Turquía: la legalización del suicidio político

Nimbado como un santo del sagrado panteón laico: Abdurrahman Yalçınkaya, Fiscal Jefe de la Corte Suprema de Apelación: interpuso demanda contra el partido del gobierno el pasado 14 de marzo y pidió su ilegalización argumentando que es un "punto focal de actividades antiseculares"
Desde que el pasado 30 de marzo el Tribunal Constitucional de Turquía decidió lanzar un proceso de ilegalización contra el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco) se ha inaugurado en el país anatolio una nueva crisis política de confusos perfiles. ¿Cómo puede ocurrir que la fiscalía del Tribunal Constitucional, en un país supuestamente democrático, se lance a ilegalizar el partido del gobierno que además goza de amplia mayoría parlamentaria?¿Sus señorías se han dado cuanta, precisamente ahora, de que la formación política que ha ganado por amplio margen dos elecciones legislativas consecutivas es un peligro para la democracia? La acusación achaca “actividades antilaicas” al AKP, en cansina repetición de la ya vieja cantinela sobre la “agenda oculta” del partido en el poder.
Porque en esencia, el ataque, que desearía devenir un golpe de estado jurídico, es un anacronismo. La maniobra ha venido siendo habitual en la Turquía republicana desde la misma instauración del régimen por Mustafá Kemal en los años veinte del siglo pasado. Después, durante la Guerra Fría, los poderes fácticos se acostumbraron a este tipo de actos de fuerza, en tiempos de democracia vigilada, cuando Turquía era un peón estratégico de los Estados Unidos en la lucha contra el Imperio del Mal soviético.
Precisamente por ese largo pasado de actos de fuerza, todavía le impresionan mucho a la mayoría de los turcos estas maniobras y golpes de fuerza. Pero esta vez parece que las cosas están cambiando. Una de las razones principales de ello reside en Bruselas. Ha transcurrido tan sólo un año desde que el pasado año, el 17 de abril, el Estado Mayor del Ejército turco colgó en su página web un memorando en el que protestaba ante la elección de un presidente de la república procedente del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo. Por entonces, la respuesta de la Unión Europea a la amenaza de un posible golpe real, fue más bien tibia.

Tras admitir a trámite la querella, el Tribunal Constitucional adoptó medidas de seguridad extras, como si se fuera a producir un peligroso ataque islamista
Pero por esta vez, doce meses más tarde, la Unión Europea ha tenido claro el mensaje a enviar: adelante con las reformas, acelerarlas en la medida de lo posible, y nada de entretenerse en las viejas disputas políticas. Y lo ha hecho el mismo Durão Barroso, el presidente de la Comisión Europea, que viajó a Ankara el pasado 10 de abril. Incluso el mismo gesto de desplazarse hasta allí resultaba de inequívoco apoyo al ejecutivo de Erdoğan y la presidencia de Gül. También Olli Rehn, el Comisario para la Ampliación, se mostró muy crítico con la escasa calidad democrática de la denuncia. Y lo mismo hizo el gobierno alemán, todavíoa más contundente. Por su parte, el ejecutivo turco respondió favorablemente llevando al Parlamento el polémico artículo 301 del Código Penal para su retirada: esta ley permitía procesar con facilidad a cualquier ciudadano por acusaciones de insulto contra la identidad nacional turca. Ello, lógicamente, ha exacerbado la inquina de los sectores que hasta ahora eran definidos simplemente como “laicos” peor que de hecho se vienen identificando cada vez más como ultranacionalistas.
¿Qué es lo que ha cambiado para que Bruselas haya dado un viraje tan pronunciado en el periodo de un año? En primer lugar, la constatación de que la popularidad de Partido de la Justicia y el Desarrollo es real: ha ganado dos legislativas consecutivas por mayoría, tras largos años de parlamentos fraccionados. De otra parte, el comportamiento democrático del gobierno es constatable, mientras que las acusaciones de su “agenda oculta” islamista son tan sólo eso: una clásica teoría conspirativa que pretende utilizar como pruebas la falta de indicios. Las acusaciones vertidas por la derecha conservadora laica en el sentido de de que las enormes subidas del precio del arroz en Turquía (un 130% en los últimos tres meses) son debidas a maniobras especulativas de empresas alimenticias relacionadas con el gobierno, vienen a tratar de ignorante a la población, en un momento en el que la prensa mundial está alertando del aumento de los precios de productos agrícolas básicos en todo el mundo, con episodios de explosiones sociales en Egipto, Túnez o Haiti, situaciones de gran alarma social en Filipinas y subidas pronunciadas incluso en los Estados Unidos.
Por lo tanto es un momento delicado: se perfilan nubarrones de recesión económica capaces de descargar sobre la sociedad turca arruinando el prestigio adquirido por Erdogan y su gobierno; pero eso ocurre después de que el ejecutivo, apoyado en la mayoría parlamentaria, hubiera estabilizado la política turca. En tal contexto, Bruselas no le perdonaría a los sectores “laicos”, nacionalistas o ultraderechistas que desestabilizaran a Turquía justo en este momento, cuando las posibilidades de ingreso del país en la UE empezaban a cobrar impulso. Porque el daño sería devastador, dado que esos sectores de oposición no presentan un frente unido, no tienen un proyecto político moderno, no podrían llevar a Turquía a la UE y desequilibrarían al país irremisiblemente y durante años.

El presidente del Tribunal Constitucional, Hasim Kilic, ya protagonista del intento de obstaculizar la elección de Abdulah Gül como Presidente de la República, el año pasado. En esta ocasión se mostró partidario de no encausar a Gül en la denuncia contra el AKP
Además, la respuesta de Barroso deja aclaro algo que, a estas alturas, ya no es ninguna novedad, a pesar de que determinados comentaristas se empeñen en seguir sosteniendo lo contrario, más por prejuicios ideológicos –muchas veces de extrema derecha tendencia Eurabia más o menos camuflada en envolturas seudointelectuales- o personales, que en base a un análisis riguroso y desapasionado. Esto es: según cómo y en base a qué tuviera lugar, un fracaso en el proceso de negociación de la candidatura turca sería una catástrofe para la Unión Europea. Y ello no tanto por la pérdida de los beneficios económicos o estratégicos que se derivarían de esa integración, como por tener que asumir importantes errores de cálculo, incapacidad para gestionar el proceso y establecimiento de precedentes que incluso podrían afectar a países ya integrados.
Por lo tanto, la maniobra ejecutada, claramente política, puede costarle muy cara al Tribunal Constitucional truco. Está claro que tiene en contra a Bruselas, así como a un porcentaje muy elevado de la población; y ni siquiera está demostrado que una parte significativa del Ejército y el aparato de inteligencia esté detrás de la intentona desestabilizadora. Si triunfa la iniciativa el Partido de la Justicia y el Desarrollo resulta ilegalizado, cayendo el gobierno y colapsándose hasta la presidencia, ¿quién tomará en sus manos la ruina política que será Turquía?¿El más que agotado CHP neokemalista (en realidad socialista nacional) con su desacreditado Deniz Baykal a la cabeza?¿Pero tienen realmente un régimen político de recambio? Aquí se está jugando una partida fuerte, no un remiendo, no una finta. Aunque sea producto de un espasmo corporativo -el de un poder judicial que se considera último depositario de las esencias de la República- la maniobra de apostar por la ilegalización del AKP es una estocada, no un bofetón. Va mucho más allá de una polémica entre intelos de salón en cualquier periódico.
Y lo que es peor: no parece que sea el comienzo de nuevas ideas, de propuestas inteligentes y realistas, sino que después de múltiples empujones, manifestaciones, amenazas, rumores, llanto y crujir de dientes, a los sectores laicos más duros ya no se les ocurre nada más que lanzar por delante a un grupo eminentes juristas. Si hubieran podido hacer algo más eficaz o contundente, ya lo hubieran hecho. Y de momento, no han podido.
Una caricatura publicada en "Le Monde" el pasado 17 de abril y firmada por Selcuk Demirel. Juega con la bandera turca y el perfil de la pañoleta tradicional campesina (anudada bajo la barbilla), que no el "velo" o "türban", moda importada desde Líbano hace algo más de veinte años y denunciado como excesivamente islamista por los "turcos blancos" y la derecha laica
Curiosamente, es posible que ni la extrema derecha nacionalista (el MHP o Partido de Acción Nacionalista) esté realmente interesada en el vacío político que generaría en la arena política turca la ilegalización del AKP. En los últimos meses, la formación ultra ha estado acariciando la posibilidad de erigirse en “partido bisagra” entre el CHP y el AKP. El pasado mes de febrero, una amplia mayoría de diputados del Parlamento en Ankara, superior a dos tercios del total, votó a favor de las enmiendas constitucionales propuestas por el AKP, en virtud de las cuales se terminaba con la prohibición del velo (el türban, en realidad) en las aulas. Pues bien, al parecer la maniobra contó con el apoyo del MHP, dado que la extrema derecha turca ha ido estructurando un discurso en el que cabe de todo: ataturkismo, glorias otomanas al frente del islam, panturquismo y exaltación de la herencia republicana. Un discurso “tous azimuts” muy propio del fascismo y el populismo radicales, que ahora le viene muy bien al MHP para tontear con unos y otros. A cambio de eso, la jugada suprema: un golpe de estado encabezado por los fiscales del Tribunal Supremo que generaría un enorme vacío de poder, y un MHP que lo llenaría, desbordando al CHP y a golpe de consignas “contra todos” como las coreadas en una “manifestación popular” hace pocos días, en la que se gritaba contra el “complot internacional”, contra Europa y contra América. Etiquetas: AKP, Baykal, CHP, Erdoğan, laicismo, MHP, Turquía, ultraderecha
Un pulso a la turca (y 2)

Por fin, en agosto, Erdoğan logró atraer a Al Maliki a Ankara, aunque la falta de entusiasmo del árabe es patente en casi todas las fotos de su viaje a Turquía
Y comienzan a pasar cosas en Turquía. Y nadie comenta nada. Claro, es el mes de agosto, y todos aquellos que no paran con Turquía, arriba y abajo, parece que se han tomado un respiro. Pues se están perdiendo la procesión, que va por dentro, o es que no lo ven nada claro.
El primer ministro iraquí, Nuri Al Maliki, tras visitar por fin Ankara, accedió a firmar un acuerdo con el gobierno turco para luchar conjuntamente contra el PKK. Era un secreto a voces que los norteamericanos andaban por detrás, que planificaron con los turcos la forma de atacar las bases del PKK y, con toda seguridad, presionaron a Al Maliki para que, oreja gacha, acudiera a Ankara en un momento en el que –supuestamente- la cuestión del PKK es el menor de sus problemas. A continuación, el primer ministro iraquí fue a reunirse con los iraníes, incluyendo al presidente Ahmadineyad, lo que provocó serios recelos y advertencias de los norteamericanos y la fractura política interna, en el mismo Irak, con los suníes. Y para rematar la turbia historia, el Ejército turco y el iraní están bombardeando supuestas bases kurdas en el norte iraquí: los turcos apuntaron sus cañones contra territorio del PKK, y los iraníes largaron sus obuses sobre posiciones de la guerrilla kurda que opera en su territorio, brazo armado del Partido de la vida en Libertad del Kurdistan (Pejak). Mientras tanto, en otro frente, diplomáticos turcos se han estado reuniendo con sus homólogos israelíes y sirios, mediando entre ambos para rebajar las tensiones entre ambos países.
Por lo tanto, algo parece indicar que Ankara no ha perdido ni un ápice de su capacidad de maniobra en el Próximo Oriente y está trabajando contra reloj para sacar el mayor provecho posible de la situación. Eso quiere decir que, muy posiblemente, Erdoğan está moviéndose en varias direcciones a la vez: acercándose a Irán, con quien le unen cada vez mayores y más provechosos proyectos petrolíferos, actuando como actor con recursos y objetivos propios en Oriente Medio, desactivando la presión del PKK y “haciendo algo” con el Ejército turco. Pero ¿qué exactamente? La respuesta, ahora mismo, parece estar en Ankara, y no en la frontera con Irak. 
Köksal Toptan, elegido presidente de la Gran Asamblea Nacional. A su espalda, aplaudiendo, Erdoğan
El pasado día 9, gobierno y oposición consensuaron la elección de un presidente para la Gran Asamblea Nacional, el moderado Köksal Toptan, militante del AKP: obtuvo los votos de 450 parlamentarios, de un total de 535 asistentes. Aquel día, el parlamento turco pareció vivir la fiesta de la democracia: todos felicitaban a Toptan, todo era concordia y buen ambiente. Se rumoreaba que Erdoğan retiraría la candidatura de Gül a la presidencia, asunto que había contribuido a desencadenar la crisis de abril y se pactaría la selección de un nuevo candidato con los principales partidos de la oposición. Al fin y al cabo, algo así había prometido durante la campaña electoral e incluso después, en las declaraciones de la victoria.
Sin embargo, tan sólo cinco días más tarde, el ministro de Asuntos Exteriores turco, Abdullah Gül, volvió a presentar su candidatura respaldado por su partido en el gobierno, el AKP. Fue un suceso bastante curioso, porque nada más comenzar el periodo de nominación de candidatos a la presidencia (10 de agosto) el diario islamista “Yeni Şafak” publicó un artículo en el que se instaba a Gül a que depusiera su intención de volverse a presentar; y la pieza iba firmada por Yalçın Akdoğan, consejero de Erdoğan. En cualquier caso, el CHP reaccionó como era de esperar, como en abril: anunció su intención de boicotear la elección del nuevo presidente el próximo lunes día, 20. Algunos periódicos continuaron con la misma matraca de entonces, englobando en el CHP a “los laicos”. Pero esta vez las cosas parece que van a cambiar de forma radical, porque tanto los nacionalistas kurdos del Partido de la Sociedad Democrática como los ultraderechistas del MHP o Partido de Acción Nacionalista, anunciaron su intención de personarse el lunes en la elección, aunque no con el ánimo de votar por el candidato Gül. Da lo mismo: sumando esos 90 diputados a los 341 del AKP, en la Gran Asamblea Nacional habría quórum de sobra para completar el que en abril fue polémico mínimo de 367 diputados presentes para sacar adelante la elección.
Este personaje, con una expresión beatífica curiosamente similar a la del ministro español Jesús Caldera, es en realidad Yalçın Akdoğan, consejero de Erdoğan y protagonista de una lucha de poder interna en el AKP en torno a la candidatura de Gül.
Por lo tanto, el lunes Turquía podría tener nuevo presidente y ese sería Gül, si de alguna forma lograra obtener el voto afirmativo de los 367 diputados. Caso de que no lo consiguiera, que es lo más probable, el día 28 se celebraría la tercera vuelta y en esta sólo sería necesario el respaldo de la mayoría absoluta (276 diputados).
Así que, en las últimas horas, la tensión política ha subido apreciablemente en Turquía. Para redondearla, el presidente Ahmet Necdet Sezer, se está terminando de perfilar como un personaje movido más por el resentimiento que la capacidad política real. Ni siquiera se dignó echar un vistazo a la lista del nuevo gobierno que Erdoğan le presentó el pasado jueves. Se limitó a comunicarle que sería mejor que el nuevo gobierno lo aprobara el nuevo presidente. Eso fue un golpe bajo que sólo denota rencor, un sentimiento personal impuesto a las necesidades del país, que atraviesa un momento delicado, política y económicamente, pues la bolsa turca cayó fuertemente, arrastrada por la crisis de las “subprime” que asoló los mercados internacionales la pasada semana. Turquía necesita estabilidad y capacidad de decisión, pero continuará a flote con un gobierno provisional hasta que no disponga de un nuevo presidente. Aún así, con gesto de gran señor, Erdoğan salvó la situación ante la prensa con una jugada maestra de la retórica, al afirmar que la decisión de Sezer era muy positiva porque denotaba la confianza y la buena voluntad del presidente saliente hacia el entrante.

Y reaparece, intacto, el candidato Gül, a mediados de agosto, con la expresión habitual y rodeado de preocupados guardaespaldas
¿Cómo se atan todos estos cabos sueltos? Pongamos en marcha una hipótesis que, por supuesto, será total o parcialmente errónea, pero puede servir como herramienta de trabajo. En primer lugar debemos considerar cuál es el principal problema que tiene enfrente el gobierno de Erdoğan: no es el pobre Sezer, ni tan sólo en CHP con un tocado Baykal al frente, que ni siquiera ha intentado sacar los manifestantes a la calle, como hiciera en abril. Pura y simplemente, no puede: se quedó sin margen de maniobra para hacerlo, tras la arrasadora victoria electoral del AKP. Los manifestantes podrían gritar lo que quisieran el domingo, antes o después de ir al fútbol, pero la mayoría de los turcos ha dicho lo contrario y lo ha firmado con su voto. Erdoğan actuó con una total confianza en sí mismo, en el partido y en los votantes, y ha ganado esa batalla.
Ahora tiene otra más difícil delante y se llama Ejército turco. Una parte del problema parece haberse resuelto entre bastidores. Los americanos atendieron las reclamaciones turcas y echaron una mano contra el PKK; Al-Maliki viajó a Ankara, poniendo mucho más difícil una intervención del Ejército turco en el Norte de Irak. Agosto entra en su último tercio y comienza a ser tarde para lanzarse a una operación militar en fuerza en las complicadas montañas de Kandil; encontrarse metido allí en octubre o noviembre puede ser problemático.
Guerra virtual: interface de un proyecto informático comercial para elaborar un juego sobre el Ejército turco. Todo un símbolo de la "ofensiva congelada" o "posmoderna" en la frontera kurda de Irak
Pero hay otro frente y éste consiste en poner las cosas en claro, públicamente, con las fuerzas armadas, el Alto Estado Mayor y el Consejo de Seguridad Nacional. Entendámonos: tras el “e-golpe” del pasado 27 de abril, el Ejército no ganó el pulso; pero tampoco hubo depuración de responsabilidades en sus filas. Nadie pagó los platos rotos, no se se produjeron dimisiones ni destituciones. Llegaron las elecciones del 22 de julio, ganó el AKP, y desde el Estado Mayor volvieron a escucharse refunfuños y gruñidos. El pasado día 4, hasta un total de veintitrés militares fueron expulsados del Ejército turco por “actividades islamistas”, sin que se explicara en qué consistieron éstas ni otros detalles de procedimiento. No es ningún secreto que al Ejército no le hizo ninguna gracia la victoria electoral del AKP y además, tuvo lugar una repetición de la advertencia lanzada el 27 de abril. Pero, una vez más, nadie respondió públicamente por el gesto. Por si faltara algo, últimamente se han producido cruces de declaraciones entre el primer ministro y el general Büyükanıt, con bastante sorna y retranca por parte del uniformado, que llegó a decir que sólo dimitiría "para que subiera la Bolsa". Este tipo de actitudes tienden a poner de relieve que en Turquía existen dos poderes que compiten entre sí, lo cual es, a todos luces, impropio de un estado de derecho.
Por lo tanto, parece evidente que si el gobierno del AKP no deja bien claro quién manda realmente en el país, no podrá pasar a la siguiente fase, la que le interesa realmente: la carrera contra reloj para recuperar el tiempo perdido y reiniciar las reformas que relancen las negociaciones para la candidatura en la Unión Europea. Así, por ejemplo, si el ejército sigue practicando una política obstruccionista, será imposible desbloquear la situación en Chipre, dado que el Alto Mando no querrá dar el brazo a torcer ni un milímetro, como ya pasó en el pasado mes de diciembre. Y llegará el momento de hablar con Bruselas de OYAK, el holding económico de los militares, y estos tampoco se mostrarán flexibles. Además, hay que buscar una salida honrosa a la “ofensiva congelada” en la frontera iraquí, y siempre será más fácil hacerlo si queda claro que quien da las órdenes es el ejecutivo, civil, y las fuerzas armadas obedecen, como en cualquier régimen democrático que se precie.

Distinto del MIT, o servicio de inteligencia turco. La efigie de Atatürk tiene todo el protagonismo en la chapa, pero queda por ver qué papel está jugando el servicio en el elaborado pulso político que mantiene el gobierno del AKP con el Ejército
Pero sobre todo, lo que no puede hacer un gobierno es ceder a las presiones y chantajes, porque si lo hace, no podrá desempeñar su labor, que es gobernar; y menos aún en las actuales circunstancias, en las que ese mismo gobierno está pasando un meticuloso examen, con reválida incluida, ante la Unión Europea. Por lo tanto, Erdoğan tiene que meterse a los militares en el bolsillo, pero sin humillarlos: como se quiera, pero una versión suave del españolísimo trágala. E imponiendo a Gül en la presidencia, el mensaje es claro: la voz de las urnas ha hablado y si una amplia mayoría del electorado ha votado por el AKP, y no por el MHP o el CHP, eso quiere decir que hubieran votado en la misma proporción por el candidato presidencial del AKP; y ante eso no valen rezongues, ni sorna, ni artimañas legales ni movilizaciones demagógicas.
Con todo, quedan por aclarar algunos puntos. Uno, muy interesante, que tardaremos mucho en conocer, es el papel del MIT, es decir, los servicios de inteligencia del estado turco. Como se sabe, en todas las instituciones dedicadas a gestionar la información sensible del estado, sea cual sea el país, siempre suele existir un grupito de mandos que ve venir las nuevas situaciones. Y echa una mano para que la transición se produzca de la forma más adecuada; lo que quiere decir que ellos mismos y una parte significativa de las estructuras del servicio quedan a salvo, listas para servir al nuevo patrón. No sabemos qué forma toma esto en Turquía, pero sería muy extraño que algunos mandos del MIT no estuvieran a favor de evitar que la situación del nuevo gobierno del AKP se deteriorara. Eso al margen de las antipatías que esté concitando el polémico general Büyükanıt al frente del Estado Mayor, que las rivalidades corporativas no perdonan.

Devlet Bahçeli, ante la bandera de su partido. No insulta a nadie: ejecuta con los dedos el signo del lobo, animal ligado a los orígenes míticos del pueblo turco y símbolo de la ultraderecha nacionalista
También queda por dilucidar, y esto parece más sencillo, esa curiosa actitud dialogante y hasta conciliadora del ultranacionalista MHP, que incluso podría contribuir a la elección de Gül el próximo lunes. ¿De qué va la cosa? De momento, no parece existir una respuesta clara. Posiblemente revela que Devlet Bahçeli (Devlet, nombre de pila muy apropiado en este caso, porque en turco significa “Estado”) por el hecho de ser el líder de la ultraderecha no ha de ser necesariamente tonto; o al menos no tanto como Deniz Baykal, cabeza visible del CHP. Sabe que empeñarse en estrategias como la de abril ya no lleva a ningún sitio, sólo al descrédito político. Ahora hay que pasar página, y lo cierto es que la filosofía de oponerse a un presidente y un gobierno con cara y ojos puede ser más rentable que jugar al “cuanto mejor, peor” que viene practicando Baykal y su CHP, apoyados por determinadas personalidades de la alta clase media laica y funcionarial de Turquía, que detentan posiciones de poder en la alta judicatura o las fuerzas armadas del país. Eso, al margen de que Erdoğan no haya estado ofreciendo alguna forma discreta y limitada de reparto del pastel lo que, bien mirado y dadas las circunstancias, sería una jugada astuta.
Etiquetas: AKP, Bahçeli, Baykal, CHP, Ejército turco, Erdoğan, Gül, Irak, Irán, MHP, PKK, proceso de integración en la UE, servicios de inteligencia, Sezer, Turquía
NOTA: El órdago de Erdoğan

Caricatura procedente de
un blog turco hace algunos meses. La bombilla es el símbolo electoral del AKP
El artículo que sigue a continuación es una pequeña pieza de precisión periodística. Fue elaborado por la Agencia EFE en Ankara y publicado por "La Vanguardia", en edición digital, el pasado 17 de julio. La crónica concentra una notable cantidad de información en un breve espacio. Y más especialmente: analiza con precisión el efecto social del órdago del primer ministro Erdoğan y lo remata con el comentario de un taxista, profesional que en algunos países del Sudeste europeo está considerado como una privilegiada fuente de información. La anécdota es una radiografía de las capacidades políticas de cada candidato principal a estas alturas de la campaña: el estilo vociferante y tabernario de Bahçeli, el populismo desinflado de Baykal [nadie puede creer seriamente que lograra cruzar ni siquiera el Bósforo, ni aún arrastrado por un "vapur"]; y la despectiva autoconfianza de Erdoğan, que lo dice todo muy claramente: si pierde será contra sí mismo, no contra unos adversarios de talla más que insuficiente. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio, dice el refrán.
A continuación, el autor del despacho de EFE avanza las causas posibles del asesinato del independiente Seyranlioğlu, sin caer en amarillismos, y recurriendo a una interesante pista de raíz social. En cierta forma, si la víctima era un mafioso acribillado por sus acreedores, la clarificación del incidente debería ser un alivio para el ultraderechista MHP. Porque si la extrema derecha turca vuelve a sacar las pistolas como hace treinta años, perderá miles de votos por cada bala disparada. La transición española no fue tan modélica como suponían los que intentaron vender la idea urbi et orbi, pero aún así dejó claras algunas conclusiones. Y una de ellas es que la extrema derecha nostálgica tiene muy pocas probabilidades cuando el electorado aprecia claramente que su único objetivo es crear problemas y jugar a la "política de cuanto peor posible, mejor". Sobre todo, si con ello le chafa negocios a algunos de sus patrocinadores.

Erdoğan da un discurso en medio del calor, julio de 2007
Erdogan asegura que dimitirá si no logra tener mayoría absoluta
El primer ministro turco insta a sus oponentes a adoptar idéntico compromiso Las encuestas aseguran que el AKP, al que pertenece el jefe del Ejecutivo de Ankara, obtendrá un 40 % de los sufragios El asesinato a tiros de un candidato independiente empaña la campaña
17/07/2007 Actualizada a las 19:24h
Ankara. (EFE).- El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, centró hoy toda la atención de la campaña electoral para los comicios del próximo domingo al anunciar que abandonará la política en caso de que su partido (AKP) no consiga mayoría absoluta en el nuevo Parlamento. "Si no conseguimos acceder al poder sin ayuda de otro partido, dejaré la política", proclamó el líder del gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista moderado) en un mitin en la provincia suroccidental de Isparta.
Según la cadena de televisión NTV, Erdogan invitó a hacer lo propio a sus rivales políticos, el líder del Partido Republicano del Pueblo (laico) (CHP), Deniz Baykal, y el del Partido de Acción Nacionalista (MHP), Devlet Bahçeli, ya que ambos aseguran que accederán al poder tras las elecciones.
Bahçeli respondió a las declaraciones de Erdogan asegurando que el primer ministro "está en la senda final de su carrera política", y le acusó además de atentar contra la unidad de Turquía.
De todas formas, Erdogan no ha sido el primero en adjudicarse un castigo en caso de no conseguir su objetivo electoral. Baykal aseguró en unas declaraciones recientes al diario 'Sabah' que nadaría "hasta [la isla griega] Rodas" en caso de perder en las urnas, aunque sin aclarar lo que entiende por "perder".
Y es que las encuestas aseguran que su partido quedará segundo, con el 21 por ciento de los votos, a una gran distancia del AKP, con 40 por ciento de los sufragios. Su única posibilidad de acceder al gobierno pasa por un pacto con los ultranacionalistas del MHP en caso de que el AKP no consiga la mayoría absoluta.
Erdogan, en cambio, sí que detalló lo que considera una derrota en los comicios del próximo domingo. "Mi partido se considerará exitoso si obtiene un voto más que en los pasados comicios de 2002 y se considerará fracasado si obtenemos un solo voto menos", dijo en un programa televisivo anoche.
En las elecciones de 2002, el AKP obtuvo el 34,4 por ciento de los votos, lo que le supuso conseguir 360 escaños de los 550 del Parlamento, puesto que sólo un partido más, el CHP, logró sobrepasar la barrera electoral del 10 por ciento a nivel nacional.
Con su osado anuncio, Erdogan se convirtió en el centro de debates de los ciudadanos de Turquía, un país donde muchos valoran este tipo de actos de valentía o atrevimiento político. "Esto está acabado: el ganador de las elecciones es ahora obvio. Ninguno de los otros [Baykal o Bahçeli] puede seguir su jugada", afirmó un taxista de la capital.
Asesinado un candidato independiente
La campaña electoral turca se ha visto también empañada con el asesinato a tiros del candidato independiente Tuncay Seyranlioglu anoche en Estambul. Seyranlioglu, propietario de un salón de bodas, de una empresa de construcción y de un periódico local, recibió varios disparos tras haber salido de un programa de televisión, pasada la medianoche, mientras viajaba en un vehículo todoterreno.
Además, fueron heridas otras cinco personas por varios proyectiles disparados desde un vehículo que se dio a la fuga. Hasta el momento, la policía ha detenido a 10 personas aunque no ha dado más datos sobre la investigación.
La agencia privada "Dogan" publicó hoy que Seyranoglu, de quien no se conocen relaciones con ningún partido político, había sido previamente acusado de fraudes económicos y que supuestamente debía dinero a los sospechosos del asesinato.
Los diputados del Parlamento turco gozan de una fuerte inmunidad incluso para delitos anteriores a su elección, por lo que algunos ciudadanos acusados de fraude o corrupción intentan concurrir a las elecciones para conseguir esa protección. La mayoría de partidos políticos han prometido durante la campaña electoral que revisarán la ley sobre inmunidad parlamentaria para impedir abusos.
Unos 42,5 millones de turcos, de una población de 71 millones, están llamados a las urnas el próximo domingo en unas elecciones legislativas adelantadas unos meses a causa de las tensiones provocadas por la fallida elección del presidente de la República. Catorce partidos y 700 de candidatos independientes competirán por los 550 escaños de Parlamento. Etiquetas: AKP, Bahçeli, Baykal, CHP, elecciones, Erdoğan, Turquía