El Festival del Eurocontrol (3)

Cartelera de "
Živi i mrtvi” (“
Vivos y Muertos”) de Kristijan Milić (2007): un film de reciente estreno, que revela una vez más los fantasmas del pasado que laten en la sociedad croata. La historia describe un paralelismo generacional perfecto sobre un fondo de crímenes de guerra cometidos contra musulmanes bosnios en 1943 y 1993: late ahí la "magia de las efemérides simétricas"
Hace más de un mes, la sección cartas a director publicó una protesta del Embajador de Croacia, Filip Vučak, en protesta por un artículo, casi un breve, del enviado especial de “El País”, Ricardo M. de Rituerto sobre la Cumbre de la OTAN en Bucarest (publicado el 3 de abril) titulado: “Croacia, una buena imagen basada en la amnesia de los crímenes de guerra”. Por principio estoy en contra de este tipo cartas firmadas por diplomáticos que muchos periódicos se creen obligados a publicar (o que a veces bloquean, según les convenga) y que, de entrada, suelen ser un ejercicio más bien decepcionante y de escaso provecho incluso para la imagen del país que representa el diplomático.
¿Se imaginan a todo un Embajador de los Estados Unidos de América enviando cada dos por tres sentidas misivas de protesta a las secciones de cartas al director de los diversos rotativos de la prensa española? No suele ser norma; tampoco es habitual que lo hagan los representantes de potencias como Alemania, Gran Bretaña, Francia, incluso Italia. Casi siempre suele tratarse de embajadores de pequeños países europeos (los de países africanos o asiáticos no suelen tener mucho éxito con nuestra prensa) con diplomacias aquejadas de marcados síndromes nacionalistas y aparatosos problemas con su pasado histórico, que se ven compelidas a enviar cartas expresando sus más rotundo rechazo al titular de un artículo que a casi todo el mundo se le pasó desapercibido; a la intervención de tal o cual marrullero tertuliano, de harto conocidas posiciones parciales en política internacional; a las afirmaciones de cuatro opinadores aficionados en un perdido chat; o a no sé qué mapa que puede ser interpretado así o asá.
Por lo tanto, el diplomático de turno actúa para matar a cañonazos a la molesta hormiga; y avalando su firma con la expresa mención de su cargo y rango, nos endilga una purita pieza de propaganda política al servicio de su gobierno. La calidad de la pieza suele ser más que deficiente, entre otras cosas, porque la extensión que los periódicos conceden a las cartas al director es forzosamente limitado; pero además el diplomático todavía se autolimita más al ocupar con vehemencia y simples tautologías ese exiguo espacio que, en principio, debería ir destinado a datos.
Veamos un ejemplo práctico en la carta que remitió en su día el Embajador Vučak
“Quisiera recordarle que en 1991 Croacia sufrió una agresión que fue reconocida por las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Durante la mencionada agresión contra Croacia, más de 15.000 ciudadanos perdieron la vida. Un tercio del territorio croata estuvo ocupado durante cuatro años, territorio que fue liberado por nuestras propias fuerzas, con muchas víctimas y sacrificios y a pesar de la desaprobación de la comunidad internacional. Después de finalizar la guerra, hemos reconstruido muy pronto nuestro país destruido, invirtiendo enormes esfuerzos. Hemos construido una democracia sólida y hemos creado las precondiciones políticas y económicas que nos posibilitarán la pronta adhesión a la Unión Europea. (....”

Una seguidora del cantante Marko Perkovic Thompson, convenientemente ataviada con la parafernalia
neo ustacha habitual entre el público del afamado cantante croata. La fotografía corresponde a un concierto celebrado en el verano de 2007. Las poses neofascistas vuelven a estar de moda en una parte de Europa, lo cual aporta un marco adecuado a las afirmaciones negacionistas de todo tipo
Acierta Ricardo M. de Rituerto con el argumento de su breve pieza, porque la carta de respuesta es un verdadero condensado de olvidos voluntarios.
“Quisiera recordarle que en 1991 Croacia sufrió una agresión que fue reconocida por las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU”.
Un componente esencial de esa supuesta agresión fue la revuelta de una parte de la ciudadanía de la República de Croacia que, en 1991, no deseaba formar parte de esa entidad recién autoproclamada, mecanismo que, por cierto, había legimitado simultáneamente la secesión de los nacionalistas croatas con respecto a Yugoslavia. Tras los primeros enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad croatas y los alzados, las Naciones Unidas crearon las UNPA´S (United Nation Protection Areas) o zonas de seguridad e interposición, que cuatro años más tarde fueron arrasadas por las tropas croatas en la Operación Tormenta. La memoria periodística con respecto a lo ocurrido en Bosnia con las Safe Areas de la ONU y la pusilanimidad de los “cascos azules” holandeses en Srebrenica, desaparece como por ensalmo cuando se trata de recordar que en 1995, las fuerzas croatas tomaron prisioneras a fuerzas de las Naciones Unidas destacadas en las UNPA´s, e incluso algunos fueron prácticamente ejecutados (especialmente los del contingente danés).
“Durante la mencionada agresión contra Croacia, más de 15.000 ciudadanos perdieron la vida.”
a) ¿Qué proporción de los 15.000 ciudadanos eran croatas de Croacia y cuántos de ellos eran ciudadanos serbios de Croacia?
b) ¿Desde cuánto las pérdidas en una guerra se pueden utilizar para justificar la justicia de la propia causa?¿Es cierto o no lo es que morir por una idea no la hace más justa? Por este camino, las pérdidas sufridas por la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, justificarían la causa del Tercer Reich
“Un tercio del territorio croata estuvo ocupado durante cuatro años, territorio que fue liberado por nuestras propias fuerzas, con muchas víctimas y sacrificios y a pesar de la desaprobación de la comunidad internacional”
Territorio “ocupado” quizá no sea la expresión más adecuada para referirse a una parte de la República de Croacia en el cual una proporción de la ciudadanía, perteneciente a una minoría nacional, decidió optar por la secesión. La Ofensiva Tormenta del Ejército croata logró “liberar” ese territorio en agosto de 1995, es decir, expulsar a más de 200.000 ciudadanos de la minoría serbia de Croacia en menos de 48 horas. Fue la limpieza étnica más completa, brutal y contundente de todas las guerras de la ex Yugoslavia. Reivindicar tal acción como una “liberación” equivaldría a que el Embajador serbio en Madrid se lamentara en la prensa de que las fuerzas serbias no hubiera podido llevar a cabo la expulsión de la población albanesa de Kosovo en 1999. ¿Quién hubiera osado publicar una carta así? Que las grandes potencias nos hagan tragar sus dobles raseros es una cosa; que los protagonistas, metidos hasta el cuello en el asunto, hagan lo propio, ya resulta más cargante.
Debe recordarse también que la “autoliberación” de Croacia se llevó a cabo gracias a los intensivos planes de instrucción y rearme de las fuerzas croatas, operados por norteamericanos y alemanes a lo largo de 1994-1995, junto con la generosa cesión de datos sensibles sobre las posiciones del adversario.

El general Ante Gotovina con altos mandos y consejeros norteamericanos en
Fort Irwin, uno de los centros de entrenamiento más afamados del Ejército norteamericano. Eran los días en que los mandos croatas recibían instrucción activa para lanzar la Operación Tormenta
Por lo tanto, un parte de la comunidad internacional “aprobó” el esfuerzo militar croata y sus consecuencias humanas, vaya que si lo hizo. Otra porción no pasó por ahí, lo cual no es de extrañar, ante los excesos cometidos por las tropas coatas contra la población civil serbia de su mismo país. Pero, qué casualidad: el mismo día (10 de agosto de 1995) en que el Consejo de Seguridad de la ONU lanzaba la primera condena contra los abusos croatas en la Krajina, la emisaria del presidente Clinton ante las Naciones Unidas, Madeleine Albright, contraatacaba en ese mismo foro denunciando por primera vez las matanzas cometidos por los serbios en Srebrenica en base a las fotografías de supuestas fosas comunes tomadas por aviones espía norteamericanos. El tímido debate sobre los pecados croatas se desvió a una vía muerta.
“Después de finalizar la guerra, hemos reconstruido muy pronto nuestro país destruido, invirtiendo enormes esfuerzos. Hemos construido una democracia sólida y hemos creado las precondiciones políticas y económicas que nos posibilitarán la pronta adhesión a la Unión Europea. (....”
Nuevamente, parece que las pérdidas y destrozos justifican los errores y abusos cometidos. Pero ni una mención al juicio de Ante Gotovina en La Haya y las reacciones que concita en Croacia. Eso es un síntoma, pero también lo es la carta del embajador, y por eso se ha traido a este blog. Etendámonos: el embajador Vučak se ha limitado a hacer su trabajo, y en todo caso lo que se cuestiona aquí es esa estrategia de enviar cartas a la prensa, que marcan el estilo de determinadas diplomacias. Lo que se resalta en este post es que hasta hace no mucho tiempo, ningún periódico de centro se hubiera atrevido a publicar una carta como la del embajador Vučak. Pero estamos en 2008, y las cosas están cambiando. Quizás en Occidente y en la misma Croacia (sobre todo allí) muchos piensan que tras el impulso dado a la candidatura croata laten entusiasmos y simpatías mitteleuropeas, un reconocimiento “natural” de la valía especial de la nación croata. Quizás eso fue así años atrás y ese sentimiento incluso se perpetuó hasta el año 2005, cuando Croacia fue admitida como candidata oficial, junto con Turquía, a través de las presiones austriacas. Pero ahora, el empujón que se le está dando a la candidatura croata a la UE está en sintonía más con la Realpolitik comunitaria, que con simpatías concretas y particulares, y está en relación directa con la diplomacia soft power comunitaria, y con determinados objetivos a los que se hacía alusión en el último post dedicado a este asunto del Festival del Eurocontrol (17 de marzo, 2008).
La carretera de Eslavonia por la que escaparon decenas de miles de refugiados serbios de Croacia en agosto de 2005, completándose la "liberación" del país. Nada queda de aquello, nada ha sucedido.
El primero de los objetivos del espaldarazo dado a Croacia en estos últimos meses (con momento culminante durante la cumbre de la OTAN en Bucarest) ha sido, paradójicamente, ayudar a recomponer el puzzle balcánico tras el reconocimiento, por diversos países de la UE, de la autoproclamada independencia de Kosovo. Más precisamente, se ha buscado apaciguar las iras serbias haciendo ver a Belgrado, palpablemente, que Bruselas tiene palabra; que muchas cosas todavía son posibles si así lo quieren quienes mandan en la Unión Europea. Ahí tienen el “milagro croata”: entrando con vaselina en la comunidad europea, mientras en La Haya está teniendo lugar el juicio contra Ante Gotovina, un suceso que según y cómo lo trataran los medios de comunicación occidentales hubiera podido ser un escándalo de tomo y lomo. Pero no sucede nada de eso. Ante Gotovina saldrá como un torero, por la puerta grande, ya lo verán; nada será desvelado, los secretos inconfesables seguirán bajo la alfombra; Croacia dará esa imagen que desea transmitir el embajador Vučak en su carta-consigna.
¿De verdad que los serbios no tienen ni un poquito de envidia, ni unos celitos de los croatas? Alter ego unos de los otros, responsables ambos, juntos o enfrentados, de la gobernabilidad y coherencia de la desaparecida Yugoslavia (los demás, con perdón, siempre fueron piezas accesorias en la arquitectura del estado sudeslavo), toquen los serbios euroescépticos las llagas con sus propias manos ¿Creen ahora que los contenciosos contra Karadžić u Mladić no pueden pasar a un seguro, tercer o cuarto plano, si así lo desean los occidentales?¿Se dan cuenta de cómo los croatas pueden mantener su orgullo nacional a pesar de sus pecados, una vez que estos dejan de existir y por lo tanto nunca tuvieron lugar? La llave de lo que importa o no, reside hoy en Bruselas, donde se construye una nueva Europa en la cual los viejos mitos nacionales pueden darse vuelta, como un guante, en virtud de una calculada política de comunicación. “Ceci n´est pas une pipe: les crimes yougoslaves n´ont pas eu lieu". Kosovo no tiene importancia, Gotovina es un héroe, nadie recuerda quién fue Mladić, la Serbia europea es otra dimensión posible.
El resultado, a la vista está. Una vez más, desde Europa, hemos logrado adaptar la realidad a los titulares de la prensa. Las elecciones serbias de este mismo mes han sido un nuevo reférendum sobre una cuestión tan absolutamente artificiosa como la europeidad o no de Serbia. Y una vez más, muchos serbios han pasado por el aro. No todos, pero sí los suficientes como para que la opción que encabeza Tadić (que no es tan “ultraeuropeísta” como nos explican los titulares al uso) no se haya hundido después de lo ocurrido con Kosovo. En realidad, se ha logrado mantener la normalidad en Serbia, lo de siempre: el Partido Democrático en primera posición, con una mayoría relativa; los radicales en su eterno segundo lugar, anclados a su estrato habitual de votos, que ni la escandalera en torno a Kosovo ha logrado hinchar lo suficiente –entre otras razones, porque no son ya el ogro antieuropeísta que nos explica nuestra robotizada prensa. Y luego, detrás, el tocado partido de Kostunica; y los socialistas, que se van erigiendo en partido bisagra, algo que Bruselas está dispuesta a apoyar. Ya se habla de abrirles las puertas de la Internacional Socialista. 
Boris Tadić de visita en un acuartealmiento del Ejército serbio. Aunque las credenciales democráticas del estadista no pueden ser puestas en duda, el estereotipo de su imagen puesto en circulación por Occidente, olvida voluntariamente que Tadić no ha renunciado a revisar el contencioso de Kosovo
Claro que no ha cambiado nada, claro que todo está como siempre. Como debe estar. El mensaje ha sido muy claro: vote usted "por Europa" y todo seguirá igual. De hecho, gracias a ese sufragio contribuirá usted a que sigan ahí los radicales, y Kostunica, y tutti quanti. Porque de eso se trata en realidad, de asegurar el sillón a todos los que figuran en la foto del poder desde hace ocho años.
Triunfa el Festival del Eurocontrol. Todo está atado y bien atado, ¿o qué se creían? Por lo tanto, este sábado relájense y disfruten. España no tiene por qué hacer un ridículo excesivo con su “Chiki Chiki”, estamos todos en otra dimensión. Tomarse en serio Eurovisión es un anacronismo, pero por otra parte, se puede establecer un cierto paralelismo entre Eurovisión y lo que puede parecer la imagen popular de la política exterior comunitaria. En realidad es un potente modelo “soft power”; aunque parezca edulcorada cual tonadilla europop, aunque suene como “Abba”. Al fin y al cabo los suecos aquellos fueron incluso demasiado rentables para su propio país; y el “Chiki Chiki” va por los quince millones de euros de beneficios. Europa está tomando las riendas, el Eurocontrol existe: hay cosas buenas, otras no tanto, pero en conjunto el espectáculo abigarrado y sorprendente está garantizado. Y si le apetece, no se corte: vote usted (si puede) por el "Chiki Chiki": es la mejor garantía de que Eurovisión seguirá viva; el año pasado, en este país, nadie daba un céntimo por el festival. "Perrea, perrea..."Etiquetas: crímenes de guerra, Croacia, Gotovina, Kostunica, proceso de integración en la UE, Serbia, Tadic
El Festival del Eurocontrol (1)

Sin complejos: el campeón de catch irlandés Sheamus O'Shaunessy, promociona a "Dustin the Turkey", el pavo de gomaespuma que
representará a la católica isla en el Festival de Eurovisión 2008. En Bruselas esperan con la respiración contenida el resultado del referéndum irlandés sobre el nuevo tratado de la Unión Europea, en la segunda semana de junio. Irlanda es el único de los 27 Estados miembros de la UE que celebrará un referéndum sobre el tratado. Un posible "no" por parte del votante irlandés echaría otra vez abajo el proyecto para poner fin a años de debate sobre las reformas institucionales de la Unión. ¿Refleja "Dustin" la actual concepción que tienen los irlandeses sobre la UE?
La nota apareció en “La Vanguardia” el pasado 8 de marzo, cuando aún no se había desencadenado la tormenta del “Chiki chiki”, es decir, la victoria total e inesperada de la canción de Chikilicuatre (el cómico catalán David Fernández) que este año representará a España en el Festival de Eurovisión (pinchar aquí para la versión en serbio a cargo de Bojana Vešković). A estas alturas, el resultado de la votación por sms se confunde para muchos lectores de nuestra prensa con los porcentajes emitidos en las legislativas del pasado domingo. “Confío en que esos electores [los de Chikilicuatre] actuaran con otros criterios en la cita que el domingo teníamos todos los españoles en las urnas” –afirmaba el pasado 12 de marzo una lectora en la sección de Cartas al Director de “El País”. Lo curioso no es que haya ciudadanos que piensen así, sino que uno de los principales periódicos del país decida que la carta posee el suficiente peso intelectual o interés social como para publicar la reflexión.
La nota a la que se hacía referencia más arriba venía firmada por el reportero Plàcid García-Planas, habitual durante un tiempo en los conflictos balcánicos y Palestina. Escribe el periodista: “En el este, la esquizofrenia: Todos quieren estar cerca de Londres, Berlín o París; pero en Eurovisión –mira qué bien- sólo se votan a ellos mismos”. Hubo un tiempo en que Massiel representó para España un estrafalario aliento de aceptación europea. Ahora, los del Este magnifican el festival de Eurovisión y víctimas del correspondiente sarampión de ingenuidad transicional, creen que significa algo, al margen de su más puro interés lúdico. Sï: durante años, los de Occidente también agitamos banderitas y libramos batallas nacionales, voto a voto, en torno a grupos como “Abba” (suponiendo que el europop merezca un lugar destacado en la historia de la música) pero arropando también, cada dos por tres, a intérpretes impresentables de los que nadie se acuerda, y es bueno que así sea. En el ínterin, la mayoría de los países occidentales ni siquiera concurren ya a Eurovisión; comenzando por Italia, verdadera potencia de la canción melódica, y continuando por Gran Bretaña. De hecho, los países occidentales ya están en minoría, incluso contando con Islandia y Andorra.
Lo chocante es que en España estemos viviendo un proceso de regresión infantil en torno a la canción del “Chiki chiki”. Personalmente, y ya que estamos en onda, tenía la esperanza de que la charlotada sirviera para terminar de sacudirnos de encima algunos complejos de aldeanos en imagen exterior; por lo visto, aún nos luce el pelo de la dehesa. Pero hay algo peor que se mueve por ahí debajo.

Logo de "
Bushido": intérprete bosnio de turbofolk-bosnio-euroislamista con toques de yugoslavismo reconciliatorio. Es sólo un ejemplo posible entre decenas, repartidos en las repúblicas ex yugoslavas y más allá. El guirigay de tendencias musicales etno-manele-turbo-raperas (por decir algo) en los Balcanes es, simplemente, fenomenal. No se puede reducir a los vetustos parámetros de hace una década, como hace la
entrada de Wikipedia dedicada a turbo-folk
“El año pasado, Serbia –vencedora- obtuvo 12 puntos de cada una de las ex repúblicas yugoslavas, incluidas las Croacia de Vukovar o la Bosnia de Srebrenica” –continúa Plàcid García-Planas con un punto de indignación indisimulado. Esta es buena: por lo visto, "desde aquí" nos corresponde dar luz verde a cualquier forma de reconciliación que intenten "los de allí", y no vale cualquier cosa que no sea una buena misa o un juicio justiciero. De la misma manera que la destacada lectora de "El País" insinúa que las legislativas españolas del 9-M 2008 pueden ponerse a la altura de Eurovisión - Belgrado 2008, García-Planas parece considerar un acto de interés geoestratégico o incluso moral en el hecho de que Croacia o Bosnia (con toda la simplicidad que conlleva hablar de “Croacia” o “Bosnia”, así, en abstracto) voten por Serbia en… el Festival de Eurovisión. Deberían haber tenido en cuenta a Vukovar o Srebrenica. Qué falta de seriedad, qué bárbaros. Han pasado más de quince años en un caso y una década en el otro, pero aún no les hemos dado permiso para que superen el asunto. Y menos utilizando "nuestro" Festival de Eurovisión.
Este tipo de reflexiones son banales, desde luego. “El cachondeo está asegurado” –concluye García-Planas con toda la razón del mundo y parte de la europea. Pero en serio, en broma o a medias, ignoran las realidades locales. Como por ejemplo, que los soldados musulmanes escuchaban la misma música turbo-folk que sus enemigos serbios en plena guerra de Bosnia; música, por ejemplo, que según revela un estudio reciente del diario croata “Jutarnji List”, se está poniendo de moda entre los jóvenes croatas: les gusta nada menos que al 43% de los que tienen entre 17-18 años de edad. "Los jóvenes están fascinados. Es una verdadera fiebre de turbo folk. He tratado de poner música diferente, pero el público me abucheaba y se iba a su casa. Ellos quieren esto," dice Ivica Sovic, el propietario de la discoteca “Sova” en las afueras de Zagreb, uno de los templos de la nueva moda. Desde luego, existe turbo-folk albanés guego de Kosovo ¿O se creían que era cosa de chetniks? Y por si faltara alguna guinda, el turbo-folk ha sido utilizado incluso en una marcha gay en Viena.
En fin: a veces, breves apuntes en secciones no frecuentadas por el periodista, hacen aflorar en estado bruto esa peculiar forma de razonar que nos gastamos en Occidente y llevamos agazapada en las entretelas. Hemos sido nosotros los que nos hemos inventado crisis, guerras, etnias, pueblos, identidades: una “nación kosovar”, los “bosnio-musulmanes”, los “eslavo-macedonios”, reconocimiento diplomático para unos y no para otros, hoy toca, mañana no toca, premiamos la insurgencia armada aquí, nombramos terroristas allá. Lo de siempre: Europa, el polvorín de los Balcanes.

Una moneda croata de 25 kunas, batida en 2005 en conmemoración de la candidatura oficial del país a la UE. El hecho se produjo entre fuertes presiones de algunos países de la Unión, con especial protagonismo austriaco, a cambio de no bloquear la candidatura turca.
Pero a la postre -y de ello es síntoma lo dicho- parece que en realidad nunca nos hemos creído eso de que son realmente europeos, de que tienen derecho a expresar sus temores, intereses y/o puntos de vista. Desde aquí nos encanta pensar que caerán de rodillas ante la modernidad occidental hasta el punto de reconocer públicamente que son unos horteras pueblerinos y renunciar a sus dioses. Gran desconcierto cuando se comprueba que compartimos las mismas creencias y similar escala de valores (o restos de la misma). Y no es un problema actual, sino una constante histórica de las relaciones entre Europa occidental y los países del Este, y más en especial del Sudeste: nos suele molestar profundamente que ellos copien, utilicen o intenten emular nuestras iniciativas. Como contrapartida, siempre se mira con sospecha lo que llega de allí: existe una especie de alerta permanente sobre la competencia de sus científicos, la solvencia de sus negocios, la validez de sus ideas, la originalidad de su cultura. Sus sentimientos nacionalistas, al parecer, nos resultan excesivos, como si nosotros no viviéramos inmersos en cotidianos argumentos patrióticos, por no decir, pura y simplemente, chauvinistas.
Gran contraste: los que son bendecidos como hijos pródigos quedan a salvo de cualquier duda. El pasado 1º de febrero, quien esto escribe recibió vía mail una invitación de la Representación de la Comisión Europea en Barcelona para “participar en una visita a Zagreb (Croacia) dirigida a directores de medios y opinadores de Cataluña y las Islas Baleares” que se llevaría a cabo entre los días 3 y 5 de marzo. En la misiva electrónica no se especificaba mucho más, aparte de los horarios de los vuelos y el hotel de la capital croata donde serían alojados los invitados. ¿A qué venía tan generosa iniciativa? Lógicamente, estaba relacionada con la candidatura de Croacia a la Unión Europea, o eso cabía deducir de la opaca nota de invitación. Por teléfono se me informó someramente que el viaje estaría destinado a que los invitados (periodistas, tertulianos y enterados en general) “evaluaran” los méritos del país. Ya se pueden imaginar de qué manera: una comida por aquí, entrevista con un ministro por allá, todo buenas formas, alfombra roja, ambiente en rosa. Desde luego: previamente se habían organizado viajes similares para otros candidatos, como Rumania o Bulgaria. No, no se sabía nada de un posible viaje similar a la salud de la candidatura de Turquía. No, por supuesto, la visita no se hacía a instancias de algún lobby o país pro-croata en el seno de la Comisión Europea.
La información que me facilitaron algunos de los participantes a su regreso, cuadraba con la impresión que ofrecía la convocatoria: un breve festival del ditirambo y el piropo a mayor gloria del candidato balcánico. Desde entonces, no han cesado de aparecer en los medios de comunicación señales de que “alguien” ha decidido darle un firme empujón a Croacia. Precisamente ahora, ha comenzado en el TPI de La Haya el juicio contra Ante Gotovina y los principales responsables de la limpieza étnica en la Krajina en agosto de 1995. Al general croata se le considera en su país un héroe de guerra, de la misma forma que en Serbia se hace con el general Mladic. Lo interesante del caso es que, al parecer, en el tribunal se está aceptando este planteamiento: su defensor, el abogado Gregory Kehoe, no tiene empacho en abundar sobre esa versión, señalándolo como “responsable de la paz” en los Balcanes y el “hombre que logró detener al general serbio Ratko Mladić, cuya intención era unir Krajina con los territorios serbobosnios” o que “puso fin a la matanza perpetrada por los serbios”. A pesar de las reconvenciones del juez Orie, más dirigidas a la forma que al fondo, la estrategia del defensor parece ir dirigida a obtener el respaldo popular de Croacia, que como inminente miembro de la UE y la OTAN, ha de serlo libre de polvo y paja, y no puede tener a su más brillante general condenado como criminal de guerra. ¿Lo admitirían Bruselas, Berlín o Washington? Además es dudoso que Gotovina relate ante el tribunal el grado de coordinación que mantenía con sus asesores norteamericanos durante la ofensiva “Oluja” en agosto de 1995. Ni que salga a relucir el número de víctimas mortales entre la población civil, superior al sufrido en Srebrenica. O las bajas sufridas por el contingente de cascos azules de la ONU ante sus tropas.

Cabecera de una de las numerosas
páginas web mantenidas por asociaciones nacionalistas de emigrantes croatas en América o Australia, a favor de la absolución de Gotovina en La Haya
En realidad, el teatro que se está montando es importante. “Barroso espera la adhesión de Croacia para el año que viene” –proclamaba hace un par de días el diario “El País” (13 de marzo, 2008) en crónica procedente de Reuters. Hasta hace poco, el único obstáculo serio que parecía existir era la reclamación croata de derechos territoriales en el Adriático a fin de salvaguardar sus recursos pesqueros: su flota sólo captura una décima parte del tonelaje de la italiana (200.000 Tms. anuales). Pues bien, dado que el miércoles pasado el Parlamento croata votó por mayoría simple la plena devolución de los derechos de pesca a los países de la UE, el cielo quedó abierto, y sin muchos más trámites, el presidente de la Comisión anunció que Croacia debería concluir sus negociaciones en el 2009 para convertirse en el siguiente país en ingresar en la Unión Europea”.
(Continuará)
Etiquetas: Croacia, Eurovisión, Gotovina, proceso de integración en la UE
Srebrenica y algo más (artículo rechazado por "El País", 1º de julio 2005)
¿Qué significó Srebrenica? Han pasado diez años y la respuesta sigue sin estar clara. Para todos aquellos que se quedaron con el recuerdo de aquel trágico suceso, en julio de 1995, poco ha cambiado. Las tropas serbio bosnias del general Mladic cometieron “la peor masacre acaecida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”. La frase se repitió miles de veces, como un mantra, hasta quedar convertida en una verdad. Pero no fue exactamente así: no hace falta tener conocimientos especializados en historia de Europa para recordar que, como mínimo, hubo dos casos parecidos en el medio siglo transcurrido entre 1945 y 1995.
De todas formas, lo ocurrido en Srebrenica no necesita de comparaciones pedantes. Fue horroroso en sí mismo. Tampoco es tan importante establecer si fueron tantos o cuantos los muertos. Los croatas también hicieron de las suyas durante su guerra de independencia, en la misma guerra de Bosnia y durante las ofensivas de ese mismo verano en Eslavonia occidental y la Krajina. Ahí está el caso del general Ante Gotovina, que ha paralizado el acceso de Croacia a la UE y por el cual el gobierno norteamericano ofrece una recompensa de 5 millones de dólares. Los líderes de los musulmanes bosnios también recurrieron en muchas ocasiones a los métodos de sus enemigos. En abril de 1994, el entonces presidente Alija Izetbegovic reconoció la existencia de campos de concentración en los cuales civiles serbios eran retenidos ilegalmente. La información salió a relucir en el proceso de Milosevic y la publicó el diario “Dani” de Sarajevo hace un par de años. También hubo 2.000 desparecidos en Sarajevo. Y el general Mladic le tenía una especial inquina a Srebrenica porque desde el enclave, las milicias musulmanas lanzaron varias incursiones en las que destruyeron diversas aldeas serbias del entorno. El comandante militar de Srebrenica, el bosnio musulmán Nasir Oric –antiguo guardaespaldas de Milosevic- está siendo juzgado en La Haya en un proceso que hasta los testigos más desapasionados describen como “desganado”. El acusado se limita a decir que no sabía nada de lo que hacían sus hombres: ni de las incursiones, ni de las destrucciones, ni de las torturas de detenidos, que también las hubo.
De cualquier forma, la masacre de Srebrenica resume todos los excesos cometidos en las guerras de la ex Yugoslavia, incluyendo las de Croacia, Bosnia y Kosovo. Pero hay algo más: es el símbolo de una pesadilla europea. Durante los años de la Guerra Fría, se terminó por asumir que la contienda nunca debería tener lugar en el Viejo Continente. Soviéticos y americanos podrían pelearse directa o indirectamente en Asia o el Caribe, en África o América Central, pero no en Europa. Nunca importó demasiado la factura humana que se pagó en Corea, Vietnam, Namibia o Afganistán: al fin y al cabo eran guerras de telediario en los hogares occidentales. Por eso, cuando cayó el Muro de Berlín y con él todo el telón de Acero y la Guerra Fría llegó a su fin, fue bien audible el suspiro de alivio en la civilizada Europa. De ahí el profundo espanto que generó ya la primera guerra de Yugoslavia, aquella especie de opereta a que dio lugar la independencia de Eslovenia en el verano de 1991. Después siguió el horror en Croacia y el infierno de Bosnia: la desintegración de la Unión Soviética no significó el triunfo del Bien sobre el Mal; en realidad, el aflojamiento de la tensión bipolar trajo de la mano el resurgimiento de los peores fantasmas europeos surgidos de las profundidades más lóbregas. Srebrenica fue el final de ese camino: una matanza cometida cuando la guerra de Bosnia estaba terminando, cuando los planes de paz ya estaban elaborados. Una masacre generada por el deseo de venganza del general Mladic, al que las milicias de Nasir Oric le habían arrasado la hacienda familiar en una de sus incursiones. Varios miles de muertos que se les habían ido de las manos a las grandes potencias, como en otras muchas ocasiones.
Porque Srebrenica fue también producto del doble lenguaje, de la diplomacia oculta, de la pusilanimidad. En realidad, el comienzo del camino tuvo lugar en el verano de 1991, cuando el entonces Secretario de Estado norteamericano, James Baker, viajó a Yugoslavia poco antes de que se desataran las primeras crisis bélicas, en Eslovenia y Croacia. Con un conocimiento muy superficial de lo que estaba ocurriendo y quién era quién, reiteró públicamente la decisión de no reconocer la independencia de los secesionistas, apoyó los intentos de reforma del gobierno federal y a tres días de las proclamaciones de independencia eslovena y croata, se tragó la promesa hipócrita de los líderes secesionistas en el sentido de evitar toda acción unilateral susceptible de envenenar aún más la crisis. Por otra parte, desautorizó el uso de la fuerza por parte de Belgrado para prevenir las declaraciones de independencia. En realidad no fue sino la primera ocasión en que las potencias occidentales se dedicaron a lanzar mensajes contradictorios a las partes en litigio, una práctica nefasta que no era nueva en la historia de los Balcanes, pero que se iba a repetir como un vicio a lo largo de la siguiente década, antes de cada una de las crisis que sacudieron los restos de la desmembrada Yugoslavia.
Casi cuatro años justos más tarde, los norteamericanos, ya bajo la presidencia de Clinton, habían puesto en marcha un plan de paz que implicaba simplificar el muy complejo mapa de los frentes de guerra en Bosnia. Existen numerosos indicios de que las tropas serbias de Bosnia recibieron luz verde de las potencias occidentales en general y de los norteamericanos en particular para eliminar los enclaves musulmanes situados al este de la república. Por eso las autoridades de Sarajevo evacuaron a Nasir Oric con antelación, para evitar que cayera en manos de los serbios. Dejaron al enclave sin mando, porque ya sabían lo que iba a ocurrir. Lo que nadie esperaba fue la matanza que siguió.
Por lo tanto, Srebrenica contiene también el pecado de ser el símbolo imperfecto: seis mil muertos, quizá más, quizá menos, víctimas de una compleja maraña de cálculos fallidos, rencores poco gloriosos e hipocresías varias. Una matanza en vía muerta, que no obedeció a ninguna cruel utilidad estratégica, quizá la más absurda de todas las cometidas en Bosnia. Pero sobre todo, un acontecimiento que se aísla y se encorseta en el perpetuo doble rasero al que una y otra vez nos aferramos los occidentales para disimular la muy notable falta de ideas y soluciones, para esconder pudorosamente nuestro propio y soberbio nacionalismo ¿Por qué Faluya no puede ser considerada la nueva versión de Vukovar o Srebrenica?¿Por qué los campos de concentración en Bosnia han de ser peores que Guatánamo o Abu Ghraib?
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Un poco de luz sobre la sombría Srebrenica ("El Mundo", 3 de julio, 2005)
Ocurrió hace una década, por estas mismas fechas: las tropas serbias de Bosnia, dirigidas por el general Ratko Mladic tomaron el enclave bosnio musulmán de Srebrenica y ejecutaron a un crecido número de prisioneros y civiles. No fue la peor matanza cometida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, tópico repetido hasta la saciedad en la prensa occidental, como si fuera un mantra: ya en 1956, por ejemplo, tuvo lugar una importante masacre cuando las tropas soviéticas entraron a sangre y fuego en Hungría. Pero ocurre que la historia de esa insurrección es un asunto que todavía hoy genera polémica entre los mismos húngaros y quizás eso contribuye a dejarla de lado en la comparación. Con el tiempo, podría ocurrir algo similar con Srebrenica, a pesar de que eso parezca hoy en día imposible. Pero lo cierto es que esa masacre en la que todo parece estar en blanco sobre negro, encierra diversos asuntos polémicos que llevan mucho tiempo metidos bajo la alfombra de lo políticamente correcto y que por las trazas y actitudes de muchos medios de comunicación, parece que seguirá siendo así quizá durante otra década.
A cinco años vista, Srebrenica se ha convertido en una de las piedras de toque de la acusación contra Milosevic. Si pudiera demostrarse que tuvo alguna forma de responsabilidad en la carnicería, sería acusado de genocidio, a lo que contribuiría la redefinición a la baja del concepto efectuada en el mismo tribunal –reduciendo el número de víctimas necesarias para tipificar el caso- y que permitió que, en su día, las matanzas de Srebrenica fueran las únicas legalmente establecidas como “genocidio” durante la guerra de Bosnia. La reciente aparición de unos descarnados vídeos en los que se puede apreciar cómo agentes de la policía especial serbia ejecutan a detenidos musulmanes ha generado un gran impacto mediático y político en la misma Serbia, dando a entender que algo se está moviendo allí, aunque la prensa occidental ha dejado de lado que la pieza probatoria fue conseguida por Natasa Kandic, la célebre luchadora por los derechos humanos en Serbia.
No queda muy claro por qué el protagonismo de Kandic ha sido ninguneado. Quizá para tapar la muy cuestionable eficacia de la acusación en el juicio que se sigue contra Milosevic en el TPI de La Haya. Porque además, el revuelo de los vídeos oculta también que desde hace dos años se debate sobre un documento oficial que demuestra la participación de unidades del Ministerio del Interior de Serbia en las masacres de Srebrenica. El problema está en que al parecer actuaba bajo mando directo del coronel Ljubomir Borovcanin, jefe de las unidades de la policía especial serbobosnia, sin que Milosevic tuviera control alguno sobre el asunto. Claro que tampoco tal extremo ha quedado absolutamente establecido, dado que Budimir Babovic, ex jefe de la oficina de Interpol yugoslava, elaboró un informe que intentaba demostrar la responsabilidad de Milosevic en el control de esa unidades. Eso ocurrió ya en 2003, y no queda claro por qué no ha sido utilizado tal material o no ha sido considerado de valor probatorio.
Por lo tanto, el hecho de que ahora hayan salido a la luz los impactantes vídeos de las ejecuciones podría estar conectado con la entrega de Ratko Mladic o Radovan Karadzic al TPI y ello a su vez en relación con el caso de Ante Gotovina en Croacia, relacionado todo ello a su vez con las dificultades que se presentan para las negociaciones del proceso de ampliación de la UE hacia los Balcanes... Pero si políticamente la aparición de las cintas de video ha tenido un efecto saludable, desde el punto de vista estrictamente procesal puede que no sean de gran utilidad; en parte porque por sí mismas no parecen demostrar la implicación directa de Milosevic en las masacres.
Otra cosa diferente es considerar si éste sabía o no lo que estaba ocurriendo en Srebrenica. A eso puede responderse afirmativamente, casi con total seguridad. Y también al hecho de que el mandatario serbio conoció con antelación los preparativos del ataque. El problema es que, al parecer, no fue el único: la eliminación del enclave de Srebrenica parecía formar parte del plan global norteamericano para simplificar el complejo mapa de frentes que había trazado la guerra de Bosnia en 1995 e iniciar conversaciones de paz. Así lo expresó claramente Sandy Vershbow, uno de los asesores del presidente Clinton, en una entrevista a la célebre periodista británica Laura Silber, autora del mejor libro sobre las guerras de la ex Yugoslavia y una celebrada serie de reportajes televisivos sobre el mismo tema, editados por la BBC. También lo menciona David Rhode en su voluminoso y ya clásico libro sobre Srebrenica, el cual se entrevistó con fuentes de la inteligencia americana. O Tim Judah, otro celebrado periodista británico que utiliza como fuente un documentado artículo sobre la actuación de la CIA en Bosnia.
Por lo tanto, parece quedar bastante claro que al menos los norteamericanos sabían lo que iba a ocurrir y dieron luz verde al ataque. Según el mediador británico lord Owen, fue todo el Grupo de Contacto el que accedió a que los serbios de Bosnia tomaran los enclaves de Srebrenica y Zepa. Lo que no esperaban era que tuviera lugar la matanza que, en efecto, acaeció. Hace algunos años, el escritor austriaco Peter Handke se preguntaba en un célebre y polémico libro, qué razón de ser había tenido la masacre de Srebrenica. No la negaba: inquiría por las razones de una acción brutal que no parecía tener lógica. La cuestión no era tan baladí, porque pocos días después de Srebrenica también cayó en manos serbobosnias el enclave de Zepa y allí no se produjeron ejecuciones como las vividas escasos kilómetros más al norte. Ahora ya se conoce la respuesta. A lo largo del otoño e invierno de 1992, las milicias bosnio musulmanas de Srebrenica lanzaron numerosos ataques contra las aldeas serbias limítrofes, concluyendo en el más duro, durante las navidades ortodoxas, en enero de 1993. Precisamente por estas acciones está siendo – muy desganadamente- juzgado en el TPI el que fue comandante de las fuerzas musulmanas en el enclave, Nasir Oric. Al parecer, en una de esas incursiones destruyeron la hacienda familiar de los Mladic en la aldea de Visnice.
Así que las matanzas de Srebrenica parecen haber sido producto de una venganza o al menos de la decisión personal de Mladic. No poseían aparente utilidad estratégica, como la limpieza étnica, que causaba enormes problemas al enemigo; y por ende, complicaba todavía más la búsqueda de una salida negociada al conflicto bosnio que favoreciera a los serbios. Por otra parte, hasta el momento nadie ha sabido responder qué ventaja política o personal habría sacado Milosevic de la carnicería.
Por supuesto, la explicación no es exculpación; pero el ninguneo de este tipo de informaciones no contribuye a buscar soluciones ni evitar futuras repeticiones de este tipo de tragedias. Por ejemplo, sería lamentable que el recuerdo de la tragedia de Srbrenica quedara asociada tan sólo al juicio de Milosevic. Hay demasiadas preguntas sin respuesta como para que la muerte de varios miles de personas se quede sólo en eso. En Belgrado, parte de los altos mandos de las fuerzas armadas serbo-montenegrinas en 1995, por ejemplo, pudieron haber conocido el destino que le esperaba a Srebrenica. Mladic mantenía contactos fluidos con el ministro de Defensa federal y con el alto mando yugoslavo, personificado en el general Momcilo Perisic: si, el mismo Perisic que se enfrentó a Milosevic durante las grandes manifestaciones de 1996 en Belgrado, el mismo que fue descubierto con las manos en la masa mientras espiaba para la CIA en 2002, ya como viceprimer ministro. Los militares del ex Ejército Popular Yugoslavo nunca fueron entusiastas de Milosevic y de hecho, los espectaculares atentados contra el entorno más comprometido con el mandatario serbio en los últimos años del régimen (“Tref”, “Bazda”, “Kundak”, Bulatovic, “Zica” Petrovic, el mismo “Arkan”) pudieron haber sido obra de la inteligencia militar de acuerdo con algunos de sus colegas occidentales. Por lo tanto, colgarle la responsabilidad de lo ocurrido en Srebrenica a Milosevic podría tener la utilidad de desviar la atención sobre otros responsables más directamente implicados con los que, en su momento se llegó a acuerdos comprometidos. Si realmente llega a entregarse, el juicio a Mladic logrará despejar muchas dudas al respecto... o enterrar definitivamente las peliagudas implicaciones de lo que ocurrió en aquel verano de 1995, en Srebrenica, convirtiendo para siempre esa tragedia en floridas y sentidas efemérides a cargo de las oportunas firmas orgánicas de turno.
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