domingo, enero 21, 2007

La pistola amarilla












Escenario para un escándalo: restos del accidente de Susurluk. Entre los servicios de inteligencia de algunos países de la Europa oriental existe una cierta tradición de liquidar adversarios mediante accidentes de tráfico en los que se utilizan camiones, aunque nunca se encontraron pruebas de que lo sucedido en Susurluk no fuera meramente casual


El 3 de noviembre de 1996, hace ahora poco más de diez años, un Mercedes negro chocó contra un camión cerca del remoto pueblo de Susurluk, en Anatolia occidental, resultando muertos casi todos sus ocupantes. Estos eran un mafioso y antiguo activista de los Lobos Grises, es decir, el brazo armado de la extrema derecha neofascista turca; un alto mando de las fuerzas de seguridad que había sido jefe de la policía en Estambul, así como un parlamentario del Partido la Recta Vía, que era un jefe tribal kurdo, el cual había creado su propia milicia, colaboracionista. En el automóvil apareció además abundante droga, armas sofisticadas y alguna documentación comprometedora. Se sospechaba que el ministro del Interior, del partido de la entonces primera ministro Tansu Çiller, había estado presente poco antes en una reunión con esa muestra de la connivencia entre la política, las fuerzas de seguridad, la mafia y la extrema derecha. La investigación que llevó a cabo una comisión parlamentaria no hizo sino confirmar las peores sospechas, lo que incluía la financiación de la guerra sucia con tráfico de armas y drogas, todo ello impulsado a raíz del golpe militar de 1980. Casi todos los partidos políticos que habían pasado por el poder estaban implicados de una forma u otra. El islamista Refah era una excepción, pero Erbakan, ansioso por mantener viva la coalición gubernamental que mantenía su partido con el de la Recta Vía se alineó con Tansu Çiller –ella misma implicada en la utilización de fondos ilegales- e hizo lo que pudo para defenderla.

Viejo colgante de los Lobos Grises. Colección particular del autor




A imagen y semejanza de las manifestaciones populares que por
aquellas mismas fechas estaban teniendo lugar en Belgrado contra el régimen de Slobodan Milošević, el 1º de febrero de 1997 se convocó espontáneamente en Turquía una “Jornada de luz contra la oscuridad (Sürekli Aydınlık İçin 1 Dakika Karanlık) en la que decenas de miles de ciudadanos protestaron encendiendo y apagando las luces o haciendo sonar bocinas y cacerolas. El impacto de la protesta sobre los entonces todopoderosos militares turcos fue de gran envergadura. Incluso pudiera ser que el denominado "golpe posmoderno" (o "golpe virtual") de ese mismo mes de febrero tuviera como objetivo cercenar ese tipo de manifestaciones tanto o más que el declarado intento de hacer caer el gobierno islamista surgido de la coalición Erbakan-Çiller, lo cual acaeció meses más tarde, el 6 de junio de ese mismo año. Posiblemente, los militares también temieron que islamismo y contestación cívica confluyeran a partir de las protestas contra Susurluk.

La "Jornada de la luz contra la oscuridad" fue un evento espectacular muy poco mencionado por la prensa occidental de la época y que hoy en día está casi completamente olvidado. Y sin embargo, tuvo un profundo significado que iba mucho más allá del hartazgo de la ciudadanía con los militares y la interminable guerra del Kurdistán con sus vergonzosos abusos. La protesta de aquel mes de febrero probaba que existía una sociedad civil turca con sobrada consciencia de su propia fuerza y con sólidas credenciales democráticos. El amarillismo con el que se tiñe buena parte de la prensa occidental cuando encuentra ocasión de denunciar la candidatura turca ante la Unión Europea, tiene gran interés en difuminar su existencia o en olvidar que Susurluk dio lugar a la espectacular jornada de protesta: véase, por ejemplo la crónica de Ricardo Ginés en "La Vanguardia", edición del 21 de enero, pag. 9


Ogün Samast, asesino confeso del periodista Hrant Dink, captado por una cámara de seguridad momentos después del atentado.



El reciente asesinato del periodista Hrant Dink ha reabierto la archimanida caja de los petardos con los estampidos habituales. Por supuesto, los encabeza Robert Fisk con uno de sus carácterísticas piezas "fiskeables" en las que condensa sus bombásticos "descubrimientos" particulares de historiador aficionado sobre los sucesos de 1915, que ya se analizaron en otro post dentro de este mismo blog. Pero la pieza del pasado 20 de enero incluye dos apreciaciones interesantes: de un lado adelanta un dato que se abrió paso durante las primeras horas: que el asesino de Dink fuera él mismo un armenio, basándose en que el periodista acusaba a sus congéneres armenios "de manifestar animadversión y hostilidad contra los turcos por el genocidio". Y a la vez, Fisk calificaba al autor del atentado de "asesino profesional" dando a entender... ¿qué exactamente? ¿Qué el adolescente Ogün Samast cobraba de algún gobierno, de alguna institución capaz de abonar sus servicios profesionales? Difícil de creer que alguna organización activista mínimamente eficaz contrate a un chaval de 17 años de edad que difícilmente va a aguantar un interrogatorio policial. Incapaz de resistir a la tentación del sensacionalismo periodístico Fisk exhuda satisfacción al titular su pieza: "La víctima 1.500.001 del genodicio". ¿No podría ser la 300.001? No: a pesar de que se supone que está a favor del diálogo turco-armenio para la dilucidación de la verdad histórica sobre el denominado genocidio de 1915, Fisk se pone sin rubor del lado del nacionalismo armenio duro: 1.500.000 y no se hable más.

Pero Fisk es un "periodista flagelo" y ya sabemos que en base a ello, trabaja principalmente por su propia causa. Sólo una breve alusión al asunto de fondo: "No se trata únicamente de un golpe horroroso asestado a un miembro de comunidad armenia superviviente del genocidio, sino de un desbaratamiento de las esperanzas turcas de entrar en la Unión Europea, aspiración si se quiere visionaria que de hecho ya se hallaba en peligro por la ruptura de relaciones con Chipre y su negativa a reconocer el genocidio". ¿Seguro? ¿Quién ha hablado en Bruselas del "desbaratamiento" de las esperanzas turcas desde el asesinato de Dink? ¿Por qué son "visionarias" tales esperanzas? ¿Porque lo digan Fisk, Sarkozy e Identidad, Tradición y Soberanía, es decir el nuevo grupo ultraderechista en el Parlamento Europeo? ¿A qué se refiere con "ruptura de relaciones con Chipre"? ¿Acaso fue eso lo que ocurrió el pasado mes de diciembre? Fisk no es precisamente un cronista preciso; tira de incontinencia. Como muchas de las crónicas en que interviene de cerca o de lejos Juan Carlos Sanz, de "El País": "La muertre a tiros en Estambul del periodista Hrant Dink torpedea el acercamiento de Ankara a la UE": ¡Bang, bang! Así rezaba, nada menos que el subtítulo de la crónica de ese periódico dedicada al atentado en su edición del pasado 20 de enero, página 2. Es cierto, el mismo primer ministro Erdoğan dijo aquello de que "han disparado contra la democracia y la libertad de expresión", a poco de conocerse la noticia. Pero ¿de dónde sale que el luctuoso suceso "torpedea el acercamiento de Ankara a la UE"?

Esquina donde fue asesinado Olof Palme en Estocolmo, en febrero de 1986. Fotografía procedente de su biografía en Wikipedia. El atentado continúa sin haberse resuelto, aunque o bien se admite que fue obra de Christer Pettersson en solitario, o que algún servicio de inteligencia occidental estuvo detrás. Lo cual probaría que no sólo en Turquía existe "Derin Devlet".




Quizá Ricardo Ginés tiene la respuesta y nos la ofrece desde "La Vanguardia": la culpa la tienen el gobierno y los medios de comunicación turcos. El primero, por no ofrecer protección a la víctima (al parecer sí lo hizo, y ésta la rechazó). Como dicen los italianos: "¿Piove?¡Governo ladro!":
Ya se sabe, el gobierno siempre tiene la culpa de todo, y en primera instancia además. Después le toca reparto de responsabilidad a los colegas de los medios de comunicación, así en general: "Los medios turcos [¿todos?] son en gran parte culpables, sobre todo por cómo han tratado el contencioso armenio. Ignorando el pasado, editores y presentadores de televisión parecían estar llevando a cabo campañas de odio contra personas como Dink, señalándolas como traidores. Esto condujo a amenazas de muerte masivas por parte de un público ignorante y emocional". Claro, sólo que esto no lo dice Ginés por sí mismo, sino un periodista, "amigo de la víctima". Y para redondear la investigación, añade en su crónica... ¡declaraciones a "La Vanguardia" del correponsal de "The Economist" en Turquía! Sorprende bastante que el periódico barcelonés acepte torpezas de ese calibre, las cuales dejan malparada la autoridad (o capacidad) informativa de un periódico, abandonada en manos de las opiniones de la competencia.

Pero da igual: para Fisk, Sanz y toda la tropilla, lo importante es que el gobierno, los medios de comunicación y una inmensa mayoría de los turcos son, de una forma u otra, culpables de la muerte de Dink. Todos apretaron el gatillo y por lo tanto, queda claro que Turquía no es europea, es un país poblado por asiáticos ignorantes. Y dejemos para otro día el hecho de que son musulmanes e islamistas fanáticos en potencia. Nunca existió la "Jornada de luz por la oscuridad" en 1997, nadie protestó en Turquía por la muerte de Dink (ni siquiera sabemos quiénes eran los contestatarios), las declaraciones de Erdoğan no son suficientes para el "El País", según reza en el editorial del 20 de enero ("Tragedia en Estambul"): "Erdoğan aún no cumple del todo con suficiente honestidad ante la historia y el futuro". Bien, ¿y que se espera exactamente del primer ministro turco?

La incontinencia periodística suele basarse sobre inestables juegos malabares con la lógica. Imaginemos que el estado turco hubiera "reconocido" como genocidio los sucesos de 1915. ¿Habría eso evitado la muerte de Dink a manos de un adolescente obnubilado? ¿O quizás hubiera provocado muchos más problemas de los que debería solucionar? Según este tipo de argumentación, por ejemplo (hay muchos otros) la muerte de Olof Palme en la supercivilizada, tolerante y democrática Suecia, sin aparentes deudas no reconocidas con el pasado, nunca debió haber sucedido.

La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio: José Amedo, jefe operativo de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL): no apartaron a España de la Comunidad Europea


Y ya que estamos en esta línea, echemos mano de la pedagogía comparativa. ¿Podemos imaginar que algún periódico occidental o turco le hubiera dado el mismo trato informativo a la reciente tragedia de la T4 en Barajas? ¿Qué tal si algún cronista extranjero hubiera achacado la culpa del atentado y las dos muertes al gobierno y una supuesta mala fe negociadora apoyándose en las declaraciones de algún colega "amigo" de los responsables del acto? ¿Y si un Robert Fisk insinuara que la causa de lo ocurrido el pasado diciembre estuviera en el bombardeo de Gernika? Pero sobre todo, y esto va dirigido a los periodistas de mala memoria o los jóvenes que no tienen en cuenta la historia cercana, hemos de recordar que los asesinatos de los GAL, vergonzoso terrorismo de estado convicto y confeso, no evitó que España ingresara en la Comunidad Europea, allá por 1986 (y recordemos que los Grupos Antiterroristas de Liberación actuaron entre 1983 y 1987, siendo responsables de 23 asesinatos). Por lo tanto, y teniendo en cuenta el precedente español en materia de crímenes de estado, el asesinato de Hrant Dink, por lamentable que resulte en sí mismo, deja aún mucho, pero lo que se dice mucho, margen de esperanza para las aspiraciones de Turquía en relación a la UE.

La sociedad civil turca en acción: más de 100.000 personas despiden el féretro de Hrant Dink en un monumental manifestación por el centro de Estambul, 23 de enero, 2007. Fotografía publicada por laverdad.es


Por lo tanto, seamos honestos y no hagamos exactamente lo mismo que denunciamos. Si, qué duda cabe: el ultranacionalismo turco organizó linchamientos mediáticos contra intelectuales liberales: eso no es nuevo en absoluto, llevan así más de cuarenta años. Pero eso no quiere decir que los culpables de lo sucedido a Dink sean el gobierno, los medios de comunicación de aquel país o la población en general. No linchemos a todo un país desde la impunidad occidental. Y sobre todo, hagamos un poco de examen de conciencia: Dink no tenía que haber muerto bajo ningún concepto; pero menos que nada, por una polémica absolutamente innecesaria atizada también desde Occidente, en parte por una derecha (y una ultraderecha) tan cavernícola como la turca, por las conveniencias de los políticos oportunistas de turno y por el afán de notoriedad de unos cuantos intelectuales y periodistas vanidosos.

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viernes, octubre 06, 2006

El contencioso armenio-turco (2): Fisky bussines



Imagen superior: Un "commando" de guerrilleros bóers, 1901. Abajo, voluntarios armenios procedentes de los USA, antes y después de haberse alistado para luchar contra los turcos. Posiblemente se trata de combatientes de la guerra turco-armenia de 1920. De todas formas, uno de ellos muestra lo que, según Nogales, parece haber sido un arma muy característica de esas fuerzas ya en 1915: una pistola ametralladora Mauser.

Por lo tanto, Robert Fisk va y se deja en el tintero cualquier alusión a la carnicería del frente del Cáucaso durante la Gran Guerra. La razón es la de siempre: no le conviene a la delicada arquitectura de sus argumentos. Pero al hacerlo no le interesa tanto la causa que defiende, como llevar la razón. Prefiere suponer que sus lectores son unos incultos o que le aplaudirán absolutamente lo que diga, antes que cambiar una coma.

Desde la misma entrada del Imperio otomano en la Gran Guerra, el frente del Cáucaso se convirtió en una pesadilla. La temeraria ofensiva lanzada por el Tercer Ejército otomano a través de las montañas, en diciembre de 1914, con una temperatura de - 40º, fue una locura que se saldó con unas bajas devastadoras en la batalla de Sarikamiş. La destrucción de dos cuerpos de ejército completos supuso la pérdida de unos 140.000 hombres, entre muertos y prisioneros. Ni siquiera se llegó a aclarar cuál era el objetivo estratégico o político del ataque.


El aventurero y mercenario venezolano Rafael de Nogales combatió al servicio del Imperio otomano contra rusos e insurgentes armenios en el frente del Caúcaso. Su autobiografía, publicada en inglés, es una fuente muy interesante de detalles sobre el alcance real del alzamiento armenio en 1915 y las intenciones de las campaña de deportación. Se publicó en inglés bajo el título: Four Years Beneath the Crescent, Sterndale Classics, London, 2003

Un mes antes de esta temeraria aventura, nada más comenzar las hostilidades, en noviembre de 1914, empezaron a producirse incidentes en la inmediata retaguardia de las tropas otomanas que combatían en el Cáucaso. El alto mando temía el estallido generalizado de la insurgencia armenia, sobre todo cuando se produjo la catastrófica derrota de Sarikamiş y con los ejércitos Tercero y Cuarto severamente vapuleados. Eran muy escasas las carreteras en condiciones y las vías férreas que llegaban hasta aquellos apartados parajes, y las acciones guerrilleras podían dejar a las fuerzas otomanas peligrosamente desabastecidas. Finamente, en abril de 1915, unidades de insurgentes bien abastecidas por los rusos con armamento moderno, lograron tomar la ciudad de Van, al borde del lago homónimo. Aunque las tropas turcas alcanzaron a cercar la ciudad, los rusos consiguieron liberar a los atrapados armenios en mayo. Mientras tanto, en el vilayet de Van tenían lugar masacres indiscriminadas de población armenia, al parecer perpetradas por kurdos y circasianos.

El 24 de abril, a poco de haber comenzado la insurrección de Van, Enver Paşa, en su calidad de jefe del Estado Mayor otomano, emitió una directiva por la cual se instituía que los armenios constituían un peligro para el esfuerzo de guerra y se establecía un plan a fin de evacuar a la población civil de esa nacionalidad residente en los seis vilayets de Anatolia oriental, la localidad y comarca de Zeytun y el área al sur de Diyarbakır. Los armenios deberían ser trasladados a Irak, básicamente al valle del Eufrates, Urfa y Süleymaniye. La deportación no sería completa: el objetivo era reducir la población Armenia a no más de un 10% del total de turcos, kurdos y circasianos en las zonas afectadas.

Hasta qué punto esto fue una mentira de principio a fin y la verdadera intención de Enver Paşa fue liquidar a la población armenia en su conjunto, es materia de debate historiográfico. No para Fisk, por supuesto. Pero es que él se permite dar por buenas pruebas más que dudosas. En la página 452 de su libro, cita como verdad incontrovertible un telegrama de Talaat Paşa al gobernador de Alepo anunciándole la decisión gubernamental de liquidar a la población armenia. En realidad, se trata de uno de los documentos supuestamente recogidos durante el final de la Gran Guerra por un tal Aran Adonian, autor de una obra publicada en 1920, en francés e inglés, titulada: Las memorias de Naim Bey. Documentos oficiales turcos relativos a la deportación y masacre de armenios. El citado Naim Bey habría sido un funcionario otomano de Alepo, que tras la entrada de los ingleses en la ciudad, le cedió a Andonian los documentos incriminatorios. Sin embargo, nunca aparecieron los documentos originales, el mismo Andonian dijo que se había extraviado y en e libro se exhiben fotografías. Ni corto ni perezoso, Fisk le enmienda la plana al mismo Andonian y afirma que el telegrama citado por él es un documento original.

Pero en todo caso, en 1983 los historiadores turcos Şinasi Orel y Süryya Yuca publicaron a su vez un análisis que pretendía demostrar la falsedad de los documentos, analizando uno por uno. Entre ellos está el telegrama citado por Fisk. Desde entonces, la labor de Orel y Yuca ha levantado importantes dudas sobre la autenticidad de los “papeles de Andonian”. Ante eso, uno se puede alinear sin fisuras con la
facción más dura de la causa armenia y negar la negación denunciando a los historiadores turcos como unos repugnantes revisionistas. Es una opción más política que académica, pero moralmente lícita. Pero en el caso de Fisk, lo sintomático es que no cita para nada la procedencia de su telegrama, que es el número XIV de los expuestos en su día por Andonian. Él mismo es consciente de que esa documentación puede estar perfectamente falsificada.

Una vez más, una y otra vez, los viejos trucos de Fisk. Esconde bajo la alfombra aquello que no le cuadra; pero es muy consciente de por qué lo hace. Las deportaciones de población armenia degeneraron (o se convirtieron en) genocidio, fuera éste total o parcialmente planeado o más o menos involuntario. Ésta es la cuestión a debate, que incluso historiadores turcos como Taner Akçam están afrontando con valentía. Pero el problema es la gente como Fisk, que se entrometen con su santa ira, con el objetivo de demostrar que poseen la razón absoluta: y para ello no les importa dañar la causa que dicen defender. Porque entrar como un toro en una cacharrería, mezclar lo cierto con lo incierto o lo falso y eliminar lo que no cuadra en el rígido esquema, es la mejor manera de introducir dudas y restar credibilidad a largo plazo.

En su reputada obra dedicada a la Monarquía de los Habsburgo, 1809-1918, el historiador británico A.J.P. Taylor recuerda que el profesor Tomáš Masaryk, padre de la independencia checoslovaca tras la Gran Guerra, denunció la falsedad de unos manuscritos con poemas que los nacionalistas más fanáticos se empeñaban en datar en la Alta Edad Media (Rukopisy královedvorský a zelenohorský). Masaryk “creía que la nación checa sólo podía conseguir la libertad sobre la base de la verdad, especialmente la verdad de que los `derechos estatales´ de Bohemia eran una tradición gastada y artificial” (pag. 230).


No todo vale: Tomáš Masaryk, padre de la independencia checa, denunció que el recurso a la falsificación o la mixtificación pueden arruinar una causa política, lo cual le acarreó muchas enemistades en su propio campo.







Más recientemente, en la primavera de 2005, Enric Marco, el presidente y portavoz de la Amicale Mathausen fue desenmascarado como impostor por el historiador Benito Bermejo. Nunca había sido un deportado, nunca había pisado los campos de Flossenburg ni Mathausen. A lo largo de un cuarto de siglo dio conferencias, entrevistas, charlas en colegios, llegó a escribir una autobiografía y hasta se inventó un número de deportado: el 6.448. En su defensa, el anciano pergreñó una excusa patética: debía tenerse en cuenta que los horrores relatados eran ciertos y reales, aunque no los hubiera sufrido en sus propias carnes. Lo importante para él, decía, era
“difundir mejor el sufrimiento de las víctimas”. Por supuesto, nadie aceptó una lógica así.

Lo interesante aquí es considerar que Enric Marco, como muchos periodistas-azote, se llegó a creer su propia excusa. Prescindiendo de los medios, el fin se convierte en una causa legítima desde el mismo momento en que el agitador vanidoso lo elige por bandera, mientras que la causa real es él mismo. ¿Es una planteamiento válido? En 1917, Marcel Duchamp revoluciomó el mundo del arte cuando presentó en la galería Grand Central de Nueva York un
urinario como si fuera una obra escultórica. El escándalo fue mayúsculo, pero el argumento era una verdad como un puño, porque Duchamp rechazaba que el arte y el artista poseen una “naturaleza especial”. La mercantilizada sociedad del siglo XX, con el respaldo de los medios de comunicación, había llegado a asumir que un creador convierte en artística cualquier cosa que fabrica con sus manos o designa como tal.

Como tantos otros periodistas-azote, Robert Fisk está tan imbuido del equivalente periodístico de esta idea que denunciaba Duchamp, que ni se molesta en disimular sus contradicciones. Lo que él designa como causa justa con su dedo justo y genial, lo es sin lugar a dudas. En la página 488 de su libro, nos cuenta que Neil Frater, un funcionario del Ministerio del Interior británico, perteneciente a la denominada Unidad de Igualdad Racial, rechazó por carta la petición de un empresario francés de origen armenio en la cual pedía que el gobierno de Londres concediera el mismo trato ceremonial al Holocausto judío y al genocidio armenio. A Fisk le escandaliza que Frater respondiera que el gobierno británico había considerado también las peticiones de considerar otas atrocidades tales como “las cruzadas, la esclavitud, el colonialismo, las víctimas de Stalin y la guerra de los bóers”. Ante lo cual Fisk apunta caústicamente: “El genocidio armenio se encontró de pronto colocado por el gobierno junto a la guerra emprendida por el papa Urbano II en el siglo XI contra los musulamanes de Oriente Próximo”. Y añade que el principal del Colegio Evangélico Armenio de Beirut, deplorando la respuesta de Frater, “sostuvo de modo convincente” [sic] que “cualquier conmemoración seria debe incluir la etiología del genocidio, en particular los del siglo XX, sobre todo si el olvido de uno alentó el siguiente”.

Por lo tanto, el principal del Colegio Evangélico Armenio estaba señalando muy claramente (aunque es posible que no de forma consciente) a la guerra de los bóers que Frater citó en su carta y que Fisk evitó muy cuidadosamente considerar en su libro, dirigiendo su santa ira hacia el absurdo de tomar en consideración las cruzadas.

La Segunda Guerra de los Bóers se desarrolló en el tránsito exacto del siglo XIX al XX: 1899-1902 y fue provocada por un problema de inmigración masiva: miles de ingleses habían llegado al Transvaal, tras el descubrimiento en 1887 del mayor filón de oro del mundo, en Witwatersrand. El Transvaal era una suerte de gobierno autonómico de los bóer o afrikaner, es decir, colonos de origen holandés, que los británicos habían reconocido tras las humillaciones militares sufridas durante la Primera Guerra de los Bóers (1880-1881). A finales del siglo XIX, las autoridades bóer del Transvaal negaron derechos electorales a la población inmigrante británica e impusieron pesadas cargas fiscales sobre la extracción de oro en las minas de Witwatersrand. En plena era del imperialismo, la respuesta de los británicos fue la esperada: autoridades coloniales y propietarios de minas se las arreglaron parar provocar una guerra destinada a anexionarse las repúblicas bóer.













"La proverbial caballerosidad del soldado británico", es el título de esta caricatura publicada por la prensa francesa a comienzos de siglo XX. La imagen intenracional de Gran bretaña durante la Segunda Guerra de los Bóers quedó muy deteriorada por los excesos cometidos contra la población civil en el proceso de la campaña contrainsurgente.


Pero no fue un paseo militar. La primera fase de la Segunda Guerra de los Bóer (octubre-diciembre, 1899) resultó un rosario de humillaciones para el Ejército británico. Después, a partir de febrero de 1900, la llegada masiva de refuerzos cambió el signo de la guerra. En junio, la invasión de las repúblicas bóer se había consumado. Pero entonces, estos pusieron en marcha una guerra de guerrillas que volvió a descolocar a los británicos durante meses, de forma similar a como lo harían los insurgentes armenios con las tropas otomanas quince años más tarde. Durante la campaña contra los “commandos” o grupos de combatientes bóers, los invasores desarrollaron todo el arsenal de medidas anti insurgencia que devendrían clásicas en el siglo XX (algunas, todo hay que decirlo, inspiradas en las que habían aplicado los españoles en Cuba, pocos años antes). Entre ellas, la apertura de campos de concentración: hasta 45 para la población blanca bóer y 64 para africanos. La gran mayoría de esos establecimientos acogían a ancianos, mujeres y niños, dado que los hombres eran mayormente combatientes y fueron internados en otro tipo de campos, casi todos en el extranjero. Allí, la mala alimentación, las deficientes condiciones higiénicas y la carencia de atención médica provocaron la muerte a un total de 27.927 internos, de los cuales 22.074 eran niños menores de 14 años, además de unos 20.000 africanos negros. Desde luego, no son cifras absolutas comparables a las de armenios muertos en 1915. Pero en términos relativos suponen que un escalofriante 25% de los bóers internados (niños, en su inmensa mayoría) murieron en los campos. Los datos no hacen referencia a los fallecidos con posterioridad, como consecuencia de las secuelas del internamiento.


Imagen superior: niño muerto de inanición en un campo de internamiento británico para población civil bóer. Abajo: víctima infantil de la deportación armenia, 1915

Así que, por mucho que le remueva su particular vena nacionalista a Robert Fisk, la masacre de población civil bóer en 1900 fue el primer genocidio del siglo XX. Es cierto que una comisión del gobierno británico visitó los campos en 1901 y a finales de año logró reducir la tasa de mortalidad. Pero el mal estaba hecho, fuera de quien fuera la responsabilidad y su intención real, asunto sujeto a debate, cómo no. En cualquier caso, aún hoy se pueden rastrear por la red una serie de webs que piden limosna de recuerdo histórico para un genocidio que políticamente no conviene recordar.

Por lo tanto y en definitiva, ahora que el Parlamento Europeo ha retirado de su último informe (27 de septiembre) la exigencia de que el gobierno de Ankara reconozca el genocidio armenio como condición para el acceso a la Unión Europea (dado que, lógicamente, “no constituye formalmente uno de los criterios de Copenhague como tal”) quizá sería el momento de que el gobierno turco ofreciera un compromiso formal para el debate del asunto en el marco de una magna conferencia sobre los genocidios europeos en el siglo XX: aquellos que los franceses cometieron en Argelia, Madagascar y otras colonias, los campos de concentración bóer y otros abusos firmados por las autoridades británicas, los excesos llevados a cabo por los holandeses en las entonces Indias Orientales (aquí no se libra nadie), los italianos en Etiopía y Libia, y tutti quanti. Eso si: la conferencia de expiación colectiva debería celebrarse tan pronto Turquía accediera como miembro de pleno derecho a la UE, y no antes. De esa forma, los turcos asumirían sus culpas junto con las de sus hermanos europeos. No hace muchos días, el director de cine polaco Krzysztof Zanussi comentó en una entrevista que el genocidio armenio fue el primero del siglo XX: “Y eso indica que Turquía formará parte de la Unión Europea” (“El Periódico”, domingo 24 de septiembre, 2006, contraportada, entrevista de Arturo San Agustín). En muchos aspectos, una respuesta con la cortante precisión de un bisturí.

Volviendo brevemente al periodista-azote protagonista de estos post, el ninguneo del genocidio bóer indica bien a las claras que Fisk está tan pagado de sus argumentos que no siempre se molesta en esconder las contradicciones que potencialmente –más allá de los lectores que él parece considerar verdaderos tontorrones- dan pie al fiskeo e invalidan sus tesis. Quizás está tan satisfecho de haber originado un término como “fisking”, que se esfuerza en promoverlo.

Pero, en todo caso, no quiere oir hablar de otras propuestas de genocidio que rebajen su idea (en absoluto original) de equiparar el Holocausto judío a un hipotético Holocausto armenio. Y eso es así, porque sabe perfectamente que hablar de un Holocausto ucraniano, polaco, bóer, herero, indio, pakistaní, y todos aquellos de la interminable lista del siglo XX, rebajaría la graducación de su brillante propuesta. El problema está en que Fisk, como periodista-azote devoto de él mismo como su propia causa, ni siquiera se detiene a considerar el daño real que puede hacerle a aquellos que dice defender. Resulta evidente que el gobierno israelí se cierra a la posibilidad de asimilar oficialmente la Shoah judía al genocidio armenio. Hay razones variadas para ello, todas de peso. Pero una a considerar es la viga que cuelga en el ojo de Fisk: a él se le antoja que las consideraciones de los diversos genocidios del siglo XX, a la misma altura que el judío y el armenio, degradan su trágica exclusividad histórica. Y las autoridades israelíes –y muchos judíos- consideran con bastante lógica que la consideración de otros genocidios al mismo rango, degradan la exclusividad histórica de la Shoah. De momento las cosas están así y la victoria obtenida por Fisk consiste en haber logrado cambiar las reglas de estilo de su periódico: en “The Independent” se escribe Holocausto armenio con mayúscula.

Pero el problema va más allá. ¿Qué ocurriría si tras este asunto se anduviera gestando desde hace tiempo una campaña de la derecha dura europea –incluso la extrema derecha- para equiparar a todos los efectos la Shoah judía, el genocidio armenio y el
Holodomor o genocidio ucraniano de 1932-1933? Pues ocurriría que la culpa de los nazis quedaría relativizada en virtud de que tanto los bolcheviques rusos como los turcos (pueblo musulmán) también habrían cometido similares crímenes, pero con menor eco histórico. Y además, los judíos no serían las únicas víctimas con derecho a reclamación universal, sino también los armenios, es decir, pueblo cristiano, no lo olvidemos. Que además aportó voluntarios a las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, cosa que recuerdan complacidos algunos foros neonazis. Decididamente, los periodistas-azote pueden conseguir que las cosas vayan a peor.

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jueves, octubre 05, 2006

El contencioso armenio-turco (1): Un ejercicio de fiskeo




Robert Fisk, clásico periodista-azote: encantado de haberse conocido


Me resistí durante bastante tiempo a comprar el voluminoso libro de Robert Fisk, La gran guerra por la civilización. La conquista de Oriente Próximo (Destino, Barcelona, 2006). Aunque recuerdo algunos artículos interesantes de Fisk referidos a las guerras balcánicas, no me cuento entre los admiradores del conjunto de su obra. Pero aún así, no poseía una razón muy precisa para tal actitud, al margen del precio que supone un mastodonte editorial de mil y pico páginas. Muy posiblemente, en el fondo latía una desconfianza bastante fundada hacia los periodistas que se empeñan en escribir mucho, y no contentos con ello editan enormes volúmenes con sus aventuras personales. Los libros de memorias periodísticas, son similareas a las que escriben los políticos al final de su vida activa. Hay ahí un desesperado y molesto intento por justificarse y sobre todo, por tener razón, siempre y en todo momento.

Pero al fin y al cabo, un político es un protagonista, mientras que un periodista, en principio, es un observador. Mal asunto si va de agitador político; y peor aún si pretende envolver el correspondiente panfletito con justificaciones académicas. Un periodista no es nunca “un soldado del pequeño ejército de historiadores que escriben la historia al pie del cañón”. O mejor dicho: puede que algún día los “soldados de la prensa” fueran eso que dice admirar Fisk: durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los órganos de prensa eran una extensión de las oficinas de propaganda gubernamentales. Pero eso ya queda un poco lejos en el tiempo. Recordemos brevemente a Jorge M. Reverte en Perro come a perro: los medios de comunicación son empresas, son negocios, incluyendo el maravilloso “The Independent” para el que trabaja Robert Fisk. Y en ese sentido,
citando a Reverte, “la buena marcha de un periódico se centra cada vez más en la demanda, es decir, en la capacidad para interpretar los deseos del público como elemento que desplaza al impulso de contar bien la realidad y proporcionar los elementos necesarios para su análisis”. Por lo tanto, el periodista profesional no debería jugar a ser un agitador de masas; su producto deber ser variado y fresco, y no pesadas tartas a medio cocinar llenas de espesantes y edulcorantes.

Pero si es así, si el plumilla se convierte a su propia religión privada y vierte en ella artículos de fe, jaculatorias, mantras y excomuniones, entonces deviene un “periodista azote” (“professional journalistic scourge”). Este tipo de profesional de la prensa, que existe en casi todos los medios, se identifica por defender ferozmente su propia causa, que es literalmente su propia causa, aunque pueda parecer que se trata de una opción política o ideológica determinada. Justamente por eso, suele ser un problema para la causa concreta que dice defender, porque lo importante para él es llevar siempre la razón. Como no acepta la crítica ajena, ni se aplica jamás la autocrítica, la contumacia funciona como una apisonadora que llegado el caso y si la vanidad del periodista azote lo reclama, puede incluso pasar por encima de los pobres defendidos. En último término, este tipo de actitudes –en el fondo tan aburridas para el lector común- se sustentan sobre un público fiel que aplaudirá a rabiar cualquiera de sus exageraciones, distorsiones o tergiversaciones.

Desde ese punto de vista, Robert Fisk es uno de los más célebres “periodistas azote” de Europa. Tanto es así, que su controvertida labor ha generado una expresión: “fisking”. El término se ha vuelto tan usual que incluso posee una entrada propia en Wikipedia, que incluye una breve historia del mismo (ya se remonta a 2001) y propuestas para varias definiciones. Se ha impuesto la
siguiente: "A point-by-point refutation of a blog entry or (especially) news story. A really stylish fisking is witty, logical, sarcastic and ruthlessly factual; flaming or handwaving is considered poor form. Named after Robert Fisk, a British journalist who was a frequent (and deserving) early target of such treatment."

Por mi parte, me permito añadir mi propia definición, que además ofrezco traducida al inglés, a mayor gloria de la blogsfera:

“Fisking: to uncover the conceptual legerdemain of a professional journalistic scourge in the most elegant and concise manner possible”.

Y ya para utilización del público hispanohablante: “Fiskeo: acción de poner en evidencia los manejos argumentales del periodista azote de la forma más elegante y concisa posible”. Y para rematar la oferta, la acompaño con un (relativamente) breve ejercicio de fiskeo relacionado con la percepción que el mencionado autor ofrece del célebre contencioso historiográfico (y ya político) del comúnmente denominado genocidio armenio de 1915, recogido en el capítulo 10, páginas 450-500 del ya citado grueso volúmen.

A diferencia de otros capítulos, en éste el autor va muy rápidamente al grano, ya desde el mismo título. Fisk se vuelca en demostrar que el Holocausto de los judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, es heredero directo del genocidio cometido por las fuerzas de seguridad otomanas durante la contienda anterior, en 1915. En realidad, Fisk insiste obsesivamente en ese esquema porque, según él, las matanzas de armenios constituyen un verdadero Holocausto, con H mayúscula, digno de figurar junto al judío en todas las conmemoraciones habidas y por haber, año tras año, urbi et orbi.

Forma parte de la teoría expuesta por el periodista británico el hecho de que la liquidación masiva de poblaciones armenias en la primavera de 1915 fue una decisión tomada con premeditación por las autoridades otomanas en un paralelismo casi exacto con el proceso de “Solución Final” de los nazis alemanes con respecto a los judíos. En palabras del mismo Fisk: “El paralalelismo con Auswichtz no es frívolo. El reinado del terror de Turquía contra el pueblo armenio fue un intento de destruir la raza armenia” (pag. 452). Obsérvese la forma de manejar el lenguaje: no habla de las autoridades del Imperio otomano, sino de Turquía; y menciona a la “raza armenia” como presunta definción ajena, dado que él habla del “pueblo armenio”.

En su intento de establecer paralelismos entre la Solución Final y la liquidación de las poblaciones armenias en 1915, Fisk no duda en hacer juegos malabares con detalles grotescos. Por ejemplo, nos explica que “a ochenta kilómetros al norte de la fosa común de Margada [en Siria] se encuentra otro pequeño Auschwitz, una cueva a la que los soldados turcos llevaron a miles de hombres armenios durante las deportaciones. Boghos Dakessian y yo la encontramos con bastante facilidad en medio de lo que es hoy un campo petrolífero sirio (…) Se extendía a lo largo de un kilómetro bajo tierra. “Aquí mataron a unos cinco mil de los nuestros –dijo Dakessian con cierto disgusto de estadístico ante la imprecisión-. Los metieron en la cueva y luego encendieron una hoguera aquí, en la entrada, y llenaron la cueva de humo. Se asfixiaron. Tosieron y tosieron hasta morir”.

“Hicieron falta varias segundos para que el significado histórico de todo eso se hiciera evidente” –continúa Fisk dejando en suspenso al lector y dándole una breve ventaja para que haga un esfuerzo y se sitúe a su mismo nivel deductivo. “Ahí, en el frío y árido desierto, los turcos habían convertido esa hendidura en la corteza terrestre en la primera cámara de gas del siglo XX. Los principios básicos del genocidio tecnológico empezaron ahí en el desierto sirio, en la minúscula boca de esa cueva inocente, una cámara natural excavada en la roca”.

Como quedó claro en la definición, el fiskeo no debe ser demasiado prolijo, porque entonces se puede hacer tan aburrido o fastidioso como el texto fiskeado. Eso resulta un poco frustrante, porque el autor recurre a un arsenal argumentativo tan grotesco como divertido, al forzar paralelismos imposibles. Por ejemplo: un padre de familia armenio decide tatuar las iniciales de la familia en los brazos de sus hijos por si se perdieran en el marasmo de la deportación. “Identidades tatuadas”, deja caer Robert Fisk sin más comentarios, guiñando el ojo a su público. No lo explicita, pero se refiere, como no, a la identidad numérica que los nazis tatuaron a los judíos internados en los campos de concentración. ¿También se inspiraron en el caso de la familia Papazian que el periodista descubre en una perdida aldea siria en el año 1992? Sus lectores más crédulos e incondicionales cerrarán los puños y lanzarán un entusiasta: "¡Si!" Muchos de los demás se quedarán con la duda. Y el truco ha funcionado una vez más.

Detalle de los planos del arquitecto Werkmann para el edificio de los hornos crematorios de Auschwitz, proyecto inspirado a su vez en el del ingeniero Prüfer. Noviembre de 1941. Ilustración reproducida en el libro citado de Jean-Claude Pressac


Si Robert Fisk representa al periodismo de investigación británico, desde luego éste no queda muy bien parado. Nuestro autor parece desconocer las obras más elementales sobre la tecnología del Holocausto. O no leyó la obra de Jean Claude Pressac en la que relata minuciosamente el proceso de planificación y construcción de las cámaras de gas con todos los problemas técnicos y soluciones que les supuso a sus creadores: Les crématoires d´Auschwitz. La machinerie du meurtre en masse (CNRS Éds., Paris, 1993). No menciona ni media palabra sobre la polémica Daniel Jonah Goldhagen vs. Christopher Browning en torno a las raíces sociales genuinamente alemanes del Holocausto. Y posiblemente prescindió de echar un vistazo a las últimas investigaciones, serias y académicas, sobre los orígenes precisos de la decisión y planificación de la Solución Final.

Este es el gran problema de Fisk: tergirversa en profundidad, sugiere pistas que no verifica y esconde lo que no le conviene. Y riega todo ese menú con una sabrosa salsa de santa indignación. Porque Fisk, como buen periodista azote, es un autor “enragé”. De esa forma, consigue atemorizar al lector, que inconscientemente renuncia a polemizar con él, incluso en la invulnerable intimidad del café con leche mañanero. Y por otra parte, ¿cómo iba a mentir un hombre tan bien intencionado, tan absolutamente imbuido de razones, que su certidumbre se transforma en cólera divina? Pues sí. Lo hace.

La primera decepción llega pronto, ya en la página 455. Robert Fisk está tan embebido en el esfuerzo de demostrar que las autoridades otomanas anticiparon punto por punto lo que harían los nazis alemanes un cuarto de siglo más tarde, que no duda en esconder bajo la alfombra lo que no cuadra en su esquema. Es decir, miente por omisión. Y ahí se le ve la huella del oficio, porque éste es un tipo de falsedad más propio de un periodista o un político que de un académico. Regresemos a las técnicas del fiskeo clásico. A la hora de explicar por qué las autoridades otomanas deciden organizar la deportación masiva de armenios en la primavera de 1915, afirma que ello fue debido a que “alentados por su victoria sobre los aliados en los Dardanelos, los turcos se lanzaron sobre los armenios”. Y a continaución se apoya en Winston Churchill: “Bien pudiera ser que el ataque británico en la península de Gallípoli estimulara la implacable furia del gobierno turco”. Apostilla que la obra de referencia es La crisis mundial, “un libro casi tan olvidado hoy como los propios armenios”. Es lógico: fue publicado en 1927, y por entonces, Winston estaba muy interesado en justificarse, dado que la operación de desembarco en Gallípoli fue una idea suya, y suyo el bochorno consiguiente. Con la frase barre hacia su casa. Es como si argumentara: “Si la operación hubiera sido bien ejecutada o se hubiera llevado hasta el final, se hubiera posido evitar la masacre de los armenios”. O también: “El desembarco afectó de forma sustancial a los turcos, no fue una nadería”. Para Frisk la clave está en que “sin duda”, la victoria de los Dardanelos sobre los ejércitos británico y australiano “proporcionó al régimen turco una renovada y decidida confianza”.


Conocida fotografía de Mustafa Kemal en las trincheras de Gallípoli, donde comandó la 19ª División. La carencia de reservas y artillería llegó a ser tan crítica que en una ocasión se utilizaron cañones sacad0s del Museo Militar de Estambul.

Cuesta creer que en este caso Fisk no se haya tomado la molestia de comparar los datos cronológicos más elementales. Los desembarcos en Gallípoli se iniciaron el 25 de abril de 1915, mientras que las órdenes para iniciar las deportaciones de población armenia se dieron el 25 de mayo de ese mismo año. Por entonces, el régimen otomano no vivía en un estado de “decidida confianza” sino todo lo contrario: el Ejército estaba con el agua al cuello en Gallípoli, aguantando con dificultad y enormes bajas los ataques de las fuerzas anglo-australianas y neozelandesas (ANZAC). Todo esto sucedía muy cerca de Estambul. Y por cierto, vale la pena decir que las tropas que defendían la zona no eran “turcas”, calificativo abusivamente urilizado por Fisk, sino otomanas, en el sentido de que los integrantes de las divisiones presentes en la zona eran turcos y árabes.

Gallípoli no era el único problema serio de la Sublime Puerta. Justamente, el 14 de abril de 1915 el Imperio británico lanzaba otro ataque contra el Imperio otomano con fuerzas anglo-indias desembarcadas en Mesopotamia (actual Irak) ya en noviembre del año anterior. El ataque, que amenazaba con tomar Bagdad, no fue detenido hasta finales abril de 1916, por lo que tampoco pudo insuflar mucha confianza a los responsables de las deportaciones armenias. Pero lo que llama poderosamente la atención es el espectáculo de todo un Robert Fisk “olvidando” de forma flagrante (y evidentemente interesada) los muy duros combates que libraron las fuerzas otomanas contra el Ejército ruso y fuerzas irregulares armenias en el frente del Cáucaso; y que precisamente, estos sí, estuvieron en relación directa con la decisión otomana de organizar las deportaciones de población armenia. Decididamente, fiskear a Fisk resulta un ejercicio bastante sencillo. Quizás de ahí proviene la popularidad del término.

(continuará)

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