domingo, enero 21, 2007

La pistola amarilla












Escenario para un escándalo: restos del accidente de Susurluk. Entre los servicios de inteligencia de algunos países de la Europa oriental existe una cierta tradición de liquidar adversarios mediante accidentes de tráfico en los que se utilizan camiones, aunque nunca se encontraron pruebas de que lo sucedido en Susurluk no fuera meramente casual


El 3 de noviembre de 1996, hace ahora poco más de diez años, un Mercedes negro chocó contra un camión cerca del remoto pueblo de Susurluk, en Anatolia occidental, resultando muertos casi todos sus ocupantes. Estos eran un mafioso y antiguo activista de los Lobos Grises, es decir, el brazo armado de la extrema derecha neofascista turca; un alto mando de las fuerzas de seguridad que había sido jefe de la policía en Estambul, así como un parlamentario del Partido la Recta Vía, que era un jefe tribal kurdo, el cual había creado su propia milicia, colaboracionista. En el automóvil apareció además abundante droga, armas sofisticadas y alguna documentación comprometedora. Se sospechaba que el ministro del Interior, del partido de la entonces primera ministro Tansu Çiller, había estado presente poco antes en una reunión con esa muestra de la connivencia entre la política, las fuerzas de seguridad, la mafia y la extrema derecha. La investigación que llevó a cabo una comisión parlamentaria no hizo sino confirmar las peores sospechas, lo que incluía la financiación de la guerra sucia con tráfico de armas y drogas, todo ello impulsado a raíz del golpe militar de 1980. Casi todos los partidos políticos que habían pasado por el poder estaban implicados de una forma u otra. El islamista Refah era una excepción, pero Erbakan, ansioso por mantener viva la coalición gubernamental que mantenía su partido con el de la Recta Vía se alineó con Tansu Çiller –ella misma implicada en la utilización de fondos ilegales- e hizo lo que pudo para defenderla.

Viejo colgante de los Lobos Grises. Colección particular del autor




A imagen y semejanza de las manifestaciones populares que por
aquellas mismas fechas estaban teniendo lugar en Belgrado contra el régimen de Slobodan Milošević, el 1º de febrero de 1997 se convocó espontáneamente en Turquía una “Jornada de luz contra la oscuridad (Sürekli Aydınlık İçin 1 Dakika Karanlık) en la que decenas de miles de ciudadanos protestaron encendiendo y apagando las luces o haciendo sonar bocinas y cacerolas. El impacto de la protesta sobre los entonces todopoderosos militares turcos fue de gran envergadura. Incluso pudiera ser que el denominado "golpe posmoderno" (o "golpe virtual") de ese mismo mes de febrero tuviera como objetivo cercenar ese tipo de manifestaciones tanto o más que el declarado intento de hacer caer el gobierno islamista surgido de la coalición Erbakan-Çiller, lo cual acaeció meses más tarde, el 6 de junio de ese mismo año. Posiblemente, los militares también temieron que islamismo y contestación cívica confluyeran a partir de las protestas contra Susurluk.

La "Jornada de la luz contra la oscuridad" fue un evento espectacular muy poco mencionado por la prensa occidental de la época y que hoy en día está casi completamente olvidado. Y sin embargo, tuvo un profundo significado que iba mucho más allá del hartazgo de la ciudadanía con los militares y la interminable guerra del Kurdistán con sus vergonzosos abusos. La protesta de aquel mes de febrero probaba que existía una sociedad civil turca con sobrada consciencia de su propia fuerza y con sólidas credenciales democráticos. El amarillismo con el que se tiñe buena parte de la prensa occidental cuando encuentra ocasión de denunciar la candidatura turca ante la Unión Europea, tiene gran interés en difuminar su existencia o en olvidar que Susurluk dio lugar a la espectacular jornada de protesta: véase, por ejemplo la crónica de Ricardo Ginés en "La Vanguardia", edición del 21 de enero, pag. 9


Ogün Samast, asesino confeso del periodista Hrant Dink, captado por una cámara de seguridad momentos después del atentado.



El reciente asesinato del periodista Hrant Dink ha reabierto la archimanida caja de los petardos con los estampidos habituales. Por supuesto, los encabeza Robert Fisk con uno de sus carácterísticas piezas "fiskeables" en las que condensa sus bombásticos "descubrimientos" particulares de historiador aficionado sobre los sucesos de 1915, que ya se analizaron en otro post dentro de este mismo blog. Pero la pieza del pasado 20 de enero incluye dos apreciaciones interesantes: de un lado adelanta un dato que se abrió paso durante las primeras horas: que el asesino de Dink fuera él mismo un armenio, basándose en que el periodista acusaba a sus congéneres armenios "de manifestar animadversión y hostilidad contra los turcos por el genocidio". Y a la vez, Fisk calificaba al autor del atentado de "asesino profesional" dando a entender... ¿qué exactamente? ¿Qué el adolescente Ogün Samast cobraba de algún gobierno, de alguna institución capaz de abonar sus servicios profesionales? Difícil de creer que alguna organización activista mínimamente eficaz contrate a un chaval de 17 años de edad que difícilmente va a aguantar un interrogatorio policial. Incapaz de resistir a la tentación del sensacionalismo periodístico Fisk exhuda satisfacción al titular su pieza: "La víctima 1.500.001 del genodicio". ¿No podría ser la 300.001? No: a pesar de que se supone que está a favor del diálogo turco-armenio para la dilucidación de la verdad histórica sobre el denominado genocidio de 1915, Fisk se pone sin rubor del lado del nacionalismo armenio duro: 1.500.000 y no se hable más.

Pero Fisk es un "periodista flagelo" y ya sabemos que en base a ello, trabaja principalmente por su propia causa. Sólo una breve alusión al asunto de fondo: "No se trata únicamente de un golpe horroroso asestado a un miembro de comunidad armenia superviviente del genocidio, sino de un desbaratamiento de las esperanzas turcas de entrar en la Unión Europea, aspiración si se quiere visionaria que de hecho ya se hallaba en peligro por la ruptura de relaciones con Chipre y su negativa a reconocer el genocidio". ¿Seguro? ¿Quién ha hablado en Bruselas del "desbaratamiento" de las esperanzas turcas desde el asesinato de Dink? ¿Por qué son "visionarias" tales esperanzas? ¿Porque lo digan Fisk, Sarkozy e Identidad, Tradición y Soberanía, es decir el nuevo grupo ultraderechista en el Parlamento Europeo? ¿A qué se refiere con "ruptura de relaciones con Chipre"? ¿Acaso fue eso lo que ocurrió el pasado mes de diciembre? Fisk no es precisamente un cronista preciso; tira de incontinencia. Como muchas de las crónicas en que interviene de cerca o de lejos Juan Carlos Sanz, de "El País": "La muertre a tiros en Estambul del periodista Hrant Dink torpedea el acercamiento de Ankara a la UE": ¡Bang, bang! Así rezaba, nada menos que el subtítulo de la crónica de ese periódico dedicada al atentado en su edición del pasado 20 de enero, página 2. Es cierto, el mismo primer ministro Erdoğan dijo aquello de que "han disparado contra la democracia y la libertad de expresión", a poco de conocerse la noticia. Pero ¿de dónde sale que el luctuoso suceso "torpedea el acercamiento de Ankara a la UE"?

Esquina donde fue asesinado Olof Palme en Estocolmo, en febrero de 1986. Fotografía procedente de su biografía en Wikipedia. El atentado continúa sin haberse resuelto, aunque o bien se admite que fue obra de Christer Pettersson en solitario, o que algún servicio de inteligencia occidental estuvo detrás. Lo cual probaría que no sólo en Turquía existe "Derin Devlet".




Quizá Ricardo Ginés tiene la respuesta y nos la ofrece desde "La Vanguardia": la culpa la tienen el gobierno y los medios de comunicación turcos. El primero, por no ofrecer protección a la víctima (al parecer sí lo hizo, y ésta la rechazó). Como dicen los italianos: "¿Piove?¡Governo ladro!":
Ya se sabe, el gobierno siempre tiene la culpa de todo, y en primera instancia además. Después le toca reparto de responsabilidad a los colegas de los medios de comunicación, así en general: "Los medios turcos [¿todos?] son en gran parte culpables, sobre todo por cómo han tratado el contencioso armenio. Ignorando el pasado, editores y presentadores de televisión parecían estar llevando a cabo campañas de odio contra personas como Dink, señalándolas como traidores. Esto condujo a amenazas de muerte masivas por parte de un público ignorante y emocional". Claro, sólo que esto no lo dice Ginés por sí mismo, sino un periodista, "amigo de la víctima". Y para redondear la investigación, añade en su crónica... ¡declaraciones a "La Vanguardia" del correponsal de "The Economist" en Turquía! Sorprende bastante que el periódico barcelonés acepte torpezas de ese calibre, las cuales dejan malparada la autoridad (o capacidad) informativa de un periódico, abandonada en manos de las opiniones de la competencia.

Pero da igual: para Fisk, Sanz y toda la tropilla, lo importante es que el gobierno, los medios de comunicación y una inmensa mayoría de los turcos son, de una forma u otra, culpables de la muerte de Dink. Todos apretaron el gatillo y por lo tanto, queda claro que Turquía no es europea, es un país poblado por asiáticos ignorantes. Y dejemos para otro día el hecho de que son musulmanes e islamistas fanáticos en potencia. Nunca existió la "Jornada de luz por la oscuridad" en 1997, nadie protestó en Turquía por la muerte de Dink (ni siquiera sabemos quiénes eran los contestatarios), las declaraciones de Erdoğan no son suficientes para el "El País", según reza en el editorial del 20 de enero ("Tragedia en Estambul"): "Erdoğan aún no cumple del todo con suficiente honestidad ante la historia y el futuro". Bien, ¿y que se espera exactamente del primer ministro turco?

La incontinencia periodística suele basarse sobre inestables juegos malabares con la lógica. Imaginemos que el estado turco hubiera "reconocido" como genocidio los sucesos de 1915. ¿Habría eso evitado la muerte de Dink a manos de un adolescente obnubilado? ¿O quizás hubiera provocado muchos más problemas de los que debería solucionar? Según este tipo de argumentación, por ejemplo (hay muchos otros) la muerte de Olof Palme en la supercivilizada, tolerante y democrática Suecia, sin aparentes deudas no reconocidas con el pasado, nunca debió haber sucedido.

La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio: José Amedo, jefe operativo de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL): no apartaron a España de la Comunidad Europea


Y ya que estamos en esta línea, echemos mano de la pedagogía comparativa. ¿Podemos imaginar que algún periódico occidental o turco le hubiera dado el mismo trato informativo a la reciente tragedia de la T4 en Barajas? ¿Qué tal si algún cronista extranjero hubiera achacado la culpa del atentado y las dos muertes al gobierno y una supuesta mala fe negociadora apoyándose en las declaraciones de algún colega "amigo" de los responsables del acto? ¿Y si un Robert Fisk insinuara que la causa de lo ocurrido el pasado diciembre estuviera en el bombardeo de Gernika? Pero sobre todo, y esto va dirigido a los periodistas de mala memoria o los jóvenes que no tienen en cuenta la historia cercana, hemos de recordar que los asesinatos de los GAL, vergonzoso terrorismo de estado convicto y confeso, no evitó que España ingresara en la Comunidad Europea, allá por 1986 (y recordemos que los Grupos Antiterroristas de Liberación actuaron entre 1983 y 1987, siendo responsables de 23 asesinatos). Por lo tanto, y teniendo en cuenta el precedente español en materia de crímenes de estado, el asesinato de Hrant Dink, por lamentable que resulte en sí mismo, deja aún mucho, pero lo que se dice mucho, margen de esperanza para las aspiraciones de Turquía en relación a la UE.

La sociedad civil turca en acción: más de 100.000 personas despiden el féretro de Hrant Dink en un monumental manifestación por el centro de Estambul, 23 de enero, 2007. Fotografía publicada por laverdad.es


Por lo tanto, seamos honestos y no hagamos exactamente lo mismo que denunciamos. Si, qué duda cabe: el ultranacionalismo turco organizó linchamientos mediáticos contra intelectuales liberales: eso no es nuevo en absoluto, llevan así más de cuarenta años. Pero eso no quiere decir que los culpables de lo sucedido a Dink sean el gobierno, los medios de comunicación de aquel país o la población en general. No linchemos a todo un país desde la impunidad occidental. Y sobre todo, hagamos un poco de examen de conciencia: Dink no tenía que haber muerto bajo ningún concepto; pero menos que nada, por una polémica absolutamente innecesaria atizada también desde Occidente, en parte por una derecha (y una ultraderecha) tan cavernícola como la turca, por las conveniencias de los políticos oportunistas de turno y por el afán de notoriedad de unos cuantos intelectuales y periodistas vanidosos.

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sábado, septiembre 02, 2006

Crímenes de género, con honor o sin él


Un esfuerzo serio: Violence in the Name of Honour. Theoretical and Political Challenges, ed. by Shahrzad Mojab and Nahla Abdo, Istanbul Bilgi University Press, 2004


A la que se ha calmado la tormenta en el Líbano y la aridez informativa ha ganado las páginas de los periódicos españoles, como si estuviéramos en medio y medio de agosto, las alusiones negativas destinadas a Turquía han aflorado de nuevo con mayor o menor fortuna. Que en muchas ocasiones son meros reflejos producto del aburrimiento y la sequedad de ideas propia de cualquier redacción, lo prueban las alusiones a los crímenes de honor. Se trata de un argumento supuestamente de grueso calibre que para el avispado plumilla pone en evidencia la antítesis esencial entre modernidad (es decir, europeidad) e islam (o sea: Turquía).

“El País”, sábado 26 de agosto de 2006. Desde Roma, Enric González cubre la noticia de una joven paquistaní degollada por su padre en las afueras de Brescia. El asesinato posee los ingredientes de un clásico crimen de honor. La víctima vivía con un italiano y se negaba a casarse en Pakistán con uno de sus primos, “como había decidido la familia”. Hasta aquí, la consabida crónica negra de verano, con los correspondientes detalles truculentos. Pero el reportero dedica un recuadro a los “Crímenes `de honor´ en Europa” y aquí es donde se mezclan churras con merinos como quien no quiere la cosa.













En los años 90, algunos caricaturistas turcos, como Çağçağ, pusieron en circulación la figura del maganda o "macho macarra" tripón, velludo, bigotudo, calzonazos y sobre todo, muy zafio. En la viñeta adjunta interroga brutalmente a su mujer: "¡Habla!¿Dónde están tus zonas erógenas?¿Dónde está el "clitorig"?¿Existe un punto-G? Dime dónde está o te rompo el brazo. Lo leí en la prensa" Fuente: Ayşe Öncü, "Global Consumerism, Sexuality as Public Spectacle, and the Cultural Remapping of Istanbul in the 1990s", en: Deniz Kandiyoti and Ayşe Saktanber, Fragments of Culture. The Everiday of Modern Turkey, Rutgers University Press, New Brunswick, New Jersey, 2002


El lector espera que Enric González deslice ahí un breve catálogo de los asesinatos de género cometidos por los europeos, blancos y cristianos. Quía: el autor pasa de puntillas sobre el asunto y se va directamente a los homicidios de honor realizados por emigrantes musulmanes en Europa. Esto es lo poco que le dedica a los muy castizos crímenes cien por cien italianos: “El honor familiar lavado con sangre no es ajeno a algunas comunidades italianas del sur: en este mismo año se han registrado al menos dos muertes de mujeres jóvenes en situaciones no muy distintas a las de Hina [la víctima paquistaní] en Calabria y Sicilia”. ¿Sólo dos? En todo caso y a partir de ahí, el autor da un rápido saltito: “pero la pesadilla que sufren muchas mujeres en los países islámicos en los que existe la práctica de los crímenes de honor se ha trasladado a los países europeos en los últimos años. (…) Es difícil calcular cuántos crímenes de honor se cometen cada año, las cifras varían según las fuentes. Sólo en Turquía se registran unos 200 casos al año. En Alemania han muerto unas 50 mujeres en los últimos diez años, la mayoría turcas”.




El arquetípico maganda Mevlüt en una actitud habitual con su esposa.








Para ser justos con Enric González y su crónica, la definición habitual que se hace de los denomiandos crímenes de honor, incluso en foros más o menos especializados,
se asocia a un determinado abanico de culturas, casi siempre adscritas a la práctica de la religión musulmana: palestinos, kurdos, paquistaníes, árabes en general y turcos. Pero no siempre: a veces se incluyen pueblos en los límites entre la cristiandad y el islam. En todo caso, el resultado es el mismo: demostrar una repugnancia muy característica hacia esas culturas cuyos inmigrantes llegan incluso al crimen para no integrarse en las sociedades occidentales. El resultado es un mensaje subliminal muy peligroso: “esa gente” viene a Occidente tan sólo por interés material (o incluso por necesidad momentánea) pero su objetivo no es la integración y la convivencia. Luego, en realidad, son un peligro. El gran símbolo elevado a la categoría de estado es Turquía: quieren entrar en Europa pero no se convertirán en europeos, sólo lo hacen por interés, imponmdrán en las insituticiones comunitarias el peso de su demografía, etc.

La actitud sicológica esencial del maganda: Mevlüt naciendo de una concha, como la Venus de Boticelli, en pleno despliegue de sus atributos más característicos


Como muestra un pequeño botón: Enric González asocia los crímenes de honor casi exclusivamente con la cultura musulmana; y turca, de propina. De lo particular (el asesinato de una chica paquistání) se pasa a lo general: cultura musulmana turca como principal generadora de crímenes de honor. Aunque lleva ya un tiempo en Italia, el autor posiblemente ya no recuerda un reportaje publicado hace algunos años en su mismo periódico, y según el cual en Sicilia era una práctica no tan extraña que los padres violaran a las hijas como castigo, y en ocasiones con el consentimiento de la madre. Este escándalo lo denunció una joven siciliana, Lara Cardella, en una novela-reportaje que levantó ampollas en Italia: Volevo i pantaloni (1989).

Italia es sólo un caso más en la geografía de los abusos y violencias cometidos contra las mujeres por europeos, de piel clarita y religión cristiana. Recuerdo una anécdota estremecedora. Allá por enero del 2000, en un congreso celebrado en Paris coincidimos el entonces periodista albanés de Kosovo (hoy político y empresario de la comunicación) Veton Surroi y un académico griego experto en analista del área balcánica y Mar Negro, que es Dimitri Triandaphilou. A los tres nos unía el conocimiento de la lengua castellana, por lo que pronto hicimos corrillo aparte. El último día del evento, los organizadores nos obsequiaron con una cena y el albanés, el griego y el español ocuparon una mesa aparte en la que sólo se hablaba español. En un momento dado pasó cerca de nosotros un diputado albanés del Partido Democrático, un tipo enjuto y tristón pero cordial, que me había llamado la atención en días anteriores y con el que había conversado en algunas ocasiones. Como quiera que Triandaphilou le preguntó a Surroi por el estado de ánimo del albanés, me interesé por el caso. ¿Estaba enfermo nuestro colega de Tirana? Entonces, bajando la voz, el griego me explicó de qué se trataba. ¿Acaso no lo sabía? En algunas zonas del mundo social albanés no era extraño que las amenazas contra un adversario llegaran de la mano de una violación contra alguna mujer de la su familia. Eso le había sucedido al pobre diputado. ¿Motivos políticos?Algún asunto mafioso o de familia? ¡Ah! Quien sabe…

La historia central del film "Yol" ("El camino") dirigido por Şerif Görem y Yılmaz Güney (1982) versaba precisamente sobre un crimen de honor en el Kurdistán turco. Para esta problemática pinchar aquí.


Posiblemente, el lector con prejuicios pensará que, al fin y al cabo estamos hablando de pueblos más o menos “moros”, en el límite confuso de Oriente y Occidente, Mediterráneo musulmán y cristiano: turcos, albaneses y, en fin, haciendo de tripas corazón, sicilianos. Pero en ese caso, puede que se olvide de los españoles, por cierto, también en ese incómodo límite. ¿Cuántos casos llevamos acumulados de lo que aquí llamamos eufemísticamente “violencia de género”? Según el mismo periódico en el que escribe Enric González, en lo que va de año llevamos 52 mujeres muertas por sus parejas o ex parejas. Y de todas las nacionalidades: 27 españolas, cinco ciudadanas de la UE, ocho latinoamericanas, dos procedían del Este de Europa, dos africanas y seis, de nacionalidades desconocidas. El último suceso, por cierto, ha sido sido ese espanto crimen protagonizado por un albañil de Osuna, que tras matar a su esposa de un escopetazo, sino también a su hija, embarazada. Después, en el más rancio estilo carpetovetónico, llamó a sus hijos y les dijo: “¡Ahí tenéis vuestra herencia!”

Claro, repondrá el lector: pero no son crímenes de honor. ¿Seguro? Aparte de que a las víctimas esa distinción eurocentrista puede interesarles bien poco, lo cierto es que, de una forma u otra, sí se trata de “crímnes de honor”. Honor grotesco y deformado, claro que sí. Honor papichulo de machito celtibérico, que según los sicólogos, es “incapaz de aceptar que le dejen”. Según Sara Berbel, sicóloga y presidenta del Institut Català de la Dona, “su histórico ejercicio de poder sobre la mujer impide al hombre asumir el abandono”. Por lo tanto, hay un trasfondo de honor herido; y el resultado, de forma compulsiva, desordenada y menos explícitamente apoyada por los allegados es el mismo y bajo formas rituales igualmente crueles.

Una reacción mediterránea, argumentará el lector con prejuicios, cosa de latinos despechados. ¿Seguro? En un interesante artículo publicado en “La Vanguardia” el pasado 10 de agosto y firmado por Beatriz Navarro desde Bruselas, se recuerda que “las cifras sobre violencia doméstica arrojan resultados aún más dramáticos en el norte de Europa que en el sur”. Es más: Suecia es uno de los países en los que se contabiliza un mayor número de abusos de ese tipo. Anda en juego la cuestión de las definiciones y la valoración estadística, como explica Monika Olsson, experta del Departamento de Justicia e Interior de la Comisión Europa. Pero a pesar de los pesares, de que las definiciones de violencia doméstica y de género son muy diferentes según los países, se trata de “una lacra que castiga por igual al norte y sur de Europa, desde los nórdicos, en teoría más igualitarios, a los mediterráneos, más tradicionales”. Tanto es así que la Comisión Europea ha puesto en marcha un plan de acción que reune a un plantel de expertos para que, en el plazo de cinco años, se acuerden definiciones y actuaciones comunes entre los países socios. Este objetivo, que puede parecer un tanto academicista, es muy importante, porque busca lograr fórmulas para solucionar globalmente el problema de la violencia doméstica que, debe subrayarse con doble trazo, no es “turca”, ni “paquistání” o “mora”, ni tan siquiera “musulmana”.

Por lo tanto, queda muy clara la amplitud y gravedad del fenómeno. Casi la mitad de las suecas mayores de 15 años admite haber sufrido malos tratos. Cada año, 27 mujeres mueren por violencia doméstica en Finlandia, país que sólo cuenta con cinco millones de habitantes. En el Reino Unido fallecen por la misma causa 90 mujeres anualmente; en Francia, 48. En España, ya lo hemos visto: 52 sólo en lo que va de año 2006. En resumen: la violencia de género y doméstica es, según un informe del Consejo de Europa, la principal causa de invalidez y muerte de las mujeres europeas de entre 16 y 44 años, por delante del cáncer y los accidentes de tráfico.

Ante estas cifras, la simplicidad argumental de los numerosos periodistas europeos que abordan la cuestión de los “crímenes de honor” en las comunidades musulmanas, adquiere tonos tercermundistas en sí misma. “Ellos” son unas bestias; “nosotros” no haríamos esas cosas, como europeos, blancos y cristianos que somos. Pero no sólo eso: es de temer que denunciar una supuesta lacra específicamente islámica del mal trato a las mujeres, sea una forma más de tranquilizar las conciencias propias y concluir diciendo, al final, como glosa el célebre título del libro del Dr. Miguel Lorente Acosta: Mi marido me pega lo normal. Aquí pegamos o matamos a las mujeres a partir de instintos patológicos más aislados socialmente que los musulmanes. Es como más “normal”, ¿no?

Para rematar el post, y para quien esté interesado de verdad en estas cuestiones, cabe recordar que en Turquía se está haciendo un esfuerzo consciente y sostenido para erradicar los crímenes de honor, que, dicho sea de paso, son más frecuentes en el ambiente culturamente más cerrado de la emigración –como pasa en todos las comunidades nacionales de emigrantes por todo el mundo. Valga como muestra el libro editado por Shahrzad Mojab y Nahla Abdo, Violence In The Name Of Honour. Theoretical And Political Challenges, publicado por las ediciones de la Universidad de Bilgi, en Estambul, el año 2004.

El libro agrupa dieciocho contribuciones a cargo de sociólogas, criminalistas, trabajadoras sociales, antropólogas y activistas de los derechos humanos. Provienen de Canadá, Suecia –incluyendo la entonces ministro de Justicia de ese país, Lise Bergh- y Turquía. El libro está organizado en cuatro secciones: la primera, dedicada a la exploración teórica del concepto “crimen de honor”. La segunda se centra en la lucha de la comunidad contra esa lacra; la tercera pasa revista a la respuesta del estado; y la última aporta una lista de fuentes y recursos recomendados para el estudio en profundidad del fenómeno. En conjunto, un trabajo serio y sobre todo, útil. Está elaborado en un país en el, que se buscan soluciones científicas al problema –no meramente políticas- y que, aunque cueste creerlo, históricamente se adelantó a España en aspectos varios de la liberación social de la mujer. Por ejemplo, y sin ir más lejos, tuvo una primer ministro en los años noventa –Tansu Çiller, fotografía adjunta- cosa que por estos pagos y a estas alturas de siglo, parece difícil de concebir. ¿Por qué será?

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