lunes, marzo 05, 2007

Srebrenica: la manipulación de una tragedia (y 2)

"Bosnian Girl", fotomontaje por Selma Kameric, sobre uno de los grafittis encontrados por el fotógrafo bosniaco Tarik Samarah en los acuartelamientos de los cascos azules holandeses en Potocari, 1995. La explotación política de Srebrenica ha devenido obsesiva y se nutre de todo tipo de detalles, algunos con un considerable grado de sordidez










"Hoy gobernar significa dar signos aceptables de credibilidad. Es como la publicidad y consigue el mismo efecto, el compromiso con un escenario."

Jean Baudrillard (1929-2007), in memoriam


Por supuesto que Belgrado sabía que Srebrenica iba a caer en manos de las tropas serbobosnias, tiene razón el CIJ. Suponiendo que el tribunal posea una idea clara sobre lo que entiende por “Belgrado”. Por lo que hoy se conoce, Milošević no parecía tener una idea precisa sobre lo que iba a ocurrir; es decir, la masacre. Posiblemente, ni siquiera lo sospechaba. Por una razón bastante sencilla; por la misma por la cual nadie ha podido o sabido explicar hasta ahora, ante el Tribunal Penal Internacional, por qué tuvo lugar la matanza, cuáles fueron las motivaciones reales de los verdugos para obrar así. Parece increíble, pero es la pura verdad: nadie, hasta ahora, (y menos que nadie, nuestra gloriosa prensa) ha dado una explicación pública sobre las razones de la masacre. ¿No les resulta mínimamente sospechoso o cuanto menos, intrigante? Y téngase en cuenta que en La Haya ya han sido juzgados algunos responsables de la misma. Por ejemplo, el general serbobosnio Radoslav Krstić, condenado ya en agosto de 2001. O bien Momir Nikolić, Vladoje Blagojević, Dragan Obrenović o Dragan Jokić. Precisamente, durante el juicio contra Krstić, el consejero para asuntos militares de la fiscalía, Richard Butler, llegó a decir que la masacre desafiaba la explicación racional, dado que los victoriosos serbobosnios hubieran podido intercambiarlos prisioneros musulmanes u obtener concesiones políticas con sólo mantenerlos prisioneros bajo supervisión de la Cruz Roja.

De momento, la mejor explicación sobre las circunstancias que condujeron a la masacre se pueden leer en el largo y prolijo
informe elaborado y situado en la red por el Instituto para la Documentación sobre la Guerra (NIOD), trabajo encargado en noviembre de 1996 por el gobierno holandés (Parte IV, Capítulo 2, apartado 3). De su lectura se deduce que, muy posiblemente, la decisión de ejecutar a los prisioneros se tomó sobre la marcha (“there was no proof that the mass murder of the men may have formed part of the plans for the capture of Srebrenica before the operation itself”) y no antes del mediodía del 12 de julio. Si esto fue así, casi ni los mismos protagonistas directos de las ejecuciones tuvieron muy claro lo que iba a suceder cuando entraron en el enclave. Significativamente, eso liberaba a Slobodan Milošević del protagonismo en la masacre (lo cual resultaba lógico de antemano, porque no le aportaba ningún beneficio político). Con lo cual, como se vio claramente ya el año pasado antes de su muerte, resultaba muy difícil acusarlo de “genocidio”. Quizás eso ayude a explicar su oportuno fallecimiento.



Dragan Obrenović, uno de los militares serbobosnios ya juzgados por el TPIY en relación a la masacre de Srebrenica. Tampoco él explicó por qué tuvo lugar.






Pero en lo tocante al ataque contra Srebrenica, es evidente que se sabía por adelantado que tendría lugar. Posiblemente, desde finales de esa misma primavera. Desde luego, en Belgrado, aunque quizá más en los pasillos del Estado Mayor del Ejército que en los del gobierno o incluso la presidencia. Pero también en Londres y en Washington. Y desde luego, y sobre todo, en Sarajevo. A comienzos de aquel verano, la inminente ofensiva contra Srebrenica era un secreto a voces. O algo más que un secreto: existen acusaciones de que para algunos, y no precisamente serbios, era un deseo. Se han producido acusaciones cruzadas. Por ejemplo, contra el presidente Izetbegović, que según algunos testigos, buscaba a cualquier precio una intervención militar internacional, y no retrocedía ante la posibilidad de que una matanza en cualquier punto de Bosnia sirviera de catalizador.

Ya se ha podido leer en el post anterior de esta serie: Ibran Mustafić un diputado del SDA, fundador de ese partido en Srebrenica y superviviente de su caída en manos serbias, concedió en julio de 1996 una muy dura entrevista a “Slobodna Bosna” en la que, sin dar nombre, acusaba a la directiva política bosniaca de utilizar al enclave y sus víctimas como la “víctima propiciatoria sobre la que fundar el nuevo estado [bosnio]”. Algo debe tener de verdad la acusación, cuando el jefe militar de la defensa de Srebrenica, Naser Orić, fue retirado de allí con sus jefes de estado mayor, con mucha antelación al ataque serbio. El 21 de marzo de 1995 recibieron la orden de trasladarse a una montaña cercana conocida como Orlov Kamen, donde fueron recogidos por un helicóptero, casi dos semanas más tarde. Sarajevo buscaba asegurarse que no quedara en el enclave nadie que pudiera dar información sensible a los atacantes. Y Orić podía explicar muchas cosas sobre su comportamiento y el de sus hombres entre 1993 y 1995. Por ejemplo, por qué y para qué convirtieron una “zona segura”, bajo protección de la ONU, y por lo tanto desmilitarizada, en una base militar bosniaca desde la cual, la División 28 de la Armija lanzaba ataques contra las aldeas y caseríos serbios de la vecindad.

















Naser Orić, con algunos de sus hombres, cuando actuaba como comandante de la 28ª División de la Armija en la "zona desmilitarizada" de Srebrenica, 1993-1995




En la cercada Srebrenica se llegó a rumorear que la retirada de Orić obedecía a un plan por el cual el presidente Izetbegović habría negociado con el líder de los serbobosnios, Radovan Karadžić, en orden a intercambiar los tres enclaves de Bosnia oriental (Srebrenica, Žepa y Gorazde) por los barrios serbios de Sarajevo. Pero ésta era la versión más sencilla de una compleja realidad diplomática. Otra variante de más altos vuelos, por ejemplo, implica al embajador Robert C. Frasure, enviado especial de Bill Clinton a Belgrado, en mayo de 1995, para negociar el reconocimiento oficial de Bosnia-Hercegovina como un estado soberano por las autoridades serbias, con Slobodan Milošević al frente. A cambio, las Naciones Unidas suspenderían las sanciones contra Serbia. Pero para que el nuevo estado pudiera mantenerse, era necesario simplificar el complejo mapa que habían creado las líneas del frente. Y por ello eran previsibles los ajustes e intercambios de poblaciones. Ahí entraban los tres enclaves de Bosnia oriental, que el gobierno de Sarajevo no podría mantener convenientemente conectados y abastecidos. Este asunto, que incluía el mencionado intercambio de los enclaves por los barrios serbios de Sarajevo, ya había sido planteado durante el verano de 1993, y aceptado por el entonces primer ministro bosniaco Haris Silajdžić –el mismo que estos días ha rechazado el fallo del CIJ, por cierto. Los serbios accedieron al intercambio en la primavera de 1994. En enero de 1995, el mismo Izetbegović le explicó el plan a Richard Holbrooke. El problema era que, llegado el momento, nadie estaba preparado para respaldar públicamente ese tipo de cambalaches. Al menos en aquella época.



El embajador Robert C. Frasure, enviado especial norteamericano a Bosnia y protagonista de acuerdos con las autoridades de la Republika Srpska. Murió en un accidente de automóvil cerca de Sarajevo, agosto de 1995










Por lo tanto, parece que la idea del intercambio experimentó notables vaivenes en el grado de apoyo que le concedieron los grandes protagonistas occidentales sobre el terreno. Pero da la sensación de que todos ellos estaban preparados para admitir los hechos consumados como paso previo a un rediseño de las fronteras entre serbios y musulmanes en Bosnia que debía preparar las cosas para discutir el plan de paz. El resultado es que en la primavera de 1995 los altos mandos de las fuerzas internacionales en Bosnia (Rupert Smith, jefe de las fuerzas ONU en Sarajevo, y Bernard Janvier, comandante de todas las presentes en la ex Yugoslavia) sabían que Mladić atacaría Srebrenica aquel mismo verano. Y también, que la aviación de la OTAN no sería utilizada para prevenirlo. Según parece, incluso existía un acuerdo verbal entre Janvier y Mladić surgido de la reunión que mantuvieron el 9 de junio de 1995. Al parecer, la explicación semioficial ofrecida –con sordina- era que las fuerzas de la ONU no podían asumir políticamente la toma de más cascos azules rehenes, como los que habían hecho las tropas serbobosnias a partir del 26 de mayo (más de 324 soldados).

Muchos responsables políticos y militares occidentales sabían perfectamente que Mladić atacaría Srebrenica. Y no hicieron nada por impedirlo; y no han sido mencionados en absoluto en la sentencia del CIJ. En los principales libros y artículos sobre la caída de Srebrenica o la guerra de Bosnia, aparecen de una forma u otra, alusiones al hecho de que Washington tenía conocimiento de lo que se preparaba y accedieron (quizás incluso dieron una discreta luz verde a los serbios). Ahí está el soberbio libro de
Laura Silber sobre las guerras de Yugoslavia, en el que Sandy Vershbow, uno de los asesores de Clinton, reconoce que sí, que ya les venía bien la desaparición de los enclaves musulmanes en Bosnia oriental para lanzar un plan de paz exitoso en el que las partes estuvieran militar y territorialmente a la par. Ahí está también el grueso libro de David Rhode, considerado uno de los más completos sobre la caída de Srebrenica, el cual entrevistó a oficiales de la inteligencia americana. Y desde luego, el célebre periodista británico Tim Judah, también asume que los norteamericanos lo sabían y dejaron hacer. Un poderoso y denso resumen de todo ello puede leerse todavía en la red, publicado en su día por la prestigiosa “The New York Review of Books”: se trata de “Bosnia, The Great Betrayal”, firmado por Mark Danner: no queda títere con cabeza. Dos párrafos resumen lo dicho:






Sandy Vershbow en una foto reciente, como embajador en Corea del Sur














“En cuanto a los americanos, habiendo fracasado en llegar a un acuerdo con Milošević, empezaron a poner en circulación una nueva aproximación diplomática –los funcionarios del Pentágono eran los grandes protagonistas, ellos que siempre se habían opuesto a cualquier política que temían pudiera llevar a la intervención- la cual, de acuerdo con un colaborador de la Casa Blanca, “enfatizaba la necesidad de que el territorio federal fuera defendible. Debía ser compacto, coherente y defendible”. Una prioridad que no fomentaría el que los funcionarios americanos revisaran las interceptaciones de inteligencia buscando amenazas para Srebrenica o, en esta cuestión, que lamentaran la completa desaparición –en un sentido u otro- del “problema de los enclaves orientales".

Así que, cuando los oficiales de inteligencia norteamericanos escucharon a los generales Mladić y Perišić planear su siguiente movimiento, los diplomáticos norteamericanos decidieron. Según Sandy Vershbow, encargado de la política bosnia en el Consejo de Seguridad Nacional, “el futuro de Srebrenica parecía bastante oscuro. Por entonces ya estábamos considerando que sería juicioso tener en cuenta algún tipo de intercambio por otros territorios [con los serbios], al menos por el más pequeño de los enclaves orientales”. De hecho –continúa Mark Danner- los americanos habían ido más allá, tal como apunta Tim Judah en , The Serbs (Yale University Press, 1997) y “estaban sugiriendo discretamente que [Srebrenica] debería ser cambiada por algún territorio en otro lugar”, lo cual transmitió a los protagonistas implicados que en el gobierno americano “lejos de revocar la limpieza étnica se tomó una decisión que implicaba la necesidad de añadir todavía más”. Fin de la cita.

Pero sobre todo, una vez acaecidas las inesperadas matanzas, ¿quién admitiría la responsabilidad en el respaldo de un plan apenas pergeñado, pensado para ser aplicado de forma fantasmagórica y que resultó ser un fiasco sangriento? En vez de eso, Madeleine Albright demostró una gran rapidez de reflejos aprovechando la información disponible sobre las represalias serbias en Srebrenica. Según apunta Diana Johnstone, muy agudamente, Srebrenica comenzó a ser utilizada como palanca para obtener toda una serie de beneficios políticos sobre el terreno. Beneficios obtenidos por la diplomacia norteamericana tras informar al mundo de que se había producido una matanza en el enclave:



Diana Johnstone en una foto de hace años, ya como célebre activista contra la guerra de Vietnam








a.- La ya explicada en el primer blog de esta serie: desviar la atención de los diplomáticos y medios de comunicación mundiales sobre los excesos que estaban cometiendo las tropas croatas en la Krajina, precisamente en ese momento: agosto de 1995.

b.- Implicar a los serbobosnio en un “genocidio”, en orden a descalificarlos en futuras negociaciones sobre el futuro de Bosnia-Hercegovina. Y así fue, en efecto: en la conferencia de Dayton fue Milošević quien actuó en nombre de los serbobosnios, cuyos representantes quedaron claramente marginados. De esa forma, el dirigente serbio estuvo en condiciones de hacer concesiones que Karadžić y los suyos hubieran rechazado (como ocurrió en 1993). Hoy en día, como se ha visto en la sentencia del CIJ, se sigue recurriendo a esta palanca.

Y una vez firmados los acuerdos de Paris y finalizada la Guerra de Bosnia:

c.- Al culpar al contingente de cascos azules holandeses de la caída de Srebrenica, se atacó en profundidad al prestigio de las Naciones Unidas, por lo cual, ya durante la crisis de Kosovo (1999), la OTAN emergió como la única organización internacional capaz de llevar a cabo una “intervención humanitaria”. En la actualidad, ese sigue siendo un tópico manido con recurrente fruición. Véase, a título de mero ejemplo de última hora, la crónica publicada ayer mismo en “El País”, firmada por Georgina Higueras y encabezada por un título artificioso:
“¿A quién le importa Srebrenica?”

d.- Al identificar a Milošević con los serbobosnios, y al explotar a la vez la teoría de que las matanzas de Srebrenica formaban parte de un plan serbio de “genocidio” llevado a cabo en base a planteamientos racistas o nacionalistas, Madeleine Albright pudo argumentar en 1999 que lanzar a la OTAN contra Yugoslavia era necesario para “prevenir” (noción básica) una “nueva Srebrenica” en Kosovo.

e.- Posteriormente (y todavía ahora, en buena medida), Srebrenica fue utilizada como un instrumento para presionar en la cúpula política de la Serbia post-Milošević. Pero para que eso funcionara adecuadamente, era necesario que la masacre fuera lo más grave posible. No bastaba con tipificar lo acaecido como “crimen de guerra” –como los cometidos por las fuerzas norteamericanas en Vietnam, Panamá ó Irak. Por eso, durante el juicio en el TPIY contra Milošević se cambió la definición previa sobre el marco conceptual del término “genocidio”, estableciéndose el límite de vidas humanas en 7.000, a fin de que Srebrenica encajara en la definición, rematadando la jugada con frases estereotipadas que calificaban al hecho como “la peor atrocidad cometida en Europa desde el Holocausto”. Esto hacía que las ejecuciones en Srebrenica aparecieran como un plan diseñado en las más altas instancias del poder serbio, no la obra de unos paramilitares o policías rabiosos y fuera de control.


Ibran Mustafić, fundador y lider local del SDA en Srebrenica, quien denunció que el trágico destino del enclave se debió en buena medida a la traición del gobierno de Sarajevo en 1995.










Resulta exagerado afirmar que este tipo de argumentos alimentaron el desarrollo de un fanatismo islamista que desembocó en la actual “guerra global contra el terrorismo” o incluso el “choque de civilizaciones” (hay quien explica incluso que existieron contactos concretos entre Izetbegović y Osama Bin Laden). Pero Bosnia en general y Srebrenica en particular sí que contribuyeron a la puesta a punto de la estrategia norteamericana del ataque preventivo a fin de “evitar que vuelva a suceder”. Y la guerra preventiva tendiente a evitar el genocidio (mediante armas de destrucción masiva, por ejemplo) deja de lado las negociaciones diplomáticas que, de haber sido llevadas de forma coehrente y paciente hubieran evitado, por cierto, las guerras en la ex Yugoslavia, la de Bosnia y, en definitiva, la tragedia de Srebrenica.

“Hoy es un dogma incuestionable –continúa Diana Johnstone- que recordar las atrocidades es un “deber de la memoria” hacia las víctimas, algo que debe ser repetido sin fin, por temor a olvidarlo. Pero ¿es eso tan obvio? La insistencia en las pasadas atrocidades puede servir, simplemente, para preparar la próxima oleada, que es lo que realmente ha sucedido en los Balcanes, y más de una vez. Porque en realidad, las víctimas muertas no pueden aprovecharse de esos recuerdos. Pero la memoria de la comunidad de las víctimas es un capital moral y político de gran valor para sus herederos y especialmente para sus autoproclamados campeones. Y en el caso de Bosnia, promete aportar unos beneficios financieros considerables. Si Milošević , como anterior presidente de Serbia, puede ser convicto de genocidio, entonces los bosnio musulmanes esperaran obtener millones de dólares en reparaciones que mantendrán a Serbia de rodillas para el previsible futuro”.

Nueva cita, esta vez procedente del artículo de Georgina Higueras, mencionado más arriba: “Basándose en este informe el del NIOD [citado también en este mismo post] un grupo de Madres de Srebrenica demandó al Gobierno holandés y pretende compensaciones millonarias por los seres queridos”. Qué situación: la única baja mortal entre los cascos azules holandeses en Srebrenica se produjo por una granada de mano que le lanzó uno de los combatientes musulmanes presentes en el enclave. Pueden también echar un vistazo a los párrafos iniciales del artículo de Mark Damer para entender cuál era la verdadera relación entre las tropas holandesas en el enclave “desmilitarizado” y los combatientes de Naser Orić.

Tiene razón Diana Johnstone, las reparaciones al final de una cadena que ha convertido a Srebrenica en trade mark, en un producto político y mediático construido sobre lo que ha sido redefinido oportunamente como un genocidio, a partir de la muerte de 7.000 personas. Muchas de ellas simples civiles pero también soldados de la Armija. Una buena parte de ellos, brutalmente ejecutados; pero también muertos en combate en las emboscadas al norte del enclave. Un porcentaje mayoritario de ellos prisioneros de guerra, desde luego; pero asimismo, computadas como tales un número indeterminado de bajas producidas en los combates anteriores al mes de julio de 1995 en torno a Srebrenica.

Si: Srebrenica fue el comienzo de caminos que con el tiempo llegarían a destinos cuestionables. El fracaso de la ONU dio paso a un protagonismo de la OTAN que terminaría llevando la Organización Atlántica al lejano atolladero de Afganistán. Las acusaciones nunca probadas contra Milošević a raíz del supuesto genocidio, recuerdan mucho a las que llevaron al ignominioso ahorcamiento de Sadam Hussein. Tal como afirma Diana Johnstone, Srebrenica dio un excelente argumento a lo que poco después se convertiría en “guerra preventiva”. Pero Srebrenica también señaló el principio de graves y persistentes amnesias de los occidentales. Un fenómeno muy caracterísrtico de la posguerra fría. Lo explica muy bien el que por entonces era Secretario General de las Naciones Unidas, el egipcio Boutros Boutros-Ghali:

“Un año después del genocidio en Ruanda, viajé a África una vez más. El conflicto en Bosnia estaba llegando a su climax; Srebrenica y Žepa habían caído, y los serbios estaban a punto de derrotar el esfuerzo internacional en la antigua Yugoslavia. ¿Cómo podría justificar mi ausencia de Bosnia o de la sede central de las Naciones Unidas en Nueva York durante este periodo crítico? Los periodistas me presionaron para obtener de mí una respuesta, una y otra vez. “Porque –dije- si cancelo este viaje, que programé desde hace tiempo, los africanos dirán que mientras se está produciendo un genocidio en África –un millón de personas habían muerto en Ruanda- el Secretario General sólo le presta atención a Srebrenica, un pueblo en Europa” (Boutros Boutros-Ghali, Unvanquished. A U.S.-U.N. Saga, I.B. Tauris Publish., 1999; pag. 175)

Pero lo peor estaba aún por llegar, decenas de miles más mortífero que Srebrenica, y millones de veces más olvidado por su falta de utilidad política. Bastan unas breves líneas procedentes de la socorrida Wikipedia, entrada:
Segunda Guerra del Congo:

“La Segunda Guerra del Congo fue un conflicto armado que tuvo lugar en gran parte del territorio de la República Democrática del Congo (el antiguo Zaire), con posterioridad a la Primera Guerra del Congo. Este conflicto se inició en 1998 y terminó formalmente en 2003, cuando asumió el poder un gobierno de transición bajo los términos del Acuerdo de Pretoria. Los combatientes provenían de nueve naciones (además de existir dentro del país veinte facciones armadas distintas), lo que lo convierte en el conflicto continental africano más grande del que se tenga noticia.

Conocida también como Guerra Mundial Africana, Gran Guerra de África o la Guerra del coltán, provocó la muerte de aproximadamente 3,8 millones de personas, la mayoría de ellas por hambre y enfermedades prevenibles y curables. Dentro de estos graves hechos, se considera a este episodio el más álgido dentro del llamado "genocidio congoleño”. Esta trágica cifra convirtió a esta guerra en el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial, y eso sin contar los millones de desplazados y refugiados en los países vecinos”.

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martes, julio 11, 2006

Srebrenica y algo más (artículo rechazado por "El País", 1º de julio 2005)

¿Qué significó Srebrenica? Han pasado diez años y la respuesta sigue sin estar clara. Para todos aquellos que se quedaron con el recuerdo de aquel trágico suceso, en julio de 1995, poco ha cambiado. Las tropas serbio bosnias del general Mladic cometieron “la peor masacre acaecida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”. La frase se repitió miles de veces, como un mantra, hasta quedar convertida en una verdad. Pero no fue exactamente así: no hace falta tener conocimientos especializados en historia de Europa para recordar que, como mínimo, hubo dos casos parecidos en el medio siglo transcurrido entre 1945 y 1995.

De todas formas, lo ocurrido en Srebrenica no necesita de comparaciones pedantes. Fue horroroso en sí mismo. Tampoco es tan importante establecer si fueron tantos o cuantos los muertos. Los croatas también hicieron de las suyas durante su guerra de independencia, en la misma guerra de Bosnia y durante las ofensivas de ese mismo verano en Eslavonia occidental y la Krajina. Ahí está el caso del general Ante Gotovina, que ha paralizado el acceso de Croacia a la UE y por el cual el gobierno norteamericano ofrece una recompensa de 5 millones de dólares. Los líderes de los musulmanes bosnios también recurrieron en muchas ocasiones a los métodos de sus enemigos. En abril de 1994, el entonces presidente Alija Izetbegovic reconoció la existencia de campos de concentración en los cuales civiles serbios eran retenidos ilegalmente. La información salió a relucir en el proceso de Milosevic y la publicó el diario “Dani” de Sarajevo hace un par de años. También hubo 2.000 desparecidos en Sarajevo. Y el general Mladic le tenía una especial inquina a Srebrenica porque desde el enclave, las milicias musulmanas lanzaron varias incursiones en las que destruyeron diversas aldeas serbias del entorno. El comandante militar de Srebrenica, el bosnio musulmán Nasir Oric –antiguo guardaespaldas de Milosevic- está siendo juzgado en La Haya en un proceso que hasta los testigos más desapasionados describen como “desganado”. El acusado se limita a decir que no sabía nada de lo que hacían sus hombres: ni de las incursiones, ni de las destrucciones, ni de las torturas de detenidos, que también las hubo.

De cualquier forma, la masacre de Srebrenica resume todos los excesos cometidos en las guerras de la ex Yugoslavia, incluyendo las de Croacia, Bosnia y Kosovo. Pero hay algo más: es el símbolo de una pesadilla europea. Durante los años de la Guerra Fría, se terminó por asumir que la contienda nunca debería tener lugar en el Viejo Continente. Soviéticos y americanos podrían pelearse directa o indirectamente en Asia o el Caribe, en África o América Central, pero no en Europa. Nunca importó demasiado la factura humana que se pagó en Corea, Vietnam, Namibia o Afganistán: al fin y al cabo eran guerras de telediario en los hogares occidentales. Por eso, cuando cayó el Muro de Berlín y con él todo el telón de Acero y la Guerra Fría llegó a su fin, fue bien audible el suspiro de alivio en la civilizada Europa. De ahí el profundo espanto que generó ya la primera guerra de Yugoslavia, aquella especie de opereta a que dio lugar la independencia de Eslovenia en el verano de 1991. Después siguió el horror en Croacia y el infierno de Bosnia: la desintegración de la Unión Soviética no significó el triunfo del Bien sobre el Mal; en realidad, el aflojamiento de la tensión bipolar trajo de la mano el resurgimiento de los peores fantasmas europeos surgidos de las profundidades más lóbregas. Srebrenica fue el final de ese camino: una matanza cometida cuando la guerra de Bosnia estaba terminando, cuando los planes de paz ya estaban elaborados. Una masacre generada por el deseo de venganza del general Mladic, al que las milicias de Nasir Oric le habían arrasado la hacienda familiar en una de sus incursiones. Varios miles de muertos que se les habían ido de las manos a las grandes potencias, como en otras muchas ocasiones.

Porque Srebrenica fue también producto del doble lenguaje, de la diplomacia oculta, de la pusilanimidad. En realidad, el comienzo del camino tuvo lugar en el verano de 1991, cuando el entonces Secretario de Estado norteamericano, James Baker, viajó a Yugoslavia poco antes de que se desataran las primeras crisis bélicas, en Eslovenia y Croacia. Con un conocimiento muy superficial de lo que estaba ocurriendo y quién era quién, reiteró públicamente la decisión de no reconocer la independencia de los secesionistas, apoyó los intentos de reforma del gobierno federal y a tres días de las proclamaciones de independencia eslovena y croata, se tragó la promesa hipócrita de los líderes secesionistas en el sentido de evitar toda acción unilateral susceptible de envenenar aún más la crisis. Por otra parte, desautorizó el uso de la fuerza por parte de Belgrado para prevenir las declaraciones de independencia. En realidad no fue sino la primera ocasión en que las potencias occidentales se dedicaron a lanzar mensajes contradictorios a las partes en litigio, una práctica nefasta que no era nueva en la historia de los Balcanes, pero que se iba a repetir como un vicio a lo largo de la siguiente década, antes de cada una de las crisis que sacudieron los restos de la desmembrada Yugoslavia.

Casi cuatro años justos más tarde, los norteamericanos, ya bajo la presidencia de Clinton, habían puesto en marcha un plan de paz que implicaba simplificar el muy complejo mapa de los frentes de guerra en Bosnia. Existen numerosos indicios de que las tropas serbias de Bosnia recibieron luz verde de las potencias occidentales en general y de los norteamericanos en particular para eliminar los enclaves musulmanes situados al este de la república. Por eso las autoridades de Sarajevo evacuaron a Nasir Oric con antelación, para evitar que cayera en manos de los serbios. Dejaron al enclave sin mando, porque ya sabían lo que iba a ocurrir. Lo que nadie esperaba fue la matanza que siguió.

Por lo tanto, Srebrenica contiene también el pecado de ser el símbolo imperfecto: seis mil muertos, quizá más, quizá menos, víctimas de una compleja maraña de cálculos fallidos, rencores poco gloriosos e hipocresías varias. Una matanza en vía muerta, que no obedeció a ninguna cruel utilidad estratégica, quizá la más absurda de todas las cometidas en Bosnia. Pero sobre todo, un acontecimiento que se aísla y se encorseta en el perpetuo doble rasero al que una y otra vez nos aferramos los occidentales para disimular la muy notable falta de ideas y soluciones, para esconder pudorosamente nuestro propio y soberbio nacionalismo ¿Por qué Faluya no puede ser considerada la nueva versión de Vukovar o Srebrenica?¿Por qué los campos de concentración en Bosnia han de ser peores que Guatánamo o Abu Ghraib?

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Un poco de luz sobre la sombría Srebrenica ("El Mundo", 3 de julio, 2005)

Ocurrió hace una década, por estas mismas fechas: las tropas serbias de Bosnia, dirigidas por el general Ratko Mladic tomaron el enclave bosnio musulmán de Srebrenica y ejecutaron a un crecido número de prisioneros y civiles. No fue la peor matanza cometida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, tópico repetido hasta la saciedad en la prensa occidental, como si fuera un mantra: ya en 1956, por ejemplo, tuvo lugar una importante masacre cuando las tropas soviéticas entraron a sangre y fuego en Hungría. Pero ocurre que la historia de esa insurrección es un asunto que todavía hoy genera polémica entre los mismos húngaros y quizás eso contribuye a dejarla de lado en la comparación. Con el tiempo, podría ocurrir algo similar con Srebrenica, a pesar de que eso parezca hoy en día imposible. Pero lo cierto es que esa masacre en la que todo parece estar en blanco sobre negro, encierra diversos asuntos polémicos que llevan mucho tiempo metidos bajo la alfombra de lo políticamente correcto y que por las trazas y actitudes de muchos medios de comunicación, parece que seguirá siendo así quizá durante otra década.

A cinco años vista, Srebrenica se ha convertido en una de las piedras de toque de la acusación contra Milosevic. Si pudiera demostrarse que tuvo alguna forma de responsabilidad en la carnicería, sería acusado de genocidio, a lo que contribuiría la redefinición a la baja del concepto efectuada en el mismo tribunal –reduciendo el número de víctimas necesarias para tipificar el caso- y que permitió que, en su día, las matanzas de Srebrenica fueran las únicas legalmente establecidas como “genocidio” durante la guerra de Bosnia. La reciente aparición de unos descarnados vídeos en los que se puede apreciar cómo agentes de la policía especial serbia ejecutan a detenidos musulmanes ha generado un gran impacto mediático y político en la misma Serbia, dando a entender que algo se está moviendo allí, aunque la prensa occidental ha dejado de lado que la pieza probatoria fue conseguida por Natasa Kandic, la célebre luchadora por los derechos humanos en Serbia.

No queda muy claro por qué el protagonismo de Kandic ha sido ninguneado. Quizá para tapar la muy cuestionable eficacia de la acusación en el juicio que se sigue contra Milosevic en el TPI de La Haya. Porque además, el revuelo de los vídeos oculta también que desde hace dos años se debate sobre un documento oficial que demuestra la participación de unidades del Ministerio del Interior de Serbia en las masacres de Srebrenica. El problema está en que al parecer actuaba bajo mando directo del coronel Ljubomir Borovcanin, jefe de las unidades de la policía especial serbobosnia, sin que Milosevic tuviera control alguno sobre el asunto. Claro que tampoco tal extremo ha quedado absolutamente establecido, dado que Budimir Babovic, ex jefe de la oficina de Interpol yugoslava, elaboró un informe que intentaba demostrar la responsabilidad de Milosevic en el control de esa unidades. Eso ocurrió ya en 2003, y no queda claro por qué no ha sido utilizado tal material o no ha sido considerado de valor probatorio.

Por lo tanto, el hecho de que ahora hayan salido a la luz los impactantes vídeos de las ejecuciones podría estar conectado con la entrega de Ratko Mladic o Radovan Karadzic al TPI y ello a su vez en relación con el caso de Ante Gotovina en Croacia, relacionado todo ello a su vez con las dificultades que se presentan para las negociaciones del proceso de ampliación de la UE hacia los Balcanes... Pero si políticamente la aparición de las cintas de video ha tenido un efecto saludable, desde el punto de vista estrictamente procesal puede que no sean de gran utilidad; en parte porque por sí mismas no parecen demostrar la implicación directa de Milosevic en las masacres.

Otra cosa diferente es considerar si éste sabía o no lo que estaba ocurriendo en Srebrenica. A eso puede responderse afirmativamente, casi con total seguridad. Y también al hecho de que el mandatario serbio conoció con antelación los preparativos del ataque. El problema es que, al parecer, no fue el único: la eliminación del enclave de Srebrenica parecía formar parte del plan global norteamericano para simplificar el complejo mapa de frentes que había trazado la guerra de Bosnia en 1995 e iniciar conversaciones de paz. Así lo expresó claramente Sandy Vershbow, uno de los asesores del presidente Clinton, en una entrevista a la célebre periodista británica Laura Silber, autora del mejor libro sobre las guerras de la ex Yugoslavia y una celebrada serie de reportajes televisivos sobre el mismo tema, editados por la BBC. También lo menciona David Rhode en su voluminoso y ya clásico libro sobre Srebrenica, el cual se entrevistó con fuentes de la inteligencia americana. O Tim Judah, otro celebrado periodista británico que utiliza como fuente un documentado artículo sobre la actuación de la CIA en Bosnia.

Por lo tanto, parece quedar bastante claro que al menos los norteamericanos sabían lo que iba a ocurrir y dieron luz verde al ataque. Según el mediador británico lord Owen, fue todo el Grupo de Contacto el que accedió a que los serbios de Bosnia tomaran los enclaves de Srebrenica y Zepa. Lo que no esperaban era que tuviera lugar la matanza que, en efecto, acaeció. Hace algunos años, el escritor austriaco Peter Handke se preguntaba en un célebre y polémico libro, qué razón de ser había tenido la masacre de Srebrenica. No la negaba: inquiría por las razones de una acción brutal que no parecía tener lógica. La cuestión no era tan baladí, porque pocos días después de Srebrenica también cayó en manos serbobosnias el enclave de Zepa y allí no se produjeron ejecuciones como las vividas escasos kilómetros más al norte. Ahora ya se conoce la respuesta. A lo largo del otoño e invierno de 1992, las milicias bosnio musulmanas de Srebrenica lanzaron numerosos ataques contra las aldeas serbias limítrofes, concluyendo en el más duro, durante las navidades ortodoxas, en enero de 1993. Precisamente por estas acciones está siendo – muy desganadamente- juzgado en el TPI el que fue comandante de las fuerzas musulmanas en el enclave, Nasir Oric. Al parecer, en una de esas incursiones destruyeron la hacienda familiar de los Mladic en la aldea de Visnice.

Así que las matanzas de Srebrenica parecen haber sido producto de una venganza o al menos de la decisión personal de Mladic. No poseían aparente utilidad estratégica, como la limpieza étnica, que causaba enormes problemas al enemigo; y por ende, complicaba todavía más la búsqueda de una salida negociada al conflicto bosnio que favoreciera a los serbios. Por otra parte, hasta el momento nadie ha sabido responder qué ventaja política o personal habría sacado Milosevic de la carnicería.

Por supuesto, la explicación no es exculpación; pero el ninguneo de este tipo de informaciones no contribuye a buscar soluciones ni evitar futuras repeticiones de este tipo de tragedias. Por ejemplo, sería lamentable que el recuerdo de la tragedia de Srbrenica quedara asociada tan sólo al juicio de Milosevic. Hay demasiadas preguntas sin respuesta como para que la muerte de varios miles de personas se quede sólo en eso. En Belgrado, parte de los altos mandos de las fuerzas armadas serbo-montenegrinas en 1995, por ejemplo, pudieron haber conocido el destino que le esperaba a Srebrenica. Mladic mantenía contactos fluidos con el ministro de Defensa federal y con el alto mando yugoslavo, personificado en el general Momcilo Perisic: si, el mismo Perisic que se enfrentó a Milosevic durante las grandes manifestaciones de 1996 en Belgrado, el mismo que fue descubierto con las manos en la masa mientras espiaba para la CIA en 2002, ya como viceprimer ministro. Los militares del ex Ejército Popular Yugoslavo nunca fueron entusiastas de Milosevic y de hecho, los espectaculares atentados contra el entorno más comprometido con el mandatario serbio en los últimos años del régimen (“Tref”, “Bazda”, “Kundak”, Bulatovic, “Zica” Petrovic, el mismo “Arkan”) pudieron haber sido obra de la inteligencia militar de acuerdo con algunos de sus colegas occidentales. Por lo tanto, colgarle la responsabilidad de lo ocurrido en Srebrenica a Milosevic podría tener la utilidad de desviar la atención sobre otros responsables más directamente implicados con los que, en su momento se llegó a acuerdos comprometidos. Si realmente llega a entregarse, el juicio a Mladic logrará despejar muchas dudas al respecto... o enterrar definitivamente las peliagudas implicaciones de lo que ocurrió en aquel verano de 1995, en Srebrenica, convirtiendo para siempre esa tragedia en floridas y sentidas efemérides a cargo de las oportunas firmas orgánicas de turno.

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11-Srebrenica

El año pasado, entre el 3 y el 11 de julio, “El País” publicó una verdadera catarata de artículos de opinión referidos al décimo aniversario de la denominada masacre de Srebrenica. Hubo de todo: una especie de desgarro-reportaje de Juan Goytisolo con Hermann Tertsch como telonero, dos columnas más del germánico reportero referidas al mismo tema, una de Lluís Bassets (¿o fueron un par?) y dos editoriales, dos; además, varios reportajes de Ramón Lobo desde el lugar de la tragedia y más allá, sin ahorrar columnas, a lo grande. Pero toda esa pirotecnia se limitaba a esconder que, tras una década, aún no sabemos el por qué de lo ocurrido aquellos trágicos días de verano en la Bosnia oriental. El año pasado, todos los exaltados corifeos de opinión, en ese periódico pero también en los demás se limitaron a repetir por activa y por pasiva lo de siempre, lo que se ha leído una y otra vez como un mantra interminable a lo largo de diez años: que la de Srebrenica fue la peor masacre desde la Segunda Guerra Mundial (en Europa, claro), que los “cascos azules” holandeses fracasaron lamentablemente a la hora de proteger a los habitantes del enclave, que es una vergüenza que Radovan Karadžić y el general Ratko Mladić sigan el libertad...

Y ahora, si tienen tiempo o les apetece, revisen todo ese aluvión de papel y tinta. Comprobarán ustedes y por sí mismos, que en casi ninguno de ellos (y son páginas y páginas rubricadas por “enterados y expertos”) se encuentra ni la más mínima referencia a una de las preguntas principales: ¿Por qué tuvo lugar la matanza de Srebrenica?

Se insiste en la pregunta porque es esencial, y por alguna razón (o por varias) muy pocos en Occidente tienen interés en responderla. Verán: el próximo 25 de julio se conmemorará el aniversario de la caída de Žepa, el segundo enclave de Bosnia oriental en manos de las tropas serbo bosnias del general Ratko Mladić. Pues bueno: allí no hubo matanzas, no se produjeron ejecuciones. Desapareció el comandante Avdo Palić, jefe militar del enclave, y según todos los indicios, fue asesinado por los asaltantes serbios tras ser detenido y aislado durante meses. Pero no hubo masacre, la población fue enviada a territorio bosnio musulmán, sin más. ¿Por qué?¿Por qué en Srebrenica sí y en Žepa no?

Por supuesto, el 25 de julio de 2005, ni “El País” ni ningún otro periódico español (incluso occidental) dijeron media palabra sobre el asunto. Y ahora, hace pocos días, ese periódico publicó en un rinconcito que Naser Orić, el comandante de la unidad que defendió Srebrenica había sido condenado a una muy leve pena por el Tribunal Penal internacional de La Haya. Como ya había pasado dos años en prisión, salió en libertad. Tras el irregular fallecimiento de Milošević en prisión y el suicidio de Milan Babić en su celda, pocos días antes –otro asunto del que los periódicos españoles huyen como de la peste- el relajado juicio de Orić es otro clavo en la credibilidad de los procesos seguidos por el TPI en relación a las guerras de la ex Yugoslavia. Quizás usted, lector, crea que, al fin y al cabo, todo está claro y más que transparente. Si es así, ¿podría explicarse a sí mismo (cuanto menos) por qué Radovan Karadžić y Ratko Mladić aún no han sido detenidos y no han sido juzgados en La Haya? Si aún así se encoge de hombros no se queje si mañana o pasado, quizá por cuarta vez, lee que el general Mladić ha estado a punto de entregarse, una vez más, pero al final, siempre había algo que lo impedía. Algo que nunca sabemos qué es.

Estos días se cumplen 11 años de la caída de Srebrenica y el trágico final de muchos de sus habitantes. No es la efemérides habitual y tampoco resulta políticamente correcta; pero quizá puede ser un poco más esclarecedora. Como contribución inicial, dos artículos acompañan a este post. Uno fue publicado por “El Mundo”. El otro, tras una mes y medio de espera en la sección de opinión de “El País”, fue rechazado “porque había cola”.

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