Los turcos en el cine (3): "Contra la pared"

Cartel original del film, en alemán, organizado en torno a la inquietante mirada de Sibel
De madrugada, se encienden las luces del local, es el momento más deprimente en cualquier discoteca o sala de conciertos. Aparece Cahit y se pone a recoger los cascos de las botellas y los restos de la juerga. Ese es su trabajo. Viene a la cabeza aquel brutal reportaje de Günter Wallraff, titulado Cabeza de turco (Abajo del todo) y que tanto éxito tuvo en los años ochenta. El periodista de entonces, caracterizado de turco, se parece bastante al Cahit de nuestros días, con esa mirada de perro apaleado y acorralado. El hombre tiene una mala noche. Sale del trabajo de madrugada, ya borracho, y se pelea en otro bar. Al final, pone su auto en marcha y recorre la ciudad. Trepida en la radio “I Feel You” de Dépêche Mode, la mejor canción posible cuando uno pretende suicidarse con premeditación y va directo al grano. La cámara enfoca un primer plano de Cahit y de fondo, tras los vidrios velados, luces que bailan. Se percibe perfectamente el olor a sudor y alcohol. El chirrido de los neumáticos sobre el pavimento es continuo, suena como una guadaña afilándose contra la pared y soltando chispas. Cahit sólo pretende suicidarse para estar vivo, porque desde que lo hemos visto aparecer en pantalla, es un cadáver. Gira a la izquierda, enfila hacia la pared, toma distancia con los ojos entrecerrados, acelera a conciencia.
Es un intento de suicidio muy bien filmado, brutal pero nada aparatoso; a Fatih Akın no se le ocurre jugar a los efectos especiales. Es una escena de cine europeo, alemán. Pero Cahit no muere, sólo sufre un latigazo cervical, y quizá se rompe una pierna. Lo internan en un siquiátrico, una institución también muy alemana. Sigue siendo un ambiente gélido y Cahit vuelve a ser un muerto en vida, atrapado esta vez en un collarín. Lo recibe en la consulta un médico alemán, un personaje que, con todo, posee un punto mágico. La escena y los consejos del doctor tienen algo de iniciático; en realidad, éste le sugiere enigmáticamente a su paciente lo que va a hacer pocas horas más tarde. A la salida, una joven turca, Sibel, aborda a Cahit y le propone en matrimonio.
Cahit y Sibel: ¿Una pareja imposible? Una de las claves del film es la muy convincente química que se establece entre ambos protagonistas: contra todo y todos, a pesar de todo
La historia está en marcha, funciona a chorro hasta el final, y el espectador ya no se la podrá sacar de la cabeza durante varios días. Quizá considere que es el mejor film que ha visto en mucho tiempo. Como la mayoría de las grandes obras, no se basa en un argumento complicado. Es una historia de amor de final casi predecible. No hay grandes decorados, ni gastos en fotografía de diseño. Pero el duelo interpretativo entre Cahit (Birol Ünel) y Sibel (Sibel Kekilli), entre la mirada de uno y la sonrisa de la otra, es de una envergadura tal, que el espectador, como si estuviera ante una historia real de la vida cotidiana, siente en cada minuto que puede pasar cualquier cosa.
No voy a desvelar los entresijos y mucho menos el final de la trama, porque además aquí se trata de entresacar la forma en que los turcos se ven a sí mismos, o son percibidos por los extranjeros a partir de una serie de films. En ese aspecto, Contra la pared expresa una curiosa paradoja: comienza como una película alemana pero termina siendo turca. La locura, el amor y la muerte, según relata el mismo director en los extras del DVD, presiden el argumento del film: asuntos, así combinados, muy germánicos. También los protagonistas lo son: Cahit se maneja en un buen alemán y un mal turco. “Se me rompió” –le responde a su futuro cuñado cuando éste le reprocha el mal uso que hace que de la lengua turca. Sibel, con su rostro de Anatolia central, también quiere ser muy alemana, alternativa, libre: una chica moderna, europea. Entre ella y Cahit hablarán en alemán en sus momentos más íntimos, hasta el final del film.
Siguiendo la fórmula narrativa de las tragedias clásicas, las partes del film están separadas por canciones tradicionales turcas interpretadas contra el fondo de la Süleymaniye
Pero todos terminan viajando de retorno a Estambul: Sibel, la primera; Cahit detrás de ella; incluso el mismo director de la película, Fatih Akın se traslada a la ciudad en cuerpo y alma. Fíjense que se trata de Estambul, no de Turquía. La protagonista nació en Hamburgo, pero su familia procede de Zonguldak, ciudad minera de carbón, en la costa del Mar Negro; su compañero de relato es de Mersin, una capital de provincia del sur anatolio, justo en el otro extremo. Acaban yendo a Estambul, la ciudad donde se detiene el tiempo y es posible recomenzar toda una nueva vida. El mito parece funcionar también para los turcos, o al menos para esos mestizos culturales, medio alemanes, que no saben muy bien lo que son ni lo que desean acabar siendo.
Por el camino, Akın muestra toda una galería de personajes turcos, inmersos en su particular salsa social. El colega y amigo de Cahit, un tipo rechoncho y bigotudo lleno de sabiduría popular, un verdadero Sancho Panza, que se porta muy bien con todos. La familia de Sibel: el viejo padre (con un cierto parecido a nuestro Chanquete) que es el severo patriarca tradicional. Le ayuda en la tarea su hijo, hermano de la protagonista: el turco nunca integrado, rodeado de amigotes y obsesionado por el honor de la familia. La madre: una mujer que aguanta como puede la presión de tanta tradición mal entendida, pero que fuma y va teñida de rubio, no lleva pañoleta. La prima de Sibel o la imagen de la ambición, la mujer ejecutiva, triunfadora y moderna, que ya acaricia la posibilidad de dirigir su propio hotel en Estambul. Todo un pequeño catálogo con sus contradicciones y matices a cuestas, nada de maniqueísmo. Cuando la familia expulsa a Sibel no vemos la tragedia mortal que nos explican los diarios occidentales, sino una serie de actos torpes y patéticos. En ese sentido, el film posee un importante componente desmitificador de ciertos estereotipos sobre turcos y alemanes.

El director turco-germano Fatih Akın
Sin embargo y al final, como ocurre, con los personajes principales, todos son inequívocamente turcos. El director procura mantener la ambivalencia hasta el final, con Cahit y Sibel sosteniendo su diálogo de amor en alemán, en el centro de Estambul. O en esa divertida escena en la cual un taxista, cien por cien turco pero antiguo gästarbeiter, afirma que “es de Munich”, respondiendo a Cahit, que dice ser “de Hamburgo”: y acto seguido ambos cambian del turco al alemán. ¿Mestizaje real o raíces turcas predominantes? La respuesta de Fatih Akın parece honrada: al final siempre termina imponiéndose la fascinación por lo propio, cuando la integración no es tan real como parecía. A ambos protagonistas les fallan sus respectivos amantes alemanes y terminan convirtiéndose en un matrimonio turco. Eso tampoco funciona; pero lo que no rueda en este caso es que ambos lo habían organizado como lo que ellos creían que podía ser un improbable matrimonio alemán.
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Los turcos en el cine (2): “Hamam”

Cartelera de la versión alemana del film. "
Hamam" fue una exitosa coproducción turco-italo-española.
El film “Hamam” ha terminado por convertirse en uno de los títulos clásicos de cualquier “filmoteca gay”, como recomiendan los catálogos especializados que se pueden encontrar en la red. De hecho, la cosa va más allá porque el mismo icono tipo “seducción-en-hamam” parece haber gozado de algún predicamento estético en el espacio de la fantasía homosexual masculina, sin duda derivado del escenario ligue-en-la-sauna. Ciertamente hubo razones para que el film diera mucho de sí en ese sentido: uno de los componentes narrativos de la obra abordaba la relación amorosa entre Francesco, el protagonista (Alessandro Gassman) y el joven Mehmet, encarnado por el actor turco Mehmet Günsur, ciertamente apuesto. El film contenía una escena de amor bastante explícita entre los dos hombres, lo que hace diez años aún podía dar lugar a cierto escándalo –como así fue en la misma Turquía. Por otra parte, Ferzan Özpetek dirigió posteriormente “El hada ignorante” (2001) cuyo argumento recordaba bastante al de “Hamam”: una mujer cuyo marido ha fallecido en accidente de tráfico descubría que su marido mantenía una relación homosexual. Ella busca al amante y en ese proceso descubría y se involucraba en todo el mundo social que le rodeaba. La integración de personajes desnortados y solitarios en nuevas familias, recuperando segundas madres o padres, es un tema recurrente en Özpetek.

Francesco (Alessandro Gassman) llega a Estambul. Primer contacto con el paraíso perdido
Sin embargo, como reconocía el mismo Alessandro Gassman (hijo del mítico Vittorio Gassman) en una entrevista, el componente homosexual no era central en la película. El resultado narrativo hubiera sido similar si el protagonista se hubiera enamorado de la hija del matrimonio que lo acoge, en vez del hijo. La cuestión es que Francesco se descubre a sí mismo y deviene mejor de lo que fue anteriormente. En efecto, el film no es bandera de la opción gay. El protagonista busca un nuevo entorno afectivo y lo descubre en la familia de Omar, que había regentado el baño turco adquirida por su tía Anita, la “Madame” del film, que lo preside en todo momento sin aparecer nunca en efigie o en flash back memorístico, como una “Rebeca” (Hitchcock, 1940) positiva. Y éste sí es un asunto que parece recurrente en Özpetek, y que también es el núcleo argumental de “El hada ignorante”. De hecho, al comienzo de “Hamam”, encontramos que el film está dedicado “A la segunda madre”. Y ese es uno de los enigmas del film, porque a través de sus cartas leídas en off y de algunos detalles (las preguntas de Francesco al ex diplomático Óscar, las fotografías que guardaba Anita de su supuesto sobrino y su cuñado, el motivo nunca explicado, de la drástica ruptura entre ésta y su hermana).
Pero ese es sólo una de las claves de “Hamam”. La otra es más usual en los films que tienen a Estambul como protagonista. Francesco llega a la ciudad y descubre que el tiempo se ha detenido y que gracias a ello, puede empezar de nuevo. Es la oportunidad única, tanto más milagrosa cuanto que aquello que parece casual –su viaje a la ciudad- parece formar parte del destino que le está reservado. Porque Anita recorrió ese camino antes que él, y fue feliz; y porque Anita es de su sangre, es muy afín a él, quizás incluso es su madre verdadera. Una aventurera italiana, como se define a sí misma. Una mujer anhelante de vida, alta, bella, inteligente y animosa, que ama a los hombres –con ese vitalismo cálido y positivo del “Hombre que amaba a las mujeres”, de Truffaut (1977). Y que en el film se afirma que fue pareja de un personaje afín a su carácter: Nazim Hikmet.
Francesco y Mehmet. El hamam como ámbito de sensual deshinibición, pero también espacio atemporal
Estambul como némesis, como lugar donde el tiempo se detiene. Y percibimos que Francesco entra en el embrujo mientras un plato de cobre gira perezosamente, eternamente, en la pila de agua del primer hamam en el que descansa. O en esa escena en la que se queda dormido en la mesa –ha llegado a su destino, al fin- tras cenar con su nueva familia de adopción. Pero hay otros momentos cumbre más explícitos de esa intensa emoción tranquila: Francesco y su ex mujer, Marta, leyendo cada uno por separado las viejas cartas en uno de los “vapur” que cruzan el Bósforo (si, ambos coinciden en ese pequeño rito); o ese hondo colofón, con Estambul ejerciendo su enorme potencia de absorción final, y Marta fumando como Anita, porque en realidad ya es Anita.
Resulta muy significativo que en varias de las películas que tienen a Estambul como protagonista, sea una constante argumental el retorno a la ciudad; para quedar fatalmente atrapado. Ahí está la mismísima “Contra la pared” (2004), de Fatih Akın, que de hecho le afectó a él mismo, como turco alemán que es, y le llevó a dirigir “Cruzando el puente” (2005). Ahí está también: “El señor Ibrahim y las flores del Corán” (2003) de François Dupeyron, aunque en este caso Estambul no es el destino final, sino la puerta de entrada al viaje postrero, donde el pequeño Momo recogerá la muy personal herencia que le deja la persona más querida, como hace Francesco en “Hamam”. También el griego Fanis regresa a Estambul, para reencontrarse con la tienda de especies de su abuelo en “Un toque de canela” (2003, Tassos Boulmetis); y es, como en las demás historias, un impulso irresistible. Desideria, la protagonista de “La pasión turca” (Vicente Aranda, 1994), es víctima del viaje a Estambul, y la historia termina muy mal para ella; destino trágico que comparte con Francesco en “Hamam” y no deja de ser curioso que provenga de la imaginación de autores italianos y españoles.
Bruno Ganz contempla el estuario del Tajo tras la cortina de su pensión en Lisboa. El tiempo está suspendido.
Resultaría sencillo liquidar todo esto con el habitual topicazo: el embrujo de Estambul surge de su calidad de puerta entre Oriente y Occidente. En 1983, el director Alain Tanner demostró que Lisboa posee poderes similares. Cuando Paul, el marino suizo, entra en un bar de la capital lusitana, queda prendado por el reloj de pared que marcha al revés. Y ahí está: el tiempo detenido, no hay vuelta atrás; y Paul, como Francesco, le escribe a su esposa explicándole que no sabe cuándo regresará, ni qué va hacer con su vida. Bruno Ganz, En la ciudad blanca, en el vacío de tiempo condensado de vida. Sólo la ciudad frente al estuario, iguales Lisboa y Estambul, bellezas arrasadas, viejas capitales de imperios con tranvías y vaporetos atravesándola como espectros. Al igual que las góndolas. Como Venecia, sólo el mar y Tažio, el adagietto de Mahler y el voluntario viaje sin retorno de Gustav von Aschenbach, enamorado, de la ciudad crepuscular, el elefante que va a morir a un territorio mítico. Y entonces, quizás, ahí está la clave, de Venecia, de Lisboa o Estambul: “Aquel que ha contemplado la belleza está destinado a seducirla o morir”

Venecia es otra de las ciudades atemporales en las que belleza y decadencia pueden coincidir en el eterno viaje final
“Hamam” se completa con una hermosa y melancólica banda sonora, obra del compositor Aldo De Scalzi, inspirada en piezas de la música clásica turca de comienzos del siglo XX y en los ritmos rituales de los derviches giróvagos de Konya, acompañamiento simbólico –pero quizás un tanto ruidoso para el film- del rito iniciático que es el viaje de Francesco a Estambul. A notar: los viejos caserones de madera, restos de la arquitectura otomana y que no parecen propios del barrio de Fatih, como sugiere el film, sino más bien de Üsküdür. En cuanto al nombre del hamam de Anita y Francesco, “El Sultán de los Espejos”…
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Los turcos en el cine (1): Trece espejos

A lo largo del presente curso de una asignatura sobre historia y cultura de Turquía que imparto para el Instituto de Estudios Internacionales de la UAB, decidimos, de acuerdo con los alumnos de la clase, desarrollar un pequeño ciclo de cine de y sobre los turcos. Para ello contamos con la impagable colaboración de Cultura en Viu – Cinema, que nos cedió la sala de proyección un día a la semana, todo ello sin casi margen de tiempo para programar el ciclo.
Así que esta primavera nos hemos embarcado en una experiencia que, aunque no lo parezca, resulta bastante ambiciosa, básicamente por la dificultad de localizar los films adecuados, que deben estar subtitulados en castellano o catalán y que no pueden proceder la descarga por internet. De momento está funcionando bien, tanto desde el punto de vista técnico como el humano, puesto que el intercambio de pareceres y la preparación de una mínima documentación sobre los films siempre ayudan a exprimir más y más el contenido de la obra.
A fin de aprovechar esos retazos de información, puntos de vista e ideas de todo tipo, voy a intentar incluir en este blog una serie de reseñas sobre los films proyectados, e incluso alguno que puede no llegar ser exhibido en nuestro humilde ciclo. Si hay suerte, los films seleccionados para este curso y/o el siguiente podrían ser:
“Contra la pared” (2004) de Fatih Akın
“El señor Ibrahim y las flores del Corán” (2003) de François Dupeyron
“Hamam” (1997) de Ferzan Ozpetek
“Yol” (1982) de Yılmaz Güney
“Uzak” (2002) de Nuri Bilge Ceylan
“Cruzando el puente” (2005) de Fatih Akın
“Gallípoli” (1981) de Peter Weir
“Gelibolu” (2005) de Tolga Örnek
“Un toque de canela” (2003) de Tassos Boulmetis
“Miguel el Valiente” (1970) de Sergiu Nicolaescu
“El expreso de medianoche” (1978) de Alan Parker
“El valle de los lobos” (2006) de Serdar Akar – Sadullah Sentürk
“Topkapi” (1964) de Jules Dassin

Como se puede apreciar, los films se agrupan en dos grandes bloques: los turcos que muestran a los turcos retratados por sí mismos y aquellos en los que son vistos por los occidentales o incluso por sus vecinos (el film rumano sobre el voivoda Mihai es un interesante ejemplo y mejor aún, el film del griego Tassos Boulmetis). En este ciclo, ésta es una sección complementaria, que vendría inaugurada por un hipotético –y seguramente imposible) doble pase de dos films contrapuestos sobre el mismo hecho histórico: la campaña de Gallípoli durante la Gran Guerra, a través de los magníficos trabajos de Peter Weir y Tolga Örnek. Eso también ocurre un poco en los dos films de Fatih Akın, cada uno sobre sí mismo y uno junto al otro.

“El expreso de medianoche” es una verdadera bestia negra cinematográfica para la gran mayoría de los turcos, por dar una visión negativa sobre el país que ha perdurado durante muchos años. “El valle de los lobos” salda cuentas pendientes, aunque no se haya podido beneficiar de los canales de distribución propios de las superproducciones americanas. “Topkapi”, por último, es el comienzo de toda la historia: una Turquía turística, muy años sesenta, escenario ideal para un audaz “rififí”, también muy de la época. Un país no problemático, un aliado fiel que no pasa factura: el perfecto escenario para dar un golpe. Etiquetas: cine, cine turco, Fatih Akın, Ferzan Ozpetek, Nuri Bilge Ceylan, Serdar Akar, Tassos Boulmetis, Tolga Örnek, Turquía, UAB, Yılmaz Güney
Crímenes de género, con honor o sin él

Un esfuerzo serio:
Violence in the Name of Honour. Theoretical and Political Challenges, ed. by Shahrzad Mojab and Nahla Abdo, Istanbul Bilgi University Press, 2004
A la que se ha calmado la tormenta en el Líbano y la aridez informativa ha ganado las páginas de los periódicos españoles, como si estuviéramos en medio y medio de agosto, las alusiones negativas destinadas a Turquía han aflorado de nuevo con mayor o menor fortuna. Que en muchas ocasiones son meros reflejos producto del aburrimiento y la sequedad de ideas propia de cualquier redacción, lo prueban las alusiones a los crímenes de honor. Se trata de un argumento supuestamente de grueso calibre que para el avispado plumilla pone en evidencia la antítesis esencial entre modernidad (es decir, europeidad) e islam (o sea: Turquía).
“El País”, sábado 26 de agosto de 2006. Desde Roma, Enric González cubre la noticia de una joven paquistaní degollada por su padre en las afueras de Brescia. El asesinato posee los ingredientes de un clásico crimen de honor. La víctima vivía con un italiano y se negaba a casarse en Pakistán con uno de sus primos, “como había decidido la familia”. Hasta aquí, la consabida crónica negra de verano, con los correspondientes detalles truculentos. Pero el reportero dedica un recuadro a los “Crímenes `de honor´ en Europa” y aquí es donde se mezclan churras con merinos como quien no quiere la cosa.

En los años 90, algunos caricaturistas turcos, como Çağçağ, pusieron en circulación la figura del maganda o "macho macarra" tripón, velludo, bigotudo, calzonazos y sobre todo, muy zafio. En la viñeta adjunta interroga brutalmente a su mujer: "¡Habla!¿Dónde están tus zonas erógenas?¿Dónde está el "clitorig"?¿Existe un punto-G? Dime dónde está o te rompo el brazo. Lo leí en la prensa" Fuente: Ayşe Öncü, "Global Consumerism, Sexuality as Public Spectacle, and the Cultural Remapping of Istanbul in the 1990s", en: Deniz Kandiyoti and Ayşe Saktanber, Fragments of Culture. The Everiday of Modern Turkey, Rutgers University Press, New Brunswick, New Jersey, 2002
El lector espera que Enric González deslice ahí un breve catálogo de los asesinatos de género cometidos por los europeos, blancos y cristianos. Quía: el autor pasa de puntillas sobre el asunto y se va directamente a los homicidios de honor realizados por emigrantes musulmanes en Europa. Esto es lo poco que le dedica a los muy castizos crímenes cien por cien italianos: “El honor familiar lavado con sangre no es ajeno a algunas comunidades italianas del sur: en este mismo año se han registrado al menos dos muertes de mujeres jóvenes en situaciones no muy distintas a las de Hina [la víctima paquistaní] en Calabria y Sicilia”. ¿Sólo dos? En todo caso y a partir de ahí, el autor da un rápido saltito: “pero la pesadilla que sufren muchas mujeres en los países islámicos en los que existe la práctica de los crímenes de honor se ha trasladado a los países europeos en los últimos años. (…) Es difícil calcular cuántos crímenes de honor se cometen cada año, las cifras varían según las fuentes. Sólo en Turquía se registran unos 200 casos al año. En Alemania han muerto unas 50 mujeres en los últimos diez años, la mayoría turcas”.

El arquetípico maganda Mevlüt en una actitud habitual con su esposa.
Para ser justos con Enric González y su crónica, la definición habitual que se hace de los denomiandos crímenes de honor, incluso en foros más o menos especializados, se asocia a un determinado abanico de culturas, casi siempre adscritas a la práctica de la religión musulmana: palestinos, kurdos, paquistaníes, árabes en general y turcos. Pero no siempre: a veces se incluyen pueblos en los límites entre la cristiandad y el islam. En todo caso, el resultado es el mismo: demostrar una repugnancia muy característica hacia esas culturas cuyos inmigrantes llegan incluso al crimen para no integrarse en las sociedades occidentales. El resultado es un mensaje subliminal muy peligroso: “esa gente” viene a Occidente tan sólo por interés material (o incluso por necesidad momentánea) pero su objetivo no es la integración y la convivencia. Luego, en realidad, son un peligro. El gran símbolo elevado a la categoría de estado es Turquía: quieren entrar en Europa pero no se convertirán en europeos, sólo lo hacen por interés, imponmdrán en las insituticiones comunitarias el peso de su demografía, etc.

La actitud sicológica esencial del maganda: Mevlüt naciendo de una concha, como la Venus de Boticelli, en pleno despliegue de sus atributos más característicos
Como muestra un pequeño botón: Enric González asocia los crímenes de honor casi exclusivamente con la cultura musulmana; y turca, de propina. De lo particular (el asesinato de una chica paquistání) se pasa a lo general: cultura musulmana turca como principal generadora de crímenes de honor. Aunque lleva ya un tiempo en Italia, el autor posiblemente ya no recuerda un reportaje publicado hace algunos años en su mismo periódico, y según el cual en Sicilia era una práctica no tan extraña que los padres violaran a las hijas como castigo, y en ocasiones con el consentimiento de la madre. Este escándalo lo denunció una joven siciliana, Lara Cardella, en una novela-reportaje que levantó ampollas en Italia: Volevo i pantaloni (1989).
Italia es sólo un caso más en la geografía de los abusos y violencias cometidos contra las mujeres por europeos, de piel clarita y religión cristiana. Recuerdo una anécdota estremecedora. Allá por enero del 2000, en un congreso celebrado en Paris coincidimos el entonces periodista albanés de Kosovo (hoy político y empresario de la comunicación) Veton Surroi y un académico griego experto en analista del área balcánica y Mar Negro, que es Dimitri Triandaphilou. A los tres nos unía el conocimiento de la lengua castellana, por lo que pronto hicimos corrillo aparte. El último día del evento, los organizadores nos obsequiaron con una cena y el albanés, el griego y el español ocuparon una mesa aparte en la que sólo se hablaba español. En un momento dado pasó cerca de nosotros un diputado albanés del Partido Democrático, un tipo enjuto y tristón pero cordial, que me había llamado la atención en días anteriores y con el que había conversado en algunas ocasiones. Como quiera que Triandaphilou le preguntó a Surroi por el estado de ánimo del albanés, me interesé por el caso. ¿Estaba enfermo nuestro colega de Tirana? Entonces, bajando la voz, el griego me explicó de qué se trataba. ¿Acaso no lo sabía? En algunas zonas del mundo social albanés no era extraño que las amenazas contra un adversario llegaran de la mano de una violación contra alguna mujer de la su familia. Eso le había sucedido al pobre diputado. ¿Motivos políticos?Algún asunto mafioso o de familia? ¡Ah! Quien sabe…

La historia central del film "Yol" ("El camino") dirigido por Şerif Görem y Yılmaz Güney (1982) versaba precisamente sobre un crimen de honor en el Kurdistán turco. Para esta problemática pinchar aquí.
Posiblemente, el lector con prejuicios pensará que, al fin y al cabo estamos hablando de pueblos más o menos “moros”, en el límite confuso de Oriente y Occidente, Mediterráneo musulmán y cristiano: turcos, albaneses y, en fin, haciendo de tripas corazón, sicilianos. Pero en ese caso, puede que se olvide de los españoles, por cierto, también en ese incómodo límite. ¿Cuántos casos llevamos acumulados de lo que aquí llamamos eufemísticamente “violencia de género”? Según el mismo periódico en el que escribe Enric González, en lo que va de año llevamos 52 mujeres muertas por sus parejas o ex parejas. Y de todas las nacionalidades: 27 españolas, cinco ciudadanas de la UE, ocho latinoamericanas, dos procedían del Este de Europa, dos africanas y seis, de nacionalidades desconocidas. El último suceso, por cierto, ha sido sido ese espanto crimen protagonizado por un albañil de Osuna, que tras matar a su esposa de un escopetazo, sino también a su hija, embarazada. Después, en el más rancio estilo carpetovetónico, llamó a sus hijos y les dijo: “¡Ahí tenéis vuestra herencia!”
Claro, repondrá el lector: pero no son crímenes de honor. ¿Seguro? Aparte de que a las víctimas esa distinción eurocentrista puede interesarles bien poco, lo cierto es que, de una forma u otra, sí se trata de “crímnes de honor”. Honor grotesco y deformado, claro que sí. Honor papichulo de machito celtibérico, que según los sicólogos, es “incapaz de aceptar que le dejen”. Según Sara Berbel, sicóloga y presidenta del Institut Català de la Dona, “su histórico ejercicio de poder sobre la mujer impide al hombre asumir el abandono”. Por lo tanto, hay un trasfondo de honor herido; y el resultado, de forma compulsiva, desordenada y menos explícitamente apoyada por los allegados es el mismo y bajo formas rituales igualmente crueles.
Una reacción mediterránea, argumentará el lector con prejuicios, cosa de latinos despechados. ¿Seguro? En un interesante artículo publicado en “La Vanguardia” el pasado 10 de agosto y firmado por Beatriz Navarro desde Bruselas, se recuerda que “las cifras sobre violencia doméstica arrojan resultados aún más dramáticos en el norte de Europa que en el sur”. Es más: Suecia es uno de los países en los que se contabiliza un mayor número de abusos de ese tipo. Anda en juego la cuestión de las definiciones y la valoración estadística, como explica Monika Olsson, experta del Departamento de Justicia e Interior de la Comisión Europa. Pero a pesar de los pesares, de que las definiciones de violencia doméstica y de género son muy diferentes según los países, se trata de “una lacra que castiga por igual al norte y sur de Europa, desde los nórdicos, en teoría más igualitarios, a los mediterráneos, más tradicionales”. Tanto es así que la Comisión Europea ha puesto en marcha un plan de acción que reune a un plantel de expertos para que, en el plazo de cinco años, se acuerden definiciones y actuaciones comunes entre los países socios. Este objetivo, que puede parecer un tanto academicista, es muy importante, porque busca lograr fórmulas para solucionar globalmente el problema de la violencia doméstica que, debe subrayarse con doble trazo, no es “turca”, ni “paquistání” o “mora”, ni tan siquiera “musulmana”.Por lo tanto, queda muy clara la amplitud y gravedad del fenómeno. Casi la mitad de las suecas mayores de 15 años admite haber sufrido malos tratos. Cada año, 27 mujeres mueren por violencia doméstica en Finlandia, país que sólo cuenta con cinco millones de habitantes. En el Reino Unido fallecen por la misma causa 90 mujeres anualmente; en Francia, 48. En España, ya lo hemos visto: 52 sólo en lo que va de año 2006. En resumen: la violencia de género y doméstica es, según un informe del Consejo de Europa, la principal causa de invalidez y muerte de las mujeres europeas de entre 16 y 44 años, por delante del cáncer y los accidentes de tráfico.Ante estas cifras, la simplicidad argumental de los numerosos periodistas europeos que abordan la cuestión de los “crímenes de honor” en las comunidades musulmanas, adquiere tonos tercermundistas en sí misma. “Ellos” son unas bestias; “nosotros” no haríamos esas cosas, como europeos, blancos y cristianos que somos. Pero no sólo eso: es de temer que denunciar una supuesta lacra específicamente islámica del mal trato a las mujeres, sea una forma más de tranquilizar las conciencias propias y concluir diciendo, al final, como glosa el célebre título del libro del Dr. Miguel Lorente Acosta: Mi marido me pega lo normal. Aquí pegamos o matamos a las mujeres a partir de instintos patológicos más aislados socialmente que los musulmanes. Es como más “normal”, ¿no?Para rematar el post, y para quien esté interesado de verdad en estas cuestiones, cabe recordar que en Turquía se está haciendo un esfuerzo consciente y sostenido para erradicar los crímenes de honor, que, dicho sea de paso, son más frecuentes en el ambiente culturamente más cerrado de la emigración –como pasa en todos las comunidades nacionales de emigrantes por todo el mundo. Valga como muestra el libro editado por Shahrzad Mojab y Nahla Abdo, Violence In The Name Of Honour. Theoretical And Political Challenges, publicado por las ediciones de la Universidad de Bilgi, en Estambul, el año 2004.El libro agrupa dieciocho contribuciones a cargo de sociólogas, criminalistas, trabajadoras sociales, antropólogas y activistas de los derechos humanos. Provienen de Canadá, Suecia –incluyendo la entonces ministro de Justicia de ese país, Lise Bergh- y Turquía. El libro está organizado en cuatro secciones: la primera, dedicada a la exploración teórica del concepto “crimen de honor”. La segunda se centra en la lucha de la comunidad contra esa lacra; la tercera pasa revista a la
respuesta del estado; y la última aporta una lista de fuentes y recursos recomendados para el estudio en profundidad del fenómeno. En conjunto, un trabajo serio y sobre todo, útil. Está elaborado en un país en el, que se buscan soluciones científicas al problema –no meramente políticas- y que, aunque cueste creerlo, históricamente se adelantó a España en aspectos varios de la liberación social de la mujer. Por ejemplo, y sin ir más lejos, tuvo una primer ministro en los años noventa –Tansu Çiller, fotografía adjunta- cosa que por estos pagos y a estas alturas de siglo, parece difícil de concebir. ¿Por qué será? Etiquetas: Abdo, Albania, Cardella, cine turco, crímenes de honor, Enric González, feminismo, Finlandia, Görem, Güney, Kurdistán, Lorente Acosta, Mojab, Suecia, Surroi, Tansu Çiller, Turquía