miércoles, septiembre 05, 2007

Is this trip necessary? (y 3)








¿Quién es el mendigo, quién el turista? Barcelona, mediados de agosto, 2007











Aunque desde un punto de vista meteorológico el verano continúa sobre nosotros, ayer día 3 de septiembre marcó el retorno de vacaciones para la mayor parte de la población laboral. Al menos en Barcelona concluye un verano algo extraño, en el que se produjeron importantes cortes de energía eléctrica durante el mes de julio –algo que no ocurre ya ni en ciudades hasta hace poco tildadas como “tercermundistas”- y colapsos excesivos en las autopsitas, estaciones ferroviarias –con numerosas averías- y en el aeropuerto de la ciudad, El Prat.

Tras esta oleada de desdichas, el pasado 21 de agosto, la prensa (sobre todo el localísimo y municipalista “El Periódico de Catalunya”) sacaba a los quioscos trompetas y timbales para proclamar, un año más, el triunfo del negocio turístico. Grandes, enormes titulares con un tono que parecía salido de la mejor prensa franquista de los sesenta: “La ocupación hotelera supera en agosto el 95%”. Y con blindaje para los pesimistas de toda la vida: “Septiembre mejorará las cifras del 2006 y lleva camino de desbancar a julio como segundo mes turístico”. A pesar de todo, y en contra de los agoreros. “La lluvia aumenta el número de visitantes que llegan a Barcelona – El ayuntamiento desmiente la imagen del turista ‘barato’ en la ciudad”.




Masas compactas recorren diariamente las salas del Museo Vaticano, con poco ánimo y menos tiempo para contenplar los tesoros artísticos. ¿Es esto "turismo de calidad"? Roma, 2 de diciembre, 2007. Fotografía del autor












En un arrebato triunfalista, el director de Turisme de Barcelona, Pere Duran, concluyó diciendo que los ciudadanos de Barcelona “están mayoritariamente encantados con el modelo turístico de la ciudad y son conscientes de la riqueza que deja el turismo”. Pues menos mal que somos tan conscientes (o inconscientes) del dato, expresado así, en términos crasos: riqueza. Y como remate, el medallón: en un color casi dorado, un destacado en el que brilla un porcentaje sobre las negrillas encogidas al rango de letras diminutas: “33% es el porcentaje en que aumentó el gasto en tarjeta de crédito entre los turistas que visitaron Barcelona en el mes de julio, respecto al mismo mes del año pasado, según Turisme de BCN”·

Mientras “El Periódico” exudaba triunfalismo, cual guiri transpirando cerveza en lo alto de un bus turístico, la revista “Foreign Policy”, edición en castellano, preparaba su última edición con un enorme titular en portada: “Turismo insostenible”. Y en lo alto del artículo introductorio, firmado por Leo Hickman: “
El turista contaminante”. Por supuesto, el nivel del debate resulta muy superior al que parece querer asumir el señor Duran. El autor se centra en el turismo insostenible entendido como problema asociado a la economía global, y todo ese debate de fondo sobre la emergente sociedad de bajo coste, que describen y analizan Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi en su libro El fin de la clase media (Madrid, 2006)




Detalle de la misma compacta humanidad, desplazándose por un corredor del Museo Vaticano. 2 de diciembre, 2007













Para Hickman, el problema es que el viaje turístico se ha convertido en una más de las modalidades de gran consumo y mero trasiego de personas: podemos calcular lo que han representado en 2006 los 840 millones de “llegadas de turistas internacionales”. El autor tiene razón al preguntarse qué supone eso hoy, cuando ya en 1971, la Iglesia ortodoxa griega compuso una oración para pedir protección frente al fenómeno turístico, que decía así: “Señor Jesucristo (...), ten piedad de las ciudades, las islas y los pueblos de nuestra patria ortodoxa, así como de los santos monasterios, azotados por la oleada turística. Concédenos la gracia de una solución a este dramático problema y protege a nuestros hermanos, (...) tentados por el espíritu modernista de estos invasores occidentales contemporáneos”. Por entonces se calculaba que el movimiento internacional de turistas era de sólo 170 millones de llegadas. La oración, por lo visto, no se reveló muy eficaz.

Tampoco para el resto del mundo. En el artículo se insiste, por ejemplo, en el impacto negativo del turismo en la biodiversidad, asunto que ya se trató en un post anterior del año pasado, sobre este mismo tema. Pero también se ha elaborado una lista de lugares turísticos seriamente amenazados por las hordas, desde Venecia a la residencia del Dalai Lama (2,5 millones de turistas en los 10 primeros meses de 2006), el valle de Katmandú (qué lejos quedan los hippies) o las islas Galápagos. Claro, aparentemente eso no afecta a Barcelona; ya lo dijo algún que otro responsable del Ayuntamiento el año pasado: aún caben más. Turistas. Más.

Por todo ello, quizá sea ahora el momento oportuno para cerrar una pequeña serie de post sobre este asunto, iniciada el verano pasado, 2006. El título genérico era: “Is this trip necessary?” (“¿Es necesaria esta excursión?”) Durante la Segunda Guerra Mundial, los pilotos americanos comentaban jocosamente la asignación de sus misiones de combate con ella. Pero el origen real de la expresión se refería a la necesidad de ahorrar combustible en vistas al esfuerzo de guerra. Trasladado a nuestros días: ¿Es realmente tan necesario el turismo? Relájense y piénsenlo bien. Si: deja dinero en el país de destino, supongo. ¿Mucho, suficiente y para quién? De nuevo Leo Hickman nos ilumina de forma contundente: “Mis viajes por algunos de los principales destinos de vacaciones del mundo no me han convencido de que esta industria entienda de verdad cómo el turismo puede ser tan a menudo una fuerza negativa. Sigue aferrándose al conveniente mito de que el maravilloso barco del turismo trae la recompensa económica a todos aquellos que naveguen en él. Y sigue lanzando algunas otras afirmaciones extraordinarias, como que fomenta la paz mundial, el amor y la comprensión. Al contrario, lo que parece bastante obvio es que la recompensa se la reparte un pequeño grupo extremadamente selecto, a menudo en un país distinto al de destino, y que demasiados trabajadores del sector –en especial en los países en desarrollo – no son más que esclavos a sueldo luchando con uñas y dientes para salir de una penosa existencia.





Un cartel norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, alusivo a la campaña para ahorrar recursos













Por lo tanto, la “riqueza” que llena la boca del señor Durán, ¿para quién es realmente?¿Para empresas turísticas que son multinacionales?¿Para hoteles de cadenas internacionales? Y más allá, es de temer que, desde luego, no beneficia tanto a la mayoría suficiente. Pero por otra parte y desde un punto de vista esencial, el intercambio cultural que genera el turismo es muy escaso y el beneficio que obtiene el viajero es discutible.

Digámoslo claramente: la industria turística, al menos en España y más especialmente en Cataluña, no puede seguir sosteniendo el estilo casi neuróticamente codicioso que es marca de la casa. La cuestión de las molestias sociales que puede generar, resulta incluso secundario a estas alturas. Pero otra cosa es que la sobrecarga poblacional que produce en momentos y lugares puntuales está llegando a ser, posiblemente, crítico. La prensa local barcelonesa ha insistido en que todavía a comienzos de septiembre no existe una explicación oficial y medianamente prolija sobre la causa de los espectaculares cortes de luz de julio. Por supuesto que variadas pueden ser las versiones posibles; pero cabe poca duda de que la avalancha turística pudo ser una de ellas, al causar una sobrecarga del consumo en unos momentos en que plantilla de la compañía eléctrica responsable posiblemente no estaba al completo en esas fechas.

O sea: pretendemos que nos visiten millones de personas (se habla de 60 anuales para toda España), pero mientras tanto, nosotros mismos también nos vamos de vacaciones, como es lógico. Resulta evidente que eso ocurre en muchas ciudades del mundo, pero lo cierto es que al parecer, en Barcelona falló el precario equilibrio porque era natural que así fuera. El turismo ha de ser sostenible, caso contrario se convierte en una avalancha de despistados que regresan a sus países, decepcionados, y que a la vez dejan detrás el lógico desorden que provoca su mero peso numérico. Pero no se preocupen, que el asunto no se debatirá en estos términos: el más que pasado bistec turístico se simplemente se cubrirá con las correspondientes salsas pesadas de debate político, como se hace desde años atrás, cada temporada igual, cada temporada de la misma forma, lo mismo, igual, de nuevo, lo mismo. Ningún político se atreverá a tocar el tabú turístico, los expertos más o menos críticos no lograrán hacerse oír, y al final, todos sacarán leña de donde puedan, sobre la marcha, algo que barrer para casa de todo esto; pero los problemas de fondo seguirán ahí, intactos.

Incluso hay datos más preocupantes que se exhiben como si nada, como si tal cosa. El turista pasa cada vez menos días en su destino español pero gasta más por día, nos dicen los triunfalistas, escondiendo las cifras del gasto medio bajo la alfombra. De todas formas: ¿gasta más diariamente, o consiguen sacarle cada vez más dinero en periodos de veinticuatro horas? Si es así, no es de extrañar que el visitante acorte sus días de estancia aquí y/o se vaya a otro lugar. No hace tantos años, el barcelonés que viajaba a Roma, Munich y otras capitales europeas, se extrañaba de lo caro que le resultaba cualquier gasto. Ahora es mucho más difícil percibir las diferencias. Sólo superan a Barcelona ciudades como Estocolmo, por ejemplo; incluso Paris. Pero las diferencias se están acortando. Y no es sólo que los servicios sean caros: es que son de mala calidad, a veces pésima. Todos sabemos, por ejemplo, de la comida que se la da al “guiri” y el precio al que se le cobra.















Hace tiempo que las autoridades chinas se quejan de la masiva afluencia de visitantes a la Gran Muralla. Fotografía National Geographic


Y ahí está precisamente uno de los mayores problemas que genera el turismo de masas. En algunos lugares, con consecuencias más negativas que el impacto medioambiental o la transmisión de determinadas enfermedades contagiosas. Lo peor de todo, al menos en esta ciudad, es la inflación. El turismo dispara, cada verano, el lógico aumento de los precios en hoteles, servicios y sobre todo, restaurantes, que inevitable y rápidamente, repercute en el resto de los ciudadanos.

Este mismo verano se podía contemplar como en algunos bares y restaurantes del Eixample subían los precios del menú en una semana. Locales abarrotados de turistas, que pagaban resignadamente, como hacemos todos cuando revertimos en esa condición. Total, ellos sólo iban a consumir una vez en ese establecimiento. Pero, ay de los que viven o trabajan cerca: están condenados a quedarse allí cuando el turista desaparece o se cierra la temporada. ¿Es casualidad que algunas de las zonas más turísticas sean las que registran la inflación más elevada de España?¿Lo es que algunas de las ciudades y lugares que ostentan esa condición en el resto de Europa, carguen también con ese problema? Pero la cuestión va más allá porque es muy posible que la inflación rampante tenga que ver con la tendencia de los turistas a gastar menos por día (si, se producen tales contradicciones flagrantes en la evaluación del fenómeno) de estancia tenga que ver con la natural reacción del visitante a resistirse. ¿Resultado? Aprovechando el boom de los vuelos de bajo coste y la decadencia del viaje organizado, ante la mayor flexibilidad que concede internet de combinar línea aérea y hotel, el turista se plantea “incursiones” más que estancias: tres días aquí (porque es demasiado caro), una semana allá: el sistema de partirse las vacaciones. El turista se resiste a ser explotado, siempre lo ha hecho, y ahora, internet le da una gran flexibilidad para hacerlo.


Pugna turística para salir o acceder al casco viejo de Dubrovnik, Croacia. Fotografía del blog de Elia





Es de suponer que los empresarios del sector lo saben. Pero al parecer, tienden a enmascarar algunas de las razones. Ni siquiera “El Periódico” pudo evitar la inclusión de una compungida página con un par de advertencias: “Los hoteles catalanes siguen llenos pero el gasto del turista desciende – El sector celebra la ocupación del 90% aunque advierte de que el viajero se queda menos días”. De momento, la máquina funciona mediante el mero peso de la masa en movimiento: da igual que se queden menos días (el problema parece ser que además gastan menos también) porque cuando se vayan vendrán otros. Banal esperanza: “La llegada de turistas crece un 2%, el menor ritmo desde 2004”, explicaba el 22 de agosto el semanario “Cinco Días”, más técnico y más realista que “El Periódico”. Los ingleses y holandeses empiezan a no venir; alemanes y franceses se mantienen, pero al límite. Y en parte, como explicó el secretario de estado de Comercio y Turismo, Pedro Mejía, ello es debido a que dos mercados turísticos emergentes, como son Croacia y Turquía, están comiéndose parte de la cuota española. En lo que va de año, han crecido un 15% aproximadamente.

Por lo tanto, felicidades a Croacia y Turquía. Además, el dato sitúa la reflexión en la línea de este blog, más centrado en el Mediterráneo Oriental que en la Península Ibérica. En realidad, la intención del post es, precisamente, reflexionar en voz alta sobre un problema que esos países están aún en situación de prevenir, pero que por estos pagos empieza a ser difícil de enderezar (también en Croacia, para ser sinceros). Parece una idea pretenciosa y seguramente lo es; máxime teniendo en cuenta que quien escribe no es experto en el tema y sólo trata el asunto desde el punto de vista de quien ha sufrido en cartera propia la mala gestión del negocio turístico y conoce también a esos países que se están convirtiendo en nuestros afortunados competidores.

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miércoles, junio 14, 2006

Is this trip necessary? (2)

Como cada año, como leíamos en la novela 1984, las estadísticas trompetean resultados excepcionales. Los últimos datos que recuerdo corresponden a mediados de marzo pasado: “Los ingresos por turismo en España alcanzaron los 37.792,7 millones de euros durante el año 2005, lo que representa un incremento del 3,89% en relación a la cifra acumulada en el ejercicio anterior”. Y suma y sigue. El oficialísimo “Balance del Turismo en España” publicado por el Ministerio y el Instituto de Estudios Turísticos también abunda en el mismo tono triunfalista. Todo son guarismos mareantes y al alza; todo va bien, más mejor que bueno.

Sin embargo, nada más salir del pulido templo de las evaluaciones oficiales, tropezamos con las primeras controversias polvorientas. No hace falta buscar mucho. Por ejemplo, un debate organizado por
“Expansión” los pasados meses de agosto y septiembre, reproduce un buen puñado de quejas. Por bien conocidas no parecen alarmantes: la obsesión española por las bondades del turismo de costa, la explotación abusiva del turista-guiri, una calidad en el servicio más que cuestionable, nula renovación de las infraestructuras en décadas y suma y sigue. En todo caso, de entre los mails recogidos vale la pena destacar aquel que insiste en que, “desgraciadamente la débil credibilidad de los datos estadísticos hace que se puedan elevar conclusiones erróneas sobre el turismo”. Comenzando por los del propia Secretaría General de Turismo, que gozan de escasa credibilidad en el mismo sector hotelero.

Esto último es importante porque parece denotar una peligrosa manipulación del asunto. Francisco Muñoz de Escalona firma en la revista “Contribuciones a la Economía” un pugnante artículo de explícito nombre:
“La resistible exaltación del turismo” en el que dice no comulgar con la “descomunal exaltación del turismo” que se lleva a cabo de forma interesada por un entramado empresarial-gubernamental-mediático en el que incluso las instituciones docentes especializadas. En sus propias palabras, desea “demostrar que dicha exaltación no se apoya en elementos objetivos sino en afirmaciones de calculada ambigüedad presentados como verdades científicas precisamente por quienes tienen el deber de comportarse de acuerdo con los criterios de independencia y distanciamiento que deben presidir la actividad científica (…) Porque el autor está convencido de que la exaltación del turismo es perfectamente resistible y evitable”.

El trabajo de Muñoz de Escalona no es la obrita de un chalado más de internet. Está documentado y sólo busca abrir públicamente la Caja de Pandora de un debate que, por otra parte existe desde hace años en los medios académicos de los turisperitos o expertos académicos en el sector. De hecho, ese artículo tiene una continuidad quizá más sistematizada en otro de Jafar Safari, profesor de Hospitalidad y Turismo en la Universidad de Wisconsin-Stout y titulado:
“La cientificación del turismo”. El autor nos explica que las ideas y escritos sobre el turismo se agrupan en las denominadas cuatro plataformas: la “favorable”, la “desfavorable”, la “conciliadora” y la “científica”. El lector de este post que acuda al hipervínculo podrá ponderar por su cuenta la información que ofrecen Jafar Safari y Muñoz de Escalona, pero en general y comparando con las evaluaciones que se pueden leer aquí y allá en la red, la conclusión que se extrae es la de que los analistas pasan de lo “micro” a lo “macro” sin solución de continuidad. Pero falta la aplicación de los teórico a lo concreto. Por ejemplo, los supuestos beneficios socioculturales de la “plataforma favorable” incluyen extremos como la “eliminación de fronteras lingüísticas, raciales, políticas o religiosas” o “valoración de las diferentes culturas” . Esto puede resultar verosímil en aquellos países que se están lanzando a la explotación turística, pero no en España, que el año pasado encajó 55 millones de turistas –es el cuarto destino mundial-, y que sin embargo sigue siendo célebre internacionalmente porque sus habitantes apenas hablan algo más que el castellano y la lengua de la autonomía respectiva. Aquí, desde hace años, las ciudades turísticas tienen su “barrio de guiris” o incluso íntegros “resorts de concentración” (estilo Magalluf, en Mallorca) y la comunicación entre visitantes y locales es mínima y no buscada.

¿Creación de empleo? Una buena porción son trabajos estacionales pactados a base de contratos basura. Le viene de perlas a los políticos de turno en el poder para mezclar datos de otros sectores y fechas para “demostrar” que “globalmente” descendió el desempleo en tal periodo. ¿Construcción de infraestructuras? A eso ya se le llama “cementación de las costas”. Mira por dónde, tras varios días de cavilaciones y búsquedas para elaborar este post, alehop, esta misma mañana las principales cabeceras de la prensa estrenaban titulares referidos a un informe del Observatorio de la Sostenibilidad en España (OSE): “España es el país más edificado de Europa. En 2005 se construyó más que la suma de Alemania, Francia y Reino Unido”; “Suelo insostenible” (“ADN”); “El suelo edificado crece un 40% en los últimos 18 años” (“El País”). Algunos resultaban un poco más explícitos sobre el trasfondo más peligroso del asunto: “La tercera parte del litoral del Mediterráneo está edificada”; “La costa de los ladrillos. El 34% de la franja de litoral está edificado” (¨La Vanguardia”). Es significativo que incluso ante circunstancias tan graves, “observadores” y periodistas pasen de puntillas sobre la responsabilidad del turismo en ese desmadre. Porque lo cierto es que no hay nada que pueda crecer con tanta desgarradora celeridad como los complejos turísticos a base de hoteles, piscinas y chiringuitos. En el otoño de 2004 tuve oportunidad de visitar
Nessebar, en la costa búlgara, y era como para quedarse boquiabierto (y lugo echarse a llorar). En muy poco tiempo, los hoteles han crecido como champiñones, muchos de ellos copia exacta de lo que se puede ver en nuestras costas. De hecho, algunos eran de empresas españolas y hasta la decoración y la misma cerámica de revestimiento hacían creer que andabas por la Costa Blanca cuando enfrente estaba el Mar Negro.

Pero aunque estos días llame tanto la atención (no deja de ser una “noticia de verano”) la destrucción del paisaje es ya un tópico ineludible y por lo tanto, bastante viejecito él. Ahora se habla más del arrasamiento de sistemas ecológicos completos: por ejemplo, el problemón que tienen con el suministro de agua en las costas andaluzas. ¿De dónde creen que les viene la brutal sequía a los pueblos cmalagueños y gaditanos del litoral? Últimamente proliferan los estudios sobre “
ecoturismo” y sostenibilidad y se llega a la conclusión espeluznante de que el avión es el medio de transporte con mayores emisiones y consumo de energía por viajero-kilómetro. Y así resulta que las “escapadas” de fin de semana en compañías de bajo coste están terminando de agujerear la capa de ozono; pero hay quien opina que peores consecuencias sobre el medio ambiente tiene el desplazamiento de millones de turistas por vía aérea a destinos supuestamente exóticos y, en cualquier caso, lejanos.

Frente al planteamiento buenista y algo ingenuo, la “plataforma desfavorable” de los turisperitos peca de truculencia en algunos puntos, pero llama la atención sobre peligros bien reales. Y uno de ellos, seguramente el que más nos afecta ahora mismo a todos, fue portada de algunos periódicos ayer mismo: vaya casualidad. Pero eso debe quedar, forzosamente, para otro post.

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jueves, junio 08, 2006

Is this trip necessary? (1)

De acuerdo: voy a decir unas cuantas tonterías. Por lo tanto, se arriesga usted a perder el tiempo leyendo esto. Voy a darle una oportunidad. Hago punto y aparte y usted levanta la vista y se dedica a algo más productivo. ¿De acuerdo? Pues venga: ya.
¿Por qué lo ha hecho?¿Por qué sigue?¿Cree que voy a hacer grandes revelaciones? Seguramente se arrepentirá cuando llegue al final.

Muy bien: la cosa va de turistas. Conversación oída hace unos días en los Ferrocarriles de la Genralitat, los "Ferrocatas": una mujer joven se queja de que con la llegada del calor comienzan en Barceloneta toda una constelación de fiestas populares, verbenas, jornadas continuadoras del espíritu Fòrum y mil actividades y juergas bienintencionadas. Eso está muy bien para el turisterío juvenil, pero el vecindario local tiende a pasarlas canutas, noche sí, y noche también. La Barceloneta es un barrio popular, tirando a económico. Pero ahora están haciendo ya su aparición tiendas de diseño y modernidades varias, destinadas a encandilar a los visitantes. Esos establecimientos tan monos (y caros) suelen ocupar el lugar dejado por negocios más tradicionales, que han cerrado sus puertas: un día desaparece la vieja droguería, luego el panadero de toda la vida se va… Eso ocurrió ya en el Borne y otros muchos rincones de la ciudad.

Mientras tanto, la ciudad está a reventar de turistas. Hasta el cementerio de Poble Nou ofrece su propia ruta (las lápidas de algunos escultores funerarios) y de vez en cuando te puedes encontrar a un par de despistados aguantado el sol que cae de plano entre las murallas de nichos. Por supuesto, de los barrios centrales casi ha desparecido la población habitual. El Borneglobal, las Dressn´globals, Correosglobal y toda esa galaxia de globulencias y barullo. Tomar el metro un sábado por la noche puede ser un espectáculo tirando a deprimente, a no ser que el pasajero local lleve unas cuantas copas encima, él mismo también. El turista, agrupado en manadas, adopta a veces gestos de zoombie. Entonces, resulta fácil imaginar lo que puede ser una ciudad tomada por un ejército conquistador, aunque a priori esté compuesto por soldadesca educada.

La biografía de Vincent Cronin sobre Napoleón Bonaparte le dedica un apartado muy interesante a los días de su estancia en la isla de Elba, que ilustran muy bien el verdadero trasfondo sicológico del Emperador. Leo divertido que fueron a visitarle un total de 61 turistas ingleses. Claro, no eran como los de ahora, todo chanclas, chándals y camisetas, sino los pioneros: gente con dinero y tiempo libre para dedicarse a los viajes de placer, todo un lujo para la época. Imaginen el atractivo que hubiera representado hoy en día visitar a Napoleón en Elba: las masas chancleteras hundirían la isla. O quizá no, porque constato que algunos turistas de la época gastaban una sensibilidad parecida a la de los actuales; por lo visto el turismo es un fenómeno de enorme capacidad niveladora. Uno de ellos anotó que el Emperador parecía “un sacerdote astuto e ingenioso” [sic.] Imagino al guiri de la época comentando con sus compañeros de viaje algo así como “My God, I can´t believe it!” o expresión parecida, antes de apuntar la aguda observación mencionada que resumía, según él, una de las décadas más agitadas de la historia de Europa.


Don Ramón María del Valle Inclán dijo en cierta ocasión que si el viajar ilustrara, los revisores de tren serían las personas más ilustradas de la sociedad. Supongo que hoy en día podría aplicarse a las tripulaciones de los aviones, que suelen tener mala fama por abusar de la botella y otros vicios, lo cual quizá no es cierto, pero a lo peor denota un escaso interés en las ofertas culturales de sus destinos. Hace muchos años mantuve amistad con una azafata y les puedo asegurar que se podía sacar más información de una postal que de sus experiencias viajeras. Algo así se puede aplicar a los turistas, la mayoría de los cuales apenas guardan algunas de tales postales en el recuerdo, fijadas en todo caso por el uso de la cámara fotográfica. Por desgracia, la enorme memoria de las digitales no siempre aporta más recuerdos. Y muchas veces, la interminable secuencia de megas cuyo visionado deben sufrir pacientemente los amigos y allegados, como trofeo incuestionable del viaje, se ve cortocircuitada por penosas lagunas de memoria: “¿Qué era esto?¿Qué hacíamos aquí?¿Cómo se llamaba esa iglesia?”

Todos hemos sido turistas, claro está. Muchos lo son cíclicamente, cada tres o seis meses. Sin embargo, solemos considerar a las manadas de visitantes que llegan a nuestra ciudad con un punto de menosprecio. Son los guiris, “que no se enteran”, despistados, perdidos, fuera de lugar. Cuando su presencia es masiva, los turistas se vuelven irritantes. Pero por algo pagan. Como nosotros, cuando viajamos por ahí, desde Cancún a El Cairo, ignorando las malas caras o expresiones despectivas de las buenas gentes del lugar. Que les den.

Con todo, las apreciaciones poco caritativas sobre la masa turística despersonalizada no suelen ir tan desencaminadas: "no se enteran", van de un lugar a otro en rebaño, eluden integrarse en la vida de los lugareños. Quizá comen los platos típicos un par de veces, por probar. Pero enseguida se decantan por lo más internacional y conocido, a veces lo más económico (o eso creen ellos): el macdonalds, la pizza, el kentuckypollo. Incluso la comida árabe o china de los chiringuitos más sospechosos les inspira mayor confianza que las especialidades locales. Claro está que los turistas no son estúpidos como personas, tomados individualmente. Insisto: usted ha sido turista, yo también. Pero a partir de nuestra propia experiencia, no me negarán que los mecanismos de la industria en cuestión despersonalizan considerablemente. A veces se asemejan a una cadena de montaje: los autocares traen a una masa lechosa y al cabo de unos días la retiran convertida en gambosa y resacosa.

Hasta aquí creo que no estoy escribiendo nada particularmente brillante o novedoso. Pero al menos creo que lo estoy planteando a la inversa, y eso es algo. Cada año ocurre lo mismo: cuando la campaña turística está a punto de concluir, salta el debate sobre si el modelo de sol y playa está agotado o no, y cómo debería afrontarse la reconversión del sector. Este tema es realmente vetusto: cosa de cada año de cada año, de cada año. Forma parte del rito. Pero nadie cuestiona el fenómeno turístico en su conjunto. ¿Es posible hacerlo?¿No resulta muy políticamente incorrecto?¿Es factible cuestionarlo desde una base puramente macroeconómica? Más en el siguiente post.

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