miércoles, diciembre 26, 2007

POLÉMICOS: La naúsea constructiva




"Eso era lo que no conseguía yo captar: la oquedad, la absoluta falta de adecuación entre la facilidad con la que es posible matar y la tremenda dificultad que debe de haber en morir. Para nosotros, era otro asqueroso día de trabajo; para ellos, el fin de todo".










Si es usted cristiano o musulmán y las fiestas de estos días le producen momentos de agobio o simplemente, quiere distanciarse un poco, de vez en cuando, de la presión social que generan las celebraciones, quizá debería comprarse el libro de Jonathan Littell, Las benévolas (RBA Eds., Barcelona, 2007). Si lo hace y el libro le gusta, se asegura distracción para rato, dado que la obra suma 979 páginas. Leyendo un centenar por día, que ya es dedicarle tiempo, tiene para una semana y media.

La extensión de la novela no es gratuita. De una parte, enlaza con cierta tradición masiva que posee la narrativa sobre el Holocausto, como esas nueve horas que dura el documental Shoha (1985) dirigido por
Claude Lanzmann. Pero además, la extensión de Las benévolas expresa un descomunal ejercicio de documentación. Aparte de haberse leído numerosas obras de referencia sobre el sujeto de la novela (y las hay a toneladas) es evidente que ha visitado personalmente la mayoría de los escenarios en los que transcurre la acción. Dado que Littell es joven (nacido en 1967) y neoyorkino, no posee la ventaja de contar con su propia memoria histórica ni, seguramente, la de su familia. Y además reside en Barcelona, hándicap adicional.

Todo ello le añade mérito adicional a su novela, un ejercicio muy logrado de novela histórica; y lo afirma el autor de estas líneas, que como historiador profesional, reniega de la inmensa mayoría de subproductos de esa índole que se pueden encontrar en los estantes de las librerías. Por todo ello, he procurado aplicar la lupa a Las benévolas; pero hasta el momento apenas encontré los descorazonadores anacronismos, exageraciones e inventos que adornan cual chorretones algunas de las obras más vendidas de nuestros hispánicos autores de gran éxito. En ocasiones el lector teme el desastre cuando Littell entreteje determinados aspectos de la biografía del personaje con la trama histórica de la época y su particular sicología, o con los mecanismos administrativos y la cultura política de los aparatos de seguridad del régimen nazi. Pero la incertidumbre se despeja en escasas páginas y Littell sale triunfante: siempre termina conservando una lógica coherente con la mentalidad y los usos de la época. Todo cuadra como si fuera un mecanismo de precisión.
















Oficiales y auxiliares femeninas de las SS se hacen una foto durante una celebración en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Colección Karl Höcker. "Al caer la tarde, interminables columnas de mujeres, niños y ancianos seguían subiendo por la rampa, por un largo corredor entre alambradas, hacia los Kremas III y IV, en donde tendrían que esperar turno, pacientemente, bajo los abedules, y la hermosa luz del sol poniente caía rasante sobre las cimas de los árboles de Birkenwald y alargaba hasta el infinito las sombras de las hileras de barracones, hacía brillar con opalescencias amarillas de cuadro holandés el color gris oscuro del humo, ponía dulces reflejos en los charcos y pilones y teñía de un naranja vivo y alegre los ladrillos de la Kommandantur; y de pronto me harté del todo y dejé plantado a Höss y me fui a la Haus en donde me pasé la noche redactando un virulento informe acerca de las deficiencias del campo"



Las benévolas es la historia de un oficial del Sicherheitsdienst (Servicio de Seguridad) de las SS, uno de los organismos más siniestros del régimen represivo nazi, responsable del aparato de inteligencia de los Schutzstaffel y por lo tanto, competidor del servicio de inteligencia militar, el Abwehr. Si bien es cierto que personal del SD estuvo directamente implicado en ejecuciones masivas y en la coordinación y mando de los Eisantzgruppen o unidades de “depuración”, seguridad y exterminio que acompañaban a las tropas de invasión en la Unión Soviética, su cometido principal fueron las labores de inteligencia, básicamente el contraespionaje y la seguridad del estado, lo que explica la elevada proporción de académicos que servían en sus cuadros de mando. De hecho, el protagonista de Las benévolas es un joven doctor en Derecho, que ingresa en la SD en 1936 y empieza su siniestra carrera como teniente de uno del Eisantzgruppe C en Ucrania, durante la Segunda Guerra Mundial.
















"Poneos en mi lugar. ¿Qué hombre sano de espíritu habría podido imaginarse nunca que iban a seleccionar a juristas para asesinar a personas sin juicio previo?". Miembros de un Eisantzgruppe en un descanso, Polonia, 1939. Las benévolas cuenta la historia desde el ángulo de los verdugos y les pone rostro. Fotografía procedente de la web: Aktion Reynhard Camps.

Su adscripción a las SD le permite a Littell justificar la refinada educación de su personaje, el teniente Maximilian Aue, nacido en Alsacia cuando la provincia pertenecía al Reich alemán y capaz de expresarse en un más que fluido francés. Por tanto, el personaje es un vehículo literario adecuado para describir el horror en el que participa con algo más que cinismo, un componente del relato de Littell que el lector deberá saborear por su cuenta. Por otra parte, el autor no utiliza el hecho de que Aue pertenezca a un círculo cultural y social selecto para eximirlo de responsabilidades: muy al contrario, el personaje acepta en diversos momentos y contextos que sólo le hecho de limitarse a mirar voluntariamente, sin hacer nada más, implica una responsabilidad. La tarea es delicada, porque Aue tiene que explicar su papel y posición en las matanzas sin aparecer como un convencido partidario de la “solución final”, pero tampoco como un imposible resistente, un concienciado héroe antinazi:

“Que quede claro una vez más: no intento decir que yo no sea culpable de tal o cual hecho. Soy culpable, y vosotros no, estupendo. Pero, pese a todo, deberíais ser capaces de deciros que lo que yo hice vosotros lo habríais hecho también. A lo mejor con menos celo, aunque quizá también con menos desesperación, pero, en cualquier caso, de una forma o de otra. Creo que puedo afirmar como hecho que ha dejado establecido la historia moderna que todo el mundo, o casi, en un conjunto de circunstancias determinado, hace lo que le dicen; y habréis de perdonarme, pero hay pocas probabilidades de que vosotros fuerais la excepción, como tampoco lo fui yo. Si habéis nacido en un país o una época en que no sólo nadie viene a mataros a la mujer y a los hijos de otros, dale gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro. Nos gusta eso de oponer el Estado, totalitario o no, al hombre vulgar, chinche o junco. Pero nos olvidamos entonces de que el Estado se compone de hombres, más o menos vulgares todos ellos, cada cual con su vida, su historia, la serie de casualidades que hicieron que un día se encontrara del lado bueno del fusil o de la hoja de papel, mientras que otros se encontraban del lado malo. A las víctimas, en la inmensa mayoría de los casos, nunca las torturaron o las mataron porque eran buenas, y sus verdugos no las torturaron porque fuesen malos. Pensar eso sería un tanto ingenuo, y basta con tratarse con cualquier burocracia, incluso de la Cruz Roja, para convencerse de ello” (pags. 28 y 29)


El rostro del autor: Jonathan Littell. Imposible no recordar sus rasgos cuando imaginamos al oficial Max Aue

Por otra parte, la posición privilegiada de Aue, permite narrativamente que a lo largo de la novela desempeñe variados cometidos y participe en operaciones diversas, lo que hace de Las benévolas algo más complejo, literariamente, que la clásica novela sobre el exterminio de los judíos y los campos de la muerte. Aue se pasea por los engranajes de la maquinaria del aparato de seguridad de las SS, y por eso la obra explica muchos detalles poco conocidos por el gran público, detalla los mecanismos de mando y toma de decisiones, y sobre todo, y de ahí que tenga un espacio en este blog, aporta datos interesantes sobre la política nazi del Nuevo Orden en Europa del Este y Rusia. ¿Sabían que los alemanes intentaron crear una República Ucraniana de Polesia, dirigida por Taras Borovets, antiguo propietario de una cantera? Pero éste favorecía a los de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, facción partidaria de Stepan Bandera, a quien inicialmente había intentado instrumentalizar el servicio de inteligencia de la Wermacht, el denominado Abwehr. Pero al final generó tantos problemas que Bandera fue detenido y las unidades que componían el Batallón Nachtigall (Ruiseñor), la primera formación de tropas extranjeras del Ejército alemán, tuvo que ser desbandado tras una serie de insurrecciones. En cambio, el más moderado nacionalista ucraniano Andrij Melnik había sido apoyado por la SD, lo que terminó generando una guerra civil de baja intensidad entre partidarios de éste y de Bandera.

Reinard Heydrich, jefe supremo de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) y para algunos, posible sucesor del mismo Hitler. La novela de Littell escruta con precisión los juegos de poder en los altos círculos de la RSHA.










Littell desliza numerosos detalles sobre los entresijos del Nuevo Orden en Europa oriental, como las teorías del doctor Voss, de la Abwehr, sobre los pueblos del Cáucaso. O las intrigas políticas en Hungría hacia el final de la guerra, la estructura productiva de los campos de concentración en Polonia. Incluso hay detalles para entendidos, verdaderos guiños. Página 69: Max Auer participa en una cena en Lemberg (o L´viv, o Lwów, según la lengua que se utilice) con varios oficiales de la SD y la Abwehr. A ella acude el profesor Theodor Oberländer. Es julio de 1941, y en las calles está teniendo un brutal pogromo contra los judíos, protagonizado por los nacionalistas ucranianos:

“Disculpe mi ignorancia –pregunté mientras nos acomodábamos-, pero ¿qué es esa insignia?.” -- “Es el distintivo del Nachtigall, respondió Weber, un batallón especial del Abwehr reclutado entre los nacionalistas ucranianos del occidente de Galitzia.” – “El profesor Oberländer está al mando del Nachtigall. Así que nos hacemos la competencia”, intervino Thomas. – “Está usted exagerando, Hauptsturmführer.”—“No tanto. Ustedes se han traído a Bandera en el equipaje, y nosotros a Melnyk y al comité de Berlín”. La charla no tardó en hacerse vehemente. Nos sirvieron vino. “Bandera puede sernos útil”, afirmaba Oberländer – “¿En qué? –replicó Thomas-. Su gente está fuera de quicio, sueltan proclamas por todas partes sin consultar a nadie”. Alzó los brazos: “Las independencia. ¡Estamos frescos!”- -- “¿Cree que Melnyk lo haría mejor?” – Melnyk es un hombre sensato. Anda buscando una ayuda europea, no el terror. Es un político y está dispuesto a trabajar con nosotros a largo plazo, lo cual nos deja más opciones” --- “Quizá, pero la calle no lo escucha.” –“¡Unos fanáticos! Si no se calman, ya les sentaremos las costuras”. Bebíamos. El vino era bueno. Un poco áspero, pero muy opulento. “¿De dónde viene preguntó Weber golpeando el vaso con la uña. – “De Transcarpatia, supongo”, contestó Thomas.

Pues bien, el tal profesor Obërlander, fallecido en 1998, nazi convencido de la primera época, fue uno de los asesores alemanes en política de minorías para los territorios de la URSS, tras haber impulsado la “limpieza“ de judíos en Pomerania y Prusia Oriental entre 1933 y 1935. Tras servir como comisario del Batallón Nachtigall, comandó el Sonderverband Bergmann compuesto de tropas alemanas y de diversos pueblos del Cáucaso. Lo interesante del caso es que después de la Segunda Guerra Mundial, Obërlander desarrolló una fructífera carrera política en la República Federal Alemana: militó en el Partido Democrático Libre, luego en el Bloque de Refugiados y Expulsados y finalmente, en la Unión Cristiano Demócrata a partir de 1956. Tuvo un cargo ministerial en con Adenuaer, pero su nombre estuvo unido al escándalo de sus actividades durante la Segunda Guerra Mundial. Se el acusó en varias ocasiones de haber participado en crímenes de guerra, incluyéndose la autoría del pogromo de L´viv o Lemberg que relata Littell en su libro, pero siempre sin éxito.



"En cuanto al Standartenführer Blobel, lo habían sacado de la Staaspolizei de Düsseldorf; seguramente lo único que había hecho en la vida era detener asociales u homosexuales, y quizá algún comunista de vez en cuando. En Pretzsch, contaban que había sido arquitecto; estaba claro que no había hecho carrera. No era lo que podíamos llamar un hombre agradable".


Y como Obërlander, hay otros muchos personajes verídicos pero olvidados que desfilan por Las benévolas, como el enloquecido Standartenführer Blobel, superior de Aue durante la primera parte de la novela, la esposa de Eichmann y sus hábitos culinarios o Robert Brasillach. Y los ambientes de la extrema derecha intelectual francesa que frecuenta y conoce; o el Stalingrado asediado y gélido, los devastadores bombardeos aliados sobre Alemania, el mundo de los pasillos y los automatismos burocráticos de Berlín, las familias de los jerarcas nazis y sus intimidades: Littell escribe con aplomo de todo ello y da la sensación de haberlo vivido, de ser la reencarnación real del verdadero Max Auer, que es uno de los escasos personajes de la novela que no existieron. Y al final de ese trozo de Europa palpitante que es Las benévolas, el Premio Goncourt, concedido a un libro en realidad extraño, que su autor redactó en francés y que es un final de época revivido en este otro final de época que es nuestro mundo, tan lejano y tan cercano a la vez. Por cierto: si tienen escrúpulos por comprarse este libro en las fiestas navideñas, recuerden que el día de Nochebuena se cometió un nuevo atentado brutal en Irak, más muertos civiles, y ni un acto de protesta, nada. Nos hemos acostumbrado. Y volverán a acostumbrarse al despiadado mundo del Tercer Reich cuando vayan leyendo las páginas de Las benévolas y posiblemente vayan olvidando, de nuevo, que mirar sin hacer nada, simplemente eso, ya es colaborar.



Oficiales alemanes filman y fotografían el pogrom de L´viv o Lwów (Lemberg, en alemán) en la calle Zamarstynowska (entonces y en la actualidad). Observar y no intervenir. Fotografías procedentes de la web Aktion Reynhard Camps (ARC)

Etiquetas: , , , , , , , ,

viernes, octubre 06, 2006

El contencioso armenio-turco (2): Fisky bussines



Imagen superior: Un "commando" de guerrilleros bóers, 1901. Abajo, voluntarios armenios procedentes de los USA, antes y después de haberse alistado para luchar contra los turcos. Posiblemente se trata de combatientes de la guerra turco-armenia de 1920. De todas formas, uno de ellos muestra lo que, según Nogales, parece haber sido un arma muy característica de esas fuerzas ya en 1915: una pistola ametralladora Mauser.

Por lo tanto, Robert Fisk va y se deja en el tintero cualquier alusión a la carnicería del frente del Cáucaso durante la Gran Guerra. La razón es la de siempre: no le conviene a la delicada arquitectura de sus argumentos. Pero al hacerlo no le interesa tanto la causa que defiende, como llevar la razón. Prefiere suponer que sus lectores son unos incultos o que le aplaudirán absolutamente lo que diga, antes que cambiar una coma.

Desde la misma entrada del Imperio otomano en la Gran Guerra, el frente del Cáucaso se convirtió en una pesadilla. La temeraria ofensiva lanzada por el Tercer Ejército otomano a través de las montañas, en diciembre de 1914, con una temperatura de - 40º, fue una locura que se saldó con unas bajas devastadoras en la batalla de Sarikamiş. La destrucción de dos cuerpos de ejército completos supuso la pérdida de unos 140.000 hombres, entre muertos y prisioneros. Ni siquiera se llegó a aclarar cuál era el objetivo estratégico o político del ataque.


El aventurero y mercenario venezolano Rafael de Nogales combatió al servicio del Imperio otomano contra rusos e insurgentes armenios en el frente del Caúcaso. Su autobiografía, publicada en inglés, es una fuente muy interesante de detalles sobre el alcance real del alzamiento armenio en 1915 y las intenciones de las campaña de deportación. Se publicó en inglés bajo el título: Four Years Beneath the Crescent, Sterndale Classics, London, 2003

Un mes antes de esta temeraria aventura, nada más comenzar las hostilidades, en noviembre de 1914, empezaron a producirse incidentes en la inmediata retaguardia de las tropas otomanas que combatían en el Cáucaso. El alto mando temía el estallido generalizado de la insurgencia armenia, sobre todo cuando se produjo la catastrófica derrota de Sarikamiş y con los ejércitos Tercero y Cuarto severamente vapuleados. Eran muy escasas las carreteras en condiciones y las vías férreas que llegaban hasta aquellos apartados parajes, y las acciones guerrilleras podían dejar a las fuerzas otomanas peligrosamente desabastecidas. Finamente, en abril de 1915, unidades de insurgentes bien abastecidas por los rusos con armamento moderno, lograron tomar la ciudad de Van, al borde del lago homónimo. Aunque las tropas turcas alcanzaron a cercar la ciudad, los rusos consiguieron liberar a los atrapados armenios en mayo. Mientras tanto, en el vilayet de Van tenían lugar masacres indiscriminadas de población armenia, al parecer perpetradas por kurdos y circasianos.

El 24 de abril, a poco de haber comenzado la insurrección de Van, Enver Paşa, en su calidad de jefe del Estado Mayor otomano, emitió una directiva por la cual se instituía que los armenios constituían un peligro para el esfuerzo de guerra y se establecía un plan a fin de evacuar a la población civil de esa nacionalidad residente en los seis vilayets de Anatolia oriental, la localidad y comarca de Zeytun y el área al sur de Diyarbakır. Los armenios deberían ser trasladados a Irak, básicamente al valle del Eufrates, Urfa y Süleymaniye. La deportación no sería completa: el objetivo era reducir la población Armenia a no más de un 10% del total de turcos, kurdos y circasianos en las zonas afectadas.

Hasta qué punto esto fue una mentira de principio a fin y la verdadera intención de Enver Paşa fue liquidar a la población armenia en su conjunto, es materia de debate historiográfico. No para Fisk, por supuesto. Pero es que él se permite dar por buenas pruebas más que dudosas. En la página 452 de su libro, cita como verdad incontrovertible un telegrama de Talaat Paşa al gobernador de Alepo anunciándole la decisión gubernamental de liquidar a la población armenia. En realidad, se trata de uno de los documentos supuestamente recogidos durante el final de la Gran Guerra por un tal Aran Adonian, autor de una obra publicada en 1920, en francés e inglés, titulada: Las memorias de Naim Bey. Documentos oficiales turcos relativos a la deportación y masacre de armenios. El citado Naim Bey habría sido un funcionario otomano de Alepo, que tras la entrada de los ingleses en la ciudad, le cedió a Andonian los documentos incriminatorios. Sin embargo, nunca aparecieron los documentos originales, el mismo Andonian dijo que se había extraviado y en e libro se exhiben fotografías. Ni corto ni perezoso, Fisk le enmienda la plana al mismo Andonian y afirma que el telegrama citado por él es un documento original.

Pero en todo caso, en 1983 los historiadores turcos Şinasi Orel y Süryya Yuca publicaron a su vez un análisis que pretendía demostrar la falsedad de los documentos, analizando uno por uno. Entre ellos está el telegrama citado por Fisk. Desde entonces, la labor de Orel y Yuca ha levantado importantes dudas sobre la autenticidad de los “papeles de Andonian”. Ante eso, uno se puede alinear sin fisuras con la
facción más dura de la causa armenia y negar la negación denunciando a los historiadores turcos como unos repugnantes revisionistas. Es una opción más política que académica, pero moralmente lícita. Pero en el caso de Fisk, lo sintomático es que no cita para nada la procedencia de su telegrama, que es el número XIV de los expuestos en su día por Andonian. Él mismo es consciente de que esa documentación puede estar perfectamente falsificada.

Una vez más, una y otra vez, los viejos trucos de Fisk. Esconde bajo la alfombra aquello que no le cuadra; pero es muy consciente de por qué lo hace. Las deportaciones de población armenia degeneraron (o se convirtieron en) genocidio, fuera éste total o parcialmente planeado o más o menos involuntario. Ésta es la cuestión a debate, que incluso historiadores turcos como Taner Akçam están afrontando con valentía. Pero el problema es la gente como Fisk, que se entrometen con su santa ira, con el objetivo de demostrar que poseen la razón absoluta: y para ello no les importa dañar la causa que dicen defender. Porque entrar como un toro en una cacharrería, mezclar lo cierto con lo incierto o lo falso y eliminar lo que no cuadra en el rígido esquema, es la mejor manera de introducir dudas y restar credibilidad a largo plazo.

En su reputada obra dedicada a la Monarquía de los Habsburgo, 1809-1918, el historiador británico A.J.P. Taylor recuerda que el profesor Tomáš Masaryk, padre de la independencia checoslovaca tras la Gran Guerra, denunció la falsedad de unos manuscritos con poemas que los nacionalistas más fanáticos se empeñaban en datar en la Alta Edad Media (Rukopisy královedvorský a zelenohorský). Masaryk “creía que la nación checa sólo podía conseguir la libertad sobre la base de la verdad, especialmente la verdad de que los `derechos estatales´ de Bohemia eran una tradición gastada y artificial” (pag. 230).


No todo vale: Tomáš Masaryk, padre de la independencia checa, denunció que el recurso a la falsificación o la mixtificación pueden arruinar una causa política, lo cual le acarreó muchas enemistades en su propio campo.







Más recientemente, en la primavera de 2005, Enric Marco, el presidente y portavoz de la Amicale Mathausen fue desenmascarado como impostor por el historiador Benito Bermejo. Nunca había sido un deportado, nunca había pisado los campos de Flossenburg ni Mathausen. A lo largo de un cuarto de siglo dio conferencias, entrevistas, charlas en colegios, llegó a escribir una autobiografía y hasta se inventó un número de deportado: el 6.448. En su defensa, el anciano pergreñó una excusa patética: debía tenerse en cuenta que los horrores relatados eran ciertos y reales, aunque no los hubiera sufrido en sus propias carnes. Lo importante para él, decía, era
“difundir mejor el sufrimiento de las víctimas”. Por supuesto, nadie aceptó una lógica así.

Lo interesante aquí es considerar que Enric Marco, como muchos periodistas-azote, se llegó a creer su propia excusa. Prescindiendo de los medios, el fin se convierte en una causa legítima desde el mismo momento en que el agitador vanidoso lo elige por bandera, mientras que la causa real es él mismo. ¿Es una planteamiento válido? En 1917, Marcel Duchamp revoluciomó el mundo del arte cuando presentó en la galería Grand Central de Nueva York un
urinario como si fuera una obra escultórica. El escándalo fue mayúsculo, pero el argumento era una verdad como un puño, porque Duchamp rechazaba que el arte y el artista poseen una “naturaleza especial”. La mercantilizada sociedad del siglo XX, con el respaldo de los medios de comunicación, había llegado a asumir que un creador convierte en artística cualquier cosa que fabrica con sus manos o designa como tal.

Como tantos otros periodistas-azote, Robert Fisk está tan imbuido del equivalente periodístico de esta idea que denunciaba Duchamp, que ni se molesta en disimular sus contradicciones. Lo que él designa como causa justa con su dedo justo y genial, lo es sin lugar a dudas. En la página 488 de su libro, nos cuenta que Neil Frater, un funcionario del Ministerio del Interior británico, perteneciente a la denominada Unidad de Igualdad Racial, rechazó por carta la petición de un empresario francés de origen armenio en la cual pedía que el gobierno de Londres concediera el mismo trato ceremonial al Holocausto judío y al genocidio armenio. A Fisk le escandaliza que Frater respondiera que el gobierno británico había considerado también las peticiones de considerar otas atrocidades tales como “las cruzadas, la esclavitud, el colonialismo, las víctimas de Stalin y la guerra de los bóers”. Ante lo cual Fisk apunta caústicamente: “El genocidio armenio se encontró de pronto colocado por el gobierno junto a la guerra emprendida por el papa Urbano II en el siglo XI contra los musulamanes de Oriente Próximo”. Y añade que el principal del Colegio Evangélico Armenio de Beirut, deplorando la respuesta de Frater, “sostuvo de modo convincente” [sic] que “cualquier conmemoración seria debe incluir la etiología del genocidio, en particular los del siglo XX, sobre todo si el olvido de uno alentó el siguiente”.

Por lo tanto, el principal del Colegio Evangélico Armenio estaba señalando muy claramente (aunque es posible que no de forma consciente) a la guerra de los bóers que Frater citó en su carta y que Fisk evitó muy cuidadosamente considerar en su libro, dirigiendo su santa ira hacia el absurdo de tomar en consideración las cruzadas.

La Segunda Guerra de los Bóers se desarrolló en el tránsito exacto del siglo XIX al XX: 1899-1902 y fue provocada por un problema de inmigración masiva: miles de ingleses habían llegado al Transvaal, tras el descubrimiento en 1887 del mayor filón de oro del mundo, en Witwatersrand. El Transvaal era una suerte de gobierno autonómico de los bóer o afrikaner, es decir, colonos de origen holandés, que los británicos habían reconocido tras las humillaciones militares sufridas durante la Primera Guerra de los Bóers (1880-1881). A finales del siglo XIX, las autoridades bóer del Transvaal negaron derechos electorales a la población inmigrante británica e impusieron pesadas cargas fiscales sobre la extracción de oro en las minas de Witwatersrand. En plena era del imperialismo, la respuesta de los británicos fue la esperada: autoridades coloniales y propietarios de minas se las arreglaron parar provocar una guerra destinada a anexionarse las repúblicas bóer.













"La proverbial caballerosidad del soldado británico", es el título de esta caricatura publicada por la prensa francesa a comienzos de siglo XX. La imagen intenracional de Gran bretaña durante la Segunda Guerra de los Bóers quedó muy deteriorada por los excesos cometidos contra la población civil en el proceso de la campaña contrainsurgente.


Pero no fue un paseo militar. La primera fase de la Segunda Guerra de los Bóer (octubre-diciembre, 1899) resultó un rosario de humillaciones para el Ejército británico. Después, a partir de febrero de 1900, la llegada masiva de refuerzos cambió el signo de la guerra. En junio, la invasión de las repúblicas bóer se había consumado. Pero entonces, estos pusieron en marcha una guerra de guerrillas que volvió a descolocar a los británicos durante meses, de forma similar a como lo harían los insurgentes armenios con las tropas otomanas quince años más tarde. Durante la campaña contra los “commandos” o grupos de combatientes bóers, los invasores desarrollaron todo el arsenal de medidas anti insurgencia que devendrían clásicas en el siglo XX (algunas, todo hay que decirlo, inspiradas en las que habían aplicado los españoles en Cuba, pocos años antes). Entre ellas, la apertura de campos de concentración: hasta 45 para la población blanca bóer y 64 para africanos. La gran mayoría de esos establecimientos acogían a ancianos, mujeres y niños, dado que los hombres eran mayormente combatientes y fueron internados en otro tipo de campos, casi todos en el extranjero. Allí, la mala alimentación, las deficientes condiciones higiénicas y la carencia de atención médica provocaron la muerte a un total de 27.927 internos, de los cuales 22.074 eran niños menores de 14 años, además de unos 20.000 africanos negros. Desde luego, no son cifras absolutas comparables a las de armenios muertos en 1915. Pero en términos relativos suponen que un escalofriante 25% de los bóers internados (niños, en su inmensa mayoría) murieron en los campos. Los datos no hacen referencia a los fallecidos con posterioridad, como consecuencia de las secuelas del internamiento.


Imagen superior: niño muerto de inanición en un campo de internamiento británico para población civil bóer. Abajo: víctima infantil de la deportación armenia, 1915

Así que, por mucho que le remueva su particular vena nacionalista a Robert Fisk, la masacre de población civil bóer en 1900 fue el primer genocidio del siglo XX. Es cierto que una comisión del gobierno británico visitó los campos en 1901 y a finales de año logró reducir la tasa de mortalidad. Pero el mal estaba hecho, fuera de quien fuera la responsabilidad y su intención real, asunto sujeto a debate, cómo no. En cualquier caso, aún hoy se pueden rastrear por la red una serie de webs que piden limosna de recuerdo histórico para un genocidio que políticamente no conviene recordar.

Por lo tanto y en definitiva, ahora que el Parlamento Europeo ha retirado de su último informe (27 de septiembre) la exigencia de que el gobierno de Ankara reconozca el genocidio armenio como condición para el acceso a la Unión Europea (dado que, lógicamente, “no constituye formalmente uno de los criterios de Copenhague como tal”) quizá sería el momento de que el gobierno turco ofreciera un compromiso formal para el debate del asunto en el marco de una magna conferencia sobre los genocidios europeos en el siglo XX: aquellos que los franceses cometieron en Argelia, Madagascar y otras colonias, los campos de concentración bóer y otros abusos firmados por las autoridades británicas, los excesos llevados a cabo por los holandeses en las entonces Indias Orientales (aquí no se libra nadie), los italianos en Etiopía y Libia, y tutti quanti. Eso si: la conferencia de expiación colectiva debería celebrarse tan pronto Turquía accediera como miembro de pleno derecho a la UE, y no antes. De esa forma, los turcos asumirían sus culpas junto con las de sus hermanos europeos. No hace muchos días, el director de cine polaco Krzysztof Zanussi comentó en una entrevista que el genocidio armenio fue el primero del siglo XX: “Y eso indica que Turquía formará parte de la Unión Europea” (“El Periódico”, domingo 24 de septiembre, 2006, contraportada, entrevista de Arturo San Agustín). En muchos aspectos, una respuesta con la cortante precisión de un bisturí.

Volviendo brevemente al periodista-azote protagonista de estos post, el ninguneo del genocidio bóer indica bien a las claras que Fisk está tan pagado de sus argumentos que no siempre se molesta en esconder las contradicciones que potencialmente –más allá de los lectores que él parece considerar verdaderos tontorrones- dan pie al fiskeo e invalidan sus tesis. Quizás está tan satisfecho de haber originado un término como “fisking”, que se esfuerza en promoverlo.

Pero, en todo caso, no quiere oir hablar de otras propuestas de genocidio que rebajen su idea (en absoluto original) de equiparar el Holocausto judío a un hipotético Holocausto armenio. Y eso es así, porque sabe perfectamente que hablar de un Holocausto ucraniano, polaco, bóer, herero, indio, pakistaní, y todos aquellos de la interminable lista del siglo XX, rebajaría la graducación de su brillante propuesta. El problema está en que Fisk, como periodista-azote devoto de él mismo como su propia causa, ni siquiera se detiene a considerar el daño real que puede hacerle a aquellos que dice defender. Resulta evidente que el gobierno israelí se cierra a la posibilidad de asimilar oficialmente la Shoah judía al genocidio armenio. Hay razones variadas para ello, todas de peso. Pero una a considerar es la viga que cuelga en el ojo de Fisk: a él se le antoja que las consideraciones de los diversos genocidios del siglo XX, a la misma altura que el judío y el armenio, degradan su trágica exclusividad histórica. Y las autoridades israelíes –y muchos judíos- consideran con bastante lógica que la consideración de otros genocidios al mismo rango, degradan la exclusividad histórica de la Shoah. De momento las cosas están así y la victoria obtenida por Fisk consiste en haber logrado cambiar las reglas de estilo de su periódico: en “The Independent” se escribe Holocausto armenio con mayúscula.

Pero el problema va más allá. ¿Qué ocurriría si tras este asunto se anduviera gestando desde hace tiempo una campaña de la derecha dura europea –incluso la extrema derecha- para equiparar a todos los efectos la Shoah judía, el genocidio armenio y el
Holodomor o genocidio ucraniano de 1932-1933? Pues ocurriría que la culpa de los nazis quedaría relativizada en virtud de que tanto los bolcheviques rusos como los turcos (pueblo musulmán) también habrían cometido similares crímenes, pero con menor eco histórico. Y además, los judíos no serían las únicas víctimas con derecho a reclamación universal, sino también los armenios, es decir, pueblo cristiano, no lo olvidemos. Que además aportó voluntarios a las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, cosa que recuerdan complacidos algunos foros neonazis. Decididamente, los periodistas-azote pueden conseguir que las cosas vayan a peor.

Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

jueves, octubre 05, 2006

El contencioso armenio-turco (1): Un ejercicio de fiskeo




Robert Fisk, clásico periodista-azote: encantado de haberse conocido


Me resistí durante bastante tiempo a comprar el voluminoso libro de Robert Fisk, La gran guerra por la civilización. La conquista de Oriente Próximo (Destino, Barcelona, 2006). Aunque recuerdo algunos artículos interesantes de Fisk referidos a las guerras balcánicas, no me cuento entre los admiradores del conjunto de su obra. Pero aún así, no poseía una razón muy precisa para tal actitud, al margen del precio que supone un mastodonte editorial de mil y pico páginas. Muy posiblemente, en el fondo latía una desconfianza bastante fundada hacia los periodistas que se empeñan en escribir mucho, y no contentos con ello editan enormes volúmenes con sus aventuras personales. Los libros de memorias periodísticas, son similareas a las que escriben los políticos al final de su vida activa. Hay ahí un desesperado y molesto intento por justificarse y sobre todo, por tener razón, siempre y en todo momento.

Pero al fin y al cabo, un político es un protagonista, mientras que un periodista, en principio, es un observador. Mal asunto si va de agitador político; y peor aún si pretende envolver el correspondiente panfletito con justificaciones académicas. Un periodista no es nunca “un soldado del pequeño ejército de historiadores que escriben la historia al pie del cañón”. O mejor dicho: puede que algún día los “soldados de la prensa” fueran eso que dice admirar Fisk: durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los órganos de prensa eran una extensión de las oficinas de propaganda gubernamentales. Pero eso ya queda un poco lejos en el tiempo. Recordemos brevemente a Jorge M. Reverte en Perro come a perro: los medios de comunicación son empresas, son negocios, incluyendo el maravilloso “The Independent” para el que trabaja Robert Fisk. Y en ese sentido,
citando a Reverte, “la buena marcha de un periódico se centra cada vez más en la demanda, es decir, en la capacidad para interpretar los deseos del público como elemento que desplaza al impulso de contar bien la realidad y proporcionar los elementos necesarios para su análisis”. Por lo tanto, el periodista profesional no debería jugar a ser un agitador de masas; su producto deber ser variado y fresco, y no pesadas tartas a medio cocinar llenas de espesantes y edulcorantes.

Pero si es así, si el plumilla se convierte a su propia religión privada y vierte en ella artículos de fe, jaculatorias, mantras y excomuniones, entonces deviene un “periodista azote” (“professional journalistic scourge”). Este tipo de profesional de la prensa, que existe en casi todos los medios, se identifica por defender ferozmente su propia causa, que es literalmente su propia causa, aunque pueda parecer que se trata de una opción política o ideológica determinada. Justamente por eso, suele ser un problema para la causa concreta que dice defender, porque lo importante para él es llevar siempre la razón. Como no acepta la crítica ajena, ni se aplica jamás la autocrítica, la contumacia funciona como una apisonadora que llegado el caso y si la vanidad del periodista azote lo reclama, puede incluso pasar por encima de los pobres defendidos. En último término, este tipo de actitudes –en el fondo tan aburridas para el lector común- se sustentan sobre un público fiel que aplaudirá a rabiar cualquiera de sus exageraciones, distorsiones o tergiversaciones.

Desde ese punto de vista, Robert Fisk es uno de los más célebres “periodistas azote” de Europa. Tanto es así, que su controvertida labor ha generado una expresión: “fisking”. El término se ha vuelto tan usual que incluso posee una entrada propia en Wikipedia, que incluye una breve historia del mismo (ya se remonta a 2001) y propuestas para varias definiciones. Se ha impuesto la
siguiente: "A point-by-point refutation of a blog entry or (especially) news story. A really stylish fisking is witty, logical, sarcastic and ruthlessly factual; flaming or handwaving is considered poor form. Named after Robert Fisk, a British journalist who was a frequent (and deserving) early target of such treatment."

Por mi parte, me permito añadir mi propia definición, que además ofrezco traducida al inglés, a mayor gloria de la blogsfera:

Fisking: to uncover the conceptual legerdemain of a professional journalistic scourge in the most elegant and concise manner possible”.

Y ya para utilización del público hispanohablante: “Fiskeo: acción de poner en evidencia los manejos argumentales del periodista azote de la forma más elegante y concisa posible”. Y para rematar la oferta, la acompaño con un (relativamente) breve ejercicio de fiskeo relacionado con la percepción que el mencionado autor ofrece del célebre contencioso historiográfico (y ya político) del comúnmente denominado genocidio armenio de 1915, recogido en el capítulo 10, páginas 450-500 del ya citado grueso volúmen.

A diferencia de otros capítulos, en éste el autor va muy rápidamente al grano, ya desde el mismo título. Fisk se vuelca en demostrar que el Holocausto de los judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, es heredero directo del genocidio cometido por las fuerzas de seguridad otomanas durante la contienda anterior, en 1915. En realidad, Fisk insiste obsesivamente en ese esquema porque, según él, las matanzas de armenios constituyen un verdadero Holocausto, con H mayúscula, digno de figurar junto al judío en todas las conmemoraciones habidas y por haber, año tras año, urbi et orbi.

Forma parte de la teoría expuesta por el periodista británico el hecho de que la liquidación masiva de poblaciones armenias en la primavera de 1915 fue una decisión tomada con premeditación por las autoridades otomanas en un paralelismo casi exacto con el proceso de “Solución Final” de los nazis alemanes con respecto a los judíos. En palabras del mismo Fisk: “El paralalelismo con Auswichtz no es frívolo. El reinado del terror de Turquía contra el pueblo armenio fue un intento de destruir la raza armenia” (pag. 452). Obsérvese la forma de manejar el lenguaje: no habla de las autoridades del Imperio otomano, sino de Turquía; y menciona a la “raza armenia” como presunta definción ajena, dado que él habla del “pueblo armenio”.

En su intento de establecer paralelismos entre la Solución Final y la liquidación de las poblaciones armenias en 1915, Fisk no duda en hacer juegos malabares con detalles grotescos. Por ejemplo, nos explica que “a ochenta kilómetros al norte de la fosa común de Margada [en Siria] se encuentra otro pequeño Auschwitz, una cueva a la que los soldados turcos llevaron a miles de hombres armenios durante las deportaciones. Boghos Dakessian y yo la encontramos con bastante facilidad en medio de lo que es hoy un campo petrolífero sirio (…) Se extendía a lo largo de un kilómetro bajo tierra. “Aquí mataron a unos cinco mil de los nuestros –dijo Dakessian con cierto disgusto de estadístico ante la imprecisión-. Los metieron en la cueva y luego encendieron una hoguera aquí, en la entrada, y llenaron la cueva de humo. Se asfixiaron. Tosieron y tosieron hasta morir”.

“Hicieron falta varias segundos para que el significado histórico de todo eso se hiciera evidente” –continúa Fisk dejando en suspenso al lector y dándole una breve ventaja para que haga un esfuerzo y se sitúe a su mismo nivel deductivo. “Ahí, en el frío y árido desierto, los turcos habían convertido esa hendidura en la corteza terrestre en la primera cámara de gas del siglo XX. Los principios básicos del genocidio tecnológico empezaron ahí en el desierto sirio, en la minúscula boca de esa cueva inocente, una cámara natural excavada en la roca”.

Como quedó claro en la definición, el fiskeo no debe ser demasiado prolijo, porque entonces se puede hacer tan aburrido o fastidioso como el texto fiskeado. Eso resulta un poco frustrante, porque el autor recurre a un arsenal argumentativo tan grotesco como divertido, al forzar paralelismos imposibles. Por ejemplo: un padre de familia armenio decide tatuar las iniciales de la familia en los brazos de sus hijos por si se perdieran en el marasmo de la deportación. “Identidades tatuadas”, deja caer Robert Fisk sin más comentarios, guiñando el ojo a su público. No lo explicita, pero se refiere, como no, a la identidad numérica que los nazis tatuaron a los judíos internados en los campos de concentración. ¿También se inspiraron en el caso de la familia Papazian que el periodista descubre en una perdida aldea siria en el año 1992? Sus lectores más crédulos e incondicionales cerrarán los puños y lanzarán un entusiasta: "¡Si!" Muchos de los demás se quedarán con la duda. Y el truco ha funcionado una vez más.

Detalle de los planos del arquitecto Werkmann para el edificio de los hornos crematorios de Auschwitz, proyecto inspirado a su vez en el del ingeniero Prüfer. Noviembre de 1941. Ilustración reproducida en el libro citado de Jean-Claude Pressac


Si Robert Fisk representa al periodismo de investigación británico, desde luego éste no queda muy bien parado. Nuestro autor parece desconocer las obras más elementales sobre la tecnología del Holocausto. O no leyó la obra de Jean Claude Pressac en la que relata minuciosamente el proceso de planificación y construcción de las cámaras de gas con todos los problemas técnicos y soluciones que les supuso a sus creadores: Les crématoires d´Auschwitz. La machinerie du meurtre en masse (CNRS Éds., Paris, 1993). No menciona ni media palabra sobre la polémica Daniel Jonah Goldhagen vs. Christopher Browning en torno a las raíces sociales genuinamente alemanes del Holocausto. Y posiblemente prescindió de echar un vistazo a las últimas investigaciones, serias y académicas, sobre los orígenes precisos de la decisión y planificación de la Solución Final.

Este es el gran problema de Fisk: tergirversa en profundidad, sugiere pistas que no verifica y esconde lo que no le conviene. Y riega todo ese menú con una sabrosa salsa de santa indignación. Porque Fisk, como buen periodista azote, es un autor “enragé”. De esa forma, consigue atemorizar al lector, que inconscientemente renuncia a polemizar con él, incluso en la invulnerable intimidad del café con leche mañanero. Y por otra parte, ¿cómo iba a mentir un hombre tan bien intencionado, tan absolutamente imbuido de razones, que su certidumbre se transforma en cólera divina? Pues sí. Lo hace.

La primera decepción llega pronto, ya en la página 455. Robert Fisk está tan embebido en el esfuerzo de demostrar que las autoridades otomanas anticiparon punto por punto lo que harían los nazis alemanes un cuarto de siglo más tarde, que no duda en esconder bajo la alfombra lo que no cuadra en su esquema. Es decir, miente por omisión. Y ahí se le ve la huella del oficio, porque éste es un tipo de falsedad más propio de un periodista o un político que de un académico. Regresemos a las técnicas del fiskeo clásico. A la hora de explicar por qué las autoridades otomanas deciden organizar la deportación masiva de armenios en la primavera de 1915, afirma que ello fue debido a que “alentados por su victoria sobre los aliados en los Dardanelos, los turcos se lanzaron sobre los armenios”. Y a continaución se apoya en Winston Churchill: “Bien pudiera ser que el ataque británico en la península de Gallípoli estimulara la implacable furia del gobierno turco”. Apostilla que la obra de referencia es La crisis mundial, “un libro casi tan olvidado hoy como los propios armenios”. Es lógico: fue publicado en 1927, y por entonces, Winston estaba muy interesado en justificarse, dado que la operación de desembarco en Gallípoli fue una idea suya, y suyo el bochorno consiguiente. Con la frase barre hacia su casa. Es como si argumentara: “Si la operación hubiera sido bien ejecutada o se hubiera llevado hasta el final, se hubiera posido evitar la masacre de los armenios”. O también: “El desembarco afectó de forma sustancial a los turcos, no fue una nadería”. Para Frisk la clave está en que “sin duda”, la victoria de los Dardanelos sobre los ejércitos británico y australiano “proporcionó al régimen turco una renovada y decidida confianza”.


Conocida fotografía de Mustafa Kemal en las trincheras de Gallípoli, donde comandó la 19ª División. La carencia de reservas y artillería llegó a ser tan crítica que en una ocasión se utilizaron cañones sacad0s del Museo Militar de Estambul.

Cuesta creer que en este caso Fisk no se haya tomado la molestia de comparar los datos cronológicos más elementales. Los desembarcos en Gallípoli se iniciaron el 25 de abril de 1915, mientras que las órdenes para iniciar las deportaciones de población armenia se dieron el 25 de mayo de ese mismo año. Por entonces, el régimen otomano no vivía en un estado de “decidida confianza” sino todo lo contrario: el Ejército estaba con el agua al cuello en Gallípoli, aguantando con dificultad y enormes bajas los ataques de las fuerzas anglo-australianas y neozelandesas (ANZAC). Todo esto sucedía muy cerca de Estambul. Y por cierto, vale la pena decir que las tropas que defendían la zona no eran “turcas”, calificativo abusivamente urilizado por Fisk, sino otomanas, en el sentido de que los integrantes de las divisiones presentes en la zona eran turcos y árabes.

Gallípoli no era el único problema serio de la Sublime Puerta. Justamente, el 14 de abril de 1915 el Imperio británico lanzaba otro ataque contra el Imperio otomano con fuerzas anglo-indias desembarcadas en Mesopotamia (actual Irak) ya en noviembre del año anterior. El ataque, que amenazaba con tomar Bagdad, no fue detenido hasta finales abril de 1916, por lo que tampoco pudo insuflar mucha confianza a los responsables de las deportaciones armenias. Pero lo que llama poderosamente la atención es el espectáculo de todo un Robert Fisk “olvidando” de forma flagrante (y evidentemente interesada) los muy duros combates que libraron las fuerzas otomanas contra el Ejército ruso y fuerzas irregulares armenias en el frente del Cáucaso; y que precisamente, estos sí, estuvieron en relación directa con la decisión otomana de organizar las deportaciones de población armenia. Decididamente, fiskear a Fisk resulta un ejercicio bastante sencillo. Quizás de ahí proviene la popularidad del término.

(continuará)

Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,