serbia, tal como suena. En realidad, según se puede leer al final de la pieza, sus recomendaciones son que España y la UE apuesten por mantener el status quo en la región balcánica "hasta la consecución de un verdadero Estado de Derecho, prosperidad económica y estabilidad política en la región", impulsando "los procesos de adhesión a la Unión Europea de los Balcanes occidentales, en particular de la adhesión conjunta de Serbia con Kosovo. Y continúa: "La visualización por parte de estos países del acceso a Europa es el mejor remedio para una aceleración de sus procesos democratizadores y la moderación de las tensiones nacionalistas", aconseja, antes de incidir en que España, "aprovechando su condición de presidencia de la OSCE, debería jugar un papel decisivo para conseguir llegar a un acuerdo lo más consensuado posible entre los principales actores involucrados en este conflicto".
La recomendación no está mal (supone llevar hasta el final las consecuencias que se extraían de la resolución 1244 de las Naciones unidas en 1999) pero a estas alturas es más una propuesta simplemente buenista que un plan realmente aplicable. ¿Quién les dice ahora a los dirigentes albaneses (a todos) que se olviden de lo dicho, que incluso el Plan Ahtisaari es demasiado extremo, que lo metan en un cajón y que volvamos todos juntos al status quo existente entre 1999 y 2007? Si alguna potencia o grupo de ellas tuviera intención de aplicar esa propuesta, desde luego no lo haría “a partir del acuerdo de las partes (…) sin caer en la coacción”. Esta propuesta, explicada así en difuso, sin precisiones técnicas adicionales, forma parte de la familia de las sugerencias celestiales que ni siquiera llegan a acariciar la gruesa piel coriácea de los bisontes balcánicos.
Parece evidente que el objetivo político del informe "Alternativas" es de consumo más nacional que cosmopolita. Lo que molesta bastante en Moncloa es que ahora, precisamente, se plantee la resolución en falso del problema de Kosovo a partir de una independencia tutelada por Naciones Unidas. Así, se lee: "Desde la perspectiva del Derecho Internacional Público", el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas "carece de competencias para alterar el status territorial de un Estado soberano miembro" (…) "Puede, efectivamente, adoptar medidas para el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales pero eso no implica el ir creando y deshaciendo Estados".

Vehículos de las Naciones Unidas víctimas de un atentado con bomba en Kosovo durante el pasado mes de febrero. Los autores fueron activistas radicales albaneses
Por lo tanto, hemos de sospechar que lo que Ortega pretende disimular tiene mucho que ver con el asunto: una independencia de Kosovo lanzada por Naciones Unidas interfiere en el proceso de paz en el País Vasco. El informe añade un párrafo un tanto críptico: "Por tanto, un Estado soberano en Kosovo sólo podría resultar del acuerdo de las partes, sobre las que, eso sí, se puede influir políticamente sin caer en la coacción, o de un hecho consumado reconocido por otros Estados y organizaciones internacionales atendiendo a un principio de efectividad". El subrayado es del autor de este blog y parece indicar que una autodeterminación a palo seco, seguida del reconocimiento internacional de algunas potencias sí sería aceptable… atendiendo al principio de efectividad. Es muy posible que me equivoque, pero esta idea, en paralelo a la situación del País Vasco ahora o en el futuro, da qué pensar. Y quizá también yerre en esto, pero da toda la impresión de que Ortega sacó las consideraciones para su columna del informe de Ruth.
Etiquetas: Albania, autodeterminación, gobierno español, guerras balcánicas, Kosovo, Macedonia, ONU, País Vasco, plan de Ahtisaari, PSOE, Surroi
Crímenes de género, con honor o sin él

Un esfuerzo serio:
Violence in the Name of Honour. Theoretical and Political Challenges, ed. by Shahrzad Mojab and Nahla Abdo, Istanbul Bilgi University Press, 2004
A la que se ha calmado la tormenta en el Líbano y la aridez informativa ha ganado las páginas de los periódicos españoles, como si estuviéramos en medio y medio de agosto, las alusiones negativas destinadas a Turquía han aflorado de nuevo con mayor o menor fortuna. Que en muchas ocasiones son meros reflejos producto del aburrimiento y la sequedad de ideas propia de cualquier redacción, lo prueban las alusiones a los crímenes de honor. Se trata de un argumento supuestamente de grueso calibre que para el avispado plumilla pone en evidencia la antítesis esencial entre modernidad (es decir, europeidad) e islam (o sea: Turquía).
“El País”, sábado 26 de agosto de 2006. Desde Roma, Enric González cubre la noticia de una joven paquistaní degollada por su padre en las afueras de Brescia. El asesinato posee los ingredientes de un clásico crimen de honor. La víctima vivía con un italiano y se negaba a casarse en Pakistán con uno de sus primos, “como había decidido la familia”. Hasta aquí, la consabida crónica negra de verano, con los correspondientes detalles truculentos. Pero el reportero dedica un recuadro a los “Crímenes `de honor´ en Europa” y aquí es donde se mezclan churras con merinos como quien no quiere la cosa.

En los años 90, algunos caricaturistas turcos, como Çağçağ, pusieron en circulación la figura del maganda o "macho macarra" tripón, velludo, bigotudo, calzonazos y sobre todo, muy zafio. En la viñeta adjunta interroga brutalmente a su mujer: "¡Habla!¿Dónde están tus zonas erógenas?¿Dónde está el "clitorig"?¿Existe un punto-G? Dime dónde está o te rompo el brazo. Lo leí en la prensa" Fuente: Ayşe Öncü, "Global Consumerism, Sexuality as Public Spectacle, and the Cultural Remapping of Istanbul in the 1990s", en: Deniz Kandiyoti and Ayşe Saktanber, Fragments of Culture. The Everiday of Modern Turkey, Rutgers University Press, New Brunswick, New Jersey, 2002
El lector espera que Enric González deslice ahí un breve catálogo de los asesinatos de género cometidos por los europeos, blancos y cristianos. Quía: el autor pasa de puntillas sobre el asunto y se va directamente a los homicidios de honor realizados por emigrantes musulmanes en Europa. Esto es lo poco que le dedica a los muy castizos crímenes cien por cien italianos: “El honor familiar lavado con sangre no es ajeno a algunas comunidades italianas del sur: en este mismo año se han registrado al menos dos muertes de mujeres jóvenes en situaciones no muy distintas a las de Hina [la víctima paquistaní] en Calabria y Sicilia”. ¿Sólo dos? En todo caso y a partir de ahí, el autor da un rápido saltito: “pero la pesadilla que sufren muchas mujeres en los países islámicos en los que existe la práctica de los crímenes de honor se ha trasladado a los países europeos en los últimos años. (…) Es difícil calcular cuántos crímenes de honor se cometen cada año, las cifras varían según las fuentes. Sólo en Turquía se registran unos 200 casos al año. En Alemania han muerto unas 50 mujeres en los últimos diez años, la mayoría turcas”.

El arquetípico maganda Mevlüt en una actitud habitual con su esposa.
Para ser justos con Enric González y su crónica, la definición habitual que se hace de los denomiandos crímenes de honor, incluso en foros más o menos especializados, se asocia a un determinado abanico de culturas, casi siempre adscritas a la práctica de la religión musulmana: palestinos, kurdos, paquistaníes, árabes en general y turcos. Pero no siempre: a veces se incluyen pueblos en los límites entre la cristiandad y el islam. En todo caso, el resultado es el mismo: demostrar una repugnancia muy característica hacia esas culturas cuyos inmigrantes llegan incluso al crimen para no integrarse en las sociedades occidentales. El resultado es un mensaje subliminal muy peligroso: “esa gente” viene a Occidente tan sólo por interés material (o incluso por necesidad momentánea) pero su objetivo no es la integración y la convivencia. Luego, en realidad, son un peligro. El gran símbolo elevado a la categoría de estado es Turquía: quieren entrar en Europa pero no se convertirán en europeos, sólo lo hacen por interés, imponmdrán en las insituticiones comunitarias el peso de su demografía, etc.

La actitud sicológica esencial del maganda: Mevlüt naciendo de una concha, como la Venus de Boticelli, en pleno despliegue de sus atributos más característicos
Como muestra un pequeño botón: Enric González asocia los crímenes de honor casi exclusivamente con la cultura musulmana; y turca, de propina. De lo particular (el asesinato de una chica paquistání) se pasa a lo general: cultura musulmana turca como principal generadora de crímenes de honor. Aunque lleva ya un tiempo en Italia, el autor posiblemente ya no recuerda un reportaje publicado hace algunos años en su mismo periódico, y según el cual en Sicilia era una práctica no tan extraña que los padres violaran a las hijas como castigo, y en ocasiones con el consentimiento de la madre. Este escándalo lo denunció una joven siciliana, Lara Cardella, en una novela-reportaje que levantó ampollas en Italia: Volevo i pantaloni (1989).
Italia es sólo un caso más en la geografía de los abusos y violencias cometidos contra las mujeres por europeos, de piel clarita y religión cristiana. Recuerdo una anécdota estremecedora. Allá por enero del 2000, en un congreso celebrado en Paris coincidimos el entonces periodista albanés de Kosovo (hoy político y empresario de la comunicación) Veton Surroi y un académico griego experto en analista del área balcánica y Mar Negro, que es Dimitri Triandaphilou. A los tres nos unía el conocimiento de la lengua castellana, por lo que pronto hicimos corrillo aparte. El último día del evento, los organizadores nos obsequiaron con una cena y el albanés, el griego y el español ocuparon una mesa aparte en la que sólo se hablaba español. En un momento dado pasó cerca de nosotros un diputado albanés del Partido Democrático, un tipo enjuto y tristón pero cordial, que me había llamado la atención en días anteriores y con el que había conversado en algunas ocasiones. Como quiera que Triandaphilou le preguntó a Surroi por el estado de ánimo del albanés, me interesé por el caso. ¿Estaba enfermo nuestro colega de Tirana? Entonces, bajando la voz, el griego me explicó de qué se trataba. ¿Acaso no lo sabía? En algunas zonas del mundo social albanés no era extraño que las amenazas contra un adversario llegaran de la mano de una violación contra alguna mujer de la su familia. Eso le había sucedido al pobre diputado. ¿Motivos políticos?Algún asunto mafioso o de familia? ¡Ah! Quien sabe…

La historia central del film "Yol" ("El camino") dirigido por Şerif Görem y Yılmaz Güney (1982) versaba precisamente sobre un crimen de honor en el Kurdistán turco. Para esta problemática pinchar aquí.
Posiblemente, el lector con prejuicios pensará que, al fin y al cabo estamos hablando de pueblos más o menos “moros”, en el límite confuso de Oriente y Occidente, Mediterráneo musulmán y cristiano: turcos, albaneses y, en fin, haciendo de tripas corazón, sicilianos. Pero en ese caso, puede que se olvide de los españoles, por cierto, también en ese incómodo límite. ¿Cuántos casos llevamos acumulados de lo que aquí llamamos eufemísticamente “violencia de género”? Según el mismo periódico en el que escribe Enric González, en lo que va de año llevamos 52 mujeres muertas por sus parejas o ex parejas. Y de todas las nacionalidades: 27 españolas, cinco ciudadanas de la UE, ocho latinoamericanas, dos procedían del Este de Europa, dos africanas y seis, de nacionalidades desconocidas. El último suceso, por cierto, ha sido sido ese espanto crimen protagonizado por un albañil de Osuna, que tras matar a su esposa de un escopetazo, sino también a su hija, embarazada. Después, en el más rancio estilo carpetovetónico, llamó a sus hijos y les dijo: “¡Ahí tenéis vuestra herencia!”
Claro, repondrá el lector: pero no son crímenes de honor. ¿Seguro? Aparte de que a las víctimas esa distinción eurocentrista puede interesarles bien poco, lo cierto es que, de una forma u otra, sí se trata de “crímnes de honor”. Honor grotesco y deformado, claro que sí. Honor papichulo de machito celtibérico, que según los sicólogos, es “incapaz de aceptar que le dejen”. Según Sara Berbel, sicóloga y presidenta del Institut Català de la Dona, “su histórico ejercicio de poder sobre la mujer impide al hombre asumir el abandono”. Por lo tanto, hay un trasfondo de honor herido; y el resultado, de forma compulsiva, desordenada y menos explícitamente apoyada por los allegados es el mismo y bajo formas rituales igualmente crueles.
Una reacción mediterránea, argumentará el lector con prejuicios, cosa de latinos despechados. ¿Seguro? En un interesante artículo publicado en “La Vanguardia” el pasado 10 de agosto y firmado por Beatriz Navarro desde Bruselas, se recuerda que “las cifras sobre violencia doméstica arrojan resultados aún más dramáticos en el norte de Europa que en el sur”. Es más: Suecia es uno de los países en los que se contabiliza un mayor número de abusos de ese tipo. Anda en juego la cuestión de las definiciones y la valoración estadística, como explica Monika Olsson, experta del Departamento de Justicia e Interior de la Comisión Europa. Pero a pesar de los pesares, de que las definiciones de violencia doméstica y de género son muy diferentes según los países, se trata de “una lacra que castiga por igual al norte y sur de Europa, desde los nórdicos, en teoría más igualitarios, a los mediterráneos, más tradicionales”. Tanto es así que la Comisión Europea ha puesto en marcha un plan de acción que reune a un plantel de expertos para que, en el plazo de cinco años, se acuerden definiciones y actuaciones comunes entre los países socios. Este objetivo, que puede parecer un tanto academicista, es muy importante, porque busca lograr fórmulas para solucionar globalmente el problema de la violencia doméstica que, debe subrayarse con doble trazo, no es “turca”, ni “paquistání” o “mora”, ni tan siquiera “musulmana”.Por lo tanto, queda muy clara la amplitud y gravedad del fenómeno. Casi la mitad de las suecas mayores de 15 años admite haber sufrido malos tratos. Cada año, 27 mujeres mueren por violencia doméstica en Finlandia, país que sólo cuenta con cinco millones de habitantes. En el Reino Unido fallecen por la misma causa 90 mujeres anualmente; en Francia, 48. En España, ya lo hemos visto: 52 sólo en lo que va de año 2006. En resumen: la violencia de género y doméstica es, según un informe del Consejo de Europa, la principal causa de invalidez y muerte de las mujeres europeas de entre 16 y 44 años, por delante del cáncer y los accidentes de tráfico.Ante estas cifras, la simplicidad argumental de los numerosos periodistas europeos que abordan la cuestión de los “crímenes de honor” en las comunidades musulmanas, adquiere tonos tercermundistas en sí misma. “Ellos” son unas bestias; “nosotros” no haríamos esas cosas, como europeos, blancos y cristianos que somos. Pero no sólo eso: es de temer que denunciar una supuesta lacra específicamente islámica del mal trato a las mujeres, sea una forma más de tranquilizar las conciencias propias y concluir diciendo, al final, como glosa el célebre título del libro del Dr. Miguel Lorente Acosta: Mi marido me pega lo normal. Aquí pegamos o matamos a las mujeres a partir de instintos patológicos más aislados socialmente que los musulmanes. Es como más “normal”, ¿no?Para rematar el post, y para quien esté interesado de verdad en estas cuestiones, cabe recordar que en Turquía se está haciendo un esfuerzo consciente y sostenido para erradicar los crímenes de honor, que, dicho sea de paso, son más frecuentes en el ambiente culturamente más cerrado de la emigración –como pasa en todos las comunidades nacionales de emigrantes por todo el mundo. Valga como muestra el libro editado por Shahrzad Mojab y Nahla Abdo, Violence In The Name Of Honour. Theoretical And Political Challenges, publicado por las ediciones de la Universidad de Bilgi, en Estambul, el año 2004.El libro agrupa dieciocho contribuciones a cargo de sociólogas, criminalistas, trabajadoras sociales, antropólogas y activistas de los derechos humanos. Provienen de Canadá, Suecia –incluyendo la entonces ministro de Justicia de ese país, Lise Bergh- y Turquía. El libro está organizado en cuatro secciones: la primera, dedicada a la exploración teórica del concepto “crimen de honor”. La segunda se centra en la lucha de la comunidad contra esa lacra; la tercera pasa revista a la
respuesta del estado; y la última aporta una lista de fuentes y recursos recomendados para el estudio en profundidad del fenómeno. En conjunto, un trabajo serio y sobre todo, útil. Está elaborado en un país en el, que se buscan soluciones científicas al problema –no meramente políticas- y que, aunque cueste creerlo, históricamente se adelantó a España en aspectos varios de la liberación social de la mujer. Por ejemplo, y sin ir más lejos, tuvo una primer ministro en los años noventa –Tansu Çiller, fotografía adjunta- cosa que por estos pagos y a estas alturas de siglo, parece difícil de concebir. ¿Por qué será? Etiquetas: Abdo, Albania, Cardella, cine turco, crímenes de honor, Enric González, feminismo, Finlandia, Görem, Güney, Kurdistán, Lorente Acosta, Mojab, Suecia, Surroi, Tansu Çiller, Turquía
Trabajar los chalets
Hace pocos días y a raíz de que cundiera ese producto político-mediático denominado “alarma social”, debido en este caso a los asaltos a chalets y casas unifamiliares en el campo catalán, “La Vanguardia” publicó un reportaje que anunciaba desde la primera página: “Los asaltos a casas cuestionan el modelo de crecimiento urbano” (jueves, 25 de mayo de 2006); y en la página 31: “Casas aisladas, casas amenazadas”. De entrada, la construcción del titular principal no cuadraba mucho, porque si se habla de casas unifamiliares aisladas en pleno campo, el adjetivo “urbano”, pues como que no pega. El subtítulo del reportaje procuraba corregir el asunto: “La ola de asaltos pone en cuestión el modelo urbanístico disperso de Catalumya”. Aclarada la cuestión de que por estos pagos disponemos de un “modelo urbanístico disperso”, el dictamen de los expertos parece incuestionable: “En un escenario de inseguridad está más desprotegido quien más se aísla” –comenta al diario Salvador Rueda, director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona.
Dicho así, parece inapelable. A no ser que recordemos la cara que ponen los testigos de tal o cual inmueble en barrio de populosa ciudad, cuando el periodista les pregunta por el vecino que acaba de ser detenido tras cometer un espantoso crimen: “Pues parecía una buena persona”. Les confieso que a mi me entra una risa un poco tonta, incluso cuando veo y escucho por enésima vez a la señora del 3º o al del bareto de la esquina: “Era muy educado, me saludaba todas las mañanas”. Aunque resulta mucho peor cuando la opinión cobra forma de sentensia: “Esos iban a terminar mal, estaba cantao”. Y no hace falta ser tan dramáticos: recuerdo perfectamente el día en que le desvalijaron la casa a mi vecino, en el puente de la Purísima, pleno mes de agosto de 2001, centro de Barcelona. No le robaron mucho, pero le reventaron la puerta blindada con un gato hidráulico y con ello le destrozaron un buen trozo de parqué. Y así se quedó el piso durante varios días, abierto de par en par, porque el hombre estaba de vacaciones en Mallorca con toda su familia y no había manera de dar con él. Estoy seguro de que ustedes conocen muchos otros casos similares, e incluso han sido víctimas de asaltos a sus propiedades inmuebles, sin que el vecindario al otro lado del tabique supiera, pudiera o quisiera hacer nada.
En una gran ciudad la sensación de aislamiento y desprotección resulta tan aguda y real como en un chalet más o menos aislado. Con una diferencia importante: en el campo puedes mantener una pareja de perros de presa de 40 kilos de peso, con funciones de vigilancia y defensa non stop, cosa mucho más complicada y molesta en un piso de 80 y pico metros cuadrados del casco urbano. Recuerdo a mi amigo Juanito, el embajador de Cuba en Belgrado. Como posiblemente su país no disponía de muchos medios para pagar vigilantes y sofisticados sistemas electrónicos de vigilancia, el hombre tenía dos rottweilers sueltos por el jardín de la residencia, un edificio aislado en las afueras de la capital. Nunca los llegué a ver, pero puedo asegurarles que sus ladridos ponían los pelos de punta cuando olían que a Juanito le acompañaba alguien más.
En realidad lo que deseo expresar aquí es mi malestar ante un reportaje como el de “La Vanguardia”, que parece destinado a echar pelotas fuera. Si asumimos que hay más asaltos a chalets porque hay más chalets que antes, estamos poniendo el carro delante de los caballos. El problema no es ese, porque desde siempre han existido habitats dispersos en la geografía rural catalana, vasca, gallega y de otros muchos países en todo el mundo; y en esas zonas no es crónica la delincuencia especializada en asaltos y robos a las casas con o sin ocupantes dentro. Por otra parte, el modus operandi de algunas de las bandas de ladrones es ahora muy sofisticado: montan operativos de seguimiento y vigilancia, organizan equipos de despiste, son rápidos y precisos, muy profesionales. Los medios de comunicación ya nos han informado de que en algunos casos se trata de antiguos policías, soldados y hasta guerrilleros procedentes de países del Este donde, o bien han actuado en guerras recientes o han formado parte de aparatos de inteligencia o represión muy activos.
Ese perfil, en apariencia, es nuevo. O relativamente, porque las muy profesionalizadas bandas de albaneses de Kosovo comenzaron a operar en Catalunya en el año 1999. Por aquella época, los medios de comunicación evitaban mencionar el asunto, posiblemente por aquello de la corrección política, dado que los albanokosovares acababan de montar una exitosa guerra de liberación contra los serbios respaldados por la OTAN, eran los héroes del momento y ustedes ya saben o intuyen lo que es el papanatismo mediático. Pero les puedo asegurar que incluso por entonces, al menos un cuerpo de seguridad del estado había logrado pinchar las comunicaciones de algunas bandas y tenía serios problemas para traducir del albanés. Después, los tipos se volvieron mucho más cautos y desechaban el teléfono móvil con su tarjeta prepago después de hacer la primera llamada. También por esos meses, mi amigo Veton Surroi me contó que en una visita a Barcelona, un compatriota le comentó en el avión que “muchos chicos estaban yendo a trabajar las fábricas” a Catalunya. A Veton le extrañó la extraña construcción de la frase: “¿A trabajar las fábricas?” ¿No sería más bien: “A trabajar en las fábricas?” Pues no, el tipo del avión se refería a las bandas que desvalijaban los polígonos industriales.
Bien: la cosa es que los delincuentes profesionales que se vienen dedicando a robar en fábricas y chalets en Catalunya –y otras partes de España- desde hace ya tiempo, manejan muy bien una herramienta que el ciudadano de a pie no suele considerar: la información. Y no sólo de los objetivos concretos, sino de todo el territorio de trabajo. En ello entra la documentación sobre la calidad y capacidades de su principal adversario en la zona de operaciones: la policía local. Hoy mismo, “El País” publica un reportaje titulado: “Vente para España, que esto es un paraíso. Aquí la policía ni te toca” (Domingo, 28 de mayo, pag. 26). La frase es la que escuchó la policía tras pinchar el teléfono de un delincuente rumano que animaba a un compinche en el país de origen.
Mucho debemos temer que éste sea el quid de la cuestión. Delincuentes y bandas del Este poseen información sobre las fuerzas de seguridad de determinados países; pero en cambio, éstas no la tienen sobre los agresores. La actuación de la policía se centra en la respuesta puntual ante el delito, pero no parece que exista una estretegia preventiva o disuasoria. Es significativo que en ese capítulo algunos países cercanos al foco del fenómeno han encontrado la solución. Por ejemplo, en la isla de Creta, Grecia. No es una zona tercermundista o pobre, carente de interés para los cacos de países vecinos. Hay campesinos pudientes y turismo internacional con propiedades. Pero allí el asunto de las bandas de delincuentes albaneses y similares no existe. ¿Saben por qué? La respuesta en otro post.
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