domingo, noviembre 05, 2006

Cruzadas a 1 euro


Como es bien sabido, en torno a la conferencia de Lahti ha cuajado una verdadera histeria antirrusa en diversos países occidentales, y sobre todo en sus medios de comunicación. En parte ha sido el desahogo a un largo verano en el que a Rusia todo parecía salirle bien, mientras que a los occidentales, encabezadas malgré eux por los Estados Unidos, no hacían sino perder pie por aquí y por allá, y sobre todo en el Medio Oriente. Ya en otoño, y durante la presidencia finlandesa de la UE, el intento de fijar una política común para garantizar los suministros de gas, ha terminado de poner a los europeos más que nerviosos ante la constatación de que en ese capítulo Rusia tiene la sartén por el mango: como si no se supiera desde hace décadas. Como mínimo desde los remotos tiempos de la Östpolitik de Willy Brandt. Lo que ocurre ahora es que en menos de seis años Putin ha tenido un claro éxito en la reconstrucción de aquel estado que en la era de Yeltsin daba pura risa, y tanta eficacia ha disparado todas las alarmas. De esa formka, deprisa y corriendo, en la cocktelera mediática se han mezclado y agitado antiguos fantasmas desaparecidos (la Unión Soviética) con nuevas y alarmantes coyunturas: las potencias emergentes, de China a la India, pasando por Brasil y algunas más; el fracaso en domesticar al "enemigo inventado": el mundo musulmán en el Medio Oriente y Asia Central; el fenómeno de la implosión social interna que están viviendo las mayoría de los países occidentales. Y el resultado es una imagen cada vez más bochornosa de todas las Europas –la vieja y la nueva- y del amigo americano.

Una simple anécdota: hace una semana el grupo emergente de investigación en el que colaboro mantuvo una reunión de trabajo con un profesor turco de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, Fatih Tayfur de la METU de Ankara. Uno de los invitados lanzó una pregunta de tono periodístico: “¿Si fracasan las negociaciones para su acceso a la Unión Europea, se decantará la política exterior de Turquía hacia el mundo árabe-islámico?”. Respuesta que dejó patidifusa a una parte de la concurrencia: “¿Por qué con los países árabes? Lo más probable es que los turcos nos vayamos con Rusia”. Una solución muy lógica si tenemos en cuenta que Mustafa Kemal ganó la guerra de independencia contra las potencias de la Entente gracias al apoyo de la Rusia bolchevique, y que en los años treinta sacó adelante su industrialización en base a planes quinquenales diseñados en Moscú, todo ello sin que el viejo zorro de Atatürk se comprometiera políticamente con la Unión Soviética.

Todas las modélicas revistas de actualidad anglosajonas de la semana hacen referencia al nuevo temor ante Rusia. Pero una de ellas refleja con gran precisión los encontrados sentimientos que se viven en torno al fenómeno. "The Bussines - London First Global Bussines Magazine" titula en su primera plana: "Russia´s threat is no longer Marxism and missiles. It´s energy. THE NEW COLD WAR". El titular está flanqueado por un enorme retrato inexpresivo de Putin. La cover story se desarrolla entre las páginas 28 y 30 bajo el título: "Putin´s superpower play". Se trata de un reportaje con ambiciones de globalidad, firmado por Richard Orange en London y James Forsyth en Washington. Pues bien, pocas páginas antes, en la 20, podemos leer otra crónica titulada: "BT knows it´s good to talk in Russia", firmada por Tony Glover. En la pieza, el presidente de British Telecom International se hace lenguas sobre las maravillas de operar en el mercado ruso con clientes como Aeroflot o... Gazprom. ¿Podemos ianmginar una situación ni remotanmente similar en ls años sesenta o setenta del siglo pasado, en tiempos de la URSS de Breznev?¿Acaso General Electric montando las piezas de los misiles soviéticos?

Por lo tanto, mucho retorno de la guerra fría y mucho miedo al superdictador Putin pero, por favor, bussines as usual, sobre todo ahora, que van mejor que nunca en la cada vez más estable Rusia. Este es el asunto que se mueve tras el ruido y las nueces de las cancillerías occidentales y los grandes grupos de comunicación que cotizan en bolsa. Cuando las manadas de lobos del occidente capitalista no pueden esquilmar tan fácilmente rebaños antaño desprotegidos y se encuentran con otras manadas tan fuertes como ellos, lo que tiene lugar a continuación es un interminable concierto de ladridos y aullidos y luego intensos meneos de rabos.

En medio de todo ello, España se ha llevado algunos mordiscos adicionales dentro de su propia manada. El jaleo de la OPA de E.ON sobre Endesa ha enfrentado al gobierno con Alemania. Como en diplomacia estas cosas no pueden ventilarse a la cara y de cualquier manera, el diario "El País" lleva semanas lanzando puñaladas traperas desde sus páginas contra los "intereses egoístas" de Berlín: "La alianza entre Moscú y Berlín bloquea una política energética común en la UE" -proclamaba el ariete catalán Andreu Missé desde Bruselas en la edición del 18 de octubre, página 2 (llevarlo a la primera plana hubiera supuesto una confrontacióin demasiado atrevida). Claro, es que además, la alemana E.ON Ruhrgas es una de las empresas alemanas que ha sacado tajada de los acuerdos con Moscú. Por supuesto, la zapateta de Borrell en Lahti tenía que ver con esas cuestiones, lo cual debe haber granjeado comentarios poco caritativos en Paris, Berlín y países del Este que, como este año se queden sin gas se van a acordar de Pepe y su parentela.

Como Paris anda metido en el ajo y Sarkozy le cantó las cuarenta a ZP este verano tirándole a la cara la regularización masiva de inmigrantes –lo que también hicieron Berlín y Viena a continuación- el pobre "El País" anda por ahí hecho un lío, en la consideración de las cruzadas a las que se sube y de las que se apea. El pinchazo en el debate sobre el proceso de pacificación del País Vasco llevado a cabo en el Parlamento Europeo el pasado 25 de octubre, ha terminado de desbaratar la situación y hoy por hoy, el gobierno de ZP, como Don Quijote, y el rotativo de Prisa, como Sancho Panza, atraviesan alicaídos por el yermo del mayor enrarecimiento internacional de la historia de España desde, pongamos, 1974.


















Fotografía que acompañaba el artículo de Hermann Tertsch citado en este post. Comparar con la publicada el 22 de octubre en la crónica: "Putin critica la corrupción de los alcaldes españoles"

En medio de este fenomenal quilombo, el periodista Hermann Tertsch de "El País" se apuntó alegremente a la cruzada, ondenado su habitual pendón amarillo, con un patético artículo titulado: "El reloj del zar" (24 de octubre). Como dice el refrán serbio: “Éramos pocos, y el pope a caballo”. En realidad, la pieza no aporta nada nuevo a la ya muy conocida trayectoria de este publicista, uno de los muy escasos en la plantilla de un periódico teóricamente de izquierda moderada, con numerosos seguidores en la derecha más casposa. Alguno de los cuales, incluso, no ha dudado en calificarlo admirativamente como "azote de progres". Así, su quinta columnita de los martes se ha convertido en legación de la prensa con estatus de inmunidad diplomática de la desde la que ha venido defendiendo causas acomo la invasión de Irak en 2003, el papa Wojtyla, azote de comunistas, cualquiera de los excesos de las fuerzas de seguridad israelíes y en palabras de Justo Serna, un agudo profesor valenciano, incluso al mismísimo Dios.

En esta ocasión, Tertsch que gusta dárselas de historiador, se sacó de la manga una cita de František Palacký uno de los ideólogos del austroeslavismo a mediados del siglo XIX para decirnos, como Serrano Súñer en 1941, que Rusia es culpable (de todo) y por supuesto de fomentar la destrucción del Imperio Austro-Húngaro para extender su hegemonía en Europa. Tertsch no tuvo que rascarse mucho el cacúmen para encontrarla: la pilló al vuelo de uno de los libros que promociona "El País" con fruición, no exactamente por su calidad intrínseca, sino por haber sido editado en Taurus. La obra de Tony Judt, Postguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Taurus, 2006), es un libro de historia actual, de factura más bien conservadora, que no añade nuevas interpretaciones ni información a lo que otros títulos similares han venido aportando en los últimos diez años. Es un manual que pone en fila india una cierta cantidad de información y deja numerosos “peros” en al aire, y cuya originalidad más útil es la de abarcar hasta el año 2005.


El joven František Palacký (1798-1876) primer gran historiador de la nación checa y uno de los teóricos de lo que se denominó el "austroeslavismo": según él, el tiempo de los pequeños estados había terminado y la humanidad caminaba hacia grandes conjuntos económicos y políticos. Así, un pueblo pequeño como el checo no podría sobrevivir si no era dentro del Imperio Habsburgo, que debería convertirse en estado federal.


En esa línea, encabezan cada capítulo una serie de entradillas un tanto deslabazadas entre sí, y que en muchos casos resultan puramente anacrónicas. Tal es el caso de la que Tertsch utiliza para los fines de su artículo, pero echando mano de la gastada trampa del periodista que juega a ser historiador: escaqueando lo que no le interesa y abusando de sus incautos lectores. Porque lo que silencia interesadamente es que Tomaš Masaryk, discípulo de Palacký en último término, fue el artífice real de la destrucción del Imperio Austro-Húngaro, con la consiguiente aparición de esa "multitud de repúblicas grandes y pequeñas" que según Palacký serían una "estupenda base para una monarquía rusa univeresal" y que en 2006 son una colección de miembros de la OTAN o recién integrados socios de la UE, con una actitud notablemernte antirrusa. Masaryk llevó a cabo su labor disgregadora durante la Gran Guerra, tras una concienzuda campaña en la que fue ayudado por Italia, Francia y los Estados Unidos, mientras Rusia se debatía por entonces en la guerra civil, a partir de 1918. Y en cuanto a Palacký, su cita iba dirigida a los húngaros, que en 1848 intentaron separarse del imperio y fueron aplastados por los eslavos (croatas y serbios) manipulados desde Viena y por tropas rusas. Como buen austroeslavista, Palacký trata de vender las bondades de permanecer unidos en el Imperio Habsburgo, algo que de forma más contundente solía hacer el mismo emperador Francisco-José.

















Masaryk rodeado de voluntarios destinados a las legiones checas, 1918, en el campo de reclutamiento de Stamford, Connecticut (EEUU). La desintegración del Imperio Austro-Húngaro fue obra de un demócrata a carta cabal como Masaryk, con activo apoyo de los aliados occidentales. El protagonismo ruso fue nulo. La idea que supo vender Masaryk fue la de que polacos, checos y yugoslavos serían un bastión eficaz contra el imperialismo alemán en Europa central


En realidad, el Hermann Tertsch historiador aficionado al que nadie ha puesto proa en estos últimos años, no hace sino chupar una y otra vez del bote de las viejas concepciones de la escuela historicista y nacionalista alemana, comenzando por Heinrich von Treitschke y terminando por Friedrich von Bernhardi. De ahí le viene ese odio sin disimulos contra cualquier pueblo eslavo que no sea católico, y que deja ver perfectamente claro en su artículo: a Hermann "Treitschke" Tertsch no le gusta ningún gobernante ruso desde Pedro el Grande hasta la actualidad: “Los zares Pedro y Catalina ya se resignaron ante la certeza de que importar el concepto de ciudadanía era ridículo, caro y peligroso”

Pero en realidad, resulta dudoso que Tertsch se haya leido realmente a los historiadores alemanes clásicos. Parece manejarse de oido, una idea de aquí, otra de allá, lo que le contaron y lo que encontró por casa de pequeñito. Por ejemplo, la idea de que la destrucción del Imperio Austro-Húngaro abonó el terreno para la llegada del comunismo no es cosa del Palacký de 1848 (lógicamente) sino teoría más reciente. Si desean, la pueden encontrar expresada en grandes titulares en la revista española "Mundo", Año IX, nº 413 del 4 de abril de 1948. A nueve años del final de la guerra civil y en puertas de la guerra fría podemos leer que "La desintegración europea en el Este, por obra soviética, tiene una razón determinante: haber destruido Austria-Hungría". Y añade el articulista: "La existencia de esa masa -decía Talleyrand- es necesaria para la salud futura de las naciones civilizadas". Por lo que, en realidad la cita que le hubiera venido bien a Tertsch hubiera sido la del maquiavélico y poco recomendable Talleyrand, y no la de Pallacký.

Titulares de la revista española "Mundo", correspondiente a su edición del 4 de abril de 1948. El reportaje era consecuencia de la instauración del régimen comunista en Checoslovaquia, acaecido apenas dos meses antes.


Para mayor inri, columna con columna, en la misma página 6 de esa edición de "El País", alguien en la redacción había encajado una crónica de Cecilia Fleta desde Berlín, titulada: "Las memorias de Schröder levantan ampollas". Allí se podían leer algunas de las opiniones que le merecían al ex canciller personalidades como George Bush, Ángela Merkel y el primer ministro bávaro, Edmund Stoiber. Pero ni media palabra sobre Putin, al que Schröder considera uno de los estadistas más accesibles y tratables de lo que se puede encontrar en el retablo del poder mundial.

La cruzada de Tertsch iba acompañada por la habitual foto burlona de Putin -ya es marca de fábrica de "El País" la manipulación interesada del material gráfico. En fin: todo un lamentable contraste con la cobertura mucho más profesional y centrada llevada a cabo por otros periódicos más serios, tal como "La Vanguardia", que cinco días más tarde publicó dos artículos. Ambos análisis, sin renunciar a la crítica del fenómeno Putin, lo hacían desde una posición infinitamente más realista: "Putin el Grande" por ese fino y veterano analista que es Xavier Batalla (pag. 8) y "Europa y la Rusia de Putin", por Carlos Nadal (pag. 9).

La pequeña cruzada de "El País", con aires de comic de
“Roberto Alcázar y Pedrín” ("¡Toma del frasco, carrasco!") no hubiera resultado ni la mitad de grotesca de no haber sido porque ese mismo día, 24 de octubre, "El Mundo" publicó una crónica (referencia desde primera plana) sobre el oso que Su Majestad cazó en una montería amañada, organizada en Rusia y que al parecer estaba borracho. No era la primera vez que ese diario sacaba a relucir incidentes similares. Pero en esta ocasión, amontonado los datos lamentables, resultaba que la pacífica pieza era un oso amaestrado llamado Mitrofan, un "animal bondadoso y alegre", según explicó el funcionario local encargado de la Protección y el Fomento de los Recursos Cinegéticos en la región de Vólogda a 400 kilómetros al norte de Moscú. Por supuesto, el ruso no acusaba al rey, que al parecer no estuvo al tanto del escándalo, acaecido en agosto. Pero lo cierto es que previamente el monarca había sido invitado por el matrimonio Putin, no se sabe todavía si de forma oficial o extraoficial. La Casa Real intentó sacarse de encima el asunto de forma bastante desábrida, pero lo cierto es que el parlamentario de Esquerra Republicana, Joan Tardà, hizo una interpelación en el Congreso que fue rechazada alegando que “la actividad privada del Rey no forma parte del ámbito de competencias del Gobierno y que, conforme a la Constitución, la figura del Monarca no está sujeta a control parlamentario”. El affaire se extendió por Cataluña y algún que otro medio de comunicación lo caricaturizó con una considerable dosis de sorna, haciendo referencia a la forma en que el rey relata a sus nietos el cuento de los tres ositos.


La viga en el ojo propio: Anuncio de la pantomima del actor Toni Albà, especializado en parodiar al Rey Juan Carlos. El espectáculo, emitido regularmente en los programas "Set de nit" y "Polònia" de TV3 ha dado lugar a numerosas quejas y polémicas.

No es de extrañar que "El País" pasara por alto olímpicamente este asunto mientras daba vía libre a su personal versión de la cruzada contra el mandatario ruso, llevada a su extremo por un periodista de la casa que más parece un embajador privilegiado de otas épocas y de abecedarios razonables. Sintiéndolo mucho por la Mesa del Congreso, el hecho es que los responsables de que el monarca terminara implicado en una "aborrecible escenificación" o una "payasada sangrienta", como define el funcionario ruso la cacería, son toda una serie de organismos del estado y el gobierno cuya función consiste precisamente estar informados del riesgo político que puede correr el jefe del estado en una excursión de estas características y evitarlo en la medida de lo posible. Porque si hubiera fotos de por medio y resultaban manipuladas por algún diario ruso, a lo peor dejaban en un nivel de aficionados los festivos fotomontajes de "El País". Y menos mal que a Putin no se le ocurrió sacarlo a relucir en sus duras respuestas a Borrell. Será que, al fin y al cabo, la relevancia y respeto que conceden los eslavos al invitado, ha tenido su peso en esta ocasión.

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viernes, octubre 06, 2006

El contencioso armenio-turco (2): Fisky bussines



Imagen superior: Un "commando" de guerrilleros bóers, 1901. Abajo, voluntarios armenios procedentes de los USA, antes y después de haberse alistado para luchar contra los turcos. Posiblemente se trata de combatientes de la guerra turco-armenia de 1920. De todas formas, uno de ellos muestra lo que, según Nogales, parece haber sido un arma muy característica de esas fuerzas ya en 1915: una pistola ametralladora Mauser.

Por lo tanto, Robert Fisk va y se deja en el tintero cualquier alusión a la carnicería del frente del Cáucaso durante la Gran Guerra. La razón es la de siempre: no le conviene a la delicada arquitectura de sus argumentos. Pero al hacerlo no le interesa tanto la causa que defiende, como llevar la razón. Prefiere suponer que sus lectores son unos incultos o que le aplaudirán absolutamente lo que diga, antes que cambiar una coma.

Desde la misma entrada del Imperio otomano en la Gran Guerra, el frente del Cáucaso se convirtió en una pesadilla. La temeraria ofensiva lanzada por el Tercer Ejército otomano a través de las montañas, en diciembre de 1914, con una temperatura de - 40º, fue una locura que se saldó con unas bajas devastadoras en la batalla de Sarikamiş. La destrucción de dos cuerpos de ejército completos supuso la pérdida de unos 140.000 hombres, entre muertos y prisioneros. Ni siquiera se llegó a aclarar cuál era el objetivo estratégico o político del ataque.


El aventurero y mercenario venezolano Rafael de Nogales combatió al servicio del Imperio otomano contra rusos e insurgentes armenios en el frente del Caúcaso. Su autobiografía, publicada en inglés, es una fuente muy interesante de detalles sobre el alcance real del alzamiento armenio en 1915 y las intenciones de las campaña de deportación. Se publicó en inglés bajo el título: Four Years Beneath the Crescent, Sterndale Classics, London, 2003

Un mes antes de esta temeraria aventura, nada más comenzar las hostilidades, en noviembre de 1914, empezaron a producirse incidentes en la inmediata retaguardia de las tropas otomanas que combatían en el Cáucaso. El alto mando temía el estallido generalizado de la insurgencia armenia, sobre todo cuando se produjo la catastrófica derrota de Sarikamiş y con los ejércitos Tercero y Cuarto severamente vapuleados. Eran muy escasas las carreteras en condiciones y las vías férreas que llegaban hasta aquellos apartados parajes, y las acciones guerrilleras podían dejar a las fuerzas otomanas peligrosamente desabastecidas. Finamente, en abril de 1915, unidades de insurgentes bien abastecidas por los rusos con armamento moderno, lograron tomar la ciudad de Van, al borde del lago homónimo. Aunque las tropas turcas alcanzaron a cercar la ciudad, los rusos consiguieron liberar a los atrapados armenios en mayo. Mientras tanto, en el vilayet de Van tenían lugar masacres indiscriminadas de población armenia, al parecer perpetradas por kurdos y circasianos.

El 24 de abril, a poco de haber comenzado la insurrección de Van, Enver Paşa, en su calidad de jefe del Estado Mayor otomano, emitió una directiva por la cual se instituía que los armenios constituían un peligro para el esfuerzo de guerra y se establecía un plan a fin de evacuar a la población civil de esa nacionalidad residente en los seis vilayets de Anatolia oriental, la localidad y comarca de Zeytun y el área al sur de Diyarbakır. Los armenios deberían ser trasladados a Irak, básicamente al valle del Eufrates, Urfa y Süleymaniye. La deportación no sería completa: el objetivo era reducir la población Armenia a no más de un 10% del total de turcos, kurdos y circasianos en las zonas afectadas.

Hasta qué punto esto fue una mentira de principio a fin y la verdadera intención de Enver Paşa fue liquidar a la población armenia en su conjunto, es materia de debate historiográfico. No para Fisk, por supuesto. Pero es que él se permite dar por buenas pruebas más que dudosas. En la página 452 de su libro, cita como verdad incontrovertible un telegrama de Talaat Paşa al gobernador de Alepo anunciándole la decisión gubernamental de liquidar a la población armenia. En realidad, se trata de uno de los documentos supuestamente recogidos durante el final de la Gran Guerra por un tal Aran Adonian, autor de una obra publicada en 1920, en francés e inglés, titulada: Las memorias de Naim Bey. Documentos oficiales turcos relativos a la deportación y masacre de armenios. El citado Naim Bey habría sido un funcionario otomano de Alepo, que tras la entrada de los ingleses en la ciudad, le cedió a Andonian los documentos incriminatorios. Sin embargo, nunca aparecieron los documentos originales, el mismo Andonian dijo que se había extraviado y en e libro se exhiben fotografías. Ni corto ni perezoso, Fisk le enmienda la plana al mismo Andonian y afirma que el telegrama citado por él es un documento original.

Pero en todo caso, en 1983 los historiadores turcos Şinasi Orel y Süryya Yuca publicaron a su vez un análisis que pretendía demostrar la falsedad de los documentos, analizando uno por uno. Entre ellos está el telegrama citado por Fisk. Desde entonces, la labor de Orel y Yuca ha levantado importantes dudas sobre la autenticidad de los “papeles de Andonian”. Ante eso, uno se puede alinear sin fisuras con la
facción más dura de la causa armenia y negar la negación denunciando a los historiadores turcos como unos repugnantes revisionistas. Es una opción más política que académica, pero moralmente lícita. Pero en el caso de Fisk, lo sintomático es que no cita para nada la procedencia de su telegrama, que es el número XIV de los expuestos en su día por Andonian. Él mismo es consciente de que esa documentación puede estar perfectamente falsificada.

Una vez más, una y otra vez, los viejos trucos de Fisk. Esconde bajo la alfombra aquello que no le cuadra; pero es muy consciente de por qué lo hace. Las deportaciones de población armenia degeneraron (o se convirtieron en) genocidio, fuera éste total o parcialmente planeado o más o menos involuntario. Ésta es la cuestión a debate, que incluso historiadores turcos como Taner Akçam están afrontando con valentía. Pero el problema es la gente como Fisk, que se entrometen con su santa ira, con el objetivo de demostrar que poseen la razón absoluta: y para ello no les importa dañar la causa que dicen defender. Porque entrar como un toro en una cacharrería, mezclar lo cierto con lo incierto o lo falso y eliminar lo que no cuadra en el rígido esquema, es la mejor manera de introducir dudas y restar credibilidad a largo plazo.

En su reputada obra dedicada a la Monarquía de los Habsburgo, 1809-1918, el historiador británico A.J.P. Taylor recuerda que el profesor Tomáš Masaryk, padre de la independencia checoslovaca tras la Gran Guerra, denunció la falsedad de unos manuscritos con poemas que los nacionalistas más fanáticos se empeñaban en datar en la Alta Edad Media (Rukopisy královedvorský a zelenohorský). Masaryk “creía que la nación checa sólo podía conseguir la libertad sobre la base de la verdad, especialmente la verdad de que los `derechos estatales´ de Bohemia eran una tradición gastada y artificial” (pag. 230).


No todo vale: Tomáš Masaryk, padre de la independencia checa, denunció que el recurso a la falsificación o la mixtificación pueden arruinar una causa política, lo cual le acarreó muchas enemistades en su propio campo.







Más recientemente, en la primavera de 2005, Enric Marco, el presidente y portavoz de la Amicale Mathausen fue desenmascarado como impostor por el historiador Benito Bermejo. Nunca había sido un deportado, nunca había pisado los campos de Flossenburg ni Mathausen. A lo largo de un cuarto de siglo dio conferencias, entrevistas, charlas en colegios, llegó a escribir una autobiografía y hasta se inventó un número de deportado: el 6.448. En su defensa, el anciano pergreñó una excusa patética: debía tenerse en cuenta que los horrores relatados eran ciertos y reales, aunque no los hubiera sufrido en sus propias carnes. Lo importante para él, decía, era
“difundir mejor el sufrimiento de las víctimas”. Por supuesto, nadie aceptó una lógica así.

Lo interesante aquí es considerar que Enric Marco, como muchos periodistas-azote, se llegó a creer su propia excusa. Prescindiendo de los medios, el fin se convierte en una causa legítima desde el mismo momento en que el agitador vanidoso lo elige por bandera, mientras que la causa real es él mismo. ¿Es una planteamiento válido? En 1917, Marcel Duchamp revoluciomó el mundo del arte cuando presentó en la galería Grand Central de Nueva York un
urinario como si fuera una obra escultórica. El escándalo fue mayúsculo, pero el argumento era una verdad como un puño, porque Duchamp rechazaba que el arte y el artista poseen una “naturaleza especial”. La mercantilizada sociedad del siglo XX, con el respaldo de los medios de comunicación, había llegado a asumir que un creador convierte en artística cualquier cosa que fabrica con sus manos o designa como tal.

Como tantos otros periodistas-azote, Robert Fisk está tan imbuido del equivalente periodístico de esta idea que denunciaba Duchamp, que ni se molesta en disimular sus contradicciones. Lo que él designa como causa justa con su dedo justo y genial, lo es sin lugar a dudas. En la página 488 de su libro, nos cuenta que Neil Frater, un funcionario del Ministerio del Interior británico, perteneciente a la denominada Unidad de Igualdad Racial, rechazó por carta la petición de un empresario francés de origen armenio en la cual pedía que el gobierno de Londres concediera el mismo trato ceremonial al Holocausto judío y al genocidio armenio. A Fisk le escandaliza que Frater respondiera que el gobierno británico había considerado también las peticiones de considerar otas atrocidades tales como “las cruzadas, la esclavitud, el colonialismo, las víctimas de Stalin y la guerra de los bóers”. Ante lo cual Fisk apunta caústicamente: “El genocidio armenio se encontró de pronto colocado por el gobierno junto a la guerra emprendida por el papa Urbano II en el siglo XI contra los musulamanes de Oriente Próximo”. Y añade que el principal del Colegio Evangélico Armenio de Beirut, deplorando la respuesta de Frater, “sostuvo de modo convincente” [sic] que “cualquier conmemoración seria debe incluir la etiología del genocidio, en particular los del siglo XX, sobre todo si el olvido de uno alentó el siguiente”.

Por lo tanto, el principal del Colegio Evangélico Armenio estaba señalando muy claramente (aunque es posible que no de forma consciente) a la guerra de los bóers que Frater citó en su carta y que Fisk evitó muy cuidadosamente considerar en su libro, dirigiendo su santa ira hacia el absurdo de tomar en consideración las cruzadas.

La Segunda Guerra de los Bóers se desarrolló en el tránsito exacto del siglo XIX al XX: 1899-1902 y fue provocada por un problema de inmigración masiva: miles de ingleses habían llegado al Transvaal, tras el descubrimiento en 1887 del mayor filón de oro del mundo, en Witwatersrand. El Transvaal era una suerte de gobierno autonómico de los bóer o afrikaner, es decir, colonos de origen holandés, que los británicos habían reconocido tras las humillaciones militares sufridas durante la Primera Guerra de los Bóers (1880-1881). A finales del siglo XIX, las autoridades bóer del Transvaal negaron derechos electorales a la población inmigrante británica e impusieron pesadas cargas fiscales sobre la extracción de oro en las minas de Witwatersrand. En plena era del imperialismo, la respuesta de los británicos fue la esperada: autoridades coloniales y propietarios de minas se las arreglaron parar provocar una guerra destinada a anexionarse las repúblicas bóer.













"La proverbial caballerosidad del soldado británico", es el título de esta caricatura publicada por la prensa francesa a comienzos de siglo XX. La imagen intenracional de Gran bretaña durante la Segunda Guerra de los Bóers quedó muy deteriorada por los excesos cometidos contra la población civil en el proceso de la campaña contrainsurgente.


Pero no fue un paseo militar. La primera fase de la Segunda Guerra de los Bóer (octubre-diciembre, 1899) resultó un rosario de humillaciones para el Ejército británico. Después, a partir de febrero de 1900, la llegada masiva de refuerzos cambió el signo de la guerra. En junio, la invasión de las repúblicas bóer se había consumado. Pero entonces, estos pusieron en marcha una guerra de guerrillas que volvió a descolocar a los británicos durante meses, de forma similar a como lo harían los insurgentes armenios con las tropas otomanas quince años más tarde. Durante la campaña contra los “commandos” o grupos de combatientes bóers, los invasores desarrollaron todo el arsenal de medidas anti insurgencia que devendrían clásicas en el siglo XX (algunas, todo hay que decirlo, inspiradas en las que habían aplicado los españoles en Cuba, pocos años antes). Entre ellas, la apertura de campos de concentración: hasta 45 para la población blanca bóer y 64 para africanos. La gran mayoría de esos establecimientos acogían a ancianos, mujeres y niños, dado que los hombres eran mayormente combatientes y fueron internados en otro tipo de campos, casi todos en el extranjero. Allí, la mala alimentación, las deficientes condiciones higiénicas y la carencia de atención médica provocaron la muerte a un total de 27.927 internos, de los cuales 22.074 eran niños menores de 14 años, además de unos 20.000 africanos negros. Desde luego, no son cifras absolutas comparables a las de armenios muertos en 1915. Pero en términos relativos suponen que un escalofriante 25% de los bóers internados (niños, en su inmensa mayoría) murieron en los campos. Los datos no hacen referencia a los fallecidos con posterioridad, como consecuencia de las secuelas del internamiento.


Imagen superior: niño muerto de inanición en un campo de internamiento británico para población civil bóer. Abajo: víctima infantil de la deportación armenia, 1915

Así que, por mucho que le remueva su particular vena nacionalista a Robert Fisk, la masacre de población civil bóer en 1900 fue el primer genocidio del siglo XX. Es cierto que una comisión del gobierno británico visitó los campos en 1901 y a finales de año logró reducir la tasa de mortalidad. Pero el mal estaba hecho, fuera de quien fuera la responsabilidad y su intención real, asunto sujeto a debate, cómo no. En cualquier caso, aún hoy se pueden rastrear por la red una serie de webs que piden limosna de recuerdo histórico para un genocidio que políticamente no conviene recordar.

Por lo tanto y en definitiva, ahora que el Parlamento Europeo ha retirado de su último informe (27 de septiembre) la exigencia de que el gobierno de Ankara reconozca el genocidio armenio como condición para el acceso a la Unión Europea (dado que, lógicamente, “no constituye formalmente uno de los criterios de Copenhague como tal”) quizá sería el momento de que el gobierno turco ofreciera un compromiso formal para el debate del asunto en el marco de una magna conferencia sobre los genocidios europeos en el siglo XX: aquellos que los franceses cometieron en Argelia, Madagascar y otras colonias, los campos de concentración bóer y otros abusos firmados por las autoridades británicas, los excesos llevados a cabo por los holandeses en las entonces Indias Orientales (aquí no se libra nadie), los italianos en Etiopía y Libia, y tutti quanti. Eso si: la conferencia de expiación colectiva debería celebrarse tan pronto Turquía accediera como miembro de pleno derecho a la UE, y no antes. De esa forma, los turcos asumirían sus culpas junto con las de sus hermanos europeos. No hace muchos días, el director de cine polaco Krzysztof Zanussi comentó en una entrevista que el genocidio armenio fue el primero del siglo XX: “Y eso indica que Turquía formará parte de la Unión Europea” (“El Periódico”, domingo 24 de septiembre, 2006, contraportada, entrevista de Arturo San Agustín). En muchos aspectos, una respuesta con la cortante precisión de un bisturí.

Volviendo brevemente al periodista-azote protagonista de estos post, el ninguneo del genocidio bóer indica bien a las claras que Fisk está tan pagado de sus argumentos que no siempre se molesta en esconder las contradicciones que potencialmente –más allá de los lectores que él parece considerar verdaderos tontorrones- dan pie al fiskeo e invalidan sus tesis. Quizás está tan satisfecho de haber originado un término como “fisking”, que se esfuerza en promoverlo.

Pero, en todo caso, no quiere oir hablar de otras propuestas de genocidio que rebajen su idea (en absoluto original) de equiparar el Holocausto judío a un hipotético Holocausto armenio. Y eso es así, porque sabe perfectamente que hablar de un Holocausto ucraniano, polaco, bóer, herero, indio, pakistaní, y todos aquellos de la interminable lista del siglo XX, rebajaría la graducación de su brillante propuesta. El problema está en que Fisk, como periodista-azote devoto de él mismo como su propia causa, ni siquiera se detiene a considerar el daño real que puede hacerle a aquellos que dice defender. Resulta evidente que el gobierno israelí se cierra a la posibilidad de asimilar oficialmente la Shoah judía al genocidio armenio. Hay razones variadas para ello, todas de peso. Pero una a considerar es la viga que cuelga en el ojo de Fisk: a él se le antoja que las consideraciones de los diversos genocidios del siglo XX, a la misma altura que el judío y el armenio, degradan su trágica exclusividad histórica. Y las autoridades israelíes –y muchos judíos- consideran con bastante lógica que la consideración de otros genocidios al mismo rango, degradan la exclusividad histórica de la Shoah. De momento las cosas están así y la victoria obtenida por Fisk consiste en haber logrado cambiar las reglas de estilo de su periódico: en “The Independent” se escribe Holocausto armenio con mayúscula.

Pero el problema va más allá. ¿Qué ocurriría si tras este asunto se anduviera gestando desde hace tiempo una campaña de la derecha dura europea –incluso la extrema derecha- para equiparar a todos los efectos la Shoah judía, el genocidio armenio y el
Holodomor o genocidio ucraniano de 1932-1933? Pues ocurriría que la culpa de los nazis quedaría relativizada en virtud de que tanto los bolcheviques rusos como los turcos (pueblo musulmán) también habrían cometido similares crímenes, pero con menor eco histórico. Y además, los judíos no serían las únicas víctimas con derecho a reclamación universal, sino también los armenios, es decir, pueblo cristiano, no lo olvidemos. Que además aportó voluntarios a las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, cosa que recuerdan complacidos algunos foros neonazis. Decididamente, los periodistas-azote pueden conseguir que las cosas vayan a peor.

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